Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Acontecimiento el pasado sábado 2 de mayo en la Filarmónica de Berlín: con andador y llevando nada menos que noventa y ocho años a sus espaldas, Herbert Blomstedt se marcó una Séptima de Bruckner gloriosa. Largo silencio al terminar y prolongadísimos aplausos del respetable, que me parece que no eran solo por la interpretación, sino también como homenaje a la carrera del maestro noruego-estadounidense. Gran recreación, insisto, que ya mismo se pone entre las más grandes de las últimas décadas. Vamos a matizar, empezando por la orquesta.
Soy de los quienes piensan que la labor del director es la determinante, pero parece obvio que la Filarmónica de Berlín tuvo muchísimo que ver con la circunstancia de que Sergiu Celibidache y Daniel Barenboim lo hicieran particularmente bien allá por 1992 en sus referenciales recreaciones. Lo mismo puede decirse ahora, con el añadido de que esta nueva orquesta –de aquellos tiempos no debe de quedar casi nadie– es todavía mejor que la de entonces, aunque parezca imposible. Mejor en empaste, en solidez de ejecución (¡impresionantes metales!), en depuración sonora, en implicación expresiva de los primeros atriles (¡qué flauta la de Emmanuel Pahud!). También en maleabilidad, y justo aquí quería yo llegar: al señor Blomstedt la formación berlinesa no le ha sonado exactamente como suele, sino un tanto a orquesta sajona, más concretamente a la Gewandhaus de Leipzig de la que el maestro fue titular. Creo que es voluntario. Blomstedt quiere hacer un Bruckner sonado sin tanta densidad, más luminoso, más terso en la cuerda, sin tanto músculo, de metales especialmente empastados y gran tersura. Quiere hacerlo, sabe hacerlo y además convence a la orquesta para que lo haga.
Tales decisiones tienen que ver con la idea expresiva. ¿Bruckner otoñal? Si por ello entendemos lentísimo, desmaterializado, más pacífico que rebelde y un tanto resignado, pues no. Rotundamente no. Tempi normales, tensión dramática plena cuando es necesario –implacable, soberbio Scherzo– y ninguna resignación. Ahora bien, sí que es cierto que lo de Blomstedt se aparta de la línea digamos escarpada y combativa de un Furtwängler, un Walter, un Jochum o un Barenboim para acercarse a esa otra en la que podemos clasificar a Giulini, a Celibidache, a Ozawa y, curiosamente, a Sir Georg Solti, cuya grabación en audio de Chicago fue comentara en Ritmo con enorme lucidez por Luis Gago hace siglos: un Solti "disfrazado" que no parece él mismo.
¿Y qué línea es esa? Pues la de un Bruckner lírico, claro está. Ni lo épico ni lo
trágico –esta obra tiene más de lo primero que de lo segundo– se ponen
en primer plano. La música se ve desde cierta abstracción digamos que "clásica",
relativamente apartada del gran pathos "romántico", pero las tensiones están ahí. Y también el amargor: impresionante arranque del Adagio, que si no es la mejor música de la historia, como decía Böhm, bastante se le acerca. Lo importante es que, aun moviéndose en terrenos parecidos, Blomstedt no cae en el error de Andris Nelsons, precisamente en su registro con la Gewandhaus: confundir lo lírico con lo pacífico, con la ausencia de claroscuros y con lo en exceso meditativo.
El secreto del "archiveterano" maestro se encuentra en el estudio de las tensiones. Lo que decía Barenboim acerca de concebir el discurso como una única transición, lo consigue Blomstedt con una aparente facilidad que asombra. No hay ni rastro de ese nerviosismo que afecta a tantísimos maestros en este repertorio, el de Buenos Aires incluido. Tampoco caídas en el discurso ni puntos muertos, el otro gran peligro. Todos los ascensos a los picos de tensión suenan con la mayor naturalidad, como si se llegara a ellos sin esfuerzo. Nada de forzar a los metales ni de recurrir al decibelio y la opulencia sonora. ¡Qué distinto suena este Finale de los tan imponentes como artificiales que ofrecía Karajan!
Total, una versión increíblemente bien tocada y de enorme altura expresiva que sigue los pasos de una que hasta ahora no he citado, la de Haitink con la misma orquesta de 2019, pero que alcanza un grado de inspiración –por su cercanía y humanismo– aún mayor que aquella. Suena y se ve de maravilla. No se la pierdan.
Venga, otra Novena de Bruckner más. Pero esta es especial. 11 de julio de 2024. Se interpreta en la mismísima Abadía de San Florián, la orquesta es la Sinfónica de Bamberg y se pone a su frente un señor que ese día cumple nada menos que noventa y siete años: Herbert Blomstedt. Muy bien llevados, dicho sea de paso.
Y no, no es una versión "de anciano director". No resulta particularmente lenta, contemplativa o espiritualizada. Simplemente, un señor que nunca fue un grandísimo artista, sino más bien un artesano de primera fila, ofrece la síntesis de una dilatadísima experiencia dirigiendo este repertorio. Y claro, nada hay novedoso ni revelador en su lectura, como tampoco particularmente intenso, pero muy difícilmente se puede poner el menor reparo. Todo rezuma ortodoxia, sensatez, pleno conocimiento tanto de la letra como del espíritu y mucho amor por esta música. Los tempi son los adecuados, la sonoridad también, las transiciones se encuentran resueltas con enorme naturalidad, las secciones se yuxtaponen con coherencia y sentido global de la arquitectura... En lo expresivo se alcanza el complicado equilibrio entre carácter dramático, elevación poética y sentido de lo trascendente, sin necesidad de cargar tinta en ninguno de estos aspectos. Luego el experto bruckneriano podrá argüir que no están aquí la incomparable sensualidad agridulce de Giulini, el carácter visionario de Furtwängler o Barenboim, la personalidad reveladora de un Klemperer, la brillantez sinfónica de un Solti, la sonoridad organística de un Celibidache o incluso la rabia que alcanzó Karajan con la Filarmónica de Viena. Da igual: esto es Bruckner de pura cepa, perfecto y modélico en sí mismo.
La toma es notable, a pesar de lo reverberante de la acústica, y la realización visual resulta formidable: se aprovecha la belleza de la arquitectura sin dejarse llevar por el esteticismo y buscando relación con la música. A destacar, en este sentido, los planos del órgano en los momentos más claramente organísticos de la obra.
