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viernes, 4 de julio de 2025

Daniel Harding en Roma: La mer, Daphnis et Chloé y Réquiem de Verdi

En los días pasados he tenido la oportunidad de escuchar dos conciertos de Daniel Harding con la Orquesta y Coro de la Academia de Santa Cecilia de Roma, conjuntos de los que el aún relativamente joven maestro británico (Oxford, 1975) detenta la titularidad en sustitución de Antonio Pappano, que se ha llevado casi dos décadas con ellos. Ambos se celebraron en el Parco della Musica de Roma, un lugar alejado del centro y de complicado acceso para el turista que no conoce bien las líneas de autobús. El primero se ofreció en la sala Santa Cecilia y se centraba en el impresionismo francés: La mer de Debussy (aquí discografía comparada) y el ballet completo Daphnis y Chloé de Ravel (discografía). ¿Se les ocurre programa más hermoso? El segundo se hizo al aire libre, con amplificación bien gestionada: Réquiem de Verdi. Aunque en los dos casos los precios no superaban los treinta euros, ambos recintos se quedaron a menos de la mitad de los respectivos aforos. ¡En una ciudad como Roma! Mañana sábado se presenta en Granada el primero de los programas, el domingo el segundo: no hay billetes para ninguno. El lunes hacen el Réquiem verdiano en el Maestranza, y ahí sí que quedan entradas de todos los colores. No se lo pierdan, aunque sea por escucharle la parte de soprano a Federica Lombardi.

Primera cuestión: ¿cómo les sientan a los conjuntos romanos una batuta como la de Harding? Pues muy bien, oigan. Las diferencias con Pappano son obvias: el maestro londinense de corazón italiano hacía sonar a la orquesta con mayor músculo, más opulencia sinfónica, y ofrecía interpretaciones de superior voltaje expresivo, más inmediatas y emotivas. Harding no posee su temperamento ni su fuerza, pero le aventaja en refinamiento, detallismo y transparencia, como también en el tratamiento de las texturas. ¿Más exigente? Puede. ¿Les hace trabajar más duro? Parece probable, pero a tenor del enorme entusiasmo que los profesores mostraron hacia la batuta al finalizar cada uno de los conciertos, no parece haber conflicto alguno. Saben que suenan mejor, y eso les gusta. La nueva titularidad parece un acierto tan grande como haber llevado a su Pappano a la Sinfónica de Londres.

Segunda cuestión: las interpretaciones propiamente dichas. De La mer he comentado aquí dos filmaciones con Harding, una con la Orquesta de París de 2017 y otra con la Filarmónica de Berlín de 2023. En la discografía comparada les puse un ocho sobre diez: ya saben que eso de los puntitos me gusta cada vez menos, pero sirve para hacerse una idea rápida. Esta de Roma ha sido parecida, es decir, ágil, contrastada, con nervio y de excelente trazo, líquida en las texturas, pero no particularmente sensual ni poética. ¿Diferencias en la recreación romana? No muchas, pero sí importantes. Una hermosísima frase de los violonchelos en el primer movimiento que Harding hacía en exceso ligera léase "históricamente informada", aunque aquí la etiqueta resulte incorrecta ha ganado densidad. La sección clave de la calma antes de la tempestad dentro del tercer movimiento ha ido ganando concentración desde la citada filmación parisina. Y los muy excesivos timbalazos de los compases que cierran el tríptico ya no están. Total, que en pocos años el señor Harding ha conseguido dirigir la obra mejor que antes. Por otra parte, su técnica de batuta le permite sacar muy buen partido de una orquesta que, dicho sea de paso, se encuentra en muchísima mejor forma que en los tiempos en que grabó esta misma página bajo la dirección de Leonard Bernstein. Venga, un ocho y medio para la versión romana del británico.

Y un nueve, no sé si nueve y medio, para su Daphnis y Chloé. Entiéndanme, a las dos suites con coro de Celibidache y Múnich hay que ponerles un once como mínimo, pero lo de Harding, por seguir jugando a poner puntitos, ha quedado muy cerca del diez de esas referencias tan distintas entre sí que son Haitink en Boston y Chailly en Ámsterdam, aunque estilísticamente mucho más cerca de la agilidad y el sentido teatral del segundo que de las atmosféricas brumas del primero. Por decirlo de otra forma, la interpretación de Harding ha sido antes impresionista que simbolista, narrativa mucho más que evocadora, siempre de trazo fino y brillante en el mejor de los sentidos. El único reparo se lo pongo al breve segundo acto: ya sé que los piratas son brutales y todo eso, pero el maestro se excede un tanto. Por lo demás, excelente tratamiento de la orquesta formidables las maderas en el Amanecer impresionante gradación de las dinámicas con todos los imposibles pianísimos y fortísimos demandados por Ravel e irreprochable trabajo del coro bajo la dirección de Andrea Secchi. Las mil o mil doscientas personas que estábamos en la sala 2700 butacas presenciamos un gran concierto.

No mucho más público al día siguiente en el patio del complejo para el Réquiem de Verdi. ¿Cómo es posible, señoras y señores, que esta obra se quede a mitad del aforo en el pleno corazón de Italia? ¿Qué demonios está pasando? ¿La gente se ha vuelto burra de golpe? Bueno, fascista sí que se ha vuelto por esas latitudes, y no crean que no se nota en el trato humano... Pero no nos desviemos.

Globalmente, gran versión de la obra verdiana. En Stage+ hay una versión a cargo de los mismos intérpretes del pasado mes de octubre en San Pablo Extramuros. Aquí dije algo, pero muy poco debido a la mala acústica del recinto. Ahora sí que me he enterado de cómo Harding dirige la obra, cosa que se resume con facilidad: magníficamente, con nervio, garra y brillantez, en los momentos más extrovertidos tremendas las apariciones del Dies Irae, y con cierta ausencia de atmósfera espiritual en los más recogidos. Qué quieren que les diga: a mí, que soy tan agnóstico como lo era el propio Verdi, lo que me interesa es una interpretación particularmente espiritual de estos pentagramas. En cualquier caso, y como el trabajo con orquesta y coros es formidable, el espectáculo está servido. Muy difícil no sentir escalofrío durante muchos momentos de la ejecución.

Cuarteto de nivel superior al de la interpretación en la basílica. Giorgi Manoshvili tiene una de esas voces de bajos de la Europa del este tan peculiares que, la verdad, a mí no me hacen mucha gracia en la ópera italiana, pero para esta página en concreto, que demanda un punto de oscuridad e incluso truculencia, vienen muy bien; por lo demás, el instrumento posee lozanía y el canto es notable. Misma calidad canora y técnica la de la mezzo Teresa Romano, no particularmente cálida pero irreprochable en sus intervenciones. Aunque Francesco Demuro tuvo algunos problemas en los cambios de registro, a mí me gustó mucho: la voz es muy hermosa, frasea con enorme cantabilidad, se fue con valentía al agudo buen metal en la punta y, sin ofrecer una de esas interpretaciones "desafiantes a la divinidad" que tanto gustan, supo evitar el peligro de la melifluidad que acecha en su parte.

Queda lo de Federica Lombardi. Voz de muchos quilates, aunque habrá quienes la prefieran más ancha y pesada para esta música; no es mi caso. Técnica impresionante en todo: emisión, homogeneidad, dicción, control del fiato, resolución de los saltos al agudo... Canto verdiano de verdad, con un legato para derretirse, enorme sensibilidad para construir frases y mucho arrojo. Expresión variada y a flor de piel, desde la devoción humilde hasta el terror pasando por la expectación, el fervor o la súplica más desgarrada. Recreó su parte como enorme cantante de ópera, pero no se pasó a la hora de teatralizar sus frases: sonó a lo que es, un réquiem con fuerte carga teatral. Ya les digo, canto bellísimo, perfecto en el estilo y tan sincero como emotivo. ¿Y el comprometidísimo Libera me? Pues magnífico. Recuerdo algunas sopranos sensacionales en esta obra, pero no logro identificar a ninguna que me guste mucho más de lo que me ha gustado en Roma la señora Lombardi. Por eso mismo quiero insistir: si tienen la oportunidad de acudir a la cita en el Maestranza, ni se les ocurra quedarse en casa.

jueves, 3 de julio de 2025

¿Están tontos estos romanos?

Esta noche he escuchado el Réquiem de Verdi a Daniel Harding y sus conjuntos de la Academia de Santa Cecilia. Ha sido en el gran complejo del Parco della Musica de Roma, aunque al aire libre. Precio de la entrada más cara, 30 euros. Vendida solo la mitad del aforo. ¡En una ciudad de 2'76 millones de habitantes! 

