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miércoles, 16 de junio de 2021

Música acuática de Telemann: discografía comparada

La Wassermusik de Georg Philipp Telemann no tiene nada que ver con la Water Music de Haendel. La segunda, ya saben, es "música pura", esto es, carente de hilo argumental, que tuvo origen en el deseo de acompañar un paseo real por el Támesis en 1717, mientras que la primera es auténtica música programática en la que desfilan dioses, seres marinos, vientos, mareas y marineros a petición realizada allá por 1723 por parte de las autoridades de Hamburgo. Con motivo de su interpretación en Sevilla dirigida por Jordi Savall el pasado mes de mayo preparé esta discografía comparada que ahora me atrevo a publicar.



1. Wenzinger/Konzertgruppe der Schola Cantorum Basiliensis (Archiv, 1961). Aun lejos de lo que hoy entendemos que debe ser la articulación apropiada para este repertorio, no se puede decir que el pionero violagambista August Wenzinger –cincuenta y seis años contaba por aquel entonces– ofrezca una interpretación pesadota o “romantizada”. Antes al contrario, es la suya una lectura fluida y musical, ciertamente serena antes que contrastada o atenta a las “tempestades barrocas”, pero con importantes aciertos a la hora de destilar sensualidad en las escenas de Tetis y Neptuno. Sus puntos flacos están en las Náyades y los Tritones, tratados con una laxitud muy poco conveniente. No está del todo mal el clave al continuo, menos coqueto que lo que por aquellos años –y hasta bastante más tarde en ciertos grupos británicos– se acostumbraba. El registro no ha pasado a formato digital: yo he escuchado un trasvase del vinilo que manifiesta que la toma se ha conservado francamente bien. (7)

 

 

2. Goebel/Musica Antiqua Köln (DG, 1984). El por entonces muy radical historicista Reinhard Goebel –hoy reniega de los instrumentos originales– nos ofrece una versión cien por cien germánica. Al frente de una orquesta de sonido seco y prieto, poco interesada por la belleza sonora, y bien apoyado por un clave extremadamente rico y fogoso –supongo que será Andreas Staier– el maestro desgrana una obertura con severidad de corte muy centroeuropeo, para en el resto de la partitura ofrecernos toda una explosión de vivacidad, teatralidad y sentido de los contrastes. Ahora bien, hemos de señalar que su agilísimo y fluido fraseo resulta también un tanto cuadriculado y enjuto, y que demasiado poco interés por la sensualidad y la delectación muestra en una música como la presente, si bien también sea cierto que semejante postura le aleje de la coquetería mal entendida y del amaneramiento. (8)

 

 

3. Dombrecht/Il Fondamento (Vanguard, 1996). Seguimos en terreno y estética alemana. Siguen ahí la sonoridad compacta y un punto ácida de la orquesta, como también la severidad dramática y el desinterés por los aspectos más sensuales y ensoñados de esta música. Pero se pierde –creo para bien– parte de esa tensión extrema de Goebel para dar paso a un fraseo más natural y elocuente, así como a una expresión algo más rica en concepto, con ese punto de chispa y desparpajo se echaba en falta en Colonia. La orquesta de Dombrecht –que dirige desde su posición de oboísta, no subido en el podio– es formidable y se encuentra muy bien recogida por la toma. (9)

 

4. Pickett/New London Consort (Decca, 1966). Estamos en un territorio muy distinto al de Goebel y Dombrecht. Aquí la orquesta suena con menos acidez, más carne y mucha mayor belleza sonora. El fraseo es más holgado y elegante, y posee mayor cantabilidad. La música respira mejor. Se evidencia un deseo de explorar los aspectos sensuales de esta música. Y la mezcla de clave y cuerda pulsada al continuo es todo un acierto, particularmente en los efectos que se consiguen en la aparición de Eolo. Por desgracia, el fuego y el sentido teatral del conjunto renano se ve sustituido por un “distanciamiento británico” poco convincente, porque de vez en cuando hacen su aparición cierta laxitud, e incluso cierto carácter desvaído, que a esta música no le conviene. (7)

5. King/King’s Consort (Hyperion, 1997). Como la de Pickett, esta es una interpretación incuestionablemente británica, también un punto haendeliana, bellísima y muy depurada en la sonoridad, fraseada con enorme elegancia y naturalidad, perfecta en su equilibrio entre densidad y ligereza. Lo que ocurre es que King recupera toda esa luminosidad, esa chispa y ese entusiasmo de la interpretación de Goebel, atendiendo al nervio interno, a la intensidad dramática y al sentido de los contrastes, añadiendo un gran instinto teatral (¡formidables efectos de subida y bajada de marea!) y aportando un continuo sencillamente fabuloso, además del virtuosismo y la musicalidad de su formidable orquesta. Todo ello, por descontado, dentro de una línea por completo historicista, pero sin el menor asomo de excentricidad o amaneramiento. Espléndida la toma. (10)

