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sábado, 3 de abril de 2021

Pergolesi con Muti para el Sábado Santo

Tenía previsto publicar hoy Sábado Santo una comparativa sobre el Stabat Mater de Pergolesi, pero no me ha sido posible por falta de tiempo. En cualquier caso, como sigue siendo un día idóneo para escuchar esta obra maestra, les dejo las líneas escritas sobre la recreación que ofrecieron Riccardo Muti y la Filarmonica della Scala en 1997 dentro de la Santuario della Beata Vergine dei Miracoli de Saronno –Lombardía, no Nápoles– editada por EMI en DVD, y ahora mismo disponible en YouTube.


Filmar dentro de una iglesia deja todas las cartas sobre la mesa. Esta es una interpretación eminentemente religiosa, serena y reflexiva, ajena a la extroversión y los contrastes expresivos, muy honda y marcada por el pathos. Y eso lo materializa Muti obviando todos los avances del movimiento historicista, optando por tempi lentos y una articulación más pesada de la cuenta que dan como resultado una interpretación que algunos calificarían como romántica, aunque yo encuadraría más bien en una especie de “clasicismo decimonónico”. Más cerca de Abbado con la LSO que de Dutoit, por tanto, pero sin la desgana del primero ni la frialdad del segundo: el maestro napolitano sí que se implica en la expresión y es capaz de resultar comunicativo sin renunciar al estricto ambiente piadoso.

Gran baza a su favor es contar con unas magníficas Barbara Frittoli y Anna Caterina Antonacci, que empastan de maravilla y cantan con una perfecta mezcla de congoja y sensualidad en los labios sin hacer hacer la más mínima concesión a la teatralidad. Hoy día se ha avanzado muchísimo en la praxis interpretativa, pero yo no renunciaría a disfrutar de tan honda belleza.

jueves, 15 de julio de 2010

El último bodrio de Gardiner: Carmen on period instruments

El pasado lunes pude ver a través del canal Mezzo una filmación de morbo indudable: la Carmen “con instrumentos originales” que ofreció al frente de su Orchestre Révolutionnaire et Romantique Sir John Eliot Gardiner en el mismísimo lugar para el que Bizet escribió su ópera inmortal, la Opéra Comique de París, en un presunto intento de devolver a sus raíces la genial partitura. El registro corresponde al 29 de junio de 2009, poco después de que el británico y sus huestes ofrecieran su particular visión en el Festival de Granada entre el aplauso de la crítica y el público.

Bueno, ¿y cómo es eso de “devolver a Carmen su espíritu original”? Pues a tenor de lo escuchado, el asunto consiste en ir siempre de prisa y corriendo, tocar todo del mezzoforte para arriba, frasear con rigidez marcial, eliminar con la sequedad “made in Gardiner” todo rastro de sensualidad o lirismo de la obra y, por descontado, no pararse a matizar en lo expresivo. O hacerlo sacando los pies del plato, claro, preferentemente con forzadísimos ritenuti. El catálogo de horrores que nos ofrece el británico es interminable, pero me gustaría destacar -negativamente- todos los preludios e interludios y, sobre todo, el desfile de toreros del último cuadro. Que la articulación ofrezca aquí y allá elementos historicistas ni quita ni aporta nada a la partitura, y la utilización de instrumentos originales no pasa de la mera anécdota. El Coro Monteverdi canta con indiferencia expresiva y no siempre con la perfección absoluta a la que nos tiene acostumbrados.



Habrá quienes hablen de frescura, de inmediatez, de “limpieza de la polución wagneriana”, de saludables nuevos puntos de vista, de renovación… ¿Pero dónde está la renovación, señor Gardiner, cuando lo que aquí se oye a quien recuerda es a los Levine, Frühbeck y compañía? Mucho morro es lo que usted tiene, porque si esto mismo lo hiciera un Ros-Marbá, un López Cobos, un Pedro Halffter, un Gómez Martínez, un García Asensio o un Víctor Pablo, le lloverían los abucheos. Pero claro, con tantos aficionados que detestan la música del XIX (muy “burguesa”, ya se sabe) y que creen haber encontrado en usted y en gente como los Norrington, los Van Immerseel y demás a sus particulares mesías que les hacen "llevadero" este repertorio… pues así cualquiera.

