Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Tenía previsto entre hoy y mañana terminar una comparativa discográfica de la Italiana de Mendelssohn, pero después de un fallecimiento en la familia –una de mis tías– y pasar la tarde en el tanatorio no me apetece escuchar esa maravillosa música, así que dejaré la tarea para más adelante. Sí que quiero decir algo sobre Michael Tilson Thomas, que nos acaba de dejar después de que tan solo hace unas semanas su marido abandonara este mundo. Valgan las siguientes líneas extraídas de mi inconcluso libro sobre directores de orquesta –líneas que a su vez reelaboran lo escrito en la siguiente entrada– para rendir homenaje al maestro.
Las mayores dudas que hemos tenido a la hora de escoger un disco por director las hemos tenido en el caso de este maestro nacido en Los Ángeles. Sensacionales son sus recreaciones de La mer y los Nocturnos de Debussy. Espléndidos sus discos dedicados a Charles Ives. De muy alto nivel su Stravinsky, de manera particular La consagración de la Primavera. Acertadísima su larga selección de Romeo y Julieta de Prokofiev. De referencia la Quinta sinfonía de Shostakovich. Una revelación la Tercera sinfonía de Aaron Copland: ¡qué manera de descubrirnos esta música! Soberbio el compacto que dedicó a Villa-Lobos. Y una delicia, por su fuerza y swing irresistibles, el musical On the Town –Un día en Nueva York– de su maestro Leonard Bernstein.
El carácter ecléctico de sus hitos discográficos, centrados en el siglo XX sin que ello suponga exclusividad alguna, nos habla de un maestro que se mueve con absoluta comodidad en estilos y en ambientes expresivos muy distintos entre sí, así como de una técnica que tiene que ser de primerísimo nivel para salir airosa de la complejidad de todos los universos musicales citados. Los recreó con una sinceridad, una convicción y una capacidad comunicativa desbordantes, pero con bastante más autocontrol que el Bernstein juvenil y sin esa tendencia a enfatizar la brillantez sonora que acostumbramos a identificar con “lo norteamericano”.
Al final nos hemos decidido por el registro que hizo de la versión completa de El martirio de San Sebastián, de Claude Debussy. Primero, porque esta es una música absolutamente maravillosa que no muchos melómanos conocen: bellísima y evanescente, sensualísima y altamente espiritual al mismo tiempo –no es contradicción–, este “drama sacro” sobre textos de Gabriele d'Annunzio es la más perfecta traducción a la música de arte simbolista que se había extendido por Europa décadas atrás.
Segundo, porque en este registro de octubre de 1991 Tilson Thomas rozó el cielo, nunca mejor dicho. Con la absoluta complicidad de una orquesta a la que amó especialmente, la Sinfónica de Londres, así como de la ingeniería de sonido cortesía de Sony Classical, ofreció un Debussy de estilo absolutamente perfecto, en ese punto de equilibrio tan difícil de conseguir entre levedad y tensión sonora, entre claridad y atmósfera, dejando que la música fluya y respire con enorme holgura sin caer en el peligro de lo excesivamente estático y contemplativo. Sí que hay misterio, sugerencia y sentido de lo inquietante. También hedonismo, pero en el mejor sentido: el que le corresponde a una música que por sí misma, con independencia de cualquier circunstancia programática –en este caso, los cargantes textos de d'Annunzio–, está pensada para activar al cien por cien los sentidos, que no necesariamente la “emoción”. La soprano Sylvia McNair, a veces algo cursi, se mueve aquí como pez en el agua.
Hay una tercera razón por las que recomendamos especialmente este disco: las intervenciones de Leslie Caron. Sí, la protagonista de las películas Lilí y Gigí. Su recitado en francés resulta una experiencia embriagadora.
En los días pasados he tenido la oportunidad de escuchar dos conciertos de Daniel Harding con la Orquesta y Coro de la Academia de Santa Cecilia de Roma, conjuntos de los que el aún relativamente joven maestro británico (Oxford, 1975) detenta la titularidad en sustitución de Antonio Pappano, que se ha llevado casi dos décadas con ellos. Ambos se celebraron en el Parco della Musica de Roma, un lugar alejado del centro y de complicado acceso para el turista que no conoce bien las líneas de autobús. El primero se ofreció en la sala Santa Cecilia y se centraba en el impresionismo francés: La mer de Debussy (aquí discografía comparada) y el ballet completo Daphnis y Chloé de Ravel (discografía). ¿Se les ocurre programa más hermoso? El segundo se hizo al aire libre, con amplificación bien gestionada: Réquiem de Verdi. Aunque en los dos casos los precios no superaban los treinta euros, ambos recintos se quedaron a menos de la mitad de los respectivos aforos. ¡En una ciudad como Roma! Mañana sábado se presenta en Granada el primero de los programas, el domingo el segundo: no hay billetes para ninguno. El lunes hacen el Réquiem verdiano en el Maestranza, y ahí sí que quedan entradas de todos los colores. No se lo pierdan, aunque sea por escucharle la parte de soprano a Federica Lombardi.
Primera cuestión: ¿cómo les sientan a los conjuntos romanos una batuta como la de Harding? Pues muy bien, oigan. Las diferencias con Pappano son obvias: el maestro londinense –de corazón italiano– hacía sonar a la orquesta con mayor músculo, más opulencia sinfónica, y ofrecía interpretaciones de superior voltaje expresivo, más inmediatas y emotivas. Harding no posee su temperamento ni su fuerza, pero le aventaja en refinamiento, detallismo y transparencia, como también en el tratamiento de las texturas. ¿Más exigente? Puede. ¿Les hace trabajar más duro? Parece probable, pero a tenor del enorme entusiasmo que los profesores mostraron hacia la batuta al finalizar cada uno de los conciertos, no parece haber conflicto alguno. Saben que suenan mejor, y eso les gusta. La nueva titularidad parece un acierto tan grande como haber llevado a su Pappano a la Sinfónica de Londres.
Segunda cuestión: las interpretaciones propiamente dichas. De La mer he comentado aquí dos filmaciones con Harding, una con la Orquesta de París de 2017 y otra con la Filarmónica de Berlín de 2023. En la discografía comparada les puse un ocho sobre diez: ya saben que eso de los puntitos me gusta cada vez menos, pero sirve para hacerse una idea rápida. Esta de Roma ha sido parecida, es decir, ágil, contrastada, con nervio y de excelente trazo, líquida en las texturas, pero no particularmente sensual ni poética. ¿Diferencias en la recreación romana? No muchas, pero sí importantes. Una hermosísima frase de los violonchelos en el primer movimiento que Harding hacía en exceso ligera –léase "históricamente informada", aunque aquí la etiqueta resulte incorrecta– ha ganado densidad. La sección clave de la calma antes de la tempestad dentro del tercer movimiento ha ido ganando concentración desde la citada filmación parisina. Y los muy excesivos timbalazos de los compases que cierran el tríptico ya no están. Total, que en pocos años el señor Harding ha conseguido dirigir la obra mejor que antes. Por otra parte, su técnica de batuta le permite sacar muy buen partido de una orquesta que, dicho sea de paso, se encuentra en muchísima mejor forma que en los tiempos en que grabó esta misma página bajo la dirección de Leonard Bernstein. Venga, un ocho y medio para la versión romana del británico.
Y un nueve, no sé si nueve y medio, para su Daphnis y Chloé. Entiéndanme, a las dos suites con coro de Celibidache y Múnich hay que ponerles un once como mínimo, pero lo de Harding, por seguir jugando a poner puntitos, ha quedado muy cerca del diez de esas referencias tan distintas entre sí que son Haitink en Boston y Chailly en Ámsterdam, aunque estilísticamente mucho más cerca de la agilidad y el sentido teatral del segundo que de las atmosféricas brumas del primero. Por decirlo de otra forma, la interpretación de Harding ha sido antes impresionista que simbolista, narrativa mucho más que evocadora, siempre de trazo fino y brillante en el mejor de los sentidos. El único reparo se lo pongo al breve segundo acto: ya sé que los piratas son brutales y todo eso, pero el maestro se excede un tanto. Por lo demás, excelente tratamiento de la orquesta –formidables las maderas en el Amanecer– impresionante gradación de las dinámicas –con todos los imposibles pianísimos y fortísimos demandados por Ravel– e irreprochable trabajo del coro bajo la dirección de Andrea Secchi. Las mil o mil doscientas personas que estábamos en la sala –2700 butacas– presenciamos un gran concierto.
No mucho más público al día siguiente en el patio del complejo para el Réquiem de Verdi. ¿Cómo es posible, señoras y señores, que esta obra se quede a mitad del aforo en el pleno corazón de Italia? ¿Qué demonios está pasando? ¿La gente se ha vuelto burra de golpe? Bueno, fascista sí que se ha vuelto por esas latitudes, y no crean que no se nota en el trato humano... Pero no nos desviemos.
Globalmente, gran versión de la obra verdiana. En Stage+ hay una versión a cargo de los mismos intérpretes del pasado mes de octubre en San Pablo Extramuros. Aquí dije algo, pero muy poco debido a la mala acústica del recinto. Ahora sí que me he enterado de cómo Harding dirige la obra, cosa que se resume con facilidad: magníficamente, con nervio, garra y brillantez, en los momentos más extrovertidos –tremendas las apariciones del Dies Irae–, y con cierta ausencia de atmósfera espiritual en los más recogidos. Qué quieren que les diga: a mí, que soy tan agnóstico como lo era el propio Verdi, lo que me interesa es una interpretación particularmente espiritual de estos pentagramas. En cualquier caso, y como el trabajo con orquesta y coros es formidable, el espectáculo está servido. Muy difícil no sentir escalofrío durante muchos momentos de la ejecución.
