Mostrando entradas con la etiqueta Dudamel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dudamel. Mostrar todas las entradas

viernes, 16 de enero de 2026

Así habló Zaratustra, de Richard Strauss: discografía comparada

Por fin he alcanzado un número relevante de grabaciones comentadas en esta comparativa, pero aun así sigo sin enterarme de que va la cosa en esta partitura. De acuerdo, hay mucho escrito sobre ella y hasta he podido escucharla con una guía de audición de esas minuciosas. Lo que ocurre es que, a mi entender, esta partitura no va sobre nada en particular. Me explico: lo de la filosofía y tal parece más bien una excusa, justo como en su Sinfonía doméstica, para desplegar la más fascinante paleta de colores orquestales imaginables sin por ello quedarse en lo decorativo: la música recurre muchas emociones humanas y toca el corazón. Por eso, y aun sin encontrarse entre sus mejores poemas sinfónicos Vida de héroe, Till, Don Juan, este Así habló Zaratustra resulta un verdadero deleite siempre que la orquesta se encuentre a la altura cosa nada fácil y que el maestro de turno sepa hacer bien su trabajo.

Simplificando mucho, la batuta tiene que escoger una opción entre dos visiones muy distintas entre sí de esta partitura. La primera, que vamos a llamar "berlinesa", es ante todo escarpada, oscura y dramática. La otra, digamos que "vienesa", se caracteriza por su sensualidad, vuelo lírico, hedonismo bien entendido y un punto de decadentismo, lo que no implica si el maestro sabe no confundir tocino con velocidadcarecer de nervio interno o de sentido de los contrastes.

Ah, la traducción de los títulos de las diferentes secciones las he tomado de Luis Gago, por parecerme un traductor especialmente fiable.


1. Reiner/Sinfónica de Chicago (RCA, 1954). Con estereofonía formidable para la época se echa de menos gama dinámica nos ha llegado este registro que supone ante todo un testimonio de cómo el maestro de origen húngaro, al poco tiempo de alcanzar la titularidad del conjunto, ya estaba construyendo una formidable máquina de hacer música caracterizada por la brillantez e incisividad de su sonido. Ahora bien, tras una introducción a la que le falta grandeza se desarrolla una interpretación en la que se alternan momentos de gran intensidad y elocuencia ardiente hasta acercarse al desbordamiento De las alegrías y de las pasiones con otros a los que, francamente, les faltan esa sensualidad, esa mágica melancolía y esa ternura que también necesita la música de don Ricardo. Por otro lado, el nervio que inyecta al fraseo quizá no sea el más adecuado para clarificar las texturas, en cualquier caso trabajadas con innegable virtuosismo. (8)


2. Böhm/Filarmónica de Berlín (DG, 1958). No hay genialidad alguna, y puede que se eche de menos algo de “perfume vienés”, de sensualidad y de encanto la visión es mucho antes “berlinesa”, pero se trata de una interpretación llena de fuerza, sinceridad y dramatismo, de sonoridades rotundas y poderosas hay que insistir en lo de “berlinés”, como también con un gran sentido de la incisividad, y en cualquier caso magníficamente planificada y llena de grandeza. El CD suena regular; el SACD, muchísimo mejor. Búsquenlo en aguas corsarias. (9)


3. Karajan/Filarmónica de Viena (Decca, 1959). Aunque el disco oficial de la banda sonora incluyó el registro de Böhm, esta fue la versión que sonó en la película 2001. La verdad es que se trata de una lectura de estilo irreprochable y con momentos de gran energía, siempre muy bien controlada, además de todo lo refinada y detallista que es de esperar en un Karajan, pero eso es lo extraño no resulta muy personal, carece de la emotividad suficiente y resulta algo discontinua. Grabación correcta sin más para la época: en exceso distorsionada y poco transparente. Si localizan el audio procedente de un SACD la cosa mejora un poco. (7)


4. Reiner/Sinfónica de Chicago (RCA, 1962). Si en 1954 los chicagoers ya hacen gala de un muy notable nivel, ocho años son ya formidables, mejorando sustancialmente en la sección de metales y destinados a convertirse en la gran orquesta norteamericana, por encima de las formidables de Philadelphia y Cleveland. La toma es también mejor, permitiendo disfrutar con mayor fidelidad tímbrica del portento sinfónico. ¿Y la versión? Pues en la misma línea incisiva y vistosa de la anterior, quizá ahora con un punto menor de contrastes y de tensión emocional; lo más flojo continúa siendo La canción de la danza, que ahora intenta hacer más dulce pero sigue sin salirle. Y es que a Reiner, lástima, nunca le salió del todo bien eso de los valses vieneses. (8)


5. Maazel/Orquesta Philharmonia (EMI, 1962). A sus treinta y dos años, Maazel deja constancia de una técnica formidable a la hora de levantar el edificio sonoro, haciéndolo con perfecto equilibrio de planos, muy apreciable claridad, gran sentido del color y brillantez muy bien entendida, pero lo cierto es en esta versión sin duda vistosa y por momentos muy encendida, hay momentos de excesivo nervio, carece de toda la grandeza necesaria –la Introducción, sin ir más lejos y se echa de menos esa particular sensualidad refinada, ese lirismo un punto decadente y lleno de magia sonora, que desarrollará con posterioridad y le permitirá más veintiún años más tarde ofrecer una de las más grandes lecturas discográficas de la obra. La toma de sonido, realizada en el desaparecido Kingsway Hall de Londres en junio de 1962, posee las características propias de las producciones de Walter Legge. (8)


6. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1963). Siempre antes eficaz artesano que artista inspirado, el maestro de origen húngaro ofrece una lectura de trazo sólido y pulso sostenido que resulta acertada en los momentos más dramáticos de la página pero que se queda bastante corta en sensualidad, refinamiento y magia poética. Por momentos, incluso, llega a resultar un tanto gris. Si la versión merece no un siete sino un ocho es por la asombrosa actuación de los Fabulous Philadelphians, que no solo tocan con enorme virtuosismo sino que, además, ofrecen un sonido particularmente compacto y empastado, de gloriosa cuerda grave en la que se apoya todo el edificio sonoro, que resulta sencillamente ideal para esta página en particular. (8)


7. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1968). Tras una Salida del sol llena de grandeza, queda claro que el joven Mehta mucho más entusiasta que el de décadas posteriores va a ofrecer una interpretación poderosa, encendida y llena de convicción, sonada con opulencia sin excesos y con elegancia ajena a preciosismos, por momentos muy dramática e incluso algo bronca, aunque no del todo clara en las texturas -la toma no ayuda- y algo falta de magia poética en determinados pasajes. La orquesta no es nada del otro jueves, pero suena de manera muy apropiada. (8)


8. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1970). Atención a la fecha. En 1970 ya hacía cuatro años que Lenny había realizado su primer encuentro con la Filarmónica de Viena, a todas luces eje en torno al cual pivota su carreta como director. Al año siguiente vendría la Carmen en el Met y empezaría a realizar su ciclo de filmaciones mahlerianas con la citada formación austriaca. No estamos, por tanto, ante el Bernstein espontáneo, altamente comunicativo pero falto de concentración, e incluso descuidado en lo técnico, de sus primeros años neoyorquinos. Este es el Bernstein de su primera madurez, y se nota ya en una Salida del sol radiante y plena de grandeza. Luego la inspiración baja, pero se recupera en el último tercio de la obra, mostrándose la batuta dionisíaca y también llena de encanto, incluso de perfume vienés, en La canción de la danza, muy personal en La canción del noctámbulo y concentrado a más no poder en la conclusión. La orquesta se encuentra en mejor forma que unos años atrás, pero aún tendría que venir Pierre Boulez a poner orden. A la toma le va haciendo falta un nuevo reprocesado. (8)


9. Stokowski/American Symphony Orchestra (audio en YouTube, 1970). Hay quien dice que eso de que un director puede modelar la paleta orquestal a su antojo es un invento de la crítica musical. Que el timbre de un instrumento es el que es, y punto. Pues bien, escuchen esta grabación y comprueben, incluso con las limitaciones de la pobre toma en vivo, si eso tan repetido de que don Leopoldo fue un mago del color es fruto de una alucinación colectiva o más bien una verdad como un templo. Dicho esto, la interpretación en sí misma me ha parecido desigual. La creatividad de Stokowski queda clara en eso que me han señalado en los comentarios invitándome a escuchar este testimonio, la manera en la que los timbales en la introducción se van ralentizando al tiempo que juegan con la dinámica, una idea que seguirán Maazel y algunos otros, pero también es cierto que el maestro frasea gran parte con una parsimonia excesiva. Ojo, que no es cuestión de mera lentitud, sino de falta de naturalidad, hasta el punto de que en De las alegrías y las pasiones se pasa de rosca. Por contra, la ralentización me parece un acierto en los golpes de campana con que se inicia El canto del noctámbulo, que así suena con un muy atractivo carácter opresivo y fatalista. La orquesta rinde al máximo de sus posibilidades, pero evidencia limitaciones: es por eso por lo que dejo la puntuación en el siete. (7)


10. Steinberg/Sinfónica de Boston (DG BR-Audio, 1971). Se le nota al maestro mucho más a gusto en este repertorio que en Los planetas con que este registro ha sido condenado a circular para siempre en formato digital. Es la suya una lectura antes germánica que propiamente vienesa, pero también una dirección con enérgica y muy entusiasta, palpitante de vida, expuesta con sonoridades robustas sin dejar atenta a la claridad e incluso a la incisividad de la tímbrica. Le sobra alguna precipitación la misma salida del sol y cierta tendencia al decibelio, al tiempo que se echa de menos una dosis adicional de magia sonora, incluso de refinamiento. Quizá parte de la culpa de esto último lo tenga la orquesta, notabilísima pero todavía sin el grado de depuración sonora que alcanzará en la era Ozawa. Buen sonido cuadrafónico recuperado en Blu-ray Audio. (8)


11. Kempe/Staatskapelle de Dresde (EMI, 1971). Interpretación poderosa, con empuje, intensidad y excelente sentido dramático, muy bien tratada en las sonoridades, dicha con excelente pulso y perfecto estilo, aunque más decidida que ensoñada o evocadora en su enfoque. Flaquea un arranque sin grandeza suficiente y un final un tanto desaprovechado. Excelente el sonido cuadrafónico en el DVD-Audio hoy fuera de circulación. (8)


12. Haitink. Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1973?). No hay sorpresas con el maestro holandés: arquitectura perfecta, apreciable claridad, atención al detalle sin que ello suponga rebuscamiento, ausencia de decadentismo, garra suficiente en los picos de tensión, concentración cuando corresponde, mucha elegancia... Y también una postura en exceso equilibrada, incluso un tanto distanciada, lo que significa que la temperatura emocional no termina de elevarse, por no hablar de la sosería con que se aborda Das Tanzlied a pesar de la excelencia de ese gran concertino que fue Herrmann Krebbers. Notable sonido en el streaming de alta resolución. (8)


13. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1973). Tal vez sea por una toma sonora netamente superior a la de Viena –aun así, deja bastante que desear incluso en la versión en BR Audio, pero esta interpretación parece más rica en el color y más depurada en lo sonoro que aquella, así como más intensa en determinados pasajes. ¡Y qué decir del nivel superlativo de la orquesta y del conocimiento del lenguaje straussiano por parte de Karajan! Por desgracia, el maestro ofrece un fraseo en exceso deliberado, algo narcisista incluso, en números como De los hombres de un mundo ultraterreno, El canto fúnebre o De la ciencia. Ojo, porque no es cuestión de lentitud, sino de falta de sinceridad, por no decir rebuscamiento. El resultado, una vez más, es cierta discontinuidad en el trazo global de una versión suntuosísimamente sonada. (8)


14. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1975). Como era de esperar, Sir Georg nos entrega una interpretación más terrenal que filosófica, pero en el buen sentido. Realiza su habitual exhibición de músculo, brío bien controlado, electricidad y sentido de los contrastes, entregándonos una interpretación vehemente, escarpada y no poco dramática, brillante en el tratamiento de la orquesta, riquísima –y adecuadamente incisiva en el color, y siempre de claridad admirable. ¿El problema? Que no solo no está bien descuidar los aspectos más reflexivos y espirituales de esta música, sino que en Das Tanzlied el maestro no logra destilar la sensualidad, la magia sonora y –por qué no el perfume vienés que demanda esta música, y a partir de ahí llega a precipitarse un poco. Una lástima, porque hasta ahí se había tratado de una interpretación, aun con los reparos expuestos, de muy alto nivel. Más adelante lo hará mejor. (8)


15. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (EMI, 1979). Aun sin llegar a ser nunca un maestro particularmente personal ni creativo, Ormandy acostumbró a mostrarse considerablemente más inspirado en los últimos años de su carrera. Prueba de ello es este Zaratustra que, siendo solo un poquito más lento que el anterior 33’17’’, parece más paladeado y sensual –ya desde el canto de los violonchelos en De los trasmundanos –, más elevado en su vuelo poético. También de muestra más ensoñado en la parte “vienesa” de la obra, que aborda con cierta levedad bien entendida, sin por ello renunciar a unos picos dramáticos planificados con mucha naturalidad y a una brillante respuesta orquestal de una formación a la que trata sin particular interés analítico, pero haciéndola sonar exactamente a lo que debe. La toma es ya digital. Le faltan pegada y sentido espacial, a pesar de que ha sido bien restaurada por el sello Esoteric: busque en aguas corsarias los archivos DSF extraídos del SACD. (9)


16. Mehta/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1980). Aunque globalmente el resultado sea parecido, con respecto a su lectura doce años anterior, Mehta pierde un poco de aspereza y de tensión dramática para ganar lenguaje straussiano. En cualquier caso, poderosa y no del todo poética interpretación que se cierra con un final más seco que misterioso. El violín de Glenn Dicterow no es gran cosa. Temprana grabación digital de buena calidad. (8)


17. Ozawa/Sinfónica de Boston (Philips, 1981). Soberbio trabajo de los ingenieros de sonido para una recreación que se basa en el soberbio trabajo realizado por el maestro nipón al frente de la orquesta, de un refinamiento tímbrico insólito y de enorme plasticidad. Por ello es comprensible que a veces la batuta se recree en exceso en la belleza, que haya más contemplación que arrebato y que el resultado pueda parecer un poquito insincero. Dicho esto, la suntuosidad, la opulencia y la comunicatividad quedan garantizadas. (8)


18. Maazel/Filarmónica de Viena (DG, 1983). Al frente de la orquesta más straussiana del mundo y ya con pleno dominio del idioma del compositor, el Maazel maduro ofrece una lectura en la que combina la riqueza de detalles expresivos con una arquitectura global perfecta, tan flexible como lógica, en la que los clímax se hayan perfectamente estudiados y evita caer en la excesiva vehemencia de su interpretación con la Philharmonia. Además, ahora sí que atiende a todos los aspectos posibles de la partitura, desde lo épico y lo dramático –sin cargar las tintas hasta lo elegante, lo amoroso, lo poético e incluso lo decadente, hasta el punto de que por momentos se adivina no ya al Rosenkavalier, sino también al Strauss tardío. Eso sí, pese a que todos los componentes referidos se encuentran aquí, esta es una versión antes lírica, poética y sensual que escarpada o visionaria, teniendo que ver quizá con ello la presencia de una Wiener Philharmoniker que aporta esos mismos aromas vieneses –basta escuchar Das Tanzlied que destilaba junto al propio Maazel en los conciertos de Año Nuevo. Por eso mismo habrá quienes prefieran lecturas donde primen otros enfoques, aunque será difícil que nadie se resista ante el derroche de belleza sonora ofrecido o ante la magia increíble del final. La ingeniería del sello amarillo, excelente. (10)


19. Prêtre/Orquesta Philharmonia (EMI, 1983). El maestro francés ofrece una interpretación vibrante y extrovertida, llena de garra y de electricidad, de trazo refinadísimo y atento a las texturas –impresionantes las maderas en mitad de El convaleciente, pero también más nerviosa de la cuenta, falta de poso reflexivo, concentración y profundidad: no olvidemos que se trata de una obra filosófica. También sería necesario un grado adicional de esa sensualidad un punto decadente típicamente straussiana. Hay además algún clímax muy excesivo, como el que se encuentra al minuto y veinte segundos de arrancar de El convaleciente. Excelente la toma, como es habitual en las producciones del gran Charles Gerhardt. (8)


20. Sinopoli/Filarmónica de Nueva York (DG, 1987). Esta es una interpretación vistosa y muy contrastada, pero también sumamente irregular. El veneciano acierta en las partes más extrovertidas de la obra con su batuta elocuente, colorista y brillante, admirable a la hora de manejar texturas, mientras que se muestra muy poco inspirado en las más “filosóficas”, en la que el sentido del misterio y la reflexión filosófica se ven sustituidos por narcisismos varios que llevan a una irremediable pérdida de pulso interno y, por ende, a la fractura de la unidad del discurso. El resultado, una recreación en la que se yuxtaponen de manera poco natural momentos muy logrados y otros de escaso interés. Soberbia la toma de sonido. (8)


21. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD Sony y Stage+, 1987). En este concierto del 1 de mayo por el 150 aniversario de la orquesta Karajan no mejoró los resultados de grabaciones anteriores. Más bien al contrario. Por descontado que refinamiento, belleza sonora y brillantez se encuentran garantizados dentro de una lectura de perfecto idioma, pero en general Karajan no parece del todo comprometido poca inspiración en Das Tanzlied, e incluso da la impresión que la concentración es irregular. La realización visual se recrea cómo no en el maestro antes que en la orquesta, pero esta vez la imagen es genuina y no presenta los playbacks “de estudio” de otras ocasiones. Técnicamente, imagen y sonido dejan mucho que desear. (8)


22. Maazel/Sinfónica de la Radio Bávara (RCA, 1995). A la introducción le falta el carácter visionario de su versión con Viena, pero Maazel hace de nuevo gala de un idioma, una solidez, una sinceridad y una elocuencia difícilmente superables en este repertorio. Todo ello, además, evitando por completo tanto la retórica como lo en exceso decadente, y en este sentido esta nueva interpretación es menos “vienesa” y más escarpada que la anterior, ofreciendo momentos “góticos” muy conseguidos. El final podría ser más siniestro aún. (9)


23. Solti/Filarmónica de Berlín (Decca, 1996). En los años noventa Sir Georg conoció una cierta decadencia en su arte: menor concentración, ciertas prisas, aunque nada que ver con las asperezas de la primera etapa de su carrera. En cualquier caso, hay excepciones, como este fenomenal Zaratustra que deja atrás al de 1975 en Chicago añadiendo a su enfoque colorista, vital y altamente apasionado a veces al borde del desbordamiento una dosis mayor de sensualidad, de refinamiento y de magia poética. Como la orquesta es ideal para la obra, los resultados son colosales, con independencia de que algún momento la misma salida del sol podría estar más paladeado. (9)


24. Sinopoli/Staatskapelle de Dresde (YouTube, 1998). Haciendo gala de su batuta colorista y brillante, así como de un fraseo curvilíneo, flexible y vehemente, con frecuencia agitado y a veces nervioso en determinados pasajes se echa de menos concentración, el maestro veneciano ofrece una recreación ya madura en la que pone de relieve los aspectos más dramáticos de la página. Hay hedonismo bien entendido, suntuosidad tímbrica y claridad, ciertamente, pero por encima de todo se ponen los contrastes, el temperamento y un cierto sentido del desgarro, cuando no del amargor, que recuerda no poco a su memorable grabación de Don Juan del mismo compositor. La orquesta sajona aporta una sonoridad straussiana “con denominación de origen” que se aparta tanto del excesivo músculo berlinés como del hedonismo vienés, y que resulta ideal para la idea expresiva que plantea el maestro. La toma, cortesía de la NHK, no es la mejor de las posibles, pero posee amplia gama dinámica y un registro grave de impresión. (9)


25. Boulez/Sinfónica de Chicago (DG, 1999). Lo lógico hubiera sido que los chicagoers grabaran esta página con su titular Barenboim, pero como se ve que al de Buenos Aires no le interesa esta partitura tuvieron en su lugar a un Boulez que hizo más que nunca de Boulez. Del Boulez de los noventa, habría que puntualizar. Realiza así, ayudado por una orquesta soberbia (¡qué mezcla de potencia, brillantez y refinamiento!) y por una toma de auténtico lujo, una radiografía de la partitura como pocas veces -o nunca- se haya escuchado. Aporta además un trazo segurísimo y de completa lógica, sin rigideces ni -imposible con semejante maestro- espacio para narcisismos, así como un enfoque dramático muy convincente. Eso sí, quien busque carácter “vienés”, sensualidad, decadentismo en su punto justo y magia poética puede sentirse seriamente decepcionado. En cualquier caso, se diría que la audición resulta imprescindible por su carácter didáctico. (9)


26. Mehta/Staatskapelle de Dresde (Blu-ray Arthaus, 2010). Ni la Salida del sol ni el final poseen, en modo alguno, la concentración ni la inspiración que se debe exigir a un director tan versado en este repertorio. Por lo demás, una versión “muy de Mehta”, es decir, musculada y un tanto rústica, opulenta sin hedonismo alguno, de colores incisivos y bastante escarpada en la expresión, pero también bastante parca en sensualidad, en elegancia y en atmósferas, además de poco interesada en desmenuzar las texturas. La toma en DTS multicanal, con surround auténtico, es un auténtico prodigio: quizá sea, junto con la de Nelsons y la Concertgebouw, la mejor grabación que haya recibido esta obra. El YouTube es un pálido reflejo. (8)


