Mostrando entradas con la etiqueta Mehta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mehta. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de enero de 2026

Quinta sinfonía de Mahler: discografía comparada

Presenté por primera vez esta entrada el 11 de junio de 2020. No realicé entonces introducción, y tampoco ahora se me ocurre qué decir. Bueno, sí, una cosita: detesto lo que hizo con esta música el otras veces grande Luchino Visconti en su pretencioso bodrio Muerte en Venecia. Asoció allí para siempre en el imaginario popular el cuarto movimiento, Adagietto, con una situación muy concreta (¡el poeta muriendo mientras contempla al hermosísimo Tadzio en la playa de Venecia, qué cosa más elevada!) que le quita a los pentagramas su carácter abstracto y le otorga significaciones que estrechan nuestra capacidad para verla de diferentes maneras. Peor aún, convierte a esta página en el epicentro de la sinfonía, cuando en realidad se trata de un preludio al Finale. 

Los directores de turno, muchos de los cuales se lanzaron a grabar la obra después del estreno de la referida película, tienen dos opciones en este sentido: dejar que efectivamente sea el epicentro convirtiéndolo en un Adagio –que no Adagietto– puramente mahleriano, a la manera del sublime Ruhevoll de la Cuarta sinfonía, o no cargar las tintas y dejarlo como transición reposada al movimiento conclusivo. Las dos opciones son válidas. Lo que no vale es hacerlo pegajoso, ingrávido o amanerado. Mahler podrá ser (¡y es!) decadentista, pero no cursi.




1. Walter/Filarmónica de Nueva York (Sony-Pristine, 1947). Esta es la primera grabación completa de la partitura estrenada cuarenta y cinco años antes. No se le puede negar a Bruno Walter pleno conocimiento de Mahler y de sus circunstancias, pero lo cierto es que a dia de hoy esta recreación resulta bastante desequilibrada. Defraudan los dos primeros movimientos, expuestos con naturalidad y un trazo que evita tanto la rigidez como los excesos agógicos –nada que ver con lo que con este repertorio hacía un Mengelberg y presuntamente hacía el propio compositor–, pero descafeinados en lo expresivo; salvo en momentos concretos, ni el dolor ni la rabia que albergan las notas se hacen presente con la intensidad que deberían. Bastante mejor el tercero: a despecho de algunos pasajes poéticos no del todo aprovechados, hay animación bien controlada, vistosidad y un estupendo tratamiento del entramado orquestal que pone de relieve el riquísimo color de la escritura. Espléndido el Adagietto, tan sobrio como musical, y al igual que el resto de la interpretación, por completo ajeno a narcisismos y amaneramientos, e irreprochable un Finale tan bien desmenuzado como correctamente planificado en sus tensiones. La orquesta se comporta francamente bien para los estándares de la época. En definitiva, una interpretación que en lo numérico iría desde el 6 hasta el 9, pero que globalmente merece valorarse con una nota alta: no era ninguna tontería enfrentarse a esta partitura en un momento en el que Mahler distaba aún de gozar de la popularidad que alcanzaría décadas más tarde. Muy convincente la ecualización de Pristine Classics. (8)



2. Horenstein/Sinfónica de Londres (Pristine, 1958). Se acaba de recuperar esta grabación de un ensayo –iba a realizarse un registro para el sello VOX– que supone el primer testimonio de la LSO interpretando a Mahler. En ella el maestro nacido en Kiev da buena cuenta de un planteamiento que sigue por completo vigente: severidad, control, análisis del expectro orquestal y una total ausencia de preciosismos y amaneramientos. Todo ello paladeando la música con delectación y naturalidad, sin necesidad de forzar las cosas. Los resultados fueron admirables, pero aun así esta lectura queda por completo eclipsada por la mucho más dramática, oscura y visceral que el propio Horenstein ofrecerá tres años más tarde con la Filarmónica de Berlín. Incluso hay que reconocer que a este Finale de Londres le falta un poco de fuelle. La toma, monofónica, es digna sin más. (8)



3. Horenstein/Filarmónica de Berlín (Pristine, 1961). Horenstein le coge la orquesta a Karajan, se va al Festival de Edimburgo y levanta una interpretación negra, intensa y expresionista a más no poder, nada rápida en los tempi, muy flexible cuando ello es necesario, pero siempre sujeta por riendas firmes y por completo ajena blanduras o éxtasis místicos. Los dos primeros movimientos renuncian a lo quejumbroso para poner directamente el dedo en la llaga. El gran Scherzo central no anda escaso de chispa ni de sentido del humor, pero posee una gran visceralidad, rusticidad sonora bien entendida y cierto carácter rugiente; lo demoníaco termina imponiéndose. El Adagietto no es contemplativo, sino doliente y encendido. Y el Finale está recorrido por un tremendo impulso vital en el que resulta difícil distinguir qué es júbilo y qué risa desesperada. La coda se expone con lentitud y evidencia la renuncia a todo efectismo, pero no por ello el público deja de lanzarse a aplaudir con enorme entusiasmo. La toma de sonido es muy precaria, a pesar de la concienzuda restauración realizada por Pristine. A esta se le puede discutir el relieve artificial que se le ha concedido a las frecuencias graves, si bien es verdad que sin ellas no se puede entender el sonido propio de la Berliner Philharmoniker. (10)



4. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1963). Aun no habiendo alcanzado por entonces todavía su madurez como director, el autor de West Side Story demuestra no solo una enorme sintonía con el universo musical de Mahler, que aborda con una sinceridad y fuerza expresiva abrumadoras sin que hagan su aparición melifluidades, preciosismos ni amaneramientos, sino también –y eso no era tan habitual en el norteamericano en esas fechas– un muy apreciable control de los medios. El resultado es una lectura encendida y comunicativa al tiempo que bien trazada, atenta tanto a la claridad y al detalle como a la arquitectura global, además de rica en color y brillante en el buen sentido del término. Falta el grado de depuración sonora –sobre todo en el último movimiento–, de plasticidad y de concentración de que hará gala en sus recreaciones fonográficas posteriores, que además ofrecen mayor hondura trágica que ésta. Y se echa de menos una orquesta como la Filarmónica de Viena en las referidas interpretaciones, porque lo cierto es que la New York Philharmonic, empezando por la trompeta solista, se queda bastante corta a la hora de responder al alto grado de virtuosismo que exige la escritura mahleriana. (8)



5. Neumann/Orquesta del Gewandhaus de Leipzig (Berlin Classics, 1966). Un placer escuchar con una orquesta superior a la Filarmónica Checa –aunque las trompetas rajan tela marinera– a un maestro como Vaclav Neumann, quien nos sorprende con una recreación que engancha de principio a fin gracias a su desbordante –que no desbordada: no hay precipitaciones, ni descontrol, ni excesos– intensidad expresiva. Interpretación de una fuerza, una vehemencia y una comunicatividad arrolladora que, aun rechazando la sobriedad para practicar un saludable hedonismo sonoro, se mantiene siempre lejos del narcicismo y del amaneramiento. Ahora bien, hay que reconocer que el enfoque del maestro checo resulta un tanto unilateral, escorándose hacia la extroversión y descuidando enriquecer el fraseo con acentos que otorguen los adecuados claroscuros expresivos. Por eso mismo los dos primeros movimientos, aun llenos de fuerza y rebeldía, carecen del carácter luctuoso –ojo, no lánguido ni plañidero- que también deben poseer, e incluso podrían estar un poco más paladeados, mientras que el tercero ganaría si fuera más poliédrico y rico en significaciones. Cálido, emotivo y sin languideces el Adagietto, rebosante de felicidad el Finale. (9)



6. Barbirolli/New Philharmonia (EMI, 1969). Vista con la perspectiva que otorga el paso del tiempo, esta lectura puede considerarse, hasta cierto punto, como la negación de buena parte de lo que vendrá después. Nada de retórica, de decadentismo, de voluntarias vulgaridades y de complacencia hedonista. Tampoco esquizofrenia, ni expresionismo. Ni dulzura, ni éxtasis místicos, ni contrastes extremos entre la muerte y la vida, entre el dolor y el júbilo. Aquí impera un dramatismo tan severo como lleno de fuerza interna (¡y eso que los tempi, con excepción del cuarto movimiento, son bastante lentos!) que da como resultado una recreación tan discutible como necesaria. En el primer tercio de la obra no hay lugar para aspavientos ni para el desgarro, solo para el dolor concentrado. El Scherzo no tiene mucho de festivo ni de danzable, lo que no le impide al maestro –al que se escucha resoplar claramente al principio– desgranar las melodías con maravillosa naturalidad ni analizar el espectro sonoro con escalpelo de cirujano. El Adagietto resulta adecuadamente sobrio e intenso: ni sentimental, ni contemplativo. Se escucha desde la distancia y como adecuada introducción a un quinto movimiento que, sin renunciar a la brillantez, en lugar de épico y optimista resulta resulta implacable y está lleno de grandeza bien entendida. La orquesta, un milagro, como lo es también la remasterización de Esoteric en SACD. (10)



7. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1970). Haciendo gala de su absoluto control de la arquitectura, elevadísimo sentido teatral y capacidad para ofrecer una enorme dosis de brillantez sin caer en el mero espectáculo, Solti renuncia a todo ese hedonismo sonoro, sentido de lo decadente y agonía psicológica que habitualmente asociamos al mundo mahleriano para ofrecer una recreación rápida –que no precipitada–, directa, extrovertida, sincera y muy comunicativa. Hay que puntualizar que en los dos primeros movimientos no se percibe lo suficiente la congoja, resultando más encrespados que otra cosa, aunque dichos con una finura de trazo asombrosa; que el tercero es muy luminoso, está lleno de frescura y de vitalidad, mezclando muy bien alegría y tensión dramática; que el cuarto es rápido, nada contemplativo, ofreciendo clímax lacerantes; y que el quinto resulta jubiloso como con pocos directores se haya escuchado, aunque de nuevo la increíble fuerza del trazo no merma la claridad, ni la finura, ni la increíble precisión expositiva. (8)



8. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Pentatone, diciembre 1970). Todavía a unos meses de distancia del estreno de Muerte en Venecia, con todo lo que eso iba a suponer, un Haitink de cuarenta y dos años propone una visión sobria en lo sonoro y distanciada en lo expresivo, pero no con el deseo de hurgar en los aspectos más adustos y dramáticos de la partitura, a la manera de un Barbirolli, sino con el de poner de relieve la portentosa escritura orquestal mahleriana. Obviamente lo consigue, pues para algo posee una técnica de batuta excepcional y tiene a su disposición a una orquesta espléndida –sin llegar aún al nivel increíble de tiempos más recientes–, pero lo cierto es que esta música parece pedir un mayor compromiso con el torbellino de emociones que, a partir ese increíblemente rico mosaico sonoro que Haitink expone de maravilla, parece pedir desde la primera nota hasta la última. La recuperación de la toma cuadrafónica original que brinda el SACD de Pentatone permite disfrutar de una admirable espacialidad sin que apenas se pierda –sobra algún platillazo demasiado lateral– la distribución tradicional de una orquesta, amén de una espectacular gama dinámica. (8)