 

 

6. Bernardini/Ensemble Zefiro (Arcana-Naïve, 2003). Por muy tópico que parezca, lo que hacen los italianos es llevar esta música a los territorios al sur de los Alpes. Más concretamente, a las maneras en las que las agrupaciones de los noventa –Giardino y compañía– habían venido aportando al repertorio barroco. De ahí que nos encontremos ante una interpretación llena de vida, color e imaginación, en la que desaparecen tanto la severidad germánica como la distinción inglesa para dar paso a la exuberancia, a la profundización en los contrastes y al puro gozo por hacer música. Ni que decir tiene que Bernardini –magnífico en la flauta dulce– y su equipo no se muestran tímidos a la hora de ornamentar, de llenar la música de efectos retóricos y pictóricos –sorprendentes en la “arlequinada”– o de acercar a Telemann al mundo de las tempestades vivaldianas. Soberbia la toma en vivo. (9)

 

 

7. Stefano Bagliano/Collegium Pro Música (Stradivarius, 2004). A medio camino entre la línea alemana y la italiana, Stefano Bagliano –admirable a la flauta dulce– hace uso de una plantilla algo pequeña de sonoridad más bien seca y ofrece una obertura con un grave más bien moroso, por no decir alicaído, y un Allegro de gran vivacidad. A partir de ahí todo discurre con irreprochable estilo barroco H.I.P. e incuestionable sensatez, pero sin ese plus de sensualidad, elegancia, poesía y emoción que gracias a King y a Bernardini descubrimos que esta música podía tener. Francamente bien el continuo, aunque a estas alturas se podía esperar un clave más rico. (7)

 

8. Savall/Le Concert des Nations (Alia Vox, 2015). Hay algo –o mucho– de versallesco en la obertura que ofrece Savall. Luego se confirma la impresión inicial, que no es sino lo que todos esperábamos: Savall lleva esta música a su propio terreno, el del barroco francés, que por otra parte es en enorme medida el referente de esta música. Hay pompa y riqueza ornamental, mucho hedonismo, indolencia bien entendida –los oboes suenan galos a más no poder– y un buen equilibrio entre festejo y elegancia. El maestro dirige, además, con entrega y pasión, aunque su batuta nunca ha sido –aquí tampoco lo es– el colmo de la depuración sonora ni de la atención al matiz. El sueño de Tetis y los suspiros amorosos de Neptuno, por su parte, podían estar un poco más paladeados y desprender mayor poesía. Francamente buena la orquesta, sin ser de las mejores: las maderas se ven superadas en virtuosismo por los conjuntos de Dombrecht, King y Bernardini. (8)

 


9. Akademie für alte Musik Berlin (YouTube, 2015). Un placer volver a tierras y maneras germánicas, la sonoridad densa, prieta y un punto oscura le sienta muy bien a esta música. Los de la Akamus dejan a un lado hedonismos y coqueterías para potenciar los aspectos dramáticos, lo que tampoco es mala idea. Ahora bien, no solo no se mantienen dentro dentro de la sobriedad sino que le echan mucha imaginación al asunto, no solo a la hora de ornamentar sino también a la de ofrecer toda suerte de juegos agógicos y dinámicos. No siempre convencen del todo, pero su propuesta resulta refrescante. En el último número se sueltan la melena: los marineros que bailan el canario están borrachos. (9)

sábado, 17 de noviembre de 2012

Dos trompetas y órgano para comenzar el Festival

Acabo de regresar desde Villacarrillo de un concierto del conjunto Trioorganum (web oficial) celebrado en la hermosísima iglesia parroquial para dar comienzo al XVI festival de Música Antigua de Úbeda y Baeza, ahora diversificado en diversas localidades del entorno; este evento, en concreto, pertenece a una atractiva propuesta titulada “música en los monumentos de Vandelvira”. Han sido cincuenta pesados minutos de carretera de ida y otros tantos de vuelta con demasiados coches circulando a velocidad excesiva, pero creo que ha merecido la pena a pesar de dos chascos iniciales. El primero, caer en la cuenta de que en el hermosísimo monumento en cuestión no hay órgano barroco alguno que sirviera a un programa titulado Les Goûts réunis: música italiana, alemana y francesa para dos trompetas y órgano, y que lo que se iba a utilizar no era sino un teclado electrónico. El segundo, descubrir que estos señores no tocan trompetas naturales sino modernas. No es que sea yo un talibán de los instrumentos originales, en modo alguno, pero en un festival de estas características esperaba otra cosa.


