martes, 30 de octubre de 2018

Lucia de Lammermoor en el Maestranza: triunfaron los protagonistas

Resulta llamativo que algunos se pregunten en voz alta las razones que llevan al Teatro de la Maestranza a repetir con más antelación de la deseable Lucia di Lammermoor, cuanto todo el mundo sabe –o al menos intuye– que el título se ha programado para dar una oportunidad a la joven soprano sevillana Leonor Bonilla, justamente al igual que el Villamarta de mi tierra ha llevado a escena determinadas óperas aprovechando el tirón popular de Ismael Jordi. Comprensible y hasta cierto punto justificable, aunque me gustaría que en Sevilla no ocurriera lo mismo que en Jerez, es decir, que se extendiera una idolatría poco fundamentada que llevara a confundir el talento, el esfuerzo y el buen gusto de un cantante con algo mucho más serio que es su capacidad para ser una verdadera estrella. Por eso intentaré expresar mi opinión –que es eso, una mera opinión­– con la misma claridad  con que lo he procurado hacer siempre con respecto a mi paisano, con cuyas virtudes e insuficiencias Bonilla guarda no poco en común.

Y es que en ambos cantantes se puede hablar de una técnica admirable y de una gran musicalidad, como también de una enorme adecuación al bel canto puro y duro. Pero también de una voz que es tan hermosa –atractivo metal en el caso del jerezano, sedosidad en el de la sevillana– como limitada en volumen y en carne. Y se trata igualmente de dos sensibilidades que tienden a cantar bonito, a seducir con las armas de un legato de libro, medias voces acariciadoras y una regulación del fiato que les permite construir frases amplias de enorme cantabilidad, pero que a veces se quedan un tanto cortas en temperamento, fuego y variedad expresiva. Dicho de manera más simple, se trata cantantes muy notables que evidencian importantes virtudes, pero también ciertas insuficiencias que han de notarse antes en determinados repertorios y papeles que en otros. Las desigualdades, obviamente, también se podrán evidenciar a lo largo de un mismo título operístico.

A mí me gustó muchísimo Leonor Bonilla en el “Regnava nel silenzio”, que me pareció toda una lección de belcantismo del bueno, es decir, del sincero y alejado de toda afectación. Me pareció que estuvo bien sin más en el enfrentamiento con Enrico, y que se quedó corta (¡lógico!) en el justamente célebre sexteto, en el que se necesita una voz de mucho más fuste. Y que estuvo francamente bien en la escena de la locura, en gran medida porque la ligereza de su voz le permite resolver las agilidades con pasmosa facilidad, aunque también sea cierto que, para mi gusto, con semejante exhibición de virtuosismo no basta para otorgar al personaje la intensidad y el carácter alucinado que esa decisiva página necesita. Sea como fuere, para tratarse de la primer vez que canta el rol de Lucia el saldo resulta abiertamente positivo.

Tres cosas más sobre la soprano. La primera, que algunos de sus sobreagudos resultaron estridentes, cosa que a mí me importa muy poco pero que debería subsanarse. La segunda, que su formación inicial como bailarina le permite moverse por el escenario con una soltura que ya quisieran para sí muchas grandes divas. La tercera, que no me pareció de recibo que tras la escena de la locura nuestra artista saliera a saludar al respetable, a telón bajado y recibiendo ramos de flores. La dramaturgia queda rota, se viola el protocolo y se deja al tenor un tanto en segundo plano, que tiene por delante quince minutos de infarto. Podía haberse esperado ese cuarto de hora, porque al fin y al cabo Bonilla recibiría al final una estruendosa ovación que la emocionó de manera visible.

En mayo del pasado año José Bros me decepcionó aquí mismo en el Maestranza. Lógico: se trataba el Rodolfo de La Bohème. Pero Edgardo sí es para él, y a pesar de que –sobre todo en el comienzo de la función– volvieron las molestas nasalidades de antaño, el tenor catalán supo hacer gala de esa excelencia técnica y de ese estilo perfecto que posee para el repertorio belcantista. No solo eso: cantó con arrojo, con emoción y con convicción, y aun en esa linea un punto señorial que a él le gusta –personalmente prefiero aproximaciones menos aristocráticas, más carnales–, hizo gala de una intensidad expresiva que logró conmoverme como no lo hizo su compañera. Bravo.

