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miércoles, 24 de diciembre de 2025

Primera vez en Holanda

Creo recordar que mi primer gran desplazamiento al extranjero en busca de arte y música fue en 1997: Londres y sus Proms. Cuando a partir de 2000 pude dedicarme de una vez por todas a la enseñanza ya fui capaz de viajar con cierta regularidad a los puntos más interesantes del territorio europeo, prestando especial atención a Alemania por aquellos de los vuelos desde Jerez y Sevilla, pero me faltaba aún uno de los países clave: Holanda. ¿El motivo? Ningún otro que lo desorbitado de los precios. Este año he realizado reservas con tiempo y por fin he podido pasar tres días completos en aquellas tierras.

Ámsterdam es hermosísimo y tiene una vida espectacular, más allá de la triste sordidez del Barrio Rojo. Delft parece sacada del túnel del tiempo. La Haya, que ciertamente he visto con poca luz, me no me ha interesado ni por sus calles ni por su ambiente. Los holandeses tienen maneras bruscas, incluso maleducadas. La gastronomía no interesa mucho, si bien las populares patatas fritas son las mejores que he probado. Deslumbrantes los museos, en los que por cierto he podido verificar una vez más que tanto Rembrandt como Van Gogh necesitan el brillo de la luz en la pastosa pincelada, y por ende ser vistos en directo. Las reproducciones dan una idea, pero distan de recoger la infinidad de matices pictóricos de estos dos genios. Fíjense, por ejemplo, en las dos fotos que pongo a continuación, y aplíquese a la música: aunque un disco puede estar muy bien, no hay nada como un concierto.

De mi primera visita a la Concertgebouw escribiré en la siguiente entrada. Ahora simplemente apuntar que es verdad lo que decían, que Ámsterdam tiene bastantes tiendas de discos. Eso sí, fundamentalmente de vinilos de segunda mano. Para quienes seguimos apegados al CD también hay cosas, más en unos locales que en otros. Quiero recomendar una tienda enorme llamada Concerto en la que hay una espléndida colección de CD de música clásica de primera mano, obviamente a precios "normales", y una buena selección de discos usados. Yo compré unas cuantas cosas. El inconveniente es el que había leído previamente en Google, y que yo mismo pude comprobar en primera persona: en cuanto se acerca la hora de cierre los horarios holandeses son muy estrechos, te echan dándote patadas en el culo. Si tiene la oportunidad de acercarse por esa maravillosa ciudad no deje de echar un vistazo, pero hágalo con tiempo.

lunes, 10 de marzo de 2025

París bien vale unas prisas

No falla: fin de semana que me quedo en casa, fin de semana que me encierro a trabajar horas y horas en cosas del instituto. Así que el viernes pasado me harté y me escapé yo solito a París.

 

Hice bien: tiempo soleado sin nada que ver con las intensas lluvias de España, visita a algunas tiendas de discos, un concierto del que hablaré en su momento y, sobre todo, repaso de muchísimas cosas hermosísimas; algunas de ellas, gloriosamente restauradas.

 

¿El problema? Se me ha acumulado el trabajo y por este blog solo puedo pasar con muchas prisas, así que me limito a dejar aquí unas cuantas fotos de postureo entre las cuales se incluye una frente a la Maisón de la Mutualité. Sí, aquel sitio en el que tantos discos grabaron en su momento los de DG. Hasta otra.












jueves, 28 de noviembre de 2024

El Ateneo Rumano, una bellísima sala

Breve entrada para presentarles las bellezas del Ateneo RumanoAteneul Român de Bucarest, una de las más hermosas salas de concierto en las que he estado. Inaugurada en 1888, corresponde a la profunda reforma "a la parisina" que la capital de ese nuevo estado que era Rumanía conoció en las últimas décadas del siglo XIX. Se encuentra por ello a cierta distancia del casco histórico, pero está integrada en el gran nuevo eje urbano de la Calle Victoria, y por ende se sitúa hoy en plena zona turística.

Su tamaño no es grande: seiscientos asientos en el patio de butacas según la Wikipedia, más los palcos. Su esplendor sí lo es, siempre en esa línea ecléctica que caracterizaba este tipo de edificios en el fin de siglo. Me sorprendió la amplitud del gran hall, la cual probablemente se deba a que este ocupa toda la superficie de la propia sala de conciertos, situada en la planta alta. Las escaleras de subida, eso sí, son tan bellas como incómodas. No quiero ni pensar qué podría ocurrir si hubiese que evacuar al público durante algún evento: la sala es una auténtica ratonera.

Llamativa la ausencia de ambigú: solo una barra improvisada en los conciertos más importantes, porque en el recital de música de cámara hube de recurrir a una máquina expendedora. Más sorprendente aún la inexistencia de personal de sala:  unas señoras extremadamente antipáticas me quedo corto con el calificativo recogían los abrigos en la consigna, pero nadie ayudaba a encontrar el asiento. Y eso último era bien difícil, créanme. En cualquier caso, atención al público en consonancia con los precios de las entradas, francamente baratos: poco más de treinta euros me costó escuchar a la Filarmónica George Enescu.

Lo peor de todo era la calefacción, puesta a toda potencia. ¿De verdad nos podemos permitir ese gasto energético los europeos? ¿No nos basta con poner el interior de una sala de conciertos a 21º? Si la gente ya viene preparada para el frío de la calle, bastaría con quitarse el abrigo. Pues no: a sudar se ha dicho. Y luego, contraste térmico brutal al salir. ¡Están locos estos rumanos!

martes, 26 de noviembre de 2024

Comprar discos de clásica en Bucarest

Fui a Rumanía con tres objetivos en mente. El primero, ver arte y aprender sobre él. Lo cumplí sobradamente, pero no voy a darles la lata con ello. El segundo, recorrer la capital y tomarle el "pulso histórico". ¿Hasta qué punto han superado el comunismo? A falta de conocer el campo, que entiendo fundamental para comprender la verdadera situación del país, Bucarest me ha parecido una ciudad moderna, dinámica y bastante atractiva, que muy recientemente ha recuperado buena parte del esplendor que conoció hacia 1900 de la urbe medieval y moderna casi nada queda gracias a las aportaciones económicas de la Unión Europea. Eso sí, las huellas de las dictaduras a cual peor que el país fue sufriendo en el siglo pasado se hacen aún bien patentes, y ahí están los resultados de la primera vuelta de las elecciones que se celebraban el domingo en que volé de vuelta: gran éxito de la ultraderecha prorrusa en un país en el que hasta hace poco la URSS era profundamente detestada.