Cuarteto de nivel superior al de la interpretación en la basílica. Giorgi Manoshvili tiene una de esas voces de bajos de la Europa del este tan peculiares que, la verdad, a mí no me hacen mucha gracia en la ópera italiana, pero para esta página en concreto, que demanda un punto de oscuridad e incluso truculencia, vienen muy bien; por lo demás, el instrumento posee lozanía y el canto es notable. Misma calidad canora y técnica la de la mezzo Teresa Romano, no particularmente cálida pero irreprochable en sus intervenciones. Aunque Francesco Demuro tuvo algunos problemas en los cambios de registro, a mí me gustó mucho: la voz es muy hermosa, frasea con enorme cantabilidad, se fue con valentía al agudo –buen metal en la punta– y, sin ofrecer una de esas interpretaciones "desafiantes a la divinidad" que tanto gustan, supo evitar el peligro de la melifluidad que acecha en su parte.
Queda lo de Federica Lombardi. Voz de muchos quilates, aunque habrá quienes la prefieran más ancha y pesada para esta música; no es mi caso. Técnica impresionante en todo: emisión, homogeneidad, dicción, control del fiato, resolución de los saltos al agudo... Canto verdiano de verdad, con un legato para derretirse, enorme sensibilidad para construir frases y mucho arrojo. Expresión variada y a flor de piel, desde la devoción humilde hasta el terror pasando por la expectación, el fervor o la súplica más desgarrada. Recreó su parte como enorme cantante de ópera, pero no se pasó a la hora de teatralizar sus frases: sonó a lo que es, un réquiem con fuerte carga teatral. Ya les digo, canto bellísimo, perfecto en el estilo y tan sincero como emotivo. ¿Y el comprometidísimo Libera me? Pues magnífico. Recuerdo algunas sopranos sensacionales en esta obra, pero no logro identificar a ninguna que me guste mucho más de lo que me ha gustado en Roma la señora Lombardi. Por eso mismo quiero insistir: si tienen la oportunidad de acudir a la cita en el Maestranza, ni se les ocurra quedarse en casa.
Esta entrada se publicó por primera vez el 14 de agosto de 2012. Conoció ampliaciones en agosto de 2020 y junio de 2021. Ahora he corregido numerosos errores en el texto, he ampliado la nómina de grabaciones hasta la cifra de ochenta y he cambiado algunas carátulas. Asimismo, he vuelto a escuchar algunos de los registros y he modificado parcialmente los respectivos comentarios.
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Escrita en 1905 y estrenada por la Orquesta Lamoureux en octubre de ese mismo año, La mer supuso un verdadero hito en la historia de la música, no ya por sus extraordinarias aportaciones en lo que a orquestación se refiere, sino también por su manera de romper la jerarquía de valores señalando la mayor importancia del color sobre la melodía, por el modo de fragmentar esta última en multitud de pinceladas (de ahí que se haya hablado de impresionismo musical) y por la negación de la direccionalidad del discurso.
En cualquier caso, todo ello queda relegado por la increíble potencia comunicativa de la obra, independientemente de que la interpretación de turno opte por una línea digamos ortodoxa que potencie los aspectos sensuales y brumosos de la escritura, o reivindique por el contrario los rasgos más incisivos, digamos que expresionistas, de una música en la que en cada audición se escuchan cosas nuevas. Ni que decir tiene que la pluralidad de enfoques es imprescindible para descubrirla en toda su riqueza: esperamos que los siguientes apuntes sirvan para orientar al lector en el laberinto discográfico. La comparativa que se ofrece en el blog Ipromesisposi también puede ayudar.
La partitura, subtitulada por el propio Debussy como “tres bocetos sinfónicos”, consta de los siguientes movimientos:
De l'aube à midi sur La mer (Desde el amanecer hasta el mediodía en el mar), Très lent.
Jeux de vagues (Juegos de olas), Allegro.
Dialogue du vent et de La mer (Diálogo del viento y el mar), Animé et tumultueux.
1. Koussevitzky/Sinfónica de Boston (Pristine, 1938). Aunque la ecualización ha sido considerable, no podemos negar los buenos resultados de la intervención realizada por Pristine sobre este testimonio que nos revela a un director que trabaja a la formación de la que es titular con una plasticidad asombrosa y un no menos portentoso dominio de las dinámicas, pero sobre todo a un maestro bien decidido a jugar con la agógica para extremar los tempi –la fascinante lentitud del arranque en pocos minutos se transforma en una considerable velocidad– y crear muy amplios arcos de tensión a los que, eso sí, les sobran premura en sus momentos más intensos y les falta concentración en ciertos pasajes por los que pasa un tanto de largo. En cualquier caso, hay tanta vida, tanto color y tan elevada intensidad, tantas ganas de comunicar, y tan excelente tratamiento de la ya espléndida orquesta, que el maestro de origen ruso nos seduce, nos atrapa y nos convence. (8)
2.Toscanini/Sinfónica de la NBC (RCA, 1950). No hay brumas con el ya por entonces octogenario maestro italiano. Tampoco sensualidad contemplativa. De hecho, no se puede decir que sea la suya –hablamos de su penúltimo registro, tiene otros en diversos sellos– una versión muy francesa. Pero pocas pueden competir con ella en incisividad, tensión dramática y carácter tempestuoso, particularmente en una tormenta que pocas veces ha sonado tan encrespada. La arquitectura está trazada con enorme solidez, sin precipitaciones ni excesivo nerviosismo, y la claridad es siempre proverbial si salvamos las comprensibles limitaciones de la toma sonora. Solo hay que reprochar la falta de refinamiento de algunas frases y la fealdad tímbrica de la orquesta norteamericana, poco adecuada para esta música. (9)
3. Karajan/Orquesta Philharmonia (EMI, 1953). Seriamente constreñida por la toma sonora monoaural, y por ende en clara desventaja frente a los posteriores registros del salzburgués, el interés de esta interpretación se limita a constatar que ya antes de su etapa al frente de la Filarmónica de Berlín, también en este repertorio Karajan era capaz de modelar el sonido con una asombrosa plasticidad y de otorgarle una enorme brillantez sin caer en la vulgaridad o perder de vista el estilo. En cualquier caso, sus grabaciones ya estereofónicas ofrecerán también una mayor depuración sonora, voluptuosidad e inspiración, como también ciertos devaneos narcisistas aquí ausentes. (7)
4. Toscanini/Sinfónica de la NBC (Guild, 1953). La angulosa, incisiva y vibrante interpretación –magnífico el tercer movimiento, mucho menos los otros dos– incluida en este concierto dedicado íntegramente a Debussy aporta poco con respecto a la suya propia de estudio tres años anterior. De hecho, cosas del directo, está menos bien resuelta en algunos pasajes. Lo que interesan son los ensayos de La mer que completan el doble compacto: hora y media de un Toscanini con las ideas musicales muy claras y un humor de perros destrozando la autoestima de los miembros de su orquesta. Pura leyenda. Leyenda negra y verdadera, habría que añadir. (8)
5. Cantelli/Orquesta Philharmonia (EMI-Testament, 1954). Sólo un año después de la grabación con Karajan, la Philharmonia vuelve a la obra con una toma sonora también monofónica pero bastante superior en relieve y presencia sonora. Y lo hace dirigida por un joven director –fallecería poco más tarde en un accidente aéreo– que ofrece una visión muy distinta de la partitura, menos perfecta en lo técnico, menos concentrada –particularmente en el segundo movimiento, demasiado rápido–, no tan brillante, pero también más espontánea, trazada con mayor naturalidad, más cálida y más comunicativa. Tampoco encontramos con Guido Cantelli el nervio y la incisividad de su maestro Toscanini, y sí una buena dosis de luminosidad mediterránea. (8)
6. Inghelbrecht/Orquesta Nacional de la ORTF (Testament, 1954). Impagable testimonio de un director que, al frente de la orquesta que él mismo había fundado veinte años atrás, pudo tener la ocasión de defender la obra debussyana con la presencia y respaldo del propio compositor. Es verdad que en general hay un poco de más nerviosismo de la cuenta y que, por ende, algunos pasajes podrían estar más paladeados, pero hay que descubrirse ante la maleabilidad con que domina los diferentes volúmenes orquestales, atendiendo especialmente a la superposición de estratos sonoros; ante la portentosa riqueza de colorido –maderas muy francesas–; ante la amplia pero en absoluto caprichosa flexibilidad del fraseo; y no digamos la comunicatividad que desprende esta lectura, de una inflamación “romántica” –apasionadísima tormenta– que echa por tierra los tópicos. Eso sí, en lo que a virtuosismo orquestal se refiere, cosas mejores se han escuchado. El sonido de la recuperación de Testament, obviamente monofónico, resulta muy satisfactorio. (9)
7. Munch/Sinfónica de Boston (RCA-Sony, 1956). El tiempo no le ha sentado bien a esta prestigiosa grabación. El maestro galo acierta con el colorido exacto que debe tener esta obra –las maderas de Boston suenan francesas a más no poder– y sabe tejer la atmósfera brumosa y sensual propia de una recreación ortodoxa de la página, pero la planificación no siempre resulta depurada y en el fraseo se alternan momentos de admirable concentración con otros –los más– excesivamente nerviosos y dichos un tanto de pasada. La toma sonora, fabulosa para la época, recupera los tres canales originales en la edición de RCA en SACD. Desconocemos cómo suena el reprocesado, ya en CD normal, realizado en fechas recientes por Sony. (8)
