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sábado, 18 de mayo de 2019

Mozart, 1785: una interesante velada en la Alte Oper de Frankfurt

El pasado fin de semana estuve por segunda vez en mi vida en Frankfurt. Se trató, como hago casi siempre, de un viaje planeado para ver arte, en este caso para disfrutar nuevamente de las grandes “catedrales imperiales”, las de Spira, Worms y Maguncia. Pero aproveché para pasarme por Mannheim -relativamente decepcionante- y para asistir a un par de espectáculos musicales en la propia Frankfort, uno de ellos en la Alte Oper y otro, que comentaré en otro momento, en la Oper propiamente dicha.

 
La Alte Oper es para algunos melómanos, entre los que me cuento, el lugar en el que Deutsche Grammophon grabó la última y más increíble Quinta de Mahler de Leonard Bernstein. Pero es también un edificio de cierta historia, que fue inaugurado allá por 1880, conoció la ruina en la Segunda Guerra Mundial y revivió en los años ochenta transformado en auditorio para conciertos con dos salas completamente nuevas. Desdichadamente el evento al que pude asistir no tenía lugar en la sala grande sino en la pequeña, de diseño moderno y excelente acústica, por cierto, aunque con visibilidad mejorable: las cabezas de los espectadores sentados delante molestan seriamente al no haber inclinación alguna en el suelo.

El programa lo protagonizaban músicos de la Orquesta de Cámara Gustav Mahler y me pareció interesantísimo en su concepción: obras de Mozart correspondientes tan solo a un año del genio de Salzburgo, el de 1785, incluyendo el Cuarteto con piano KV 478, una serie de lieder para voz femenina, la genial Fantasía KV 475 y el Concierto para piano nº 20 en versión para orquesta de cámara, más un análisis musicológico a cargo del especialista canadiense Cliff Eisen -en alemán, por descontado- que incluía ilustraciones sonoras procedentes del Cuarteto KV 465 “de las disonancias” y la ejecución completa del primer movimiento de este. Hubo un cambio de ultimísima hora: canceló el solista y director musical del evento, Leif Ove Andsnes, siendo sustituido por Lars Vogt (¡qué casualidad, nacido en 1970 al igual que su colega!). Este eliminó la Fantasía, para lo bueno y para lo malo: perdimos una obra excelsa pero se aligeró una duración que, aun así, fue a todas luces excesiva, porque -como luego explicaré- en esa velada había un extra.


El Cuarteto con piano nº 1 mostró las enormes virtudes de los músicos congregados, que sin necesidad de adoptar modos “históricamente informados” supieron ofrecer agilidad en el fraseo, angulosidad en los ataques e interés por los claroscuros tanto sonoros como expresivos, todo ello cantando de manera sensible las melodías y comprendiendo que el universo expresivo mozartiano necesita un particular equilibrio entre belleza y tensión sonora, como también entre luminosidad y sentido dramático. Lars Vogt hizo gala de un fraseo muy natural y derrochó plena musicalidad. Por descontado, no hay comparación posible con la reciente grabación de Daniel Barenboim y su equipo: esa estratosfera no la puede alcanzar ningún otro artista vivo. Pero situándonos en la tierra, Vogt y los chicos de la Mahler Chamber lo hicieron estupendamente.

Para los cinco lieder se contó con la complicidad de la soprano británica Louise Alder, voz bien timbrada y canto irreprochable al servicio de una expresividad por ventura nada pizpireta y sí llena de encanto. Su dicción debía de ser excelente, porque el público se río muchísimo con los textos.
Con las explicaciones de Cliff Eisen me aburrí, porque no tengo ni idea de alemán. Este señor de cabellera idéntica a la del esposo de Magdalena Kozená (“no soy Sir Simon Rattle”, puntualizó nada más entrar) parecía, en cualquier caso, un notable comunicador, y las ilustraciones musicales me resultaron interesantes pese a desconocer lo que se estaba diciendo. Irreprochable la ejecución del primer movimiento del cuarteto.


Fue estupendo escuchar el Concierto KV 466 en su versión con orquesta de cámara: el equilibrio de planos es diferente y realza aún más la valentía de metales y timbales en esta obra mozartiana. Vogt dirigió con vigor en los movimientos extremos, pero en el central se dejó llevar por la superficialidad: aunque con una formación reducida y en una sala de mediano tamaño hay que ir más rápido, la música no voló como es debido. En su faceta de pianista mostró extrema pulcritud y apreciable sensibilidad, sin caer en el detestable tópico del “Mozart bonito”, aunque a mi entender tampoco ofreció suficientes claroscuros sonoros y expresivos ni supo ahondar en el mensaje último de la música. Su visión, hermosa y apolínea, se quedó un tanto a mitad de camino.