El resto del elenco se movió en un nivel discreto. Vitaliy Bilyy hizo un Enrico sonoro y con empuje, poco más. Mirco Palazzi fue un Raimondo inadecuado en lo vocal –muy insuficiente el grave– y sin especial interés en lo expresivo. No me gustó María José Suárez en el rol de Alisa: la encontré muy gastada. Y el pobre Manuel de Diego tuvo que lidiar con el siempre ingrato papel de Arturo disfrazado por su peor enemigo. Sí que estuvo formidable, ofreciendo quizá la que ha sido una de sus mejores noches recientes, el Coro de la Asociación de Amigos del Teatro de la Maestranza, como siempre dirigido por Íñigo Sampil.

Quizá haya tenido que ver con la excelencia de los resultados corales el currículo en este terreno del maestro Renato Baldassona, quien a su vez dirigió de manera bastante satisfactoria a una Sinfónica de Sevilla que sonó bien y muy en estilo; quizá algún pasaje concreto pudo estar más paladeado, y también a lo mejor se podía haber inyectado más nervio a algunos pasajes, pero globalmente la batuta suplo desplegar cantabilidad y evitar el carácter frivolón de algunos números de esta partitura que sin duda contiene maravillas musicales, pero que también evidencia desigualdades en la inspiración del tan fundamental –Verdi sin él sería impensable– como sobrevalorado Gaetano Donizetti.

Mediocre la producción escénica, que llegaba de la Deutsche Oper berlinesa de tiempos del gran Götz Friedrich. Precisamente su asistenta favorita, Gerlinde Pelkowski, se ha encargado en el Maestranza de reponer la propuesta original Filippo Sanjust, tradicional y convencional en todos los aspectos. Esto no es nada malo en sí mismo, pero lo cierto es que los resultados fueron deplorables: es difícil mover peor a las masas y a los cantantes sobre el escenario. En realidad es que dirección de actores no había apenas, y cuando esta hacía acto de presencia era para hacer el ridículo: baste decirles que en la escena de la torre el pobre de José Bros, no precisamente dotado de dotes teatrales recordaba a Gene Kelly en "El caballero duelista", la película muda que su personaje rueda en Cantando bajo la lluvia. Una parodia de la parodia.

Visualmente la cosa no fue tan mala. Entre los telones pintados, de Sanjuts, los hubo que funcionaron mejor que otros: excelente la escenografía de las habitaciones de Lord Ashton, magníficamente iluminada por Juan Manuel Guerra. La escena de la boda sí que dejó mucho que desear. A la postre lo más interesante de la producción estaba en el vestuario asimismo del propio Sanjut, francamente hermoso en alguna de las escenas.

Muy en resumen, una Lucia muy discreta en lo escénico y bastante satisfactoria en los musical, conformación tanto de la solidez y el talento de José Bros como del enorme potencia de una Leonor Bonilla a la que le deseamos lo mejor, es decir, que no haga caso de los cantos de sirena y desarrolle una carrera prudente en la que saque el mayor partido del considerable potencial que alberga.

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domingo, 28 de octubre de 2018

Expresionista Sexta de Mahler por Currentzis

Tras el deleznable Beethoven que nos llegó vía radiofónica desde los Proms, Teodor Currenztis y sus chicos de MusicAeterna presentaron ayer mismo en Sony Classical la grabación realizada el pasado mes de julio en Moscú de la Sexta sinfonía de Gustav Mahler. Ya la he podido escuchar, gracias a la plataforma Tidal, y me alegra decir que me ha gustado mucho, tanto por concepto como por realización.

 
Por concepto, porque esta es una lectura intensa, rabiosa y visceral, marcadamente expresionista y de acentuados efectos teatrales, en la que se subrayan los aspectos más angulosos de la escritura y no se deja espacio a las languideces, ni a la blandura lírica ni a esos insoportables portamentos con que a veces se trufa esta música. Por realización, porque el maestro griego traza el discurso de manera decidida, sin puntos muertos, renunciando a preciosismos pero no con ello al detalle; porque equilibra bien los planos sonoros, despliega un colorido de enorme riqueza y da instrucciones precisas para llenar de significado todas y cada una de las intervenciones solistas. En este sentido, los músicos de su orquesta no son los más virtuosos y brillantes que uno pueda encontrar –la sección de metales no es la de Chicago precisamente–, pero tocan con una intensidad y un compromiso expresivo que parece les fuera la vida en ello.