9. Kubelik/Sinfónica de la Radio de Baviera (DG, 1971). No se puede reprochar el concepto del esta Quinta, ciertamente más lírica y luminosa que dramática, pero en cualquier caso dicha con una buena dosis de frescura, ajena tanto a excesos como amaneramientos y bastante bien diseccionada. Sí se le pueden poner pegas a la continuidad de las tensiones: el segundo movimiento arranca con bastante flojera y el quinto, sencillamente, nunca termina de arrancar. Pero lo que no es de recibo es la actuación de la orquesta, pobre en su sonoridad global y lastrada por unos metales que rajan continuamente. Tampoco la toma sonora, ni siquiera en alta resolución, se ha conservado bien. La toma radiofónica diez años posterior resulta mucho más recomendable para conocer el acercamiento de Kubelik. (7)



10. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD DG, 1972). Interpretación dionisíaca y extrovertida por excelencia, de una fuerza y sinceridad arrolladoras, muy teatral y hedonista sin caer en el narcisismo, que con tanto fuego está a punto de precipitarse, sin llegar a ello, y olvida un tanto la clarificación del entramado instrumental, aunque por lo demás el rendimiento que obtiene de la orquesta es admirable y sabe hacerla sonar indistintamente con dulzura y de manera aristada. Extrañamente la trompeta del arranque resulta algo tímida, incluso blanda. A partir de ahí, los dos primeros movimientos son volcánicos, poderosos y rebeldes al mismo tiempo, al borde del frenesí. El tercero está lleno de entusiasmo y luminosidad, como también de sabor popular y cierta rusticidad sonora que le sienta muy bien, y por lo cual los abundantes portamenti no llegan a resultar cursis. El Adagietto, voluptuoso y romántico pero no dulzón ni ensimismado, es de una fuerza expresiva arrolladora, culminando en un clímax lleno de intensidad. Jubiloso el Finale, una auténtica orgía de ritmos y timbres admirablemente controlada, aunque tal vez no del todo paladeada. Hay que puntualizar que la versión no resulta tan creativa ni está tan paladeada como la posterior de Lenny con la misma orquesta, pero quizá sea todavía más sincera. (9)



11. Karajan/Filarmónica de Berlín (Blu-ray Audio DG, 1973). En los dos primeros movimientos, el salzburgués alterna momentos muy estáticos con otros de tal arrebato que se encuentran al borde del desbordamiento, pero aunque el resultado engancha el gusto por el preciosismo sonoro termina evidenciando la insinceridad de la propuesta. La trompeta, curiosamente, no está del todo bien. El Scherzo comienza un tanto blando e indiferente, o al menos en exceso amable, para luego transitar el sendero no ya de la blandura sino del más irritante amaneramiento; poco a poco se va centrando y se llegan a alcanzar momentos muy encrespados. El Adagietto, lento, dulce, estático y contemplativo a más no poder, se mueve dentro del más evidente tópico de lo de decadente, resultando de lo más significativo que el registro se realizara en plena efervescencia mahleriana derivada de Muerte en Venecia. De hecho, no resulta difícil visualizar con los muy lacerantes violines del clímax final el éxtasis fatal del protagonista de la película de Visconti. El Finale arranca de manera plácida y poco a poco se va encrespando hasta alcanzar, como ya ocurría en el Scherzo, altas cotas de temperatura emocional que no terminan de quitarnos el sabor agridulce en los labios que nos deja esta interpretación que nos muestra al mismo tiempo lo mejor y lo peor de Herbert von Karajan. La toma sonora sufre evidentes limitaciones de origen, aunque la reproducción en alta resolución permite recrearla con apreciable naturalidad y un robusto registro grave muy conveniente. (7)



12. Levine/Orquesta de Filadelfia (RCA, 1977). Sobreactúa de manera considerable el joven Levine –treinta y tres años– en los dos primeros movimientos, vistosísimos pero de una teatralidad excesiva en los ataques, exagerado en la percusión, aparatoso y muy insincero. El dolor y la rabia no se sientes: son excusas para montar el espectáculo. Al menos no hay languideces ni blanduras. Bien el tercero, animado y rico en el colorido, atento al descaro orquestal que sin duda la partitura necesita, incluso a ese sentido de lo vulgar tan importante en Mahler, pero aquí controlándose más y con mayor sentido. Lento y poco emotivo el Adagietto, y espléndido el Finale, soberbiamente diseccionado y lleno de animación. La orquesta evidencia su admirable nivel, aunque los metales no terminan de empastar, tal vez por deseo de la batuta. Francamente buena la toma. (7)



13. Neumann/Filarmónica Checa (Supraphon, 1977). Once años después de su registro en Leipzig, el maestro checoslovaco vuelve a adoptar un enfoque cálido, sincero y ajeno a cualquier clase de languidez, pero están vez nos resultados no son tan atractivos. Se diría incluso en a los dos primeros movimientos no solo les falta ese punto de negrura y de carácter fúnebre de entonces, sino que por momentos bordean lo festivo. El Scherzo se ralentiza ahora de manera considerable, con lo que se acentúa aún más el enfoque distendido, ajeno a visceralidades más o menos expresionistas, con que lo aborda Neumann. El Adagietto vuelve a ser espléndido. El Finale, como el tercer movimiento, también adopta un tempo más lento (16'08'' frente a 14'45''), perdiendo parte de esa alegría desbordante que enganchaba en la anterior ocasión, al tiempo que gana en una coda dicha con mayor grandeza. La orquesta, mucho mejor en los problemáticos tiempos de Karel Ancerl, responde a buen nivel y se encuentra cuidadosamente trabajada. La toma sonora se ha conservado bastante bien, pero no es equiparable a la que por las mismas fechas realizaban Deutsche Grammophon, Philips o Decca. (7)



14. Tennstedt/Filarmónica de Londres (EMI, 1978). Esta primera Quinta de Tennstedt –luego vendrían cinco más, todas ellas en vivo– se aparta de los criterios más personales de otros directores, ofreciendo una síntesis de los diferentes enfoques posibles –hay dramatismo, voluptuosidad, ensoñación y capacidad analítica, todo ello en su punto justo–, pero siempre anteponiendo la elegancia, la calidez y el vuelo poético frente a otras consideraciones más o menos inquietantes. En este sentido, el tercer movimiento puede resultar –sobre todo en su arranque– algo más amable de la cuenta, como también le ocurre a un Finale luminoso mas no arrebatado. El Adagietto destaca por un sereno humanismo que sabe alejarse de lo en exceso decadente sin renunciar a recrearse en la sensualidad de la página. A la postre, lo menos convincente es la actuación de una London Philharmonic sin duda notable, pero con metales no muy allá. La toma suena francamente bien en la recuperación en alta resolución. (8)



15. Abbado/Sinfónica de Chicago (DG, 1980). ¡Qué enorme director fue Abbado en su juventud! ¡Qué diferencia con lo que vino después! He aquí una lectura prodigiosamente planificada y ejecutada, brillante sin caer en lo efectista, extrovertida y luminosa en el mejor de los sentidos, quizá un poquito más fría de la cuenta en el primer movimiento, pero globalmente irreprochable en la expresión: nada que ver con las languideces y amaneramientos de su siguiente registro discográfico. Los movimientos tercero y quinto son sensacionales, como también una toma –Klaus Hiemann– que venturosamente fue analógica y por ello se ha podido recuperar en alta definición, haciendo refulgir a la increíble orquesta en todo su esplendor. (9)



16. Kubelik/Sinfónica de la Radio de Baviera (Audite, 1981). Una visión más apolínea que dionisíaca, objetiva, fresca y sincera. Respira naturalidad, su tímbrica es rica y moderadamente incisiva y se encuentra muy bien diseccionada. Elegantísima siempre, se mueve siempre dentro de un exquisito gusto, pero faltan imaginación y compromiso expresivo. Primer movimiento ortodoxo, sin aspavientos aunque sin miedo al exceso. El segundo ofrece un fuego intenso al tiempo que controlado. El tercero es quizá demasiado alegre e ingenuo, incluso un punto pastoril, y por momentos algo liviano, y en algunos momentos la tensión decae un poco para ofrecer un cierto aire de melancolía; el resultado es algo discontinuo, aunque su final sí es enérgico y brillante. El Adagietto es muy lírico y femenino, también algo distante, lo que no impide que el clímax sea intenso. Luminoso y desenfadado el Finale, muy atento a la claridad y la polifonía, con un final jubiloso y particularmente optimista. (8)



17. Maazel/Filarmónica de Viena (Sony, 1982). Expuesta con la mano maestra que es de esperar en una de las batutas con más técnicas que hayan existido, y tocada con depuración sonora y belleza supremas por una orquesta que siempre ha resultado ideal para esta música, nos encontramos aquí ante una interpretación elegante, distanciada y parsimoniosa –no amanerada, aunque sí un poco preciosista– en la que uno queda fascinado por el puro sonido pero en ningún momento siente emoción. Parece que Maazel viese a Mahler desde el más apolíneo clasicismo vienés, o quizá desde la curvilínea distinción de la Sezesion, mucho antes que desde las turbulencias de entresiglos, pero lo cierto es que este enfoque, que tan maravillosamente bien le funciona en la Cuarta, resulta muy insuficiente en una música, la Quinta, que parece pedir compromiso a gritos. (7)


 

18. Sinopoli/Orquesta Philharmonia (DG, 1985). Haciendo gala siempre de ese sentido del color y de esa capacidad para el análisis del entramado orquestal que son marca de la casa, el maestro veneciano parece querer jugar la carta de la esquizofrenia en esta extraña e irregular interpretación. Así, en el primer movimiento quiere resultar distante y estático, manteniendo las distancias y optando por sonoridades más bien apolíneas, con frecuencia ingrávidas y bordeando lo relamido, para en el segundo acentuar los contrastes entre momentos planteados en esta misma línea y otros de gran vehemencia, acelerados y un punto frenéticos, que sin duda alcanzan gran intensidad. En el tercero, de nuevo lleno de claroscuros que parecen más pensados de cara a la galería que sinceros, parece apuntarse hacia la Segunda Escuela de Viena que tan maravillosamente dirigía Sinopoli. Estático, espiritual y muy hermoso el Adagietto. En Finale, por su parte, resulta un tanto frío y solo se anima en los minutos finales, en los que felizmente hacen su aparición el entusiasmo, la sinceridad y la grandeza bien entendida. Magnífica la toma. (7)



19. Solti/Sinfónica de Chicago (DVD Sony, 1986). El maestro vuelve a ofrecer una enorme garra dramática en los dos primeros movimientos, sentido de los contrastes sonoros y expresivos en el tercero, lirismo tan sobrio como concentrado en el Adagietto y una buena mezcla de tensión, fuerza y júbilo en el final, todo ello con el concurso de una orquesta cuyo virtuosismo e incisividad resultan ideales para semejante enfoque. No sé hasta qué punto su anterior grabación de audio queda superada, pero a esta le he puesto más alta puntuación porque me ha querido parecer –quizá sea cosa de ver, además de escuchar– algo más intensa que aquella. Muy buena la toma, no tanto la imagen. (9)