27. Jansons/Orquesta del Concertgebouw (YouTube, 2012). Comienza la interpretación defraudando un tanto: siendo este un repertorio muy afín a Mariss Jansons, el maestro letón parece mostrarse un tanto indiferente, lineal incluso, como si confundiera la objetividad que caracteriza sus maneras de hacer con cierta falta de implicación emocional, o al menos a la hora de poner matices. Poco a poco parece que se va calentando, pero la inspiración no termina de brotar de una interpretación que, en cualquier caso, se encuentra trazada de manera irreprochable, evidencia conocimiento del estilo -evitando preciosismos, eso sí- y se mueve siempre dentro de una gran sensatez. La soberbia orquesta, que suena empastadísima y con maravillosa plasticidad, ayuda a la batuta lo mismo que Chicago colaboró con Barenboim en unos tiempos que el que el de Buenos Aires no terminaba de conectar con el mundo straussiano. Siete para Jansons, diez para los holandeses. (8)


28. Nelsons/Ciudad de Birmingham (Orfeo, 2012). Interpretación dramática, escarpada y poderosísima –tremendos los timbales, quizá sobredimensionados por la grabación, podría decirse que visionaria, pero siempre controlada con pulso firme, sin precipitaciones ni arrebatos temperamentales, descendiendo al detalle con refinamiento carente por completo de narcisismo y, sobre todo, dicha con la más absoluta sinceridad, sin que haya asomo de retórica vacua ni voluntad de llegar al oyente por la vía rápida de la seducción. Se echa de menos, eso sí, un grado más desarrollado de sensualidad y vuelo lírico, aunque la opción a la postre resulta del todo coherente. (9)


29. Dudamel/Filarmónica de Berlín (CD DG y Digital Concert Hall, 2012). Tras una poderosa, soberbia introducción, el maestro venezolano ofrece una interpretación cálida, dionisíaca, con tanta sensualidad como nervio y altamente comprometida que se sitúa en el punto justo entre brillantez, sentido dramático hedonismo sonoro bien entendido y -no menos importante- lirismo y ensoñación de estirpe vienesas. Podría echarse de menos una dosis superior de chispa e incisividad en el vals, así como en general unos contrastes más marcados y una visión más áspera de la partitura, pero en su línea resulta digna de toda admiración. Otra cosa es que para semejante concepto los Wiener Philharmoniker sean aún superior a estos fenomenales Berliner: enseguida Dudamel se pondrá al frente de ellos. El sonido del CD es formidable, y entiendo que la interpretación es más o menos la misma que la de la plataforma audiovisual: el audio debe de proceder de una mezcla de los tres días del programa de abono, mientras que la filmación es solo del 28 de abril. (9)


30. Dudamel/Filarmónica de Viena (Symphony Live, 2013). El venezolano repite su cálido y voluptuoso acercamiento a la página, esta vez esa la orquesta idónea para la visión particularmente hedonista, aunque siempre idiomática, que adopta su batuta. Eso sí, por mucho que se encuentre tratada con mano maestra, esta Wiener Philharmoniker no suena, dentro de su altísimo nivel, como lo hacía la de Maazel: el tiempo no pasa en balde. Imagen y sonido muy deficientes en YouTube, sensacionales en la plataforma Symphony. (9)


31. Nelsons/Orquesta del Concertgebouw (Blu-ray Cmajor, 2013). Al igual que su grabación en Birmingham del año anterior, la óptica adoptada por el maestro es ante todo profunda y dramática, lo que se traduce en un sonido particularmente poderoso, en una enorme concentración en los momentos más introvertidos –con pocos directores el carácter filosófico de esta partitura ha sido puesto tan de relieve y en un temperamento encendido en el resto, además de por  una perfecta planificación de la arquitectura que le lleva a alcanzar clímax escarpados y visionarios a más no poder. En contrapartida, y aunque el trazo es siempre de gran claridad y finura, aspectos como la elegancia, la galantería y el hedonismo más o menos decadente, es decir, el lado “vienés” de la obra que de manera tan portentosa subrayara Maazel en su registro para DG, quedan relativamente relegados en esta, por lo demás, soberbia interpretación que se beneficia sobremanera de una orquesta –y un violín– en estado de gracia. Magnífica la toma sonora en Blu-Ray, con surround auténtico. (10)


32. Nelsons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2014). Repetición de la jugada por parte de Nelsons, exactamente en la misma línea sanguínea y visionaria que en su registro del año anterior, con una orquesta que es igual de increíble (¡qué timbalero!) pese a algunos desajustes puntuales propios del directo, pero que posee unas cualidades distintas. En este sentido, resulta muy ilustrativo comparar cómo le suenan los Berliner a Nelsons y a Dudamel en la misma página: más escarpada al primero, más sensual y refinada al segundo. Visión berlinesa frente a vienesa, ya saben. (10)


33. Maazel/Orquesta Philharmonia (audio en YouTube, 2014). Al igual que en la Alpina que ofreció en el mismo concierto celebrado en el Royal Festival Hall londinense por el 150 aniversario del compositor, Maazel ofrece una interpretación que se eleva a lo más alto de toda la discografía, sumando al carácter encendido del registro con esta misma orquesta cincuenta y dos años atrás el refinamiento y la sensualidad del que hizo con la Filarmónica de Viena, y añadiendo a su vez las tensiones escarpadas (¡tremebundas!) y las atmosferas sombrías de su grabación en Múnich, pero dándole a todo ello una vuelta más de tuerca en lo que a capacidad de análisis –insuperable el trabajo con las texturas, imaginación y compromiso expresivo se refiere, alcanzando momentos de auténtico escalofrío; la Introducción y el clímax final de El convaleciente, en ambos casos con la plena colaboración de un timbalero atrevido a más no poder, son de oírlos para creerlos. Lástima que la toma sonora, de origen radiofónico, no permita disfrutar a tope de esta maravilla. (10)


34. Jansons/Sinfónica de la Radio de Baviera (YouTube, 2017). El maestro vuelve a ofrecer más artesanía de calidad que una lección de compromiso y creatividad, pero esta vez, aunque siga pinchando en la introducción y desaprovechando numerosos pasajes, parece algo más implicado en la expresión, o por lo menos más encendido. La orquesta de Múnich no posee la calidad ni las calidades de la de Ámsterdam, pero funciona muy bien bajo una batuta que controla de manera formidable los medios. (8)


35. Chailly/Orquesta del Festival de Lucerna (Decca, 2017). Interpretación vistosa, dicha con opulencia sin preciosismos y desplegando un riquísimo sentido del color, a la que le falta un último punto de inspiración poética y le sobran despistes varios en una Tanzlied poco acertada. Espléndido sonido en alta resolución. (8)


36. Jansons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2019). Los berlineses marcan una gran diferencia con respecto a la filmación de Jansons en Múnich tan solo dos años anterior. La sonoridad es más bella, más poderosa y más propiamente straussiana; las intervenciones solistas desprende la más excelsa musicalidad y muchísima implicación expresiva; se diría, incluso, que los aromas vieneses están mejor recogidos por la cuerda de los Berliner en La canción de la danza. Pero no es solo la orquesta: el maestro se muestra manifiestamente más inspirado. Frasea con más concentración, paladea mejor la música, conjuga de manera más satisfactoria extroversión y carácter reflexivo. Esta es su gran lectura de la obra, beneficiada además por imagen 4K y excelente sonido Dolby Atmos. (9) 


37. Macelaru/Sinfónica de la WDR (YouTube, 2021). No funciona la Salida del sol: el maestro rumano se precipita con tanto entusiasmo. A partir de ahí, todo sale a pedir boca: no solo hay nervio bien entendido, sentido de los contrastes, cuidadoso tratamiento de las tensiones horizontales y un soberbio trabajo de las texturas, sino también mucho acierto a la hora de iluminar cada una de las líneas con la expresión que le corresponde, de hacerlas dialogar, de otorgar sentido teatral. También a la de destilar el refinamiento que la partitura necesita sin caer en lo preciosista y de desplegar brillantez sin necesidad de apabullar al personal. Sobra algún detallito y se le podría sacar más partido a la sección de las campanadas con que comienza El canto del noctámbulo –debería sonar más opresiva, pero globalmente la interpretación es soberbia. (9)



38. Orozco-Estrada/Sinfónica de la Radio de Frankfurt (YouTube, 2022). La propia orquesta nos regala con espléndida imagen 4K esta interpretación vistosa, entusiasta arrebatada a más no poder la Salida del sol, que desprende gran inmediatez expresiva y se muestra por completo ajena a cualquier suerte de preciosismo o amaneramiento, sin dejar por ello de ofrecer misterio y concentración cuando debe; muy bien De la ciencia, por ejemplo. Le falta, lástima, esa particular magia en las texturas que la música necesita, aunque tengo la impresión, sobre todo ahora que he podido escucharle al maestro colombiano la obra en directo, que la relativa falta de claridad puede deberse a la acústica de la sala, que tampoco parece beneficiar demasiado a los primeros atriles de las maderas. (8)



39. Nelsons/Gewandhaus de Leipzig (Stage+, 2022). Tras una Salida del sol que no llega a alcanzar toda la grandeza deseable, Nelsons vuelve a ofrecer una interpretación de perfecto idioma en la que alcanza ya ese equilibrio entre dramatismo y sensualidad que se echaba de menos en sus primeros registros de la página, pero esta vez con algo menos de depuración sonora: hay algún desajuste, y la cuerda sajona no está del todo fina. En exceso personal, por cierto, el primer violín en Das Tanzlied. Las maderas sí que están a la altura, y son tratadas por la batuta con un enorme acierto para resaltar sus aspectos más incisivos en lo que termina resultando, a la postre, una visión bastante encendida y “moderna” de la obra. Esta filmación, que se ofrece con excelente calidad audiovisual, no debe confundirse con el audio editado por DG, que corresponde a mayo de 2021 y aquí no comento. (8)


40. Pappano/Sinfónica de Londres (Stage+, 2023). Tras una introducción planteada con grandeza y sin precipitaciones –excelente el timbalero, el maestro londinense plantea una lectura tan sensata como ortodoxa en la que alcanza el más admirable equilibrio entre todas las vertientes de la partitura. Hay intensidad dramática y potencia expresiva, pero siempre bajo el más absoluto control nada de despliegue temperamental a la manera de algunas batutas jóvenes– y con mucho espacio para la reflexión, para la sensualidad y –sobre todo– para la delectación melódica, uno de los puntos fuertes de quien no en vano ha sido sobre todo director operístico. Dicho esto, las texturas podrían alcanzar mayor refinamiento, la belleza sonora no es toda la que demanda la partitura straussiana, e incluso a veces la poesía no vuela todo lo alto que debiera, pero a cambio el maestro no cae en preciosismos ni en lo decadentista, al tiempo ofrece un trabajo de tensiones y distensiones de enorme naturalidad: nada de arrebatos temperamentales, nerviosismo o brusquedad. (8)