Así las cosas, muchos melómanos romanos se han quedado sin escuchar una notabilísima versión de la magistral creación del de Busetto; recreación brillante y muy inspirada en los momentos más extrovertidos por parte del maestro británico, de técnica excepcional, y beneficiada de un cuarteto sólido y sin fisuras en el que la señora Federica Lombardi ha dado una inmensa, magistral lección de canto verdiano. En unos días se hace en Granada y Sevilla. ¡Ni se les ocurra perdérselo! 

lunes, 3 de marzo de 2025

Réquiem de Verdi con Daniel Harding y Santa Cecilia en San Pablo Extramuros

Hace un par de semanas se anunciaba que tanto en el Teatro de la Maestranza como en el Festival de Granada se podrá escuchar el próximo mes de julio el Réquiem de Verdi a cargo de Daniel Harding y los conjuntos a cuya titularidad acaba de acceder, los de la Accademia Nazionale di Santa Cecilia. Casualmente, en la plataforma Stage + se puede ver una filmación de esta obra a cargo de los mismos intérpretes realizada en San Pablo Extramuros de Roma el 23 de octubre de 2024. Pensé que me podría hacer una idea de cómo podría estar la cosa, pero no.

¿El problema? La toma de sonido. Ni siquiera el Dolby Atmos ayuda: demasiada reverberación, y uno ya no sabe si la desaparición del la entrada del coro se debe a las condiciones acústicas o a que el maestro británico acumuló demasiadas pes. Lo mismo pasa con la ausencia de determinadas líneas instrumentales. Dicho esto, parece apreciarse una interpretación de muy buena planta, bastante bien tocada y cantada, fraseada con pulso sostenido, sensibilidad lírica y bastante impulso dramático sin que esto signifique nerviosismo. Eso sí, línea mucho antes operística que religiosa, lo que en un teatro puede funcionar pero en una iglesia no tanto. Yo he echado en falta una buena dosis de espiritualidad. O quizá es que sobraba "frialdad británica". No sé.

Ninguno de los cantantes de la interpretación romana coinciden con los que vendrán a tierras andaluzas. El tenor Charles Castronovo no me ha interesado especialmente, pero su línea cien por cien italiana le viendo de maravilla a esta obra. Roberto Tagliavini, muy justito por abajo, cumple sin más. La mezzo Yulia Matochkina está bien. Lo mejor viene de parte de Masabane Cecilia Rangwanash, que no solo cuenta con la ventaja de poseer ese timbre maravilloso que caracteriza a las cantantes de raza negra, sino que además posee unos recursos belcantistas que le permiten brillar en casi todas sus intervenciones. El "casi" es por el célebre Do sobreagudo del Libera me, en el que lo pasa tan mal como casi todas. 

¿Conclusión? Una interpretación globalmente muy digna, solo eso, lastrada por la acústica del recinto. Si el vídeo merece la pena es para que los amantes del arte disfrutemos en soberbia imagen 4K de la belleza de una de las grandes basílicas romanas.

sábado, 25 de enero de 2025

Harding con la Filarmónica de Berlín: sensacional Schönberg, Holst de referencia

Comenzó su tempranísima carrera siendo un enfant terrible de la “tercera vía”: ya saben, Mozart, Beethoven y Brahms a la manera historicista, pero con instrumento modernos. Luego se transformó en un director más o menos convencional que solo en los repertorios “raros” llegaba a brillar, mostrándose por lo general poco interesante. Y ahora, a tenor de las últimas cosas que se le han ido escuchando, es un grandísimo músico. Lo ha vuelto a demostrar esta tarde en el concierto que se le ha podido escuchar en director a través de la plataforma Digital Concert Hall.

Se abría el programa con Komarov's Fall de Brett Dean, una de esas obras que Sir Simon Rattle había encargado para complementar su registro de Los planetas para EMI con esta misma orquesta. No recordaba nada de ella. Me ha gustado, sin más: hermoso trabajo de texturas.

Interés infinitamente mayor tienen las Cinco piezas para orquesta de Arnold Schönberg. Justo antes del concierto repasé la de Barenboim con la Sinfónica de Chicago y la de Rattle con la propia Berliner Philharmoniker en los Proms. Situándose en el extremo opuesto a este último, el ya no tan joven maestro británico parece avanzar en el sendero que había abierto el de Buenos Aires años atrás. Las tensiones ya no están a flor de piel, sino que circulan subterráneas. El colorido no es solo incisivo: también puede ser acariciador. Las atmósferas -tempi muy lentos- se encuentran cargadas de misterio, el fraseo respira con pleno sentido orgánico y hasta se percibe un vuelo melódico que con la mayoría de los directores no llega a intuirse. Sí, Harding va aún más lejos que Barenboim, aunque no alcanza el grado de inspiración ni de temperatura expresiva que este. En cualquier caso, y toda vez que el trabajo con la fabulosa orquesta es sensacional, no dudo en calificar esta recreación como imprescindible para quien quiera acercarse a esta música.

En la segunda parte, The Planets. Olvidándose por completo de los tempi disparatados de la grabación del propio Gustav Holst -para velocidades supersónicas ya tiene su trabajo como piloto de Air France-, nuestro artista ofrece una recreación a todas luces excepcional que recuerda a la de tres años atrás en Múnich. Marte lento, denso y opresivo, mucho antes que marcial. Concentración y refinamiento tímbrico en Venus, sin espacio para ligerezas. Tampoco lo hay en Mercurio, pese a estar dicho con el obligatorio carácter alado. Alegría sin aparatosidades en Júpiter, cuyo tema “elgariano” quizá jamás se haya escuchado al mismo tiempo tan hermoso y conmovedor. Tampoco lo han hecho las frases poéticas de la cuerda en un Saturno particularmente oscuro, ya que no tan angustioso como en otras ocasiones. Irreprochable Urano, que sabe evitar lo equivocadamente lúdico aun sin alcanzar, ni de lejos, la genialidad de la reinterpretación macabra de Bernard Herrmann. Para terminar, más sensualidad (¡incluso emotividad!) en Neptuno que misticismo propiamente dicho.

Ah, pocos rostros habituales en la orquesta, y monumental gazapo del fagot en Saturno: esperemos que lo corrijan cuando cuelguen en la plataforma la edición definitiva.

sábado, 2 de septiembre de 2023

Sinfonía nº 1 de Gustav Mahler: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN

2.IX.2023 

Esta entrada la publiqué el 3 de enero de 2020.

Ahora añado las grabaciones de Solti 1964, Mehta 1974 y 1980, Muti, Abbado 1989 y Boulez,

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No es esta la música que más me gusta del compositor bohemio. Su último movimiento me resulta un monumental ladrillo y, en general, aprecio cierta impostura expresiva: a mí me parece que el tremendo éxito que suele cosechar entre el público no se debe tan solo a la belleza de las melodías que extrae de sus Lieder eines fahrenden Gesellen o la enorme brillantez orquestal desplegada, sino en la tramposa manera de dar gato por liebre, es decir, de hacer pasar por complejo, profundo y psicoanalítico un mensaje en que realidad es más simple que un ocho. En cualquier caso, hay muchísimas cosas interesantes en esta partitura como para dejarla a un lado, así que allá vamos.



1. Barbirolli/Orquesta Hallé (Pye, 1957). Es esta una lectura concentrada y poética –verdaderamente mágica la introducción–, ajena a la retórica vacua y al efectismo, que aun sin ser de lo mejor que ha hecho en este repertorio, da buena cuenta de la vigencia de los planteamientos mahlerianos de Sir John. El primer movimiento despliega lirismo de la mejor ley. El segundo, expuesto con lentitud y cierta sorna en el tratamiento de las maderas, interesa por ofrecer más retranca que impulso o frescura. En el tercero, por el contrario, se hubiera agradecido una dosis superior de sarcasmo. Y en el cuarto Barbirolli logra el milagro de no aburrirnos gracias a un perfecto dominio de la arquitectura y a su capacidad para descubrirnos los aspectos más góticos de la página. A la hora de la verdad, el único reparo serio viene por parte de las manifiestas insuficiencias de la orquesta: la repetición de algunos pasajes no hubiera venido nada mal para dejar testimonio fonográfico de una interpretación más depurada. Tampoco la toma, primera estereofónica que recibe esta partitura, está a la altura de las circunstancias. (8)