20. Bernstein/Filarmónica de Viena (DG, 1987). En el extremo opuesto de la sobriedad dramática y concentrada de Horenstein y Barbirolli, Bernstein decide extremar el mundo de contrastes sonoros y anímicos propuestos por el compositor sin tener miedo del exceso y jugando sin complejos con lo decadente, lo narcisista e incluso lo amanerado, pero sin llegar a caer nunca en estos extremos: tal es la sinceridad expresiva con que lleva a cabo su propuesta. Resultan portentosos los dos primeros movimientos, lentos y paladeadísimos, mostrando desbordante imaginación para aportar mil y un acentos descubrir detalles que suelen pasar desapercibidos, y haciéndolo con un pulso tan flexible como bien sostenido que alcanza unos clímax visionarios y arrolladores; todo ello lo hace, como no podía ser menos, exhibiendo un pasmoso sentido del color, una insuperable claridad y un alucinante manejo del rubato, además de una perfecta fusión entre hedonismo y garra dramática. El tercer movimiento ha perdido algo de fuerza, rusticidad y velocidad con respecto a la filmación del propio Bernstein, pero ha ganado en elegancia, refinamiento, variedad tímbrica y claridad, ofreciendo además pasajes líricos de enorme belleza; la trompa de Friedrich Pfeiffer, memorable. El Adagietto, antes un tanto extrovertido e inflamado, resulta ahora lento, sobrio y recogido, un punto distanciado incluso, pero sigue siendo bellísimo y su decadentismo no llega a caer en lo empalagoso: la desolación se encuentra aquí despojada de adherencias. El Finale también ha perdido frenesí –sigue siendo arrebatador, por descontado- y gana en refinamiento y claridad, permitiendo el lucimiento pleno, bajo un control absoluto desde el podio, de una orquesta en estado de gracia que no solo luce su inigualable belleza tímbrica sino que también se implica al máximo en cada una de las intervenciones solistas. Por si fuera poco, la grabación es soberbia. (10)


21. Haitink/Filarmónica de Berlín (Philips, 1988). Han pasado dieciocho años desde su primer registro. La Berliner Philharmoniker de finales los ochenta es mejor (¡aún!) que la Concertgebouw de principios de los setenta. El maestro holandés consigue un grado todavía mayor de claridad y depuración sonora, en parte por hacer uso de unos tempi considerablemente más sosegados. Pero su distanciamiento expresivo sigue siendo el mismo, y esta música necesita acercamientos más a flor de piel. A destacar, en cualquier caso, un Adagietto lentísimo (13’55’’ frente a los 10’38’’ de antes), concentrado y estático que evita cualquier tipo de edulcoramiento, y un Finale lleno de grandeza y de vitalidad bien controlada. Espléndida labor la de los ingenieros de Philips. (9)



22. Mehta/Filarmónica de Nueva York (Teldec, 1989). El planteamiento del maestro indio se asemeja en buena medida al de un Solti: olvidarse de narcisismos, de amaneramientos, de lloriqueos y de psicoanálisis para ofrecer una lectura directa, fresca, extrovertida y sin retórica, en la que los valores supremos se encuentran el supremo talento con que Mahler mezcla ritmos, armonías y colores mucho antes que en su capacidad para volcar sentimientos no del todo sinceros; en este sentido casi es de agradecer un Adagietto tan concentrado como frío y distante, ajeno a lloriqueos autoconmiserativos. El problema es que Zubin no es Sir George, y aunque todo está en su sitio, falta ese punto de chispa, de emoción y de compromiso que convierten una muy buena interpretación en otra excepcional. Y también, por qué no decirlo, un mayor interés por diferenciar timbres y clarificar texturas en esta recreación más atenta a la globalidad que al detalle, y a la postre un punto superficial. La orquesta, por su parte, mucho mejor que en la etapa Bernstein, sin llegar a la altura de las verdaderamente grandes. La toma sonora deja que desear: recoge muy bien las frecuencias graves pero resulta bastante turbia. (7)



23. Bertini/Sinfónica de la Radio de Colonia (EMI, 1990). Bien ayudado por la soberbia acústica de la Philharmonie de Colonia, el maestro israelí se aparta por completo de lo preciosista y de lo decadente, de las sonoridades ingrávidas, de la contemplación estática y de la reflexión trascendente para ofrecer una interpretación rápida, decidida, incisiva en la tímbrica y repleta de vitalidad, de garra y de extroversión que engancha de principio a fin sin dejar lugar para un respiro. No es la interpretación más trágica posible –de hecho, los dos primeros movimientos resultan un poco más festivos de la cuenta–, tampoco la más profunda ni la más visionaria, y desde luego no la más personal ni creativa; pero da gusto escuchar un Mahler así, tan alejado de la pretenciosidad, tan fresco y comunicativo, y al mismo tiempo tan atento a las mayores virtudes de la partitura, que son ni más ni menos que las puramente sonoras. (9)



24. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1990). Esta grabación se realizó en vivo en la Musikverein de Viena durante la misma gira Europea en que Solti y los chicagoers registraron la Octava de Bruckner en San Petersburgo. Estamos, pues, justo en el momento en el que el arte de Sir Georg empezaba a decaer, no en lo que a virtuosismo se refiere –prodigioso siempre–, sino en concentración, calidez y fue interno se refiere. En inspiración, en definitiva. Y eso se nota en esta su tercera Quinta mahleriana, soberbiamente expuesta y de nuevo sin devaneos expresivos, pero también sin la intensidad que antaño le caracterizaba. Sus mejores momentos son el final del segundo movimiento y todo el quinto, precisamente por ser los que mayor despliegue de brillantez y sentido teatral se refiere. El Adagietto resulta bello en lo formal pero apenas destila poesía; ni siquiera su clímax es muy intenso. La toma sonora recoge muy bien los graves y, al estar realizada a un volumen bajo, permite una muy amplia gama dinámica. (7)



25. Tennstedt/Orquesta del Concertgebouw (RCO, 1990). Último de los testimonios fonográficos del maestro alemán dirigiendo esta música que tanto debió de amar, el concepto no ha variado mucho desde aquella primera grabación con la LPO de 1978. Elegancia, cantabilidad, renuncia a lo aristado, a lo temperamental y a lo hiperdramático, sobriedad no reñida con la expresión, se ponen por encima de los aspectos más dionisíacos y visionarios de la página. Lo que sí ha variado son los tempi, ahora algo más reposados en todos los movimientos menos en el último. No lo he hecho menos la calidad de la orquesta: la holandesa es muy superior. Y quizá también inspiración: ahora se detecta un trabajo más minucioso de análisis orquestal, una plasticidad más desarrollada en el tratamiento de las diferentes familias instrumentales, una mayor riqueza en los matices de cada una de las líneas de la escritura y, en general, una mayor personalidad en los resultados. Todo ello haciendo gala de un gusto exquisito: ni frivolidades ni efectismos tienen cabida en esta recreación que alcanza su punto más alto en un Adagietto lento (12’11) y contemplativo, pero sin empalagos ni grandes éxtasis místicos, en el que las líneas de la cuerda, portentosamente planificadas en acentos y en gradaciones dinámicas, van entrelazándose con calidez y con emoción contenida, hasta alcanzar un clímax no arrebatado, menos aún lacrimógeno, sino dicho desde un cierto distanciamiento en el que la belleza de la forma llega a un punto justo de equilibrio con el amargor expresivo. Lo menos bueno vuelve a ser el Finale, al que le falta un punto de nervio, de tensión interna, aunque en este sentido resulta coherente con la óptica globalmente apolínea de la propuesta. La toma sonora es de origen radiofónico: ofrece gran definición tímbrica, apreciable limpieza y extraordinario sentido espacial, si bien podríamos pedir algo más de gama dinámica. (9)



26. Ozawa/Sinfónica de Boston (Philips, 1990). Aun lejos de la tensión expresionista que imprimen otros directores, el maestro oriental ofrece una espléndida recreación que sabe ser al mismo tiempo “clásica” y “romántica”, natural en el fraseo y tan rica como llena de significados en el color, muy cálida y siempre elocuente, que se beneficia de la sonoridad de una orquesta en óptima forma a la que la batuta trabaja con enorme plasticidad. ¿El problema? En el Adagietto, Ozawa se empeña en ser más lento (11’56’’), frágil y lánguido que nadie. Lo consigue, claro. Soberbia la toma en vivo. (8)



27. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 1993). Altamente elogiada por algunos medios en el momento de su aparición y luego tratada con mimo por DG en sus diferentes ediciones comerciales, este registro pone en evidencia el enorme giro estético que vivió Claudio Abbado cuando subió al podio berlinés. A mi juicio, a muchísimo peor. Basta con escuchar el primer movimiento para encontrarse con todo el catálogo de horrores del Abbado de esos tristes años: sonoridades ingrávidas y relamidas, expresividad a medio camino entre lo insípido y lo melifluo, preciosismos sonoros meramente narcisistas, languideces quejumbrosas, falta de garra dramática… El segundo sigue en la misma línea, pero se soporta un poco mejor porque aquí abundan las explosiones orquestales y en ellas el maestro da buena cuenta de su espectacular técnica de batuta –claridad, riqueza en el color, sensibilidad para las texturas– en unos tutti en los que la orquesta también luce su calidad técnica. El tercero está bien, siempre que se acepte la interpretación más bien apolínea y distendida propuesta y que se perdonen los amaneramientos que de vez en cuando aparecen. El Adagietto responde a lo que se esperaba: lento, ingrávido y muy contemplativo, pero poco emocionante y nada sincero. Lo mejor es el Finale, un triunfo en lo que a construcción de la arquitectura se refiere, aunque se eche de menos la fuerza dionisíaca que imprimen otros maestros –pienso ahora en la interpretación de Vaclav Neumann en Leipzig, o en las de Bernstein– y las ingravideces que de vez en cuando asoman nos recuerdan las cursilerías que hemos tenido que aguantar a lo largo de la audición. La toma sonora, siendo muy natural, no es todo lo buena que podía haber sido. (4)



28. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1997). Interpretación portentosamente tocada, transparente y de afinado sentido del color, que se aleja al máximo del decadentismo para ofrecer una visión sobria e intensa, en el punto justo entre lo apolíneo y lo dionisíaco, y a la que sólo le falta un grado más de emoción para ser genial. Fue grande Chailly en los años de Ámsterdam: luego se vino abajo. Toma inmejorable. (9)



29. Barenboim/Sinfónica de Chicago (DVD Arthaus, 1997). Como era de esperar, el de Buenos Aires se decanta por el lado oscuro de la pieza, ofreciendo una lectura sobria, poderosa y dramática, con un magnífico primer movimiento, pero se queda algo corto de sentido del color y de los contrastes anímicos en los movimientos tercero y quinto, en la línea de Barbirolli pero sin alcanzar semejante dramatismo: resultan robustos, pero también algo sosos. La claridad podía ser mayor, si bien la orquesta ofrece una ejecución portentosa: quizá sea aquí cuando mejor está. (9)



