Hay dos maneras de valorar la Sexta sinfonía de Gustav Mahler que le acabo de ver y escuchar a Klaus Mäkelä al frente de la Orquesta del Concertgebouw, filmación en directo con que se ha inaugurado el Musikfest de Berlín de este año. Una, desde el punto de vista de lo que es realmente el director finés: un chico de veintiséis años que rebosa talento. Otra, desde lo que nos quiere vender una intensísima campaña de promoción detrás de la cual, sospecho, debe de haber bastante dinero de por medio: la mayor revelación en el mundo de la batuta desde tiempos de Furtwängler.
Si optamos por la visión desde el primer prisma, solo caben el entusiasmo absoluto y el más fuerte aplauso. Porque resulta asombroso que alguien de su edad –y por ende, sin una experiencia larga al frente de formaciones sinfónicas– sea capaz de conseguir no solo que la increíble orquesta holandesa rinda en plenitud de facultades, sino que una partitura de la complejidad técnica de la Trágica mahleriana se desarrolle con un pulso tan firme, una claridad tan meridiana, una tímbrica tan rica y –más importante aún– una expresión tan centrada: implacable y directa al grano, ha sido una lectura sin espacio para blanduras, amaneramientos ni decadentismos. Bravo, bravísimo por el joven maestro.
Ahora bien, si pensamos en esas míticas recreaciones fonográficas de la obra, las de Barbirolli con la New Philharmonia y la de Bernstein con la Filarmónica de Viena a la cabeza, la cosa cambia. A la propuesta de Mäkelä le falta personalidad, le faltan ideas y le falta una inmersión total en el mundo de contrastes –de lo sublime a lo grotesco– que propone Mahler en la que es una de sus mejores partituras. Está francamente bien el primer movimiento, pero solo eso: necesita un poco más de atmósfera, aunque al menos no cae en el carácter algo lúdico por el que apuestan otros directores. El sublime Andante moderado –colocado en segundo lugar– me ha parecido algo frío; mejor eso que destapar el tarro de la miel, claro está. Bien, sin mucha negrura ni mala leche, el Scherzo. El Finale ha estado en la línea del primero, pinchando en el clímax antes de la disolución final, a mi entender no del todo preparado. Con el tiempo Mäkelä podrá madurar su interpretación y darle una vuelta de tuerca a la planificación de tensiones para que el resultado sea menos lineal. De momento, y para explicarlo de otra manera, si esta Sexta saliera en disco sería una interpretación notable y digna de escuchar, pero mucho más interesante por el continente que por el contenido, y alejada de las grandes referencias.
En cuanto a la orquesta, resulta interesante compararla con la Filarmónica de Berlín: su nivel técnico es el mismo, es decir, el más alto posible, pero sus primeros atriles no resultan tan extraordinariamente musicales como los berlineses. Dicho esto, ¡qué maravilla la de Ámsterdam! A ver qué hace con ella su nuevo titular, obviamente Mäkelä.
Se me olvidaba: antes de Mahler se ha ofrecido el tríptico Orion de Kaija Saariaho. Como no conozco casi nada de la compositora finlandesa, solo puedo decir que me ha gustado mucho, y que el segundo movimiento me ha parecido fascinante por su sutil, imaginativa y sensualísima paleta impresionista.















