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domingo, 13 de abril de 2025

La Pasión según San Juan por Gardiner, versión de 2021

Suelo traer alguna pasión bachiana por el Domingo de Ramos. Toca este año la que escuché anoche: la Pasión según san Juan por John Eliot Gardiner y sus conjuntos habituales filmada por Deutsche Grammophon el 2 de abril de 2021, Viernes Santo, en el precioso Sheldonian Theatre de Oxford el del concierto de la Filarmónica de Berlín con Barenboim y editada por el sello amarillo en CD y Blu-ray. Mejor se van, en cualquier caso, a la versión en la plataforma Stage+, que viene en formato 4K y sale gratis para los suscriptores. Como sabrán los amantes de J. S. Bach, se trata del cuarto testimonio del maestro británico dirigiendo esta obra, después del oficial de Archiv de marzo de 1986, la de su propio sello Soli Deo Gloria de 2003 y de la filmación de los Proms de 2008 disponible en YouTube. Desconozco las primeras, pero en su momento pude ver la tercera: a pesar del admirable evangelista de Mark Padmore, las anotaciones que realicé no son muy positivas.

Y es que tengo a Sir John como un intérprete bachiano bastante irregular. Lo que conozco de su integral de las cantatas me gusta muchísimo, particularmente por la labor del sobrenatural Monteverdi Choir que él creó y manejó con increíble depuración sonora, pero también por la sensatísima y muy musical dirección del maestro, a quien a su vez tengo por el mejor recreador del Oratorio de Navidad. La Pasión según San Mateo no se la he escuchado. En la Misa en si menor ha dado la de cal Archiv y la de arena Soli Deo Gloria, mientras que sus Conciertos de Brandeburgo me parecen un desacierto. Hay bastante de Toscanini en Gardiner: ímpetu rítmico, energía, incisividad y mucha claridad por un lado, sequedad, fraseo cuadriculado e incluso machaconería por otro.

¿Y esta Pasión que ahora comento? Me ha interesado más que la de los Proms. Puede ser que me haya ido acostumbrando a las maneras bachianas del maestro, o que este sencillamente haya profundizado en la obra. Sea como fuere, su profundo conocimiento histórico está ahí. Su arte consumado en la dirección coral se mantiene en plenitud. El coro, que por cierto tanta todo el tiempo sin partitura, se muestra sublime. El relativamente pequeño conjunto instrumental, que toca con gran separación entre sus miembros por aquello de la pandemia, se mueve a muy buen nivel a pesar de algún pasaje más áspero de la cuenta en los violines. Los grandes coros son impresionantes, no solo en lo técnico (¡qué reguladores!) sino también en la expresión, pero a mí son los corales los que me han dejado estupefacto, particularmente el que cierra la obra. Pelos de punta. La cosa flojea en el resto: los músicos parecen tocar con rigidez, sin apenas sensualidad, quizá un tanto cohibidos. ¿Asustados por las maneras agresivas del maestro que tanta mala fama le han dado? Yo creo que el problema se encuentra en el tópico verdadero: frialdad británica, o al menos frialdad de Gardiner. Las comparaciones son tan feas como necesarias: esta misma mañana he escuchado los primeros tres cuartos de hora de la versión de Andrea Marcon con La Cetra disponible asimismo en Stage+ y en ella la música palpita con mucha más intensidad y veracidad que en esta versión de Gardiner.

Los cantantes, como es tradición en Sir John, salen del coro. No me gusta esa opción porque puede haber sustos. En este caso concreto hay que lamentar la primera intervención del contratenor Alexander Chance hijo de Michael, nada menos, cuya fea voz no ayuda. Muy bien la soprano Julia Doyle, pese a resultar un poquito aniñada. Peter Davoren no canta las arias de tenor con la técnica más sólida posible, pero sí con exquisito gusto. Aceptable el bajo Alex Ashworth. Quedan los dos más importantes: Nick Pritchard es un estupendo Evangelista y William Thomas un Jesús más que correcto, solo eso. 

¿Mi recomendación? Esta música maravillosa se puede escuchar en cualquier momento, más aún un día como hoy, pero si hay que escoger yo iría directamente a por la de Andrea Marcon, que espero terminar mañana mismo. La de Gardiner queda para aquellos que disfruten de manera particular con la partes corales.

jueves, 26 de septiembre de 2024

Danzas sinfónicas de Rachmaninov: discografía comparada

Actualizaciones

26.IX.2024

En la última ocasión se comentaban 30 grabaciones, ahora llegamos hasta las 39. Además, he vuelto a escuchar la de Maazel y a realizar comentarios completamente nuevos sobre ella.

27.II.2020

Esta entrada se publicó originalmente el 28 de marzo de 2012.
He añadido las interpretaciones de Philadelphia Ormandy, Gergiev/LSO, Temirkanov 2010 y 2013, Jansons/Radio Bávara, Ashkanezy/Philharmonia y Kirill Petrenko/Berlín. He vuelto a escuchar las de Previn, Ashkenazy/Concergebouw y Rattle, modificando en mayor o menor medida los comentarios pero sin alterar las puntuaciones.

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Escritas en 1940 por encargo de la Orquesta de Philadelphia y Eugene Ormandy, Danzas Sinfónicas fue la última partitura de Rachmaninov. La última y quizá la mejor, tanto en su versión para dos pianos como en la realizada de modo paralelo para gran orquesta, una verdadera obra maestra de la orquestación.

La obra es síntesis de la sabiduría musical acumulada a lo largo de toda una vida, pero es asimismo, y sobre todo, un resumen de una manera muy concreta de ver la vida… bajo la sombra de la muerte, por descontado. Hay en esta página –como su título indica– mucho de danza, de fuego y de rusticidad bien entendida; de ensoñación, de abandono, de profunda melancolía; y mucho también de agonía ante la inminencia de la hora final. De este modo, y al igual que la trayectoria creadora de Rachmaninov está recorrida de manera intermitente por la sombra de la muerte, en los tres movimientos de estas Danzas Sinfónicas asoma un motivo de cuatro notas muy familiar que junto antes del final, en terrible apoteosis, descubre ser el Dies Irae que anuncia la llegada de la Parca.

Son sus tres movimientos: 1. Non allegro 2. Andante con moto (Tempo di valse) 3. Lento assai - Allegro vivace - Lento assai. Come prima - Allegro vivace.



1. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (Sony, 1960). Diecinueve años después de estrenar la obra, el maestro húngaro y su orquesta llevan la partitura al disco en una interpretación tocada de manera soberbia y, sobre todo, increíblemente bien diseccionada –a ningún otro director se le han escuchado más detalles, piano incluido–, pero que no termina de comulgar con el espíritu de la misma. Ni la atmósfera onírica y enrarecida está del todo lograda, ni el vuelo lírico alcanza las mayores cotas de emotividad posible, ni el fraseo obrece esa morbidez, esa flexibilidad y ese particular sentido del balanceo que necesita. Tampoco el final alcanza grandes cotas de arrebato y de fuerza visionaria: incluso se le escapa la significación del golpe de tam-tam final. El solo de saxofón también deja que desear. La toma no es gran cosa. (8)




2. Kondrashin/Sinfónica de Moscú (Melodiya, 1963). El maestro ruso ofrece una interpretación llena de energía, electricidad y garra, mucho antes dramática que ensoñada, aunque no por ello carente de cantabilidad, en la que destaca el imaginativo y muy intencionado fraseo de la batuta, que domina de manera espectacular la agógica. También lo hace la sonoridad particularmente rústica e incisiva que extrae de la orquesta moscovita, circunstancia esta última acentuada por una grabación de excesiva sequedad. Otras opciones atienden mejor al componente tardorromántico de la partitura, pero esta es irresistible en su estilo. (10)



3. Previn/Sinfónica de Londres (EMI, 1974). Pocos directores –o ninguno– ha sabido poner de relieve de manera tan admirable esa mezcla de sensualidad y melancolía que caracteriza a la música de Rachmaninov como André Previn. Ello queda bien de manifiesto en esta lectura paladeada con sosiego, fraseada de manera tan natural como flexible y sonada con voluptuosidad bien entendida, en la que al mismo tiempo de respira una atmósfera onírica y un punto malsana de lo más adecuada. Se pueden preferir enfoques más rústicos y vigorosos, también más escarpados, pero en su línea esta realización es sobresaliente. La toma, aun realizada en Abbey Road, resulta un punto cavernosa: ni siquiera la reciente recuperación en alta resolución termina de convencer. (9)



4. Ashkenazy/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1983). Aunque tiene delante a un instrumento de verdadero lujo, no decide el de Gorki recrearse en la opulencia sonora, en la sensualidad o el hedonismo. Tampoco apuesta por los contornos difuminados ni por la atmósfera. Ni adopta unos tempi deliberados que le permitan la mayor delectación melódica. La suya es una interpretación áspera, incisiva y un punto nerviosa –en absoluto descontrolada–, marcada por la rusticidad bien entendida y por el sentido de lo danzístico, vibrante a más no poder y dotada de fuerza expresiva que pone de relieve los aspectos más dramáticos de la partitura. La orquesta, trabajada atención a la claridad sin perderse en preciosismos, se pliega a estos parámetros y contribuye a redondear una lectura de referencia. Lástima que el maestro decida no prolongar el golpe de tam-tam final y que la toma, siendo muy buena, no llegue a lo óptimo. (10)