Podemos matizar jugando a eso de las puntuaciones, que es una cosa bastante pueril pero muy útil para entendernos. Le pongo un nueve al Allegro energico inicial: decidido y vehemente, pero siempre controlado de manera admirable, dentro de un enfoque que acierta al ser más trágico que épico. Se puede estar en desacuerdo en cómo están aprovechados algunos pasajes o en cómo se resuelven determinadas transiciones, pero el resultado es globalmente espléndido. Un nueve y medio para el Scherzo que viene a continuación. Como apuntaba Riccardo Chailly, ubicarlo en segundo lugar obliga a la batuta a marcar diferencias con el movimiento precedente, lo que solo se puede conseguir llevándolo con rapidez y subrayando más que nunca sus aspectos virulentos, que es justo lo que hace un Currentzis como pez en el agua cuando se trata de combinar lo grotesco con lo angustioso y lo nihilista; impresionantes los solistas en sus onomatopéyicas y mordaces intervenciones, y un acierto dejar de lado los aspectos pintorescos y distendidos del landler.

Un ocho y medio e incluso un nueve para el sublime Andante moderato, al que se le podría pedir más sensualidad y una poesía aún más elevada, pero que acierta al olvidarse de hedonismos sonoros para intensificar la lacerante, no poco nihilista emoción que desprende. Y “solo” un ocho para el Finale, volcánico y lleno de rabia, pero a mi entender no del todo sincero, incluso un poco más ruidoso de la cuenta: aquí Currentzis no se muestra solo acertadamente teatral, que también, sino asimismo un poco teatrero. Nueve como nota media, por tanto, para esta interpretación que se acerca a las mejores cosas del maestro –geniales Purcell y Shostakovich– y nos hace olvidar, aunque sea temporalmente, los fiascos y los bodrios que también nos ha entregado.

Se me olvidaba comentar la toma: ofrece claridad, cuerpo y relieve, pero no toda la gama dinámica posible, y además adolece de cierto tinte metálico que parece consecuencia de haber sufrido una ecualización en busca de mayor brillantez. Lástima.

viernes, 26 de octubre de 2018

Primera de Mahler por Kubelik

No he escuchado suficiente Mahler por Kubelik como para pronunciarme sobre la valía del maestro checo como intérprete del autor de La canción de la Tierra, así que he visionado con interés esta filmación de la Sinfonía nº 1 realizada en 1980 y editada en DVD por Dreamlife, si bien ustedes la pueden encontrar aquí mismo en YouTube. A mí ha distado de convencerme.



Reconozco que el enfoque eminentemente lírico de Kubelik resta retórica, pesadez y escándalo gratuito al cuarto movimiento. Incluso logra su batuta que los momentos más introvertidos del mismo no se hagan eternos, lo que se sienta estupendamente a esta flojísima música (¿lo peor del Mahler sinfónico?). Pero lo cierto es que en el resto de la partitura, que sí alberga cosas de valía, el maestro checo –magnífico en otros repertorios– no solo no acierta a inyectar toda la fuerza y la convicción necesarias, sino que termina evidenciando, con múltiples detalles personales aquí y allá, cierta tendencia no ya a lo contemplativo, sino también a lo suavón –trío del scherzo, melodía de la canción Die zwei blaue Augen von meinen Schatz en el tercero– que no resulta de recibo.

Tampoco la orquesta, solvente sin más, se encuentra en la mejor forma posible. La realización visual es correcta, pero la toma sufre de una fuerte compresión dinámica que impide percibir la música como es debido. En fin, juzguen por ustedes mismos. ¿Mi versión favorita? La de Giulini en Chicago, sin la menor duda.

martes, 23 de octubre de 2018

Karajan filmado por Clouzot: Dvorák y Mozart

Cmajor rescata en Blu-ray y DVD, con soberbia calidad de imagen –celuloide original de 35 mm– y sonido monofónico solo aceptable, esta célebre filmación de Henri-Georges Clouzot de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorák realizada con una belleza plástica tan atractiva como superficial, siempre al servicio de un Herbert von Karajan que posa –jersey de los caros y corte de pelo estudiadísimo– con los ojos cerrados y en el cénit de su narciscismo: curiosamente, la obsesión del cineasta francés por las composiciones geométricas y el tratamiento de la orquesta como un conjunto de soldados perfectamente ordenados anuncia las filmaciones posteriores del propio Karajan para Unitel.