Bueno, ¿y cómo puede usted ver esta estupenda Novena? Pues gratuitamente haciendo click aquí, por cortesía del Canal Arte. ¡Y luego dicen que se acabaron las grabaciones de música clásica! Lo que se acabó más bien es el chollo de algunas discográficas trasvasando a CD sus antiguos registros más que amortizados. Porque el mundo de la fonografía sigue ahí, vivito y coleando. Como Blomstedt,
Para quitarme el mal sabor de boca que me dejó François-Xavier Roth en Colonia, he visto en la Digital Concert Hall la Sinfonía nº 3 de Anton Bruckner que Herbert Blomstedt y la Filarmónica de Berlín ofrecieron el 9 de diciembre de 2017: entiendo que es exactamente la misma toma que la formación alemana ha editado en audio y que se encuentra disponible en las plataformas de streaming.
El anciano maestro se decanta, como Roth, por la larga e infrecuente versión original de 1873. Me gusta bastante menos que las habituales, a decir verdad. Pero en lo referente a la interpretación, media un abismo. Siendo cierto que Blomstedt es, siempre lo ha sido, mucho antes artesano que artista, y que en esta recreación se echa de menos una dosis adicional de inspiración poética, su dominio del lenguaje bruckneriano es aplastantemente superior al de Roth, como también su capacidad para levantar la arquitectura, para modelar a la orquesta y para combinar belleza sonora con fuerza dramática. No hablo de cuestiones expresivas, sino de aspectos puramente técnicos: esta “wagneriana” se encuentra muchísimo más trabajada. En cuanto a lo otro, pues más o menos lo ya dicho: se puede volar más alto, se puede alcanzar mayor sensualidad y –en el otro extremo– se pueden cargar más las tintas, pero el estadounidense sabe lo que se trae entre manos y destila una combinación adecuada de lo que esta música necesita. En definitiva, un Bruckner honesto y sabio, digno de toda admiración.
En la primera parte de la velada, Concierto para piano nº 23 de Mozart con Maria João Pires. Resultados notables, aunque cada uno por su lado: él más enérgico, determinado y resuelto, siempre dentro de la más admirable ortodoxia, ella tímida en los contrastes, excesivamente suave en el toque y algo insulsa, aunque ofreciendo toda la elegancia, la cantabilidad y belleza sonora que en la lisboeta es de esperar. Aplausos cálidos y merecidos.
Por cierto: la calidad audiovisual es myu buena, pero se echan de menos el 4K y el Dolby Atmos de las filmaciones más recientes de la propia orquesta.
La entrada se publicó inicialmente el 21.VII.2016. Añadimos ahora las dos grabaciones en CD de Mehta, así como la filmación de Haitink con Viena y la de Harding con Berlín.
Richard Strauss escribió Eine Alpensinfonie entre 1911 y 1915; no coincide en el tiempo, por tanto, con sus más conocidos poemas sinfónicos, pues el genial compositor ya había dado a la luz obras como Salome, Elektra y Rosenkavalier. Sería más bien contemporánea de Ariadne auf Naxos, lo que nos habla de un artista en plena madurez que domina como nunca nadie lo ha hecho los recursos de la gran orquesta sinfónica.
Hay varías líneas interpretativas posibles. La más ortodoxa consiste en seguir el programa y realizar una descripción de un amanecer en los Alpes bávaros, el camino a través de prados, bosques y cascadas, la llevada a la cumbre para contemplar el impresionante paisaje y el posterior descenso en medio de una terrorífica tormenta
–si ustedes han escuchado tronar en la alta montaña saben de qué les hablo–, para concluir en un atardecer meditativo y filosófico. La otra, que no resulta excluyente con la anterior, interpreta el hilo argumental como una metáfora de la vida humana: nacimiento, juventud, plena madurez –la cumbre–, tormentos de la vejez y abandono de este mundo. Al mismo tiempo, están los directores que potencian los aspectos más líricos y ensoñados de la partitura, mientras otros se muestran partidarios de marcar aristas y de hacer la interpretación lo más escarpada posible. La siguiente selección de grabaciones aspira a recoger todas esas posibilidades.
Sobre las puntuaciones, debo apuntar que en más de un caso he dudado mucho a la hora de poner una nota. Quizá debería haber recurrido a usar decimales, pero no me gusta hilar tan fino. Lo que sí debo dejar claro es que esta es la comparativa en la que más importancia le he dado a la calidad de la orquesta, cosa que ustedes comprenderán a la perfección habida cuenta de las características de la partitura de la que estamos hablando, extremadamente exigente en lo que a virtuosismo, brillantez y maleabilidad se refiere.
1. Böhm/Staatskapelle de Dresde (DG, 1957). Karl Böhm fue el más grande
straussiano del siglo XX, y aunque a finales de los cincuenta todavía no había
alcanzado su mayor grado de inspiración interpretativa, nos encontramos aquí ante una
dirección de considerable nivel. Dirección amplia y poderosa que es llevada con perfecto pulso,
absoluto control y mucha decisión hacia clímax de grandeza abrumadora y un punto
opresiva: la visión del maestro es antes dramática que descriptiva. La tormenta resulta terrorífica, y a partir de ahí se podía pedir un punto más de emotividad
poética en la reflexión final. En cualquier caso, el único reparo serio es la relativa calidad de la orquesta, que por mucho que fuera la que
había estrenado cuarenta y dos años atrás la obra, suena bastante destemplada
–particularmente en los metales– para quienes estamos acostumbrados a las
increíbles máquinas de hacer música de hoy día. La toma es monofónica, pero de
buena calidad. (8)
2. Kempe/Royal Philharmonic (Testament, 1966). Aun encontrándonos ante una interpretación dicha con
ganas, de una pieza, irreprochable idioma straussiano y ajena a efectismos, lo cierto es que la batuta del maestro nacido en Dresde se muestra algo lineal, no aprovechando muchos pasajes
que requieren mayor vuelo lírico y necesitando un tratamiento orquestal de mayor
plasticidad. La claridad no está siempre conseguida, mientras que el final no resulta todo lo inquietante que debiera. En lo que se refiere a la orquesta londinense, los metales resultan algo
estridentes y desabridos.
La grabación es buena en lo tímbrico, pero se queda corta en gama dinámica y no
equilibra bien los planos sonoros. (7)
3. Kempe/Staatskapelle de Dresde (DVD Audio EMI, 1971). Aun más lograda que su registro con la Royal Philharmonic, esta grabación no se
mantiene hoy tan vigente como su enorme prestigio nos pudiera hacer pensar.