Hubo propina, pero en el foyer de la Alte Oper, con entrada gratuita y ofreciendo la oportunidad de tomarse un refresco durante la audición: Sonata para violín KV 481 interpretada por Matthew Truscott -concertino de la Mahler Chamber- empuñando arco moderno y por Steven Devine tocando un fortepiano que sonaba casi como un clave. Muy interesante, la verdad, aunque como castigo por escuchar la página me quedé sin cenar: ya saben ustedes que en estas latitudes de Europa, más tarde de las diez es imposible tomar nada.

lunes, 21 de agosto de 2017

La Lulu de Loy y Pappano en el Covent Garden

Este Blu-ray editado por Opus Arte con la extraordinaria calidad audiovisual que es propia del sello corresponde a las funciones que de la Lulu de Alban Berg –versión en tres actos completada por Friedrich Cerha– se ofrecieron en la Royal Opera House de Londres en junio de 2009 en producción escénica de Christopher Loy bajo la batuta de Antonio Pappano. Es la misma propuesta teatral que vimos cuatro meses más tarde en el Teatro Real, en este caso bajo la batuta de Eliahu Inbal, con un elenco en el que repetían las dos principales féminas, Agneta Eichenholz en el rol titular y Jennifer Larmore como la Condesa Geschwitz, además de Will Hartmann como el pintor. En Madrid el vapuleo de la crítica fue monumental, aunque a un servidor, como pude explicar en este blog, no le pareció el bodrio que a muchos aficionados, probablemente porque tuve la oportunidad de ver el espectáculo en primera fila.


Efectivamente, es la de Loy una propuesta pensada para ver muy de cerca: funcionó de manera aceptable estando sentado al lado del escenario, y vuelve a hacerlo con los primeros planos que ofrece la filmación, porque la naturaleza de la misma la hace inoperante para cualquier espectador que no esté lo suficientemente cerca como para percibir la gestualidad diseñada por el regista. Por lo demás, a lo entonces escrito me remito, no sin antes apuntar que, aun con sus insuficiencias y no pocos aspectos discutibles, esta es una producción escénica que sí atiende a la música y al libreto: nada que ver con la no menos conceptual pero pretenciosa y ridícula a más no poder de Andrea Breth que boicotea, en el DVD editado por DG, uno de los mejores trabajos directoriales de Daniel Barenboim.

En cuando a Antonio Pappano, su trabajo no me ha parecido todo lo admirable que esperaba de alguien de su talento para el foso de ópera. Hay que admirar su inmediatez, su comunicatividad y su instinto teatral. También la mezcla de carnalidad e incisividad del tratamiento tímbrico, así como la atención a los aspectos más escarpados –léase expresionistas– de la partitura. Pero a mi entender no termina de profundizar en las atmósferas, ni de conseguir la concentración deseable: una página tan decisiva como la música cinematográfica resulta en exceso nerviosa. Y hay picos dramáticos que no alcanzan la rabia y la fuerza opresiva deseable, particularmente los finales de los dos últimos actos. En cualquier caso, notable trabajo.


Nada tengo que añadir a lo dicho sobre Agneta Eichenholz en mi reseña de las funciones del Real: una Lulu con molestas tiranteces en los agudos pero estimable. Ni sobre las estupendas actuaciones de Jennifer Larmore y Will Hartmann. En Londres Michael Volle se encargó de Schön: más que solvente aunque un tanto monolítico. Su hijo lo encarnaba el otras veces inaguantable Klaus Florian Vogt, aquí cuanto menos correcto. Si en Madrid Schigolch era nada menos que Franz Grundheber, en la capital británica se encargó del papel ese eterno secundario que fue Gwynne Howell, con resultados dignos. Peter Rose y Heather Shipp encarnaron bien al atleta y al muchacho respectivamente, mientras que el malogrado Philip Langridge, ya regular de voz pero enorme artista, resultó un lujo asiático para el mayordomo –personaje generalmente desapercibido pero aquí muy bien atendido por Loy– y para el marqués proxeneta.