30. Solti/Tonhalle de Zúrich (Decca, 1997). Mes y medio antes de fallecer, Sir Georg reverdecía viejos laureles ofreciendo una Quinta tan bien dirigida como la mejor de las suyas, a mi entender la filmación de 1986. Rápida, intensa, teatral, directa al grano. No necesita la oscuridad dramática de Barbirolli, tampoco el apasionamiento hedonista y desbordado de Bernstein, pero tampoco resulta neutro ni se queda en la superficie. De hecho, los dos primeros movimientos son de los más sinceros, trágicos e implacables que se hayan escuchado. De dulzura y decadentismo, ni rastro. Sí que hay unas cuantas travesuras en forma de portamento en el Scherzo, pero la solidísima arquitectura y la perfecta exposición nos llevan a perdonarle. Magnífico el Adagietto, refinado sin que eso implique ingravideces, y espléndido un Finale en el que el maestro sabe atender al detalle al tiempo que no se deja llevar por el arrebato del momento: se trata de una toma en vivo. Absolutamente sensacional, por cierto, lo que nos permite disfrutar a tope del soberbio trabajo que el maestro realiza con la histórica orquesta suiza. (9)


 

31. Barshai/Junge Deutsche Philharmonie (Brilliant, 1999). Interpretación intensa y comunicativa, dicha con excelente pulso, variedad expresiva y una enorme capacidad de comunicación, aunque más atenta a la arquitectura global que al detalle. Eso sí, al tercer movimiento, planteado con luminosidad y entusiasmo juvenil, le sobran algunos amanerados portamentos y le faltan acentos sombríos, mientras que el Adagietto, dicho sin eternizarse, es un punto más sentimental de la cuenta. La toma sonora ofrece cuerpo y pegada, pero resulta algo turbia, escasa de profundidad y algo corta de dinámica, además de ofrecer algunos instrumentos –el arpa, por ejemplo– en excesivo primer plano. (8)



32. Rattle/Filarmónica de Berlín (EMI DVD solo audio, 2002). En el concierto inaugural de Rattle como titular de la orquesta berlinesa, el maestro británico demostró con creces sobrada técnica para acceder a un podio de semejante categoría: transparencia, riquísima sensibilidad para el colorido –ora incisivo, ora sensual–, capacidad para combinar refinamiento y brillantez, virtuosismo para trabajar con pinceles muy finos, perfecta planificación de la arquitectura global… Todo está ahí. Pero también está, ya en lo puramente interpretativo, la influencia de su antecesor Claudio Abbado, y algo hay aquí de la lamentable grabación del milanés nueve años anterior para DG, de esas ingravideces sonoras, de esa languidez expresiva y de esa trivialidad tan molestas. En mucho menor grado, por supuesto, pero siempre dentro de una óptica muy alejada tanto del severo dramatismo de un Barbirolli como del huracán de emociones de un Bernstein: con Rattle todo suena en exceso distendido, de una belleza un tanto superficial, sin suficiente garra. Insincera, en definitiva. A destacar negativamente un Adagietto un tanto relamido y, en el otro extremo, un Finale que arranca con más de una blandura pero finaliza con esa luminosidad juvenil que tan bien se le da al maestro británico. Un siete para su dirección, que se transforma en un ocho por obra y gracia de una orquesta para quitarse el sombrero. Portentosa toma sonora en el DVD video “solo audio” en DTS multicanal. (8)



33. Maazel/Filarmónica de Nueva York (NYP, 2003). Admirablemente respaldado por una toma de sonido soberbia (¡y además de origen radiofónico!), el anciano maestro hace gala de su técnica de batuta excepcional para ofrecernos una interpretación que es una gozada desde el punto de vista puramente sonoro. Tal es el grado de perfección arquitectónica, claridad y plasticidad en el tratamiento de planos orquestales, por no hablar de la maravillosa cantabilidad del fraseo o la manera de trata la tímbrica ora buscando sensualidad, ora marcando aristas, todo ello dentro de una visión que en lo expresivo podríamos calificar como “clásica”, apolínea y equilibrada en el mejor de los sentidos, en absoluto frívola pero tampoco volcada en el desgarro emocional. ¿El problema? Se detectan aquí y allá demasiados rebuscamientos marca de la casa, de esos que pretenden demostrar que él es capaz de descubrir aquí y allá detalles nuevos pero que no solo no aportan nada realmente interesante, sino que terminan evidenciando cierto narcisismo en esta interpretación a muy disfrutable por las razones antedichas, pero asimismo en exceso parsimoniosa en los dos primeros movimientos, más distendida que visionaria en el Scherzo, estática en el Adagietto, risueña en el Finale y globalmente un punto insincera. (8)

 

34. Abbado/Festival de Lucerna (DVD Euroarts y Stage+, 2004). Recupera hasta cierto punto el pulso un Abbado que se decide por visión marcadamente apolínea, obsesionada por la belleza y perfección sonoras, de estudiadísima arquitectura, claridad insuperable, riquísimo colorido –sin renunciar a la estridencia, pero tampoco acentuándola– y pulso firme en el que no hay lugar para el arrebato ni para la languidez. Eso sí, la interpretación desprende una clara sensación de frialdad, a lo que se une la obsesión de Abbado por las cuerdas muy pulidas y un punto ingrávidas, así como por los pianísimos exagerados. Los dos primeros movimientos resultan en exceso distantes, poco comprometidos, habiendo algunos portamentos al final del segundo. El tercero es luminoso, elegante y distinguido, quizá en exceso, mucho antes que rústico y sensual, y desde luego nada demoníaco, aunque haya que admirar su colorido y la riqueza en las texturas. Frio y estático el Adagietto, sin pathos, algo ingrávido, aunque tampoco dulzón a pesar de los abundantes portamenti. El Finale, de nuevo, es más elegante que comprometido. Excepcional toma sonora en DTS. (7)



35. Dudamel/Orquesta Simón Bolívar (DG, 2006). Lejos de caer en los amaneramientos insufribles en los que sí ha incurrido en otros acercamientos suyos al compositor, el maestro venezolano ofrece aquí una recreación directa, sincera, despojada de toda afectación y de toda retórica vacua, muy bien trazada –aunque la claridad no es la máxima posible– y de apreciable comunicatividad. Concretando un poco, Dudamel procura acentuar los contrastes entre los dos primeros movimientos, estático –y un punto más ingrávido de la cuenta– el primero, muy apasionado el segundo. El tercero está dicho desde la más sensata ortodoxia, aunque se podría alcanzar una dosis mayor de sensualidad y de elevación poética. El Adagietto, venturosamente, lo plantea con distanciamiento y sin azúcar alguno, lo que no le impide estar dicho con apreciable concentración y agudos picos de tensión. El Rondo-Finale es, por su frescura y entusiasmo bien controlado, lo mejor por parte de la batuta, aunque aquí es donde la orquesta, disciplinadísima, deja más en evidencia sus limitaciones. La toma sonora tampoco es la mejor posible. (8)



36. Gatti/Orquesta del Concertgebouw (Blu-ray, 2010). Un arranque sin apenas garra nos anuncia un primer movimiento no ya lento, sino moroso, tristón antes que doliente y flácido en lugar de sensual. El segundo mejora un tanto, pero de nuevo la progresión dramática se realiza a trompicones, desatendiendo el maestro la arquitectura global para detenerse en la delectación melódica un tanto meliflua y en el preciosismo sonoro. En el Scherzo, Gatti se arriesga de manera considerable jugando con el tempo, estirándolo o acelerándolo a discreción y, por ende, descubriendo nuevas posibilidades en este movimiento; ahora bien, el resultado es más efectista que otra cosa, ya que semejante esquizofrenia sonora no parece casar del todo bien con la dulzura ensoñada, por lo demás de enorme belleza, que imprime a determinados pasajes, ni con el tratamiento narcisista de algunas frases. Tras todos estos devaneos sorprende gratamente el Adagietto, dicho sin languideces contemplativas ni éxtasis místicos: directo al grano, emotivo y sin azúcar. El Finale es un derroche de luminosidad, de expresión sincera y de energía controlada, además de la mejor oportunidad para que la orquesta luzca su asombrosa calidad global y la formidable musicalidad de los solistas que la integran. Lástima que la coda arranque de manera algo rebuscada en esta versión que, en cualquier caso, va de menos a más y termina convenciendo, entre otras cosas por la espléndida calidad que ofrece la pista 5.0 –surround auténtico, con la reverberación de la sala perfectamente recogida– del Blu-ray editado por la propia orquesta. (7)



37. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (Blu-ray Accentus, 2013). Toda una experiencia, sobre todo en la pista DTS-HD Master Audio que incorpora el Blu-ray, disfrutar de la increíble toma –espaciosa, natural más no poder en la definición tímbrica, perfectamente equilibrada en los planos sonoros, de amplísima gama dinámica y relieve de oírlo para creerlo– que recoge a las mil maravillas la explosión de vida, ritmo y color que propone un Chailly que domina como pocos directores lo han hecho el entramado polifónico de la obra, poniendo de relieve todas y cada una de las líneas sonoras, pero dotándolas de sentido y sin hacer que el análisis se ponga nunca por delante de la comunicatividad intensa que desprende su aproximación. ¿El problema? Pues que la búsqueda de la ligereza en tempi, en sonoridad y también en expresión que el maestro milanés parece buscar a toda costa en esta nueva integral mahleriana en Leipzig termina traduciéndose no diré que en asepsia –en absoluto–, ni siquiera que en excesiva rapidez –pese a que se despacha la obra en una hora siete minutos–, pero sí en numerosos pasajes en que la cuerda suena con una ingravidez amanerada que llega a irritar de manera considerable. Al menos el Adagietto, aun sonado de la referida manera, se aparta de las densidades contemplativas y de los éxtasis místicos para adquirir –como con Barenboim, por ejemplo, aun siendo tan diferente el enfoque– el carácter de preludio al Finale. (8)



38. Nelsons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Esta es una interpretación que recuerda no poco tanto a Kubelik como a las últimas de Claudio Abbado por renunciar a la expresividad exacerbada que tanto nos gusta en este repertorio para optar por una especie de clasicismo en el que la elegancia apolínea, cierto distanciamiento y también algún devaneo con las sonoridades ingrávidas y un punto relamidas, se imponen frente a la invitación al desmelene que ofrecen los pentagramas, lo que no impide construir con solidez la arquitectura ni ofrecer el más alto grado posible de espectacularidad. En este sentido, el primer movimiento impresiona por su fantástico envoltorio sonoro, pero engancha poco: lo encuentro excesivamente sobrio y más aéreo de la cuenta en el tratamiento de la cuerda, en la que los portamenti son abundantes. Mucho mejor el segundo, lejos de la visceralidad expresionista pero cargadísimo de fuerza sin dejar de estar maravillosamente controlado y, precisamente por ello, inmejorablemente clarificado en las texturas. El tercero se deja asimismo de locuras dionisíacas y resulta ante todo amable, luminoso y distendido en el mejor de los sentidos posibles, aunque no sea esta la visión a a muchos más nos guste. Liviano, contemplativo y muy bello el Adagietto, lejos de la dulzonería pero quizá algo más decadente de la cuenta y algo superficial. El Finale, obviamente luminoso y optimista a más no poder, pero sin apenas espacio para el arrebato –salvo en la coda–, permite el lucimiento de una orquesta en su mejor momento. (8)