Además de que la orquesta que estrenó la partitura sigue estando en baja forma, flaqueando sobre todo por unas
trompetas más bien estridentes, por parte de Kempe las inspiración se muestra
algo irregular: las melodías no están del todo paladeadas, hay una cierta falta
de aliento poético y al tramo final se le podría sacar más partido.
En cualquier caso, el maestro muestra un desarrollado instinto del color y de
las texturas –a destacar el incisivo y sarcástico tratamiento de las maderas–,
sabe construir el edificio sin vacilaciones y ofrece momentos de una enorme
intensidad emocional, particularmente en el desgarrado clímax tras finalizar la
tormenta. La toma sonora presenta distorsión, pero gana mucho cuerpo en el hoy descatalogado DVD
audio, sobre todo en lo que al registro grave se refiere, poderosísimo; apenas se nota la cuadrafonía salvo en las trompas fuera del escenario, que
suenan verdaderamente distanciadas, y la escena de las vacas, que pasan “por
delante” de la orquesta. Supongo que el nuevo reprocesado de Warner habrá mejorado las cosas en CD. (8)
4. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1975). El maestro indio de mueve muy a gusto en este repertorio desplegando músculo, colorido y brillantez, haciéndolo además con decisión en el trazo, pulso firme y una clara voluntad de apartarse tanto del preciosismo como de la opulencia. El resultado es vistoso, pero superficial: detrás de tan irreprochable puesta en sonidos no se perciben esa sensualidad, ese aroma poético y ese sentido reflexivo que esta música está pidiendo a gritos para demostrar que va mucho más allá de la mera descripción. Tampoco Mehta se preocupa por matizar gran cosa. (7)
5. Solti/Sinfónica de la Radio Bávara (Decca, 1979). Nadie puede negar a
Solti haber sido uno de los grandes expertos en el sonido straussiano, y desde
luego en este registro –en Múnich y no con su orquesta de Chicago, curiosamente–
lo demuestra con creces ofreciendo un increíble dominio de las texturas,
brillantez a raudales y una vitalidad portentosa. Pero lo cierto es que, tras un
amanecer muy conseguido, el maestro da una de cal y una de arena alternando
pasajes de enorme garra con otros lastrados por la precipitación –le dura solo
44’19’'– en los que las melodías no se desarrollan con la cantabilidad, la
grandeza ni la emotividad que la partitura demanda. Eso sí: soberbiamente
grabada, la orquesta funciona a pleno rendimiento bajo la batuta de un maestro que extrae de
la misma unos colores más incisivos de lo que en ella es habitual. (7)
6. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1981). En el momento más
inspirado de su carrera, y también en el de mayor dominio del idioma straussiano
–poco después vendría su genial Rosenkavalier–, el de Salzburgo firmó uno de los
mejores discos de su carrera con esta interpretación que no es
personal ni creativa, pero sí irreprochable en la comprensión de la obra.
Karajan encuentra el punto justo de elegancia y decadentismo, sin blanduras pero
también mostrándose ajeno a los excesos, sabiendo ser descriptivo, pintoresco y amable sin
renunciar a lo dramático –tremenda la tormenta– ni a lo trágico –el final
desprende el adecuado amargor–. Todo ello lo plasma en sonidos
con la mayor perfección imaginable, tanto en lo que al trazo se refiere
–acenso y descenso planificados con absoluta naturalidad– como en lo que
respecta al equilibrio de planos –se escucha todo–, al tratamiento del color
–riquísimo, con portentosa sensualidad straussiana– y a la plasticidad de las
texturas, expuestas con un preciosismo y refinamiento al alcance solo de las más
geniales batutas. La Filarmónica de Berlín, redonda en sonoridad y con un
registro grave aquí de lo más adecuado, es la ideal para esta obra. (10)
7. Previn/Orquesta de Philadelphia (EMI, 1983). Una interpretación
de línea digamos “objetiva”, directa, decidida y entusiasta, admirablemente
trazada, irreprochable en el idioma y brillante en el punto justo –no hay exceso alguno–, como tampoco de melifluidad o carácter en exceso contemplativo. Alguna frase podía estar un poco más
paladeada, y el último cuarto de la obra podía alcanzar aún más magia y
profundidad –al final se le podía sacar más partido–, pero en conjunto es una
recreación de muy alto nivel, lo que tiene mucho que ver con la fantástica
ejecución de la orquesta: quizá por ella le podemos poner sobresaliente al resultado, y no el notable alto que en realidad merece la batuta. La toma no es del todo clara ni natural en lo
tímbrico, aunque alcanza gran gama dinámica en la tormenta. (9)
8. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD Sony, 1983). Extrañamente, el de Salzburgo evidencia cierta desconcentración que le lleva a no ofrecer toda la grandeza
posible ni a desgranar las melodías con la mayor cantabilidad, ni siquiera a ser
todo lo claro que acostumbra: el registro en estudio es superior. En cualquier caso, Karajan termina ganando la partida por su sentido del color, su
brillantez, su elocuencia y, claro está, por la espectacularidad de una
impresionante tormenta. La gama dinámica del DVD es realmente amplia. (9)
9. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1985). Como es habitual, el maestro holandés no se
muestra creativo ni personal, pero sí perfecto en la arquitectura, irreprochable
en la musicalidad, ortodoxo en el estilo y, en esta ocasión, muy sincero.
La arquitectura está perfectamente trazada, los aspectos descriptivos están muy
conseguidos, el clímax central alcanza fuerza sin retórica, la tormenta despliega
mucha fuerza y la meditación final, ya que no muy filosófica, exhibe serena
belleza. El final es más sobrio y digno que pesimista. La orquesta, fabulosa: como en el anteriormente citado registro de Previn, es por el esplendor orquestal –y no tanto por la batuta– por lo que esta interpretación se merece el sobresaliente. (9)
10. Maazel/Sinfónica de la Radio Bávara (RCA, 1988). Interesantísima aportación de un Maazel
que deja de lado la delectación melódica, la ensoñación lírica y la grandiosidad
épica para subrayar los aspectos más escarpados, dramáticos y sombríos de la
partitura. La tormenta es más electrizante y terrible que poderosa, mientras que final
resulta particularmente descorazonador e inquietante. Ahora bien, el enfoque es resulta tan unitaleral que en algún momento se echa en falta algo más de
poesía. Sin duda espléndida –como con Solti– la orquesta muniquesa,
aunque la batuta procura que suene más rústica que propiamente straussiana.