8. Van Beinum/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1957). Con notable sonido estereofónico recupera la serie Eloquence esta interpretación en la que, aparte de asombrarnos ante la enorme calidad que ya por entonces exhibía la orquesta holandesa, podemos degustar una dirección ortodoxa, muy centrada en el estilo, atenta tanto a la sensualidad como a los aspectos más escarpados de la obra. Falta en cualquier caso una inspiración más elevada en el primer movimiento, y sobra cierto carácter verbenero y precipitado en la coda del tercero. Aun así, el nivel global es elevado y no podemos dejar de aplaudir el cuidadoso y muy atractivo tratamiento de las texturas del segundo movimiento. (8)
9. Reiner/Sinfónica de Chicago (RCA, 1960).Arranca Reiner con enorme lentitud, tanto que a los
primeros atriles les cuesta un poco de trabajo seguirle. Poco a poco se va descubriendo
cómo el maestro de Budapest renuncia a ser él mismo en búsqueda de un lenguaje menos
“romántico” para esta música, menos basado en el temperamento y más atento a
texturas, líneas difuminadas, timbres no demasiado incisivos, silencios de alto
valor plástico –el espacio entre las pinceladas de la pintura impresionista– y
elevada sensualidad. En Juego de olas abandona lentitudes, pero no a la
concentración del fraseo al estudio refinado del entramado orquestal. El Reiner
se siempre aparece en el movimiento conclusivo, pero alternándose con esos
momentos de enorme lentitud que ya conocimos en el primero; el maestro consigue
fusionarlos gracias a un dominio increíble de las transiciones, y solo hay que
lamentar que la coda carezca de fuerza y se vea constreñida por la estrecha
gama dinámica de una toma que, por lo demás, se ha conservado bien. (9)
10. Mitropoulos/Sinfónica de la Radio de Colonia (Ica Classics, 1960). Independientemente de las palmarias insuficiencias de la formación renana, ese gran maestro que fue Dimitri Mitropoulos evidencia aquí un grave despiste no ya por mostrarse incapaz de sintonizar con el estilo de Debussy ni de destilar magia poética, sino también por frasear con excesiva rapidez y sin concentración, carecer de sensualidad, por desatender a los silencios, planificar con brusquedad y hasta brocha gorda las transiciones, no otorgar continuidad en el discurso... Para qué seguir. El primer movimiento muestra las referidas deficiencias en toda su crudeza. El segundo es irregular y ofrece momentos aceptables. En el tercero, animado y vistoso, resulta interesante: el de Atenas parece sentirse mucho más a gusto desatando tempestades que contemplando las suaves ondas marinas. Una semana más tarde sufriría un infarto interpretando la Tercera de Mahler con esta misma formación, falleciendo pocos días después. La toma de este testimonio es estereofónica y resulta suficiente. (5)
11. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1961). Habida cuenta de que la batuta de Lenny a principios de los sesenta acostumbraba a pecar de escaso refinamiento y extroversión excesiva, podría esperase un desastre en una obra tan delicada como La mer. Pues miren ustedes, no es así: el tratamiento de la orquesta es cuidadoso, mientras que el enfoque impulsivo, más espontáneo que cuidadosamente planificado y en buena medida dionisíaco es aquí tanto limitación como virtud, porque a despecho de algunos momentos en los que las tensiones no se han calculado bien –muy flojo el final del primer movimiento–, la libertad agógica responde a un instinto musical de primerísimo orden que consigue hacernos oír ondulaciones, brisas y tormentas con una inmediatez irresistible. Eso sí, el enfoque es indisimuladamente "romántico": nada de pinceladas vaporosas ni de contemplaciones estáticas. La toma se ha conservado bien: la gama dinámica es aceptable y hay suficientes graves. (8)
12. Giulini/Orquesta Philharmonia (EMI, 1962). Acertó Walter Legge al poner en esta ocasión al frente de su orquesta, que por entonces aún era la mejor del orbe, a alguien en principio muy ajeno al mundo impresionista como Giulini. Y es que el joven director, algo distante en lo expresivo y desde luego muy alejado de la incisividad, el nervio y el carácter visionario de un Toscanini, demostró una admirable sintonía con el mundo sonoro de Debussy, particularmente con su concentración, su ambigüedad y su sentido del misterio, ofreciendo una atmosférica interpretación en el que logra la cuadratura del círculo al compaginar el sentido brumoso y difuminado de las texturas, tratadas de un modo asombroso, con una gran claridad y una impecable lógica constructiva. Impecable la orquesta, sobresaliendo un percusionista que logra hacer sonar la espuma del mar en los platos como pocas veces se ha escuchado. (9)
13. Munch/Sinfónica de Boston (DVD Vai, 1962). La interpretación se parece a la realizada en estudio seis años antes: el estilo es irreprochable, pero se alternan momentos de extraordinaria plasticidad con otros algo nerviosos, o sencillamente desaprovechados. Quizá ahora la concentración, y por ende la inspiración, es superior a la de entonces, aunque en contrapartida la ejecución, al ser en público y no susceptible a las mejorías del estudio, resulta mucho menos depurada. A la impresión de desequilibrio sonoro contribuye la toma de los micrófonos de la televisión, a todas luces insuficiente. La imagen es solo aceptable, y la realización se centra más en la orquesta que en el maestro. (7)
14. Szell/Orquesta de Cleveland (Sony, 1963). Trabajo de verdadero orfebre el que aquí ofrece el maestro de Budapest, que con técnica espléndida va clarificando todo y cada uno de los recovecos tímbricos y melódicos de esta página sin perder la unidad en el trazo ni al sentido impresionista de las texturas. Por desgracia, y como era de esperar, su temperamento adusto y su tendencia a ser excesivamente literal con las notas, le impide destilar esa sensualidad, esa capacidad fascinadora y esa magia poética que esta música necesita, particularmente en un primer movimiento en exceso prosaico. La toma sonora ha sido recientemente restaurada en alta resolución y se mantiene bien, pese a quedarse algo corta en gama dinámica. (8)
15. Ansermet/Orquesta de la Suisse Romande (Decca-Newton, 1964). Una explosión de vida y color por parte de un Ansermet
entusiasta a más no poder que maneja a su orquesta –ideal para este
repertorio– con admirable plasticidad, haciendo gala de un espléndido
dominio de las transiciones y, sin menoscabo de lo extrovertido del
enfoque, un aliento muy sensual y adecuada atmósfera. Si los resultados
no están a la altura de las grandes recreaciones de la obra es porque el
maestro no solo va algo más rápido de la cuenta, sino que frasea con
excesivo nerviosismo, sin la concentración y la poesía deseables,
particularmente en el primer movimiento. Como detalle muy discutible, la
trompeta en primer plano cerca del final, que parece decisión del
maestro antes que de los ingenieros de sonido, responsables de una toma
con distorsiones pero muy digna que ha sido bien recuperada en HD. (8)
16. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1964). Por fin con una toma sonora a la altura de las circunstancias, el
salzburgués demuestra su condición de alquimista del sonido con una
interpretación opulenta en lo sonoro –también más masiva de la cuenta–,
refinada e impactante al mismo tiempo, si bien más preocupada por
impactar con los grandes contrastes sonoros que por desplegar poesía, y
también -minuto y medio más rápida que su registro once años anterior-
un punto desconcentrada, algo más nerviosa de la cuenta, y no siempre
todo lo bien clarificada que debiera, aunque en cualquier caso muy
cálida y comunicativa. Los ingenieros de sonido, certeramente, optaron
por un volumen muy bajo para recoger bien la enorme gama dinámica
exhibida por el maestro. Buena la recuperación en HD. (8)
17. Boulez/New Philharmonia (CBS, 1966). No hay en
esta recreación nada de atmósfera, sensualidad o hedonismo, y sí mucho de
claridad en la pincelada –el colorido es siempre incisivo, no difuminado–, de
objetividad y de riguroso análisis. Contra lo que se pudiera pensar eso no
significa asepsia, porque la fuerza interna de la arquitectura,
milimétricamente planificada y por completo ajena a cualquier devaneo sonoro,
es implacable. La tensión interna se masca en todo momento, e incluso hay -en
estas y en otras aproximaciones a este repertorio del relativamente joven
Boulez, que por entonces contaba cuarenta y un años- un cierto grado de
vehemencia, incluso de garra dramática, que desmiente el tópico de frialdad que
se le suele atribuir al artista. Una lástima que a la toma le vaya haciendo falta
un nuevo reprocesado. (9)
18. Barbirolli/Orquesta de París (EMI, 1968). Lejos del dramatismo que suele caracterizar a su batuta, Sir John se
toma las cosas con calma (26’10’’) y ofrece una lectura madura, reposada
y reflexiva, sensual sin caer en el hedonismo y analítica sin perder
ese carácter difuminado de la pincelada tan fundamental en este
repertorio. El tratamiento de las texturas es mágico, y la poesía mucho
antes abstracta que descriptiva que el maestro es capaz de extraer nos
fascina de principio a fin. Pueden preferirse enfoques más vibrantes,
con mayor electricidad y tensión interna, pero dentro de esta línea el
resultado es digno de toda admiración. Si en la anterior encarnación en
compacto el sonido dejaba bastante que desea, tras el reprocesado de
2020 suena con carnosidad y relieve suficientes como para disfrutar
muchísimo de la audición. (9)