5. Maazel/Filarmónica de Berlín (DG, 1984). Personal, discutible y en buena medida reveladora la propuesta del maestro estadounidense. También un tanto inesperada, porque su batuta tantas veces seducida por el narcisismo, cuando no por el rebuscamiento, se muestra aquí particularmente contenida. A la orquesta de Karajan la hace sonar de manera bronca, algo muy adecuado para una partitura como esta, pero sin recrearse lo más mínimo en su belleza sonora. Los tempi son lentos, lo que le facilita ofrecer –su técnica es soberbia– una interpretación particularmente “didáctica” de la pieza, de una claridad asombrosa, al tiempo que le aleja del tanto carácter de danza como del despliegue de pasiones. Es la suya más bien una lectura sombría, rocosa, de melancolía más doliente que decadentista, en la que llega a sorprender la severidad con que trata un segundo movimiento en el que otros directores ven una oportunidad para hacer gala de la máxima flexibilidad agógica. Lo que no se entiende es que Maazel no quiera (¿por qué, si no hay público que estorbe con sus aplausos?) prolongar el golpe de tam-tam final y se decida por un cierre extremadamente seco. Fabulosa la toma sonora -tremendo el bombo-, realizada sabiamente a volumen muy bajo. (9)



6. Svetlanov/Sinfónica de la URSS (Melodiya, 1986). Grabación en vivo, de sonido no muy allá y abundantes toses, en la que el maestro ruso –confeso enamorado de esta página– opta por acentuar los contrastes, en tempi, texturas y carácter, entre los pasajes más rústicos, incisivos y dramáticos, por un lado, y los más bien líricos, sensuales y ensoñados por otro, quizá cargando las tintas un poco más de la cuenta. El resultado por momentos bordea lo amanerado, pero alberga un incuestionable atractivo. (8)



7. Mackerras/Royal Liverpool Philharmonic (EMI, 1989). Optando por tempi bastante lentos, prestando gran atención a la claridad y haciendo uso de una paleta mucho antes sensual que incisiva, el maestro australiano opta por ofrecer una lectura particularmente gótica, sombría y atmosférica, cargada de malos presagios. También un punto más decadente de la cuenta: sobran portamenti. Se echa de menos la tensión interna y la garra dramática de otras lecturas, pero la propuesta termina enganchando. Lástima que la toma sonora no sea la mejor posible para la fecha. (8)


8. Temirkanov/Orquesta de Philadelphia (YouTube, 1989, actualmente no disponible). Merece la pena ver este vídeo, de discreta calidad técnica y dividido en tres partes en YouTube, en el que la orquesta que encargó la obra da buena cuenta de su enorme calidad (¡qué cuerda más empastada y poderosa!) al servicio de un Temirkanov que demuestra comprender a la perfección no solo el lenguaje de Rachmaninov, a medio camino entre lo rústico y lo decadente, sino también el sentido de la partitura, a la que impregna de una atmósfera malsana y conduce hacia un final particularmente dramático. Ojalá saliese algún día en DVD. (9)



9. Dutoit/Orquesta de Philadelphia (Decca, 1990). Una visión romántica, cálida y sensual, a la que se le puede pedir algo más de fuerza interna y dramatismo –el primer movimiento necesita una dosis mayor de electricidad–, así como una tímbrica más incisiva, pero que en cualquier caso se beneficia de la impresionante actuación de la orquesta dedicataria de la partitura, modelada con una admirable plasticidad –más que con Temirkanov– y atención al detalle. (8)



10. Järvi/Orquesta Philharmonia (Chandos, 1991). Director muy rutinario en otras ocasiones, esta vez Neeme Järvi se muestra creativo, personal y atento al detalle, de tal modo que, haciendo uso de unos tempi más bien lentos, construye una interpretación de apreciable claridad en la que se subrayan los aspectos más atmosféricos de la página, como también su vuelo melancólico. El problema es que, además de echarse de menos sentido del color, la lentitud termina resultando algo pesante. (7)



11. Jansons/Filarmónica de San Petersburgo (EMI, 1992). Una interpretación elegante y refinada, mucho antes lirica que dramática, magníficamente expuesta en sus líneas, además de dicha con virtuosismo, agilidad y un elevado sentido de las texturas. Vendría bien algo más de rusticidad, como también de empuje. Además, en el segundo movimiento sobran algunos amaneramientos, y por momentos el punto de decadencia resulta excesivo. Gran trabajo, en cualquier caso. (8)



12. Temirkanov/Filarmónica de San Petersburgo (RCA, 1992). Visión de sonoridad rústica que sobresale por su interés por los aspectos más atmosféricos, góticos y hasta siniestros de la obra, haciendo gala además de una belleza turbulenta de lo más adecuada. El movimiento central, muy rubateado, resulta muy personal, mientras que el tercero posee un carácter particularmente dramático. Sobran algunas tosquedades de batuta, quizá también una actuación orquestal más depurada, para ser excepcional. (9)



13. Gardiner/Sinfónica de la NDR (DG, 1993). El maestro británico deja aquí los instrumentos originales para ofrecernos una lectura de indiscutible perfección arquitectónica, bien diseccionada gracias a su relativa lentitud, y con su dosis adecuada de brillantez. brillantez. Por desgracia, se echan en falta –era de esperar, tratándose de quien se trata– sensualidad, calidez y lirismo, así como un mayor olfato a la hora sacar a la luz la turbia atmósfera de la obra. El final es excesivo, por no decir efectista. La orquesta se comporta muy bien, pero carece de la suntuosidad sonora de las grandes. (7)



14. Zinman/Sinfónica de Baltimore (Telarc, 1994). La orquesta toca muy bien, todo está en su sitio y no hay meteduras de pata en lo expresivo, pero al aburrimiento termina haciendo mella en esta interpretación ayuna de tensiones y contrastes, pálida en el color, poco matizada y muy ajena al estilo que demanda el compositor. Por lo demás, otro que no se anima a prolongar el golpe de tam-tam. La toma posee imponentes graves y una amplísima gama dinámica, si bien resulta algo metálica. (6)



15. Svetlanov/Sinfónica Estatal de la Federación Rusa (Canyon, 1995). Un arranque fulgurante nos hace pensar que nos vamos a encontrar ante una grandísima interpretación. Por desgracia el maestro ruso lleva hasta sus últimas consecuencias los planteamientos de su grabación de 1986 anteriormente comentada y ya no bordea, sino que sucumbe abiertamente al amaneramiento, por lo que tras un primer movimiento muy notable –más las secciones extremas que la central–, llega un segundo en el que la arquitectura se viene abajo y un tercero en el que se van a alternar momentos muy sugestivos con otros demasiado excéntricos e insinceros. La toma de sonido sí que es ahora muy superior. (7)



16. Pletnev/Orquesta Nacional de Rusia (DG, 1997). La irreprochable realización técnica por parte de orquesta y batuta, evidentes en una excelente ejecución, una notable claridad en las textura y una sonoridad llena de sensualidad –aunque nada rusa, pese a la procedencia de los intérpretes–, potenciada por una toma sonora realmente soberbia, no logra disimular que esta lenta y muy melancólica interpretación se ve seriamente lastrada por la falta de tensión interna. El resultado termina siendo algo pesado, incluso aburrido, aun dentro de un más que digno nivel. (7)



17. Eiji Oue/Orquesta de Minnesota (Reference Recordings, 2000). El director de Hiroshima apuesta abiertamente, tanto en el fraseo como en la tímbrica, por la sensualidad, la morbidez y el hedonismo, dejando a un lado los aspectos más turbulentos de la página para potenciar su carga melancólica. El resultado es muy seductor, manteniéndose por fortuna alejado de lo superficial y lo empalagoso, pero se echan de menos un enfoque menos unitaleral y un poco más de incisividad. La toma sonora, realizada a volumen bajísimo, posee una apreciable definición tímbrica y más reverberación de lo deseable. (8)



18. Vladimir Jurowski/Filarmónica de Londres (LPO, 2003). Esta interpretación recuerda a la de Neeme Järvi por la lentitud de sus tempi, con los que consigue paladear sosegadamente las melodías, así como por su carácter opresivo y dramático. Además, la supera abiertamente por su aún superior claridad y su pulso mejor sostenido. Eso sí, no resulta especialmente incisiva ni arrebatadora: si lo fuese, alcanzaría lo excepcional. Muy buen sonido en Super Audio CD. (9)



19. Bychkov/Sinfónica de la WDR de Colonia (DVD Arthaus, 2006). Notabilísima labor de batuta en un enfoque mucho antes romántico y melancólico que dramático y o lleno de aristas, no convenciendo algunos caprichos de tempi en el Andante con moto ni la resolución del tercer movimiento. El sonido es muy bueno, pero la dinámica no resulta todo lo amplia que debería. Recomendable, pero en absoluto imprescindible. (8)



20. Jansons/Orquesta del Concertgebouw (RCO, 2004). En una línea similar a su anterior grabación, ahora Jansons consigue unas sonoridades menos ágiles y transparentes, más densas, quizá un punto pesadas, aunque se beneficie de la calidez y belleza de la orquesta del Concertgebouw. El segundo movimiento vuelve a resultar en exceso creativo, por no decir amanerado, mientras que la sección central del tercero parece en exceso decadente. En conjunto, una muy buena visión “romántica. (8)



21. Ashkenazy/Sinfónica de Sidney (Exton, 2007). El de Gorki vuelve a ofrecer una visión tensa, rústica y expresionista, dicha de un solo trazo y con una admirable claridad. Solo en la sección central del último movimiento aparecen inconvenientes rasgos decadentistas. Obviamente la orquesta no tiene la sonoridad increíble del Concertgebouw ni sus solistas ofrecen la misma calidez en al fraseo. Aun así, una visión intensa, sincera y de enorme atractivo. (9)