Magnífica la toma sonora, asombrosa si se escucha en Dolby Surround. (9)
11. Mehta/Filarmónica de Berlín (Sony, 1989). Aunque el concepto sigue siendo el mismo, antes descriptivo que filosófico, esta lectura resulta muy preferible a la del propio Mehta catorce años anterior. Primero, porque la orquesta no es solo aplastantemente superior a la Filarmónica de Los Ángeles, sino sencillamente la mejor del mundo para esta partitura. Segundo, porque el maestro paladea la música con más sosiego –52’25 frente a los 48’08’’ de entonces–, alcanza mayor inspiración en los momentos clave y, siempre teniendo en cuenta la excelencia del instrumento a su disposición, desmenuza mejor el complejísimo entramado sinfónico. La toma es sensacional, y los ingenieros acertaron al grabar muy bajo para recoger la amplísima gama dinámica demandada. (9)
12. Blomstedt/Sinfónica de SanFrancisco (Decca, 1989). El maestro de origen sueco
se muestra aquí antes como un sólido y sensato kapellmeister de espléndida
técnica e irreprochable musicalidad –no hay espacio para melifuidades ni excesos– que como un verdadero recreador de lo que se le pone por delante. Todo
está en su sitio, el trazo es perfecto –nada de nerviosismo– y los clímax
alcanzan una electricidad y fuerza dramática impactantes; pero el lirismo, la
sensualidad y el carácter humanístico que también se encuentran en la partitura
parecen escapársele en buena medida. Una visión, en cualquier caso, que termina
siendo atractiva por su carácter escarpado y el regusto amargo que desprende,
aparte de por la espléndida toma con que los ingenieros de Decca realzan
los buenos mimbres de la Sinfónica de San Francisco. (8)
13. Barenboim/Sinfónica de Chicago (Erato, 1992). Nos encontramos aquí ante una visión eminentemente humanística y
filosófica, muy alejada de lo descriptivo y pintoresco, lo que quiere decir que
alcanza sus mejores momentos en todo el tramo final, de una hondura y belleza
admirables, pero también que se queda algo corta de sentido del color, de
constrastes y de matización de las intervenciones solistas en otros momentos.
Tales insuficiencias por parte de la batuta las compensa la ejecución difícilmente superable
de una orquesta que aquí suena de modo magnífico, pero muy alejada de la
opulencia y la delectación sonoras. (9)
14. Ozawa/Filarmónica de Viena (Philips, 1996). Esta interpretación deja bien
claras las características del maestro japonés: fraseo fluido,
flexible y muy elegante, agilidad bien entendida, tímbrica rica –antes suave
que incisiva–, brillantez controlada a la perfección y, en el lado negativo,
tendencia a lo superficial y lo descafeinado, o al menos a ofrecer
interpretaciones más bien complacientes y no muy ricas en pliegues expresivos.
En este sentido, el primer tercio de la obra resulta un tanto naif y pintoresco,
antes que verdaderamente poético. Poco a poco Ozawa se va centrando y alcanza
picos de tensión muy impactantes, para luego ofrecer una tormenta de gran
vistosidad y clímax particularmente terrorífico. La sección final, hermosísima
pero de nuevo no muy honda ni conmovedora. Menos mal que está la orquesta vienesa para arregar un poco las cosas. (8)
15. Sinopoli/Staatskapelle de Dresde (DVD y YouTube Euroarts, 1998). La orquesta que estrenó la obra, ahora sí en espléndida forma pese a ciertas inseguridades en los metales, se pone al servicio de la infravalorada batuta del director veneciano para ofrecernos una interpretación
eminentemente colorista y descriptiva, de desarrollado sentido del color y de
las texturas, elevada brillantez –en absoluto grandilocuente– y gran atención a
los efectos pintorescos y onomatopéyicos, en la que sólo hay que reprochar
cierta falta de dimensión filosófica en los minutos finales. El propio sello Euroarts la ha subido íntegra a YouTube. Disfrútenla. (9)
16. Thielemann/Filarmónica de Viena (DG, 2000). Thielemann se mira en el espejo de Karajan para construir una lectura descriptiva y colorista antes que inquietante, suntuosa en la sonoridad,
refinada pero también de enorme opulencia, cantada con amplio aliento lírico e
idóneo idioma straussiano. El problema es que el maestro berlinés, además de no
posser el increíble virtuosismo de su ídolo a la hora de tratar las texturas,
tiende en exceso a lo bucólico y ensoñado en los momentos más líricos, hasta el
punto de que en algunas frases resulta no solo en exceso ternurista, sino
también un tanto empalagoso, por no decir blandengue. La espléndida orquesta no
parece terminar de sonar como ella suele, aunque esto puede ser debido a una
toma sonora que, aun ofreciendo una enorme potencia durante la tormenta, no
llega a la máxima categoría posible para la época. (8)
17. Wit/Staatskapelle Weimar (Naxos, 2005). El maestro polaco nos ofrece una singular recreación, de perfecto idioma pero en una
línea mucho antes contemplativa que dramática, opción que termina produciendo algunos desequilibrios. Maravillosa resulta la
primera mitad de la obra, ascendiéndose a la cumbre con una
sensualidad, una comunicatividad y una nobleza admirables, cantando las melodías
con una extraordinaria concentración y una gran dulzura –sin caer en el empalago–
y no dejándose llevar por la descripción pintoresquista, sino optando más bien
por una serena reflexión; de ahí que se pueda echar de menos mayor riqueza
tímbrica y atención a las texturas. El clímax es magnífico: sereno y grandioso. A partir de ahí la batuta pierde algo de tensión interna, no
siendo del todo inquietante el paisaje de calma previo a la tempestad y echándose
de menos en esta última mayor electricidad, virulencia e incisividad. Eso sí, no
hay la menor concesión efectista. El final vuelve a ser muy noble y hermoso, aun
sin el regusto amargo y la hondura trágica de otras lecturas. La orquesta se
comporta muy bien. (8)
18. Luisi/Staatskapelle de Dresde (Sony, 2007). De nuevo la Staatskapelle en una interpretación que es un prodigio por su arquitectura global, por su claridad, por su colorido, por sus texturas, por su
carácter descriptivo más no pintoresco, y asimismo por la capacidad para resultar
brillante sin caer en la retórica. Quizá el amanecer resulte algo más nervioso
de la cuenta y sobre alguna frase algo empalagosa en la primera parte. La