19. Stokowski/Sinfónica de Londres (Decca, 1969). Octogenario como lo era Toscanini cuando realizó sus últimos registros de la obra, el no menos mítico Leopold hizo aquí gala de su portentoso sentido del color –incisivo, nunca difuminado–, de su dominio de la masa orquestal y de su proverbial creatividad. Como resultado, y apoyado en este sentido por la toma de sonido tan espectacular como artificial del sistema Phase 4, se escuchan muchas cosas nuevas en la partitura; al menos, se las escucha de manera diferente. Ahora bien, son tantas las libertades en el fraseo –a veces cayendo en narcisismos y detalles de dudoso gusto– que la arquitectura horizontal se viene abajo, perdiéndose el sentido de fluidez y continuidad fundamentales en esta música. (7)
20. Martinon/Orquesta Nacional de la ORTF (EMI, 1973). El maestro francés ofrece una interpretación de absoluta ortodoxia en
el estilo, en el punto justo de equilibrio entre sensualidad y agilidad,
entre fluidez y nervio, atenta a las texturas pero también a
angulosidades y a asperezas –descarnada la tímbrica de los
metales, que tampoco son muy allá–, construida con enorme lógica,
naturalidad y sentido de lo curvilíneo, cuidadosa con texturas y
detalles, aunque un tanto irregular en su inspiración. Al final del
primer movimiento, por ejemplo, se llega de manera algo anodina y sin
suficiente carácter visionario, mientras que el final no alcanza la
electricidad que logran ofrecer otros directores. La orquesta también se
queda corta, aunque al menos ofrece esas peculiaridades tímbricas en
las maderas propias de las formaciones francesas de otros tiempos. La
primera remasterización sonaba regular. La nueva en alta resolución resulta más
satisfactoria, pero tampoco logra soslayar las limitaciones de la
original. Sería interesante que EMI recuperase las cintas originales
cuadrafónicas. (9)
21. Svetlanov/Sinfónica de Londres (BBC, 1975). Esta toma en vivo de calidad solo aceptable nos trae a un Svetlanov de cuarenta y seis años, lejos todavía de su madurez artística pero con manifiestas ganas de hacer música y de seducir al espectador con una admirable mezcla de brillantez sonora y de dominio del color que da como resultado una interpretación vistosa y atractiva, pero más bien epidérmica, en el que fraseo resulta en exceso apremiante y no se terminan de conseguir la fluidez, la naturalidad y la sutileza en el desarrollo horizontal que esta música pide. La acústica del Royal Festival Hall tampoco permite apreciar del todo el tratamiento de texturas y planos sonoros. (7)
22. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1976). Como exhibición de virtuosismo de batuta y orquesta el resultado es asombroso, pues como siempre Sir Georg resulta impresionante a la hora de ofrecer extroversión y espectacularidad, pero en esta ocasión el maestro se muestra un tanto superficial y desconcentrado, incluso algo expeditivo. Dentro del alto nivel de la interpretación, se queda a medio camino. Suena estupendamente, eso sí. (8)
23. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1976). Una orquesta de virtuosismo y musicalidad de la mayor altura, dirigida por una batuta analítica, rigurosa y equilibrada, dan como resultado una lectura a la que le falta un punto de genialidad, pero que asombra por su minuciosa planificación, perfecta ejecución, meridiana claridad e implacable manera en la que se acumulan las tensiones hasta culminar en un final impactante. A destacar el modo en que el director holandés subraya el contraste entre un primer movimiento particularmente estático y un segundo inquieto pero en absoluto precipitado. (9)
24. Ormandy/Orquesta de Filadelfia (DVD Euroarts, 1977). La excelencia de la orquesta y la técnica de Ormandy para construir el edificio sonoro están fuera de toda duda, pero la poesía e inspiración brillan por su ausencia: la rutina se impone. La toma sonora es muy turbia. (6)
25. Karajan/Filarmónica de Berlín (EMI, 1977). Obsesionado por la tecnología, Karajan registró en los setenta para EMI gran parte de su repertorio ya grabado en la década anterior para DG solo para beneficiarse del sistema cuadrafónico. Le salió el tiro por la culata, y en poco tiempo se pasó a la novedad de lo digital. En cualquier caso, esta interpretación de la obra maestra de Debussy es muy diferente de la de 1964, al ralentizar de manera considerable los tempi (25’33'': la más lenta de sus lecturas) y al sustituir la extroversión y el relativo nerviosismo de entonces por una serena concentración que le permite paladear la obra con gran primor haciendo gala de su capacidad para coloridos, texturas y detalles varios. Desgraciadamente, los resultados no solo no son más convincentes, sino que han perdido su inmediatez y comunicatividad anterior para ofrecer un perfeccionista, gélido e insincero ejercicio de virtuosismo sonoro. Los ingenieros de sonido, al optar por un volumen increíblemente bajo, logran recoger la gama dinámica extrema marca de la factoría Karajan: sería interesante que EMI recuperase la cuadrafonía original. (7)
26. Maazel/Orquesta de Cleveland (Decca, 1977). El
maestro norteamericano deslumbra con su capacidad para aunar limpieza en la
ejecución, sentido del color y brillantez en una lectura alejada de los tópicos
impresionistas, pletórica de virtuosismo y muy atractiva por su efervescencia,
pero más rápida de la cuenta en los dos últimos movimientos y, en general,
lastrada por cierta falta de concentración o, al menos, de magia poética.
Admirable el trabajo de los ingenieros de Decca. (8)
27. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD DG y Stage+, 1978). Por descontado que las sonoridades son opulentas en exceso y que el hedonismo resulta evidente; también habría que añadir que algunos pasajes podían estar aún más matizados. Sin embargo, son asombrosas la plasticidad, belleza y riqueza tímbrica que extrae de la orquesta un Karajan aquí más intenso que en sus otras interpretaciones, de tal modo que esta quizá sea la mejor de todas ellas. (9)
28. Barenboim/Orquesta de París (DG, 1978). Un todavía joven Daniel Barenboim se enfrenta a La Mer haciendo gala de enorme capacidad técnica –todo se encuentra muy bien planificado y expuesto–, irreprochable gusto y, sobre todo, gran vehemencia expresiva. Es la suya una interpretación ardiente, contrastada y de considerable sentido teatral, no por ello exenta de sensualidad ni de carácter curvilíneo en el trazo, pero ante todo intensa, extrovertida y llena de pasión “romántica”. Ese es justamente su punto discutible: resulta una lectura más “emocionante” que sugerente, antes epidérmica que reflexiva. Engancha de principio a fin, pero el de Buenos Aires realizará acercamientos más redondos en el futuro. La toma se ha conservado francamente bien. (8)
29. Giulini/Filarmónica de Berlín (Testament, 1978). Interpretación con toda la calidez, sensualidad y colorido esperable en este repertorio, pero también con una corpulencia sonora y una tensión interna que pueden resultar algo “románticas”: ¿influencia de Karajan, con quien la orquesta había filmado la obra unos meses atrás? En cualquier caso el fraseo es de una morbidez y belleza extremas, como también lo son el manejo de la agógica y el tratamiento de las texturas. Mágico el pasaje de calma antes del explosivo final. (9)
30. Giulini/Filarmónica de Los Ángeles (DG, 1979). Aunque el concepto sigue siendo contemplativo, brumoso y estático, y el maestro sigue haciendo gala de su particular dominio de las texturas –hay tejidos de las maderas en el segundo movimiento que se escuchan aquí como nunca–, con este segundo registro en estudio Giulini ya termina de sustituir la relativa frialdad de su grabación para EMI por un acercamiento más expresivo, más emotivo, también más creativo y personal, marcado en gran medida por la amplia cantabilidad que caracteriza a la batuta. La toma sonora es ya de muy buena calidad, pero la orquesta, obviamente, no es la Filarmónica de Berlín del año anterior. (9)
31. Celibidache/Sinfónica de la Radio de Stuttgart (DG, 1980). Ya desde el mágico arranque se evidencia que no nos vamos a encontrar ante una interpretación “normal”. Así va a ser, pero no solo por la lentitud de los tempi –relativa: más tarde Celi irá mucho más lento aún–, sino también por la increíble poesía que destila el maestro con su fraseo flexible e imaginativo, con la plasticidad de su tratamiento orquestal, con su manera de revelar las texturas y, sobre todo, con la embriagadora concentración que alcanza en determinados momentos clave, como pueden ser los citados primeros compases, el final del segundo movimiento o el pasaje de calma que precede al final. Todo ello dentro de una línea particularmente estática que, sin desdeñar precisamente el carácter tempestuoso del tercer movimiento, tiene poco que ver con la línea de un Toscanini o, en tiempos más recientes, un Sinopoli o un Muti. Lástima que la toma radiofónica no recoja a la orquesta con la claridad deseable. En cualquier caso, y salvando las limitaciones del conjunto alemán, esta es quizá la más admirable dirección de todas, incluida la posterior del propio Celibidache. Imprescindible. (10)
32. Tilson Thomas/Orquesta Philharmonia (Sony, 1982). Tras Karajan, Cantelli y Giulini, la Philharmonia vuelve a la carga con un maestro norteamericano todavía joven que ya años atrás –en Images– había demostrado su enorme sintonía con el mundo de Debussy. Aquí ofrece, junto a unos magistrales Nocturnos, un Mar de admirable ortodoxia impresionista, perfectamente delineados, dichos con elegancia y concentración, ciertamente, pero también con vivacidad, colorismo y una enorme capacidad para comunicar, siempre en el punto justo de equilibro entre control y espontaneidad. Le falta un grado extra de inspiración, como también un trabajo más atento a clarificar texturas: determinadas líneas no se captan del todo bien. Y esto último no es solo culpa de una toma sonora que, realizada a un volumen bajísimo para garantizar amplia gama dinámica, presenta desequilibrios que empañan gravemente los finales de los movimientos extremos. (9)