22. Vasily Petrenko/Royal Liverpool Philharmonic (AVIE, 2008). El ruso acierta por completo a la hora de atender a los aspectos más extrovertidos y dramáticos de la pieza gracias a una batuta de tensión perfectamente controlada y a un tratamiento muy incisivo y coloreado de la tímbrica, así como a un sentido danzístico de adecuada rusticidad, pero no convence tanto en los pasajes melancólicos porque su obsesión por ser original y revelar detalles que por lo general pasan desapercibidos, luciendo de paso su espléndido dominio de la agógica, le hace incurrir en un fraseo un tanto artificial, rebuscado e insincero. La toma sonora es excepcional. (8)



23. Gergiev/Sinfónica de Londres (LSO Live, 2009). Confundiendo rusticidad sonora con trazo grueso, lirismo con excesiva ensoñación, atmósfera con blandura y garra dramática con uso abusivo de la percusión, el maestro ruso fracasa estrepitosamente ofreciendo, ya desde un arranque por completo falto de gas, una interpretación flácida y deslavazada, prácticamente sin pulso en el primer movimiento, muy caprichosa en el segundo –donde al menos, aun sin conseguirlo, intenta ser sensual– y carente de unidad y de fuerza expresiva en el tercero. Únicamente interesa el carácter tétrico con que hace sonar el motivo religioso cerca del final de la obra, pero ya es demasiado tarde: el aburrimiento ha ganado la partida. Los ingenieros de sonido de LSO Live pinchan con la acústica del Barbican Hall, incluso escuchando el audio en alta resolución. (5)




24. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall y EMI, 2010). Aprovechando a fondo la sonoridad oscura y densa de la orquesta, el maestro británico ofrece la versión tardorromántica y decadente por excelencia, lenta y muy paladeada, de fraseo mórbido, sensualísima en la tímbrica y ensoñada a más no poder. El resultado es extraordinariamente seductor y casi llega a atraparnos por completo, pero a la postre en los movimientos extremos se echa de menos una dosis mayor de nervio, incisividad y garra dramática, mientras que la parsimonia algo rebuscada del segundo llega a resultar algo cargante. Si la filmación ofrece una muy notable calidad audiovisual, la toma en audio paralela –existe descarga en alta resolución– se beneficia de una toma portentosa y nos permite liberarnos de los aplausos en el final. (8)



25. Temirkanov/Filarmónica de San Petersburgo (Signum, 2010?). Otra versión más de Temirkanov, en la línea de su grabación algo posterior en Blu-ray. Sobresalen la cantabilidad y el sentido de la atmósfera dentro de una visión mayormente lírica, pero impregnada del adecuado fatalismo. Excelsa la cuerda de la orquesta. Grabación en vivo problemática, desequilibrada. (9)




26. Edward Gardner/Filarmónica de la Radio de Holanda (YouTube, 2011). Con espléndida calidad de imagen y sonido –el piano se escucha más en primer plano que en ninguna otra grabación–, nos regala Avro a través de YouTube esta interpretación de muy buen nivel, irreprochablemente sonada e interpretada con acierto expresivo, que carece de la electricidad, la garra y el compromiso de las grandes. Sobran ciertos rebuscamientos en el Andante con moto y el exceso decibélico del final. (7)



27. Paavo Järvi/Orquesta de París (Erato, 2011). Ya desde los minutos iniciales quedan claras dos cosas. Una, que la acústica de la renovada Salle Pleyel sigue siendo tan cavernosa como la de la antigua, que tantos problemas diera a EMI hace décadas. La otra, que el maestro va a optar por un tratamiento muy coloreado y expresivamente singularizado de las maderas, dentro de un enfoque de gran incisividad tímbrica y rítmica muy marcada. Así las cosas, el primer movimiento va a resultar muy atractivo por su carácter dramático a pesar de su tendencia al nerviosismo, como también a que no siempre la lentitud de los tempi en los pasajes más líricos permite al director estonio desplegar la sensualidad y la nostalgia que esta música necesita. En el segundo hay muchas cosas interesantes, particularmente en su atención a los aspectos más tenebrosos –ásperas las trompetas con sordina, mefistofélico el violín– de la expresión. También es muy interesante el tratamiento de texturas se refiere, pero enorme flexibilidad agógica con que Järvi plantea la página no va acompañado de una idea expresiva lo suficientemente sincera: suena algo rebuscada. En el movimiento conclusivo funcionan estupendamente las secciones extremas, expuestas de manera admirable, con el punto adecuado de brillantez e interpretado desde una óptica expresionista de lo más adecuada; la parte central necesita un trazo menos discontinuo. Un error la coda, algo ruidosa y sin intención de prolongar el golpe de tam-tam. La toma de sonido, a pesar de lo expuesto al principio, es de gran buena calidad, aunque su manera de acercar el micrófono a las diferentes secciones de la orquesta puede resultar algo artificiosa. (8)




28. Sokhiev/Filarmónica de Berlin (Digital Concert Hall, 2012). La portentosa calidad de la orquesta es el único punto de interés de esta interpretación rutinaria, flácida y deslavazada, en la que se alternan momentos de mera solvencia –los más extrovertidos– con otros que caen en la languidez y hasta el amaneramiento. Particularmente mediocre el primer movimiento: flácido, desganado, con una sección central lánguida y un punto pegajosa. Mucho mejor la interpretación de Rattle con la misma orquesta comentada arriba, disponible igualmente en la Digital Concert Hall. Ésta, a olvidar. (6)



29. Slatkin/Sinfónica de Detroit (Naxos, 2012). No puede hablarse aquí de interpretación propiamente dicha, sino de modesta artesanía. El maestro californiano se pone al frente de una orquesta bastante limitada –flojitos saxofón y oboe– y, como titular que es, tiene como principal misión hacer que suene medianamente bien, con todo en su sitio y con claridad suficiente. Lo consigue. Aporta asimismo un fraseo cuidadoso y sin precipitaciones, dentro de una óptica “romántica” pero ajena a decadentismos; sin ser la más atractiva posible, funciona por su sensatez y buen gusto. Y ahí queda la cosa: la tensión dramática y el vuelo poético brillan por su ausencia. (7)




30. Temirkanov/Filarmónica de San Petersburgo (Blu-ray Euroarts, 2013). Temirkanov y su formidable orquesta rusa repiten su acercamiento rústico y sensual al mismo tiempo, impregnado de una muy adecuada atmósfera malsana, con su adecuado punto de decadentismo y apreciable sentido dramático. Sobresaliendo un segundo movimiento muy personal, quizá se podría pedir un poco más de fuerza y garra en el tercero. Toma sonora solo en estéreo con fuerte compresión dinámica y acústica no muy convincente. El vídeo de YouTube ha sido subido por el propio sello. (8)


31. Kitajenko/Gürzenich-Orchester Köln (OEMS,  2013). Comienza bien la interpretación, con cierta garra y sonando la orquesta a lo que tiene que sonar, pero poco a poco se va haciendo evidente la habitual tendencia de Kitajenko a la excesiva neutralidad, cuando no al aburrimiento. Así las cosas, el primer movimiento se desarrolla con la adecuada amplitud lírica sin que la emotividad llegue a brotar, mientras que en el segundo, lejos tanto del decadentismo como de la efervescencia que arrastra a otros directores, las tensiones no terminan de funcionar. En el tercero la cosa es más grave: tan lento son los tempi y tan escasa la capacidad del maestro para inyectar vida a la partitura que, a pesar de la excelente disección del entramado orquestal, la música está muerta la mayor parte del tiempo. De poco sirve que la toma sonora sea de verdadero lujo. (6)


32. Nelsons/Orquesta del Concertgebouw (YouTube, 2013). La formación de Ámsterdam sigue siendo la ideal entre las europeas -Berlín, por muy maravillosa que sea, resulta un punto más pesada de la cuenta– para una página como esta, no ya por su virtuosismo sino por la carnosidad del sonido, la flexibilidad a la hora de ser modelada y la musicalidad de los solistas. El enfoque, eso sí, no tiene nada que ver con la sana rusticidad y el carácter dramático de su grabación con Ashkenazy, como tampoco con la opulencia y el decadentismo de Jansons. El joven Nelsons busca un enfoque más directo, fresco y comunicativo, se desinteresa por tenebrosidades y no parece preocuparse por el gran tema que se esconde entre las notas, que no es otro que la Muerte. Lo suyo es ofrecer color, vistosidad, efervescencia –segundo movimiento– y un trazo unitario en el que la danza propiamente dicha se impone por encima de otras consideraciones. ¿Lo mejor? La orquesta ofrece el vídeo gratis en su canal de YouTube (¡ojo con las interrupciones provocadas por los anuncios!), aunque la calidad de audio es mejor que la de la imagen. (8)



33. Ashkenazy/Orquesta Philharmonia (Signum, 2016). A sus setenta y ocho años, el maestro de origen ruso sigue fiel a su concepto rústico, poderoso y dramático de la obra, que plasma en esta ocasión con una orquesta muy superior a la australiana, pero sin repetir el prodigio de aquel primer registro con la Concertgebouw, quizá más fresco y vibrante pese a que ahora ofrece algo más de delectación melodica –como en Sidney, hay algún rebuscamiento en la sección central del movimiento conclusivo– y no se queda precisamente corto en vigor rítmico. En cualquier caso, una interpretación de muchísima altura que debió de ser disfrutada de lo lindo por los asistentes del concierto del que salió el registro. En casa no se disfruta de semejante manera, porque la toma tiene que enfrentarse a la seca acústica del Royal Festival Hall; al menos, los ingenieros logran dar relieve al piano –inadvertido en muchas grabaciones– y a recoger una buena pegada en la percusión. (9)