Pero al final me lo pasé bien, porque las trompetas de Vicente Alcaide y Rafael Ramírez empastaron entre ellas sin problemas y los dos artistas mostraron suficiente desenvoltura técnica y buen olfato musical. Junto con el órgano de Alberto de las Heras, que en varias ocasiones se quedó solo para recordarnos lo increíble que es la música de J. S. Bach, ofrecieron un programa integrado por páginas de Oezel, Jacchini, Telemann, Haendel, Loeillet y Vivaldi, más una irrupción de Ennio Morricone a través de un inoportuno teléfono móvil. Todas las interpretaron de manera esforzada, sensata y honesta con resultados en general plausibles. Insisto en que un servidor disfrutó del evento.

Cierto es que podrían poner algunos reparos más o menos importantes y realizar algunas puntualizaciones, pero no me apetece hacerlo y sí agradecer la oportunidad de escuchar buena música en directo, interpretada con sensibilidad en un lugar tan hermoso, aunque fuera sin la espléndida iluminación que el interior había lucido durante la misa de difuntos que obligó a empezar el concierto con más de media hora de retraso. El público -hubo unos cuantos que se fueron, mosqueados por la tardanza- alcanzó la cifra de unas setenta u ochenta personas, lo que no está nada mal dadas las circunstancias. Se aplaudió con ganas: a los quince segundos estaba todo el mundo de pie. Había muchos chavales, quizá alumnos del conservatorio de Úbeda en el que imparte clases uno de los artistas. Sea cierta o no la sospecha, buenísima noticia: sin ellos, olvídense de que haya música en el futuro.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Monica Huggett se despide de la OBS

O al menos eso es lo que parece, porque la violinista londinense se pondrá en septiembre de 2009 al frente del departamento de Música Antigua de la Juilliard School y no parece que sea fácil compatibilizar esta reponsabilidad con la de principal directora invitada de la Orquesta Barroca de Sevilla; de momento no hay ninguna colaboración conjunta para el año que viene. Me alegro mucho por ella, pero su marcha supondrá una gran pérdida para la formación hispalense, porque se trata de una excelente directora. Al menos para mi gusto: con Huggett no hay lugar para la frivolidad, para las sonoridades relamidas ni para el fraseo pimpante en el que caen algunos celebrados directores historicistas, pues sus interpretaciones -unas veces más acertadas y otras menos- se hallan presididas por la energía, la jovialidad, la chispa, la robustez bien entendida y un carácter rústico de lo más saludable.

La rusticidad presidió precisamente su concierto de presunta despedida al frente de la OBS que tuvo lugar el viernes 19 en el Teatro Villamarta de Jerez (ofrecido también en Córdoba, Cádiz y Sevilla). De hecho, la propia Monica Huggett realizó toda una declaración de principios al presentar el Concierto de Brandeburgo nº 1 -se dirigió al público en inglés- como un diálogo entre la nobleza, en la voz de la cuerda y las maderas, y el pueblo llano, representado por los metales y el violín piccolo.

La interpretación fue muy fiel a estas premisas, aunque paradójicamente la artista me convenció menos en su faceta de violinista, quizá en exceso personal y no muy fina, que en la de directora, sabiendo ofrecer una lectura mucho más intensa y cálida -aunque no menos idiomática- que la ya antigua de Ton Koopman en la que ella misma participó hace ya un cuarto de siglo; a destacar el tratamiento de la Polacca, mucho más acertada de como se suele hacer últimamente.

La Obertura en Fa M. TWV 55 F3 de Telemann que ofreció Huggett para cerrar el programa estuvo presidida por la misma vitalidad y se benefició de idéntica seguridad técnica por parte de una OBS en excelente forma, no sabiendo uno si admirarse más de la potencia de las trompas naturales, del empaste de la cuerda o -quizá más aún- de la musicalidad de las maderas.

Entre medias pudimos escuchar la cantata Oh, di Betlemme altera povertà venturosa y el motete In Furore lustissimae Irae, de Vivaldi, páginas de nuevo estupendamente tocadas y dirigidas. Monica Piccinini, con su voz pequeña y algo justita por arriba, hizo gala de una notable agilidad en los pasajes extrovertidos y de una gran capacidad para la introspección en los recogidos, llegando a ofrecer momentos realmente mágicos. De propina nos hizo de Cleopatra haendeliana. No le hubiera venido mal un poco más de variedad expresiva, pero aún así estuvo estupenda y con su presencia redondeó un concierto que recordaremos como el cierre de una muy feliz etapa de la OBS.

Dedicado a Rodríguez Zapatero, la gran decepción

Ya saben, lo único que cantaba la Castafiore: el aria de las joyas de Fausto . Eas joyas que Mefistófeles dejó con toda la intención para ar...