En tercer lugar, la música. Estuve en dos conciertos de los que les hablaré en próximas entradas. De momento me conformo con informar al lector de dónde puede satisfacer ese vicio de rastrear por las estanterías de discos compactos. Lo cierto es que la cosa resultó menos atractiva de lo que esperaba. Solo encontré dos tiendas interesantes, muy cercanas entre sí y vecinas al Palacio Real, hoy Museo Nacional de Arte. La primera está en la famosa calle Victorei y se llama Magazinul Muzica. Se dedica a los instrumentos musicales, pero tiene una tan pequeña como variada y apreciable colección de discos de clásica. Los precios, en general algo inferiores a los de Amazon. Más elevados son los de la librería Humanitas, que se encuentra justo doblando la esquina en dirección al antedicho museo. Su planta alta es una estrecha galería con una cantidad de compactos bastante considerable en absoluto espectacularentre los que merece la pena rebuscar, porque aún se encuentran allí ciertas cosas descatalogadas. 

Y ya está. Si algo más hay, lo desconozco. No pude ver mercadillos. Eso sí, advertir que los de Humanitas trasladas sus estanterías al hall del bellísimo Ateneul Roman, la sala de conciertos que se encuentra en la misma zona, cuando se celebran los eventos más atractivos. Yo me encontré los expositores en la foto el primer día, cuando acudí al programa sinfónico, pero no en el segundo: como aquí, a la música de cámara va mucha menos gente.

martes, 2 de julio de 2024

Martha Argerich en Hamburgo: la fiera a los ochenta y tres

El cinco de junio Martha Argerich cumplió ochenta y tres años. ¡Cómo pasa el tiempo! El próximo sábado tiene previsto actuar en Granada con su exmarido Dutoit. Saldrá en olor de multitudes, pero creo que hago bien en abstenerme: nunca me terminó de convencer cómo hizo el Concierto para piano de Schumann. Ni con Rostropovich, ni con Harnoncourt, ni con Chailly ni con Barenboim. Demasiado nerviosa. Lo que sí he hecho es aprovechar mi estancia en Hamburgo –ya estoy de vuelva– para verla en el concierto conclusivo del Festival Argerich que ha habido en la Elbphilharmonie, en el cual tocaba dos de sus verdaderas especialidades: el Concierto para piano nº 1 de Shostakovich y El carnaval de los animales.

Eso sí, antes me tuve que tragar una Sinfonía nº 1 de Beethoven a cargo de la Sinfónica de Hamburgo y su titular Sylvain Cambreling que, la verdad, se podían haber ahorrado. Absolutamente descomunal recreador de la música de Olivier Messiaen, el maestro francés tiene poco que aportar en el repertorio clásico. Tras un arranque algo desajustado, ofreció un primer movimiento muy sensato para luego fracasar en un Andante inquieto, sin sensualidad ni poso lírico, amén de confuso en el entramado polifónico. Algo rígido el Menuetto, tan sólido como sensato el Finale. La orquesta demostró mucha profesionalidad, pero yo preferí desentenderme de la interpretación y dedicarme a repasar qué hacía en tal momento o en aquel otro el sordo genial. ¡Qué tío, oigan!

Mejor estuvo Cambreling en un Shostakovich muy bien expuesto y dicho con ganas. Eso sí, dentro de una óptica más "romántica" que expresionista, lo que no dejó de sorprender. Argerich, algo menos atrevida en determinadas frases –la del arranque mismo– que en recientes ocasiones, estuvo formidable de dedos, manejó los recursos del piano con plenitud –maravillosos reguladores– y acertó de pleno en la expresión, desde lo juguetón hasta lo desgarrado pasando por la más íntimamente poético. Su toque y su fraseo, los ideales. Ella ha nacido para esta obra, como también para el Nº 3 de Prokofiev. Punto. Por si fuera poco, tuvo el gusto de traerse a uno de los trompetistas que mejor ha desempeñado esta parte, Sergei Nakariakov, ya presente en su grabación para EMI (aquí discografía comparada): estuvo controladísimo, muy vigilante de no tapar a la estrella –hubo algún desajuste puntual–, y aportando un punto aguardentoso de lo más conveniente. Solo faltaban el humo de los cigarros y el olor a whisky.


La segunda parte se abrió con la concesión de un premio al pianista Anton Gerzenberger –ofreció un precioso Chopin a cambio– y continuó con una particular recreación de la página de Saint-Säens antes citada, narrada con diálogos entre Annie Dutoit –hija de la artista, evidentemente– y Daniel Arkadij Gerzenberg. Ella en inglés, él en alemán, así que me enteré solo de la mitad del asunto, que a decir verdad era bastante divertido.

¿Y la versión musical? Sorpresa: Cambreling destapó el tarro de las esencias y estuvo formidable. Muy francés, eso sí, lo que significa entre otras cosas que el león no rugió todo lo que podía haberlo hecho, mientras que en al acuario consiguió una de las más refinadas y poéticas interpretaciones que yo haya escuchado. Argerich derrochó sensibilidad, sutileza y concentración –sí, también esto último, que cuando ella quiere bien que lo ofrece– en el piano izquierdo, mientras que dejó el derecho para dos jovencitos que se iban alternando, David Chen y Roman Blagojevic. La orquesta se comportó muy bien, aunque elefante y cisne –algo blando– no fueran gran cosa. En cualquier caso, una larga y maravillosa mañana musical esta del domingo 30 de junio.

viernes, 21 de junio de 2024

Un día de coros y corales en Leipzig (V): inolvidable Gächniger Cantorey

Cuando el 25 de mayo pasado asistí a un concierto en la Thomaskirche de Leipzig, de esos semanales a tres euros, me senté abajo: se venía y se escuchaba mal. Para mi retorno el 15 de junio a las ocho de la tarde me aseguré de comprarla arriba. Fueron más de cien euros, pero mereció la pena: si bien un pilar gótico me tapó durante todo el tiempo al director, se vio a una buena parte de la formación coral e instrumental y, sobre todo, se escuchó muchísimo mejor. Que tenga mucho ojo el visitante: para acceder al piso alto no se puede entrar por la plaza de la iglesia, sino por la portada neogótica que hay a los pies.

La iglesia estaba a rebosar, y eso que en el mismo marco de la Bachfest en otro lugar se ofrecía una Pasión según San Juan escenificada. Supongo que escuchar música junto a la tumba de Bach era uno de los grandes atractivos para el turista, pero también entiendo que la gente iba a escuchar a la Orquesta Barroca de Friburgo y a los Gächinger Cantorey de Stuttgart. Sí, el coro con el que Helmut Rilling grabara tantos discos bachianos.

