Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Compré este disco –de segunda mano– dedicado al bueno de Jacques Offenbach pensando que era un SACD, por el tipo de caja utilizada. Me equivoqué: es un CD, y no suena especialmente bien. También pensé que Marc Minkowski iba a dirigir este repertorio mejor de lo que suele hacerlo con otros. Nuevo error: el trazo grueso y la vulgaridad, cuando no la zafiedad, se hacen demasiado presentes. ¿Y la música? En ella radica el interés de este registro, realizado en enero de 2006 en Grenoble, y tampoco puede decirse que sea una maravilla. Pero sí es, cuanto menos, curiosa.
De hecho, es novedad musicológica el Grand Concerto pour violoncelle et orchestra, del que hasta ahora solo se conocía una versión en la que los dos últimos movimientos eran un arreglo realizado a partir de borradores. El musicólogo Jean-Christophe Keck ha encontrado en los archivos los originales de Offenbach completados por él de su puño y letra, de tal manera que se nos ofrece aquí su primera grabación mundial. La verdad es que veinte minutos solo para el tercero –la obra se extiende hasta los cuarenta y tres– es un exceso, por mucho que Keck nos indique –con mucho acierto– que hay momentos en él que anuncian soluciones de Mahler y Shostakovich, y a pesar de que el melómano reconocerá en él al Offenbach burbujeante y juguetón que todos tenemos en mente. Ahora bien, no es menos verdad que el Andante central contiene bellezas melódicas muy dignas de apreciar. El violonchelista Jérôme Pernoo demuestra virtuosismo más que suficiente en una partitura en la que el autor pensó para su propio lucimiento al violonchelo.
Mucho menos pesada y más refrescante la obertura de Orphée aux enfers, que por cierto es la revisada de 1874 y no la que yo conocía. Se escuchan con interés los tres números de la ópera Les Fées du Rhin, de donde sale la celebérrima barcarola de Los cuentos de Hoffmann. Y es una delicia, a pesar de la terrible dirección de Minkowski y de que los instrumentos originales no parezcan del todo adecuados, la selección de once minutos de Voyage dans la lune.
Minkowski y Les Musiciens du Louvre registraron este disco
para el sello Naïve en 2007: suite nº 1 de Carmen, las dos suites de
La arlesiana –la primera realizada por el propio compositor, la segunda
obra de Guiraud– y una selección de la verdadera música incidental escrita para
el drama de Alphonse Daudet, es decir, con su orquestación original incluyendo coro. Le llovieron críticas positivas. Ya saben: por
fin Bizet con instrumentos originales, por fin la recuperación de la tímbrica
original, por fin verdadera música teatral frente a opulencias sinfónicas.
Yo conocí en su momento algunos cortes del disco, y vi la retransmisión
televisiva realizada desde los Proms de ese año con parecido programa. Me gustó
poco. Ahora he escuchado el disco completo –no muy bien grabado, dicho sea de
paso–, y la verdad es que apenas he cambiado de opinión.
Seré breve. El colorido de los instrumentos originales resulta atractivo y
adecuado, aunque no resulta difícil encontrar el registro de Cluytens con
Orquesta del Conservatorio de París (EMI-Esoteric, 1964) para disfrutar de una
gran interpretación con una sonoridad que bebe directamente la de la mejor
tradición francesa. Más novedoso resulta el planteamiento de algunos aspectos en
la articulación a la hora de subrayar los aspectos más rústicos de la escritura
–el Carillon con que concluye la primera suite, por ejemplo–. Tampoco hay duda la
música incidental original de Bizet tiene un interés que va mucho más allá de lo
musicológico, si bien es cierto que para eso ya se podía escuchar la un tanto desigual pero globalmente muy meritoria grabación completa de esta bellísima música realizada por Michel Plasson para EMI.
Pero al margen de estas circunstancias, a mí me parece que Les Musiciens du Louvre suenan aquí con la mediocridad
con que suelen hacerlo. Que Minkowski la dirige con tosquedad, descuidando
aspectos tan relevantes como el equilibrio de planos o la fluidez en las
transiciones. Y que en lo expresivo el maestro sigue haciendo gala de su
alarmante vulgaridad, acentuando los contrastes sin venir a cuento, cayendo ora
en languideces –Adagietto–, ora en el nerviosismo –Minuetto de la primera suite–, mostrándose incapaz de destilar
sensualidad o ternura y quedándose corto tanto en elegancia como
en pathos.
La chabacanería de la Farandole –a platillazo limpio– con que se cierra la grabación no parece dejar a dudas del verdadero talento de este
señor. A mi entender, este disco es una tomadura de pelo. Claro que esta opinión es minoritaria: mi consejo es que lo
escuchen y saquen sus propias conclusiones. Pero no se pierdan a Cluytens,
ni a Martinon,
ni a Abbado. Por favor.
Aunque desde luego sabía desde hace años de su existencia, la verdad es que solo muy recientemente he podido conocer el arte de Bejun Mehta. Lo he hecho a través de un compacto llamado Ombra Cara en el que el contratenor norteamericano canta arias de Haendel bajo la dirección de René Jacobs, y que me ha parecido un verdadero prodigio en todos los sentidos. Por eso mismo acudí con entusiasmo el pasado domingo 9 por la tarde al Auditorio Nacional de Madrid a escucharle, en versión de concierto, el Orfeo y Eurídice de Gluck bajo la dirección de Marc Minkowski, aun sabiendo que en esta obra de increíble belleza –sobre todo en la sobria versión original de Viena, en italiano y sin añadidos– no hay coloratura en la que lucirse, y que por tanto una de las principales habilidades del sobrino de Zubin se iba a quedar sin hacer su aparición.
Pues bien, no me defraudó en absoluto: con el permiso de la excelsa Janet Baker –obviamente con un instrumento muy distinto–, Bejun Mehta es un Orfeo admirable: desnuda su línea de canto, insisto, de toda agilidad, queda al descubierto un fraseo concentrado, de enorme elegancia, limpio y elegante, muy delicado pero sin la menor afectación, en el que el control absoluto del vibrato –reducidísimo, aplicado siempre con fines expresivos- se convierte en un arma de primer orden, como lo es también su cómodo ascenso al agudo y la relativa holgura del grave. Personalmente me hubiera gustado una mayor dosis de desesperación y rebeldía en sus dolientes intervenciones del primer acto, como también un “Che farò senza Euridice” no tan neoclásico, aún más emotivo, pero en cualquier caso Mehta canta no solo con belleza canora, sino también con intención. Como actor –anda haciendo esta ópera junto al propio Minkowski en Grenoble– se le ve además muy desenvuelto.
Me pareció excelente la Eurídice de Chiara Skerath, expresiva a más no poder. Tampoco se puede desdeñar el Amor de Ana Quintans, con encanto pero sin caer en lo la cursilería. Y más que notable, finalmente, la muy decisiva intervención del Coro de Cámara del Palau de la Musica Catalana bajo la dirección de Josep Vila y Casanas.