Musicalmente, la interpretación nos muestra al maestro a medio camino entre sus aires algo toscaninianos de los cincuenta y el refinamiento sensual de las dos últimas décadas de su trayectoria. Así, el primer movimiento está dicho con decisión y fuerza expresiva, siempre bajo el más absoluto control, pero su empuje también resulta algo seco y contundente. El segundo se encuentra paladeado con enorme concentración y despliega una belleza suprema, aunque siempre en un enfoque antes evocador y sentimental que amargo. El tercero resulta impresionante, ofreciendo un tratamiento del metal que no deja de recordar a Bruckner. Ideal la Filarmónica de Berlín, claro está. El cuarto es el gran punto negro de esta lectura: aquí Karajan prefiere mucho antes lo épico –incluso lo triunfalista– que lo dramático y, obviando claroscuros expresivos, se echa a correr para montar un epidérmico espectáculo sonoro de cara a la galería. De propina, una interesante conversación entre Karajan y el musicólogo Joachim Kaiser sobre la huella del folclore norteamericano en esta sinfonía y lo que esta significa, aunque los subtítulos vienen solo en inglés

Mucho más interesante es el complemento, una filmación realizada también por Clouzot en la que Karajan esta vez une sus fuerzas a la Sinfónica de Viena para acompañar nada menos que a Yehudi Menuhin en el Concierto para violín nº 5 de Mozart. Cierto es que el mítico violinista no estaba ya en la plenitud de su técnica –es bien sabido que esta se deterioró pronto–, pero su canto se muestra tan hermoso como intenso y su expresividad despliega ese emotivo humanismo que siempre asociamos con su figura. Y la dirección de Karajan es francamente buena: poderosa y musculada, ciertamente, pero en absoluto pesadota, ni hinchada, ni fuera de estilo. Al contrario, es un prodigio de fluidez y el equilibro que se alcanza entre tensión dramática y lirismo, entre empuje y coquetería, resulta por completo admirable. Claro que tampoco vamos a ocultar que cosas más sublimes se han escuchado en el Adagio, particularmente lo de Zukerman/Barenboim de 1970 y, en no menor medida, lo que el propio Karajan hizo en 1978 con una jovencísima Anne Sophie Mutter.


El sonido estereofónico –no muy allá– en Mozart, y la propina una larga y apasionada entrevista de Karajan a Menuhin –conversación con protagonismo del de Salzburgo– seguida con un fragmento de ensayo, todo ello en inglés con subtítulos esta vez en alemán. En definitiva, un producto desigual pero con demasiadas cosas de interés como para pasar de largo.

Aprovecho para anunciar que he vuelto a abrir los comentarios en el blog, aunque advierto que solo publicaré aquellos comentarios que vengan desde "el lado amigo". Al enemigo, ni agua. Ya está bien de hacer el ganso.

domingo, 21 de octubre de 2018

Pablo Barragán, otro de primera fila

Hace pocos días, una exministra del Partido Popular –la derecha española “de toda la vida”, para los que me leen desde fuera– montaba un monumental revuelo al afirmar que los niños andaluces están mucho peor formados que los del resto de las comunidades autónomas, es decir, las gobernadas por su formación. No seré yo precisamente, que me dedico desde hace dieciocho años a la docencia, quien niegue los gravísimos problemas que afectan a la educación en Andalucía, algo con lo que ciertamente tiene que ver la política educativa socialista. Pero lo que sí dudo mucho es que los chavales de mi tierra tengan menos talento que los de otras. Al menos en música. Baste simplemente recordar una serie de nombres vinculados a la West Eastern-Divan, esa misma formación que algunos calificaban despreciativamente como “orquesta de niños” y que ha resultado ser una cantera de artistas de primera: Ramón Ortega es de Granada y ha pasado de la Radio Bávara a la Filarmónica de Los Ángeles, la también oboísta Cristina Gómez Godoy procede de Linares y es primer atril en la Staatskapelle de Berlín, Pedro Manuel Torrejón González nació en Isla Cristina y asimismo anda muy vinculado a Barenboim y su orquesta berlinesa.