41. Guggeis/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2025). La Salida del sol resulta nerviosa y sin grandeza. En el siguiente número –Luis Gago traduce su título como De los hombres de un mundo ultraterreno– sobra nerviosismo y faltan misterio y hondura filosófica. En De la aspiración suprema la cosa empieza a amoldarse mejor a las maneras expresivas del joven maestro, y a partir de ahí toda la interpretación es una continua alternancia entre pasajes de un apasionamiento, una sinceridad e incluso una rabia abrumadora con otros en la que la ausencia de concentración resulta evidente. La orquesta suena de maravilla –no tiene importancia algún desliz de la trompeta–. Lo hace así gracias no solo a su virtuosismo, sino también al soberbio trabajo de texturas realizado por una batuta atenta tanto al empaste global como al detalle, al tiempo que desinteresada por cualquier suerte de preciosismo o de opulencia desmedida. También es de justicia destacar la manera en que el maestro estimula a los primeros atriles para que sus intervenciones resultaran particularmente expresivas. En fin, Guggeis se decanta una visión eminentemente dramática de la partitura, pero le falta control. Y no control de los medios, que eso lo tiene de sobra, sino de sí mismo. Siete para la batuta: el punto adicional es por la orquesta. (8)

martes, 6 de enero de 2026

Quinta sinfonía de Mahler: discografía comparada

Presenté por primera vez esta entrada el 11 de junio de 2020. No realicé entonces introducción, y tampoco ahora se me ocurre qué decir. Bueno, sí, una cosita: detesto lo que hizo con esta música el otras veces grande Luchino Visconti en su pretencioso bodrio Muerte en Venecia. Asoció allí para siempre en el imaginario popular el cuarto movimiento, Adagietto, con una situación muy concreta (¡el poeta muriendo mientras contempla al hermosísimo Tadzio en la playa de Venecia, qué cosa más elevada!) que le quita a los pentagramas su carácter abstracto y le otorga significaciones que estrechan nuestra capacidad para verla de diferentes maneras. Peor aún, convierte a esta página en el epicentro de la sinfonía, cuando en realidad se trata de un preludio al Finale. 

Los directores de turno, muchos de los cuales se lanzaron a grabar la obra después del estreno de la referida película, tienen dos opciones en este sentido: dejar que efectivamente sea el epicentro convirtiéndolo en un Adagio –que no Adagietto– puramente mahleriano, a la manera del sublime Ruhevoll de la Cuarta sinfonía, o no cargar las tintas y dejarlo como transición reposada al movimiento conclusivo. Las dos opciones son válidas. Lo que no vale es hacerlo pegajoso, ingrávido o amanerado. Mahler podrá ser (¡y es!) decadentista, pero no cursi.




1. Walter/Filarmónica de Nueva York (Sony-Pristine, 1947). Esta es la primera grabación completa de la partitura estrenada cuarenta y cinco años antes. No se le puede negar a Bruno Walter pleno conocimiento de Mahler y de sus circunstancias, pero lo cierto es que a dia de hoy esta recreación resulta bastante desequilibrada. Defraudan los dos primeros movimientos, expuestos con naturalidad y un trazo que evita tanto la rigidez como los excesos agógicos –nada que ver con lo que con este repertorio hacía un Mengelberg y presuntamente hacía el propio compositor–, pero descafeinados en lo expresivo; salvo en momentos concretos, ni el dolor ni la rabia que albergan las notas se hacen presente con la intensidad que deberían. Bastante mejor el tercero: a despecho de algunos pasajes poéticos no del todo aprovechados, hay animación bien controlada, vistosidad y un estupendo tratamiento del entramado orquestal que pone de relieve el riquísimo color de la escritura. Espléndido el Adagietto, tan sobrio como musical, y al igual que el resto de la interpretación, por completo ajeno a narcisismos y amaneramientos, e irreprochable un Finale tan bien desmenuzado como correctamente planificado en sus tensiones. La orquesta se comporta francamente bien para los estándares de la época. En definitiva, una interpretación que en lo numérico iría desde el 6 hasta el 9, pero que globalmente merece valorarse con una nota alta: no era ninguna tontería enfrentarse a esta partitura en un momento en el que Mahler distaba aún de gozar de la popularidad que alcanzaría décadas más tarde. Muy convincente la ecualización de Pristine Classics. (8)



2. Horenstein/Sinfónica de Londres (Pristine, 1958). Se acaba de recuperar esta grabación de un ensayo –iba a realizarse un registro para el sello VOX– que supone el primer testimonio de la LSO interpretando a Mahler. En ella el maestro nacido en Kiev da buena cuenta de un planteamiento que sigue por completo vigente: severidad, control, análisis del expectro orquestal y una total ausencia de preciosismos y amaneramientos. Todo ello paladeando la música con delectación y naturalidad, sin necesidad de forzar las cosas. Los resultados fueron admirables, pero aun así esta lectura queda por completo eclipsada por la mucho más dramática, oscura y visceral que el propio Horenstein ofrecerá tres años más tarde con la Filarmónica de Berlín. Incluso hay que reconocer que a este Finale de Londres le falta un poco de fuelle. La toma, monofónica, es digna sin más. (8)



3. Horenstein/Filarmónica de Berlín (Pristine, 1961). Horenstein le coge la orquesta a Karajan, se va al Festival de Edimburgo y levanta una interpretación negra, intensa y expresionista a más no poder, nada rápida en los tempi, muy flexible cuando ello es necesario, pero siempre sujeta por riendas firmes y por completo ajena blanduras o éxtasis místicos. Los dos primeros movimientos renuncian a lo quejumbroso para poner directamente el dedo en la llaga. El gran Scherzo central no anda escaso de chispa ni de sentido del humor, pero posee una gran visceralidad, rusticidad sonora bien entendida y cierto carácter rugiente; lo demoníaco termina imponiéndose. El Adagietto no es contemplativo, sino doliente y encendido. Y el Finale está recorrido por un tremendo impulso vital en el que resulta difícil distinguir qué es júbilo y qué risa desesperada. La coda se expone con lentitud y evidencia la renuncia a todo efectismo, pero no por ello el público deja de lanzarse a aplaudir con enorme entusiasmo. La toma de sonido es muy precaria, a pesar de la concienzuda restauración realizada por Pristine. A esta se le puede discutir el relieve artificial que se le ha concedido a las frecuencias graves, si bien es verdad que sin ellas no se puede entender el sonido propio de la Berliner Philharmoniker. (10)



4. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1963). Aun no habiendo alcanzado por entonces todavía su madurez como director, el autor de West Side Story demuestra no solo una enorme sintonía con el universo musical de Mahler, que aborda con una sinceridad y fuerza expresiva abrumadoras sin que hagan su aparición melifluidades, preciosismos ni amaneramientos, sino también –y eso no era tan habitual en el norteamericano en esas fechas– un muy apreciable control de los medios. El resultado es una lectura encendida y comunicativa al tiempo que bien trazada, atenta tanto a la claridad y al detalle como a la arquitectura global, además de rica en color y brillante en el buen sentido del término. Falta el grado de depuración sonora –sobre todo en el último movimiento–, de plasticidad y de concentración de que hará gala en sus recreaciones fonográficas posteriores, que además ofrecen mayor hondura trágica que ésta. Y se echa de menos una orquesta como la Filarmónica de Viena en las referidas interpretaciones, porque lo cierto es que la New York Philharmonic, empezando por la trompeta solista, se queda bastante corta a la hora de responder al alto grado de virtuosismo que exige la escritura mahleriana. (8)



5. Neumann/Orquesta del Gewandhaus de Leipzig (Berlin Classics, 1966). Un placer escuchar con una orquesta superior a la Filarmónica Checa –aunque las trompetas rajan tela marinera– a un maestro como Vaclav Neumann, quien nos sorprende con una recreación que engancha de principio a fin gracias a su desbordante –que no desbordada: no hay precipitaciones, ni descontrol, ni excesos– intensidad expresiva. Interpretación de una fuerza, una vehemencia y una comunicatividad arrolladora que, aun rechazando la sobriedad para practicar un saludable hedonismo sonoro, se mantiene siempre lejos del narcicismo y del amaneramiento. Ahora bien, hay que reconocer que el enfoque del maestro checo resulta un tanto unilateral, escorándose hacia la extroversión y descuidando enriquecer el fraseo con acentos que otorguen los adecuados claroscuros expresivos. Por eso mismo los dos primeros movimientos, aun llenos de fuerza y rebeldía, carecen del carácter luctuoso –ojo, no lánguido ni plañidero- que también deben poseer, e incluso podrían estar un poco más paladeados, mientras que el tercero ganaría si fuera más poliédrico y rico en significaciones. Cálido, emotivo y sin languideces el Adagietto, rebosante de felicidad el Finale. (9)



6. Barbirolli/New Philharmonia (EMI, 1969). Vista con la perspectiva que otorga el paso del tiempo, esta lectura puede considerarse, hasta cierto punto, como la negación de buena parte de lo que vendrá después. Nada de retórica, de decadentismo, de voluntarias vulgaridades y de complacencia hedonista. Tampoco esquizofrenia, ni expresionismo. Ni dulzura, ni éxtasis místicos, ni contrastes extremos entre la muerte y la vida, entre el dolor y el júbilo. Aquí impera un dramatismo tan severo como lleno de fuerza interna (¡y eso que los tempi, con excepción del cuarto movimiento, son bastante lentos!) que da como resultado una recreación tan discutible como necesaria. En el primer tercio de la obra no hay lugar para aspavientos ni para el desgarro, solo para el dolor concentrado. El Scherzo no tiene mucho de festivo ni de danzable, lo que no le impide al maestro –al que se escucha resoplar claramente al principio– desgranar las melodías con maravillosa naturalidad ni analizar el espectro sonoro con escalpelo de cirujano. El Adagietto resulta adecuadamente sobrio e intenso: ni sentimental, ni contemplativo. Se escucha desde la distancia y como adecuada introducción a un quinto movimiento que, sin renunciar a la brillantez, en lugar de épico y optimista resulta resulta implacable y está lleno de grandeza bien entendida. La orquesta, un milagro, como lo es también la remasterización de Esoteric en SACD. (10)



7. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1970). Haciendo gala de su absoluto control de la arquitectura, elevadísimo sentido teatral y capacidad para ofrecer una enorme dosis de brillantez sin caer en el mero espectáculo, Solti renuncia a todo ese hedonismo sonoro, sentido de lo decadente y agonía psicológica que habitualmente asociamos al mundo mahleriano para ofrecer una recreación rápida –que no precipitada–, directa, extrovertida, sincera y muy comunicativa. Hay que puntualizar que en los dos primeros movimientos no se percibe lo suficiente la congoja, resultando más encrespados que otra cosa, aunque dichos con una finura de trazo asombrosa; que el tercero es muy luminoso, está lleno de frescura y de vitalidad, mezclando muy bien alegría y tensión dramática; que el cuarto es rápido, nada contemplativo, ofreciendo clímax lacerantes; y que el quinto resulta jubiloso como con pocos directores se haya escuchado, aunque de nuevo la increíble fuerza del trazo no merma la claridad, ni la finura, ni la increíble precisión expositiva. (8)



8. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Pentatone, diciembre 1970). Todavía a unos meses de distancia del estreno de Muerte en Venecia, con todo lo que eso iba a suponer, un Haitink de cuarenta y dos años propone una visión sobria en lo sonoro y distanciada en lo expresivo, pero no con el deseo de hurgar en los aspectos más adustos y dramáticos de la partitura, a la manera de un Barbirolli, sino con el de poner de relieve la portentosa escritura orquestal mahleriana. Obviamente lo consigue, pues para algo posee una técnica de batuta excepcional y tiene a su disposición a una orquesta espléndida –sin llegar aún al nivel increíble de tiempos más recientes–, pero lo cierto es que esta música parece pedir un mayor compromiso con el torbellino de emociones que, a partir ese increíblemente rico mosaico sonoro que Haitink expone de maravilla, parece pedir desde la primera nota hasta la última. La recuperación de la toma cuadrafónica original que brinda el SACD de Pentatone permite disfrutar de una admirable espacialidad sin que apenas se pierda –sobra algún platillazo demasiado lateral– la distribución tradicional de una orquesta, amén de una espectacular gama dinámica. (8)



9. Kubelik/Sinfónica de la Radio de Baviera (DG, 1971). No se puede reprochar el concepto del esta Quinta, ciertamente más lírica y luminosa que dramática, pero en cualquier caso dicha con una buena dosis de frescura, ajena tanto a excesos como amaneramientos y bastante bien diseccionada. Sí se le pueden poner pegas a la continuidad de las tensiones: el segundo movimiento arranca con bastante flojera y el quinto, sencillamente, nunca termina de arrancar. Pero lo que no es de recibo es la actuación de la orquesta, pobre en su sonoridad global y lastrada por unos metales que rajan continuamente. Tampoco la toma sonora, ni siquiera en alta resolución, se ha conservado bien. La toma radiofónica diez años posterior resulta mucho más recomendable para conocer el acercamiento de Kubelik. (7)



10. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD DG, 1972). Interpretación dionisíaca y extrovertida por excelencia, de una fuerza y sinceridad arrolladoras, muy teatral y hedonista sin caer en el narcisismo, que con tanto fuego está a punto de precipitarse, sin llegar a ello, y olvida un tanto la clarificación del entramado instrumental, aunque por lo demás el rendimiento que obtiene de la orquesta es admirable y sabe hacerla sonar indistintamente con dulzura y de manera aristada. Extrañamente la trompeta del arranque resulta algo tímida, incluso blanda. A partir de ahí, los dos primeros movimientos son volcánicos, poderosos y rebeldes al mismo tiempo, al borde del frenesí. El tercero está lleno de entusiasmo y luminosidad, como también de sabor popular y cierta rusticidad sonora que le sienta muy bien, y por lo cual los abundantes portamenti no llegan a resultar cursis. El Adagietto, voluptuoso y romántico pero no dulzón ni ensimismado, es de una fuerza expresiva arrolladora, culminando en un clímax lleno de intensidad. Jubiloso el Finale, una auténtica orgía de ritmos y timbres admirablemente controlada, aunque tal vez no del todo paladeada. Hay que puntualizar que la versión no resulta tan creativa ni está tan paladeada como la posterior de Lenny con la misma orquesta, pero quizá sea todavía más sincera. (9)



11. Karajan/Filarmónica de Berlín (Blu-ray Audio DG, 1973). En los dos primeros movimientos, el salzburgués alterna momentos muy estáticos con otros de tal arrebato que se encuentran al borde del desbordamiento, pero aunque el resultado engancha el gusto por el preciosismo sonoro termina evidenciando la insinceridad de la propuesta. La trompeta, curiosamente, no está del todo bien. El Scherzo comienza un tanto blando e indiferente, o al menos en exceso amable, para luego transitar el sendero no ya de la blandura sino del más irritante amaneramiento; poco a poco se va centrando y se llegan a alcanzar momentos muy encrespados. El Adagietto, lento, dulce, estático y contemplativo a más no poder, se mueve dentro del más evidente tópico de lo de decadente, resultando de lo más significativo que el registro se realizara en plena efervescencia mahleriana derivada de Muerte en Venecia. De hecho, no resulta difícil visualizar con los muy lacerantes violines del clímax final el éxtasis fatal del protagonista de la película de Visconti. El Finale arranca de manera plácida y poco a poco se va encrespando hasta alcanzar, como ya ocurría en el Scherzo, altas cotas de temperatura emocional que no terminan de quitarnos el sabor agridulce en los labios que nos deja esta interpretación que nos muestra al mismo tiempo lo mejor y lo peor de Herbert von Karajan. La toma sonora sufre evidentes limitaciones de origen, aunque la reproducción en alta resolución permite recrearla con apreciable naturalidad y un robusto registro grave muy conveniente. (7)



12. Levine/Orquesta de Filadelfia (RCA, 1977). Sobreactúa de manera considerable el joven Levine –treinta y tres años– en los dos primeros movimientos, vistosísimos pero de una teatralidad excesiva en los ataques, exagerado en la percusión, aparatoso y muy insincero. El dolor y la rabia no se sientes: son excusas para montar el espectáculo. Al menos no hay languideces ni blanduras. Bien el tercero, animado y rico en el colorido, atento al descaro orquestal que sin duda la partitura necesita, incluso a ese sentido de lo vulgar tan importante en Mahler, pero aquí controlándose más y con mayor sentido. Lento y poco emotivo el Adagietto, y espléndido el Finale, soberbiamente diseccionado y lleno de animación. La orquesta evidencia su admirable nivel, aunque los metales no terminan de empastar, tal vez por deseo de la batuta. Francamente buena la toma. (7)



13. Neumann/Filarmónica Checa (Supraphon, 1977). Once años después de su registro en Leipzig, el maestro checoslovaco vuelve a adoptar un enfoque cálido, sincero y ajeno a cualquier clase de languidez, pero están vez nos resultados no son tan atractivos. Se diría incluso en a los dos primeros movimientos no solo les falta ese punto de negrura y de carácter fúnebre de entonces, sino que por momentos bordean lo festivo. El Scherzo se ralentiza ahora de manera considerable, con lo que se acentúa aún más el enfoque distendido, ajeno a visceralidades más o menos expresionistas, con que lo aborda Neumann. El Adagietto vuelve a ser espléndido. El Finale, como el tercer movimiento, también adopta un tempo más lento (16'08'' frente a 14'45''), perdiendo parte de esa alegría desbordante que enganchaba en la anterior ocasión, al tiempo que gana en una coda dicha con mayor grandeza. La orquesta, mucho mejor en los problemáticos tiempos de Karel Ancerl, responde a buen nivel y se encuentra cuidadosamente trabajada. La toma sonora se ha conservado bastante bien, pero no es equiparable a la que por las mismas fechas realizaban Deutsche Grammophon, Philips o Decca. (7)



14. Tennstedt/Filarmónica de Londres (EMI, 1978). Esta primera Quinta de Tennstedt –luego vendrían cinco más, todas ellas en vivo– se aparta de los criterios más personales de otros directores, ofreciendo una síntesis de los diferentes enfoques posibles –hay dramatismo, voluptuosidad, ensoñación y capacidad analítica, todo ello en su punto justo–, pero siempre anteponiendo la elegancia, la calidez y el vuelo poético frente a otras consideraciones más o menos inquietantes. En este sentido, el tercer movimiento puede resultar –sobre todo en su arranque– algo más amable de la cuenta, como también le ocurre a un Finale luminoso mas no arrebatado. El Adagietto destaca por un sereno humanismo que sabe alejarse de lo en exceso decadente sin renunciar a recrearse en la sensualidad de la página. A la postre, lo menos convincente es la actuación de una London Philharmonic sin duda notable, pero con metales no muy allá. La toma suena francamente bien en la recuperación en alta resolución. (8)



15. Abbado/Sinfónica de Chicago (DG, 1980). ¡Qué enorme director fue Abbado en su juventud! ¡Qué diferencia con lo que vino después! He aquí una lectura prodigiosamente planificada y ejecutada, brillante sin caer en lo efectista, extrovertida y luminosa en el mejor de los sentidos, quizá un poquito más fría de la cuenta en el primer movimiento, pero globalmente irreprochable en la expresión: nada que ver con las languideces y amaneramientos de su siguiente registro discográfico. Los movimientos tercero y quinto son sensacionales, como también una toma –Klaus Hiemann– que venturosamente fue analógica y por ello se ha podido recuperar en alta definición, haciendo refulgir a la increíble orquesta en todo su esplendor. (9)



16. Kubelik/Sinfónica de la Radio de Baviera (Audite, 1981). Una visión más apolínea que dionisíaca, objetiva, fresca y sincera. Respira naturalidad, su tímbrica es rica y moderadamente incisiva y se encuentra muy bien diseccionada. Elegantísima siempre, se mueve siempre dentro de un exquisito gusto, pero faltan imaginación y compromiso expresivo. Primer movimiento ortodoxo, sin aspavientos aunque sin miedo al exceso. El segundo ofrece un fuego intenso al tiempo que controlado. El tercero es quizá demasiado alegre e ingenuo, incluso un punto pastoril, y por momentos algo liviano, y en algunos momentos la tensión decae un poco para ofrecer un cierto aire de melancolía; el resultado es algo discontinuo, aunque su final sí es enérgico y brillante. El Adagietto es muy lírico y femenino, también algo distante, lo que no impide que el clímax sea intenso. Luminoso y desenfadado el Finale, muy atento a la claridad y la polifonía, con un final jubiloso y particularmente optimista. (8)



17. Maazel/Filarmónica de Viena (Sony, 1982). Expuesta con la mano maestra que es de esperar en una de las batutas con más técnicas que hayan existido, y tocada con depuración sonora y belleza supremas por una orquesta que siempre ha resultado ideal para esta música, nos encontramos aquí ante una interpretación elegante, distanciada y parsimoniosa –no amanerada, aunque sí un poco preciosista– en la que uno queda fascinado por el puro sonido pero en ningún momento siente emoción. Parece que Maazel viese a Mahler desde el más apolíneo clasicismo vienés, o quizá desde la curvilínea distinción de la Sezesion, mucho antes que desde las turbulencias de entresiglos, pero lo cierto es que este enfoque, que tan maravillosamente bien le funciona en la Cuarta, resulta muy insuficiente en una música, la Quinta, que parece pedir compromiso a gritos. (7)


 