Lo menos bueno vino por parte de Minkowski, para mi gusto uno de los dos más mediocres directores –directores famosos, se entiende– de la actualidad; el otro es Gergiev, con quien comparte en buena medida su modus operandi basado en la energía descontrolada, la tosquedad y el efectismo. Aun así, reconozco que este Orfeo vienés (la versión francesa la tiene grabada en Archiv) no es ni mucho menos lo peor que le he escuchado: tras una obertura tan enérgica y teatral como vulgar, incluso brutal, creo que bastante por debajo de la del disco, el fundador de Les Musiciens du Louvre Grenoble –la orquesta funcionó muy bien– se limitó a ofrecer una lectura de trazo firme y cierta comunicatividad, aunque sin perder mucho tiempo en encontrar matices, potenciar el asombroso lirismo de la escritura de Gluck (¡qué música, cielo santo!) ni trabajar con el debido refinamiento. Mejor esto que la frivolidad y la cursilería que en él se podían esperar, desde luego, aunque eché mucho de menos a René Jacobs, quien bajo los mismos parámetros historicistas –que son quizá los que más le convienen a esta obra aún temprana en el clasicismo– tiene en Harmonia Mundi una lectura de extraordinario nivel.
En cualquier caso, un muy notable Orfeo y Eurídice que recibió una muy buena acogida del público madrileño y de los visitantes que, como yo, tuvimos que meternos luego en carretera.
21-08-2013. He reformado sustancialmente la introducción (ya no hago referencia al concierto de Barenboim que dio pie originalmete a esta entrada) y añado las interpretaciones de Van Otterloo, Freccia, Munch en DVD, Chung, Salonen y Barenboim con la WEDO, alcanzando ya las cuarenta y ocho grabaciones. He aprovechado para modificar ligeramente el comentario del registro del maestro de Buenos Aires en Berlín y para cambiar alguna carátula.
19-01.2012. Añado ocho nuevas referencias, las de Argenta, Colin Davis ‘63, Celibidache, Mehta ‘79, Inbal, Van Immerseel y Tilson Thomas, este último por partida doble. Además he rehecho, tras una nueva audición, los comentarios sobre la de Markevitch en DG. Eso sí, no sigue habiendo duda sobre quién sigue ocupando lo más alto del podio: la interpretación de Colin Davis con la Orquesta del Concertgebouw es “la que hay que tener”, preferiblemente –si se dispone de reproductor de SACD– en su versión cuadrafónica.
14-08-2011. Esta entrada se publicó originalmente el 1 de agosto de 2009. Añado ahora diez referencias más: Monteux, Munch, Cluytens, Solti '71, Davis/Viena, Gergiev, Jansons/Berlín, Dudamel y las de Rattle y Nézet-Séguin en la Digital Concert Hall de la Berliner Philharmoniker. Asimismo he modificado el comentario de la de Eschenbach (no así la puntuación) y he realizado algunos retoques aislados en el resto. También he aprovechado para actualizar algunas carátulas.
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El estreno de la Sinfonía Fantástica en el Conservatorio de París en diciembre de 1830 supuso un verdadero hito musical, no solo por la revolucionaria y todavía hoy asombrosa labor orquestadora realizada por Hector Berlioz, sino también por la manera en la que, partiendo de la Sinfonía Pastoral beethoveniana, se ofrece un modelo ya acabado de lo que va a ser la música programática. La extensísima discografía de semejante obra maestra se mueve, como sabrá el buen aficionado, entre dos extremos interpretativos distintos: la tradición francesa, rica y difuminada en el colorido, elegante y con frecuencia evanescente, y la tradición digamos centroeuropea, mucho más preocupada por las tensiones internas, la robustez sonora y la garra dramática.
1. Monteux/San Francisco (RCA, 1945). La rapidez de los tempi no permite al mítico maestro mucha delectación melódica ni resultar todo lo ensoñado que debiera, lo que se nota bastante en un vals poco elegante y un tanto prosaico, pero contribuyen a mantener la tensión en una interpretación sincera, extrovertida y encendida, a ratos febril, lo que no le impide andar escasa de concentración o de sentido del color. A destacar el sarcástico tratamiento de la marcha y la acentuación de los aspectos grotescos de aquelarre, animadísimo aunque con algún momento de barullo. La orquesta realiza un notable trabajo para la época. (9)
2. Van Otterloo/Filarmónica de Berlín (DG, 1951). La primera grabación de la
partitura realizada por la orquesta berlinesa después de la guerra contó con un
aún joven maestro holandés que nunca llegó a dirigir a la formación alemana en
concierto. Es la de Van Otterloo una interpretación que frente al binomio de
ensueños-pasiones se decanta mucho antes por lo segundo que por lo primero,
ofreciendo seguidamente un vals rapidísimo y muy ágil, una escena campestre
delineada de un solo trazo, no del todo sensual pero de timbales muy
amenazadores, una marcha al patíbulo en exceso festiva y un aquelarre a toda
máquina. Un poco más de reposo, de concentración, de sentido de la atmósfera y
de creatividad le hubiera venido bastante bien, aunque la planificación no es
tosca y la orquesta responde con una potencia y una agilidad admirables para la
época, amén de con su habitual sonido poderoso que hasta cierto punto compensa
la falta de densidad de la batuta. La toma sonora se conserva bastante bien.