tormenta está llena de fuerza, al mismo tiempo que el maestro logra de maravilla que se escuchen todos y cada uno de los detalles instrumentales. Sólo cabe pedir un poco
más de reflexión filosófica en la sección final, justo lo que era el punto fuerte de un Barenboim. El
final, más que siniestro, es seco y distante. La orquesta está ahora mejor que nunca, ofreciendo una
sonoridad muy hermosa y mostrándose cuajada de solistas muy musicales. Fantástica la toma, sencillamente una de las mejores grabaciones de la música de Strauss que se hayan realizado. Intenten conseguir el SACD: ahí luce en todo su esplendor. (9)
19. Bychkov/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2008). El idioma es irreprochable,
el pulso está bien sostenido –los tempi son rápidos–, no hay excesos ni
melifuidad y la brillantez está garantizada, pero Bychkov se muestra bastante
impersonal (¿a alguien le sorprende?), poco creativo e incapaz de destilar poesía en los pentagramas,
siendo el resultado más bien plano y echándose de menos compromiso y variedad
expresiva. Tampoco atiende mucho a la disección del entramado orquestal. Eso sí, impresionante la Filarmónica de Berlín, que aporta
mucho a la interpretación. (7)
20. Haitink/Sinfónica de Londres (LSO Live, 2008). Esta interpretación en vivo no es mejor que la
anterior en estudio a cargo del mismo director, pero sí complementaria. La jornada ya no es la de un hombre maduro en
plenitud de facultades, sino la de un anciano en el ocaso de su vida. Se ha
perdido buena parte de la fuerza y la jovialidad de entonces, también de la
fascinación ante el paisaje y del goce ante lo pintoresco. A cambio nos ofrece el maestro holandés una mayor dosis de sensualidad, lirismo y poesía, adoptando una visión
más serena, contemplativa e incluso ensoñada, más paladeada y trabajada con
mayor plasticidad y sentido atmosférico. El arranque resulta
particularmente brumoso. Hay alguna intervención solista algo blanda al llegar
a la cima, muy ensoñada. La tormenta tiene menos fuerza que antes. El final, amplio y con una buena dosis
de dulce melancolía, también con un punto de misticismo panteísta, mira hacia el
último Strauss, el de los Cuatro últimos lieder, y se disuelve en las mismas espesas brumaas del principio. La toma
es un poco turbia, como suele ocurrir con las realizadas en el Barbican
Hall, pero en un reproductor de SACD nos ofrece un relieve y una espacialidad
admirables, así como la posibilidad de escuchar las trompas “off-stage” por los
canales traseros. (9)
21. Luisi/Staatskapelle de Dresde (YouTube, 2009). Repetición de la
jugada –o casi: es un poco más rápida y hay alguna que otra pifia propia del
directo– por parte de Luisi y la formación de la que entonces era titular en los Proms de 2009. Hay imágenes y el vídeo es gratuito, pero esta filmación
de la BBC dista de poseer la asombrosa calidad sonora del registro de estudio
dos años anterior, que recomiendo con mayor entusiasmo. (8)
22. Nelsons/Ciudad de Birmingham (Orfeo, 2010). El joven maestro deja de lado toda elucubración
filosófica para ofrecer una interpretación juvenil, extrovertida y de marcado
carácter narrativo, decidida pero fraseada con amplitud –sin caer en las
premuras de un Solti–, de sonoridad muy adecuada para el compositor y de
incuestionable musicalidad. Ahora bien, se encuentra realizada con más atención
al trazo global, irreprochable, que al detalle y al cuidado por exponer todo el
entramado polifónico, lo que implica que hay líneas que no se oyen del todo
bien, con indepenencia de que las texturas estén adecuadamente tratadas. A
destacar la buena planificación de tensiones hacia la cumbre, culminando en una
intensísima Visión. La tormenta es nerviosa y no poco violenta. Muy concentrado el
final. La orquesta, recogida de manera no particularmente brillante por los
ingenieros de sonido, funciona de manera espléndida en esta toma en público.
(9)
23. Harding/Orquesta Saito Kinen (Decca, 2012). El tantas veces
pretencioso y mediocre Harding nos da aquí la monumental sorpresa con una
lectura de perfecto idioma, excelente trazo, buen aunque no excepcional trabajo
con las texturas –espléndida la cascada– y considerable inspiración poética,
que se encuentra llena de grandeza sin retórica en sus clímax y, en el plano
conceptual, alcanza un admirable equilirio entre lo descriptivo y lo filosófico:
tras una tormenta muy lograda, toda la sección final se eleva a cotas realmente
emotivas de amarga reflexión sobre la condición humana. Lo menos extraordinario
es quizá la sección digamos paisajística, donde sobra algún portamento y hay
ciertos coqueteos con el ternurismo, aunque sin llegar a caer en él. Espléndida
la orquesta (¡con Baborák como primera trompa!). La toma sonora, siendo más que
notable, no es la mejor de las posibles, aunque en HD audio la percusión alcanza
un relieve abrumador. (9)
24. Haitink/Filarmónica de Viena (YouTube, 2012). El veterano maestro vuelve a dar en la diana con una lectura trazada con pasmosa perfección, dicha con el más certero idioma y de una musicalidad admirable en la que solo cabe reprochar que esta vez su conocido distanciamiento expresivo le lleva a quedarse algo corto de elevación poética en una sección final en exceso sobria, poco emotiva, más ambigua que amarga. En cualquier caso, imposible sustraerse a pasajes tan maravillosamente resueltos como los “instantes de peligro” o toda la tormenta, de una espectacularidad apabullante con la que tiene mucho que ver el virtuosismo de la orquesta vienesa. La toma es muy buena para venir del Royal Albert Hall, pero el ajuste de volumen que realiza la transmisión en el primer minuto llega a resultar perjudicial. (9)
24. Maazel/Philharmonia (audio en YouTube, 2014). El maestro franco-americano
contaba ochenta y cuatro años –quedaban tan solo cuatro meses para su
fallecimiento– cuando ofreció en el Royal Festival Hall de Londres esta Alpina
que recogieron los micrófonos de la BBC y algún alma caritativa ha subido –no
hay imágenes en movimiento, claro- a YouTube. Les recomiendo vivamente que la
escuchen –las distorsiones y saturaciones de la toma son soportables-, porque se
trata, sencillamente, de la mejor dirección de todas las aquí presentadas.