18. Sinopoli/Orquesta Philharmonia (DG, 1985). Haciendo gala siempre de ese sentido del color y de esa capacidad para el análisis del entramado orquestal que son marca de la casa, el maestro veneciano parece querer jugar la carta de la esquizofrenia en esta extraña e irregular interpretación. Así, en el primer movimiento quiere resultar distante y estático, manteniendo las distancias y optando por sonoridades más bien apolíneas, con frecuencia ingrávidas y bordeando lo relamido, para en el segundo acentuar los contrastes entre momentos planteados en esta misma línea y otros de gran vehemencia, acelerados y un punto frenéticos, que sin duda alcanzan gran intensidad. En el tercero, de nuevo lleno de claroscuros que parecen más pensados de cara a la galería que sinceros, parece apuntarse hacia la Segunda Escuela de Viena que tan maravillosamente dirigía Sinopoli. Estático, espiritual y muy hermoso el Adagietto. En Finale, por su parte, resulta un tanto frío y solo se anima en los minutos finales, en los que felizmente hacen su aparición el entusiasmo, la sinceridad y la grandeza bien entendida. Magnífica la toma. (7)



19. Solti/Sinfónica de Chicago (DVD Sony, 1986). El maestro vuelve a ofrecer una enorme garra dramática en los dos primeros movimientos, sentido de los contrastes sonoros y expresivos en el tercero, lirismo tan sobrio como concentrado en el Adagietto y una buena mezcla de tensión, fuerza y júbilo en el final, todo ello con el concurso de una orquesta cuyo virtuosismo e incisividad resultan ideales para semejante enfoque. No sé hasta qué punto su anterior grabación de audio queda superada, pero a esta le he puesto más alta puntuación porque me ha querido parecer –quizá sea cosa de ver, además de escuchar– algo más intensa que aquella. Muy buena la toma, no tanto la imagen. (9)



20. Bernstein/Filarmónica de Viena (DG, 1987). En el extremo opuesto de la sobriedad dramática y concentrada de Horenstein y Barbirolli, Bernstein decide extremar el mundo de contrastes sonoros y anímicos propuestos por el compositor sin tener miedo del exceso y jugando sin complejos con lo decadente, lo narcisista e incluso lo amanerado, pero sin llegar a caer nunca en estos extremos: tal es la sinceridad expresiva con que lleva a cabo su propuesta. Resultan portentosos los dos primeros movimientos, lentos y paladeadísimos, mostrando desbordante imaginación para aportar mil y un acentos descubrir detalles que suelen pasar desapercibidos, y haciéndolo con un pulso tan flexible como bien sostenido que alcanza unos clímax visionarios y arrolladores; todo ello lo hace, como no podía ser menos, exhibiendo un pasmoso sentido del color, una insuperable claridad y un alucinante manejo del rubato, además de una perfecta fusión entre hedonismo y garra dramática. El tercer movimiento ha perdido algo de fuerza, rusticidad y velocidad con respecto a la filmación del propio Bernstein, pero ha ganado en elegancia, refinamiento, variedad tímbrica y claridad, ofreciendo además pasajes líricos de enorme belleza; la trompa de Friedrich Pfeiffer, memorable. El Adagietto, antes un tanto extrovertido e inflamado, resulta ahora lento, sobrio y recogido, un punto distanciado incluso, pero sigue siendo bellísimo y su decadentismo no llega a caer en lo empalagoso: la desolación se encuentra aquí despojada de adherencias. El Finale también ha perdido frenesí –sigue siendo arrebatador, por descontado- y gana en refinamiento y claridad, permitiendo el lucimiento pleno, bajo un control absoluto desde el podio, de una orquesta en estado de gracia que no solo luce su inigualable belleza tímbrica sino que también se implica al máximo en cada una de las intervenciones solistas. Por si fuera poco, la grabación es soberbia. (10)


21. Haitink/Filarmónica de Berlín (Philips, 1988). Han pasado dieciocho años desde su primer registro. La Berliner Philharmoniker de finales los ochenta es mejor (¡aún!) que la Concertgebouw de principios de los setenta. El maestro holandés consigue un grado todavía mayor de claridad y depuración sonora, en parte por hacer uso de unos tempi considerablemente más sosegados. Pero su distanciamiento expresivo sigue siendo el mismo, y esta música necesita acercamientos más a flor de piel. A destacar, en cualquier caso, un Adagietto lentísimo (13’55’’ frente a los 10’38’’ de antes), concentrado y estático que evita cualquier tipo de edulcoramiento, y un Finale lleno de grandeza y de vitalidad bien controlada. Espléndida labor la de los ingenieros de Philips. (9)



22. Mehta/Filarmónica de Nueva York (Teldec, 1989). El planteamiento del maestro indio se asemeja en buena medida al de un Solti: olvidarse de narcisismos, de amaneramientos, de lloriqueos y de psicoanálisis para ofrecer una lectura directa, fresca, extrovertida y sin retórica, en la que los valores supremos se encuentran el supremo talento con que Mahler mezcla ritmos, armonías y colores mucho antes que en su capacidad para volcar sentimientos no del todo sinceros; en este sentido casi es de agradecer un Adagietto tan concentrado como frío y distante, ajeno a lloriqueos autoconmiserativos. El problema es que Zubin no es Sir George, y aunque todo está en su sitio, falta ese punto de chispa, de emoción y de compromiso que convierten una muy buena interpretación en otra excepcional. Y también, por qué no decirlo, un mayor interés por diferenciar timbres y clarificar texturas en esta recreación más atenta a la globalidad que al detalle, y a la postre un punto superficial. La orquesta, por su parte, mucho mejor que en la etapa Bernstein, sin llegar a la altura de las verdaderamente grandes. La toma sonora deja que desear: recoge muy bien las frecuencias graves pero resulta bastante turbia. (7)



23. Bertini/Sinfónica de la Radio de Colonia (EMI, 1990). Bien ayudado por la soberbia acústica de la Philharmonie de Colonia, el maestro israelí se aparta por completo de lo preciosista y de lo decadente, de las sonoridades ingrávidas, de la contemplación estática y de la reflexión trascendente para ofrecer una interpretación rápida, decidida, incisiva en la tímbrica y repleta de vitalidad, de garra y de extroversión que engancha de principio a fin sin dejar lugar para un respiro. No es la interpretación más trágica posible –de hecho, los dos primeros movimientos resultan un poco más festivos de la cuenta–, tampoco la más profunda ni la más visionaria, y desde luego no la más personal ni creativa; pero da gusto escuchar un Mahler así, tan alejado de la pretenciosidad, tan fresco y comunicativo, y al mismo tiempo tan atento a las mayores virtudes de la partitura, que son ni más ni menos que las puramente sonoras. (9)



24. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1990). Esta grabación se realizó en vivo en la Musikverein de Viena durante la misma gira Europea en que Solti y los chicagoers registraron la Octava de Bruckner en San Petersburgo. Estamos, pues, justo en el momento en el que el arte de Sir Georg empezaba a decaer, no en lo que a virtuosismo se refiere –prodigioso siempre–, sino en concentración, calidez y fue interno se refiere. En inspiración, en definitiva. Y eso se nota en esta su tercera Quinta mahleriana, soberbiamente expuesta y de nuevo sin devaneos expresivos, pero también sin la intensidad que antaño le caracterizaba. Sus mejores momentos son el final del segundo movimiento y todo el quinto, precisamente por ser los que mayor despliegue de brillantez y sentido teatral se refiere. El Adagietto resulta bello en lo formal pero apenas destila poesía; ni siquiera su clímax es muy intenso. La toma sonora recoge muy bien los graves y, al estar realizada a un volumen bajo, permite una muy amplia gama dinámica. (7)



25. Tennstedt/Orquesta del Concertgebouw (RCO, 1990). Último de los testimonios fonográficos del maestro alemán dirigiendo esta música que tanto debió de amar, el concepto no ha variado mucho desde aquella primera grabación con la LPO de 1978. Elegancia, cantabilidad, renuncia a lo aristado, a lo temperamental y a lo hiperdramático, sobriedad no reñida con la expresión, se ponen por encima de los aspectos más dionisíacos y visionarios de la página. Lo que sí ha variado son los tempi, ahora algo más reposados en todos los movimientos menos en el último. No lo he hecho menos la calidad de la orquesta: la holandesa es muy superior. Y quizá también inspiración: ahora se detecta un trabajo más minucioso de análisis orquestal, una plasticidad más desarrollada en el tratamiento de las diferentes familias instrumentales, una mayor riqueza en los matices de cada una de las líneas de la escritura y, en general, una mayor personalidad en los resultados. Todo ello haciendo gala de un gusto exquisito: ni frivolidades ni efectismos tienen cabida en esta recreación que alcanza su punto más alto en un Adagietto lento (12’11) y contemplativo, pero sin empalagos ni grandes éxtasis místicos, en el que las líneas de la cuerda, portentosamente planificadas en acentos y en gradaciones dinámicas, van entrelazándose con calidez y con emoción contenida, hasta alcanzar un clímax no arrebatado, menos aún lacrimógeno, sino dicho desde un cierto distanciamiento en el que la belleza de la forma llega a un punto justo de equilibrio con el amargor expresivo. Lo menos bueno vuelve a ser el Finale, al que le falta un punto de nervio, de tensión interna, aunque en este sentido resulta coherente con la óptica globalmente apolínea de la propuesta. La toma sonora es de origen radiofónico: ofrece gran definición tímbrica, apreciable limpieza y extraordinario sentido espacial, si bien podríamos pedir algo más de gama dinámica. (9)



26. Ozawa/Sinfónica de Boston (Philips, 1990). Aun lejos de la tensión expresionista que imprimen otros directores, el maestro oriental ofrece una espléndida recreación que sabe ser al mismo tiempo “clásica” y “romántica”, natural en el fraseo y tan rica como llena de significados en el color, muy cálida y siempre elocuente, que se beneficia de la sonoridad de una orquesta en óptima forma a la que la batuta trabaja con enorme plasticidad. ¿El problema? En el Adagietto, Ozawa se empeña en ser más lento (11’56’’), frágil y lánguido que nadie. Lo consigue, claro. Soberbia la toma en vivo. (8)



27. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 1993). Altamente elogiada por algunos medios en el momento de su aparición y luego tratada con mimo por DG en sus diferentes ediciones comerciales, este registro pone en evidencia el enorme giro estético que vivió Claudio Abbado cuando subió al podio berlinés. A mi juicio, a muchísimo peor. Basta con escuchar el primer movimiento para encontrarse con todo el catálogo de horrores del Abbado de esos tristes años: sonoridades ingrávidas y relamidas, expresividad a medio camino entre lo insípido y lo melifluo, preciosismos sonoros meramente narcisistas, languideces quejumbrosas, falta de garra dramática… El segundo sigue en la misma línea, pero se soporta un poco mejor porque aquí abundan las explosiones orquestales y en ellas el maestro da buena cuenta de su espectacular técnica de batuta –claridad, riqueza en el color, sensibilidad para las texturas– en unos tutti en los que la orquesta también luce su calidad técnica. El tercero está bien, siempre que se acepte la interpretación más bien apolínea y distendida propuesta y que se perdonen los amaneramientos que de vez en cuando aparecen. El Adagietto responde a lo que se esperaba: lento, ingrávido y muy contemplativo, pero poco emocionante y nada sincero. Lo mejor es el Finale, un triunfo en lo que a construcción de la arquitectura se refiere, aunque se eche de menos la fuerza dionisíaca que imprimen otros maestros –pienso ahora en la interpretación de Vaclav Neumann en Leipzig, o en las de Bernstein– y las ingravideces que de vez en cuando asoman nos recuerdan las cursilerías que hemos tenido que aguantar a lo largo de la audición. La toma sonora, siendo muy natural, no es todo lo buena que podía haber sido. (4)



28. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1997). Interpretación portentosamente tocada, transparente y de afinado sentido del color, que se aleja al máximo del decadentismo para ofrecer una visión sobria e intensa, en el punto justo entre lo apolíneo y lo dionisíaco, y a la que sólo le falta un grado más de emoción para ser genial. Fue grande Chailly en los años de Ámsterdam: luego se vino abajo. Toma inmejorable. (9)



29. Barenboim/Sinfónica de Chicago (DVD Arthaus, 1997). Como era de esperar, el de Buenos Aires se decanta por el lado oscuro de la pieza, ofreciendo una lectura sobria, poderosa y dramática, con un magnífico primer movimiento, pero se queda algo corto de sentido del color y de los contrastes anímicos en los movimientos tercero y quinto, en la línea de Barbirolli pero sin alcanzar semejante dramatismo: resultan robustos, pero también algo sosos. La claridad podía ser mayor, si bien la orquesta ofrece una ejecución portentosa: quizá sea aquí cuando mejor está. (9)



30. Solti/Tonhalle de Zúrich (Decca, 1997). Mes y medio antes de fallecer, Sir Georg reverdecía viejos laureles ofreciendo una Quinta tan bien dirigida como la mejor de las suyas, a mi entender la filmación de 1986. Rápida, intensa, teatral, directa al grano. No necesita la oscuridad dramática de Barbirolli, tampoco el apasionamiento hedonista y desbordado de Bernstein, pero tampoco resulta neutro ni se queda en la superficie. De hecho, los dos primeros movimientos son de los más sinceros, trágicos e implacables que se hayan escuchado. De dulzura y decadentismo, ni rastro. Sí que hay unas cuantas travesuras en forma de portamento en el Scherzo, pero la solidísima arquitectura y la perfecta exposición nos llevan a perdonarle. Magnífico el Adagietto, refinado sin que eso implique ingravideces, y espléndido un Finale en el que el maestro sabe atender al detalle al tiempo que no se deja llevar por el arrebato del momento: se trata de una toma en vivo. Absolutamente sensacional, por cierto, lo que nos permite disfrutar a tope del soberbio trabajo que el maestro realiza con la histórica orquesta suiza. (9)


 

31. Barshai/Junge Deutsche Philharmonie (Brilliant, 1999). Interpretación intensa y comunicativa, dicha con excelente pulso, variedad expresiva y una enorme capacidad de comunicación, aunque más atenta a la arquitectura global que al detalle. Eso sí, al tercer movimiento, planteado con luminosidad y entusiasmo juvenil, le sobran algunos amanerados portamentos y le faltan acentos sombríos, mientras que el Adagietto, dicho sin eternizarse, es un punto más sentimental de la cuenta. La toma sonora ofrece cuerpo y pegada, pero resulta algo turbia, escasa de profundidad y algo corta de dinámica, además de ofrecer algunos instrumentos –el arpa, por ejemplo– en excesivo primer plano. (8)



32. Rattle/Filarmónica de Berlín (EMI DVD solo audio, 2002). En el concierto inaugural de Rattle como titular de la orquesta berlinesa, el maestro británico demostró con creces sobrada técnica para acceder a un podio de semejante categoría: transparencia, riquísima sensibilidad para el colorido –ora incisivo, ora sensual–, capacidad para combinar refinamiento y brillantez, virtuosismo para trabajar con pinceles muy finos, perfecta planificación de la arquitectura global… Todo está ahí. Pero también está, ya en lo puramente interpretativo, la influencia de su antecesor Claudio Abbado, y algo hay aquí de la lamentable grabación del milanés nueve años anterior para DG, de esas ingravideces sonoras, de esa languidez expresiva y de esa trivialidad tan molestas. En mucho menor grado, por supuesto, pero siempre dentro de una óptica muy alejada tanto del severo dramatismo de un Barbirolli como del huracán de emociones de un Bernstein: con Rattle todo suena en exceso distendido, de una belleza un tanto superficial, sin suficiente garra. Insincera, en definitiva. A destacar negativamente un Adagietto un tanto relamido y, en el otro extremo, un Finale que arranca con más de una blandura pero finaliza con esa luminosidad juvenil que tan bien se le da al maestro británico. Un siete para su dirección, que se transforma en un ocho por obra y gracia de una orquesta para quitarse el sombrero. Portentosa toma sonora en el DVD video “solo audio” en DTS multicanal. (8)



33. Maazel/Filarmónica de Nueva York (NYP, 2003). Admirablemente respaldado por una toma de sonido soberbia (¡y además de origen radiofónico!), el anciano maestro hace gala de su técnica de batuta excepcional para ofrecernos una interpretación que es una gozada desde el punto de vista puramente sonoro. Tal es el grado de perfección arquitectónica, claridad y plasticidad en el tratamiento de planos orquestales, por no hablar de la maravillosa cantabilidad del fraseo o la manera de trata la tímbrica ora buscando sensualidad, ora marcando aristas, todo ello dentro de una visión que en lo expresivo podríamos calificar como “clásica”, apolínea y equilibrada en el mejor de los sentidos, en absoluto frívola pero tampoco volcada en el desgarro emocional. ¿El problema? Se detectan aquí y allá demasiados rebuscamientos marca de la casa, de esos que pretenden demostrar que él es capaz de descubrir aquí y allá detalles nuevos pero que no solo no aportan nada realmente interesante, sino que terminan evidenciando cierto narcisismo en esta interpretación a muy disfrutable por las razones antedichas, pero asimismo en exceso parsimoniosa en los dos primeros movimientos, más distendida que visionaria en el Scherzo, estática en el Adagietto, risueña en el Finale y globalmente un punto insincera. (8)

 

34. Abbado/Festival de Lucerna (DVD Euroarts y Stage+, 2004). Recupera hasta cierto punto el pulso un Abbado que se decide por visión marcadamente apolínea, obsesionada por la belleza y perfección sonoras, de estudiadísima arquitectura, claridad insuperable, riquísimo colorido –sin renunciar a la estridencia, pero tampoco acentuándola– y pulso firme en el que no hay lugar para el arrebato ni para la languidez. Eso sí, la interpretación desprende una clara sensación de frialdad, a lo que se une la obsesión de Abbado por las cuerdas muy pulidas y un punto ingrávidas, así como por los pianísimos exagerados. Los dos primeros movimientos resultan en exceso distantes, poco comprometidos, habiendo algunos portamentos al final del segundo. El tercero es luminoso, elegante y distinguido, quizá en exceso, mucho antes que rústico y sensual, y desde luego nada demoníaco, aunque haya que admirar su colorido y la riqueza en las texturas. Frio y estático el Adagietto, sin pathos, algo ingrávido, aunque tampoco dulzón a pesar de los abundantes portamenti. El Finale, de nuevo, es más elegante que comprometido. Excepcional toma sonora en DTS. (7)



35. Dudamel/Orquesta Simón Bolívar (DG, 2006). Lejos de caer en los amaneramientos insufribles en los que sí ha incurrido en otros acercamientos suyos al compositor, el maestro venezolano ofrece aquí una recreación directa, sincera, despojada de toda afectación y de toda retórica vacua, muy bien trazada –aunque la claridad no es la máxima posible– y de apreciable comunicatividad. Concretando un poco, Dudamel procura acentuar los contrastes entre los dos primeros movimientos, estático –y un punto más ingrávido de la cuenta– el primero, muy apasionado el segundo. El tercero está dicho desde la más sensata ortodoxia, aunque se podría alcanzar una dosis mayor de sensualidad y de elevación poética. El Adagietto, venturosamente, lo plantea con distanciamiento y sin azúcar alguno, lo que no le impide estar dicho con apreciable concentración y agudos picos de tensión. El Rondo-Finale es, por su frescura y entusiasmo bien controlado, lo mejor por parte de la batuta, aunque aquí es donde la orquesta, disciplinadísima, deja más en evidencia sus limitaciones. La toma sonora tampoco es la mejor posible. (8)



36. Gatti/Orquesta del Concertgebouw (Blu-ray, 2010). Un arranque sin apenas garra nos anuncia un primer movimiento no ya lento, sino moroso, tristón antes que doliente y flácido en lugar de sensual. El segundo mejora un tanto, pero de nuevo la progresión dramática se realiza a trompicones, desatendiendo el maestro la arquitectura global para detenerse en la delectación melódica un tanto meliflua y en el preciosismo sonoro. En el Scherzo, Gatti se arriesga de manera considerable jugando con el tempo, estirándolo o acelerándolo a discreción y, por ende, descubriendo nuevas posibilidades en este movimiento; ahora bien, el resultado es más efectista que otra cosa, ya que semejante esquizofrenia sonora no parece casar del todo bien con la dulzura ensoñada, por lo demás de enorme belleza, que imprime a determinados pasajes, ni con el tratamiento narcisista de algunas frases. Tras todos estos devaneos sorprende gratamente el Adagietto, dicho sin languideces contemplativas ni éxtasis místicos: directo al grano, emotivo y sin azúcar. El Finale es un derroche de luminosidad, de expresión sincera y de energía controlada, además de la mejor oportunidad para que la orquesta luzca su asombrosa calidad global y la formidable musicalidad de los solistas que la integran. Lástima que la coda arranque de manera algo rebuscada en esta versión que, en cualquier caso, va de menos a más y termina convenciendo, entre otras cosas por la espléndida calidad que ofrece la pista 5.0 –surround auténtico, con la reverberación de la sala perfectamente recogida– del Blu-ray editado por la propia orquesta. (7)



37. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (Blu-ray Accentus, 2013). Toda una experiencia, sobre todo en la pista DTS-HD Master Audio que incorpora el Blu-ray, disfrutar de la increíble toma –espaciosa, natural más no poder en la definición tímbrica, perfectamente equilibrada en los planos sonoros, de amplísima gama dinámica y relieve de oírlo para creerlo– que recoge a las mil maravillas la explosión de vida, ritmo y color que propone un Chailly que domina como pocos directores lo han hecho el entramado polifónico de la obra, poniendo de relieve todas y cada una de las líneas sonoras, pero dotándolas de sentido y sin hacer que el análisis se ponga nunca por delante de la comunicatividad intensa que desprende su aproximación. ¿El problema? Pues que la búsqueda de la ligereza en tempi, en sonoridad y también en expresión que el maestro milanés parece buscar a toda costa en esta nueva integral mahleriana en Leipzig termina traduciéndose no diré que en asepsia –en absoluto–, ni siquiera que en excesiva rapidez –pese a que se despacha la obra en una hora siete minutos–, pero sí en numerosos pasajes en que la cuerda suena con una ingravidez amanerada que llega a irritar de manera considerable. Al menos el Adagietto, aun sonado de la referida manera, se aparta de las densidades contemplativas y de los éxtasis místicos para adquirir –como con Barenboim, por ejemplo, aun siendo tan diferente el enfoque– el carácter de preludio al Finale. (8)