(7)
3. Munch/Sinfónica de Boston(RCA, 1954). Volver a escuchar esta celebrada y prestigiosísima interpretación, de la que tenía buen recuerdo, me ha supuesto un verdadero chasco. Es verdad que los tres primeros movimientos están muy bien: aunque carecen por completo de garra, negrura y fuerza dramática son hermosos, cálidos y comunicativos, manteniéndose siempre en una línea muy francesa. Pero la marcha al patíbulo resulta desinflada, canija, intrascendente, superficial y hasta ridícula, con unos metales (¡los de Boston, nada menos!) que suenan a banda de pueblo. El aquelarre, rápido y dicho de pasada, es al menos animado y se queda en lo simplemente mediocre. Maravillosa para la época, eso sí, la ya estereofónica toma sonora, aunque se echa de menos una más amplia gama dinámica. La edición que actualmente circula por el mercado incluye una pista en SACD. (6)
4. Argenta/Conservatorio de París (Decca, 1957). Aunque parezca un tópico, el maestro cántabro inyecta una buena dosis de “temperamento latino” a la partitura sin dejar de mantener un ropaje sonoro claramente francés, en gran medida debido a la presencia de la formación parisina. El resultado es muy interesante, arrebatador por momentos, y aún sería más satisfactorio si el nivel técnico de la orquesta hubiese sido superior y si Argenta se hubiese mostrado más sensual y elegante en el vals. Sonido estereofónico notable para la época. (9)
5. Mitropoulos/Filarmónica de Nueva York(CBS, 1957). Al frente de la voluntariosa orquesta neoyorquina y beneficiándose de una espléndida toma sonora estereofónica, el veterano maestro griego –una batuta decididamente a reivindicar– ofrece una interpretación tensa, extrovertida, teatral y muy comunicativa, alejada de la línea “francesa”, que triunfa por completo en los dos primeros movimientos, magníficos pese a que el final del vals no es del todo apasionado. La escena campestre resulta anhelante, muy dramática, pero le faltan sensualidad y poesía, quizá porque tanto desasosiego le hace precipitarse un tanto; hay además frases no del todo bien planificadas, y por su parte corno inglés y oboe no están muy bien. La marcha es irreprochable, pero podría alcanzar aún más fuerza, quedándose la orquesta algo corta. No del todo perfecto, pero excelente el aquelarre. (8)
6. Cluytens/Orquesta Philharmonia (EMI, 1958). Interpretación de corte claramente francés donde la batuta se muestra siempre elegante, natural, fluida y musical, atmosférica cuando debe y con un gran sentido del color y de la cantabilidad, pero también algo sosa, no del todo variada en lo expresivo y muy poco creativa. La espléndida orquesta contribuye a mejorar el resultado. Lo mejor, un aquelarre dicho con mucho entusiasmo y sanamente humorístico, aunque podía aún ser más imaginativo. (7)
7. Beecham/Nacional de la Radio de Francia(EMI, 1959). He aquí otro mito discográfico a revisar. Primer y tercer movimiento son magníficos, cálidos pero con toda la sensualidad, elegancia, refinamiento y sentido del color característicos de “lo francés”. El segundo convence por su evanescencia y atmósfera decadente, aunque se le podía pedir una progresión más acentuada que conduzca al arrebato. Por desgracia cuarto y quinto se ven perjudicados por una orquesta muy idiomática pero de metales insuficientes, guiada por una batuta que no logra solventar ciertos desajustes ni ofrecer toda la unidad deseable en cada uno. Pese a todo, a conocer. (7)
8. Markevitch/Orquesta Lamoreux(DG, 1961). El electrizante director de Kiev, pese a tener que trabajar con una orquesta con limitaciones, triunfa por completo –es su segunda grabación oficial de la obra– alejándose de la órbita francesa, olvidándose por tanto de la evanescencia y la morbidez, para ofrecernos una recreación de una sinceridad expresiva y una tensión dramática excepcionales que, haciendo gala de una enorme flexibilidad y una gran imaginación, y por ende arriesgando mucho y resultando por momentos discutible, subraya los aspectos más dramáticos y alucinados de la partitura, particularmente en el primer movimiento. No tan conseguido resulta el baile, que comienza pesante y sin mucha elegancia, aunque luego alcanza un enorme arrebato. En el tercero destaca la manera nada tímida de tratar a los timbales, y en el cuarto un atractivo sentido de la onomatopeya. El aquelarre, lento y admirablemente diseccionado gracias a un absoluto control de la batuta, es uno de los más siniestros de la discografía. Lástima que la toma sonora, buena para la época, comprima los fortísimos (10)
9. Munch/Sinfónica de Boston (DVD Vai, 1962). El único interés de este DVD de
imagen aceptable y sonido insuficiente es poder ver dirigiendo (a ratos: las
cámaras se centran en la orquesta) al maestro francés, porque la interpretación
deja muchísimo que desear. El primer movimiento alterna momentos muy sensuales
y concentrados con otros de gran arrebato, pero las licencias en la agógica
terminan perjudicando seriamente la arquitectura de la pieza. El vals está muy
bien planteado, siempre con un estilo muy francés. El tercero funciona de manera
satisfactoria, pero de nuevo el pulso es irregular y no se redondean los
resultados. Lamentables los dos últimos, canijos, triviales, pimpantes y
ridículos en el peor sentido, trazados como una mera caricatura sin alcanzar el
equilibrio necesario entre lo terrorífico, lo imponente y lo grotesco,
culminando el aquelarre con un larguísimo calderón fuera de
tiesto. Los metales, completamente verbeneros. (5)
10. Freccia/Royal Philharmonic (Chesky, 1962). El maestro italo-norteamericano
Massimo Freccia (1906-2004) tuvo una vida y una carrera extraordinariamente
longeva en la que pudo codearse con muchos de los grandes nombres de la
interpretación musical del pasado siglo, pero no dejó demasiados testimonios
fonográficos de su arte. Por eso mismo es de agradecer que el productor Charles
Gerhardt, admirablemente secundado por la ingeniería de su habitual K. E.
Wilkinson, se fijara en él para su colección de Reader’s Digest. Se diría que su
batuta quiere arrojar luz italiana sobre la partitura: nada hay aquí de brumas o
densidades más o menos germánicas, tampoco de refinamiento, sensualidad ni
fragancias francesas, ni de de ensoñación o misterio: su lectura, ágil y
rápida sin resultar precipitada, más atenta al trazo global que al detalle, es
ante todo vitalista, luminosa y teatral, llena de vida e inmediatez, de elevado
carácter narrativo y brillante a más no poder. El resultado engancha desde la
primera nota hasta la última, pero de lo dicho de desprende que a la postre va a
resultar muy superficial, sobre todo en un tercer movimiento carente de poesía.