¿Diferencias de su grabación oficial en Múnich? Pues aparte de la extrema
lentitud que ahora alcanza –66’50’’, todo un récord–, lentitud que no supone
merma alguna en la extraordinaria tensión interna de la interpretación (¡qué técnica de batuta!), el sentido de lo dramático y de lo
escarpado del que hacía gala veintiséis años atrás se ve ahora ampliamente enriquecido con
conceptos como la sensualidad, la delectación melódica, la nobleza y, sobre
todo, la reflexión humanística y filosófica, todos ellos desarrollados en grado
superlativo y expuestos en lo puramente sonoro con un lenguaje straussiano de
libro, además de con una asombrosa claridad en las texturas. Cierto es que los
metales de la orquesta no siempre superan las terribles demandas de la
partitura, pero lo de la batuta es tan genial que el resultado no se puede
calificar con menos nota de la máxima permitida. (10)
26. Thielemann/Staatskapelle de Dresde (Blu-ray Cmajor, 2014). Estaba cantado
que la orquesta que estrenó la obra tenía que volver a grabarla con su nuevo
titular, un Christian Thielemann que demuestra su sintonía con el
universo de Richard Strauss en una recreación que, insistiendo en la línea más
narrativa que profunda de un Karajan, evita caer en el excesivo ternurismo de su
grabación de 2000 con la Filarmónica de Viena mientras que sigue ofreciendo
colorido, elocuencia y muy acertados matices expresivos. A pesar de ello, y
tratándose de una lectura de gran categoría, las cosas no terminan de alcanzar
el mayor nivel posible: la introducción resulta algo nerviosa, a la salida del
sol le falta grandeza, hay algún que otro momento en el que falla la
concentración y, en general, se echan de menos el refinamiento de las texturas,
la poesía y la magia sonora del citado Karajan. La orquesta rinde de manera
formidable, aunque los metales no sean comparables a los de las
mejores formaciones europeas. La imagen es espléndida en Blu-ray, pero
sorprendentemente la toma no alcanza la calidad increíble de la
interpretación de la misma orquesta con Luisi. (8)
27. Nelsons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Con una
orquesta superior a la de Birmingham, aunque no exenta de algunas leves
vacilaciones propias del directo, Nelsons vuelve a demostrar su excelencia a la
hora de interpretar la obra ofreciendo un trazo global perfecto,
fuerza expresiva controlada con mano maestra, apreciable sentido narrativo y
brillantez tan comunicativa como ajena a la retótica. Ahora, quizá, la Visión
resulte menos extrovertida y algo más madura que antes, y si el resultado final
no llega a la altura de las más grandes recreaciones fonográficas de la pieza
sea porque –como en su grabación para Orfeo– se echa de menos un trabajo aún más
minucioso con los detalles y con las texturas; también porque sobra alguna
frase algo más sentimental de la cuenta en la primera parte de la obra y, sobre
todo, porque la meditación final resulta un punto más resignada, digamos
religiosa en el sentido más tópico del término, de lo que hubiera sido
preferible. La toma no ayuda: se queda algo corta a la hora de
recoger la amplia gama dinámica que exige la partitura. (9)
28. Harding/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2018). Aunque corrige los devaneos que se apreciaban en su registro con la Saito Kinen, Harding podría dar todavía una vuelta de tuerca más en lo que a emoción y poesía se refiere –la salida del sol, los momentos más líricos de la primera mitad de la obra–. En cualquier caso, nos encontramos una interpretación formidablemente trazada en su arquitectura global, delineada de manera admirable en lo que al tratamiento de planos sonoros se refiere y dicha con un perfecto idioma straussiano, aunando la riqueza tímbrica, el refinamiento bien entendido y la riqueza sin efectismos. Quizá la secuencia final resulte menos amarga e intensa que en la anterior ocasión, aunque en contrapartida tenemos una orquesta que supera con mucho a la japonesa: ala plasticidad y la depuración sonoras resultan inmejorables, por no hablar de la opulencia, la solidez y la fuerza que es capaz de desplegar tan impresionante instrumento cuando una batuta del virtuosismo de la del maestro británico se pone a su frente. El único reparo serio sigue siendo el de la versión de Nelsons con la misma formación: la Digital Concert Hall se queda corta a la hora de ofrecer la enorme gana dinámica que demansa una partitura como la presente. (9)
Formidable concierto el ofrecido el 21 de enero de 2017 por la Filarmónica de
Berlín, disponible en la Digital Concert Hall, con la participación de un
espléndido András Schiff y bajo la batuta de un todavía más extraordinario
Herbert Blomstedt. En los atriles, el Concierto para piano nº 3 de Bartók
y la Sinfonía nº 1 de Brahms.
He repasado la filmación de la página bartokiana que, bajo la idiomática y
comprometida batuta de un aun joven Sir Simon Rattle, permite comprobar cómo era
esta entendida por el pianista húngaro allá en 1997. Queda claro que veinte años
no pasan en balde: si por aquel entonces se mostraba muy centrado y musical
pero resultaba un tanto unilateral por la fogosidad de su acercamiento, ahora
ofrece un enfoque mucho más controlado, también más diverso en
significaciones, así como un toque todavía más variado y (¡atención a la primera
frase de su parte!) más rico en matices. Todo ello lo hace en perfecta sintonía con
un Blomstedt que ofrece una lenta, lírica y contemplativa interpretación, dicha con exquisita depuración sonora y dotada de una elevación espiritual insólita.
Esto significa, ya lo estarán ustedes imaginando, que el veterano maestro
alcanza la excelsitud en el segundo movimiento, pero también que se queda algo corto de
efervescencia en el tercero. En cualquier caso los resultados son
extraordinarios por la belleza sonora y la poesía que logran
conjugar los dos artistas, respaldados de manera inmejorable por los no menos
inspirados primeros atriles de la formación berlinesa. De las trece grabaciones
que tengo escuchadas y comentadas en mi bloc de notas de esta partitura, la
presente es una de las dos o tres que más me gusta. En el Adagio religioso, la que más.
Resulta interesante comparar esta Primera de Brahms con la ofrecida
hace tan solo unos días por la misma formación bajo la batuta de Sir Simon
Rattle, porque desmiente ese dicho tan habitual entre muchos directores –pienso
ahora en Barenboim y en Harding– según el cual la labor de batuta es ante todo
un trabajo de coordinación entre quienes “verdaderamente hacen la música”. Pues
va a ser que no. La orquesta es aquí la misma, pero la diferencia es enorme. Por
lo pronto, la sonoridad de la Berliner Philharmoniker es bajo su dirección
muchísimo más claramente brahmsiana: si Rattle optaba por el músculo y la
opulencia made in Karajan, el norteamericano sí que consigue ese terciopelo
cálido y oscuro que asociamos habitualmente con el autor.