Recuerdo haberles escuchado una o dos veces en Sevilla hace ya años. Ya eran impresionantes, pero esto ha sido otra cosa: no exagero si les digo que ha sido una de las actuaciones corales en directo más impresionantes que he escuchado. Sí, vale, el Monteverdi Choir es aún más pulcro y exacto, y los de Tenebrae se mueven en un nivel sobrenatural, pero estos señores y señoras, además de cantar divinamente, ofrecieron una expresión que mezclaba espiritualidad, sensualidad y sentimiento con una excelsitud conmovedora, haciéndolo ya desde el motete de Brahms Warum ist das Licht gegeben dem Mühseligen que interpretaron abriendo el programa. No parece haber duda de que gran parte del mérito corresponde a su actual titular, Hans-Christoph Rademann


Si el Brahms fue un mazazo para el melómano, los motetes de Mendelssohn O Haupt voll Blut und Wunden y Ach Gott, von Himmel sieh darein confirmaron la absoluta excelencia de la agrupación coral. Y qué decir cuando llegaron los pesos pesados, las cantatas Christ lag in Todesbanden BWV 4 y Ich hatte viel Bekümmernis BWV 21 de Johann Sebastian, dos páginas especialmente luctuosas que tuve la oportunidad de repasar en casa para ir preparado. Pues bien, insisto en que nunca he escuchado un Bach coral tan bello y, al mismo tiempo, tan lleno de emotividad como este de los Gächinger Cantorey. Y tan en el punto justo, sin minimalismos ni pesadeces. Las maneras masivas, por fortuna, pasaron a la historia. Las otras no. Tampoco ha desaparecido la perfección gélida que afecta a determinados intérpretes: recuerdo ahora (reseña aquí) esa Pasión Según San Mateo de 2023 en el Maestranza con Vox Luminis y la Orquesta Barroca de Friburgo que durmió a las ovejas.

¿Pero no dice usted que en la Tomaskirche estaba también esa misma orquesta? Pues sí, y a su concertino-directora Petra Müllejans la veía con claridad desde mi asiento. Pero la formación parecía otra. O al menos, parecía salida del aturdimiento de aquel Domingo de Ramos hispalense. Normal, lo mismo le pasan a la Sinfónica de Chicago o a la Filarmónica de Viena cuando las dirigen un director malo y un director bueno. La explicación me parece muy simple: aunque los de Friburgo presuman de "tocar solos", Hans-Christoph Rademann les debió de dar muchísimas indicaciones expresivas. La orquesta sonó a ella misma, con esa acidez que la caracteriza, pero también con una moderación en la articulación y una musicalidad expresiva que nos hizo olvidar los horrores de, por ejemplo, el Schumann con Heras-Casado.

Muy alto el nivel de las voces solistas: Susanne Bernhard, Patrick Grahl y Kresimir Strazanak. Tenía que haber tomado notas para poder decir algo más, pero lo cierto es que tampoco encontré en ellos nada particular: solo canto depurado, sensible y muy en estilo.

Hacía calor y aquello terminó –sin que hubiera pausa de por medio– cerca de las diez de la noche. Aun así, el público aplaudió a rabiar mientras Bach sonreía bajo su lápida. Y seguidamente nos fuimos corriendo y sin cenar –digo "nos" porque me reencontré con caras ya vistas en la Tomaskirche– al concierto de las diez y media de Chouchane Siranossian y Leonardo García Alarcón. Qué vicio, oigan.

miércoles, 19 de junio de 2024

Un día de coros y corales en Leipzig (IV): visita a la Gewandhaus con música de Reinecke

Podía haber continuado mi estancia en Leipzig con el recital de órgano en la Nikolaikirche dentro del Bachfest, pero preferí salirme por la tangente y acudir a un concierto de la para mí desconocida Camerata Lipsiensis y el Coro de la Gewandhaus con música de un señor llamado Carl Reinecke (1824-1910), del que tampoco conocía nada. ¿Por qué tal elección? Fácil: entrar por primera vez en mi vida de melómano en la sala de la Gewandhaus. No la antigua, ojo, que esa desapareció hace mucho. Tampoco la "moderna", la que conocieron Furtwängler y compañía, porque esa voló durante la Segunda Guerra Mundial. Esta es la tercera, la inaugurada en 1981 en los tiempos en los que Kurt Masur era el gran protagonista –e impulsor– de la vida musical de la ciudad.

Me ha gustado mucho el edificio. Lo cierto es que por fuera solo interesa de noche, cuando la fachada de cristales permite ver el interior del foyer y los pasillos, pero por dentro es espléndido: arquitectura contemporánea de la buena, que en la RDA alguna hubo. El órgano es verdaderamente impresionante. Muy cómodos los asientos, distribuidos con sensatez. Lo de la acústica no lo tengo tan claro, porque en discos el asunto es variable. No me olvido, desde luego, que el ciclo Mahler de Chailly en Blu-ray posee una de las tomas de sonido más impresionantes que haya escuchado nunca. Cuando estuve el pasado sábado compré en primer fila y quedé moderadamente satisfecho, pero necesitaría escuchar conciertos en varias ubicaciones para hacerme una idea mas clara.

¿Y el concierto? Largo e interesante, solo eso. El evento se integraba dentro de una serie de homenajes a Reinecke por haber sido este director de la Orquesta de la Gewandhaus nada menos que entre 1860 y 1895. Se ofrecía en la primera parte una obra sinfónico-coral de una hora de duración llamada Sommertagsbilder. Me sonó a Felix Mendelssohn, quizá no por casualidad: el domicilio del autor de la Sinfonía Lobgesang se encontraba a cinco minutos. Eso en cuanto a la escritura, porque en el espíritu me vino a la mente –a lo mejor es un diparate– Frederick Delius: paisajístico, ensoñado y también –por qué no decirlo– un poco plasta.

El más breve oratorio Belsazar ocupaba la segunda parte. No pude pillas las notas al programa, así que en principio no sabia de que iba el asunto, pero al rato la música lo dejó claro: aquello era lo del Festín de Baltasar que inmortalizó Rembrandt uno de los mejores lienzos y que mucho más tarde inspiraría a William Walton su propio oratorio. Disfruté de la partitura, que además se benefició de una interpretación de apreciable nivel. La orquesta era buena, pero lo asombroso fue el Coro de la Gewandhaus, que por cierto esa misma noche actuaba enfrente haciendo Rigoletto. ¡Qué nivel, Maribel!