La marcha, excesivamente trompetera. En el aquelarre se agradece el cachondeo,
pero de nuevo es muy verbenera; el refuerzo de las campanadas con el gong
resulta un efectismo innecesario. (7)
11. Klemperer/Orquesta Philharmonia (EMI, 1963). ¿Es posible interpretar la sinfonía más descaradamente romántica de todo el repertorio desde una óptica cerebral, cartesiana, analítica y distanciada, sin que la partitura pierda su expresividad y fuerza dramática? El de Breslau, director genial donde los haya, consigue hacerlo con una lectura lentísima, muy controlada, pero de una tensión interna descomunal. El primer movimiento, de una planificación tan minuciosa como férrea, es particularmente memorable. Sobrio el Vals –versión revisada–, muy amarga la escena campestre, severa la marcha al suplicio y con el esperado punto de mala leche, pero sin mucho desmelene, el aquelarre. La claridad es absoluta, a lo que contribuye una orquesta que por aquel entonces era la mejor del mundo: basta escuchar el virtuosismo de los timbales al final de la escena campestre para comprobarlo. En fin, típico “experimento” de Klemperer, tan discutible como fascinante. Sensacional el reprocesado de 2023 a 192 kHz. (9)
12. Colin Davis/Sinfónica de Londres (Philips, 1963). Haciendo uso –como en sus otros tres registros más recientes– de la edición revisada de 1833, el joven maestro ofrece un borrador de trazo grueso de lo que será su grabación en Ámsterdam once años posterior. Ya está aquí el perfecto idioma del manejo berlioziano, con su conseguido equilibrio entre elegancia, sensualidad, brillantez y desenfreno, pero queda mucho aún por recorrer en lo que a planificación, virtuosismo, tensión dramática y creatividad se refiere. Además, la manera en que Davis aborda la marcha al patíbulo se antoja en exceso festiva, incluso frívola. (7)
13. Karajan/Filarmónica de Berlín(DG, 1964). El de Salzburgo, en la segunda de sus cuatro grabaciones (incluyendo una filmación televisiva), tuvo su disposición a una orquesta casi tan buena como la Philharmonia de entonces, pero al contrario que Markevitch se mostró más preocupado por cuestiones técnicas (mejor dicho, por la exhibición de virtuosismo) que por el contenido expresivo. En general sobra un poco de acartonamiento, además de cierta frivolidad en la marcha y de seriedad en el aquelarre. Faltan una mayor sinceridad y fantasía en el primer movimiento, algo más de elegancia e impulso en el segundo y una mayor calidez en el tercero, un tanto lánguido y distante. En cualquier caso, una interpretación de muy alto nivel en la que sobresalen su denso y compacto sonido y su excelente arquitectura. Lástima que la toma sonora dejara bastante que desear. (7)
14. Munch/Conservatorio de París (EMI, 1967). El director francés apenas mejora aquí los resultados de su grabaciones en Boston. El primer movimiento, que empieza lánguido y ensoñado, alterna momentos muy arrebatados por otros de notable belleza, pero falla por completo la arquitectura y, con injustificados caprichos en el tempo, carece de unidad. El segundo está bien a secas. Magnífico el tercero, sensualísimo y también arrebatado, aunque en la sección final roce la blandura. Muy sugestiva la introducción de la marcha, siendo el resto es bueno sin más. El aquelarre, con momentos encendidos pero globalmente desarticulado, cae en su mayor parte en la blandura y la trivialidad. La gama dinámica es asombrosa, pero los fortísimos están muy saturados. (6)
15. Ansermet/Orquesta de la Suisse Romande(Decca, 1967). El siempre ortodoxo y objetivo maestro suizo ofrece una visión eminentemente apolínea, muy elegante, apartado de arrebatos y efectismos, pero en absoluto escasa de sensualidad, calidez y comunicatividad. Por desgracia todo el final del tercer movimiento suena más bien blando, muy ajeno a lo dramático y lo ominoso. El cuarto y –a ratos– el quinto resultan descafeinados, en parte por culpa de una orquesta muy notable, pero poco dada al virtuosismo, la potencia y la brillantez. Hay sin embargo interesantes hallazgos en las apariciones satánicas. (7)
16. Bernstein/Filarmónica de Nueva York(CBS-Sony, 1968). Esta grabación parece un compendio de las virtudes y los defectos del Bernstein de los sesenta. Entre los primeros, una gran frescura, una enorme vitalidad y una admirable comunicatividad, fruto de unas tremendas ganas de hacer música. Entre los segundos, una evidente irregularidad en la concentración, una planificación excesivamente deudora del arrebato espontáneo, una tendencia al descontrol, una escasa atención a los matices expresivos y una manifiesta superficialidad. El aquelarre, muy animado, es lo que queda más digno, y la escena campestre, blanda y morosa, lo más censurable. (6)
17. Celibidache/Sinfónica de la RAI de Turín (DVD Opus Arte, 1969). Ya desde una introducción particularmente concentrada se advierte que estamos ante una interpretación de muy altos vuelos, amplia y fraseada con maravillosa naturalidad, aunque el resultado final se vaya a ver seriamente limitado por una orquesta deficiente tanto en su sonoridad global como en la calidad de sus solistas. El primer movimiento de desarrolla con perfecta arquitectura y despliega enorme sensualidad. Tras un vals impulsivo y algún portamento no muy convincente, el maestro rumano roza el cielo con una escena campestre paladeada con inigualable delectación (18’46’’ frente a los 15’27 de Argenta, los 16’25 de Cluytens/Philharmonia o los 17’’08’’ de Davis/Concertgebouw, para que se hagan una idea) y una efusividad, un sentido humanista y un lirismo portentosos, lo que no le impide alcanzar un clímax particularmente rebelde. Lenta, solemne y ominosa la marcha al patíbulo, y magníficamente trazado –pese a las pifias de la orquesta– el aquelarre. La imagen –blanco y negro– es de buena calidad, pero la toma sonora se queda corta. Por eso mismo este registro se recomienda ante todo a los amantes del arte celibidachiano. (8)
18. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1971). Aunque la introducción es algo prosaica y, en general, se pueden pedir mayor morbidez y “evanescencia” francesas, nos encontramos ante una fabulosa lectura, extrovertida y con una enorme fuerza dramática, pero también muy rica en matices expresivos, con mucha concentración en los momentos poéticos y en absoluto precipitada. Portentoso el vals, con mucha fuerza pero también elegante, apasionado sin ensoñación y sin sacar los pies del plato. Los dos últimos movimientos, sin genialidades pero magníficos. Los menos extraordinarios son el primero y el tercero, que podrían alcanzar aún mayor poesía. Asombrosa la ejecución orquestal, como también la transparencia, descubriendo Solti muchos detalles nuevos. Magnífica la grabación. (10)