Pero es que, además, la manera de orgánica y flexible que tiene el maestro de
frasear, el planteamiento lleno de naturalidad de las tensiones y la hermosísima
cantabilidad con que afronta las melodías son justamente las que esperamos en la
música de Johannes Brahms, como lo es también ese lirismo tierno, sensual y un
punto agridulce que sabe obtener su batuta. Eso sí, la mirada de un Blomstedt de
89 añitos de edad –ahora tiene 90– es comprensiblemente otoñal, lo que significa
–como en la obra de Bartók de la primera parte– que la inspiración más sublime
la alcanza en los dos movimientos intermedios, mientras que en los dos extremos
se echa de menos un punto de ese nervio y de ese carácter escarpado que
consiguen otros directores. Hay que destacar, en cualquier caso, la enorme
nobleza y emotividad con que expone el tema principal del cuarto, por no hablar
de la magia que desprende la introducción al mismo, la cual a su vez se
beneficia de la excelsa intervención de la flauta de Emmanuel Pahud. Claro que,
si de solistas hablamos, no podemos ignorar la sublime participación del oboe de
Albrecht Mayer ni del concertino Noah Bendix-Balgley en el segundo movimiento,
por no hablar del excepcional clarinete de Andreas Ottensamer en el tercero.
Pero insisto: el podio es lo que termina marcando los resultados. Blomstedt sí
sabe o que se trae entre manos y ofrece una recreación que quizá no sea la mejor
posible, pero que es una magnífica representante de la mejor tradición
brahmsiana centroeuropea. Hay que descubrirse.
Esta noche y la de mañana jueves actúa en Madrid –Ibermúsica, entre 136 y 153 euros la butaca de patio– un joven maestro de ochenta y ocho añitos de edad llamado Herbert Blomstedt, así que me ha parecido oportuno traer este concierto protagonizado por el referido artista que tuvo lugar el pasado 13 de febrero y se encuentra disponible en la Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín.
La primera parte se dedica a Franz Berwald (Estocolmo, 1796-1868), cuya figura el director norteamericano –significativamente de origen noruego– defiende de manera magistral en la entrevista que se ofrece de manera gratuita. También lo hace desde el podio, consiguiendo encontrar un adecuado punto de equilibrio entre la ligereza y el carácter aéreo que demanda esta música y la sonoridad musculosa de la imponente Filarmónica de Berlín. Lo que ocurre es que, por mucho que el maestro se empeñe, esta Sinfonía nº 3, singulière nos muestra una especie de Mendelssoh con más originalidades pero bastante menos inspiración. ¿Causaría otra impresión con una lectura todavía mejor que esta, más afilada, con las tensiones más marcadas y sin ese punto de relativa sosería que a veces lastra la labor del director de Massachusetts? Me he ido al registro en vivo de Celibidache (EMI, 1967) y, efectivamente, aún se puede sacar más punta a las notas, pero aun así no parece que se trate de una gran música.
Sí que lo es la Séptima de Dvorák, recreada por Blomstedt no solo con la magnífica arquitectura y la elevada musicalidad en él incuestionables, sino también con apreciable flexibilidad en el fraseo, elegante vuelo lírico y gran efusividad. Tampoco deja de atender a esa decisiva vertiente dramática de la página que él mismo resalta en la citada entrevista. Ahora bien, personalmente prefiero interpretaciones más rústicas y escarpadas, también más claramente trágicas que esta, a mi entender un poco más amable de la cuenta. ¿Interpretación de anciano director, muy anciano en este caso? Pues sí, algo de eso hay. En cualquier caso, una lectura de altísimo nivel en la que la Filarmónica de Berlín deja bien claro que pocas rivales tiene hoy entre las grandes orquestas.
Las podrán ser odiosas, pero en ocasiones son también reveladoras. Comparemos si no cómo hacen la Quinta sinfonía de Carl Nielsen (ya saben, “la sintonía de la Guerra del Golfo” desde que fue utilizada por Televisión Española) dos maestros norteamericanos de avanzada edad, David Zinman (Nueva York, 1936) y Herbert Blomstedt (Springfield, Massachussets, 1927) frente a la Filarmónica de Berlín, en sendos conciertos filmados por la Digital Concert Hall, el primero de ellos el 15 de enero de 2011 y el segundo el 25 de mayo de 2013.
La de David Ziman me parece francamente floja, aunque resulta difícil determinar si es voluntad del maestro neoyorquino ofrecer una interpretación distendida, sin conflictos, antes atenta a la belleza sonora que a las tensiones internas de la música, o simplemente es que su batuta resulta incapaz de inyectar electricidad, vida y sentido de los contrastes a esta página. Lo cierto es que, ya desde el principio, se aprecian una flacidez y un deslavazamiento en la arquitectura –las tensiones no se acumulan hacia los clímax: simplemente se incrementa el nivel de decibelios– que provocan que la audición se haga cuesta arriba. Eso sí, no podemos regatear que la orquesta suena igual de bien que siempre –formidables los solistas– y que la batuta se esfuerza por aclarar las texturas y ofrecer claridad, si bien ésta no sea la máxima posible en la primera fuga del segundo movimiento.
La de Blomstedt esto es otro mundo. Aquí hay vida, color, variedad anímica y, sobre todo, mucha intensidad expresiva. El fraseo es cálido, rico en matices, certero en la incisividad de las intervenciones solistas, elocuente y humanístico en su lirismo, dramático a más no poder cuando debe aun sin necesidad de ofrecer una lectura expresionista ni desgarrada. A destacar la tremenda acumulación de tensiones en el gran clímax del primer movimiento (¡qué diferencia con Zinman!) o la grandeza abrumadora, por completo ajena a la retórica, que adquiere el final en manos del muy veterano maestro. La orquesta suena aquí con una rusticidad muy adecuada, y los solistas parecen bastante más motivados.
A destacar también que la filmación de 2013 es muy superior a la de Zinman, particularmente en vivacidad cromática, lo que nos habla de cómo ha ido mejorando la calidad técnica de las retransmisiones de la Digital Concert Hall. Lo dicho, una comparación reveladora.