39. Nelsons/Orquesta del Festival de Lucerna (Blu-ray Accentus, 2015). Nelsons continúa en una línea antes apolínea y luminosa que dionisíaca, pero en cualquier caso maravillosamente realizada tanto por parte de la batuta –portentosa la planificación– como por la de la excelente orquesta. Quizá el primer movimiento está ahora más conseguido que en Berlín. El segundo, poderosísimo pero siempre bajo un férreo control, vuelve a ser formidable. El tercero es una maravilla si se comparte esta visión amable, nada demoníaca, de la página; afloran pasajes de un lirismo digamos que espiritual, desde luego muy hermoso, que resultan todo un acierto. El Adagietto tal vez sea más amanerado que antes, amén de poco emotivo. Irreprochable el Finale, de nuevo optimista y muy jovial. (8)



40. Dudamel/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2018, versión de Berlín). El maestro venezolano aborda ahora la obra desde una óptica no diametralmente opuesta, pero sí bien distinta a la que adoptó doce años atrás en su grabación para el sello amarillo. Frente a la visión más directa y despojada que ofreció frente a la Simón Bolívar, ahora ofrece una lectura que pierde en apasionamiento y garra dramática, sobre todo en lo que al segundo movimiento se refiere, para ganar de manera apreciable en sensualidad, en efusividad y en vuelo poético; por desgracia, se incluye en este sentido la aparición de numerosos portamentos que en el Adagietto se adentran en esa tendencia a la dulzura excesiva con que otros maestros abordan esta página. Claro que también es verdad que está ahí una Filarmónica de Berlín que rinde de manera formidable bajo una batuta de técnica excepcional que alcanza grados insuperables de depuración sonora, que traza la arquitectura con perfecta solidez –ni nerviosismo ni puntos muertos– y que, tras navegar entre los devaneos sonoros antes referidos, triunfa por su convicción en un Finale con algún pasaje más suave de la cuenta, pero gozoso y comunicativo a más no poder. Lástima que la toma sonora no ofrezca toda la gama dinámica deseable. (8)



41. Dudamel/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2018, versión de Taiwan). Repetición de la jugada, sin grandes novedades con respecto a la ocasión anterior encontramos en esta nueva recreación excelente trazo, buen conocimiento del idioma y una perfecta fusión entre frescura y control, entre chispa y sentido dramático, entre refinamiento y sanísima rusticidad, todo ello haciendo gala de un portentoso virtuosismo y extrayendo lo mejor de una orquesta en el más brillante momento técnico de su trayectoria. Pero se ese ímpetu dramático, esa fuerza volcánica al borde del descontrol, esa sinceridad y ese arrebato de antaño se han suavizado considerablemente. Ahora todo es más mesurado, más equilibrado, más pensado para complacer. Además, encuentro pasajes en el segundo y tercer movimientos en el que los portamenti resultan no ya innecesarios, sino excesivos. Cuando llega el Adagietto estos ya llegan a molestar, aunque sin que la cosa llegue a mayores. Y en un punto central del Finale, que globalmente resulta espléndido, Dudamel se pone amanerado y comienza a mostrarlo lo bonito que es ese momento y lo precioso que con él queda. La orquesta, en cualquier caso, compensa con creces estos devaneos del maestro haciendo gala de su increíble nivel; a destacar, como no podía ser menos, la tropa de Stefan Dohr en el tercer movimiento. (8)



42. Saraste/Sinfónica de la WDR (YouTube, 2019). No convence el primero de los tres bloques de la página. No es que se trate de una interpretación analítica y distanciada, porque no lo es: hay tensiones muy bien planteadas, hay fuerza y hay un despliegue de ricos colores que saben oscilar entre lo aterciopelado y lo incisivo, justo como la música demanda. Lo que ocurre es que, al igual que hace en su Sibelius, el maestro parece decidido a limpiar las notas de "adherencias románticas", y eso no parece lo más conveniente cuando la partitura demanda atmósfera, tristeza y una cierta dosis de histrionismo. En lo que sí acierta es en la carga rebelde y visceral de la última parte del segundo movimiento: ahí sí que la batuta está inspirada. Magnífico el Scherzo, planteado de manera ortodoxa y expuesto con admirable sentido de la arquitectura y una considerable limpieza en el tejido polifónico. Claro, la orquesta es espléndida y la batuta posee mucha técnica, así que como la expresión es siempre la acertada, las cosas funcionan de manera impecable. La acústica de la Philharmonie de Colonia ayuda lo suyo. El Adagietto lo hace Saraste como lo que realmente es, un preludio al quinto movimiento, así que lo expone sin lentitudes ni éxtasis místicos, procurando resultar anhelante mucho antes que estático. Un clímax intenso da paso a un Finale que vuelve a ser magnífico: intensidad, vida, color y perfecto control de la arquitectura. Solo le podría reparo al pasaje triunfal previo a la coda, que podría sonar algo más lento y grandioso: de nuevo el maestro, empeñado en limpiar la música de adherencias indeseables, se pasa un poco de la raya. Una pena que la toma presente una molesta compresión dinámica. (8)



43. Nézet-Séguin/Filarmónica de Rotterdam (Medici TV, 2020). Sólida en su concepto, irreprochablemente construida y de notable inspiración esta lectura en la que el maestro canadiense alcanza un punto perfecto de equilibrio entre los componentes “tardorromántico” y “expresionistas” de la página, evitando por completo caer en lo empalagoso o en lo contemplativo pero igualmente sin necesidad de extremar contrastes o de dejarse llevar por visceralidad. En el fondo es la suya una interpretación tan ortodoxa como sensata y sincera, que sabe moverse entre lo atormentado y lo luminoso –soberbio el Finale– sin forzar las cosas al tiempo que su batuta de técnica soberbia atiende a las dos grandes grandes bazas de esta partitura, que no son otras que su impresionante tejido polifónico y su riquísimo sentido del color. Una lástima que la orquesta, aun más que digna, no sea de primera magnitud, y que sus metales –la trompeta, sin ir más lejos– dejen un tanto que desear. La toma sonora adolece de cierta compresión dinámica e intercambia los canales derecho e izquierdo, si bien recoge de maravilla las frecuencias graves tan fundamentales en esta música. (8)




44. Nelsons/Filarmónica de Viena (Stage+, 2022). El concepto del maestro letón sigue siendo el mismo: apolíneo, lírico mucho antes que virulento, equilibrado antes que lleno de contrastes, pleno de naturalidad en el fraseo y de enorme efusividad. Lo que ocurre es que ahora los resultados son aún superiores a los de sus dos filmaciones anteriores. Del primer movimiento han desaparecido las sonoridades en exceso aéreas y los portamentos que lo lastraban: ahora resulta severo, noble y de tristeza contenida. En el díptico que con él conforma, el segundo no busca el extremo contraste con el anterior: la agitación que Mahler pide en la partitura está ahí, pero muy contenida por el más riguroso equilibrio formal. La disección que en él realiza Nelsons es formidable, pero aún lo es más la que realiza en un Scherzo cálido, soleado y muy sensual, aunque (¡lástima!) aquí sí hagan su aparición algunos narcisismos. El Adagietto no lo ve el maestro como lo que realmente es, un pórtico al movimiento conclusivo, sino como epicentro de la obra: su batuta lo paladea con delectación evitando blanduras y deja que la fuerza poética descargue en la cuerda de la orquesta. En Finale, dicho sin prisa alguna y buscando antes la distensión que el arrebato jubiloso es una maravilla en lo que a trabajo con la orquesta se refiere: hay líneas instrumentales que no recuerdo haber escuchado en ninguna otra grabación. Imagen 4K. (9)



45. Mäkelä/Orquesta del Concertgebouw (Medici TV, 2025). El público de Seúl, que reaccionó con tremendo entusiasmo al finalizar el concierto, debió de quedarse conmocionado ante la increíble calidad de la formación holandesa. No solo calidad técnica –empaste, limpieza, potencia, redondez, belleza sonora–, sino también expresiva: los primeros atriles son un prodigio. También debió de rendirse ante en virtuosismo de una batuta exacta, controladora, que construye con perfecta lógica y tensión la arquitectura horizontal al tiempo que trata con especial transparencia las texturas y atiende al detalle sin caer en rebuscamientos. Otra cosa es la interpretación propiamente dicha, a mi entender un tanto irregular. Notables los tres primeros movimientos, muy sensatos, ortodoxos y atentos a la variedad expresiva que demandan, si bien algo descafeinados: esta música necesita ponerse más al borde del abismo en los dos primeros movimientos y mayor goce sensual –más un punto de rusticidad– en el tercero. Frío, más ingrávido de la cuenta y sobrado de portamentos el Adagietto. Y una maravilla el Finale, cierto es que no el más vibrante posible, pero portentoso por arquitectura, transparencia y brillantez bien controlada. (8)

sábado, 3 de enero de 2026

Sinfonía nº 8 de Anton Bruckner: discografía comparada

La Sinfonía nº 8 de Anton Bruckner es una de mis partituras sinfónicas favoritas de todo el repertorio. Aunque sigo algo enfermo, he sacado fuerzas para recopilar y editar textos que ya tenía publicados, añadiendo otros que se encontraban inéditos para así ofrecer un pequeño panorama de la discografía de esta obra maestra. Faltan muchísimas grabaciones, claro está: he hecho lo que he podido.

No entro en la cuestión de las ediciones de la partitura. Quien desee más información al respecto, puede acudir a la imprescindible página a la que lleva este enlace. Por lo demás, pido disculpas por lo aburridos que puedan resultar los textos. Olvídenlos y escuchen esta música. De rodillas, a ser posible.


1. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (Testament, 1949). Pocos directores como Furt –que utiliza su propia edición de la partitura: sobra algún platillazo– para ofrecer una lectura incandescente, escarpada y a tumba abierta; lacerante y con frecuencia pavorosa, comprometida, creativa y arriesgada a más no poder, y desde luego muy alejada de la poesía contemplativa, de cualquier clase de misticismo y –desde luego– de la grandeza retórica. Ua postura tan discutible como fascinante, pero hay dos reparos. El primero tiene un problema conceptual: los famosos tirones de tempo furtwänglerianos no terminan de casar con la peliaguda arquitectura de Bruckner, y de hecho otros maestros se han encargado de demostrar que con un pulso mucho más regular se pueden conseguir dosis similares de tensión interna. El segundo es más concreto: no es que resulte furioso, es que directamente le sale convulso, precipitado y hasta machacón. La cinta editada por Testament, de sonido digno para la época, se corresponde con la ejecución del 14 de marzo realizada para la radio, sin público, y no debe confundirse con la toma en vivo del día siguiente editada por EMI y otros sellos. (8)


2. Jochum/Filarmónica Estatal de Hamburgo (DG, 1949): Sin ser redonda, esta lectura sincera y a tumba abierta aporta un punto de vista muy interesante. El primer movimiento es rápido, seco, e implacable. El segundo, de nuevo áspero y dramático, se precipita en exceso, pero venturosamente evita lo cuadriculado y lo rutinario. El Adagio se encuentra paladeado con tranquilidad, pero no por ello carece de fuerza y tensión dramática, culminando en un clímax rebelde y nada grandioso. El cuarto vuelve a ser seco y contundente. En conjunto, una interpretación nada mística ni melancólica, quizá no del todo densa ni profunda, pero llena de terror, dramatismo y rebeldía. La orquesta está bien. Toma de sonido extraordinaria para la fecha. (9)


3. Klemperer/Sinfónica de la Radio de Colonia (Medici Arts, 1957). No resulta fácil reconocer al de Breslau en esta lectura todo lo escarpada, terrorífica y alejada del misticismo complaciente que en él se podría esperar, pero también mucho más encendida, inmediata e incluso arrebatada de lo que hubiésemos imaginado, además de mucho más rápida de lo que el veterano maestro ya acostumbrada por aquellas fechas. Incluso los dos primeros movimientos, los menos conseguidos, llegan a resultar un tanto precipitados. Tampoco es que la orquesta de lo que hoy es la WDR sea precisamente su Philharmonia. (8)


4. Knappertsbusch/Filarmónica de Múnich (MCA, 1963). Haciendo uso de la hoy periclitada revisión de 1892, a la que siempre se mantuvo fiel, Kna registró en estudio esta recreación en la que dejó bien patente que su visión de la partitura se decanta por completo por los aspectos líricos de la misma, haciendo gala de un fraseo muy natural, de ese sonido aterciopelado característico en el maestro –y eso que la orquesta no es precisamente la Filarmónica de Viena– y de una espiritualidad muy hermosa, en absoluto meliflua. Por desgracia, Hans el Rubio no solo se desinteresa por la vertiente dramática y visionaria de la obra, sino que se muestra incapaz de adecuar la adecuada tensión sonora a la complicada arquitectura de la página por lo que, pese a que aquí y allá realiza aportaciones personales de relativo interés –hermosos reguladores, ritenutos y ralentizaciones algo efectistas–, demasiados pasajes resultan flácidos, mortecinos, escasos de garra. El resultado termina siendo deslavazado. incluso aburrido. (7)



5. Klemperer/New Philharmonia (EMI, 1970). Han pasado trece años desde su grabación radiofónica en Colonia, lo suficiente para comprobar cómo en ese periodo de tiempo Klemperer, ya situado nada menos que en los ochenta y cinco cuando realizó este registro en el Kingsway Hall, transformó sustancialmente su arte ralentizando de manera considerable los tempi, distanciándose en lo emocional, adoptando una postura eminentemente analítica y acentuando los aspectos más rocosos, sarcásticos y antirrománticos de su personalidad. De este modo, esta Octava tocada de manera insuperable por una Philharmonia aplastantemente superior a la orquesta alemana, ha perdido en inmediatez, angustia, rebeldía y carácter escarpado, pero ha ganado muchísimo en rigor arquitectónico, control, claridad, concentración y –pese a todo lo dicho– grandeza espiritual, aunque siempre en esa línea escasamente mística y trascendida propia del maestro. Increíble el Scherzo: lentísimo, inigualable, discutible a más no poder y seguramente genial, sobre todo por un Trío tan distanciado como anhelante y, al mismo tiempo, indisimuladamente trascendido, auténtica llama fría ante la que resulta imposible resistirse. Los cortes en el Finale, eso sí siguen ahí, porque a Klemperer le da la gana. Magnífico el reprocesado de 2023 en HD. (9)


6. Kempe/Tonnhalle de Zurich (Somm, 1971). Da gusto escuchar una versión así, tan sincera y comprometida, abiertamente dramática, dicha a tumba abierta, con unos clímax de una crispación que pone los pelos de punta, pero justo es reconocer que el maestro alemán, con su fraseo premioso y sus abundantes tirones de tempo, no consigue construir una arquitectura lo suficientemente sólida ni obtener la concentración necesaria para profundizar en los aspectos más líricos y espirituales de la página. Interesante la remasterización cuadrafónica que circula por ahí. (7)


7. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1974). Esta es una interpretación juvenil –el maestro indio contaba treinta y ocho años–, para lo bueno y para lo menos bueno. Hay brillantez bien entendida, comunicatividad, enorme dominio de la masa orquestal y muchas, muchísimas ganas de hacer música. Pero también se aprecia una evidente inmadurez, sobre todo en los movimientos iniciales, dichos de manera bastante superficial; el gran clímax con que concluye el primero de ellos suena ajeno a la agónica desesperación que reclaman los pentagramas. El Adagio funciona bastante mejor, y hubiera sido magnífico de no ser por la planificación brusca y aparatosa de su sublime clímax central. Soberbio el Finale, poderoso y elocuente, irreprochable en el idioma bruckneriano hasta que, lástima, se llega a una coda a la que le falta grandeza. La orquesta rinde de manera formidable y se encuentra recogida por una toma espléndida. (8)


8. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1975). En enero y abril de 1975 el de Salzburgo comenzó su ciclo Bruckner para el sello amarillo con una Octava muy “de estudio”. Antes que vehemencia, inmediatez o intensidad expresiva, lo que se busca es la perfección formal, no solo en lo que a ejecución se refiere, sino también en planificación tanto vertical como horizontal. ¡Y vaya si lo consigue! Probablemente hasta esa fecha, con la excepción de Klemperer/Philharmonia, no se había escuchado una recreación tan increíblemente bien tocada, tan depurada y bella en la sonoridad, tan organística en la sonoridad y –al mismo tiempo– tan bien clarificada, tan sólida en su arquitectura y construida con tanta lógica hasta sus clímax. Todo ello, lo más importante, lo hace el maestro –al contrario que en otras ocasiones en este y otros repertorios– sin desmelenarse en decibelios, sin dejarse llevar por la mera opulencia y sin recrearse en preciosismos. Serio, objetivo y quizá un punto más distante de la cuenta –sobre todo en el primer movimiento–, aquí Karajan se muestra –solo en un instante se deja llevar: las trompetas antes del primer golpe de platillos– extraordinariamente riguroso en la expresión. E idiomático al cien por cien, faltaría más. Cierto es que hay algún error de concepto puntual –muy poquita cosa el oboe después del primer clímax– o general –el Trío no resulta nada inquietante–, pero a cambio Karajan nos deja un Adagio hermoso, cálido y comunicativo como pocos se hayan escuchado. Imponente, catedralicio el Finale. El BR Audio a nada menos que 192 kHz permite disfrutar a tope de una toma natural, equilibrada y transparente realizada en la Philharmonie. (9)


9. Jochum/Staatskapelle de Dresde (EMI, 1976). El maestro sigue teniendo en mente el concepto crispado de su mítica grabación de Hamburgo, pero los resultados ahora son mucho menos interesantes, sobre todo por un primer movimiento en el que se deja llevar por el nerviosismo y cae en la aparatosidad; la planificación es deficiente y no aflora la amenaza interna de la música, que queda sustituida por el decibelio. En la misma línea el Scherzo, del que al menos se pude rescatar un muy correcto Trío. Espléndido el Adagio: ahora sí, Jochum consigue la concentración necesaria, destilando belleza y ofreciendo calidez sin bajar la guardia, teniendo muy presente la angustia existencial de la partitura; peculiar la manera de construir las tensiones hacia el gran clímax, pese a que el estado de los metales de la formación sajona juega en su contra. El Finale, al contrario que los dos primeros movimientos, se encuentra bien planteado y se resuelve de manera medianamente satisfactoria; formidable la coda, que arranca de manera mágica y culmina con el adecuado desgarro. (8)


10. Böhm/Filarmónica de Viena (DG, 1976). Aun sin llegar a los niveles de excelsitud de su referencial Cuarta tres años anterior, Böhm ofrece una lectura globalmente admirable en la que hay que destacar la extraordinaria planificación de la arquitectura, la transparencia orquestal y la fabulosa respuesta de una Wiener Philharmoniker en su mejor momento a la que el maestro, de manera milagrosa, hace sonar con la mayor belleza posible sin que ésta sea nunca un fin en sí mismo, y por ende sin hacer concesión a preciosismos ni trivialidades. Al contrario, el enfoque de la batuta es austero y dramático, ajeno no sólo a los citados devaneos, sino también al misticismo, a la sensualidad e incluso a la calidez humana. Por eso mismo el primer movimiento, decidido y dramático, incluso un punto áspero, puede parecer algo más premioso de la cuenta; al menos, no todo lo misterioso que podría ser, y no del todo atento a ese lirismo acongojante que destilan las notas. Riguroso, implacable y sin concesiones el Scherzo, magníficamente trazado y con detalles de enorme clase, aunque quizá también un punto rígido; el Trío se queda más bien en la superficie si lo comparamos con el milagro de Klemperer, pero eso les pasa a todos. El Adagio es una maravilla, con unos violonchelos vieneses haciendo esos prodigios que solo ellos saben, pero sin que a Böhm se le mueva un pelo. El cuarto movimiento, en fin, resulta un prodigio de trazo y de convicción, siempre dentro de este enfoque escasamente retórico, poco preocupado por la opulencia del sonido y dispuesto a ser al mismo tiempo dramático y épico sin decantarse por ninguna suerte de triunfalismo. La toma es de gran calidad, y su bajo volumen garantiza una amplia gama dinámica, pero lo cierto es que no tengo nada claro que el reprocesado de Esoteric en SACD suene mejor que el CD de Deutsche Grammophon de toda la vida. (9)


11. Karajan/Filarmónica Viena (DVD DG y Stage+, 1979). Esta filmación en San Florián es un hito de la historia de la fonografía de la música sinfónica. En ella un Karajan atípico –fuertemente medicado justo antes del concierto debido a unos terribles dolores de espalda, según me comentó un lector– construye una versión sin ninguna belleza hedonista, escasamente melancólica. Tampoco hay grandilocuencia alguna, pero sí una incomparable tensión dramática que, eso sí, se encuentra bajo el más absoluto control: las tensiones se encuentran medidas al milímetro y los clímax alcanzan una especial rebeldía, aunque no hay un solo arrebato momentáneo que haga perder la concentración. La orquesta está maravillosa, si bien en una línea mucho menos bella, más áspera y aristada, de cómo lo hará en su posterior versión digital con el mismo director. ¿La mejor Octava? Pues sí. Bueno, vale, está la de Celibidache en Lisboa, pero eso es un secreto entre usted y yo. (10)


12. Barenboim/Sinfónica de Chicago (DG, 1980). En la que es su primera grabación de la partitura, Barenboim deja ya bien claro que la suya no es una visión lírica, menos aún mística, sino abiertamente escarpada, dramática y visionaria, por momentos verdaderamente terrorífica. A poner en sonido su concepto, atrevido y un tanto unilateral, le ayudan una asombrosa concentración en la arquitectura –solo la coda final, por querer ser por completo antirretórica, se precipita un poco– y una orquesta brillantísima capaz de ofrecer los fortísimos más atronadores que imaginarse puedan –increíble matización de la gama dinámica– sin perder redondez y empaste. La toma de sonido sigue siendo en 2026 una de las mejores que se han escuchado en esta obra. (9)