19. ColinDavis/Orquesta del Concertgebouw(Philips/Pentatone, 1974). El director británico llevó la Fantástica cuatro veces al disco, pero la crítica es unánime al considerar que la de Ámsterdam -la segunda cronológicamente- es la mejor de todas. Más aún, suele afirmarse que se trata que de la mejor interpretación de toda la discografía de esta obra universal. Efectivamente. Alcanzado el punto justo de equilibrio entre “lo francés” y “lo alemán” y añadiendo una buena dosis de distinción y humor marcadamente británicos, Sir Colin ofrece una lectura que sabe aunar todo el ímpetu juvenil, la extroversión, el fuego, la rusticidad y hasta la ordinariez de la partitura con la necesaria dosis de poesía íntima, vuelo lírico y sentido del equilibrio, obteniendo un fenomenal provecho de la orquesta, que maneja con una portentosa plasticidad, y haciendo gala de una apabullante sinceridad expresiva. A destacar la elegancia sin amaneramiento del vals y el sobrecogedor el clímax del tercer movimiento. El aquelarre, terrorífico pero no exento de humor, resulta especialmente arrebatador. Total, un disco imprescindible en cualquier discoteca, a ser posible no en la edición de Philips sino en la reciente de Pentatone, que ofrece -junto una nueva y excelente remasterización estereofónica- la pista cuadrafónica original en SACD, formato en el que la toma sonora alcanza un relieve y una gama dinámica admirables. (10)
20. Karajan/Filarmónica de Berlín(DG, 1975). Quizá molesto ante la mediocre toma sonora de su anterior grabación para el mismo sello, el salzburgués volvió a grabar la partitura y, aun dentro de la misma línea mejoró un tanto los resultados. Por un lado deslumbran la perfección técnica de la orquesta, su sonido tan compacto como brillante, el virtuosismo de sus secciones y la extrema minuciosidad con que está trabajada por la batuta, que tampoco deja de atender a la estructura global. Por otro, el resultado sigue siendo un tanto insincero, echándose de menos naturalidad, frescura y vibración teatral. La marcha, en este sentido, resulta más brillante que opresiva -trompetas en exceso estridentes, por cierto-, mientras que al aquelarre le falta desmelene. Ni que decir tiene que en la Scène aux champs es donde el de Salzburgo tiene ocasión para seducirnos con sus mejores armas desplegando sensualidad y voluptuosidad a manos llenas. El reciente reprocesado en alta definición le ha sentado bien a la toma y ha permitido trasvasarla a Dolby Atmos con notables resultados. (8)
21. Barenboim/Orquesta de París(DG, 1978?). En los años setenta el de Buenos Aires dijo “aquí estoy yo” y ofreció en su faceta de director unos planteamientos muy personales que, por desgracia, se mostraban un tanto unilaterales y no estaban siempre acompañados de un total control de la arquitectura. Así, en su primera grabación de la Fantástica ofrece un primer movimiento ardiente y frenético hasta el punto de rozar el desbordamiento, aunque también paladea con delectación los momentos más “góticos”. Al vals, en cualquier caso muy correcto, le faltan elegancia, ligereza y sensualidad: aunque tenga delante a la Orquesta de París, de la que por entonces era titular, a Barenboim nunca le fue mucho “lo francés”. El tercer movimiento es dramático, por momentos punzante, pero también un punto más austero de la cuenta: se echa de menos calidez. La marcha está muy bien, aun siendo preferible un enfoque más opresivo. Y el aquelarre sería magnífico si no fuera porque hay algún descontrol. La orquesta se queda algo corta y hay más de un desajuste. La toma sonora, espléndida. (7)
22. Mehta/Filarmónica de Nueva York (Decca, 1979). En este tempranísima toma digital, un Mehta que aún no había sucumbido a la rutina ofrece una interpretación –de la edición revisada de la partitura– rápida, brillante y con garra, quizá también algo expeditiva. No hay aquí espacio para la delectación lírica, para la atmósfera ni para descender al detalle, solo para la pasión romántica más intensa, aunque no por ello carente de control en la planificación ni de virtuosismo. Lo que menos convence es la marcha al cadalso. El mismo director tiene un registro posterior, para el sello Teldec, que desconozco. (8)
23. Kubelik/Sinfónica de la Radio Bávara(Orfeo, 1981). Naturalidad, fluidez, transparencia, elegancia sin amaneramiento, belleza sonora sin superficialidad y teatralidad ajena al exceso, es decir, los rasgos que son habituales en el arte del gran Kubelik, presiden esta interpretación marcadamente apolínea pero en absoluto superficial. Ahora bien, hay que reconocer que funciona mejor en los tres primeros movimientos, realmente magníficos dentro de semejante óptica, que en los dos últimos, más que notables pero necesitados de un mayor compromiso expresivo, de mayor garra dramática y de mayor visceralidad, especialmente en lo que al aquelarre se refiere. (8)
24. Maazel/Orquesta de Cleveland (Telarc, 1982). Capaz de lo mejor y de lo peor no ya en un disco, sino en un mismo concierto, Maazel ofreció en este aburridísimo registro la de arena. Todo es correctísimo, la respuesta orquestal resulta sin duda espléndida, pero en conjunto su dirección resulta rápida, no muy matizada y bastante aséptica, aun dentro de un muy digno nivel, en los tres primeros movimientos. La marcha es rápida y banal, incluso vulgar, mientras que el aquelarre cae claramente en el efectismo, circunstancia que recoge bien la amplísima gama dinámica de los ingenieros de Telarc. El disco se puede adquirir actualmente en formato SACD. (5)
25. Abbado/Sinfónica de Chicago(DG, 1982). No comprendo por qué este registro no tiene más fama, porque me ha parecido la de Abbado (el Abbado de los buenos tiempos, no el de ahora) una Fantástica extrovertida, espontánea, juvenil y flexible, en la que además se hace gala de un extremado virtuosismo en lo que a la batuta se refiere. Le falta algo de reflexión, como también de mala leche y sarcasmo, aunque paradójicamente la orgía resulta divertidísima, muy burlona. Ni que decir tiene que la orquesta se muestra inigualable, siendo particularmente impresionante su cuerda grave. (9)
26. Barenboim/Filarmónica de Berlín(Sony, 1984). Con la formación que era aún de Karajan, el argentino repitió el planteamiento que ofreció con la Orquesta de París y alcanzó unos resultados muy superiores. El primer movimiento sigue siendo en sus manos emocionante y arrebatado, pero ahora se muestra bastante más concentrado y menos extrovertido, destacando la sensualidad de su fraseo y la honda belleza de su acongojante final. Bien a secas el vals, el movimiento que siempre se le da peor a Barenboim: resulta un punto soso. Sensual y cálida la escena campestre, paladeada a más no poder, sobresaliendo unos timbales muy amenazadores. Los dos últimos movimientos son espléndidos, con una marcha sobria, poderosa y
opresiva, de final impactante pero nada grandilocuente, aunque quizá en exceso
seria, y un aquelarre de bien trazadas tensiones, aunque no muy
personal. La orquesta está magnífica pero aún podría haber más claridad, culpa quizá de una toma sonora que deja bastante de desear pese a su amplísima gama dinámica. La reedición en serie barata realizada en 2006 por Sony Classical mejora por fortuna el sonido original, y lo ha vuelto a hacer la de la 2012. (9)
27. Muti/Philadelphia(EMI, 1985). Pese a que el italiano hace gala de su proverbial sentido dramático, electricidad de batuta, sabiduría constructiva y personalidad ajena a los devaneos sonoros, los movimientos primero y tercero resultan algo asépticos, carentes de atmósfera. Bien el vals, fresco y nada rubateado. Brillantísima la marcha, tensa aunque no opresiva, beneficiándose de una orquesta excepcional. Y de verdadera referencia el aquelarre, de una tensión dramática y una fuerza avasalladoras, pero también muy claro y muy bien planificado. La toma sonora, siendo espléndida, se muestra muy baja de volumen. (8)