2. Walter/Sinfónica de Columbia (Sony, 1961). Un introducción particularmente tierna y bucólica, en la que la llamada de la naturaleza no resulta inquietante sino seductora, y en la que hay detalles magistrales –admirables pizzicati– que revelan la espléndida técnica del maestro, da paso a una interpretación en perfecta consonancia con la idea que tenemos de Bruno Walter como “maestro amable”; o mejor aún, con la etiqueta de “moralista” que le aplicaba Klemperer a la hora de calificar su Mahler, en contraposición a la de de “inmoral” que el de Breslau –genio y figura– se aplicaba a sí mismo. Lo es al menos en el primer movimiento, espléndido visto desde semejante óptica, y también en un segundo más que correcto en cuyo trío sorprende no encontrar portamentos en los lugares esperados, pero sí donde no suelen hacerse. La marcha fúnebre, paladeada con una lentitud que le viene muy bien, se encuentra ricamente matizada y no es ajena a la ironía. El gran pinchazo de la interpretación, hasta aquí de alto nivel, se encuentra en un Finale desganado, falto de continuidad y lastrado por alguna chapucilla por parte de una orquesta que se queda un tanto corta. La toma sonora ha resultado ser muy notable tras el último reprocesado. (8)



3. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1962). Una pena tener que sacar a relucir el tópico, pero lo cierto es que el maestro holandés, además de ofrecer una admirable perfección técnica a la hora de levantar el edificio sinfónico, hace gala de un distanciamiento expresivo que no solo evita cualquier blandura, preciosismo o concesión de cara a la galería, lo que resulta perfecto, sino que también se queda a medio camino en una música que parece pedir a gritos mayor compromiso, mayor creatividad y mayor intensidad poética. Dicho esto, se aprecia aquí unas ganas de comunicar digamos que “juveniles” –Haitink contaba treinta y tres años– que no siempre se harán presentes en sus posteriores acercamientos al mundo mahleriano, por lo que a la postre nos encontramos con una honestísima interpretación que, además, tras el reciente reprocesado suena francamente bien para la época. (8)


4. Leinsdorf/Sinfónica de Boston (RCA, 1962). Correctamente construida, bien diseccionada e irreprochablemente tocada, esta interpretación sirve como testimonio de que en fechas relativamente tempranas –todavía estaba por llegar el boom discográfico mahleriano– ya existían planteamientos que apostaban por un lirismo ensoñado y algo suavón para esta música, aunque tampoco se pueda hablar aquí de blandura ni de narcisismo. El maestro austríaco arranca sin conseguir la magia sonora deseable, para seguidamente desgranar aquello de “Ging heut’ margen übers Feld” con delectación, sensualidad y un punto quizá excesivo de suavidad, justo como pasa en el trío de un Scherzo que, por lo demás, resulta notable. Lenta y misteriosa la marcha fúnebre, no muy atenta a los aspectos “vulgares” tan decisivos en este universo musical. El Finale es correcto, solo eso: no hay excesos, pero tampoco se consiguen continuidad en las tensiones ni la electricidad que otras batutas aquí alcanzan. La toma es espléndida, a despecho de una gama dinámica no del todo amplia. (7)


5. Solti/Sinfónica de Londres (Decca, 1964). En plena primera madurez de su carrera, un Solti de increíble virtuosismo demuestra hasta qué punto se puede inyectar nervio, electricidad y brillantez a esta música sin renunciar a lo que tiene de poético, pero también sin caer en el menor amaneramiento. Y lo hace, claro está, haciendo gala de un portentoso control de los medios, de una concentración impresionante y de una atención plena tanto a la arquitectura global como al detalle. Un poco más de imaginación no le hubiera venido mal, en líneas generales, pero en contrapartida la marcha fúnebre es un hallazgo: sensual antes que inquietante, muy cálida y también con una buena dosis de retranca. (9) 

 


6. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1966). Esta de Lenny no tiene nada que ver con las otras interpretaciones de esta misma época aquí comentadas: frescura, jovialidad, encanto, pleno goce hedonista de melodías, ritmos y colores, arrebatos de entusiasmo –tremendo el arranque del cuarto movimiento–, flexibilidad y creatividad en la agógica… Pero también encontramos una tendencia nada disimulada hacia el preciosismo y el más insufrible amaneramiento, que se hace bien presente en el Trío del Scherzo. Por otra parte, tampoco hay especial intensidad poética en esta recreación vistosa, sin la menor duda, pero un tanto superficial. (8)



7. Giulini/Sinfónica Chicago (EMI, 1971). Para muchos críticos una verdadera referencia, esta es una lectura presidida por el buen gusto, por la total ausencia de efectismo y de cursilería, por la naturalidad en el desarrollo y por el profundo sentido lírico y humanista esperable en Giulini. Se puede preferir una versión más ácida, con más nervio y con más sentido del humor, pero la propuesta resulta tan coherente como sincera, y se encuentra fabulosamente planificada y ejecutada. Si no le otorgo la máxima calificación es solo porque el propio Giulini se superará a sí mismo poco más tarde. (9)



8. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD DG, 1972). Aunque solo han pasado seis años desde su registro con Nueva York y el concepto sigue siendo el mismo, la presencia de la Wiener Philharmoniker conduce a unos resultados netamente superiores a los de entonces. Y no solo por la superlativa calidad de la más famosa formación austríaca, sino porque junto a ella Lenny parecía llegar a un punto de encuentro entre su propia personalidad y la de la orquesta, o lo que es lo mismo, entre lo dionisíaco y lo apolíneo, entre temperamento y belleza sonora. Ofrece de esta forma un magnífico primer movimiento, comunicativo a más no poder dentro de su irreprochable ortodoxia, y un cuarto fulgurante en el que la batuta hace cantar a la cuerda de manera prodigiosa, saca todo el brillo a la sección de metales y logra mantener la tensión a lo largo de estos veinte minutos en otras ocasiones soporíferos. El segundo estaría muy bien si no fuera porque los amaneramientos de la grabación para CBS vuelven a hacerse presentes. En la marcha fúnebre desconcierta por completo un contrabajo que parece apostar por el feísmo sin saber muy bien a dónde va, y –en general– el director no logra sacarle todo el partido a la página a pesar de un portentoso dominio de la agógica. La filmación es un placer, por motivos que todos conocemos: ¡ver a Bernstein dirigiendo Mahler! La toma sonora adolece de una molestísima compresión dinámica que fastidia de manera considerable la audición. (9)

 

 

9. Mehta/Filarmónica de Israel (Decca, 1974). Las maneras del Mehta joven –treinta y ocho años– le sientan de maravilla a una obra como esta. También a unos oídos como los nuestros, que tras muchos desmanes cometidos en este repertorio a lo largo de las últimas décadas desean encontrar sana rusticidad en lugar de ultrarrefinamiento –lástima que no renuncie a los portamentos del Trío del Scherzo-, ímpetu juvenil en lugar de blanda ensoñación, potencia expresiva en vez de grandes contrastes decibélicos. El de Bombay nos entrega todo eso sin renunciar al trazo cuidadoso, pero también es cierto que se queda un tanto corto en lo que a perfume poético y emotividad se refiere, manteniéndose en una superficial brillantez sin explorar detrás de las notas. La toma es francamente buena para la fecha. (8)


10. Giulini/Filarmónica de Berlín (Testament, 1976). Nueva vuelta de tuerca por parte de un Giulini que nos ofrece una lectura lentísima, maravillosamente paladeada, en la que la cantabilidad, la elegancia sin almíbar y el sentido humanista se imponen por encima de los aspectos épicos y humorísticos de la escritura, pero en la que –en cualquier caso– se alcanzan una hondura, una belleza y una emotividad extremas, particularmente en el canto de los lieder. Impresionante todo el arranque, y en absoluto retórico el final, pleno de grandeza y sin pesadez. Hay fallos en la ejecución, pero la orquesta de Karajan rinde al nivel que en ella se espera. La toma ofrece, venturosamente, una amplia gama dinámica que permite disfrutar sin problemas de la que quizá sea la más convincente lectura de todas las escuchadas. (10)




11. Kubelik/Sinfónica de la Radio Bávara (DVD Dreamlife, 1980). El enfoque lírico del maestro checo resta retórica, pesadez y escándalo gratuito al cuarto movimiento, logrando incluso que sus momentos más introvertidos no se hagan eternos, lo que se sienta estupendamente a esta flojísima música (¿lo peor del Mahler sinfónico?), pero lo cierto es que en el resto de la partitura, que sí alberga cosas de interés, Kubelik no solo no acierta a inyectar toda la fuerza y la convicción necesarias, sino que termina evidenciando, con múltiples detalles personales aquí y allá, cierta tendencia no ya a lo contemplativo, sino también a lo suavón –Trío del Scherzo, melodía de la canción “Die zwei blaue Augen von meinen” en el tercero– que no resulta de recibo. Tampoco la orquesta, solvente sin más, se encuentra en la mejor forma posible. La realización visual es correcta, pero la toma sufre de una fuerte compresión dinámica que impide percibir la música como es debido. (7)