Y que no me vengan, por favor, con que Gardiner ha recuperado el "sabor francés". Si quiero escuchar una Carmen francesa ahí están, por poner dos ejemplos muy distantes entre sí, Thomas Beecham y Yannick Nézet-Séquin (este último muy pronto en DVD). Si quiero una Carmen alemana, ahí está Barenboim. Si quiero un experimento radical, ahí está la genialidad de Bernstein. Si quiero una Carmen-Carmen, pues ya saben, los Abbado, Karajan y compañía. Pero lo de Gardiner no es más que una monumental tomadura de pelo.

Lo único que tiene interés, ahí sí, en la labor de Sir John es su afán en abrir cortes habituales. No es frecuente escuchar completo el duelo entre Don José y Escamillo, por ejemplo, aunque más interés tiene una larga intervención de Morales -después de la primera aparición de Micaela y justo antes del coro de niños- que no se hace nunca (si quieren escucharla, visualicen el enlace de Youtube ofrecido arriba y acudan a los dos últimos minutos del clip). Lo que no entiendo, en cualquier caso, es que con semejante afán arqueológico no se ofreciesen los recitativos en su integridad.

Sobre la dirección escénica no sé muy bien que pensar. Adrian Noble tuvo que enfrentarse a un espacio extremadamente reducido y a una obra sobre la que circulan demasiados tópicos, lo que complica mucho las cosas. Al final optó por un escenario único de forma semicircular (un ruedo, qué original) con gran espejo trasero que sube y baja (también muy original), cuidada iluminación y vestuario heterogéneo para ofrecernos una Sevilla llena de moros vestidos a la marroquí (incluido Lilas Pastia), soldados de cuyo cuello cuelga una chapa de esas de los marines, paseantes leyendo El País y gitanas de piernas muy abiertas que se refriegan con los transeúntes. Lo de siempre, vamos. Pero claro, visto lo que hay que verse por ahí, hay que agradecerle al director británico una magnífica dirección de actores y masas y un gran respeto por los planteamientos y situaciones de la obra original. Al menos había teatro, y teatro al servicio de la partitura, no de las ocurrencias del director de turno.

Triunfo de la Antonacci
Aunque mucho menos bien acompañada desde el foso que en su filmación de 2006 en el Covent Garden, Anna Caterina Antonacci ofrece una memorable encarnación de la gitana. Es verdad que su voz -de buenísima calidad- es demasiado lírica y no muy sensual, que hay algunas desigualdades y que en la escenas de las cartas se queda corta, pero la cantante italiana comprende el personaje y sabe trasmitir en lo vocal sus diferentes pliegues expresivos sin caer en la excesiva finura (lo siento, a mí nunca me entusiasmaron De los Ángeles y Berganza) ni en el tópico arrabalero. Como actriz me parece sensacional: excepción hecha de la Migenes-Johnson, no recuerdo haber visto una Carmen mejor actuada. Ayudan a la Antonacci un rostro bellísimo y un escote de infarto.



No conocía de nada a Andrew Richards, por lo que me he llevado una grata sorpresa: la voz del norteamericano es bonita (habría que comprobar en directo su volumen y proyección), está bien manejada y aguanta con dignidad las exigencias del último acto. El artista canta con gusto, no recurre a histrionismos y se mueve con corrección. A mi modo de ver, es el suyo un Don José más completo que el de Kaufmann y mucho más soportable que el del actual Alagna. Anne-Catherine Gillet, de voz bonita y musical, hace una Micaela muy aniñada sin llegar a la cursilería. Nicolas Cavallier, finalmente, ofrece un Escamillo muy tosco en general y ridículamente engolado en su breve aparición en el desfile de la Maestranza. El resto, discreto.