28. Inbal/Sinfónica de la Radio de Francfort (Denon-Brilliant, 1987). Grabada a un volumen muy bajo, esta muy bella interpretación sobresale por la capacidad de la batuta a la hora de subrayar los aspectos más líricos, sensuales y ensoñados de la partitura, pero se queda corta de brillantez debido, fundamentalmente, a una orquesta con claras limitaciones, sobre todo por parte de los metales. Así las cosas, se entiende que los tres primeros movimientos estén bastante más logrados que los dos últimos. (8)
29. Norrington/London Classical Players(EMI, 1988). Sir Roger nos engañó a muchos con sus interesantísimas notas de la carpetilla: realmente pensamos estar escuchando bastantes cosas nuevas en la Fantástica gracias a los instrumentos originales. Aun siendo muy interesante la cuestión organológica, hoy tendemos a ver las cosa de otra manera. Así por ejemplo el primer movimiento parece estar muy bien tocado y dirigido, prestando una gran atención a los silencios, pero no aporta nada en particular y peca de rigidez y superficialidad en la coda, a la que se le podría sacar mucho mayor partido. El vals está bien, pero faltan sensualidad y elegancia, y en la conclusión la batuta cae en el atropellamiento e incluso la brutalidad. En la escena campestre, más luminosa que atmosférica, se echa de menos comunicatividad. La marcha al patíbulo parece patosa y no todo lo brillante que debiera; también queda algo bruta. El aquelarre resulta deslavazado, insulso, rutinario y hasta chapucero. Al menos el disco está excelentemente grabado y recoge una muy amplia gama dinámica. No conozco la versión posterior del mismo director. (4)
30. Colin Davis/Filarmónica de Viena(Philips, 1990). Aun haciendo Colin Davis gala de un perfecto idioma berlioziano y de una musicalidad digna de todo elogio, esta grabación deja un mal sabor de boca en comparación con la realizada en el Concertgebouw, pues habiendo ganado en refinamiento y sensualidad, pierde de manera considerable en tensión dramática, sentido del humor y fuerza expresiva, resultando este nuevo acercamiento en exceso apolíneo, y también quizá un punto más otoñal de la cuenta. En cualquier caso resulta un placer escuchar a la Filarmónica de Viena, que rinde de manera fabulosa bajo una batuta que sabe extraer lo mejor de la misma. (9)
31. Gardiner/Revolucionaria y Romántica(DVD y CD Philips, 1991). Sir John es un músico con mucho más talento que Sir Roger, pero también conoce sus limitaciones, fundamentalmente esa gélida sequedad “de profesor británico” de la que suele hacer gala. En su interpretación de la Fantástica, que se puede conocer tanto en CD como en DVD, la arquitectura es irreprochable; la ejecución, espléndida; el entusiasmo de su minuciosa y sobria batuta, evidente. Pero se echan mucho de menos atmósfera y, sobre todo, sensualidad, hasta el punto de que el tercer movimiento llega a aburrir. La utilización de instrumentos originales aporta hallazgos tímbricos interesantes y revela diversos aspectos de la orquestación, pero la percusión por momentos resulta excesiva, quizá en parte debido a la acústica de la sala, que es ni más ni menos que la misma en la que Berlioz estrenó la partitura. (7)
32. Solti/Sinfónica de Chicago(Decca, 1992). Grabada en vivo en el Festival de Salzburgo, se trata de una ortodoxa, objetiva, brillantísima pero también muy elegante y transparente versión en la que Solti hace gala de una fluidez, una naturalidad y un sentido de la arquitectura admirables, pero que queda muy rezagada en comparación con su soberbio registro de Chicago: se echa de menos un punto más de imaginación, de matices y, sobre todo, de efusividad, especialmente en el movimiento central. Y es que el maestro, de la última década de su trayectoria artística, ya no era el mismo de siempre. Aun así el nivel interpretativo es muy alto, y las referidas insuficiencias las compensa una ejecución orquestal muy difícilmente alcanzable. (8)
33. Chung/Orquesta de la Ópera de la Bastilla (DG, 1993). Este registro se
realizó para otorgar credenciales al director coreano, a la sazón titular de la
Ópera de París, como intérprete del repertorio francés. Consigue, ciertamente,
un sonido un tanto aéreo y un fraseo ágil adecuados para la ortodoxia del
estilo, pero no el fraseo mórbido ni la sensualidad propia del mismo, como
tampoco el pathos y el frenesí que esta partitura –versión revisada– demanda:
Chung resuta en exceso nervioso, incluo desconcentrado, al menos en los dos
primeros movimientos. Mejor el tercero. Los dos últimos, vistosos pero en exceso
lineales y trazados con brocha gorda. Tampoco los ingenieros de sonido
estuvieron muy allá. (7)
Rattle/Filarmónica de Berlín (DVD Euroarts, 1993). Emocionante ver a un Rattle de treinta y ocho años ponerse al frente de una orquesta que casi, casi era todavía la de Karajan, y de la que difícilmente podría imaginar que un día llegaría a liderar. Su lectura es muy sólida, sensata y musical. En el primer movimiento traza muy bien la progresión desde lo contemplativo a lo alucinado sin caer en languideces y ahorrándonos insufribles portamentos. La presencia del cornetín en el vals nos avisa que estamos ante la edición revisada de la partitura. A su primera parte le falta poesía –años más tarde Sir Simon caerá aquí en lo desmayado–, pero a la postre el movimiento está bien resuelto. Cálido y natural, sin especial poesía pero beneficiándose de los maravillosos solistas berlineses, toda la escena campestre. En exceso contenida, incluso algo sosa y timorata, la marcha al cadalso –con repetición–, pasando finalmente a un aquelarre de cuidadísimo tratamiento tímbrico aunque dicho con cierta prisa. A la toma –surround no auténtico, sin aplausos por detrás– le faltan cuerpo y gama dinámica. (8)
34. Barenboim/Sinfónica de Chicago(Teldec, 1995). Paso atrás en esta tercera aproximación de Barenboim a la obra maestra de Berlioz. Se trata, por descontado, de una lectura inflamada y extrovertida, que alcanza momentos verdaderamente volcánicos, llenos de frenesí, pero que carece del suficiente abandono sensual y de concentración en momentos tan decisivos como el final de primer acto. Flojo el baile, escaso de refinamiento y algo pesante. El aquelarre, por su parte es más orgiástico que terrorífico o humorístico. Y la orquesta está impresionante, desde luego, sonando más robusta pero menos refinada que con Abbado y Solti, quienes para ser sinceros la aprovechaban mejor. La toma sonora no es óptima. (8)
35. Boulez/Orquesta de Cleveland (DG, 1996). El enorme músico galo consigue el fraseo y el colorido exactos del repertorio francés, pero su habitual distanciamiento expresivo hacen que su lectura resulte fría e incluso aburrida. La cosa mejora en el aquelarre, donde Boulez parece mostrarse más motivado. Eso sí, y como era de esperar, la ejecución resulta perfecta y la claridad es absoluta, lo que otorga cierto interés esta interpretación fabulosamente grabada por los ingenieros de la Deutsche Grammophon. (7)