 

12. Mehta/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1980). Solo han pasado seis años desde su registro en Israel, pero aquí Mehta ya es otro músico, menos extrovertido y más personal, más creativo, pero no precisamente exento de irregularidades, entre otras cosas porque esta vez le va a abrir la puerta a la blandura. Sabe crear misterio y expectación en el arranque, navega luego con sensata ortodoxia y alcanza un final del primer movimiento lleno de fuerza y brillantez. Bueno sin más el segundo: en el Trío no solo no evita los portamentos, sino que además cae en una desafortunada cursilería. Paladea de manera muy insinuante la marcha fúnebre, también con mayor lentitud; le resulta mucho antes misteriosa que irónica, pero en el lied central se le va la mano. Justo lo que pasa en determinados pasajes en exceso contemplativos del último movimiento, por lo demás lo mejor de la función: brillantez, fuerza y convicción a tope, todo ello haciendo rendir a una orquesta no especialmente buena al máximo de sus posibilidades. Buena grabación digital. (8)


13. Abbado/Sinfónica de Chicago (DG, 1981). Nada que ver el lo que hacen aquí los portentosos chicagoers con lo que hicieron diez años atrás bajo la batuta de Giulini. No esperemos encontrar el vuelo lírico, la cantabilidad humanística, la ternura ni la efusividad del de Barletta. La del milanés es una lectura mucho menos profunda y reflexiva, más a flor de piel, más vistosa e inmediata, llena de color, de frescura, de sentido del humor –desenfadado, sin mucha retranca– y de brillantez venturosamente ajena al exceso y al efectismo. Solo algún detalle curso en el Trío del segundo movimiento –no obstante delicioso– anuncia la lamentable posterior evolución de Abbado en este repertorio. (9)


 

14. Markevitch/Gewandhaus de Leipzig (Tahra, 1982). Adoptando tempi rápidos y haciendo gala de esa electricidad que caracteriza su batuta, el maestro ucraniano acierta al ofrecer un Mahler fresco, vibrante y por completo alejado del preciosismo, no digamos ya de los amaneramientos, pero no termina de redondear su propuesta. El primer movimiento, sin dulzonería alguna, funciona estupendamente. En el segundo pincha el Trío, ligero en todos los sentidos, trivial y un punto cursi. El tercero necesitaría más sosiego y sentido del misterio, como también mayor retranca. Y el Finale se ve felizmente despojado de toda retórica y ofrece una rusticidad sonora de lo más refrescante, pero de nuevo algunos pasajes podrían estar más paladeados. Tampoco la orquesta parece en óptima forma, ni la batuta logra ofrecer la mayor depuración sonora posible, incurriendo incluso en algún desajuste. La toma deja bastante que desear para la época, incluso siendo de origen radiofónico. (7)


15. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1983). La gran aportación de este registro es una toma sonora sensacional, claramente superior a la ya muy buena conseguida por DG dos años antes en el registro de Abbado. Claro que no es solo por la soberbia labor de los ingenieros del sello británico por lo que la CSO suena aquí con mayor virtuosismo, redondez, riqueza tímbrica y depuración sonora, sino también por la perfección maestra con la que la trata su titular, un Solti en el momento más equilibrado de su carrera que sabe ofrecer no solo su habitual dosis de extroversión, incisividad y sentido teatral, sino también, como ya ocurriera en su lectura al frente de la London Symphony, delectación melódica –tempi muy deliberados–, sensualidad, atmósfera y sentido del misterio. Se ha perdido un poco de la frescura y del nervio de la ocasión anterior, pero lo compensa la soberbia respuesta de la formación norteamericana, brillante a más no poder sin que haya lugar para el exceso. (9)

 

 

16. Muti/Orquesta de Philadelphia (EMI, 1984). Siendo esta la única grabación mahleriana del maestro napolitano, podría esperarse una interpretación poco comprometida, realizada únicamente para lucir el tremendo fulgor de la orquesta. Pues no: Muti le pone muchísimas ganas al asunto y aborda la partitura haciendo gala no solo de su habitual intensidad, sino también de su muy loable deseo de apartarse de blanduras, preciosismos y amaneramientos. Puede ser que, por ello mismo, haya quienes prefieran que el lied del primer movimiento hubiera estado más paladeado, más atento a los efluvios poéticos, aunque a mi entender es mejor caer en este extremo de la vitalidad juvenil que en el contrario. En la misma línea el Scherzo, entusiasta a más no poder y dotado de un “descaro” muy conveniente; los portamentos del Trío se los podría haber ahorrado. Misteriosa y sin prisas la marcha fúnebre, pasando luego a un Finale fulgurante en el que, eso sí, en las secciones lentas se pierde un poco el pulso. Las fuerzas de Philadelphia lucen con una mezcla de brillantez y aspereza que le sienta de maravilla a la sección conclusiva. Lástima que la toma deje que desear. (9)


17. Bernstein/Orquesta del Concertgebouw (DG, 1987). Por fin una toma sonora a la altura de las circunstancias para disfrutar de la sensacional orgía tímbrica que Lenny despliega en esta espléndida interpretación, sólo empañada –ay, una vez más– por lentitudes y amaneramientos en el segundo movimiento. Esta es, en cualquier caso, la grabación del norteamericano que hay que escuchar. (9)



18. Ozawa/Sinfónica de Boston (Philips, 1987). Conociendo sus maneras interpretativas, podría esperarse del maestro oriental una versión algo más suave de la cuenta, más lírica que dramática y quizá algo descafeinada. Pues no: aunque están aquí el refinamiento, la elegancia y la sensibilidad para el timbre que en él son habituales, Ozawa ofrece una interpretación ante todo fluida y natural, que se desarrolla sin la menor parsimonia, con tanta frescura como control, ajena a preciosismos, decadente solo en el punto justo, brillantísima cuando debe serlo y comprometida en todo momento. Se pueden echar de menos el lirismo humanista de un Giulini o un Tennstedt, la electricidad de un Solti o el sentido de los contrastes de un Bernstein, pero lo cierto es que globalmente esta interpretación, soberbiamente tocada por los de Boston y admirablemente registrada por los ingenieros de Philips, termina siendo de enorme altura. (9)


19. Colin Davis/Radio Bávara (Novalis, 1988). Perfecta en su trazado y ejecución, de un encomiable buen gusto propio de Sir Colin, muy equilibrada entre todos los componentes de la partitura, sin caídas en la blandura ni en el efectismo, pero aún así se trata de una interpretación necesitada de un punto más de implicación, variedad expresiva y “locura”. Demasiado british. (7)

 

20. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 1989). Pianísimos imposibles, fortísimos tan atronadores como redondos y limpios, riquísimo colorido, infinita capacidad para el matiz… Difícil no caerse del asombro ante la técnica del maestro milanés enseñoreándose con la que ya era su orquesta, dispuesta a dar lo mejor de sí misma y conseguir, como queda en evidencia en esta toma en vivo, la rendición incondicional del respetable. Sin embargo, Abbado ya no es el mismo de antes: ahí están, aunque no terminen de estropear su –a la postre– notabilísima recreación, esas sonoridades algo ingrávidas en la cuerda, esas frases que tienden a lo relamido, esos detalles narcisistas que son propios de la menos buena etapa del maestro; de todos ellos, es el muy discutible juego agógico y dinámico en arranque del tema del Scherzo lo que más llama la atención. (8)

 


21. Tennstedt/Sinfónica de Chicago (EMI DVD y CD, 1990). La formación norteamericana vuelve aquí a estar sensacional, pero en esta ocasión no luce como en ocasiones anteriores su potencial para lo espectacular –el final, no obstante, es para descubrirse– porque el maestro alemán construye una interpretación antirretórica, decidida a borrar lo menos interesante de la música mahleriana para quedarse con la belleza de sus melodías, paladeadas con delectación sin caer apenas –quizá el primer movimiento resulta contemplativo en exceso, y algo más dulce de la cuenta "Die zwei blauen Augen"– en el narcisismo, y afirmando que en esta música hay mucho de mensaje humanista que es necesario rescatar. En este sentido, es esta una versión “de anciano director”, serena y trascendida, dicha con tanto lógica como naturalidad, ricamente matizada sin que la flexibilidad apenas se note y dispuesta a llegar mucho antes al corazón que a los sentidos. Nada que ver con Solti y Abbado, pues, y sí mucho con Giulini. Lástima que la toma sonora del DVD no ofrezca toda la gama dinámica posible. (9)