34. Jansons/Sinfónica de la Radio Bávara (BR, 2017). En la que es su tercera grabación y última de la obra Jansons continúa ofreciendo una visión eminentemente lírica, poco atenta los aspectos más tenebrosos y escarpados de la página, y ciertamente más interesada en dejar volar las melodías –lo hace con apreciable amplitud– que en subrayar ritmos de danza. En sí misma la opción, aun sin ser mi preferida, no es mala. El problema es que esta vez la flojera es generalizada: faltan pulso interno, tensión dramática y fuerza expresiva. No es ya que no haya garra o que se tienda a la blandura y el amaneramiento: es que ni siquiera el lirismo posee la emotividad que necesita. Ciertamente la depuración sonora de que hace gala al frente de su formidable orquesta es digna de admiración, pero el resultado termina aburriendo. Sonido de calidad, aunque no óptimo. (6)



35. Nézet-Séguin/Orquesta de Philadelphia (DG, 2018). El maestro canadiense ofrece un soberbio trabajo técnico, de pinceles finos, trazo flexible y perfecta planificación, gracias al cual el diseño sinfónico queda perfectamente explicado y brilla con los colores y las texturas apropiados. Igualmente sabe ofrecer fluidez, animación y nervio interno, quizá excesivo en la tercera sección del movimiento inicial, como también un apreciable sentido de los contrastes. Desdichadamente, y aunque no le falte sentido de lo decadentista, se queda algo corto a la hora de poner de relieve la intensidad lírica que necesitan los dos primeros movimientos: un ocho para ellos. El nueve se lo reservamos para el tercero, en cuya sección central Yannick sí decide recrearse para seguidamente ofrecer un final con el adecuado carácter ominoso. (8)



36. Kirill Petrenko/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2020). Esta interpretación se sitúa en el extremo opuesto a la de Rattle con la misma orquesta diez años atrás. Si su sucesor en el podio era el colmo del decadentismo, para lo bueno y para lo menos bueno, el ruso apuesta por una lectura sobria y dramática, de apreciable empuje rítmico, que no se recrea en el hedonismo sonoro –hay músculo, mas no opulencia– y que se interesa bastante por los aspectos oscuros de la página, particularmente en el tercer movimiento. En contrapartida, se queda un tanto corto en sensualidad, en vuelo lírico y en sentido de la nostalgia, conceptos fundamentales en el autor. Técnicamente, la realización es colosal: una técnica de batuta portentosa al frente de una orquesta de primerísima da como resultado la que quizá sea la interpretación mejor tocada de cuantas se hayan escuchado. (8)



37. Gilbert/Orquesta de la NDR Elbphilharmonie (YouTube, 2021). El maestro neoyorquino demostró en esta velada de San Silvestre una técnica excepcional desmenuzando, con una claridad que probablemente ningún otro maestro ha superado, el soberbio entramado sinfónico de esta obra maestra. Lo hace, claro está, con la complicidad de la orquesta de la que ahora es titular, la antigua de la NDR de Hamburgo, entregada y a la altura de las circunstancias. Otra cosa es la expresión. El primer movimiento lo plantea sin suficiente nervio, prescindiendo asimismo del carácter bronco que necesita, mientras que tampoco logra que el solo de saxofón resulte del todo conmovedor. En cualquier caso funciona como aproximación lírica, sobresaliendo en este sentido la poesía que la batuta extrae del canto litúrgico hacia el final. El segundo movimiento tampoco resulta muy arrebatado, pero sí que desprende a la perfección la atmósfera enrarecida que necesita; magistral el dominio de la agógica por parte del maestro, logrando ofrecer ese fraseo curvilíneo y sensual aquí imprescindible. Digno de admiración el estudio tímbrico, que sabe alternar entre lo sensual y lo incisivo sin olvidarse de la sonoridad musculada y poderosa propia de Rachmaninov. El movimiento conclusivo, aunque se podría preferir más desgarrado, se encuentra admirablemente explicado, posee la adecuada dosis de melancolía y resulta coherente con el planteamiento global. Una maravilla que el público se quede callado al final y se pueda escuchar el imponente tam-tam que cierra de manera ominosa la página. (9)
 


38. Hrusa/Filarmónica de Viena (YouTube, 2023). Tiene guasa que uno de los pocos testimonios con los Wiener Philharmoniker –hay un audio en YouTube bajo la batuta de Orozco-Estrada– tenga procedencia televisiva y adolezca de una toma de sonido con serias limitaciones. En cualquier caso, el maestro moravo no se recrea en las posibilidades tímbricas de la orquesta, lo que significa que evita la trampa del hedonismo. Al contrario, desde el arranque queda claro que hay cierto carácter bronco en su recreación, enlazando hasta cierto punto con la sana rusticidad y el carácter dramático de aquella primera grabación de Ashkenazy. El cualquier caso, el lirismo de esta música queda también perfectamente atendido: cierto es que las melodías no poseen toda la fuerza emotiva y evocadora que albergan, pero están muy buen cantadas, se apartan del decadentismo y poseen un carácter lúgubre de lo más adecuado. Ojalá algún día contemos con una grabación técnicamente aceptable para disfrutar la propuesta de este director. (9)



39. Chailly/Orquesta del Festival de Lucerna (Arte TV - CMajor, 2024). El milanés ofrece una descomunal lección de técnica de batuta en lo que se refiere no solo a la concertación, a la claridad de texturas y a la sensibilidad para el timbre, que en esta obra debe resultar ora acariciante, ora altamente incisivo; lección también, y sobre todo, en lo que respecta a la extrema flexibilidad agógica del fraseo, de manera particular en un segundo movimiento que nunca ha sonado tan imaginativo, por no hablar de la no menor creatividad a la hora de trabajar las dinámicas y de colocar acentos expresivos. Todo ello lo hace no por mero narcisismo, sino siguiendo una clara idea expresiva: potenciar el decadentismo de la partitura. ¿Decadentismo en el buen sentido? Yo diría que sí, al menos la mayor parte del tiempo. Porque es verdad que sobra algún portamento, que a veces se deja llevar por la ensoñación, que se podría potenciar al mismo tiempo el carácter bronco de la obra , pero en general Chailly resulta estimulante por la voluptuosidad con que trabaja la masa orquestal, por su fraseo pleno de cantabilidad, por su captación de esa atmósfera a medio camino entre lo melancólico y lo turbulento que caracteriza a Rachmaninov, por la sensibilidad para las posibilidades expresivas del timbre –intervenciones cargadas llenas de retranca por parte de los primeros atriles–, por su sentido de los contrastes... En esto último encuentro el único reproche serio a la interpretación: justo en esa búsqueda de claroscuros, la sección inicial del tercer movimiento resulta en exceso nerviosa. Correr no le hacía ninguna falta a la batuta. (10)

miércoles, 18 de septiembre de 2024

Mozart por Gardiner, cosecha del 84

John Eliot Gardiner grabó este disco con las Sinfonías nº 29 y 33 de Wolfgang Amadeus Mozart al frente de los English Baroque Soloist en diciembre de 1984. Lo compré –de segunda mano– este verano en Hamelín por tan solo dos euros. La audición me ha llevado a reflexionar, porque estas interpretaciones quedan hoy en tierra de nadie: demasiado adelgazadas para los que aún se agarran a las maneras –maravillosas, por lo demás– que en este repertorio adoptaban un Böhm o un Krips, pero en exceso convencionales para los que apuestan por los atrevimientos –a mi entender horripilantes– de los historicistas más combativos. En este sentido, hace poco me puso los pelos de punta una reseña en la que un crítico revindicaba que esta última clase de Mozart, el de contrastes extremos y locuras infinitas, era la que realmente había que hacer hoy. Así nos va.

Volviendo a Gardiner, creo que este disco hay que entenderlo en su contexto: Böhm acababa de desaparecer, y tanto Karajan como Bernstein seguían grabando este repertorio. Hogwood ya había empezado su integral, mas no Trevor Pinnock. Harnoncourt dictaba lecciones tan importantes como puntuales, y no poco contradictorias: la música sacra la grababa con su Concentus Musucis, pero el repertorio orquestal lo hacía con formaciones como la Filarmónica de Viena o la Concertgebouw. ¿Entonces? Creo que el británico aportó aciertos y desaciertos a partes iguales.

Entre los primeros yo no le adjudicaría el uso de una plantilla reducida en el que los vientos alcanzan un equilibrio más adecuado con la cuerda: ese mérito correspondería a músicos como Barenboim y Marriner, que aun con objetivos expresivos bien distintos entre sí habían acertado con su planteamiento. Sí que hay que aplaudirle, como a los citados Hogwood y Harnoncourt, la reivindicación de los instrumentos “de época”, que con el paso del tiempo han demostrado ser capaces de ofrecer cosas interesantísimas en el mundo mozartiano que con instrumentos “modernos” pueden pasarse por alto. Su rusticidad bien entendida, incluso su aspereza tímbrica, poseen un atractivo muy especial, sin menoscabo de que podamos seguir disfrutando del placer incomparable que es escucharle estas músicas a una Filarmónica de Viena o de Berlín.

Acertó también al recordar a todo el mundo que el concepto “centroeuropeo” del fraseo orgánico como base de la interpretación no es el único posible; que también se puede apostar por el impulso rítmico como base del discurso horizontal, por la incisividad en los ataques y por una seria limitación de las libertades agógicas. Y por un mayor sentido de los claroscuros, de los contrastes tanto sonoros como expresivos, lo que nos lleva al punto esencial: su reivindicación del carácter dramático de la música mozartiana.