Mi recomendación es, en cualquier caso, que echen ustedes un vistazo a los clips aquí incluidos (pueden ver la función entera en Youtube) y que saquen conclusiones por sí mismos. Y si les gusta lo que oyen, recen para que la función aparezca en Blu-Ray, porque se filmó en alta definición.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Los Troyanos en DVD: Châtelet frente a Salzburgo

Existen tres versiones en DVD de Les Troyens. De una de ellas, la antigua de James Levine en el Met al frente de un reparto de estrellas (Norman, Troyanos, Domingo), me han hablado francamente mal. Aquí voy a dejar unos apuntes comparando las otras dos. La primera, la que ofreció el Festival de Salzburgo en 2000, con la Orquesta de París bajo la batuta de Sylvain Cambreling y dirección escénica del malogrado Herbert Wernicke; en ella se cortaron las danzas, seguramente por razones de eficacia dramática, así que Arthaus pudo editar la filmación en solo dos DVDs. La segunda, la del Teatro Châtelet de 2003, con la Orquesta Revolucionaria y Romántica (instrumentos originales, claro) bajo la dirección de su titular John Eliot Gardiner, más el excepcional Coro Monteverdi, traído por el director británico, sumando sus fuerzas a las del teatro parisino. La propuesta escénica de Yannis Kokkos respetó la partitura en su integridad, así que BBC Opus Arte la ha editado, con su habitual excelencia de imagen y sonido, repartida en tres discos.

Cambreling ofrece una notable dirección, no creativa pero sí perfecta en el estilo, con todo el refinamiento, la delicadeza y la morbidez propias del repertorio francés, pero alcanzando también la tensión dramática y el vigor deseables. Gardiner le supera en fuerza, extroversión y sentido teatral, aportando además una considerable electricidad y una rusticidad sonora bastante adecuada. Por desgracia, y como era de prever en el maestro británico, a veces el referido carácter rústico linda con la tosquedad, y la electricidad con la sequedad y el apresuramiento. En cualquier caso, y aun faltando perfume francés, los momentos líricos no están mal dirigidos.

Deborah Polaski -soprano dramática de imponente presencia- realiza doblete en Salzburgo. En los dos primeros actos está espléndida haciendo una Cassandre de rompe y rasga. En el resto convence menos como Dido, personaje que necesita de mayor calidez y voluptuosidad, justamente las que ofrece una magnífica Susan Graham en la producción parisina. Anna Caterina Antonacci hace junto a Gardiner una Cassandre interesantísima, muy femenina y enamorada.

Los Eneas no son gran cosa. Jon Villars en Salzburgo comienza bastante mal, exhibiendo una voz abierta y sin mucho valor, aunque poco a poco se va superando y ofrece una recreación cuanto menos plausible del personaje. Mejor en líneas generales Gregory Kunde, que alcanza una notable altura expresiva en su gran escena del último acto. Como Chòrebe es preferible Ludovic Tézier -en París- a Russel Braun.

Los secundarios en general están bien servidos, aunque quizá el nivel sea algo superior en el Châtelet, sobresaliendo el Hylas de Topi Lehtipuu y el Iopas del veterano Mark Padmore. Los coros realizan todos una gran labor, aunque la aportación del inigualable Monteverdi Choir se hace notar en París.

La escena de Wernicke es muy atractiva visualmente y está resuelta con un elevado sentido teatral, pero su afán desmitificador no termina de sentarle bien a los momentos más grandiosos de la obra. Sobran, por ir en contra de la pretendida intemporalidad, fusiles y metralletas, como también ocurre en la propuesta de Yokkos, esta última más atractiva desde el punto de vista plástico que desde el teatral. En cualquier caso, jugando a un dramatismo de corte onírico en Troya y a una especie de minimalismo naif en Cartago, consigue espléndidos momentos y saca muy buen partido de un recurso tan manido como el del gran espejo.

¿Conclusiones? Yo he disfrutado mucho de las dos producciones, pero si tuviera que escoger una me quedaría, y no sólo porque ofrece la partitura de Berlioz en su integridad, con la del Châtelet. Por eso se la recomiendo a todos lo que no sean alérgicos a los instrumentos originales en este repertorio.

Sinfonía nº 4 de Mendelssohn, "Italiana": discografía comparada

Esta comparativa de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn la publiqué inicialmente el 2 de junio de 2024. He añadido Solti/Israel, Solti/Viena...