33. Previn/Sinfónica de Londres (EMI, 1983). Poética y comunicativa traducción de irreprochable idioma que destaca por su sensualidad y carácter atmosférico, más que por nervio o brillantez. Podía ser aún mayor la claridad, como también el carácter visionario del final. Lamentablemente se ve perjudicada por una toma sonora menos buena de lo que debiera, como por desgracia era habitual en EMI a principios de los ochenta. (9)
34. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1985). Realmente hay que descubrirse ante el grado de elegancia, refinamiento, plasticidad en el manejo de las texturas y capacidad para embriagar con el colorido más sensual posible del último Karajan, un auténtico mago de la alquimia sonora, pero aquí hace de anciano director y resulta no solo en exceso preciosista, como en él tantas veces resulta habitual, sino también un punto otoñal, incluso decadente. La toma sonora, de enorme calidad tímbrica, no ofrece toda la gama dinámica posible. (8)
35. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD Sony y Stage+, 1986). En principio esta es la versión en vídeo del audio recién comentado, pero la web oficial dedicada a Karajan nos aclara que no es exactamente así: el CD corresponde a diciembre de 1985 y la filmación a febrero de 1986. Claro que, conociendo cómo se las gastaba el de Salzburgo, podría ocurrir que en el estudio se hicieran montajes diversos procedentes de una y otra fecha; incluso nos podríamos encontrar ante un monumental playback de sus músicos frente a audios diversos. En cualquier caso, la interpretación no parece en principio la misma: más que decadentismo, aquí lo que se aprecia es cierta falta de concentración en determinados momentos clave, aunque todo ello dentro de un nivel altísimo en el que la depuración sonora se convierte en protagonista. (8)
36. Ashkenazy/Orquesta de Cleveland (Decca, 1986). Toma de altísima
calidad –a volumen muy bajo, y por ende con enorme gama dinámica– para
una interpretación de enorme nivel técnico pero un tanto irregular en lo
expresivo. Tras un primer movimiento espléndido en su ortodoxia
impresionista, aunque quizá no todo lo concentrado que debiera, ofrece
un segundo excesivamente nervioso en el que hay que apreciar un
espléndido tratamiento de las texturas, desplegando rico colorido y
adecuada incisividad, en el que incluso se pueden apreciar líneas que
por lo general pasan desapercibidas. En el tercero se alternan pasajes
muy notables con otros más espectaculares que otra cosa, aunque la
extroversión, la garra y las ganas de comunicar de un director de
conocida vehemencia sobre el podio, en perfecta armonía con las
posibilidades de la extraordinaria orquesta norteamericana, terminan
ganando la partida. (8)
37. Frühbeck/Sinfónica de Londres (Pickwick-LSO, 1988). El maestro burgalés se desenvuelve estupendamente dentro de la estricta ortodoxia impresionista y ofrece una notable recreación, no muy poética pero sí sensual, curvilínea y bien trazada, a despecho de algún pasaje resuelto de manera poco convincente –transición al final del primer movimiento– y de alguna brutalidad –final del último– marca de la casa. En cualquier caso, el problema es una toma sonora turbia y de gama dinámica exagerada, hasta el punto de que los fortísimos resultan molestos y parecen (¿están?) trucados. (7)
38. Sinopoli/Orquesta Philharmonia (DG, 1988). Como era de esperar, esta partitura supone una oportunidad perfecta para que el veneciano despliegue su portentoso sentido del color y de las texturas, así como su fraseo flexible, vibrante, incisivo y un punto nervioso, características que aquí resultan ideales para una lectura que subraya los aspectos más hoscos y dramáticos, incluso tenebrosos. La irreprochable actuación de la orquesta y una soberbia toma sonora terminan de redondear una versión que, siendo poco ortodoxa en su enfoque y por ende discutible, deslumbra de principio a fin. O casi: los timbalazos del final resultan excesivos. (10)
39. Bernstein/Academia de Santa Cecilia (DVD CMajor, 1989).Tomándose tantas o más libertades que en aquella
grabación neoyorquina de 1961, Lenny nos ofrece una recreación muy distinta a
aquella. Ahora sí demuestra un buen dominio del lenguaje impresionista,
alejándose de la extroversión y el nervio de entonces para pintar un lienzo
atmosférico, cálido y rico en sugerencias mediante una pincelada fina pero muy
bien calculada con la que pone en serio aprietos a una orquesta globalmente
discreta y con algunos primeros atriles que dejan que desear. El problema es el
último Bernstein se dejaba querer demasiado a sí mismo, y que con tantos
matices se pierde la direccionalidad del discurso, no siempre bien tensado y por
momentos un tanto artificioso, lo que no impide que haya momentos mágicos –la
sección de calma antes del final– propios de una batuta genial. La edición
paralela en CD editada por DG no merece la pena: lo interesante es ver al
maestro dirigiendo, auténtica borrachera para la vista. (7)
40. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1989). Al director suizo le falta –como le ocurre tantas veces– ese punto de personalidad, creatividad y compromiso expresivo que necesita para ofrecer una lectura de primerísimo orden, pero aun así resulta difícil imaginar una recreación más irreprochable en lo estilístico, tan en su punto justo de equilibrio entre evanescencia y nervio, tan fluida y natural en su desarrolla, tan rica en el color, tan elegante y al mismo tiempo tan alejada de narcisismos, tan lógica en su desarrollo y tan comunicativa. Una toma sonora de lujo redondea la que, por su alto nivel de ejecución e inspiración dentro de una línea ortodoxa, tal vez sea la mejor opción para quienes por primera vez se acerquen a semejante obra maestra. (9)
41. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1991). No hay novedad con respecto a la grabación realizada por los mismos intérpretes en 1976. Todo se encuentra expuesto con una depuración extrema, trazo absolutamente natural –orgánico y flexible, pero sin preciosismos–, vehemencia controlada y un sentido de la brillantez que no empaña el gusto más exquisito, aunque sin terminar de profundizar en los aspectos más misteriosos, léase más modernos, de esta música genial. Lejos de leer entre líneas, Solti va al grano y trata la pieza como una pieza “romántica”, como un gran tríptico teatral en el que los aspectos más vistosos y extrovertidos de la música son los que más se benefician de semejante enfoque. A descubrirse ante la ingeniería de sonido, que optó sabiamente por un volumen bajo para garantizar la máxima gama dinámica (¡cuidado con los vecinos!) y no se empeña en colocar las arpas o algunos instrumentos de percusión en primer plano. (9)
42. Celibidache/Filarmónica de Múnich (EMI, 1992). Ralentizando los tempi de manera considerable no solo con respecto a su grabación radiofónica en Stuttgart, sino a lo que dicta el sentido común, el rumano ofrece una recreación un punto menos poética que la citada, sin tanta magia, pero más clara, más didáctica, en la que se pierde ya por completo cualquier sentido narrativo y nos encaminamos hacia el terreno de la pura abstracción. Trazando un paralelismo pictórico, diríamos que nos hemos acercado al lienzo todo lo posible y nos quedamos no ante la vibración lumínica del conjunto sino ante la fuerza parcial de cada una de las pinceladas, que aparecen ahora no entremezclada por nuestra retina sino perfectamente diferenciadas; o que nos encontramos aquí no ante el impresionismo de los años setenta sino frente al Monet tardío, el de los nenúfares que pierden casi toda referencia al mundo sensible para acercarnos a una realidad esencializada basada únicamente en las sensaciones del color. En cualquier caso, el resultado es fascinante. (10)
43. Svetlanov/Orquesta Philharmonia (Collins, 1992). He aquí un Svetlanov ya maduro que, lejos de la extroversión un tanto superficial de su testimonio londinense comentado con anterioridad, ofrece una versión aquilatada, sensata y de absoluta ortodoxia, solida en el trazo, correctamente tratada en las texturas y de perfecto equilibrio entre estatismo y vivacidad, entre sensualidad contemplativa y tensión interna, a veces muy bien paladeada –final del segundo movimiento, pasaje en calma del tercero– y dirigida hacia los clímax con naturalidad, sin caer en excesos. Resulta, eso sí, un tanto impersonal y no del todo poética, incluso algo pálida, lo que en parte puede deberse a una toma sonora que acierta en la tímbrica, pero a la que le faltan espacio, cuerpo y relieve. (8)
44. Boulez/Filarmónica de Nueva York (YouTube, 1992). Esta filmación de procedencia japonesa tiene el interés de poder ver dirigir al maestro, pero no solo suena mucho menos bien que la portentosa grabación de Boulez realizada un año más tarde en Cleveland, sino que nos muestra al genial creador francés un tanto irregular en la concentración, a veces un tanto precipitado, incluso excesivo en el final. El resultado es una lectura bulliciosa y con nervio, pero por completo carente de sensualidad, de atmósfera y de magia poética. Eso sí, como radiografía sonora es espectacular. (7)
45. Boulez/Orquesta de Cleveland (DG, 1993).Boulez sigue en esencia siendo el mismo, pero las
cosas han cambiado en los veintisiete años que han transcurrido desde su
anterior grabación. Las sonoridades son más leves, más propiamente francesas.