Se equivocó, siempre a juicio de quien suscribe, al confundir la efusividad lírica –por no decir el legato– con “contaminación wagneriana”. También al pensar que severidad neoclásica ha de significar sequedad, y que equilibrio expresivo implica distanciamiento, cuando no sosería. No menos discutible resulta su tendencia a pensar que la severidad generalizada va a acentuar el carácter dramático de la música, cuando a veces pasa al contrario: determinadas decisiones en la articulación, hoy usuales en muchas interpretaciones “históricamente informadas” –creo que este término lo inventó precisamente el propio Gardiner–, pueden transmitir al oyente cierta sensación de frivolidad.

¿Concretamos un poco? Vibrante, decidido y directo el primer movimiento de la Sinfonía nº 29, en la que resulta bienvenido el uso de un clave al continuo. Más rápido de la cuenta, aséptico y ajeno al agridulce espíritu mozartiano el Andante. Ligero, incisivo y un tanto frívolo el Menuetto. Y muy notable el célebre Finale, que me hubiera gustado menos nervioso y sin esos detalles saltarines marca de la casa.

Bien planteado y mejor resuelto el Allegro assai que abre la Sinfonía nº 33, siempre dentro del planteamiento tan ágil como severo que propone el maestro. Correcto sin más el Andante moderato, que da paso a un Menuetto –las notas de la carpetilla nos recuerdan que es una adición vienesa realizada por Mozart– en el que se agradece en alejamiento de la pesadez y la solemnidad que afectan a algunas interpretaciones tradicionales. Lo mejor del disco, por cierto muy corto en duración para lo que estamos acostumbrados, es un Finale lleno de fuerza pero –esta vez– ajeno a la precipitación.

domingo, 28 de julio de 2024

Algo del Schumann de Gardiner en Londres

Ya sabrán ustedes la noticia de la semana: a John Eliot Gardiner le han dado la patada los mismos grupos que fundó. No voy a entrar en el asunto, pero sí que me parece el momento de acercarme a uno de los dos discos del ciclo de sinfonías de Robert Schumann que grabó con la Sinfónica de Londres, concretamente al que trae Primavera, Renana y obertura Manfred, registros del sello LSO Live de 2019, es decir, veintidós años posteriores a las que grabó para DG al frente de su Orquesta Revolucionaria y Romántica, de instrumentos "de época".

Tras la audición de la Sinfonía nº 1 queda claro que, con instrumentos originales o sin ellos, el maestro británico es fiel a sí mismo a la hora de negar la validez de las aproximaciones “wagnerianas” a este repertorio para reivindicar un fraseo basado en el ímpetu del ritmo, en la incisividad y en la efervescencia, mirando con el rabillo del ojo a Mendelssohn en la entrevista de la carpetilla apunta a las conexiones entre estos dos compositores que fueron vecinos y colegas en Leipzig, al tiempo que evita efusividades líricas en un segundo movimiento en el que se le escapan, eso sí, algunos portamentos “románticos” poco convincentes. El resultado es interesante en tanto que pone acertadamente en contexto esta partitura escrita en Leipzig y evita una mirada en exceso protobrahmsiana, pero resulta en exceso rígido y carece de la efusividad necesaria. El

En Manfred Sir John pone especialmente de manifiesto los lazos con Mendelssohn sin por ello renunciar, el modo alguno, al carácter dramático de la música. El problema, una vez más, es que la sequedad y las prisas terminan imponiéndose por encima de otras consideraciones, aunque no vamos a regatearle al maestro una coda bien planteada.

Al igual que en el registro de 1997, que he querido escuchar para la ocasión, en la Sinfonía nº 3 Gardiner desconcierta de manera considerable con una lectura en la que se alternan electricidad y detalles de blandura, ímpetu rítmico y rigideces, interesantísimos detalles novedosos y rebuscamientos… Todo ello, por descontado, desde una clara intención de huir de la tradición interpretativa centroeuropea y de volver hacia las maneras toscaninianas. Globalmente la propuesta interesa, más que la grabada anteriormente por resultar menos seca y rígida, pero no convence, particularmente en un movimiento central que es muy poquita cosa; los dos extremos son los más satisfactorios. 

La London Symphony se amolda bien a la reducción del vibrato y al equilibrio de planos que propone el maestro, pero la toma sonora, como es habitual en LSO Live, dista de ser óptima. Eso sí, la reproducción en SACD multicanal aporta una espacialidad y relieve admirables. Lo compré en una oferta de Amazon, y aún no sé si ha merecido la pena. Usted mismo.

sábado, 6 de julio de 2024

Los planetas, de Holst: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN 6.VII.2024

La publicación original de esta entrada se remonta nada menos que al 3 de septiembre de 2012: casi doce años ya. Hace muy poco han aparecido en un sitio demoníaco (click satánico aquí, usted verá lo que hace) versiones reprocesadas en alta definición de los registros de Karajan/Viena y Ozawa/Boston. He vuelto a ellos, claro está. Ya puestos, he escuchado de nuevo a Karajan y Colin Davis con la Filarmónica de Berlín. Para todos estos registros he escrito comentarios sustancialmente renovado. Añado, además, reflexiones sobre otros discos que he ido conociendo a lo largo de este tiempo, como son los de Sargent, Boult/New Philharmonia, Svetlanov, Mehta/Nueva York y Salonen. Por si fuera poco, esta misma tarde decido conocer una versión más que me ha dejado fuera de juego: la muy reciente de Daniel Harding. ¡Sensacional!

Una cosa más, por si hay algún despistado: esta obra NO habla de viajes por el espacio, sino del ser humano y sus circunstancias. Hay mucha más miga aquí de lo que parece.

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Entre 1914 y 1918 compuso Gustav Holst su celebérrima suite para gran orquesta, una página tan popular como despreciada por buena parte de la crítica y de los melómanos más exigentes. Bien, justo es reconocer que la idea de componer cada uno de los movimientos a partir de las presuntas características astrológicas de cada uno de los planetas resulta un tanto naif, como lo es también el tratamiento sonoro de los mismos. Pero tampoco debemos desdeñar el gran vuelo melódico, la imaginación desplegada –sublime el coro femenino fuera del escenario en Neptuno–, la exquisitez de la tímbrica, esa particular elegancia inequívocamente británica y, al menos en los tres últimos números, la enorme sinceridad y fuerza expresiva que contienen los pentagramas. Por eso mismo, frente a enfoques interpretativos que se centran en los aspectos más convencionales de la obra, nos quedamos con las batutas que han sabido indagar en los pliegues tenebrosos e inquietantes que se esconden entre las notas, independientemente de que desde la pura ortodoxia se hayan podido obrar verdaderos prodigios de belleza, brillantez y comunicatividad, léase Herbert von Karajan.

En la siguiente lista creo haber reunido buena parte de las versiones que más circulan en el mercado. Conozco también una dirigida por el propio Holst que he decidido no incluir; otro día les cuento por qué, no la vayamos a liar parda.

Una cosa más: reparen en la enorme cantidad de grabaciones que se realizaron a principios de los años setenta. ¿Influencia quizá de la moda espacial impuesta por Stanley Kubrick en 1968 con su más célebre película?

Los movimientos de la obra son los siguientes:

  • Marte, el portador de la guerra.
  • Venus, el portador de la paz.
  • Mercurio, el mensajero alado.
  • Júpiter, el portador de la alegría.
  • Saturno, el portador de la vejez.
  • Urano, el mago.
  • Neptuno, el místico.



1. Stokowski/Filarmónica de Los Ángeles (EMI, 1956). No está claro si el principal problema es el mal estado de la orquesta o la evidente desgana de la batuta, pero en cualquier caso se trata de una lectura deficientemente trazada –el desvalazamiento es generalizado–, mediocremente ejecutada, dicha de pasada y carente casi por completo de inspiración, amén de trufada por algunos caprichos innecesarios. Solo se salvan la sección “elgariana” central de Júpiter y el final de Saturno, ambos por su adecuado lirismo, y un Urano humorístico al que, aun así, se le podría sacar mucho mayor partido. Sonido estereofónico meritorio para la época. (4)


2. Karajan/Filarmónica de Viena (Decca, 1961). El Maestrissimo ofreció algunos de los mejores trabajos de su carrera cuando se olvidó de la perfección técnica como objetivo último y permitió que la música saliera directamente de sus entrañas. Es el caso. Llega a sorprender, incluso, la cantidad de pequeñas imperfecciones por parte de orquesta y batuta, a pesar de que el trabajo que la batuta realiza es de enorme plasticidad y obtiene unas texturas tan claras como sugerentes. Puede que la toma algo áspera –lo sigue siendo en el excelente en el reprocesado de Esoteric para SACD– contribuya a transmitir la sensación, pero no es solo eso, sino también el descarnado enfoque que adopta Karajan, bien evidente en los dos números más logrados: un Marte de apreciable agresividad e imaginativamente tratado en sus tensiones y distensiones –implacable acelerando hacia el primer clímax– y un Júpiter de alegría desbordante en cuya sección central –por fin– se luce la incomparable cuerda de los vieneses. El resto es de alto nivel, solo eso. En Venus hay concentración y belleza, pero también más portamentos de lo deseable. Muy ágil y refinado en lo tímbrico Mercurio. En Saturno se echa de menos un clímax aún más terrible y rebelde. Espléndido Urano, aunque más bienhumorado que sarcástico. Hermosísimo Neptuno. (9)

 

 