Hace ya tiempo que el maestro estadounidense –de origen sueco– Herbert Blomstedt dejó de grabar para las grandes compañías discográficas, pero la Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín nos permite poder seguirle la pista en estos últimos años de su muy longeva carrera: ochenta y siete añitos tenía cuando –sin batuta– dirigía el pasado 10 de enero a la formación alemana nada menos que la Octava de Bruckner (edición Haas, para los puntillosos).
Obviamente Blomstedt juega con ventaja, porque no hay una sola orquesta en el mundo –incluidas Viena, Concertgebouw, Chicago y todas las que ustedes quieran– más adecuada para semejante partitura. Su empaste denso y prieto, su perfecto equilibrio entre masas sonoras, su robustísima cuerda grave y sus metales redondos, poderosos, pero nunca excesivamente brillantes o con afán de protagonismo, convierten la audición en toda una experiencia.
Por supuesto, esto no serviría de nada sin una cabeza rectora que sabe lo que se hace, y aquí tenemos a un Blomstedt que construye la magna catedral sonora con absoluta perfección, sin languideces ni puntos muertos, fraseando con sutil flexibilidad, cantando las melodías con holgura, evitando toda pesadez y alcanzando los clímax, jamás retóricos ni hipertrofiados, con absoluta lógica y naturalidad.
El problema es que Blomstedt, maestro serio y profesional donde los haya, rara vez termina comprometerse con lo que toca y ofrecer interpretaciones de auténtica referencia. Yo echo de menos un grado más de terror ante el abismo, de anhelo de encontrar respuesta en el más allá, de súplica agónica… También de sensualidad terrena, de profundidad mística y de exaltación visionaria. La coda final, por otra parte, suena más épica que trágica: no es lo que a mí más me convence.
En definitiva, una gran interpretación de “kapellmeister” de los de toda la vida, pero no una de las que hacen plena justicia a la obra como una de las más geniales sinfonías que se hayan compuesto. ¿Mis versiones favoritas? Karajan con la Filarmónica de Viena en San Florián, Giulini con la Filarmónica de Berlín, Celibidache con la Filarmónica de Múnich y Barenboim con la Staatskapelle de Berlín.
La semana pasada he podido por fin contratar el servicio de fibra óptica para mi equipo en Jerez, logrando así recuperar mi querida Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín en las mejores condiciones, esto es, conectado a mi equipo 7.1 y con el televisor HD. Al hilo de la crítica que tengo que escribir para Ritmo sobre las Sinfonías de Beethoven por Rudof Barshai, he decidido ver en la DCH cuatro versiones de la Cuarta sinfonía de Ludwig van Beethoven, una experiencia de lo más interesante para comprobar una vez más hasta qué punto pueden cambiar las cosas según la batuta con una orquesta de esas “que tocan solas” y que se saben este repertorio de memoria. Karajan, Rattle, Blomstedt y Dudamel son quienes se encuentran en el podio. De Abbado, de quien también hay filmación, he preferido pasar.
La primera en el tiempo es la de Herbert von Karajan, filmada por las cámaras de Unitel en 1971. La interpretación es muy parecida a la que el maestro registró en audio para Deutsche Grammophon nueve años antes: en el punto justo de equilibrio entre el seco rigor toscaniniano y los narcicismos de su última etapa, el salzburgués ofrece una formidable recreación en la que la asombrosa belleza sonora que obtiene de su orquesta, un punto más preciosista de la cuenta (¡cómo no!) en el segundo movimiento, y la deliciosa cantabilidad del fraseo, no están reñidas con la precisión en el pulso interno, el sentido del humor ni el vigor dramático que necesita esta música. Todo ello, por descontado, obteniendo espectaculares claroscuros sonoros y expresivos que, aun dejando a un lado la reflexión humanística beethoveniana, nos seducen de principio a fin.
Por desgracia, la planificación visual se encuentra realizada por él mismo en el cénit del narcisismo –los músicos de su orquesta parecen importarle un pimiento–-, dejando además entrever ciertos ribetes filo-nazis. Eso sí, la mejora de la imagen y el sonido realizadas por la Digital Concert Hall es espectacular: al contrario que sus filmaciones de los ochenta, las de los setenta realizadas por Unitel fueron realizadas sobre celuloide, lo que ha permitido volver las cintas originales y pasarlas a alta resolución respetando (¡no es el caso, ay, de otras filmaciones recuperadas en la DCH!) el formato original televisivo 4:3.
Saltamos en el tiempo a agosto 2010. Aun sin necesidad de forzar la articulación como lo hizo en su integral con la Filarmónica de Viena, y encontrando un punto de equilibrio más adecuado entre tradición e historicismo, Sir Simon Rattle insiste en su Beethoven renovado, ágil e incisivo, basado antes en el ritmo y la aspereza que en la voluptuosidad sonora, atrevido en la presencia de la percusión, que mira no poco a Haydn sin dejar de atender a la potencia, la robustez y el sentido teatral propios del compositor. Los resultados son ahora más satisfactorios que en el registro para EMI, sin que logre soslayar el escaso vuelo poético del Adagio y cierta tendencia a buscar contrastes espectaculares y a caer en ciertas brusquedades. La orquesta, con cuerda más reducida de lo habitual, responde con su incuestionable sabiduría.
En mayo de 2013 le toca el turno al muy veterano Herbert Blomstedt. La verdad es que las cosas terminan de funcionar: tras una introducción menos densa y concentrada de lo esperable en un director anciano y “de la gran tradición”, el maestro demuestra atender de manera admirable a la vertiente más escarpada y combativa de Beethoven, pero no sintoniza con el lado más humano, más sensual y más cantable del compositor. De ahí que en el Adagio la poesía no logre levantar el vuelo –y eso que las maderas son prodigiosas–, aunque en contrapartida el último movimiento resulta poderoso y arrebatador.
Solo unos meses después, el seis de diciembre, el tan talentoso como irregular Gustavo Dudamel propone la misma obra. Y el acierto es pleno: hay en su recreación frescura, comunicatividad, perfecto equilibrio entre lo apolíneo y lo dionisíaco, fluidez en el fraseo y un adecuado balance entre impulso rítmico y delectación melódica, todo ello manteniéndose dentro de la más ortodoxa tradición centroeuropea y sabiendo lucir las mejores cualidades de la soberbia orquesta. Eso sí, demasiado rendido quizá a la increíble belleza sonora de ésta y a la cantabilidad asombrosa de sus maderas, en el segundo movimiento cae en algún que otro detalle algo amanerado en busca de lo amoroso y de lo delicado que no hacía ninguna falta: la sombra de Karajan es alargada.