Dirigía los conjuntos un señor llamado Gregor Meyer. Me llamó mucho la atención su renuncia al vibrato continuo. Nada que ver con la incisividad de un Harnoncourt ni con las ligerezas de un Norrington, en absoluto, pero allí se vibró poco. Decisión respetable que a mí no me pareció desacertada, pero es posible que la música hubiera ganado con una sonoridad más cálida. Magníficos los dos solistas vocales que cargaban con el peso de la obra, el tenor Florian Siebers y el bajo Bernhard Hansky. Muy correctas las chicas, Anja Pöche y Nora Steuerwald

El concierto terminó a las seis y media de la tarde. Estaba muy cansado, pero respiré un poco y me fui a casa del matrimonio Schumann, a ver cómo era por fuera. Dentro estaban haciendo las Suites francesas, pero no se podía estar en todas partes. De hecho, este recital se superponía con otras dos cosas entre las que, por si fuera poco, había que escoger: una Pasión según San Juan escenificada o un programa con la Orquesta Barroca de Friburgo en la Thomaskirche. Tenia entrada para este último y acerté plenamente, porque creo que fue el mejor concierto Bach que he escuchado en mi vida. Ya les contaré.

domingo, 16 de junio de 2024

Un día de coros y corales en Leipzig (II): sobre los destrozos del comunismo

Cuando salí de San Nicolás (leer entrada anterior) ya había escampado. Pude así contemplar mejor, en la misma plaza de la iglesia, la reconstrucción de la escuela donde estudió el mismísimo Richard Wagner. También la columna reciente que conmemora las concentraciones que, allá por los años ochenta, se empezaron a realizar en protesta por la carrera de armamento nuclear, y terminaron desembocando en uno de los más ariates que la RDA conoció contra la dictadura comunista. Es una pena comprobar que el ser humano no cambia: los años pasan, las cosas se olvidan, y ahora cientos de miles de alemanes andan dispuestos a entregar el poder a la nueva ultraderecha. Al menos, eso es lo que parecen querer muchos de sus hijos y sus nietos, incluso algunos de ellos mismos. Un horror.

Justo como lo es asomarse a la Universidad, donde iba a presenciar el segundo concierto de la velada. El venerable conjunto sobrevivió al atroz bombardeo de los británicos, pero en 1968 la autoridad comunista, al parecer con el beneplácito del profesorado, decidió tirar el viejo edificio para construir otro a la mayor gloria del estudiante proletario. Difícil para un amante del arte no sentir rabia e impotencia. El conjunto actual vuelve a ser nuevo, y en él se ha intentado integrar lo que se ha podido del primitivo.


De hace muy, muy pocos años es el Paulinum, una iglesia construida por el arquitecto holandés Van Egeraat: las bóvedas hacen referencia al gótico local del Quinientos y en la capilla mayor, tras el cristal delante del cual iba a tener lugar el espectáculo, se integran los pocos restos de las obras de arte mueble con que contó el antiguo templo. El espacio estaba a rebosar, por cierto, ese sábado 14 de junio a las doce horas: se contaba nada menos que con Reinhard Goebel para dirigir dos cantatas bachianas para soprano. Pero el concierto lo dejo para la siguiente entrada, que tengo cansancio acumulado y mañana es día de trabajo.

sábado, 1 de junio de 2024

Nueva Lady Macbeth de Mtsensk por Francisco Negrín... ¿y Andris Nelsons?

Sábado 25 de mayo de 2024. Ópera de Leipzig: agradable edificio de época comunista, muy buena acústica, butacas cómodas y público de edad mucho menos alta que en un Teatro Real. Precios brutalmente más bajos que los del coliseo madrileño, solo que en el foso no está la Sinfónica de Madrid, sino la mítica Orquesta del Gewandhaus. Noche de estreno de una nueva producción de Lady Macbeth de Mtsensk de Shostakovich a cargo de Francisco Negrín. En medio de la fila de protocolo a unos metros de un servidor, que pagó solo 62 euros por su butaca de patio se encontraba un visiblemente adelgazado Andris Nelsons, quien se encargaba al día siguiente del "segundo reparto" que encabezaba su ex Kristine Opolais.

Con las irregularidades que iré desgranando, fue una muy buena noche de ópera, incluso para los que hemos tenido la enorme suerte de ver este título dos veces en Madrid: en una ocasión empuñaba la batuta un tal Rostropovich, mientras en la segunda se llevaba a la escena la acongojante producción de Martin Kusej y se contaba con la descomunal presencia de Eva-Maria Westbroeck.

La produción de Negrín me ha parecido insuficiente en el primera parte de la velada y magnífica tras el descanso. El concepto es irreprochable, a medio camino entre lo realista y lo conceptual, pero sin necesidad de buscar una dramaturgia paralela lo que hubiera sido un disparate ni de "enmendar moralmente" a los personajes. Ya se sabe lo mal que sentó esa obra a un Stalin que en pleno realismo socialista pedía que el arte sirviera de lección. Hoy día hay por ahí neo-stalinistas disfrazados de progresistas que reformulan las óperas para ofrecer retratos de mujer acordes con las circunstancias. Empoderadas y tal. Shostakovich no tuvo la intención de hacer tal cosa. Tampoco juzga a la protagonista. Y claro, le salió una obra de profundo y rabioso feminismo que ponía el dedo en la llaga sobre el tradicional abuso de los fuertes sobre los débiles en general y sobre las mujeres en particular. El oyente logra comprender a la asesina, incluso puede empatizar con ella frente a los detestables personajes fundamentalmente masculinos, pero también femeninos: escena de Siberia que la rodean. El director de escena no tuvo que cambiar nada, aunque se tomó una libertad significativa que no me parece inapropiada: en el final Katerina no tira al agua a Sonietka y se suicida con ella, sino que la prisionera cae por accidente, la protagonista la remata y luego sigue viva, aunque condenada a la más absoluta y nihilista soledad.

 

Dicho esto, las cosas funcionaron mucho mejor en los dos últimos actos que en los primeros. Aquellos deslumbraron por su escenografía, por su iluminación y por los espectaculares movimientos escénicos, pero algunas escenas estuvieron francamente mal resueltas. Las más escabrosas, para concretar: intento de violación de Aksinya, apareamiento de Katerina y Serguei, asesinatos de Boris y Zinoki. No se trata, en absoluto, de enseñar culos y tetas. Se trata trasladar a la escena una música que es agresiva, mecánica y no poco caricaturesca. Por mucho que Negrín ponga a soprano y tenor a practicarse sexo oral, si la dirección de actores es mala aquello resulta descafeinado. Nada que ver con la citada producción de Kusej, no solo mucho más áspera, negra y violenta, sino también mucho más rico en ideas.

Cambió la cosa en Leipzig en cuanto apareció la policía. Ahí Negrín abandonó el aburrido naturalismo que hasta entonces había imperado para decantarse por lo caricaturesco e incluso cabaretero, recordándonos que Shostakovich es el autor de La nariz. Supo además integrar muy bien este concepto más o menos "circense" con el realismo de la acción en la granja, para en el último acto, el de Siberia, triunfar por completo optando por lo conceptual: música y escena rimaban por fin, los movimientos fueron los adecuados y se realizó un soberbio uso dramático de la iluminación. Quedemos con el corazón en un puño.