13. Jochum/Sinfónica de Bamberg (YouTube, 1982). Cortesía de la NHK tenemos esta filmación en Tokio en la que Jochum, al frente de una orquesta de buen nivel, nos deja su más tardía aproximación a la partitura. Los dos primeros movimientos son rápidos e implacables y están llenos de tensión, amenaza y desgarro, pero el discurso resulta un tanto cuadriculado y la música no respira lo suficiente, por lo que se pierden vuelo lírico y emotividad. El Adagio es magnífico, sabiendo conjugar cantabilidad y hondo dramatismo a la perfección. El Finale, brillante pero precipitado, está en la línea de los dos primeros, logrando impactar pero no emocionar. (8)


14. Giulini/Orquesta Philharmonia (BBC, 1983). Una pena que este registro en vivo sea de origen radiofónico y tenga que lidiar con la problemática acústica del Royal Festival Hall, porque en él el maestro de Barletta adopta una postura intermedia entre sus maneras de la “segunda madurez” de los setenta” y la “tercera madurez” de los ochenta. Incluso se podría decir que aquí Giulini es un poco menos el Giulini que se podía esperar. Al menos en los movimientos extremos, no del todo efusivos en sus partes líricas y sí muy escarpados, implacables (¡tremendo el arranque del Finale!), incluso ásperos. Ideal en este sentido la Philharmonia, de cualidades muy distintas a las filarmónicas de Berlín y Viena. No particularmente visionario, pero sí interesantísimo el Scherzo: en lugar de decantarse por lo terrorífico, el maestro aporta lirismo, plasticidad y flexibilidad para mostrarnos una nueva cara de esta página. En el Adagio Giulini sí que es él mismo, mas sin bajar la guardia. Su mejor registro de la obra, en definitiva. (10)


15. Giulini/Filarmónica de Berlín (Testament, febrero 1984). Tres meses antes de su grabación oficial con Viena, Giulini ofrece una interpretación que hace gala de esa naturalidad en el fraseo que caracteriza al maestro, que luce un legato admirable, una cantabilidad de la mejor ley y una sensualidad para derretirse, como también la tensión interna y la garra dramática que exigen esta música, amén de el particular sonido bruckneriano –ideal la orquesta– y su perfecto empaste polifónico. El primer movimiento resulta todo lo tenso y escarpado que debe, pero posee también una profunda espiritualidad que se hace aún más evidente en el segundo, que como en su anterior testimonio londinense vuelve a ser revelador. El Adagio es hermosísimo, sin necesidad de ser muy doliente. El movimiento menos admirable es el último, no todo lo visionario que pudiera haber sido, sobre todo en la coda. (9)


16. Giulini/Filarmónica de Viena (DG, 1984). Conceptualmente es una lectura muy equilibrada entre lo lírico, lo épico y lo dramático y, por ende, no muy aristada, rebelde ni visionaria, pero sí dotada de una admirable cantabilidad y poesía. El primer movimiento posee aquí apreciable concentración, sin resultar especialmente tenso. El segundo movimiento está muy bien. El tercero es bastante más lento que en las grabaciones anteriores del maestro, destacando por su particularmente lírica poesía. El cuarto es magnífico, en esta ocasión más lento y paladeado. La orquesta, ninguna sorpresa aquí, está impresionante. (9)


17. Giulini/World Philharmonic (DVD Euroarts, 1985). Al frente de una orquesta que se queda algo corta, el maestro repite el concepto del año anterior presidido por ese sentido humanístico propio de su arte. Por desgracia, al primer movimiento le falta algo de fuerza y compromiso expresivo, incluso de concertación.  Tampoco convence el Trío del Scherzo. Espléndido el Adagio: su arranque posee mayor vehemencia que en su lectura oficial del año anterior en Viena y, en general, pierde en humanismo lo que gana en carácter anhelante. Notabilísimo el Finale, no especialmente visionario, pero sí dotado de una incontestable grandeza espiritual. La calidad de imagen deja que desear para la fecha. (8)


18. Karajan/Filarmónica de Viena (DG y Sony DVD, 1988). Aquí Karajan, a diferencia de su filmación del 79, sí que es Karajan propiamente dicho, ofreciendo una lectura que se recrea en los contrastes sonoros y en la belleza incomparable que ofrece la orquesta, pero que sabe al mismo tiempo resultar emotiva y sincera sin perderse en preciosismos. Ciertamente carece de la tensión dramática de un Böhm, o de la cantabilidad y el humanismo de un Giulini, pero aporta a cambio una importante dosis de brillantez, sin caer apenas en lo efectista –se buscan los contrastes dinámicos extremos marca de la casa, faltaría más– e inyectando grandes dosis de rebeldía en los clímax. En cualquier caso, los dos movimientos iniciales no son redondos: en el primero se detectan algunas caídas de pulso, algunas discontinuidades que hacen el arco de tensiones menos implacable, mientras que al Trio del Scherzo se le podría sacar más partido. Pero el tercer movimiento es tan bello como emotivo –qué planificación más natural, qué manera tan maravillosa de desarrollar tensiones y distensiones– y el cuarto, sin duda genial, alcanza una fuerza visionaria abrumadora, independientemente de que se pueda preferir una coda no tan épica y más dramática. Aparte del CD editado por el sello amarillo, existe una filmación realizada por el propio Karajan con su habitual gusto de ribetes nazis: ya saben, trompetas perfectamente alineadas y todo eso. De las dos ediciones realizadas por Sony, es el canal surround de la primera de ellas, la de 1992, el que ofrece los resultados sonoros más espectaculares, aunque la manipulación de la fuente original en los estudios nipones resulta más que probable. Sensacional el sonido en el SACD de Esoteric, pese a que en el tercer movimiento los graves de los contrabajos llegan a ser excesivos. (9)


19. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1990). Esta espléndida toma en vivo realizada en San Petersburgo deja bien claro que, al igual que Solti maduró como director bruckneriano –y se diría que como intérprete en general– en los años ochenta, en la década siguiente empezaría a perder el nivel alcanzado. Por descontado que la planificación es portentosa, que la polifonía está plenamente atendida, que la claridad es admirable, que el fraseo resulta tan natural como concentrado –ni nerviosismo ni precipitaciones, como tampoco blanduras o languideces–, que los picos de tensión se alcanzan con una lógica portentosa y que la increíble sección de metales de la orquesta está plenamente aprovechada para ofrecer una brillantez fuera de serie sin que esta traiga consigo la ampulosidad o el exceso de retórica. Sin embargo, el maestro no acierta: aunque no es él precisamente, por su propia personalidad interpretativa, quien vaya a regatear los aspectos más dramáticos y escarpados de la partitura, la falta de inspiración se hace evidente. Todo suena un tanto lineal, frío, distanciado, los clímax resultan más externos que sinceros y la sensualidad y la hondura humanística se pierden por el camino. En el Finale se consiguen los mejores momentos, aunque este tampoco es redondo y la coda decepciona de manera considerable: suena equivocadamente épica. (8)


20. Celibidache/Filarmónica de Múnich (Sony SACD, 1990). Esta filmación en vivo en Tokio fue el primer testimonio comercializado de la Octava de Bruckner por Celi, en su momento parte de una serie de Laser Disc en la que también se incluían la Sexta y dos versiones de la Séptima. Como era de esperar, a quienes no habíamos tenido todavía –yo le pude pillar una Tercera– la oportunidad de escucharle en directo dirigiendo a este autor quedamos profundamente impresionados por sus particulares maneras de hacer: tempi lentísimos (97’41’’, aunque en su grabación de 1993 llegará los increíbles 104’), extrema depuración sonora por completo ajena a preciosismos, absoluta claridad polifónica, sonoridades “organísticas” ideales para el compositor y, sobre todo, una increíble planificación de las tensiones que, pese a los tempi adoptados, permite alcanzar clímax de implacable fuerza visionaria al tiempo que se paladean hasta el límite las hermosísimas melodías. Todo ello dentro de un concepto filosófico y espiritual, pero en absoluto meramente contemplativo, sino también muy atento al drama existencial que se esconde tras las notas. Se puede preferir un primer movimiento más desasosegante y escarpado, así como un Schrzo donde el terror resulte más presente, pero es difícil resistirse ante la infinita poesía del tercero y ante la monumental grandeza (¡sin rastro de ampulosidad ni de retórica!) de un Finale construido con mano verdaderamente maestra. El sonido en SACD es espléndido. (10)


21. Celibidache/Filarmónica de Múnich (EMI, 1993). Celi repite el concepto de su interpretación en Tokio dos años anterior, ahora con unos tempi sensiblemente más lentos en los dos últimos movimientos, aunque con resultados no menos memorables. Personalmente prefiero un enfoque más rebelde, ominoso y terrible en los dos primeros movimientos, menos espiritual y esencializado que el que adopta aquí Celibidache, pero es imposible resistirse ante tan genial muestra de planificación –las tensiones están construidas de manera milagrosa a pesar de la enorme lentitud–, de plasticidad en el manejo de la masa orquestal, de dominio de la polifonía, de cantabilidad en el fraseo y, en general, de convicción expresiva. El Adagio difícilmente encontrará parangón en la discografía en su perfecta fusión de emotividad y control de la arquitectura, mientras que en el Finale, pese a resultar poderosísimo y avanzar de manera implacable, se iluminan multitud de recovecos de lirismo que generalmente pasan desapercibidos. Lástima que la orquesta no sea la mejor posible y que la toma sonora no esté a la altura de la época. (10)


22. Sinopoli/Staatspakelle de Dresde (DG, 1994). Vistosa, extrovertida pero epidérmica versión, que nunca aburre al estar bien llevada y recrearse en la brillantez de los metales y en los contrastes dinámicos, pero que se queda en la superficie de la obra: suena insincera. La coda del primer movimiento resulta muy indiferente. Al menos se agradece el interés por paladear el trío del Scherzo y todo el Adagio. Eso sí, la belleza sonora y el virtuosismo de la orquesta hacen subir el nivel, y la grabación es portentosa. (7)


23. Barenboim/Filarmónica de Berlín (Teldec, 1994). Al frente de una orquesta tan asombrosa como la de Chicago de su registro anterior y aún más adecuada para este autor, Barenboim repite su enfoque dramático, sincero y a tumba abierta, pero más rápida y menos concentrada, lo que se traduce en un primer movimiento igualmente implacable pero no tan atmosférico y ominoso, y en un Scherzo aquejado de un evidente exceso de nervio. El resultado lo equilibra un Adagio más cálido y emocionante, y un Finale quizá un punto más aquilatado en su arquitectura. La toma sonora, siendo espléndida, carece de la espacialidad y gama dinámica de la grabación de DG. (9)