En la misma lista debemos incluir a Pablo Barragán, nacido en Marchena en 1987 y clarinete excepcional, cosa que demostró sobradamente el pasado viernes en el Teatro Villamarta interpretando, en arreglo para pequeña orquesta de cámara, el precioso Quinteto para clarinete de Carl Maria von Weber. Esa misma tarde había escuchado en casa la magnífica grabación de Sabine Meyer. Pues bien, la justamente mítica clarinetista alemana resulta inalcanzable en técnica, depuración y belleza sonora, pero a mí me parece que Barragán no le va a la zaga –antes al contrario– en intensidad y compromiso. Una experta melómana me comentaba al terminar que el solista había evidenciado algunas vacilaciones. Vale, pero a mí me importa muy poco eso, porque las mismas no eran sino fruto de arriesgar muchísimo, de moverse todo el tiempo en la cuerda floja (¡qué pianísimos!) para explorar las posibilidades expresivas de la música. Tensión y comunicación por encima de la mera belleza sonora: eso es lo que distingue a los artistas de verdad de los meros vendedores de sonido.

A Barragán le acompañaban la Orquesta de Cámara Eslovaca y su director-solista Ewald Danel, que funcionaron de manera notable en la página de Weber y ofrecieron lo que parecían muy dignas recreaciones de la simpática Serenata para orquesta de cuerda de Eugen Suchoň (1908-1993) y de la Música eslovaca de un tal Ilia Zelenza (1932-2007), para terminar brillando en las deliciosas Danzas rumanas de Bartók. El escaso público del Villamarta (¡qué lejos quedan aquellos tiempos en que se llenaban sus 1200 butacas en cualquier espectáculo de música clásica!) aplaudió con merecido agradecimiento y salió verdaderamente satisfecho. Y yo quedo más atento que nunca a la trayectoria de Barragán, a quien estoy deseando volver a escuchar.

domingo, 14 de octubre de 2018

El Cellini de Terry Gillian

Intentemos devolverle un poco el pulso a este blog con un Blu-ray que me ha entusiasmado: Benvenuto Cellini de Berlioz, filmación de mayo de 2015 en la ópera de Holanda en la célebre puesta en escena de Terry Gillian.


Reconozco que soy admirador de la obra del norteamericano que fue integrante de los Monthy Python. Independientemente de su manifiesta irregularidad como cineasta, aquí no se trata solo de que su universo creativo sea perfectamente reconocible. Es que, además, su propuesta sabe combinar la creatividad, la espectacularidad y un desbordante sentido del humor con el respeto a la dramaturgia original: aunque la acción se traslade al siglo XIX, Gillian no decide hacer lo que ciertos miserables registas actuales, montar el numerito, sino poner su talento al servicio de la historia que quiere contar Berlioz. Y esa es exactamente la que se narra. Definiendo maravillosamente a todos y cada uno de los personajes, y distinguiendo muy bien entre la primera mitad de la obra y la segunda: festiva a tope la escena del carnaval –la de la música del Carnaval Romano– y considerablemente más íntima e inquietante la segunda. Puede que sobre algún gag en el primer cuadro y que ciertos movimientos distraigan algo más de la cuenta, pero globalmente el trabajo es sensacional. No solo en concepto, sino también en lo que a la dirección de actores se refiere: todos actúan de manera extraordinaria, muy en especial ese enorme actor-cantante que es Laurent Naouri.

Este realiza una muy buena labor canora encarnando al malo de la función, el escultor Fieramosca, pero quien se lleva el gato al agua es la soprano Mariangela Sicilia como Teresa. Más irregular el protagonista, John Osborn, a todas luces entregado y estimable pero no siempre desenvuelto en lo técnico. Y bueno sin más el nivel medio de los secundarios.

Al frente de la Filarmónica de Rotterdam, Sir Mark Elder acierta en los aspectos más líricos y sensuales de la irregular –por momentos, increíblemente bella– música de Berlioz, y bastante menos en los trepidantes. Calidad de imagen y sonido estupenda en el blu-ray editado por Naxos. ¡Lástima que no haya subtítulos en castellano!


martes, 2 de octubre de 2018

Todavía no

Llevo ya casi un mes con el blog abandonado. Varias personas cercanas me han insistido en que vuelva. La última, esta misma mañana. Y he vuelto a responder que no. Todavía no.