La gran pregunta: ¿quién dirigía musicalmente el asunto? En el foso estaba un señor llamado Fabrizio Ventura, pero ya les dije que al día siguiente le tocaba a Andris Nelsons. El maestro letón tenía que tener "su" versión ya ensayadísima. Y aún hay otra batuta que se va a ir alternando en las funciones, la de Christoph Gedschold. Mi opinión es que lo que escuché aquella noche fue el resultado de un trabajo de equipo, pero no me parece disparatado afirmar que, con independencia de la irreprochable labor técnica que ofreció Ventura, se dejaron notar las ideas de quien no en balde es titular de la orquesta que allí se encontraba. La acongojante passacaglia sonó a la recreación, soberbia, que Nelsons dejó grabada para DG, mientras que el concepto recordó al que el mismo maestro ha ido ofreciendo en su ciclo en el sello amarillo: gran atención a los aspectos líricos de la música, ironía tan solo suave, cierto distanciamiento expresivo. ¿Shostakovich abstracto antes que expresionista? No, no exactamente eso. Tampoco se puede aplicar la etiqueta de "romántico". En cualquier caso, un muy buen Shostakovich el que se escuchó en el foso de Leipzig.

 

Buen nivel entre los cantantes, con un punto negro: el Boris de Randall Jakobsh, voz y artista insuficientes para el detestable personaje. Muy bien el Sergei de Brenden Gunell. Sensacional el anciano de Peter Dolinšek, impresionante en un rol tan breve como decisivo. Estupendo el coro. Y he dejado para el final a la protagonista, Ingela Brimberg, una voz de dramática auténtica –canta Isolda, Salomé y Turandot– que corre bien, suena homogénea y posee una impecable línea de canto. No encuentro reproches para ella, pero en modo alguno me hace olvidar lo de la Westbroeck. Aquello fue muy especial.

miércoles, 29 de mayo de 2024

Escuchar Bach en Leipzig: algunos consejos

Debería haberlo imaginado, pero la verdad es que fue una sorpresa: mucha gente viaja a Leipzig para escuchar música de Johann Sebastian en la Thomaskirche. Muchísima. Así que les explico de qué va el rollo, por si tienen la oportunidad.

Los conciertos se celebran dos veces por semana: viernes a las seis de la tarde y sábados a las tres. Hora esta última terrible para los españoles, así que mi recomendación es hacer lo que los alemanes: comer a la una. El programa es el mismo en las dos ocasiones. Tres euros cuesta acceder. Las entradas no están numeradas, pero quien quiera sentarse arriba tiene que entrar por un lugar distinto al que yo lo hice, que es una de las dos puertas que da a la plaza de Santo Tomás. Se forman largas colas, pero hay sitio para el todo el mundo. Mucho ojo, porque la mayoría de los asientos miran al altar mayor –justo donde está enterrado Bach–, por lo que ninguno de ellos cuenta con la menor vista de los músicos, que se encuentran en el coro. Seguramente desde arriba se ve mejor. La acústica es mala, pero es la que se conoció en tiempos de Bach. Si se quieren escuchar de manera óptima sus cantatas, mejor un disco bien grabado.

La orquesta es la mismísima de la Gewandhaus; una plantilla reducida, obviamente, aunque lejos de minimalismos "históricamente informados". El coro es, obviamente, el de la Thomaskirche, heredero del que tuvo el propio Bach. Y dirige el kantor de turno: en la actualidad es Andreas Reize, que ya tiene por ahí algunos discos en su haber.

En la página de la Gewandhaus te avisan de la cantata que se va a interpretar ese día, pero no advierten que el programa es mucho más largo, incluyéndose piezas a capella, motetes y páginas para órgano, de Bach o de otros autores. A mí me toco escuchar a Jean-Philippe Rameau, Ko Matsushita, Samuel Scheidt y Ernst Pepping, además de al bueno de Johann Sebastian. La cantata fue la BWV 194, Höchsterwünschtes Freudenfest. Hora y media en total, incluyendo una pequeña predicación.

¿Interpretaciones? De corte "tradicional renovado", es decir, en la línea de un Peter Schreier y similares. Sensatez y musicalidad se ponen por delante de otras circunstancias. No arrebatan, no deslumbran, pero cumplen de manera sobrada. Correctos los solistas vocales, en este caso Julia Sophie Wagner, Oliver Kaden y Tobias Berndt. Y una detalle no poco relevante: cuando llega el coral gran parte del público se pone a cantar, porque en la hojilla del programa se incluye la partitura.


Creo que merece mucho la pena. Tengo la prueba: yo iba con un tremendo codillo y un litro de cerveza oscura en el cuerpo, y ni siquiera entorné los ojos. Eso sí, en cuanto terminó me fue corriendo a Café Bigoti, al lado de la iglesia, donde pude tomar uno de los mejores espressos que he probado en mi vida. Por la noche tenía Lady Macbeth de Shostakovich, pero esa es otra historia.

domingo, 26 de mayo de 2024

Persiguiendo a Johann desesperadamente

Ya conté que pusieron (¡finalmente!) vuelos directos de Jerez de la Frontera a Leipzig, que los precios de la primera semana fueron de aúpa y que los de este "finde" han sido mucho más bajos: 113 euros ida y vuelta, más lo que cuesta dejar el coche en el aeropuerto. Descubrí el chollo tan solo un día antes del vuelo y allí me planté. ¿El inconveniente? Que el avión de regreso ha sido hoy domingo con salida desde el aeropuerto alemán a las seis de la mañana. Ya se sabe que quien algo quiere, algo le cuesta.

 

Gravemente herida durante las guerras napoleónicas primero, en la Segunda Guerra Mundial después, Leipzig es una ciudad hermosa: aquí las intervenciones de época comunista me han parecido mucho menos horrendas que en otras localidades alemanas. El casco histórico es pequeño, muy limpio y bastante agradable para pasear. La gastronomía es buena, de precio caro. El Museo de Bellas Artes alberga piezas de mucho interés, entre ellas una de las versiones de La isla de los muertos de Arnold Böcklin.

Hay mucho turismo, pero de calidad: no podía imaginar que hubiera tanta, tantísima gente en busca de Johann Sebastian Bach. Yo también, claro. La bella plaza de la iglesia de Santo Tomás es el punto neurálgico que congrega a todos los visitantes. Allí precisamente tenía mi hotel. Está muy bien eso de dormir a unos pocos metros de donde reposan los huesos del Kantor, y en una cama cuya cabecera se decora con una de sus cantatas. Más aún que te despierten las campanas de la Thomaskirche. Y no digamos salir y encontrarte con la estatua del maestro. La iglesia de San Nicolás no la pude ver por dentro, aunque ello no me dio demasiada pena: el aspecto gótico del interior se ha perdido.