36. Tilson Thomas/Sinfónica de San Francisco (RCA, 1997). El maestro norteamericano opta por acentuar los contrastes y ofrece una primera parte apolínea, cantable, elegantísima y ensoñada, pero carente de la pasión y de la atmósfera turbulenta necesaria, para destapar la caja de los truenos en los dos últimos movimientos haciendo gala -por fin- de la fuerza, el entusiasmo y la garra dramática deseables, aunque afortunadamente sin perder el control. La toma sonora es sensacional. La edición incluye dos fragmentos de Lelio. (7)
37. Jansons/Filarmónica de Berlín(DVD Medici Arts, 1 mayo 2001). Los tres primeros movimientos son un maravilloso ejercicio de artesanía, con todo estupendamente expuesto, sin salidas de tono, muy en estilo, con buen pulso y con notable atención a la arquitectura, pero la poesía no aparece, el compromiso expresivo se echa de menos, por lo que el resultado termina siendo impersonal. La marcha estaría bien si no fuera por unos sforzandi completamente fuera de lugar en los metales en la coda final. En el aquelarre se alternan los momentos brillantes con otros por completo deshilachados, blandos y fuera de lugar, con resultados muy deslavazados. La fabulosa orquesta hace subir el nivel. (7)
38. Eschenbach/Orquesta de París(DVD Bel Air, 2001). Eschenbach, como Gardiner o Boulez, es un músico serio para lo bueno y para lo malo. De ahí que a los movimientos primero y tercero, en cualquier caso notables, les falte sensualidad, chispa e imaginación. El vals apuesta por la ligereza y resulta un punto ingrávido. El director se traiciona sorprendentemente a sí mismo en los dos últimos, pero con resultados desiguales: el cuarto resulta en exceso festivo y no convence, mientras que el aquelarre es muy notable, a medio camino entre lo siniestro y lo humorístico, aunque resulta algo más bullanguero de la cuenta y por momentos se bordea el descontrol. La realización visual intenta ser original, pero a la postre resulta confusa e irritante. La toma sonora le da mucho trabajo al subwoofer, pero el sonido está demasiado “centrado” y no convence que la cuerda se escuche por detrás.El DVD se completa con un Harold enItalia (con Tabea Zimmermann) absolutamente sensacional que justifica la compra. (7)
39. Minkowski/Orquesta de Cámara Mahler y Les Musiciens del Louvre(DG-Brilliant, 2002). El mediocre Minkowski confunde “lo francés” con la languidez, la concentración con la morosidad y la brillantez con el ruido. De este modo el primer movimiento comienza muy lento y lánguido, sin fuerza alguna, mejorando después para mantenerse en un digno nivel y terminando de manera excesivamente dulce y resignada. El vals gustará a quienes entiendan este movimiento desde una óptica evanescente y ensoñada, pero se echan de menos pasión y arrebato. Lentísimo, lánguido y muy aburrido le queda el tercer movimiento, pues Minkowski carece de talento para planificar tensiones. El desmadre llega con los dos últimos: confusa, vulgar y estruendosa la marcha, tan animado como precipitado el aquelarre, dicho de pasada y con excesos. El registro ha sido reeditado por Brilliant Classics a un precio baratísimo, pero ni por esas, oiga. (4)
40. Gergiev/Filarmónica de Viena (Philips, 2003). Como era de esperar, el ruso ofrece una dirección de sonoridades no ya robustas, sino abiertamente toscas –la orquesta vienesa no suena a ella misma– y de enfoque extrovertido, lo que garantiza la vistosidad pero no logra ocultar la escasísima emotividad de los momentos poéticos ni la ausencia de matices de su más bien aparatosa recreación. Elegancia y sensualidad brillan por su ausencia. Lo mejor, un aquelarre dicho con bastantes ganas. La toma sonora es mejorable. ¿Para qué demonios se grabó esto? (5)
41. Dudamel/Filarmónica de Los Ángeles (DG Digital Concerts, 2008). Las ediciones on-line de sello DG (disponibles para descarga mas no en soporte físico) nos permite conocer el acercamiento del tan talentoso como irregular maestro venezolano a la obra maestra de Berlioz. El primer movimiento resulta correctísimo, elegante y fluido –salvando algún bache de excesivo ensimismamiento–, equilibrado, pero un tanto distanciado. El vals es muy lírico pero algo pesante, mejorando en un arrebatador final. El tercero le queda lento y ensoñadísimo, sin llegar a la blandura. Muy bien los dos últimos, ortodoxos brillantes sin excesos (salvo el bombo, quizá por culpa de la grabación), aunque sin ninguna aportación en particular ni especial gancho. Nada en particular, pues. (7)
42. Van Immerseel/Anima Eterna (Zigzag, 2008). Sinceramente, la presencia de los instrumentos originales solo aporta algo realmente importante en el último movimiento, donde por cierto en esta interpretación se sustituyen las campanas por dos pianos Erard. Es aquí quizá donde Van Immerseel se muestra más inspirado. El resto, una lectura tan correcta, ortodoxa y sensata como aburrida: la falta de tensión interna hace estragos. La toma sonora, eso sí, es excepcional. La edición de la partitura es la revisada. (6)
43. Salonen/Orquesta Phiharmonia (Signum Classics, 2008). Esta toma en vivo
realizada con muy buena ingeniería en el Royal Festival Hall nos trae a una
Philharmonia en excelente forma y a un Salonen que responde plenamente a su
imagen de director cerebral ante todo. Por un lado, el trabajo técnico es
formidable, tanto en lo que al pulso del discurso se refiere como al equilibrio
de planos sonoros –tratada con mucha plasticidad la cuerda grave– y la claridad
general, verdaderamente admirable: sin ir más lejos, el cornetín –edición
revisada, obviamente– se escucha mucho mejor de lo que suele. Por otro lado, se
echa de menos la poesía turbia, sensual y embriagadora que debe aflorar en los
tres primeros movimientos, dichos con excesivo distanciamiento, sobre todo el
tercero. Los otros dos funcionan sin problemas: muy brillante la marcha –aunque
hay una ralentización incecesaria– y con vitalidad y adecuada sorna –primera
aparición del Dies Irae– el aquelarre. (8)
44. Rattle/Filarmónica de Berlín (DVD y Digital Concert Hall, 2009). Notabilísima filmación que no debe ser confundida con el registro oficial de Rattle para EMI, que corresponde al año anterior. No solo la partitura está maravillosamente expuesta, sino que ofrece todo el carácter romántico y alucinado que debe sin perder el control. El vals tiene un pulso irregular; en la primera parte resulta un poco desmayado, pero poco a poco va consiguiendo el arrebato que merece. Demasiado control hay quizá en la marcha, muy elegante y sin el menor efectismo, atenta a los detalles tímbricos, pero falta de carácter alucinado, quedando un tanto sosa. Muy bien el aquelarre, muy animado, aunque va un poco rápido y le podría sacar más partido con mayor creatividad y acentuando los aspectos teatrales de la página. Estupenda la orquesta, pese a algún desajuste puntual, y gran claridad que atiende a la escritura particular de la edición revisada de la
partitura. (8)