Qué quieren que les diga, he invertido muchísimo tiempo y esfuerzo en escribir sobre música. Durante demasiados años, desde aquella revista digital que se llamaba Sevilla Cultural a finales de los noventa hasta ahora mismo en este blog que abrí allá por 2008, pasando por Mundo Clásico, Filomúsica y Ritmo. Y me he cansado. Del tiempo y del esfuerzo invertido, sobre todo. Pero también del escaso “feedback” positivo que he encontrado: directores de teatro que te desprecian porque consideran que tu obligación es escribir críticas siempre positivas, responsables de revistas y diarios locales que afirman hacerte un favor dejando que les trabajes gratis, personas que se dedican a lo mismo que te dejan claro que “no eres de los nuestros”, colegas que entran en tu blog para decirte que lo que haces es una puta mierda al mismo tiempo que ellos violan cotidianamente las reglas básicas del código deontológico, responsables de comunicación que deciden dejar de contar contigo sin mediar explicación pero ofrecen encargos remunerados a personas que les entregan textos plagiados de aquí y de allá… Demasiado para el cuerpo.

Por otra parte, mi labor investigadora sobre arte medieval no ha avanzado como debería haberlo hecho por culpa de este deseo de compartir impresiones sobre música. Muchos amigos afirman que con ello me estoy perdiendo cosas muy interesantes en ese otro terreno: llevan razón. Además, tengo que cumplir mis compromisos con el Centro de Estudios Históricos Jerezanos, a los que no quiero ni debo eludir: hay diferentes proyectos que sacar adelante y eso requiere una considerable inversión de tiempo.

El problema es que si no dejo constancia por escrito de lo que he visto en directo, mi memoria borrará pronto las impresiones. Sobre lo que escucho en casa dejo siempre unas líneas escritas en mi bloc personal, pero los eventos se escuchan y se olvidan. Por eso mismo voy a escribir unas pocas, muy pocas líneas sobre los dos espectáculos a los que he asistido en fechas recientes.

El jueves 13 de septiembre estuve en la inauguración de la temporada de la Sinfónica de Sevilla. Se estrenaba una obra del mexicano Samuel Zyman: Concierto para guitarra y orquesta, “Sefarad”. Me pareció insufrible, no porque su lenguaje sea “tradicional” –lo que no me parece mínimamente censurable–, sino por hortera, ruidosa, tópica y chabacana. Incluso mal escrita: en los fortísimos no habían quien distinguiera una línea de otra, si bien en este sentido buena parte de la responsabilidad fue la de un John Axelrod que para la ocasión sacó lo peor de sí mismo. José María Gallardo del Rey hizo lo que pudo. Un horror, sin paliativos.

En la segunda parte Axelrod dirigió la Sinfonía nº 3, Kaddish de Leonard Bernstein de manera irreprochable, con excelente gusto y enorme convicción expresiva –aun sin llegar, ni de lejos, al increíble logro de Antonio Pappano en su registro recién salido al mercado–. Pero aquí el director norteamericano traicionó a su presunto maestro sustituyendo los textos del propio compositor por otros de Sam Pisar que, por muy necesaria que siga siendo la denuncia del Holocausto –algunos hijos de puta se empeñan en negar este hecho histórico–, transformaban la intención original de “cagarse en Dios” del agnóstico Lenny en un fervoroso y autocomplaciente cántico de alabanza y agradecimiento a la divinidad. Insisto, una traición en toda regla que no merece el menor aplauso.

El viernes 28 de septiembre presencié en el Villamarta Black el payaso. No conocía la obra. ¿A estas alturas necesito ocultar que la lírica española me interesa poquísimo? Sorozábal es quizá una excepción: en esta partitura encontré cosas muy bellas –sensibles, inteligentes– y cosas banales. Creo que la dirección musical de Juan Manuel Pérez Madueño estuvo muy bien encaminada, pero la Orquesta Álvarez Beigbeder presentaba serias limitaciones: los violines, literalmente insufribles. Mediocre la Coral de la Universidad de Cádiz, particularmente las voces femeninas. Javier Galán no me gustó como cantante ni como actor. Carmen Jiménez tampoco me convenció en lo escénico, pero al menos cantó con sensibilidad y buen gusto.

El nivel de la función subió en gran medida gracias a la admirable labor de José Julián Frontal, muy bien de voz –pelín corta en el grave– e inmenso en lo escénico interpretando a White. Hubo solvencia en el resto de los cantantes-actores, con especial mención para el simpatiquísimo y muy desenvuelto Marat de Álvaro Bernal. Pobretona de medios pero rica en sabiduría la producción escénica a cargo de Miguel Cubero, francamente satisfactoria y digna de elogio.

Y ahora vuelvo a mi refugio. Hasta otra.