El fraseo es ahora menos tenso, más flexible y más natural, concediéndose a la
música mayor espacio para respirar. La luz del día ilumina más intensamente las
irisaciones marinas, incluso permite que aflore cierto lirismo sin que al
maestro –por descontado– se le mueva un pelo. Pero también hay mayor espacio
para la ambigüedad: paradójicamente, se pierde todo carácter narrativo y se
avanza en abstracción. Ahora sí se puede decir que Boulez hace un Debussy que,
por completo ajeno a cualquier tipo de referencia extramusical, se encuentra
mirando a la música contemporánea. Es cierto, pero habría que concretar: a la
línea que comienza con Jeux del
propio Debussy y llega, claro está, hasta Boulez himself. La toma sonora es de
esas que hacen historia. (9)
46. Svetlanov/Orquesta Sinfónica Estatal (Great Hall, 1993). Una toma sonora problemática y realizada a un volumen terriblemente bajo impide apreciar la riqueza de colorido y la enorme plasticidad de la batuta de un Svetlanov aquí bastante irregular que, junto a pasajes muy logrados y algún que otro hallazgo, evidencia faltas de concentración, momentos resueltos de modo poco convincentes y algún que otro narcisismo que rompen la unidad del discurso. A la orquesta, en absoluto a la altura, le cuesta trabajo seguirle. (7)
47. Muti/Orquesta de Philadelphia (EMI, 1993). Adoptando una visión cercana a la de Toscanini, esto es, ofreciendo un mar antes tempestuoso y visionario que sensual, pero añadiendo una dosis mucho mayor de depuración sonora, concentración en momentos clave y creatividad que su mítico y admirado compatriota, Muti construye una interpretación de increíble solidez en el trazo, asombrosa claridad –se escucha absolutamente todo, y sin necesidad de recurrir a lentitudes celibidachianas– e insólita perfección técnica que, además, resulta tan comunicativa como poética y posee una irresistible garra dramática. Imprescindible. (10)
48. Muti/Sinfónica de la Radio Bávara (YouTube, 1993). Interpretación de corte parecido a la suya propia con Philadelphia del mismo año. Quizá da la impresión de que aquí la dosis de electricidad y carácter visionario es algo menor, pero el efecto podría deberse a la muy comprimida gama dinámica de la trasmisión televisiva. A destacar, el cualquier caso, el carácter encendido del segundo movimiento –más bien plácido para la mayoría de las batutas– y la manera en que el milanés sabe aunar carácter sensual y temperamento. El audio sigue en YouTube, pero el vídeo ha desaparecido; una pena, porque era todo un placer ver dirigiendo al maestro napolitano. (9)
49. Giulini/Orquesta del Concertgebouw (Sony, 1994). Aunque han pasado quince años, el maestro italiano no ha variado mucho su visión con respecto al testimonio en Los Ángeles. Esta nueva realización es menos clara, más brumosa, quizá más sensual y hermosa aún. La orquesta es mejor, claro está. Quien busque una versión mayormente otoñal, esta es la suya. Lo de Celibidache, por concepto, es otra cosa. (9)
50. Salonen/Filarmónica de Los Ángeles (Sony, 1996). Aun sin llegar el nivel del Fauno que le acompaña en disco, el maestro
finés pone en entredicho su merecida fama de frío y analítico con una
recreación embriagadora de sensualidad y de infinita poesía –no tanto en
el primer movimiento como en los dos siguientes–, increíble en el
dominio de las texturas, que se encuentra realizada, eso sí, mediante
una planificación horizontal y vertical de extrema minuciosidad y
sutilísima flexibilidad: ¡qué dominio de las transiciones, qué manera de
trazar la música como un todo orgánico y fluido! Todo aquí rezuma, como
en los cuadros de Matisse, calma y voluptuosidad, sin menoscabo de la
fuerza de una tormenta más atmosférica que fulgurante: la secuencia de
calma antes de la tempestad final resulta verdaderamente mágica.
Interpretación opuesta y complementaria a la de Muti, pues, que es
necesario conocer. Toma sonora no del todo clara, pero de una gama
dinámica y una redondez –tremendo registro grave– apabullantes. (10)
51. Maazel/Filarmónica de Viena (RCA, 1999). Como era de esperar, máxime teniendo a su servicio a una orquesta tan portentosa, Maazel hace gala de su técnica de batuta regalándonos una interpretación asombrosa por su plasticidad, riqueza de colorido y admirable tratamiento de las texturas. Por desgracia hay alguna frase un tanto redicha derivada del narcisismo marca de la casa, y además la planificación horizontal no está siempre cuidada: los finales de los movimientos extremos distan de convencer. (8)
52. Barenboim/Sinfónica de Chicago (Teldec, 2000). Veintidós años después de su grabación en París, Barenboim sigue evidenciando lo ardiente de su temperamento, pero esta vez enriquece su anterior aproximación equilibrando los aspectos más extrovertidos de la música con una mayor atención a la sensualidad, al timbre y a las texturas, haciendo gala de una asombrosa plasticidad en el tratamiento de la orquesta, pleno sentido orgánico en el fraseo y una extrema depuración sonora. Además, paladea mejor el segundo movimiento y el momento de calma del tercero. En cualquier caso, al final del primer movimiento –magníficamente planificado el ascenso hacia el mismo– se le podía pedir un poco más de carácter visionario, y por aquí y por allá hay alguna frase que podrí estar mejor aprovechada. La grabación es excepcional, una de las mejores de las que se ha beneficiado esta página, pero hay que poner el volumen bien alto para disfrutarla. (9)
53. Barenboim/Sinfónica de Chicago (TDK DVD, 2000). Esta filmación apenas aporta novedades con respecto a la de los mismos intérpretes para Teldec unos meses anterior. La grabación, asimismo de volumen bajo, ofrece con respecto a aquella la acústica de la Philharmonie de Colonia y la posibilidad de escucharla en multicanal. Puede ser preferible, pues, si se dispone de un equipo adecuado, pero que conste que el sonido de la grabación en Chicago era ya sensacional. (9)
54. Svetlanov/Orquesta Nacional de Francia (Naïve, 2001). Por fin Svetlanov con gran sonido –amplia gama dinámica, graves redondos–. Y además, el mejor Svetlanov posible, el de su última etapa –faltaba poco más de un año para su desaparición–, el más creativo y personal. Por eso su interpretación es tan distinta de las otras suyas comentadas. Lenta, expuesta con parsimonia celibidachiana, sensualísima –parece transpirarse la espuma del mar–, mágica en el dominio de la agógica y en la administración de los silencios… Pero también sujeta a algunas decisiones desconcertantes, incluso rebuscadas, y limitada por una orquesta que, al menos en este registro en directo, no es ninguna maravilla. Testimonio a conocer, en cualquier caso. (9)
55. Abbado/Orquesta del Festival de Lucerna (DVD Euroarts, 2003). Abbado abrió el concierto que presentaba al público la nueva Orquesta del Festival de Lucerna con unos Adioses de Wotan dirigidos de manera relamida y fuera de estilo, pero continuó con una asombrosa recreación de El martirio de San Sebastián y lo cerró con una espléndida de La mer: dionisíaca y extrovertida a más no poder, particularmente ágil y muy contrastada, danzante y alegre por momentos, también llena de nervio cuando debe, y
dotada de un sentido del color y de las texturas seguramente inigualado. Y qué decir de los primeros atriles, los Pahud, Meyer, Mayer y compañía, de su orquesta all-stars. ¿Por qué, siendo impresionante, no se sitúa al nivel de las más grandes? Porque necesita paladear más determinados pasajes, como la conclusión del primer movimiento o la calma antes de la tempestad, y sobra una coda vulgar y efectista a más no poder (¡Abbado de olvida del crescendo!) cuyo interés por el decibelio es potenciado por una toma sonora de incomparable gama dinámica. En este sentido, la pista en DTS es, con diferencia, la más sensacional toma sonora de la que se ha beneficiado esta obra si se la disfruta en un sistema surround. La edición paralela en compacto realizada por DG suena bastante menos bien. La plataforma Medici TV la ha recuperado con imagen muy superior, en calidad Blu-ray, pero de nuevo la toma sonora pierde muchísimo con respecto al multicanal del DVD. (9)
56. Rattle/Filarmónica de Berlín (EMI, 2004). Batuta y orquesta demuestran su soberbio virtuosismo en esta recreación de asombrosas texturas, infinito colorido –ayuda la toma sonora–, elevado sentido teatral y espíritu mucho antes juvenil y descriptivo, cinematográfico incluso, que atmosférico o meditativo. Si Rattle hubiera aportado madurez y hubiese evitado cierta tendencia al narcisismo, su recreación estaría entre las mejores. Aun así, irresistible. (9)
57. Jansons/Orquesta del Concertgebouw (RCO, 2007). Una pena que una orquesta de semejante calidad y una toma sonora tan admirable resulten desaprovechadas por una batuta sin duda incandescente, teatral y vistosa, pero por completo ajena a la poesía y, andando muy despistada en lo estilístico, propicia a hacer sonar todo fuerte, masivo y contundente. Los excesos de la percusión resultan de vergüenza ajena. En cualquier caso mejor los dos últimos movimientos que el primero, realmente flojo. Menos mal que los holandeses ponen de su parte para compensar las limitaciones del director. (7)
58. Abbado/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2009). Increíble demostración de virtuosismo de batuta en lo que a claridad, colorido y sentido de las texturas se refiere, en una versión animada, luminosa, ágil, sin especial densidad, mucho antes pintoresca que reflexiva, y en conjunto magnífica, en realidad muy similar a la que el milanés grabó con la Orquesta del Festival de Lucerna, y que como aquélla que solo saca los pies del plato en la efectista coda final. La grabación ofrece un volumen más bajo de la media habitual en la web en la que se puede visionar. (9)