Ya les contaré algo más de los conciertos que se pueden escuchar en la Thomaskirche viernes y sábado, así como de la función de la Lady Macbeth de Shostakovich que pude disfrutar en la ópera. Ahora estoy me encuentro muy cansado y debo guardar mis energías para las clases de preparación de la selectividad.

martes, 12 de marzo de 2024

Franz Welser-Möst reapareció en Viena... y yo estuve allí (y II)

Se me quedaba en el tintero el quinto de mis conciertos en la capital de Austria: el segundo programa de Welser-Möst con la Wiener Philharmoniker, que pude escuchar –antes de que se fueran todos a EEUU– el lunes 26 de febrero a las siete y media de la tarde. Programa increíblemente atractivo, como también valiente y original. Primero, la Sinfonía nº 9 de Anton Bruckner. Segundo, sin intermedio ni aplausos, con tan solo unos segundos de pausa entre una obra y la otra, las Tres piezas para orquesta de Alban Berg. Nos mandaba así el director vienés dos mensajes claros. Uno, que eso de que la última sinfonía bruckneriana está perfecta en sus tres movimientos es absolutamente falso. Ahí falta el cuarto, que el autor llevaba ya muy adelantado cuando falleció; aquí escribí sobre ello. Dos, que los atrevimientos de la obra maestra del organista de San Florián conducían de alguna manera al universo expresionista. Y estoy completamente de acuerdo, claro, porque yo mismo así lo dije en la entrada a la que conduce el anterior enlace. El resultado de colocar una página detrás de la otra es estremecedor.

¿Y la versión de la Novena? Solo unos días antes de marchar a Viena tuve la oportunidad de ver dos filmaciones de la obra dirigidas por Frankie en 2022. En este mismo blog las puse a caldo, anticipando que lo que iba a escuchar en Viena no me iba a gustar. Tremendo error por mi parte: la que finalmente le escuché en la Musikverein me pareció mucho, pero muchísimo mejor. Que tener delante a la orquesta más adecuada en todo el orbe para esta obra debió de influir mucho en los resultados parece incuestionable, pero aun así pienso que el mérito mayor es, sencillamente, del propio Welser-Möst. Parecía otro. Sin llegar en modo alguno –eso ya se lo están ustedes imaginando– a las alturas de un Giulini, el maestro se superó a sí mismo con una lectura mucho mejor fraseada, dicha no de manera fragmentaria, sino con un trazo global lógico y firme, que además se mostró ajena tanto a los efectismos como a las frivolidades de dos años atrás y supo ofrecer un aliento lírico y espiritual más intenso, particularmente en un Adagio que volvía a ser lo más conseguido. Pero insisto, los dos primeros esta vez estuvieron bien, y globalmente esa interpretación vienesa no me parece inferior, más bien al contrario, que la notable –solo eso– de Christian Thielemann con la misma orquesta editada por Sony.

En cuanto a las Tres piezas para orquesta de Berg, poco que decir habiendo escuchado el día antes las Variaciones para orquesta de Schönberg a los mismos intérpretes: claridad, pulso firme, coherencia en el discurso y una apreciable riqueza tímbrica que supo conjugar la belleza que caracteriza a la orquesta con las aristas que demanda este repertorio. ¡Bravísimo por el tantas veces mediocre Welser-Möst! Si librarse del cáncer le ha servido al mismo tiempo para desarrollar al máximo sus potencialidades, doble alegría.

Ah, esta vez mi asiento estaba en la última fila del anfiteatro. Una vez más, acústica soberbia, mediocre visibilidad y calor sofocante. Pero esta vez iba preparado. Sobre el último concierto vienés, el de la Filarmónica de Londres, ya escribí en su momento.

 

PD. La foto es del Facebook oficial de la orquesta.

sábado, 9 de marzo de 2024

Segunda de Mahler con la Sinfónica de Viena: impacto sensorial

Tras los conciertos de la Filarmónica de Viena y de la English Chamber Orchestra comentados en  entradas anteriores, acudí una vez más el domingo 25 de febrero a la Musikvrein de la capital austriaca –siete y media de la tarde– para un tercer acontecimiento musical: Sinfonía nº 2 de Gustav Mahler con la Wiener Symphoniker y Alain Altinoglu. Hubo tres razones extramusicales por las que disfruté menos. Una, el comprensible cansancio tras la paliza anterior. Dos, que esta vez tenía entrada en el anfiteatro –mitad inferior–, y allí la visibilidad es deficiente: al maestro solo le veía de vez en cuando. ¿Y cómo es esto posible, si las butacas están escalonadas? Pues no sé, pero les aseguro que no era fácil seguir visualmente lo que pasaba en el escenario.

La tercera razón es de más peso, y sobre ella quiero reflexionar un poco: la calor –perdonen que hable en gaditano– que hacía allí arriba, en verdad sofocante. ¿Puede Europa permitirse, con la que estamos pasando, un gasto energético tan innecesario como disparatado? Porque no fue la Musikverein precisamente el único recinto en el que el aire acondicionado llegaba a ser molesto. Miren ustedes, si hace frío fuera y la gente ya viene abrigada, pongan el interior a una temperatura en la que uno pueda dejar la prenda más incómoda en la guardarropía y quedarse con el resto. Pero claro, si aquí en España hay gilipuertas que en invierno quieren estar dentro de su casa en mangas de camisa y en verano llevar jersey, qué le vamos a decir a los de otras latitudes.

La acústica sí que era maravillosa, y eso quedó bien claro en cuanto la orquesta empezó a sonar. ¡Qué impresión! Ciertamente estos señores y señoras no alcanzan la calidad sobrenatural de sus compañeros Wiener Philharmoniker que escuché por la mañana en el mismo recinto, pero a todas luces la Sinfónica de Viena es una espléndida formación, equiparable –por ejemplo– a las grandes orquestas londinenses, y bastante por encima de la media de las de latitudes meridionales. Empaste, redondez y belleza sonora son dignos de elogio, como también su virtuosismo en una obra no poco complicada como es esta Sinfonía Resurrección.

¿Y la interpretación propiamente dicha? Repaso mis notas de voz y les cuento: una lectura fluida, fresca y directa, en la que la batuta del maestro francés se mantuvo voluntariamente alejada de esos preciosismos y amaneramientos que pueden ser beneficiosos aplicados en su justa medida, pero que demasiadas veces se pasan de la raya. Ahora bien, también es cierto que la inspiración de Altinoglu me pareció bastante desigual. El primer movimiento, por su rapidez y carácter antes combativo que gótico, me recordó un tanto a lo de Sir Georg Solti en Chicago, pero lejos de ofrecer la garra extraordinaria de aquel milagro. Sin interés el segundo: aquí la rapidez y el deseo de no caer en languideces condujeron a la asepsia pura y dura. Bien el tercero, estupendamente diseccionado y dicho con una adecuada dosis de animación. El cuarto se vio muy lastrado por la voz tremolante de Nora Gubisch; tampoco la batuta voló con suficiente poesía.