3. Sargent/Sinfónica de la BBC (BBC Classics, 1965). Deficiente toma de origen radiofónico en el que el por entonces ya veterano Sir Malcolm –fallecería dos años más tarde–, valiéndose de tempi más bien rápidos –particularmente bullicioso Mercurio, Urano vivaz antes que corrosivo–, se muestra entusiasta, comunicativo y variado en lo expresivo, atento tanto a la brillantez como a la concentración poética, incluso áspero y dramático cuando debe, pero también algo efectista –Marte, Júpiter–, sin mucha inspiración poética y –lo que es peor– de trazo sin mucha unidad, incluso un tanto grueso. Esta última sensación puede deberse a tener que lidiar con una orquesta que, en vivo, evidencia limitaciones en su virtuosismo y cuenta con algunos primeros atriles –violín y violonchelo– de escaso nivel. (6)



4. Boult/New Philharmonia (EMI, 1966). Sir Adrian le toma prestada la orquesta a Klemperer y se mete en el Kingsway Hall para, apoyado por una estupenda ingeniería de sonido, ofrecer una interpretación que no es personal ni creativa, ni se encuentra especialmente inspirada, pero que se encuentra magníficamente trazada, ofrece un espléndido trabajo con las texturas y ofrece un espléndido equilibrio entre buen gusto e intensidad expresiva. A destacar, en este sentido, un Marte cargado de potencia dramática, un Venus maravillosamente paladeado y un Urano dicho con muy adecuada mala leche y beneficiado de las sarcásticas maderas de la formación londinense, que pese a la admirable labor del maestro termina siendo lo mejor de la función: hasta esa fecha es posible que no se hubiera escuchado a una orquesta, Filarmónica de Viena incluida, tocar con semejante precisión y empaste la presente partitura. La recuperación en SACD por parte de Esoteric bordea el milagro desde el punto de vista técnico. (9)


5. Herrmann/Filarmónica de Londres (Decca, 1970). Como ya explicamos por aquí, el registro realizado por el autor de la banda sonora de Vértigo, que pronto cayó en desgracia ante la crítica y en el mercado y solo en tiempos muy reciente ha pasado a compacto, resultó personalísimo. No ya por la extrema lentitud, sino por ofrecer una visión marcadamente sombría, gótica y macabra, como corresponde a la personalidad de Herrmann como compositor. Con él Marte resulta atmosférico y agobiante, más que desgarrador. Venus ofrece punzante lirismo. Mercurio no se encuentra del todo alado, pero aporta detalles muy interesantes en el entramado de las maderas. Júpiter emotivo, también en exceso hinchado en la sección central. Saturno muy desolado, de nuevo más siniestro que rebelde, con una introducción escalofriante en la que los violines suspiran con punzante emoción. Un Urano de marcadísimo humor negro, muy poco jovial, da paso a un Neptuno muy emocionante y expuesto con mucha concentración. La orquesta no está del todo fina, pero se encuentra maravillosamente diseccionada, logrando que se escuchen muchas cosas nuevas, atendiendo muy especialmente a las maderas y ofreciendo un desarrolladísimo sentido del color en las maderas. Decididamente, la interpretación más genial de la obra. También la más discutible. La grabación 4 Phases es algo artificial: pone en primer plano instrumentos que no deberían estarlo. (10)



6. Haitink/Filarmónica de Londres (Philips, 1970). Tan solo unos días después de Herrmann, otro Bernard se puso al frente de la misma Filarmónica de Londres para dar su visión propia. Lo hizo con mucha más técnica que el norteamericano, hasta el punto de que logró firmar una de las lecturas de más admirable claridad de cuantas se han llevado al disco. Y ello, por descontado, haciendo gala de un pulso bien firme, una musicalidad irreprochable y de una gran convicción. ¿Qué falta para la genialidad? Pues lo de siempre en el siempre objetivo Haitink: una mirada más imaginativa y personal. O sea, justo lo que ofrecía Herrmann. A destacar en cualquier caso un Marte particularmente opresivo. (9)



7. William Steinberg/Sinfónica de Boston (DG, 1970). Beneficiándose de una orquesta fabulosa y de una brillante toma de sonido que ha quedado estupenda tras la última remasterización, el maestro traza una lectura extrovertida, teatral y entusiasta, expuesta de manera irreprochable, a la que le falta un punto de imaginación, de refinamiento y de magia sonora para alcanzar lo excepcional. Lo mejor es un Marte lleno de garra, y lo menos bueno un Urano ruidoso y superficial. (8)



8. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1971). Aunque merecen ser destacados la nobleza de la sección lírica de Júpiter, el final especialmente amargo y descarnado de Urano y la sensualidad del coro de Neptuno, la verdad es que se podría haber esperado más dosis de imaginación, riesgo y compromiso expresivo por parte del joven maestro indio en esta, por lo demás, muy sólida y bien llevada versión, ajena a blanduras y efectismos y dotada de toda la brillantez necesaria. Se nota, en cualquier caso, que la orquesta no es de primera. (8)



9. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1971). Bernstein hace de sí mismo y ofrece una lectura extrovertida, fresca, impulsiva, llena de vitalidad –trepidantes Marte y Urano–, bien paladeada cuando debe –muy hermoso Venus, bellísimo el canto de la cuerda en la sección elgariana de Júpiter, mágico el final de Neptuno–, pero en la que solo en contados momentos se desciende al detalle en la planificación o se ofrecen aportaciones personales. Tampoco la orquesta es precisamente la mejor posible. En suma, una interpretación muy vistosa pero un tanto tosca y superficial, perjudicada por una toma sonora que no está a la altura de la época. (7)



10. Previn/ Sinfónica de Londres (EMI, 1974). Al frente de una orquesta en plena forma, su todavía joven titular ofreció una lectura no especialmente personal ni reveladora, pero admirable por su brillantez carente de retórica, su asombroso sentido del color y de las texturas, su admirable disección del entramado orquestal y, sobre todo, su comunicatividad y fuerza expresiva, sobresaliendo en este sentido los hirientes clímax de Saturno e Urano. La remasterización en DVD Audio de fugaz paso por el mercado, que recuperaba la cuadrafonía original, mejoraba de manera muy considerable el sonido. Deberían reeditarla en SACD, porque se trata de una de las más grandes interpretaciones que circulan por ahí. Si en este listado usásemos decimales, le podríamos el nueve y medio. Por lo menos. (9)



11. Susskind/Sinfónica de San Luis (Mobile Fidelity Sound Lab, 1974). Resulta difícil comprender el prestigio entre algunos aficionados de este registro claramente lastrado por una orquesta muy de segunda y una batuta que, siempre solvente y por momentos bien encaminada, no solo no resulta nada personal ni creativa sino que resulta más bien plana e incluso –flojísimo arranque de Júpiter– un tanto desganada. Tampoco la toma sonora –que reconozco haber escuchado en estéreo, no en la cuadrafonía original recuperada por el Super Audio CD– resulta especialmente destacable para la época. (5)



12. Ormandy/Orquesta de Filadelfia (DVD Euroarts, 1977). Ya en el último tramo de su dilatada carrera, Ormady demuestra creer firmemente en la partitura y entrega una recreación llena de fuerza y ajena a la espectacularidad gratuita, amén de soberbiamente tocada, pero a la que se le podía sacar mayor partido, sobre todo en un Saturno algo seco. Eso sí, Marte resulta sensacional. La toma sonora ofrece una dinámica muy amplia. (8)



13. Marriner/Concertgebouw (Philips, 1977?). La sensacional ejecución por parte de la orquesta holandesa y la enorme musicalidad de sus solistas –me han gustado menos los portamentos del violín– es la gran baza de esta interpretación en la que el joven Marriner ofreció toda la pompa y la flema británica posibles; también una gran elegancia y un elevado refinamiento tímbrico y melódico. Por desgracia al final se impuso su perfil de director escasamente implicado en lo expresivo, poco sincero y nada creativo, de tal modo que junto a un Venus, un Mercurio y un Júpiter muy convincentes, se ofrece un Marte más ampuloso que tenso, un Saturno dicho de pasada y un Urano tan escandaloso como desaprovechado. Más interesa Neptuno, aquí recreado con un nerviosismo que lo hace muy atractivo. La toma sonora es algo reverberante pero de muy buena calidad. (7)



14. Solti/Filarmónica de Londres (Decca, 1978). Valiéndose de unos tempi bastante rápidos, quizá los más cercanos a los del propio Holst, Sir George ofrece una lectura vibrante, extrovertida, directa, de una brillantez que para nada se acerca a la aparatosidad y de un nervio que no conoce descontrol alguno. Todo se encuentra magníficamente expuesto, tanto por la perfección técnica de una batuta que sabe extraer lo mejor de la orquesta –la que más veces ha registrado la partitura, con diferencia– como por la sinceridad y vehemencia de la interpretación. ¿Qué falta? Pues algo más de poesía en los momentos líricos y, en general, de imaginación y creatividad, particularmente en los tres últimos números. Lo mejor, como era de esperar dada la garra dramática y la inmediatez que suelen caracterizar a Solti, es Marte. (8)


15. Boult/Filarmónica de Londres (EMI, 1978). A sus ochenta y nueve añitos, el maestro británico quiso dejar una nueva grabación de la página, entre otras cosas para beneficiarse de la mejora de la tecnología: suena mejor –sobre todo tras el nuevo reprocesado– que la de Solti grabada en ese mismo 1978. Interpretativamente se encuentra, eso sí, un punto por debajo, en parte porque la Filarmónica de Londres, aun espléndida, no es el prodigio de la Philharmonia, y en parte porque la inspiración es un punto inferior: todo está muy bien en esta equilibrada y nada efectista versión, pero falta un último grado de creatividad, colorido y tensión emocional para ser una lectura de primera. Marte está muy bien, no siendo nada aparatosa y ofreciendo una sección lenta central llena de malos presagios, hasta llegar a un final implacable. Venus es ahora bastante más rápida, pero sigue estando dicha con apolínea belleza y se mantiene ajena por completo a blanduras o portamenti. Mercurio resulta bullicioso antes que ágil. Júpiter se queda a medo camino, comenzando sin mucha agilidad y cayendo en cierta “solemnidad británica” que no va bien acompañada por la emoción que debería tener la sección lírica central. Saturno va un poco acelerado al principio -hay casi un minuto de diferencia con la grabación anterior-, aunque su clímax si es lo suficientemente rebelde y en la sección final hay un interesantísimo trabajo con las texturas. Urano vuelve a ser magnífico, con un tratamiento muy acertado de las texturas de las maderas y con una buena dosis de mala leche, llegando hasta un final lleno de rabia. Flojea Neptuno: si antes se extendía hasta los 7'09'', lo que resulta bastante sensato, ahora se queda en 6’18’’, si bien lo que se pierde en misterio se gana en carácter aéreo. (8)