45. Tilson Thomas/San Francisco (Blu-ray OSF, 2009). Como ya ocurriera su interpretación en audio doce años anterior con la misma orquesta –no en óptima forma: los primeros violines lo pasan mal en más de un momento–, Tilson Thomas resulta excesivamente apolíneo en los tres primeros movimientos, incluso un tanto lánguido en una por lo demás bellísimamente sonada escena campestre, para convencer en los dos últimos gracias a una dirección clara, detallista, de buen sentido del color y al servicio de una concepción sí sabe responder al empuje dionisíaco de la partitura. La pista en 7.1 Dolby TrueHD que ofrece el Blu-ray es probablemente la mejor de la que se ha beneficiado la Fantástica, lo cual no es precisamente una tontería habida cuenta de la singularidad de la partitura. (7)
46. Barenboim/West Eastern Divan Orchestra (Decca, 2009). En comparación con su grabación de
Berlín, el primer movimiento ha perdido en ardor y en tensión dramática, pero ha
ganado en sensualidad tímbrica y refinamiento de las texturas; también ha
aparecido un portamento innecesario cerca del principio. El vals ha ganado en
naturalidad, fluidez, refinamiento y elegancia. El tercero es ahora de una
belleza abrumadora, ensimismada pero no precisamente exenta de desazón, aunque
los timbales no son ni mucho menos tan terroríficos como entonces: la amenaza
queda un poco en la lejanía. A la marcha le faltan brillantez y rotundidad, en
gran medida por unos metales que se quedan bastante cortos. El aquelarre está
planteado con enorme sensatez, en su punto justo de equilibrio entre lo
terrorífico y lo humorístico, sin excesos ni precipitaciones, pero de nuevo los
metales dejan que desear y hay algún muy evidente desajuste en las maderas, que
tampoco son el colmo del virtuosismo. Para el interesado que no quiera comprar el CD, la filmación se encuentra, por movimientos, en YouTube. (8)
47. Nézet-Séguin/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2010). Esta otra filmación de la Berliner Philharmoniker no resulta tan interesante como la realizada bajo la batuta de su titular. Desde luego nos encontramos ante un acercamiento notable en el que lo “francés”, con todo lo que tiene de elegancia, sensualidad y evanescencia, está muy presente, pero tampoco se desatiende a la robustez sonora, a la brillantez y a lo espectacular. El problema es que a la batuta se le olvida un poco la tensión dramática y lo que de alucinado tiene esta partitura, resultando su interpretación más comedida de la cuenta en los movimientos primero y tercero. El vals es sí que es mucho antes arrebatado que sensual. La marcha está dicha con decisión y con una tensión que se va acumulando en la parte final sin caer en el efectismo. En el aquelarre se quieren aportar cosas nuevas, pero algunas funcionan muy bien, como la caricaturesca aparición de la idea fija –en parte por el solista, que ya lo hacía de modo parecido con Rattle– y otras no tanto, como la blandura del Dies Irae. En cualquier caso el movimiento triunfa por su ímpetu, su manera de destacar los aspectos burlescos y su brillantez. (7)
Muti/Sinfónica de Chicago (CSO Resound, 2010). Desde el arranque queda claro que el maestro italiano, como ya ocurriera en su grabación en Filadelfia, va a pasar de largo ante todo lo que de ensoñado, sensual y atmosférico puedan ofrecer esta página para ofrecer una interpretación ante todo comunicativa, fresca y vibrante, dicha con un trazo de extraordinaria firmeza pero también de admirable flexibilidad, planificada con una claridad portentosa y una lógica constructiva absolutamente irreprochable hacia los picos de tensión, alejada por completo tanto de cualquier tipo de narcicismo, pero –por lo antedicho– no todo lo poética ni evocadora que podía haber sido. Al referido arranque o al final del mismo movimiento se le podía sacar mayor partido. También al tercero, aunque su sabor amargo resulta muy atractivo. Extrañamente, sus redobles finales no resultan todo lo amenazadores como era de esperar, al igual que la marcha al patíbulo, brillantísima sin el menor efectismo, podía resultar aún más electrizante. El aquelarre vuelve a ser el punto fuerte de Muti: una auténtica exhibición de virtuosismo y garra, recogida de manera soberbia por la toma sonora. De propina se incluye Lélio con un muy notable Gérard Depardieu, una buena actuación del tenor Mario Zefiretti, otra solo correcta del barítono Kyle Ketelsen y un absolutamente excepcional Chicago Symphony Chorus bajo la dirección de Duain Wolfe. Muti lo dirige de manera irreprochable. (9)
48. Abbado/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2013). Han pasado treinta y un años desde
su magnífica grabación con la Sinfónica de Chicago. El enorme virtuosismo del
maestro italiano sigue ahí, pero este ahora solo le sirve para ofrecer esas
sonoridades ingrávidas y esos pianísimos imposibles marca de la casa en esta
lectura flácida, con frecuencia anémica y en general aburrida en la que la gran
ausente es esa pasión enfermiza que caracteriza a esta partitura. Menos mal que
están los solistas de la formidable orquesta berlinesa para ponerle un poco de
vida y arrebato a la interpretación. La toma sonora dista de ofrecer toda la
dinámica posible. (7)
Barenboim/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2020). Siguiendo la orquestación original y sin hacer las repeticiones, Barenboim nos ofrece una lectura muy en la línea de su grabación con la WEDO, ahora con una orquesta aplastantemente superior –los del Divan se quedaban cortos–. De esta forma, y comparando con aquellas ya antiguas con París y con la propia Filarmónica de Berlín, queda bien de manifiesto su evolución como intérprete. Y eso ya se evidencia, tras una mágica introducción, en un primer movimiento cálido más que electrizante, erótico antes que febril, muy alejado del arrebato y del descontrol para atender a ese “clasicismo” que también anida en estos pentagramas, e incluso para aportar una buena dosis de espiritualidad muy conveniente. El vals nunca fue el fuerte del maestro; sigue sin serlo, aunque Barenboim lo desgrana con incuestionable cantabilidad. Sí que se encuentra en su salsa en la escena campestre, quizá la más excelsa de las escuchadas para la presente discografía. En ella, más aún que en el resto de la interpretación, se pone en primer plano la concepción del fraseo como un todo orgánico, tan flexible como sutil en las transiciones, lejos del arrebato pero capaz de llegar con absoluta lógica a clímax extraordinariamente encendidos. En la marcha al cadalso hay una voluntaria renuncia a la espectacularidad; diríase que el maestro no solo no quiere que los metales desequilibren la soberbia escritura polifónica del compositor, sino que desea hablarnos de un poeta que camina con dignidad y nobleza hacia el patíbulo. En el aquelarre Barenboim no se desmelena; más bien apuesta por una atmósfera de marcado goticismo y por trabajar muy cuidadosamente las texturas, al tiempo que alcanza un irreprochable punto intermedio entre lo terrorífico y el cachondeo. Lo curioso es que esta vez, con la complicidad absoluta de unos músicos capaces de hacer lo que sea, está dispuesto a decir cosas distintas en esta música architrillada. Efectivamente, se escuchan cosas nuevas aquí. Sensatas, interesantes y reveladoras de la actitud de un señor, Daniel Barenboim, que dista de vivir de las rentas. (9)