22. Bertini/Sinfónica de la Radio de Colonia (EMI, 1991). No es esta una interpretación personal y creativa. Tampoco resalta los valores más poéticos de la página, ni se interesa por los pliegues más inquietantes de la misma. Sí que ofrece frescura, animación, sinceridad y entusiasmo controlado por una batuta que planifica estupendamente y trabaja a la orquesta, más que meritoria, con claridad y atención al detalle. Pero lo más importante, habida cuenta de lo que hacen demasiados directores, quizá sea la absoluta ausencia de blandura, dulzonería y amaneramiento, como también de planteamientos de cara a la galería. Bertini nos ofrece la partitura despojada de retórica, de trivialidades y de otras molestias adherencias. Música desnuda interpretada con plena convicción. Una toma sonora sensacional, realizada en vivo en el Suntory Hall de Tokio, redondea una interpretación perfecta para acercarse por primera vez a la obra. (9)



23. James Judd/Filarmónica de Florida (Harmonia Mundi, 1993). Uno no sabe muy bien para qué se graban cosas como esta. Primer movimiento muy correcto, aunque con tendencia a exagerar los pianísimos. Segundo sin mucha fuerza y con un trío blando y excesivamente ensoñado, cuando no amanerados y narcisista. Tercero con una sección central muy lánguida. En el cuarto están muy bien las partes extrovertidas, brillantes sin escándalo gratuito, pero las lentas sufren de nuevo de excesiva languidez. El bajo volumen al que se realizó la grabación permite obtener una amplísima gama dinámica. De hecho, quizá sea la toma, que además ofrece una enorme naturalidad, lo único interesante de esta edición junto con la propina: una ensoñada lectura de Blumine, el segundo movimiento sabiamente eliminado por el compositor. (5)


24. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1995). He aquí una lectura excepcional por su absoluta claridad, desarrolladísimo sentido del color, elevada poesía y absoluta ausencia de retórica. El primer movimiento es extremadamente lírico y emotivo; el segundo más reposado de lo común pero lleno de frescura; el trío refinado y leve sin caer en el amaneramiento; el tercero nada humorístico y sí muy misterioso; el cuarto está lleno de fuerza sin caer en el efectismo ni el desbordamiento. En conjunto, una versión relativamente introvertida, pausada, poética, quizá más madura que juvenil, pero en todo caso reveladora. Hay que conocerla. (10)

25. Boulez/Sinfónica de Chicago (DG, 1998). La batuta-bisturí de Boulez, el virtuosismo inconmensurable de los chicagoers y la sensacional labor del ingeniero de sonido Rainer Maillard –es la versión que mejor suena en CD– nos entregan la más increíble radiografía sonora de esta música que uno pueda concebir. Se escucha todo, absolutamente todo, con una limpieza, un equilibrio de planos y una minuciosidad extraordinaria, pero sin que la atención al detalle haga olvidar una arquitectura de lógica y solidez a prueba de bombas. Expresivamente, Boulez nos desconcierta moviéndose entre su habitual rigor –la mayor parte de la página-, inesperada frivolidad –el Trío lo recrea con inconveniente ligereza– y una emotividad poética –última aparición del “Ging heut’ margen”– no menos inesperada. (9)

 



26. Eschenbach/Orquesta de París (YouTube, 2007). Interpretación sobria, directa, de un solo trazo, distanciada tanto del “romanticismo” como de enfoques más o menos expresionistas, poco interesada por el sarcasmo pese a no obviar los aspectos sombríos de la pieza, pero necesitada de un punto más de calidez, emotividad e imaginación para destacar. No es lo mejor de este globalmente magnífica integral que, según me contó el propio Eschenbach, intentaron de manera infructuosa que se editara comercialmente. Al menos está el YouTube. (8)



27. Harding/Orquesta del Concertgebouw (RCO Blu-ray, 2009). El "desperezarse" del arranque está maravillosamente plasmado merced a una técnica de batuta superlativa –el maestro hará gala de ella a lo largo de toda la interpretación– y de una cuerda de asombrosa maleabilidad, pero al llegar a la maravillosa melodía de “Ging heut' Morgen über's Feld” Harding opta por una suavidad extrema que encuentro contraproducente; a partir de ahí, comienza un tira y afloja en el que se alternan pasajes muy bien planteados con otros en exceso ensimismados. El segundo movimiento está francamente bien, aunque en el trío, aun no excediéndose en los portamenti como hacen otros, vuelve el exceso de dulzura. En el tercero la atmósfera y el misterio se imponen por encima de la ironía; eso sí, al llegar “Die zwei blauen Augen” (¿lo adivinan?) la batuta cae en una dulzonería ya insoportable. El Finale, aun de nuevo con más de un devaneo con la blandura, convence por el soberbio espectáculo sonoro, perfectamente planificado y sin escándalo gratuito, que plantean Harding y los portentos de Amsterdam. En definitiva, una recreación tan desconcertante como lo es el propio artista británico. (8)



28. Dudamel/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Dudamel confunde ensoñación con languidez, delicadeza con excesiva suavidad y lirismo con cursilería. Así las cosas, el arranque resulta adecuadamente misterioso, pero en cuanto aparece en los violonchelos eso de “Ging heut' Morgen über's Feld” el azúcar empieza a hacer estragos. Y no, la culpa no es de Mahler. El segundo movimiento empieza bien, sobrando quizá algún detalle rebuscado que no hacía ninguna falta; al llegar al trío, otra vez el maestro se pone repipi. En el tercero sobra suavidad y se echa de menos sentido del humor sarcástico; lo de “Die zwei blauen Augen” ya es el colmo del empalago. En el cuarto Dudamel domina increíblemente bien las tempestades orquestales y, con la fuerza y comunicatividad que le caracterizan, consigue momentos portentosos, pero de nuevo las languideces entre todos esos picos llegan a resultar insoportables. Puede verse aquí. (6)



29. Roth/Les Siècles (Harmonia Mundi). Tenemos aquí la recuperación de la segunda versión, cuando todavía la partitura era Titán pero con los pentagramas ya sustancialmente revisados. Roth la materializa haciendo uso de instrumentos de la época y la ubicación geográfica del compositor, atendiendo a lo que este conoció en su experiencia en Viena. Resulta muy atractiva la sonoridad de las maderas. Discreta la de los metales. La cuerda de tripa, al menos la aguda, parece insuficiente para lo que pide la partitura, amén de no resultar muy ágil ni exacta. Pero esto último no es culpa de los instrumentos sino de Les Siècles, una formación lejísimos del nivel de grandes orquestas que han dictado leccciones magistrales en esta música. En cuestiones de empaste y claridad, Roth tampoco parece ninguna maravilla, e incluso en los tutti más explosivos de los movimientos extremos hay más barullo de la cuenta. La articulación ofrece muchos dejes historicistas, resultando irritante en determinados planteamientos, como el fraseo de la cuerda en el arranque del lied del primer movimiento o el contrabajo (¡inaguantable!) al comenzar la marcha fúnebre. Pero no es historicismo, sino pura cursilería, el modo en que está fraseado el lied "Die zwei blauen Augen". Como es también culpa de Roth, no del planteamiento “históricamente informado”, el rosario de gangosidades y blanduras varias que el director nos va regalando aquí y allá. En realidad, lo único realmente bueno es el Scherzo, dicho con un impulso y una frescura como pocas veces se haya escuchado; no así su trío, afectado por blanduras varias. Ah, se me olvidaba: como se trata de Titán, y no propiamente de la Sinfonía nº 1, hay que aguantar Blumine. (5)

lunes, 13 de junio de 2022

Sinfonía alpina, de Richard Strauss: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN

La entrada se publicó inicialmente el 21.VII.2016. Añadimos ahora las dos grabaciones en CD de Mehta, así como la filmación de Haitink con Viena y la de Harding con Berlín.

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Richard Strauss escribió Eine Alpensinfonie entre 1911 y 1915; no coincide en el tiempo, por tanto, con sus más conocidos poemas sinfónicos, pues el genial compositor ya había dado a la luz obras como Salome, Elektra y Rosenkavalier. Sería más bien contemporánea de Ariadne auf Naxos, lo que nos habla de un artista en plena madurez que domina como nunca nadie lo ha hecho los recursos de la gran orquesta sinfónica.

Hay varías líneas interpretativas posibles. La más ortodoxa consiste en seguir el programa y realizar una descripción de un amanecer en los Alpes bávaros, el camino a través de prados, bosques y cascadas, la llevada a la cumbre para contemplar el impresionante paisaje y el posterior descenso en medio de una terrorífica tormenta –si ustedes han escuchado tronar en la alta montaña saben de qué les hablo–, para concluir en un atardecer meditativo y filosófico. La otra, que no resulta excluyente con la anterior, interpreta el hilo argumental como una metáfora de la vida humana: nacimiento, juventud, plena madurez –la cumbre–, tormentos de la vejez y abandono de este mundo. Al mismo tiempo, están los directores que potencian los aspectos más líricos y ensoñados de la partitura, mientras otros se muestran partidarios de marcar aristas y de hacer la interpretación lo más escarpada posible. La siguiente selección de grabaciones aspira a recoger todas esas posibilidades.