16. Ozawa/Sinfónica de Boston (Philips-Newton, 1979). haciendo uso de su enorme técnica, particularmente de su desarrollado sentido del color y de su habitual elegancia, el maestro oriental da una verdadera lección de plasticidad en el tratamiento orquestal –impresionante la cuerda grave–, construyendo una versión fabulosamente planificada y ejecutada, de claridad meridiana, bellísimamente sonada, ajena a cualquier exceso y muy centrada en lo expresivo. Marte puede resultar algo seca en su marcialidad, pero Venus es un prodigio de elegancia, como Mercurio lo es en clarificación de texturas. La melodía central de Júpiter resulta algo hinchada –no tanto como con Herrmann–, Saturno sobrecoge en su introducción –no tanto en el resto–, Urano sabe ser mordaz y Neptuno alcanza enormes dosis de misterio. Una pena que el violín solista (¿Silverstein?) muestre un sonido algo frágil en Venus y Mercurio. Tras el reciente reprocesado, la toma ha demostrado ser de enorme calidad: solo le falta mayor gama dinámica. (9)



17. Rozhdestvensky/Sinfónica de la BBC (Ica Classics, 1980). En la línea de un Herrmann pero sin llegar a sus extremos, el maestro ruso ofreció en concierto una interpretación muy personal, espléndidamente desmenuzada y de tímbrica muy incisiva, que puso de relieve los aspectos más siniestros de la partitura. Su Marte es hosco, opresivo y especialmente siniestro, con detalles muy creativos. Venus lento, primorosamente paladeado, emotivo y sin asomo de blandura o narcisismo. Mercurio rápido, nervioso y escurridizo. Júpiter más solemne que alegre, con buen aliento lírico y un tratamiento incisivo de las maderas. Saturno arranca con una atmósfera gótica y concluye con gran nihilismo. Urano áspero y amargo. Neptuno, antes que ser místico, ofrece un inquietante distanciamiento. Discreta la orquesta y floja la toma sonora, con un coro que suena demasiado lejos. Aun así, otro nueve y medio. (9)



18. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1981). Aquí Karajan es mucho más claramente él mismo, por lo general para bien: su empeño en crear enormes contrastes dinámicos y por ofrecer un refinamiento extremo son bienvenidos en una página como esta siempre que se evite el mero narcicismo. Y Don Heriberto, en esta ocasión, lo evita. Bien es verdad que Marte y Júpiter han perdido un poco de la fuerza e inmediatez de la grabación vienesa, pero a cambio Venus se ha despojado de portamentos innecesarios, Mercurio ha ganado en refinamiento, Saturno y Urano han desarrollado mayor sentido de lo ominoso y Neptuno, más lento ahora (8’47’’ frente a los 7’37’’ de antaño), alcanza una magia tanto sonora como poética que no encuentra parangón en ningún otro registro. La orquesta realiza toda una exhibición, formidablemente recogida por una toma sonora que, con independencia de los trucos de mesa de mezcla que pueda utilizar, termina siendo absolutamente sensacional. Disco obligatorio. (10)


19. Maazel/Orquesta Nacional de Francia (Sony, 1981). Lo que coloca a esta versión en primera línea es la recreación de Marte: lenta pero muy tensa, absolutamente sombría y atmosférica –mucho antes que violenta–, opresiva como pocas, que culmina en un desenlace particularmente apocalíptico y abrumador. Es ahí donde Maazel da buena cuenta de su genialidad y –alargando al máximo la coda– de su técnica de batuta. El resto está muy bien, pero en una línea mucho más ortodoxa y menos creativa, con tempi más bien ligeros, sin querer caer en la retórica ni cargar las tintas, y haciendo gala de un buen sentido del color y de las texturas. Mercurio ofrece así la agilidad deseada y se encuentra espléndidamente desmenuzado, Venus no resulta demasiado ensimismado, pero ofrece momentos de punzante lirismo. Júpiter se aleja de la pesadez –podría alcanzar mayor cantabilidad–, Saturno emociona sin ser muy sombrío y el humor de Urano es más juvenil que amargo. A destacar el estático tratamiento del coro en un Neptuno más místico que nunca. Lástima que haya algún exceso decibélico y que la orquesta no sea de primera. (9)


 

20. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1986). Este registro alcanzó en su momento una espléndida acogida entre los aficionados, deslumbrados quizá ante las bondades de su portentosa toma sonora. Lo cierto es que Dutoit dirige con gran solvencia técnica, brillantez y refinamiento, mostrándose siempre centrado en lo expresivo y bien lejos de la retórica barata, pero –como le suele ocurrir al suizo– sin ese último punto de imaginación y, sobre todo, de emoción que le haga alcanzar la excepcionalidad. (8)



21. John Williams/Boston Pops (Philips, 1986). Lamento decirlo, por ser enorme admirador de su faceta de compositor, pero Williams parece confundir esta obra con su Star Wars y se limita a dirigir con entusiasmo y brillantez, procurando que esta nunca caiga en excesos, al tiempo que desatiende por completo los matices expresivos, camina de pasada sobre los aspectos más interesantes de la partitura y desaprovecha la fabulosa orquesta y una toma sonora –de volumen muy bajo– que ofrece una gama dinámica increíblemente amplia. El resultado es tan vistoso como superficial. A olvidar. (6)



22. Previn/Royal Philharmonic Orchestra (Telarc, 1986). Al igual que hizo con su justamente célebre Segunda de Rachmaninov, Previn repitió la grabación con la Sinfónica de Londres para EMI de los setenta una década más tarde con la Royal Philharmonic para Telarc, ya en digital. En esta ocasión, al contrario de lo que ocurrió con la partitura del ruso, no hubo cambios de concepto. Si acaso, se evidencia aquí menor compromiso expresivo e inspiración que en su realización para el sello británico, siempre dentro del alto nivel que garantizan el dominio de los recursos orquestales que posee el maestro y su siempre admirable buen gusto. La toma sonora no es todo lo espléndida que se pudiera pensar: escuchada en DVD-Audio, la de EMI no es en absoluto inferior. Un disco muy bueno, pero inútil. (8)


 
23. Groves/Royal Philharmonic (varios sellos, 1987). Una lectura de alto nivel en la que Sir Charles, adoptando unos modos muy británicos, ofrece esa elegancia y esa nobleza tan particulares en el fraseo al tiempo que sabe ser elocuente sin caer en arrebatos y brillante –incluso brillantísimo– sin perder la compostura. Ahora bien, se puede reprochar algún exceso decibélico, y echarse de menos una dosis adicional de imaginación y compromiso expresivo, excepción hecha de un Neptuno lentísimo y fascinante. Es la opción más barata del mercado –ha conocido varias ediciones a precio de saldo–, y una de las que mejor suenan. Recomendable. (8)



24. Colin Davis/Filarmónica de Berlín (Philips, 1988). Sir Colin se pone al frente de la orquesta que todavía era la de Karajan para ofrecer una interpretación menos personal y apabullante que la de este, también menos inspirada, pero no menos soberbiamente expuesta, dotada de una “distinción británica” muy adecuadas para la partitura y, por descontado, dicha con enorme sinceridad expresiva. Marte resulta antes implacable que ominoso. Elegancia enorme la de Venus, aunque aún se podría sacar mayor partido a la página. que no están reñidos con la fuerza expresiva. Flaquea un tanto Mercurio, falto de chispa y electricidad. Soberbio Júpiter, lleno de grandeza y solemnidad sin la menor grandilocuencia. Excelente Saturno. En Urano vendría bien un mayor sarcasmo, mientras que en Neptuno hay que destacar de manera especial la mágica intervención de las mujeres del Coro de la radio de Berlín, bajo la dirección de Dietrich Knothe. La toma no es en absoluto tan buena como la de Karajan: la aventaja en equilibrio de planos, pero la tímbrica es algo dura y no posee toda la pegada posible. (9)


25. Levine/Sinfónica de Chicago (DG, 1989). Al frente de un instrumento de una potencia, brillantez y virtuosismo insuperables, el norteamericano se vuelca en el puro espectáculo sonoro en una lectura decibélica, sonada con excesiva robustez y brocha gorda, vulgar y dicha de pasada. Hace gala de su habitual mal gusto, particularmente en Marte, completamente desmadrado, en buena parte de Júpiter y en los clímax de Saturno y Urano, aunque en este último sí acierta en el cómico tratamiento de las maderas. Los pasajes más introvertidos los recrea por el contrario con mucha corrección, sin pasarse con el azúcar, pero podían estar mucho más aprovechados en su colorido y en su potencial vuelo lírico. Magnífica la grabación, como también la portada. (6)