Todas la secuencia de la resurrección estuvo muy bien llevada, con convicció, ajena a excesos y sin caídas de pulso. Bien la soprano Chen Reiss, y un lujo la presencia de los Wiener Singverein. Ya pueden imaginar que todo el final, con independencia de las cuestiones interpretativas, resultó impactante desde el punto de vista sensorial con semejantes orquesta y coro, más la suma de un órgano perfectamente empastado. Disfrutar en directo de esta música con una calidad técnica así, ofreciendo los enormes contrastes dinámicos exigidos por Mahler, haciéndolo sin roce alguno en la ejecución y con una irreprochable claridad en la exposición, es una experiencia que un melómano no disfruta todos los días. ¡Ni todos los años! Eso sí, yo hubiera disfrutado mucho más con un poco de visibilidad y cinco grados menos de temperatura.

Me queda comentar el segundo concierto de Welser-Möst, que fue toda una sorpresa: Novena de Bruckner muchísimo más satisfactoria de lo esperado. Otro día les cuento.

miércoles, 6 de marzo de 2024

La English Chamber visita la Musikverein con Julian Rachlin

Tan solo dos horas después del primer concierto de Welser-Möst con la Filarmónica de Viena comentado en la entrada anterior, me tocaba regresar a la Musikverein para escuchar a la English Chamber Orchestra, que venía liderada por  el violinista Julian Rachlin para hacer un programa integrado por obras de Mozart y Mendelssohn. La pregunta estaba en el aire: ¿conserva esta mítica formación la calidad de aquellos dorados años sesenta y setenta? La respuesta es un rotundo sí. Sigue siendo un verdadero prodigio de virtuosismo y, sobre todo, de depuración sonora, aunque también es cierto que no se debe perder de vista el contexto histórico: la calidad de las formaciones orquestales a nivel global ha mejorado de manera considerable desde aquellos tiempos. Vamos, que hoy tiene más competencia que antaño.

Dicho esto, fue un placer escuchar a la ECO en este repertorio tan adecuado para ella. Al menos, en lo que al compositor salzburgués se refiere. ¿Y cómo fue su Mozart? Pues muy británico, pero no en la línea de pulcritud a veces un tanto insípida de un Sir Neville Marriner con sus colegas de la Academy, sino más bien en esa maravillosa mezcla de vitalidad, luminosidad y elegancia que con la English Chamber "antigua" hacía un Raymond Leppard –músico que cada vez me gusta menos en el Barroco, dicho sea de paso, pero que para el Clasicismo me sigue pareciendo enorme–. Ni que decir tiene, poco que ver con el músculo y la densidad que esa misma "Vieja English" ofrecía con Barenboim en este repertorio.

Por todo lo expuesto, pienso que no debió de haber ni un solo espectador en la Musikverein que no disfrutara muchísimo de lo que allí se escuchaba: ni los partidarios de la más conservadora tradición ni los radicales de las maneras HIP podían discutir el perfecto equilibrio entre agilidad en la articulación, naturalidad en el fraseo y sentido del canto que desplegaron los músicos bajo la dirección de un Rachlin que primero tocó el Concierto para violín nº 3 con enorme sensatez y musicalidad –quizá le quedó un poquito más distante de la cuenta–, para luego dirigir la Sinfonía Haffner con una convicción y una fuerza expresiva abrumadoras. Y sí, los tempi fueron rápidos, pero no hubo la menor caída en el nerviosismo, en la blandura ni en la frivolidad, cosa que sí le ha ocurrido (¿han escuchado lo de Abbado?) a otros maestros mucho más famosos. ¡Bravo por Rachlin!

Harina de otro costal fue la Sinfonía Italiana de Mendelssohn de la segunda parte. Una vez más hubo agilidad bien entendida, nitidez en la articulación y muchísima sensatez, amén de una ejecución de esas que quitan el hipo, pero ya se sabe que a este compositor es bien difícil cogerle el punto: al segundo movimiento le faltó esa sensualidad tan particular, al mismo tiempo acariciadora y amarga, que la convierte en una de las páginas más inspiradas del compositor. Vistosísimo, lleno de electricidad y de un virtuosismo insuperable el Saltarello conclusivo, pero a mi entender no es suficiente.

De propina, una obertura de Las bodas de Fígaro que más efervescente que propiamente teatral. No me convenció del todo, pero a esas alturas ya daba igual. El público vienés, que algo sabe de Mozart, aplaudió a rabiar, así que los británicos se fueron más contentos que unas pascuas. Y yo me largué a airearme un poco –y tomar un Aperol spritz– antes de que llegara el tercer y último concierto de la musicalmente agotadora jornada dominical: Segunda de Mahler.

lunes, 4 de marzo de 2024

Franz Welser-Möst reapareció en Viena... y yo estuve allí (I)

La prensa musical da buena cuenta de la reaparición de Franz Welser-Möst tras su batalla contra el cáncer. Fue en Viena, donde ofreció dos programas diferentes con la Wiener Philharmoniker que ahora mismo anda ofreciendo –junto con un tercero: Sinfonía nº 9 de Mahler– en gira estadounidense. Pues bueno, yo estuve allí, en la Musikverein de la capital austriaca, y puedo dar buena cuenta de que, contra todo pronóstico sabiendo cómo se las gasta –o se las gastaba– el director vienés, fueron dos magníficos conciertos.

El del domingo 25 de febrero tuvo lugar a las once de la mañana. Nada más salir el maestro hubo intensas ovaciones: no se celebraba su mera aparición, sino su recuperación y vuelta a casa. Se lo merecía, qué duda cabe. Comenzó con una obra poco popular en la que se prescindía de la parte más preciada de la mítica formación a cuyo frente se ponía: la Konzertmusik für Blasorchester, op. 41 de Paul Hindemith. Importó poco, porque los metales vieneses demostraron estar en plenísima forma –redonda, empastada, potente– y el maestro dirigió esta música con toda la vitalidad, el ritmo, la incisividad, la ironía y el sentido del humor que la partitura demanda. 