24. Haitink/Filarmónica de Viena (Philips, 1995). Versión extraordinariamente bien construida, de gran claridad y admirable matización dinámica. Se encuentra, además, dotada además de una gran belleza sonora pese a que la batuta no se interesa demasiado por el color, sobre todo el de las maderas. Lo malo es que Haitink se muestra en exceso distanciado, sobre todo en un primer movimiento muy aburrido, falto de poesía, tensión y drama. El segundo está muy bien, el tercero es irregular y el Finale resulta magnífico. (8)


25. Boulez/Filarmónica de Viena (DVD Euroarts y CD DG, 1996). Soberbia arquitectura, sin devaneos, consiguiendo clímax de enorme tensión –como el del primer movimiento o la coda del Finale– y muy hermosa y elegante la sonoridad, sin renunciar a lo escarpado. El problema es que Boulez atiende a los aspectos dramáticos de la partitura mas no a los líricos, faltando efusividad en el fraseo, calidez y trasfondo humanista. Así las cosas, el primer movimiento solo convence al llegar a su desgarrador clímax, para pasar seguidamente a una coda aséptica. Muy bien el Scherzo, pero su Trio está dicho de pasada. El tercer movimiento conmueve poco, salvo en sus clímax. El cuarto está muy bien, pues Boulez define muy bien las líneas y lo expone con energía. La toma sonora satura los graves. (8)


26. Wand/Filarmónica de Berlín (RCA, 2001). Con ochenta y nueve años recién cumplidos y una tan amplia como irregular trayectoria bruckneriana a sus espaldas, ese director “de culto” que era Günter Wand ofreció una interpretación que, beneficiándose de la sonoridad robusta, oscura y empastada de la Filarmónica de Berlín, se apartó del esperable sendero otoñal para ofrecer una versión que sabe ofrecer toda la tensión interna y la garra que requiere esta complicada partitura, combinando así la cantabilidad en el fraseo con sonoridades apreciablemente rocosas y escarpadas. A destacar ciertos detalles creativos –no siempre convincentes– en el tratamiento de la agógica y la grandeza conseguida en un final amplio y solemne, pero carente por completo de retórica vacua. (9)



27. Nagano/Deutsche Symphonie-Orchester Berlin (DVD Arthaus, 2005). Sorprende que del maestro estadounidense, tan poco asociado a la música de Bruckner, nos llegue una Octava de tan alto nivel. Altura que viene dada, fundamentalmente, por su perfección técnica: no solo obtiene un soberbio rendimiento de la antigua orquesta de la RIAS, sino que planifica con excelencia tanto en lo horizontal como en lo vertical. Todo está en su sitio, todo es transparente, los planos sonoros se encuentran equilibrados y la arquitectura discurre con una lógica y naturalidad aplastantes, sin dar lugar a nerviosismos ni a puntos muertos. Interpretativamente el logro no es tan grande: quizá el enfoque apolíneo no sea el más apropiado para una obra como esta, que parece pedir una aproximación más a flor de piel, más atmosférica y con un carácter visionario más acentuado. En cualquier caso, los dos últimos movimientos muy hermoso el Adagio– funcionan mejor que los primeros. La filmación deja que desear: planificación visual caprichosa y mareante. (8)


28. Thielemann/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2008). Por descontado que el lenguaje es el adecuado, que la sonoridad –germánica hasta la médula– es idónea, que el trazo es firme y que está por lo demás muy brillante y sólida interpretación no conoce caída en la retórica, la ampulosidad o la pesadez. Pero el riesgo, la creatividad y el compromiso expresivo de antes se ven ahora sustituidos –o al menos esa es mi impresión– por el distanciamiento, la ortodoxia menos interesante y hasta la rutina. El primer movimiento desprende cierta sensación de frialdad, y solo al llegar a su acongojante clímax la tensión parece llevar a alguna parte; la muy indiferente coda nos deja sumidos en la asepsia. Mejoran las cosas en el Scherzo, mucho más trabajado y muy convincente; el Trío no lo huele. El Adagio está muy bien construido, pero no hay rastro de esa emotividad, de ese profundo sentido humanista que convierten a esta página en una de las cimas de toda la música sinfónica. Y muy bien el Finale, bien trazado y dicho con energía, aunque echándose de menos el carácter visionario que debe desprender su acumulación de tensiones. (8)


29. Thielemann/Staatskapelle Dresden (Hänssler, 2009). Aquí el maestro berlinés parece estar mejor. Bruckner muy robusto, denso y corpulento, muy masivo, con grandes contrastes sonoros, muy a lo Karajan, pero acertadamente rebelde y hasta crispado; poco contemplativo, pero no por ello escaso de poesía. Eso sí, hay alguna que otra frase algo más frágil de la cuenta y ciertas caídas de tensión. El primero movimiento es lo que menos convence por sus irregularidades en la tensión interna, aunque el clímax es muy encrespado y emocionante. Indiferente otra vez la coda. Muy poderoso el Scherzo. Admirable el Adagio, sin llegar a las mayores cotas de humanidad posibles. En el Finale hay frases que podrían estar más paladeadas, pero la tensión se acumula de manera implacable. Toma sonora confusa y estridente. (9)


30. Barenboim/Staatskapelle de Berlín (Blu-ray Accentus y CD DG, 2010). El nivel es altísimo gracias al perfecto idioma, al concepto que sabe aunar lirismo y rebeldía, a un pulso perfectamente sostenido que no cae en nerviosismos ni en innecesarios letargos contemplativos, a la gran atención a la claridad –hay incluso reveladores detalles en las texturas– y a una orquesta que responde estupendamente con un sonido bruckneriano cien por cien. El primer movimiento es rápido, apremiante, deteniéndose poco en crear atmósferas para optar abiertamente por el dramatismo implacable. El segundo resulta espléndido en su ortodoxia, no viéndose lastrado por el nerviosismo de su interpretación con la Filarmónica de Berlín. El Adagio es maravilloso, siempre dentro de un enfoque anhelante que, pese a su incandescencia, sabe hacer fluir a la música con lógica y naturalidad portentosas hasta alcanzar un clímax de enorme garra. El Finale, quizá el más redondo de la interpretación, posee mucha garra, evita precipitarse y acumula tensiones de manera tan sutil como implacable, cargándose de garra dramática sin caer en la brillantez meramente externa ni en la opulencia. La coda no es tan furiosa como en sus anteriores grabaciones y está recreada con mayor grandeza, sin ser la más visionaria de las que se hayan escuchado. En cualquier caso, la mayor aportación de este nuevo acercamiento es su naturalidad y su cantabilidad, atestiguando la afirmación del maestro de que el trabajo en el foso de su orquesta le permite realizar estas aportaciones. Sonido impresionante en Blu-ray. (10)


31. Blomstedt/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Blomstedt juega con ventaja, porque no hay una sola orquesta en el mundo –incluidas Viena, Concertgebouw, Chicago y todas las que ustedes quieran– más adecuada para semejante partitura. Su empaste denso y prieto, su perfecto equilibrio entre masas sonoras, su robustísima cuerda grave y sus metales redondos, poderosos, pero nunca excesivamente brillantes o con afán de protagonismo, convierten la audición en toda una experiencia. Por supuesto, esto no serviría de nada sin una cabeza rectora que sabe lo que se hace, y aquí tenemos a un Blomstedt que construye la magna catedral sonora con absoluta perfección, sin languideces ni puntos muertos, fraseando con sutil flexibilidad, cantando las melodías con holgura, evitando toda pesadez y alcanzando los clímax, jamás retóricos ni hipertrofiados, con absoluta lógica y naturalidad. El problema es que sueco-estadounidense, maestro serio y profesional donde los haya, rara vez termina comprometerse con lo que toca. Se echa de menos un grado más de terror ante el abismo, de anhelo de encontrar respuesta en el más allá, de súplica agónica… También de sensualidad terrena, de profundidad mística y de exaltación visionaria. La coda, por otra parte, suena más épica que trágica. Para entendernos, una gran interpretación de “kapellmeister” de los de toda la vida, pero no una de esas que hacen plena justicia a la obra como una de las más geniales sinfonías que se hayan compuesto. (8)


32. Domingo Hindoyan/Sinfónica Simón Bolívar (YouTube, 2016). Interpretación de corte juvenil, antes escarpada que meditativa, de marcado sentido dramático, y todavía inmadura en su concepto. Arranca de manera admirable, con decisión y espíritu combativo, pero a medida que se desarrolla el primer movimiento se evidencia la falta de esa sensualidad, esa cantabilidad un tanto agónica y esa calidez que caracterizan a la música de Bruckner: los resultados son vistosos pero unilaterales en la expresión, y no del todo sinceros. El Scherzo no alcanza especial interés, pues aun estando bien tensado tiene poco que decir; cuando apuesta por leves frenadas y acelerones, no convence en absoluto. Muy bien el Adagio, que pese a su falta de efusividad poética y de carácter visionario se encuentra admirablemente planificado y cantado, dicho con naturalidad y con exquisito gusto, sin preciosismos ni puntos muertos. Espléndido el Finale, perfecto en su arquitectura y adecuadamente dramático, aun no convenciendo una coda en exceso épica, incluso triunfalista. La orquesta, de tamaño gigante, se queda bastante corta: la cuerda no termina de empastar y los metales son pobretones. Imagen 4:3 y sonido con gama dinámica recortada. (7)


33. Mehta/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2019). En este concierto previo a una gira por Japón, un Mehta recién salido de su lucha contra el cáncer que tiene que caminar con bastón y dirigir sentado ofrece una lectura con más oficio que inspiración, pero irreprochable en su idioma bruckneriano y trazada con absoluta perfección, el fraseo es plenamente orgánico, las tensiones están planificadas de manera inmejorable y la concentración se mantiene en todo momento. En lo expresivo se encuentra planteada desde un perfecto equilibrio entre lo lírico y lo dramático, lo contemplativo y lo escarpado. Quizá por eso al primer movimiento, expuesto con lógica aplastante, se le podría pedir un mayor sentido de la amenaza y unos clímax más escarpados: el resultado en absoluto es descafeinado, pero el maestro tampoco quiere ponerse al borde del abismo. Justo como ocurre en un Scherzo sensatamente planteado y mejor resuelto, aunque a Zubin le ocurre lo que a la mayoría de los directores en esta obra: el Trío no lo huele ni de lejos. Cuando llega el sublime Adagio la cosa cambia: aquí sí que aparece el Mehta no solo gran director, sino también gran artista. No solo hay en él fluidez, naturalidad y un portentoso tratamiento de dinámicas y transiciones, sino también sensualidad, elevación poética y sentido de los trascendente, aun siempre guardando el mencionado equilibrio: no encontramos en la religiosidad de Mehta nada de dulzón o de exceso de confianza en el más allá, pero tampoco su planteamiento es torturado ni rebelde. Dolor y aceptación se dan de la mano. El Finale está desgranado con mano maestra y culmina con una coda en absoluto hinchada, pero sí llena de la más noble grandeza. Lástima que la toma sonora, aun espléndida, adolezca de un poco de compresión dinámica cuando las efes se acumulan. (8) 

Sinfonía nº 4 de Mendelssohn, "Italiana": discografía comparada

Esta comparativa de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn la publiqué inicialmente el 2 de junio de 2024. He añadido Solti/Israel, Solti/Viena...