26. Mehta/Filarmónica de Nueva York (Teldec, 1989?). Otra vez Mehta haciendo gala de una artesanía de primerísima calidad con una interpretación admirablemente expuesta, muy sensata en lo expresivo, pero falta de ese último punto de compromiso e imaginación que distingue un producto de irreprochable eficacia de aquel en el que hay arte verdadero. A destacar, en cualquier caso, la admirable plasticidad del tratamiento de la cuerda –por ejemplo, en la sección central de Marte–, la amplitud y naturalidad del fraseo –los tempi son algo más reposados que en su versión de Los Ángeles– o la manera particularmente evanescente y dulce de abordar Neptuno. La grabación es muy buena, pero no todo lo que podía haber sido. Incluso en el último número hay algún empalme en exceso evidente. (7)

 

 

27. Eduardo Mata/Sinfónica de Dallas (Sion, 1990). Ante todo sorprende la manera en la que la carátula subraya las presuntas cualidades de la toma sonora cuando en realidad nos encontramos ante una grabación turbia, confusa y afectada por una extraña reverberación. Por lo demás, al optar aquí el malogrado director mexicano por la lentitud de los tempi, podemos escuchar un Venus particularmente sensual, un Saturno muy atmosférico y un Neptuno embriagador, pero la tensión interna no brota y la interpretación termina resultando deslavazada, incluso desganada. Tampoco logra la batuta extraer todo el colorido deseable de una orquesta no muy allá. (7)

 

28. Svetlanov/Orquesta Philharmonia (Phoenix-Brilliant, 1991). Un verdadero placer escuchar a Svetlanov al frente de una orquesta occidental de primera y recogido por una toma sonora de verdadero lujo. Nada que ver con sus testimonios del mundo soviético. Por lo demás, esta grabación –editada originalmente por Phoenix Music– pertenece ya a la última y más personal etapa del maestro ruso, que aquí opta por unos tempi de marcada lentitud y una gran atención a los aspectos atmosféricos y ominosos de la obra, siempre dibujando el entramado orquestal con pinceles muy finos –todo meridianamente expuesto– y sin dejarse llevar por la espectacularidad gratuita. Desdichadamente, con semejante lentitud la tensión no termina de ser toda la deseable, mientras que en lo que a la expresión se refiere, dentro de esa misma línea digamos que trágica y siniestra se echa de menos la creatividad admirable de Bernard Herrmann, mucho más arriesgado; a Svetlanov, siendo su trabajo en muchos sentidos admirable, le falta un último punto de inspiración. Cameo de lujo en Neptuno para The Sixteen y Harry Christophers. (8)

 

29. Gardiner/Philharmonia (DG, 1994). El trazo es firme, la claridad muy notable y la objetividad irreprochable, pero Gardiner se muestra no ya en exceso ortodoxo e impersonal sino bastante distanciado en lo expresivo, siendo el resultado un frío producto de laboratorio; nada nuevo en el maestro británico. No convence el violín solista en Venus, por sus excesivos portamentos. Como era de esperar, fabuloso el Monteverdi Choir. Increíble la grabación, sin necesidad de poner en primer plano celesta o arpas. En tiempos circuló una edición en SACD. (7)



30. Levi/Sinfónica de Atlanta (Telarc, 1997). Versión rápida, directa, honesta y bien realizada, desde luego ajena a la blandura y al narcisismo, pero bastante pobre en variedad expresiva, color, imaginación y personalidad, resultando Yoel Levi bastante expeditivo, cuando no rutinario. Solo algunos detalles aislados en Venus o Saturno despiertan nuestro interés. En contrapartida, Urano resulta bastante ruidoso. La toma sonora podría ser mejor. (7)



31. David Lloyd-Jones/Royal Scottish National Orchestra (Naxos, 2001). Marte decibélico y en exceso brutal, por no decir vulgar. Muy bien Venus, hermosa y sin blanduras. Mercurio más intenso que ágil y refinado. Júpiter hinchado y vulgar en la sección central, y más bien ruidoso en la final. Saturno comienza admirablemente, muy misterioso, con una frase inicial de los violines muy arrastrada y sugerente, pero luego la percusión vuelve a hacer de las suyas. Claro que donde esta está verdaderamente descontrolada, hasta el punto de no dejar escuchar el resto de la orquesta, es en un Urano vulgarísimo. Muy correcto pero sin particular magia Neptuno. Sin problemas la orquesta y espléndido el coro. La reproducción en DVD-Audio ofrece un gran relieve a las frecuencias graves, aunque la grabación original no es del todo clara. (6)



32. Colin Davis/Sinfónica de Londres (LSO Live 2002). Como ocurriera con su anterior testimonio con la Filarmónica de Berlín, Sir Colin ofrece una interpretación no genial pero sí perfecta, muy equilibrada en todos sus componentes, sean estos dramáticos, líricos o humorísticos, sincera siempre y por completo ajena a la grandilocuencia y al efectismo, como también a la blandura o la mera ensoñación. Suena un poco menos bien. (9)



33. Rattle/Filarmónica de Berlín (EMI, 2006). Sir Simon intenta seguir los pasos de Karajan, pero carece de su talento y las cosas se quedan a medio camino. Marte bien a secas, aunque hay una transición resuelta de manera poco convincente. Venus y Mercurio están muy bien, sin particular magia. Júpiter correcto, no muy lírico y con algún efectismo, aunque se descubre algún detalle nuevo en la orquestación. Lento, carente de pulso y sin fuerza dramática Saturno. Urano soso, sin humor. Bien Neptuno, aunque podría haber mayor sentido del color y de las texturas. Total, una interpretación de “rutina de altura” en la que solo interesa la inclusión del Plutón de Colin Matthews, más las propinas ("asteroides") del segundo disco. (8)


34. Andrew Davis/Filarmónica de la BBC (Chandos, 2010). Una toma sonora espaciosa, natural y de amplia gama dinámica, modélica en suma, es la gran baza de esta lectura en general muy bien trazada -flojea Júpiter, falto de tensión interna-, perfecta en el idioma y puesta en sonidos con incuestionable buen gusto, pero más bien parca en matices, carente de verdadera inspiración y dicha un tanto de pasada. Sólida, pero plana y aburrida. Sólo para obsesionados por la alta fidelidad. (7)


35. Heras-Casado/Nacional Danesa (Youtube, 2010). Pese a que la orquesta se queda muy corta en todas sus secciones, el maestro granadino ofrece una interpretación con toda la brillantez y el colorido que la partitura demanda pero sin un gramo de retórica, trazada además con buen pulso y evidente entusiasmo. Marte posee la garra dramática necesaria sin caer en lo enfático. Venus resulta menos contemplativa y más emocionante de lo que suele, aunque a violín y violonchelo, como ocurre en tantas y tantas interpretaciones, les sobren portamentos. Mercurio resulta muy ágil. En Júpiter hay que admirar su grandeza sin grandilocuencia y su emotivo lirismo. Bien a secas Saturno, seco e implacable, aunque no todo lo opresivo que pudiera ser. En Urano el director evita caer en lo meramente lúdico y atiende a la mala leche de la página. A Neptuno le faltan el misterio, la magia sonora y el refinamiento que han sido capaces de obtener los grandes alquimistas sonoros arriba relacionados. (8)

 

36. Salonen/Philharmonia Orchestra (Blu-ray Signum, 2012). La personalidad del maestro sueco queda bien en evidencia en una lectura que deja de lado los aspectos más atmósfericos de la obra y pasa por encima de su potencial poético para ofrecer una interpretación seca y angulosa, incisiva y marcada por el nervio, por momentos más violenta de la cuenta y, en cualquier caso, atractiva por su tímbrica descarnada y por su asombrosa claridad. Distinta y reveladora, pues, aunque mucho más partido expresivo se le puede sacar a la partitura. Sin solución de continuidad, tras Neptuno se ofrece Worlds, Stars, Systems, Infinity, un encargo al compositor Joby Talbot que este resuelve con fórmulas digamos que cinematográficas llenas de atractivo y de inspiración. La realización visual, pese a contar con nada menos que treinta y siete cámaras y ofrecer en Blu-ray la posibilidad de alternar el ángulo de visión, no resulta muy atractiva. La toma sonora sí que es extraordinaria, y el ingeniero de sonido juega indisimuladamente con el sonido surround a la hora de ubicar el coro femenino. (8)

 

37. Harding/Sinfónica de la Radio de Baviera (BR, 2022). No sé si será por el contacto “con las alturas” que le permite su trabajo como piloto de aviación profesional o, más bien, la madurez que concede la edad, pero lo cierto es que Harding consigue aunar el concepto siniestro de Herrmann -sin llegar a su genial radicalidad- con la magia tímbrica e inspiración poética de un Karajan -sin alcanzar tampoco su grado de seducción- y ofrecer, de esta forma, una de las más interesantes grabaciones de esta página. Yo diría que la mejor, junto a las dos citadas. A destacar la manera en la que el maestro sostiene el pulso a pesar de la lentitud de los tempi (56’48’’, frente a los 49’36’’ de Previn LSO o los 52’ de Karajan/Berlín, aunque habría que restar medio minuto de “coro difuminándose”), como también la enorme emotividad que bajo su batuta adquiere el tema lírico de Neptuno, aunque basta con los estudiadísimos reguladores del minuto inicial de Marte, particularmente siniestro y mascadísimo hasta el primer clímax, para darse cuenta de que estamos ante una interpretación muy especial. Fabulosas las señoras del coro muniqués, y formidabilísima la grabación a pesar de que la acústica de la Herkulessaal no sea la mejor posible. (10)

Sinfonía nº 4 de Mendelssohn, "Italiana": discografía comparada

Esta comparativa de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn la publiqué inicialmente el 2 de junio de 2024. He añadido Solti/Israel, Solti/Viena...