¿Hacemos un repaso? Muti sigue siendo un enorme director, Haitink mantiene su nivel de probada eficacia, Rattle es extraordinario para el siglo XX y Nelsons promete muchísimo. Tilson Thomas, dentro de su irregularidad, sigue haciendo algunas cosas excelentes, lo mismo que el veteranísimo Blomstedt. Y ahí pare usted de contar, porque Chailly anda con los papeles perdidos, Mehta es más un gran artesano que otra cosa, Thielemann no le llega a la altura del betún a ninguno de los citados, y de gente como Dohnányi, Previn o Rozhdestvensky no sabemos nada desde hace tiempo.
Barenboim se encuentra, además, en el momento de mayor inspiración de su carrera, porque –lo he intentado explicar mil veces en este blog– ahora ha enriquecido su visión generalmente dramática, oscura y reflexiva de la música con unas buenas dosis de sensualidad, vuelo lírico y hasta ternura que generalmente no eran ingredientes principales de sus lecturas. Siempre ha sido un artista de extraordinaria valía, pero muchas de sus realizaciones eran discutibles por su carácter unilateral y, comprensiblemente, no siempre llegaban a los melómanos que buscaban en la música cosas muy distintas a las del argentino. Ahora la cosa ha cambiado: en la mayoría de los repertorios que aborda, que son muchísimos, difícilmente se le pueden poner reparos de tipo conceptual, como tampoco al virtuosismo de una batuta que ha convertido a una formación de segunda en una de las mejores del orbe –me refiero a la Staatspakelle de Berlín– y saca un rendimiento asombroso de una formación de jóvenes –la WEDO– que se reúne un par de veces al año.
Pues bien, ayer nos sorprendieron con la noticia de que la visita de la West-Eastern Divan a Andalucía prevista para el curso 2015-16 (recordemos que estuvo en Córdoba y Sevilla el pasado enero) se adelanta de enero a octubre: el miércoles 28 del mes que viene actuará en el Auditorio Manuel de Falla de Granada y el día siguiente –jueves 30– hará lo propio en el Teatro Cervantes de Málaga. Los precios son los adecuados para una clase media en crisis –lo lamento por los que piensan que los precios para ver a las grandes estrellas deberían ser siempre los de Ibermúsica– y se ofrece un descuento del cincuenta por ciento para desempleados.
Lo mejor es que el programa, atención, no puede ser más atractivo. De hecho, es el que en este momento más me apetece escucharle a Barenboim: las tres últimas sinfonías de Mozart. Nada menos.
Sobre lo que este señor anda ahora –no antes: insisto en que las cosas han cambiado– haciendo con la música del genio de Salzburgo no voy a repetir lo aquí escrito en su última aparición frente a la WEDO en Sevilla, precisamente un monográfico dedicado al autor de Don Giovanni. Lo que sí diré es que, a tenor de la toma radiofónica de 2012 que recogía interpretaciones de estas tres mismas sinfonías a cargo del maestro y la Filarmónica de Viena –comenté aquí la nº 40–, mis expectativas para Granada son las más altas: sencillamente, espero escuchar realizaciones a la altura de las más grandes jamás escuchadas. Yo ya he comprado mi entrada, por supuesto.