59. Gergiev/Sinfónica de Londres (LSO Live, 2009). En esta ocasión el tantas veces mediocre Gergiev no solo no se precipita ni cae en la tosquedad, sino que se muestra –en general– bastante idiomático, trata con cuidado las texturas y encuentra la inspiración poética. Por desgracia, y junto a un espléndido segundo movimiento, nos ofrece un primero con narcicismos y rebuscamientos varios –frases excesivamente lánguidas, pianísimos inaudibles, pausas interminables– y un tercero donde hace gala de su habitual teatralidad y brillantez sonora, pero también de su tendencia al efectismo con variados excesos en la percusión. La toma sonora recoge a la perfección los enormes contrastes dinámicos planteados por el director ruso. (7)
60. Chung/Filarmónica de Seul (YouTube, 2009). Aunque se encuentra entre paisanos, el veterano maestro de Corea saca a relucir su enorme experiencia con la música francesa para ofrecer, con su batuta ágil, detallista, clarificadora y un punto nerviosa, una recreación de irreprochable idioma, brillante cuando debe, rica en el colorido y las texturas, también muy elegante –esto último quizá por momentos demasiado–, a la que le falta redondear un poco el trazo del primer movimiento, que tampoco resulta todo lo evocador que debería. La filmación, llevada a cabo en formato 4:3 por un realizador poco experto, precede en varios meses a la grabación oficial de DG realizada con motivo de una gira internacional de la orquesta. (8)
61. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (YouTube, 2009): han pasado treinta y tres años, pero el maestro no ha cambiado un ápice su concepción de la obra –primer movimiento estático, segundo dinámico– ni, menos aún, su reconocida manera de enfrentarse a la música. Nos encontramos, así, pues, con una interpretación rigurosa, precisa y de increíblemente bien trazada arquitectura, por completo ajena a subjetividades –lo que también quiere decir a la creatividad– y no del todo poética, pero tan lógica y natural en sus planteamientos, tan exquisita en su musicalidad y tan equilibrada en su atención a tímbrica, ritmo y melodía que resulta imposible no considerar el resultado como un auténtico modelo diríase que ideal para quienes se acercan por primera vez partitura. Para profundizar en ella, lógicamente, hay otras opciones. La filmación es espléndida; lástima que a la toma, más atenta a la globalidad que al detalle, le falte un poco de cuerpo y de redondez en el grave. (9)
62. Salonen/Orquesta de París (YouTube, 2011). EuroArts pone a disposición de todo el mundo esta filmación en la que Salonen nos ofrece con una interpretación de tempi ortodoxos que se aleja por completo de las mágicas lentitudes de su grabación en estudio quince años anterior al tiempo que pierde buena parte de su concentración, de su sensualidad y de su fascinación poética. En cualquier caso, el perfecto dominio de la partitura del maestro finlandés está ahí, como también su soberbia técnica y la absoluta comodidad en este repertorio de la orquesta parisina, por lo que el resultado es una lectura más que notable que va de menos a más y finaliza con una tempestad por completo conseguida. Lástima que la toma adolezca de compresión dinámica. (8)
63. Van Immerseel/Anima Eterna (Zig Zag, 2011?). La arriesgada propuesta de interpretar este repertorio con instrumentos de época –de época de Debussy, se entiende– y con una articulación históricamente informada, unida a la extraordinaria sensibilidad tímbrica de Van Immerseel y al enorme refinamiento de su trazo se salda con una lectura de sensualísimo colorido y relevadoras texturas, fraseada con un carácter curvilíneo y elegante de lo más adecuado, pero también en exceso aérea, por momentos erróneamente ingrávida, adornada con detalles discutibles –los portamentos chirrían al oyente actual– y un tanto falta de garra, de carácter, de variedad expresiva. La levedad termina imperando, como también lo hacen los conocidos problemas del maestro belga a la hora de administrar tensiones. En el caso concreto de La mer, al final del primer movimiento le falta fuerza, y la tormenta queda por completo deslavazada. En contrapartida, el carácter irisado de la superficie del mar agitado por la brisa resulta fascinante. Soberbia la toma. (7)
64. Roth/Les Siècles (Actes Sud, 2012). El interés de recuperar las
sonoridades de la Francia de 1905, sus instrumentos y sus maneras de
articular, que no son ni más ni menos aquellas en las que pensaba el
compositor, resulta indudable. Otra cosa son los resultados, y los de
Franz-Xavier Roth terminan siendo parecidos a los de Van
Immerseel: interesantísimas las irisaciones de la brisa sobre la
superficie marina, pero globalmente la tendencia a la ingravidez –hay
incluso algún detalle relamido– puede disgustar a nuestra
sensibilidad actual, además de resultar inconveniente a la hora de
equilibrar los planos. ¿Seguro que a la “manera moderna” Debussy
no suena de manera más satisfactoria? En cualquier caso, si los
intérpretes más ortodoxos miran hacia el colorido sensual de un Monet,
Boulez hacia el mundo del puntillismo y Sinopoli a la angulosidad y la
intensidad cromática del fauvismo, no sé por qué vamos a rechazar que
Roth lo haga hacia la levedad de un Renoir. Y no se puede discutir que le ponga ganas al asunto y domine los recursos mejor que su colega
antes citado. Excelente la grabación, realizada en Roma. (8)
65. Dudamel/Filarmónica de Viena (DG, Schönbrunn 2012). La gran virtud
de esta interpretación eminentemente impresionista no es tanto el
refinamiento tímbrico –muy notable– como la sensualidad de un fraseo
ondulante y voluptuoso, dotado de una importante
flexibilidad que se ve bien acompañada por un excelente tratamiento de
las transiciones. No obstante, se echan en falta un mayor equilibrio
entre los planos sonoros –lo que posiblemente se debe a la toma
en vivo– y algo más de nervio y garra en algunas secciones, sobre todo
en el final. (8)
66. Nelsons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2012). El maestro letón ofrece una lectura no especialmente poética ni sensual, poco contemplativa pese al especialmente extático arranque y al muy conseguido episodio de calma ante de la tempestad final. La suya es, ante todo, fresca e inmediata, llena de nervio en el buen sentido, vibrante y con garra, de tímbrica variada e incisiva. Además, se encuentra dicha con un refinamiento y una finura por completo alejadas de lo preciosista y, por descontado, está tocada de fábula por una orquesta cuyos primeros atriles se muestran perfectos en estilo y expresión. Lástima que la toma sonora sufra un poco de compresión dinámica. (9)
67. Dudamel/Filarmónica de Los Ángeles (DG,
2013). Aunque el enfoque sigue siendo sensual e impresionista ante todo,
en esta recreación el maestro venezolano parece alcanzar mayor
incandescencia que el año anterior con la Filarmónica de Viena; por
ejemplo, en la sección central del segundo movimiento, en el tempestuoso
arranque del tercero y en todo el final, aun sin ser este el más
visionario posible. La toma sonora también es superior, así que
esta parece la opción adecuada para ver conocer el acercamiento de
Dudamel a la partitura. (9)
68. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2014). Recreación en la misma línea que la grabada por idénticos intérpretes diez años antes para EMI, esto es, descriptiva antes que poética, colorista antes que sensual, pero de un virtuosismo y una precisión asombrosas, de excelente trazo global al tiempo que enorme atención al detalle –sobran algunas indicaciones algo preciosistas– y una comunicatividad irresistible. ¿Algo superficial? Puede, pero el resultado engancha por completo. Disponible aquí. (9)
69. Valčuha/Sinfónica de la Radio de Frankfurt
(YouTube, 2016). Demuestra el maestro eslovaco una enorme técnica a la hora de
planificar dinámicas y, sobre todo, de plantear grandes juegos agógicos como los
que pide esta partitura. Tampoco anda mal de imaginación, al menos en el tercer
movimiento –alguna frase de atractiva carnalidad, también algún detalle
rebuscado–, pero globalmente se echa de menos esa magia poética que han
conseguido los más grandes directores. La orquesta, siendo más que notable, tampoco
posee las calidades tímbricas de las grandes formaciones europeas y
norteamericanas. (8)
70. Gatti/Orquesta del Concertgebouw (Blu-ray RCO y YouTube, 2017). Curvilínea,
brumosa y sensual mucho antes que incisiva o electrizante la lectura de
un Gatti que modela a la orquesta con enorme refinamiento y domina de
maravilla las transiciones con la intención de moverse dentro de la más
estricta ortodoxia impresionista, pero que a veces bordea el tópico y
resulta más evanescente de la cuenta, incluso algo blando. Si
la versión se lleva el 9 es por la orquesta, probablemente la ideal para
esta obra –preferible a Berlín o Viena– por su maleabilidad asombrosa,
por su extrema depuración sonora y por la capacidad de sus integrantes
de escucharse unos a otros y conseguir el empaste exacto que demandan
los pentagramas. Excelente la calidad audiovisual. (9)
71. Harding/Orquesta de París (Symphony, 2017). Interesante
encuentro entre sonoridades francesas de la orquesta –en su mejor momento– y
las maneras británicas de un maestro que ya no va de enfant terrible, pero
que tampoco renuncia a mostrarse personal. En este caso, ofreciendo una lectura
que se aparta del mero estatismo y que apuesta, sin necesidad de excederse lo
más mínimo, por la inmediatez, el nervio y las angulosidades, trazando con
curvas marcadas el discurso horizontal al tiempo que trata los detalles con
refinamiento ajeno al menor narcisismo: la pretenciosidad de los primeros años
del maestro en absoluto se hace presente. Se echan de menos, por desgracia,
sensualidad y magia poética, como también unas transiciones más elaboradas, quizá
porque Harding aún no ha tenido tiempo de profundizar en este repertorio. El
final, un poco excesivo. Excelente calidad de imagen en la plataforma Symphony.