38. Nelsons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Esta es una interpretación que recuerda no poco tanto a Kubelik como a las últimas de Claudio Abbado por renunciar a la expresividad exacerbada que tanto nos gusta en este repertorio para optar por una especie de clasicismo en el que la elegancia apolínea, cierto distanciamiento y también algún devaneo con las sonoridades ingrávidas y un punto relamidas, se imponen frente a la invitación al desmelene que ofrecen los pentagramas, lo que no impide construir con solidez la arquitectura ni ofrecer el más alto grado posible de espectacularidad. En este sentido, el primer movimiento impresiona por su fantástico envoltorio sonoro, pero engancha poco: lo encuentro excesivamente sobrio y más aéreo de la cuenta en el tratamiento de la cuerda, en la que los portamenti son abundantes. Mucho mejor el segundo, lejos de la visceralidad expresionista pero cargadísimo de fuerza sin dejar de estar maravillosamente controlado y, precisamente por ello, inmejorablemente clarificado en las texturas. El tercero se deja asimismo de locuras dionisíacas y resulta ante todo amable, luminoso y distendido en el mejor de los sentidos posibles, aunque no sea esta la visión a a muchos más nos guste. Liviano, contemplativo y muy bello el Adagietto, lejos de la dulzonería pero quizá algo más decadente de la cuenta y algo superficial. El Finale, obviamente luminoso y optimista a más no poder, pero sin apenas espacio para el arrebato –salvo en la coda–, permite el lucimiento de una orquesta en su mejor momento. (8)



39. Nelsons/Orquesta del Festival de Lucerna (Blu-ray Accentus, 2015). Nelsons continúa en una línea antes apolínea y luminosa que dionisíaca, pero en cualquier caso maravillosamente realizada tanto por parte de la batuta –portentosa la planificación– como por la de la excelente orquesta. Quizá el primer movimiento está ahora más conseguido que en Berlín. El segundo, poderosísimo pero siempre bajo un férreo control, vuelve a ser formidable. El tercero es una maravilla si se comparte esta visión amable, nada demoníaca, de la página; afloran pasajes de un lirismo digamos que espiritual, desde luego muy hermoso, que resultan todo un acierto. El Adagietto tal vez sea más amanerado que antes, amén de poco emotivo. Irreprochable el Finale, de nuevo optimista y muy jovial. (8)



40. Dudamel/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2018, versión de Berlín). El maestro venezolano aborda ahora la obra desde una óptica no diametralmente opuesta, pero sí bien distinta a la que adoptó doce años atrás en su grabación para el sello amarillo. Frente a la visión más directa y despojada que ofreció frente a la Simón Bolívar, ahora ofrece una lectura que pierde en apasionamiento y garra dramática, sobre todo en lo que al segundo movimiento se refiere, para ganar de manera apreciable en sensualidad, en efusividad y en vuelo poético; por desgracia, se incluye en este sentido la aparición de numerosos portamentos que en el Adagietto se adentran en esa tendencia a la dulzura excesiva con que otros maestros abordan esta página. Claro que también es verdad que está ahí una Filarmónica de Berlín que rinde de manera formidable bajo una batuta de técnica excepcional que alcanza grados insuperables de depuración sonora, que traza la arquitectura con perfecta solidez –ni nerviosismo ni puntos muertos– y que, tras navegar entre los devaneos sonoros antes referidos, triunfa por su convicción en un Finale con algún pasaje más suave de la cuenta, pero gozoso y comunicativo a más no poder. Lástima que la toma sonora no ofrezca toda la gama dinámica deseable. (8)



41. Dudamel/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2018, versión de Taiwan). Repetición de la jugada, sin grandes novedades con respecto a la ocasión anterior encontramos en esta nueva recreación excelente trazo, buen conocimiento del idioma y una perfecta fusión entre frescura y control, entre chispa y sentido dramático, entre refinamiento y sanísima rusticidad, todo ello haciendo gala de un portentoso virtuosismo y extrayendo lo mejor de una orquesta en el más brillante momento técnico de su trayectoria. Pero se ese ímpetu dramático, esa fuerza volcánica al borde del descontrol, esa sinceridad y ese arrebato de antaño se han suavizado considerablemente. Ahora todo es más mesurado, más equilibrado, más pensado para complacer. Además, encuentro pasajes en el segundo y tercer movimientos en el que los portamenti resultan no ya innecesarios, sino excesivos. Cuando llega el Adagietto estos ya llegan a molestar, aunque sin que la cosa llegue a mayores. Y en un punto central del Finale, que globalmente resulta espléndido, Dudamel se pone amanerado y comienza a mostrarlo lo bonito que es ese momento y lo precioso que con él queda. La orquesta, en cualquier caso, compensa con creces estos devaneos del maestro haciendo gala de su increíble nivel; a destacar, como no podía ser menos, la tropa de Stefan Dohr en el tercer movimiento. (8)



42. Saraste/Sinfónica de la WDR (YouTube, 2019). No convence el primero de los tres bloques de la página. No es que se trate de una interpretación analítica y distanciada, porque no lo es: hay tensiones muy bien planteadas, hay fuerza y hay un despliegue de ricos colores que saben oscilar entre lo aterciopelado y lo incisivo, justo como la música demanda. Lo que ocurre es que, al igual que hace en su Sibelius, el maestro parece decidido a limpiar las notas de "adherencias románticas", y eso no parece lo más conveniente cuando la partitura demanda atmósfera, tristeza y una cierta dosis de histrionismo. En lo que sí acierta es en la carga rebelde y visceral de la última parte del segundo movimiento: ahí sí que la batuta está inspirada. Magnífico el Scherzo, planteado de manera ortodoxa y expuesto con admirable sentido de la arquitectura y una considerable limpieza en el tejido polifónico. Claro, la orquesta es espléndida y la batuta posee mucha técnica, así que como la expresión es siempre la acertada, las cosas funcionan de manera impecable. La acústica de la Philharmonie de Colonia ayuda lo suyo. El Adagietto lo hace Saraste como lo que realmente es, un preludio al quinto movimiento, así que lo expone sin lentitudes ni éxtasis místicos, procurando resultar anhelante mucho antes que estático. Un clímax intenso da paso a un Finale que vuelve a ser magnífico: intensidad, vida, color y perfecto control de la arquitectura. Solo le podría reparo al pasaje triunfal previo a la coda, que podría sonar algo más lento y grandioso: de nuevo el maestro, empeñado en limpiar la música de adherencias indeseables, se pasa un poco de la raya. Una pena que la toma presente una molesta compresión dinámica. (8)



43. Nézet-Séguin/Filarmónica de Rotterdam (Medici TV, 2020). Sólida en su concepto, irreprochablemente construida y de notable inspiración esta lectura en la que el maestro canadiense alcanza un punto perfecto de equilibrio entre los componentes “tardorromántico” y “expresionistas” de la página, evitando por completo caer en lo empalagoso o en lo contemplativo pero igualmente sin necesidad de extremar contrastes o de dejarse llevar por visceralidad. En el fondo es la suya una interpretación tan ortodoxa como sensata y sincera, que sabe moverse entre lo atormentado y lo luminoso –soberbio el Finale– sin forzar las cosas al tiempo que su batuta de técnica soberbia atiende a las dos grandes grandes bazas de esta partitura, que no son otras que su impresionante tejido polifónico y su riquísimo sentido del color. Una lástima que la orquesta, aun más que digna, no sea de primera magnitud, y que sus metales –la trompeta, sin ir más lejos– dejen un tanto que desear. La toma sonora adolece de cierta compresión dinámica e intercambia los canales derecho e izquierdo, si bien recoge de maravilla las frecuencias graves tan fundamentales en esta música. (8)




44. Nelsons/Filarmónica de Viena (Stage+, 2022). El concepto del maestro letón sigue siendo el mismo: apolíneo, lírico mucho antes que virulento, equilibrado antes que lleno de contrastes, pleno de naturalidad en el fraseo y de enorme efusividad. Lo que ocurre es que ahora los resultados son aún superiores a los de sus dos filmaciones anteriores. Del primer movimiento han desaparecido las sonoridades en exceso aéreas y los portamentos que lo lastraban: ahora resulta severo, noble y de tristeza contenida. En el díptico que con él conforma, el segundo no busca el extremo contraste con el anterior: la agitación que Mahler pide en la partitura está ahí, pero muy contenida por el más riguroso equilibrio formal. La disección que en él realiza Nelsons es formidable, pero aún lo es más la que realiza en un Scherzo cálido, soleado y muy sensual, aunque (¡lástima!) aquí sí hagan su aparición algunos narcisismos. El Adagietto no lo ve el maestro como lo que realmente es, un pórtico al movimiento conclusivo, sino como epicentro de la obra: su batuta lo paladea con delectación evitando blanduras y deja que la fuerza poética descargue en la cuerda de la orquesta. En Finale, dicho sin prisa alguna y buscando antes la distensión que el arrebato jubiloso es una maravilla en lo que a trabajo con la orquesta se refiere: hay líneas instrumentales que no recuerdo haber escuchado en ninguna otra grabación. Imagen 4K. (9)



45. Mäkelä/Orquesta del Concertgebouw (Medici TV, 2025). El público de Seúl, que reaccionó con tremendo entusiasmo al finalizar el concierto, debió de quedarse conmocionado ante la increíble calidad de la formación holandesa. No solo calidad técnica –empaste, limpieza, potencia, redondez, belleza sonora–, sino también expresiva: los primeros atriles son un prodigio. También debió de rendirse ante en virtuosismo de una batuta exacta, controladora, que construye con perfecta lógica y tensión la arquitectura horizontal al tiempo que trata con especial transparencia las texturas y atiende al detalle sin caer en rebuscamientos. Otra cosa es la interpretación propiamente dicha, a mi entender un tanto irregular. Notables los tres primeros movimientos, muy sensatos, ortodoxos y atentos a la variedad expresiva que demandan, si bien algo descafeinados: esta música necesita ponerse más al borde del abismo en los dos primeros movimientos y mayor goce sensual –más un punto de rusticidad– en el tercero. Frío, más ingrávido de la cuenta y sobrado de portamentos el Adagietto. Y una maravilla el Finale, cierto es que no el más vibrante posible, pero portentoso por arquitectura, transparencia y brillantez bien controlada. (8)

Sinfonía nº 4 de Mendelssohn, "Italiana": discografía comparada

Esta comparativa de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn la publiqué inicialmente el 2 de junio de 2024. He añadido Solti/Israel, Solti/Viena...