Formidable, pero el peso pesado venía a continuación: la Fantasía sinfónica sobre La mujer sin sombra de Richard Strauss. Confieso que, tras los “Keikobad” con que arranca la partitura y al arrancar el tema lírico, se me saltaron las lágrimas. También reconozco las razones: allí estaba yo, sentado en el patio de butacas de esa sala de esa ciudad, escuchando esa música precisamente a esa orquesta. ¿Comprenden? Y aunque esta Wiener Philharmoniker no es en modo alguno –no puede serlo, han pasado demasiados años– la que realizó aquella magistral grabación de la ópera completa para Decca con Sir Georg Solti, sigue siendo una orquesta de tímbrica maravillosa.

Pero es que, además, Welser-Möst dirigió centradísimo en el estilo, con decadentismo muy moderado y un buen equilibrio entre brillante y refinamiento. También con inspiración, mucha inspiración. Solo un reproche, no poco importante: en el gran clímax previo a la sublime sección final hubo mucho más decibelio que claridad, por no decir que, lisa y llanamente, cayó en la vulgaridad que tantas veces ha sido marca de la casa.

No fueron nada vulgares, antes al contrario, las Variaciones para orquesta de Arnold Schönberg que abrieron la segunda parte. Me traía la obra muy preparada desde casa, que para eso hice la comparativa que aquí mismo les pude presentar a ustedes. En ella me quejaba de que pocos directores atendían lo suficiente al sentido de la atmósfera que anida en la difícil partitura. Pues bien, Welser-Möst me ha parecido de los que más se han acercado a ello, en buena medida porque se tomó las cosas con calma, atendió al peso de los silencios y supo ver más allá de las notas. Además, clarificó el entramado orquestal de manera magistral. Sí: magistral. Otra cosa es que echemos de menos el ímpetu y la comunicatividad de Solti, o el refinamiento tímbrico de Boulez y Barenboim. Dicho esto, creo que la lectura que allí escuchamos fue de altísimo nivel, por mucho que el público (¡precisamente el de Viena, y a estas alturas del siglo XXI!) no pareciera apreciarlo.

Sí que se aplaudió mucho tras La valse, página que cerraba el programa con total coherencia al tiempo que enlazaba con el otro programa de los mismos intérpretes –las Tres piezas de Alban Berg también incluyen un vals distorsionado–. No sé decirles si la recreación de Welser-Möst sonó más a Viena que a Maurice Ravel. Sí que sé –porque he "hecho trampa" y acabo de escuchar la toma radiofónica de ese mismo día– que hubo un gran trabajo de timbres y texturas, como también una buena dosis de brillantez, de empuje y de comunicatividad, por no hablar de la increíble belleza sonora desplegada. Pero también se hizo presente algún detalle blandengue, cierta falta de continuidad entre las secciones y un tercio final con clímax tendentes a la vulgaridad. Quizá se trataba de eso, de que el público saliera contento tras una buena dosis de dodecafonismo.

En otro momento comentaré el segundo programa, el que incluía la Novena de Bruckner. Antes quiero escribir sobre los otros dos conciertos de ese mismo domingo: English Chamber Orchestra y Sinfónica de Viena. Ahí es nada.

PS. La foto del maestro la he tomado del Facebook oficial de la orquesta.

domingo, 3 de marzo de 2024

Mi primera visita a la Konzerthaus de Viena: recital de Kirill Gerstein

Aquí sigo. Ni feliz, ni animado, ni con ganas de escribir. Pero quiero dejar testimonio de los conciertos que escuché en Viena, sobre los que tomé notas de voz que ahora me van a servir para contarles qué me pareció todo aquello. Ya dije algo del último que presencié, el de la Filarmónica de Londres, Karina Canellakis y Christian Tetzlaff (aquí). Vamos ahora por el primero: el recital pianístico de Kirill Gerstein en la Konzerthaus que tuvo lugar el sábado 4 de febrero.

Confieso que no acudí interesado por el pianista de origen ruso, sino por la mítica sala de conciertos. Y aquí me llevé un enorme chasco: resulta que mi evento era en la Sala Mozart, que no es la famosa de las grandes columnas, sino una de mediano tamaño –setecientas butacas– que, eso sí, es muy hermosa y mereció la pena disfrutar.

Gerstein comenzó con la Polonesa-Fantasía op. 61 de Frédéric Chopin: todo muy en su sitio, pero implicándose poco en aspectos como la elasticidad del fraseo, el rubato y cosas así. El pedal pe pareció que emborronaba un tanto el discurso, aunque la impresión pudo deberse a que un servidor no estaba acostumbrado a la acústica de la sala.

El Nocturno nº 13 de Gabriel Fauré resultó tan apasionado que me pareció fuera de estilo. Mucho más me interesaron los tres Intermezzi de Francis Poulenc, porque no fueron tratados como música superficial, sino con una buena dosis de compromiso expresivo. Cerrando la primera parte, la Polonesa nº 2 de Franz Liszt. Fue lo que más gustó al público y a quien escribe estas líneas, porque ofreció una oportunidad para que el artista desplegara no solo un formidable virtuosismo digital, sino también –y sobre todo– un sonido musculado y “orquestal” que le venía maravillosamente al autor de Los preludios; la interpretación propiamente dicha, sobria y no particularmente inspirada, pero ajena tanto al mero exhibicionismo como al grave peligro del atropellamiento. Muy bien.

Todo lo contrario la Fantasía op. 49 de Chopin que abrió la segunda parte: la tocó como si fuese un alumno, ciertamente pleno de facultades técnicas, al que en ese momento le hubieran puesto frente a sus ojos la partitura por primera vez. Bochornoso tocar de manera tan lineal una obra sublime. Vino a continuación un homenaje a la ciudad: nada menos que Carnaval de Viena. No estoy seguro de que sonara del todo a Robert Schumann, pero hubo mucha pasión en los dedos del pianista: es decir, más Florestán que Eusebio. Era de esperar, porque hasta ese momento Gerstein no había demostrado especial sensibilidad lírica en ninguno de los compositores interpretados.

Hubo virtuosismo muy bien controlado en la Liebeslied de Fritz Kreisler transcrita por Rachmaninov, y a continuación se cerró el programa con el Grande Valse brillante op. 42 de Chopin dicho de la misma manera. Pero claro, lo que vale para un compositor no es suficiente para el otro, que demanda una dosis muchísimo mayor de inspiración poética.


Total, un recital altamente irregular, globalmente poco interesante, que al menos sirvió para quitarme la espinita de entrar en la Konzerthaus. ¡Impresionante el gran salón que da acceso a las diferentes salas! Al día siguiente, nada menos que tres conciertos en la Musikverein, el primero de ellos con Welser-Möst y la Filarmónica de Viena. Pero esa es otra historia.

Sinfonía nº 4 de Mendelssohn, "Italiana": discografía comparada

Esta comparativa de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn la publiqué inicialmente el 2 de junio de 2024. He añadido Solti/Israel, Solti/Viena...