(8)
72. Gimeno/Filarmónica
de Luxemburgo (Pentatone, 2016-2018). El maestro valenciano demuestra
una técnica excelente, sobre todo en lo que al control del fraseo y las
transiciones se refiere: la obra se encuentra concebida como tiene que
estarlo, es decir, como un solo trazo lleno de ondulaciones. También
demuestra extraordinaria sensibilidad para las texturas, tratadas
dentro de una ortodoxia impresionista diríase que excesiva. Y aquí se
encuentra el punto flaco: Gimeno no termina de inyectar nervio a su
discurso, se muestra tímido a la horas de marcar los picos de tensión,
no plantea contrastes y se mantiene siempre dentro de una levedad sonora
y de una evanescencia contemplativa que termina generando una visión
más bien unilateral de la partitura. (8)
73. Roth/Sinfónica de Londres (LSO, 2018). Con instrumentos “originales” o sin ellos, la intención del sobrevaloradísimo maestro francés es la misma: obtener el mayor grado de levedad posible, aun a costa de que las texturas sean en exceso ingrávidas, la sonoridad global resulten anémicas y los detalles de blandura hagan estragos. Ahora bien, si su registro seis años anterior interesaba por la orquesta utilizada, este no alberga ningún atractivo: el fraseo se deja llevar por el nerviosismo, el colorido carece de sensualidad y la poesía brilla por su ausencia. (7)
74. Barenboim/Staatskapelle de Berlín (DG, 2018). No es fácil explicar cuál es la clave de ese especialísimo atractivo que ha alcanzado el arte de Barenboim en los últimos años. Podríamos intentarlo diciendo que se trata de una mezcla entre su temperamento dramático de toda la vida, siempre vinculado a una búsqueda de sonoridades oscuras, densas y poderosas, con una cada día más desarrollada tendencia a la espiritualidad y la desmaterialización que podríamos considerar propia de “intérprete anciano”, todo ello filtrado por una sensibilidad ahora mucho más desarrollada hacia lo sensual, lo acariciador e incluso lo hedonista. Y si en el impresionismo en general puede hablarse de una mucha mayor sintonía con el idioma, en La Mer todo esto significa madurez absoluta y carácter referencial. Este registro en vivo realizado en la Musikverein vienesa –muy buena la toma, aunque con cierta compresión dinámica– es, por tanto, más perfecto en el estilo que los anteriores del maestro, avanza aún más en la riqueza expresiva que ya se apreciaba en los registros con Chicago y, sobre todo, se encuentra enriquecida por nuevos y numerosísimos detalles personales. Le sigo poniendo ciertos reparos al primer movimiento: creo que el amanecer resulta un pelín premioso y que el clímax final no es todo lo imponente que podría serlo, aunque por lo demás hay algunas pinceladas angulosas que resultan de gran atractivo. El tercero, más atmosférico que implacable, alberga momentos de infarto: todavía más que antes, el pasaje de calma previo a la tormenta final nos deja fascinados. Pero lo que no tiene parangón –si acaso, con Celibidache– es Jeux de vagues. Parece imposible ir más allá en claridad (¿hay alguna interpretación en la que se escuchen tantas cosas?), en sensibilidad para el timbre, en organicidad del fraseo, en preciosismo bien entendido y, sobre todo, en magia poética. (10)
75. Barenboim/WEDO (Medici TV, 2018). Una lectura reflexiva, concentrada y
sensual, mucho antes atmosférica que arrebatada, que sobresale ante
todo por el carácter flexible y orgánico de un fraseo en el que el
maestro parece querer demostrar que, como decía en referencia a
Furtwängler, la dirección de orquesta no consiste sino en el arte de la
transición: siendo cierto
que en el tercer movimiento se echan en falta electricidad y carácter
visionario, la resolución de todas las transiciones –en realidad, cada
uno de los movimientos está concebido como una sola– ofrece
una minuciosidad en la planificación (¡qué increíble técnica de batuta!)
y una magia poética a la mayor altura posible. Ahora bien, ¿iguala los resultados con respecto a su registro para DG pocos meses anterior pese a que la WEDO no es la Staatskapelle, salvando la coincidencia de la formidable oboísta jiennense Cristina Gómez Godoy? Yo diría que no solo los iguala, sino que los supera: los dos pasajes del primer movimiento no del todo bien resueltos en aquella, a los que más arriba hacíamos referfencia, convencen más ahora? En definitiva, la mejor interpretación de las últimas décadas. Disponible aquí. (10)
76. Heras-Casado/Philharmonia (Harmonia Mundi, 2018). El maestro granadino se muestra muy certero desde el punto de vista estilístico, pues este es un Debussy que no se queda en ingravideces, en ensoñaciones ni en colores pastel. La orquesta está tratada con el punto de levedad que le corresponde, los pasajes estáticos están bien paladeados y la sonoridad sabe difuminarse, pero también hay músculo, hay tensiones y se despliegan timbres incisivos que alejan esta música del tópico. El fraseo sabe ser flexible y curvilíneo sin perderse en florituras ni descuidar el trazo. Por desgracia, Heras-Casado evidencia una inspiración irregular. Nos encontramos con un primer movimiento muy bien trazado, más extrovertido que reflexivo, pero con alguna frase dicha de pasada; se echa de menos un punto adicional de sensualidad y de magia poética, mientras que el clímax conclusivo resulta más ruidoso que extático. El segundo es magnífico, sobre todo por su mágico tratamiento de las texturas, aunque alguna frase de los violines no se termina de oír bien. La impresión de que los planos sonoros no están del todo trabajados se incrementa en un tercero en el que determinadas líneas de las maderas pasan desapercibidas, como si el maestro estuviera más interesado en el trazo global, admirablemente sostenido, que en clarificar las texturas. Eso sí, el colorido es muy rico y la página avanza con decisión hasta una coda en la que Heras-Casado muestra lo peor de sí mismo: vulgar, grueso y hortera. Excelente la grabación. (7)
77. Nézet-Séguin/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2019). La absoluta continuidad en el trazo es la gran virtud de la que hace gala el maestro canadiense en esta interpretación increíblemente bien planificada –pocas se le pueden comparar en este sentido– a la hora de jugar con la agógica y con la dinámica, resolviendo de manera perfecta todas las transiciones, tensando y destensando con absoluta naturalidad las líneas de fuerza, garantizando tanto la concentración de los pasajes introvertidos como la fuerza de los vistosos y, a la postre, desarrollando la obra con un único y fluido trazo de pincel, tal y como las olas del mar van y vienen en un único y constante movimiento. Por lo demás, la batuta alcanza un admirable punto de encuentro entre el músculo de la formación alemana y la levedad que exige este repertorio, y aborda la página desde una impecable ortodoxia en la que se alcanza el equilibrio entre estatismo y dinamismo, entre lo contemplativo y lo violento. Es quizá por eso por lo que a Nézet-Séguin se le puede echar en falta un punto de vista más personal, incluso mayor implicación expresiva, quedándose lejos del carácter visionario de un Muti, de la poesía de Barenboim o de la magia tímbrica de un Celibidache. En cualquier caso, la increíble labor de la orquesta alemana compensa estas relativas insuficiencias y redondea una recreación de gran altura. La filmación, disponible aquí, se ofrece en formato 4K. (9)
78. Shani/Sinfónica de la Escuela de Música Buchmann-Mehta
(YouTube, 2021). Otra joven batuta –bueno, Lahav Shani en esta ocasión
prescinde de ella– demostrando su talento en una obra crucial del repertorio.
Por un lado, y aunque empaste y claridad no alcancen siempre la mayor altura,
saca petróleo de una orquesta de estudiantes (¡vaya nivelazo!) de esas que
tocan juntos de tarde en tarde, pidiéndoles además todas las inflexiones que la
partitura demanda. Por otro lado, ofrece una visión personal y de interés, más
extrovertida que sensual, en la que se imponen la incisividad, la brillantez, el
nervio y el sentido de los contrastes sobre otras consideraciones. A tener en
cuenta. (8)
79. Harding/Filarmónica de Berlín (Digital Concert
Hall, 2023). El maestro británico demuestra no solo una enorme técnica, sino
también gran sintonía con los profesores de la agrupación consiguiendo hacerla
sonar, a ella que es la más musculada del orbe, con la levedad que pide este
repertorio; es verdad que alguna frase resulta más aérea de la cuenta, pero el
maestro acierta al no dejar que las texturas se escoren hacia la excesiva
morbidez y permite que las pinceladas incisivas que esta música coloca en el
lienzo también se hagan presentes. Por lo demás, Harding repite su aproximación
relativamente rápida en los tempi, contrastada e inmediata, pero también parca
en poesía, que hizo con la Orquesta de París. La diferencia la marcan los
Pahud, Mayer, Dorf, Delepelaire y compañía, un verdadero prodigio. Soberbia la
imagen; al sonido Dolby Atmos le falta gama dinámica. (8)
80. Stasevska. Filarmónica de Berlín (Digital
Concert Hall, 2025). Interesantísimo comparar esta lectura de Dalia Stasevska,
finlandesa de origen ucraniano, con la que la dos años antes ofreciera Daniel
Harding: no solo posee las mismas virtudes que su colega, sino que corrige
algunas levedades excesivas de aquél, ofrece más detalles personales –incluso a
la hora de clarificar las texturas– y hasta muestra mayor concentración poética
en determinados pasajes clave. Cierto es que otros ni los huele, pero la
orquesta –primeros atriles muy distintos a los de la ocasión anterior, dicho sea de paso– hace el resto. Lástima que la plataforma de streaming siga sin ofrecer
toda la gama dinámica que pide la partitura. (9)