Sobre las puntuaciones, debo apuntar que en más de un caso he dudado mucho a la hora de poner una nota. Quizá debería haber recurrido a usar decimales, pero no me gusta hilar tan fino. Lo que sí debo dejar claro es que esta es la comparativa en la que más importancia le he dado a la calidad de la orquesta, cosa que ustedes comprenderán a la perfección habida cuenta de las características de la partitura de la que estamos hablando, extremadamente exigente en lo que a virtuosismo, brillantez y maleabilidad se refiere.


 

1. Böhm/Staatskapelle de Dresde (DG, 1957). Karl Böhm fue el más grande straussiano del siglo XX, y aunque a finales de los cincuenta todavía no había alcanzado su mayor grado de inspiración interpretativa, nos encontramos aquí ante una dirección de considerable nivel. Dirección amplia y poderosa que es llevada con perfecto pulso, absoluto control y mucha decisión hacia clímax de grandeza abrumadora y un punto opresiva: la visión del maestro es antes dramática que descriptiva. La tormenta resulta terrorífica, y a partir de ahí se podía pedir un punto más de emotividad poética en la reflexión final. En cualquier caso, el único reparo serio es la relativa calidad de la orquesta, que por mucho que fuera la que había estrenado cuarenta y dos años atrás la obra, suena bastante destemplada –particularmente en los metales– para quienes estamos acostumbrados a las increíbles máquinas de hacer música de hoy día. La toma es monofónica, pero de buena calidad. (8)



2. Kempe/Royal Philharmonic (Testament, 1966). Aun encontrándonos ante una interpretación dicha con ganas, de una pieza, irreprochable idioma straussiano y ajena a efectismos, lo cierto es que la batuta del maestro nacido en Dresde se muestra algo lineal, no aprovechando muchos pasajes que requieren mayor vuelo lírico y necesitando un tratamiento orquestal de mayor plasticidad. La claridad no está siempre conseguida, mientras que el final no resulta todo lo inquietante que debiera. En lo que se refiere a la orquesta londinense, los metales resultan algo estridentes y desabridos. La grabación es buena en lo tímbrico, pero se queda corta en gama dinámica y no equilibra bien los planos sonoros. (7)



3. Kempe/Staatskapelle de Dresde (DVD Audio EMI, 1971). Aun más lograda que su registro con la Royal Philharmonic, esta grabación no se mantiene hoy tan vigente como su enorme prestigio nos pudiera hacer pensar. Además de que la orquesta que estrenó la partitura sigue estando en baja forma, flaqueando sobre todo por unas trompetas más bien estridentes, por parte de Kempe las inspiración se muestra algo irregular: las melodías no están del todo paladeadas, hay una cierta falta de aliento poético y al tramo final se le podría sacar más partido. En cualquier caso, el maestro muestra un desarrollado instinto del color y de las texturas –a destacar el incisivo y sarcástico tratamiento de las maderas–, sabe construir el edificio sin vacilaciones y ofrece momentos de una enorme intensidad emocional, particularmente en el desgarrado clímax tras finalizar la tormenta. La toma sonora presenta distorsión, pero gana mucho cuerpo en el hoy descatalogado DVD audio, sobre todo en lo que al registro grave se refiere, poderosísimo; apenas se nota la cuadrafonía salvo en las trompas fuera del escenario, que suenan verdaderamente distanciadas, y la escena de las vacas, que pasan “por delante” de la orquesta. Supongo que el nuevo reprocesado de Warner habrá mejorado las cosas en CD. (8)

 

4. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1975). El maestro indio de mueve muy a gusto en este repertorio desplegando músculo, colorido y brillantez, haciéndolo además con decisión en el trazo, pulso firme y una clara voluntad de apartarse tanto del preciosismo como de la opulencia. El resultado es vistoso, pero superficial: detrás de tan irreprochable puesta en sonidos no se perciben esa sensualidad, ese aroma poético y ese sentido reflexivo que esta música está pidiendo a gritos para demostrar que va mucho más allá de la mera descripción. Tampoco Mehta se preocupa por matizar gran cosa. (7)


5. Solti/Sinfónica de la Radio Bávara (Decca, 1979). Nadie puede negar a Solti haber sido uno de los grandes expertos en el sonido straussiano, y desde luego en este registro –en Múnich y no con su orquesta de Chicago, curiosamente– lo demuestra con creces ofreciendo un increíble dominio de las texturas, brillantez a raudales y una vitalidad portentosa. Pero lo cierto es que, tras un amanecer muy conseguido, el maestro da una de cal y una de arena alternando pasajes de enorme garra con otros lastrados por la precipitación –le dura solo 44’19’'– en los que las melodías no se desarrollan con la cantabilidad, la grandeza ni la emotividad que la partitura demanda. Eso sí: soberbiamente grabada, la orquesta funciona a pleno rendimiento bajo la batuta de un maestro que extrae de la misma unos colores más incisivos de lo que en ella es habitual. (7)



6. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1981). En el momento más inspirado de su carrera, y también en el de mayor dominio del idioma straussiano –poco después vendría su genial Rosenkavalier–, el de Salzburgo firmó uno de los mejores discos de su carrera con esta interpretación que no es personal ni creativa, pero sí irreprochable en la comprensión de la obra. Karajan encuentra el punto justo de elegancia y decadentismo, sin blanduras pero también mostrándose ajeno a los excesos, sabiendo ser descriptivo, pintoresco y amable sin renunciar a lo dramático –tremenda la tormenta– ni a lo trágico –el final desprende el adecuado amargor–. Todo ello lo plasma en sonidos con la mayor perfección imaginable, tanto en lo que al trazo se refiere –acenso y descenso planificados con absoluta naturalidad– como en lo que respecta al equilibrio de planos –se escucha todo–, al tratamiento del color –riquísimo, con portentosa sensualidad straussiana– y a la plasticidad de las texturas, expuestas con un preciosismo y refinamiento al alcance solo de las más geniales batutas. La Filarmónica de Berlín, redonda en sonoridad y con un registro grave aquí de lo más adecuado, es la ideal para esta obra. (10) 



7. Previn/Orquesta de Philadelphia (EMI, 1983). Una interpretación de línea digamos “objetiva”, directa, decidida y entusiasta, admirablemente trazada, irreprochable en el idioma y brillante en el punto justo –no hay exceso alguno–, como tampoco de melifluidad o carácter en exceso contemplativo. Alguna frase podía estar un poco más paladeada, y el último cuarto de la obra podía alcanzar aún más magia y profundidad –al final se le podía sacar más partido–, pero en conjunto es una recreación de muy alto nivel, lo que tiene mucho que ver con la fantástica ejecución de la orquesta: quizá por ella le podemos poner sobresaliente al resultado, y no el notable alto que en realidad merece la batuta. La toma no es del todo clara ni natural en lo tímbrico, aunque alcanza gran gama dinámica en la tormenta. (9)




8. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD Sony, 1983). Extrañamente, el de Salzburgo evidencia cierta desconcentración que le lleva a no ofrecer toda la grandeza posible ni a desgranar las melodías con la mayor cantabilidad, ni siquiera a ser todo lo claro que acostumbra: el registro en estudio es superior. En cualquier caso, Karajan termina ganando la partida por su sentido del color, su brillantez, su elocuencia y, claro está, por la espectacularidad de una impresionante tormenta. La gama dinámica del DVD es realmente amplia. (9)


 

9. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1985). Como es habitual, el maestro holandés no se muestra creativo ni personal, pero sí perfecto en la arquitectura, irreprochable en la musicalidad, ortodoxo en el estilo y, en esta ocasión, muy sincero. La arquitectura está perfectamente trazada, los aspectos descriptivos están muy conseguidos, el clímax central alcanza fuerza sin retórica, la tormenta despliega mucha fuerza y la meditación final, ya que no muy filosófica, exhibe serena belleza. El final es más sobrio y digno que pesimista. La orquesta, fabulosa: como en el anteriormente citado registro de Previn, es por el esplendor orquestal –y no tanto por la batuta– por lo que esta interpretación se merece el sobresaliente. (9)


10. Maazel/Sinfónica de la Radio Bávara (RCA, 1988). Interesantísima aportación de un Maazel que deja de lado la delectación melódica, la ensoñación lírica y la grandiosidad épica para subrayar los aspectos más escarpados, dramáticos y sombríos de la partitura. La tormenta es más electrizante y terrible que poderosa, mientras que final resulta particularmente descorazonador e inquietante. Ahora bien, el enfoque es resulta tan unitaleral que en algún momento se echa en falta algo más de poesía. Sin duda espléndida –como con Solti– la orquesta muniquesa, aunque la batuta procura que suene más rústica que propiamente straussiana. Magnífica la toma sonora, asombrosa si se escucha en Dolby Surround. (9)

 

11. Mehta/Filarmónica de Berlín (Sony, 1989). Aunque el concepto sigue siendo el mismo, antes descriptivo que filosófico, esta lectura resulta muy preferible a la del propio Mehta catorce años anterior. Primero, porque la orquesta no es solo aplastantemente superior a la Filarmónica de Los Ángeles, sino sencillamente la mejor del mundo para esta partitura. Segundo, porque el maestro paladea la música con más sosiego –52’25 frente a los 48’08’’ de entonces–, alcanza mayor inspiración en los momentos clave y, siempre teniendo en cuenta la excelencia del instrumento a su disposición, desmenuza mejor el complejísimo entramado sinfónico. La toma es sensacional, y los ingenieros acertaron al grabar muy bajo para recoger la amplísima gama dinámica demandada. (9)

 


12. Blomstedt/Sinfónica de SanFrancisco (Decca, 1989). El maestro de origen sueco se muestra aquí antes como un sólido y sensato kapellmeister de espléndida técnica e irreprochable musicalidad –no hay espacio para melifuidades ni excesos– que como un verdadero recreador de lo que se le pone por delante. Todo está en su sitio, el trazo es perfecto –nada de nerviosismo– y los clímax alcanzan una electricidad y fuerza dramática impactantes; pero el lirismo, la sensualidad y el carácter humanístico que también se encuentran en la partitura parecen escapársele en buena medida. Una visión, en cualquier caso, que termina siendo atractiva por su carácter escarpado y el regusto amargo que desprende, aparte de por la espléndida toma con que los ingenieros de Decca realzan los buenos mimbres de la Sinfónica de San Francisco. (8)



13. Barenboim/Sinfónica de Chicago (Erato, 1992). Nos encontramos aquí ante una visión eminentemente humanística y filosófica, muy alejada de lo descriptivo y pintoresco, lo que quiere decir que alcanza sus mejores momentos en todo el tramo final, de una hondura y belleza admirables, pero también que se queda algo corta de sentido del color, de constrastes y de matización de las intervenciones solistas en otros momentos. Tales insuficiencias por parte de la batuta las compensa la ejecución difícilmente superable de una orquesta que aquí suena de modo magnífico, pero muy alejada de la opulencia y la delectación sonoras.  (9)



14. Ozawa/Filarmónica de Viena (Philips, 1996). Esta interpretación deja bien claras las características del maestro japonés: fraseo fluido, flexible y muy elegante, agilidad bien entendida, tímbrica rica –antes suave que incisiva–, brillantez controlada a la perfección y, en el lado negativo, tendencia a lo superficial y lo descafeinado, o al menos a ofrecer interpretaciones más bien complacientes y no muy ricas en pliegues expresivos. En este sentido, el primer tercio de la obra resulta un tanto naif y pintoresco, antes que verdaderamente poético. Poco a poco Ozawa se va centrando y alcanza picos de tensión muy impactantes, para luego ofrecer una tormenta de gran vistosidad y clímax particularmente terrorífico. La sección final, hermosísima pero de nuevo no muy honda ni conmovedora. Menos mal que está la orquesta vienesa para arregar un poco las cosas. (8)



15. Sinopoli/Staatskapelle de Dresde (DVD y YouTube Euroarts, 1998). La orquesta que estrenó la obra, ahora sí en espléndida forma pese a ciertas inseguridades en los metales, se pone al servicio de la infravalorada batuta del director veneciano para ofrecernos una interpretación eminentemente colorista y descriptiva, de desarrollado sentido del color y de las texturas, elevada brillantez –en absoluto grandilocuente– y gran atención a los efectos pintorescos y onomatopéyicos, en la que sólo hay que reprochar cierta falta de dimensión filosófica en los minutos finales. El propio sello Euroarts la ha subido íntegra a YouTube. Disfrútenla. (9)



16. Thielemann/Filarmónica de Viena (DG, 2000). Thielemann se mira en el espejo de Karajan para construir una lectura descriptiva y colorista antes que inquietante, suntuosa en la sonoridad, refinada pero también de enorme opulencia, cantada con amplio aliento lírico e idóneo idioma straussiano. El problema es que el maestro berlinés, además de no posser el increíble virtuosismo de su ídolo a la hora de tratar las texturas, tiende en exceso a lo bucólico y ensoñado en los momentos más líricos, hasta el punto de que en algunas frases resulta no solo en exceso ternurista, sino también un tanto empalagoso, por no decir blandengue. La espléndida orquesta no parece terminar de sonar como ella suele, aunque esto puede ser debido a una toma sonora que, aun ofreciendo una enorme potencia durante la tormenta, no llega a la máxima categoría posible para la época. (8) 



17. Wit/Staatskapelle Weimar (Naxos, 2005). El maestro polaco nos ofrece una singular recreación, de perfecto idioma pero en una línea mucho antes contemplativa que dramática, opción que termina produciendo algunos desequilibrios. Maravillosa resulta la primera mitad de la obra, ascendiéndose a la cumbre con una sensualidad, una comunicatividad y una nobleza admirables, cantando las melodías con una extraordinaria concentración y una gran dulzura –sin caer en el empalago– y no dejándose llevar por la descripción pintoresquista, sino optando más bien por una serena reflexión; de ahí que se pueda echar de menos mayor riqueza tímbrica y atención a las texturas. El clímax es magnífico: sereno y grandioso. A partir de ahí la batuta pierde algo de tensión interna, no siendo del todo inquietante el paisaje de calma previo a la tempestad y echándose de menos en esta última mayor electricidad, virulencia e incisividad. Eso sí, no hay la menor concesión efectista. El final vuelve a ser muy noble y hermoso, aun sin el regusto amargo y la hondura trágica de otras lecturas. La orquesta se comporta muy bien. (8)



18. Luisi/Staatskapelle de Dresde (Sony, 2007). De nuevo la Staatskapelle en una interpretación que es un prodigio por su arquitectura global, por su claridad, por su colorido, por sus texturas, por su carácter descriptivo más no pintoresco, y asimismo por la capacidad para resultar brillante sin caer en la retórica. Quizá el amanecer resulte algo más nervioso de la cuenta y sobre alguna frase algo empalagosa en la primera parte. La tormenta está llena de fuerza, al mismo tiempo que el maestro logra de maravilla que se escuchen todos y cada uno de los detalles instrumentales. Sólo cabe pedir un poco más de reflexión filosófica en la sección final, justo lo que era el punto fuerte de un Barenboim. El final, más que siniestro, es seco y distante. La orquesta está ahora mejor que nunca, ofreciendo una sonoridad muy hermosa y mostrándose cuajada de solistas muy musicales. Fantástica la toma, sencillamente una de las mejores grabaciones de la música de Strauss que se hayan realizado. Intenten conseguir el SACD: ahí luce en todo su esplendor. (9)




19. Bychkov/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2008). El idioma es irreprochable, el pulso está bien sostenido –los tempi son rápidos–, no hay excesos ni melifuidad y la brillantez está garantizada, pero Bychkov se muestra bastante impersonal (¿a alguien le sorprende?), poco creativo e incapaz de destilar poesía en los pentagramas, siendo el resultado más bien plano y echándose de menos compromiso y variedad expresiva. Tampoco atiende mucho a la disección del entramado orquestal. Eso sí, impresionante la Filarmónica de Berlín, que aporta mucho a la interpretación. (7)



20. Haitink/Sinfónica de Londres (LSO Live, 2008). Esta interpretación en vivo no es mejor que la anterior en estudio a cargo del mismo director, pero sí complementaria. La jornada ya no es la de un hombre maduro en plenitud de facultades, sino la de un anciano en el ocaso de su vida. Se ha perdido buena parte de la fuerza y la jovialidad de entonces, también de la fascinación ante el paisaje y del goce ante lo pintoresco. A cambio nos ofrece el maestro holandés una mayor dosis de sensualidad, lirismo y poesía, adoptando una visión más serena, contemplativa e incluso ensoñada, más paladeada y trabajada con mayor plasticidad y sentido atmosférico. El arranque resulta particularmente brumoso. Hay alguna intervención solista algo blanda al llegar a la cima, muy ensoñada. La tormenta tiene menos fuerza que antes. El final, amplio y con una buena dosis de dulce melancolía, también con un punto de misticismo panteísta, mira hacia el último Strauss, el de los Cuatro últimos lieder, y se disuelve en las mismas espesas brumaas del principio. La toma es un poco turbia, como suele ocurrir con las realizadas en el Barbican Hall, pero en un reproductor de SACD nos ofrece un relieve y una espacialidad admirables, así como la posibilidad de escuchar las trompas “off-stage” por los canales traseros. (9)




21. Luisi/Staatskapelle de Dresde (YouTube, 2009). Repetición de la jugada –o casi: es un poco más rápida y hay alguna que otra pifia propia del directo– por parte de Luisi y la formación de la que entonces era titular en los Proms de 2009. Hay imágenes y el vídeo es gratuito, pero esta filmación de la BBC dista de poseer la asombrosa calidad sonora del registro de estudio dos años anterior, que recomiendo con mayor entusiasmo. (8)



22. Nelsons/Ciudad de Birmingham (Orfeo, 2010). El joven maestro deja de lado toda elucubración filosófica para ofrecer una interpretación juvenil, extrovertida y de marcado carácter narrativo, decidida pero fraseada con amplitud –sin caer en las premuras de un Solti–, de sonoridad muy adecuada para el compositor y de incuestionable musicalidad. Ahora bien, se encuentra realizada con más atención al trazo global, irreprochable, que al detalle y al cuidado por exponer todo el entramado polifónico, lo que implica que hay líneas que no se oyen del todo bien, con indepenencia de que las texturas estén adecuadamente tratadas. A destacar la buena planificación de tensiones hacia la cumbre, culminando en una intensísima Visión. La tormenta es nerviosa y no poco violenta. Muy concentrado el final. La orquesta, recogida de manera no particularmente brillante por los ingenieros de sonido, funciona de manera espléndida en esta toma en público. (9)


23. Harding/Orquesta Saito Kinen (Decca, 2012). El tantas veces pretencioso y mediocre Harding nos da aquí la monumental sorpresa con una lectura de perfecto idioma, excelente trazo, buen aunque no excepcional trabajo con las texturas –espléndida la cascada– y considerable inspiración poética, que se encuentra llena de grandeza sin retórica en sus clímax y, en el plano conceptual, alcanza un admirable equilirio entre lo descriptivo y lo filosófico: tras una tormenta muy lograda, toda la sección final se eleva a cotas realmente emotivas de amarga reflexión sobre la condición humana. Lo menos extraordinario es quizá la sección digamos paisajística, donde sobra algún portamento y hay ciertos coqueteos con el ternurismo, aunque sin llegar a caer en él. Espléndida la orquesta (¡con Baborák como primera trompa!). La toma sonora, siendo más que notable, no es la mejor de las posibles, aunque en HD audio la percusión alcanza un relieve abrumador. (9)

 

24. Haitink/Filarmónica de Viena (YouTube, 2012). El veterano maestro vuelve a dar en la diana con una lectura trazada con pasmosa perfección, dicha con el más certero idioma y de una musicalidad admirable en la que solo cabe reprochar que esta vez su conocido distanciamiento expresivo le lleva a quedarse algo corto de elevación poética en una sección final en exceso sobria, poco emotiva, más ambigua que amarga. En cualquier caso, imposible sustraerse a pasajes tan maravillosamente resueltos como los “instantes de peligro” o toda la tormenta, de una espectacularidad apabullante con la que tiene mucho que ver el virtuosismo de la orquesta vienesa. La toma es muy buena para venir del Royal Albert Hall, pero el ajuste de volumen que realiza la transmisión en el primer minuto llega a resultar perjudicial. (9)


24. Maazel/Philharmonia (audio en YouTube, 2014). El maestro franco-americano contaba ochenta y cuatro años –quedaban tan solo cuatro meses para su fallecimiento– cuando ofreció en el Royal Festival Hall de Londres esta Alpina que recogieron los micrófonos de la BBC y algún alma caritativa ha subido –no hay imágenes en movimiento, claro- a YouTube. Les recomiendo vivamente que la escuchen –las distorsiones y saturaciones de la toma son soportables-, porque se trata, sencillamente, de la mejor dirección de todas las aquí presentadas. ¿Diferencias de su grabación oficial en Múnich? Pues aparte de la extrema lentitud que ahora alcanza –66’50’’, todo un récord–, lentitud que no supone merma alguna en la extraordinaria tensión interna de la interpretación (¡qué técnica de batuta!), el sentido de lo dramático y de lo escarpado del que hacía gala veintiséis años atrás se ve ahora ampliamente enriquecido con conceptos como la sensualidad, la delectación melódica, la nobleza y, sobre todo, la reflexión humanística y filosófica, todos ellos desarrollados en grado superlativo y expuestos en lo puramente sonoro con un lenguaje straussiano de libro, además de con una asombrosa claridad en las texturas. Cierto es que los metales de la orquesta no siempre superan las terribles demandas de la partitura, pero lo de la batuta es tan genial que el resultado no se puede calificar con menos nota de la máxima permitida. (10)



26. Thielemann/Staatskapelle de Dresde (Blu-ray Cmajor, 2014). Estaba cantado que la orquesta que estrenó la obra tenía que volver a grabarla con su nuevo titular, un Christian Thielemann que demuestra su sintonía con el universo de Richard Strauss en una recreación que, insistiendo en la línea más narrativa que profunda de un Karajan, evita caer en el excesivo ternurismo de su grabación de 2000 con la Filarmónica de Viena mientras que sigue ofreciendo colorido, elocuencia y muy acertados matices expresivos. A pesar de ello, y tratándose de una lectura de gran categoría, las cosas no terminan de alcanzar el mayor nivel posible: la introducción resulta algo nerviosa, a la salida del sol le falta grandeza, hay algún que otro momento en el que falla la concentración y, en general, se echan de menos el refinamiento de las texturas, la poesía y la magia sonora del citado Karajan. La orquesta rinde de manera formidable, aunque los metales no sean comparables a los de las mejores formaciones europeas. La imagen es espléndida en Blu-ray, pero sorprendentemente la toma no alcanza la calidad increíble de la interpretación de la misma orquesta con Luisi. (8)



27. Nelsons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Con una orquesta superior a la de Birmingham, aunque no exenta de algunas leves vacilaciones propias del directo, Nelsons vuelve a demostrar su excelencia a la hora de interpretar la obra ofreciendo un trazo global perfecto, fuerza expresiva controlada con mano maestra, apreciable sentido narrativo y brillantez tan comunicativa como ajena a la retótica. Ahora, quizá, la Visión resulte menos extrovertida y algo más madura que antes, y si el resultado final no llega a la altura de las más grandes recreaciones fonográficas de la pieza sea porque –como en su grabación para Orfeo– se echa de menos un trabajo aún más minucioso con los detalles y con las texturas; también porque sobra alguna frase algo más sentimental de la cuenta en la primera parte de la obra y, sobre todo, porque la meditación final resulta un punto más resignada, digamos religiosa en el sentido más tópico del término, de lo que hubiera sido preferible. La toma no ayuda: se queda algo corta a la hora de recoger la amplia gama dinámica que exige la partitura. (9)

 

28. Harding/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2018). Aunque corrige los devaneos  que se apreciaban en su registro con la Saito Kinen, Harding podría dar todavía una vuelta de tuerca más en lo que a emoción y poesía se refiere –la salida del sol, los momentos más líricos de la primera mitad de la obra–. En cualquier caso, nos encontramos una interpretación formidablemente trazada en su arquitectura global, delineada de manera admirable en lo que al tratamiento de planos sonoros se refiere y dicha con un perfecto idioma straussiano, aunando la riqueza tímbrica, el refinamiento bien entendido y la riqueza sin efectismos. Quizá la secuencia final resulte menos amarga e intensa que en la anterior ocasión, aunque en contrapartida tenemos una orquesta que supera con mucho a la japonesa: ala plasticidad y la depuración sonoras resultan inmejorables, por no hablar de la opulencia, la solidez y la fuerza que es capaz de desplegar tan impresionante instrumento cuando una batuta del virtuosismo de la del maestro británico se pone a su frente. El único reparo serio sigue siendo el de la versión de Nelsons con la misma formación: la Digital Concert Hall se queda corta a la hora de ofrecer la enorme gana dinámica que demansa una partitura como la presente. (9)

Sinfonía nº 4 de Mendelssohn, "Italiana": discografía comparada

Esta comparativa de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn la publiqué inicialmente el 2 de junio de 2024. He añadido Solti/Israel, Solti/Viena...