¿Recomiendo el visionado? A los muy interesados en esta obra, entre los que me cuento, creo que sí. Al resto de los aficionados les animo a ver el vídeo de Pierre Boulez y Patrice Chéreau, a día de hoy todavía disponible en YouTube.

lunes, 15 de febrero de 2010

Nueva Cuarta de Shostakovich por Rattle

En 1994 Simon Rattle grabó para EMI al frente de la Sinfónica de Birmingham una rabiosa, visceral y muy comprometida interpretación de la Cuarta Sinfonía de Shostakovich. Cierto es que atendía más a la parte dramática y corrosiva de la obra que a la atmosférica, que a ratos su violencia parecía algo externa y que el final no resultaba tan inquietante como debe, pero aun así el director británico redondeó una gran interpretación de esta partitura nada fácil de abordar. De ahí que tuviera yo mucho interés por conocer lo que hizo con la misma el pasado 13 de septiembre nada menos que con la Filarmónica de Berlín, interpretación que ofrece on-line la Digital Concert Hall de la que venimos hablando últimamente en este blog.



Pues bien, los resultados han sido para mí un relativo chasco. La ejecución es soberbia, la planificación irreprochable, la expresión siempre certera. No hay la menor caída en la acumulación decibélica ni en el efectismo. Pero la intepretación, muy objetiva y bastante abstracta, poco interesada en hurgar en recovecos expresionistas, desprende una sensación de distanciamiento e incluso frialdad que no termina de convencer. Esta partitura que en su momento Shostakovich escondiera en un cajón, sin atreverse a estrenarla a la vista que lo que se le venía encima por su Lady Macbeth, necesita bien un planteamiento a tumba abierta como el de Rozhdestvensky (enlace), o incluso el del propio Rattle años atrás, bien una visión fantasmagórica, atmosférica, ambigua y sutil como la de Rostropovich. En cualquier caso hay que alabar una soberbia ejecución de la Filarmónica de Berlín y un tercer movimiento en general bastante conseguido.

La velada se había abierto, acertadamente, con los geniales diez últimos minutos de esa obra maestra absoluta que es la Lulu de Berg, interpretada por Rattle con desbordante pasión "romántica", más que "expresionista". El británico no escatima aristas, sin embargo, en el marcado expresionismo de Les Voix, para soprano, piano y orquesta, obra concluida en 1941 por Paul Dessau, un compositor del que hasta ahora quien esto firma nada conocía. Lars Vogt exhibe un piano muy acerado y Angela Denoke, ideal para este repertorio, sale airosa de las extremas dificultades de su parte. Interesante recuperación, sin duda, de una página que hasta hace muy pocos años no ha visitado el disco y las salas de concierto, y gran acierto de un Rattle que ha sabido inyectar sabia nueva a la programación de la orquesta.

Como en las anteriores ocasiones, dejo aquí el link para escuchar el concierto (enlace).

lunes, 23 de febrero de 2009

Lars Vogt, técnica ante todo

Nunca había escuchado -que yo recuerde- a Lars Vogt, ni en vivo ni en disco. Por eso su recital del Maestranza tenía para mí un doble interés: escuchar un programa precioso y comprobar las cualidades del artista. ¿Resultado? A mí me da la impresión de que es un señor con una técnica asombrosa pero poco comprometido desde el punto de vista expresivo. Por ello mismo lo más interesante fue su recreación de la Sonata op. 1 de Alban Berg, soberbiamente expuesta desde el teclado, por estar enfocada desde una óptica “impresionista”, muy alejada del vendaval de emociones post-románticas: una opción discutible pero que logró poner de relieve los aspectos más abstractos de la página.

En los tres Klaiverstücke de Schubert Vogt hizo gala de un colorido de una belleza abrumadora, de una agilidad digital portentosa y de una limpieza de sonido impecable, controlando siempre con sabiduría el pedal y matizando con atención la dinámica. Pero claro, un Schubert así, fraseado con semejante banalidad e indiferencia, tan ajeno al dramatismo intenso y contenido que le es propio, tan parco de intenciones expresivas… A mí no me hace ninguna gracia, lo siento. Otra cosa es que a muchos les guste el Schubert amable, bonito y delicado por el que intérpretes como éste siguen apostando.

Impresionante desde el punto de vista técnico la tremenda Sonata en Si menor de Liszt. El trazo con que afrontó la genial partitura se mantuvo firme, la gama dinámica fue generosa y la ejecución digital resultó impecable: tan sólo conseguir esto en semejante obra es ya una hazaña al alcance únicamente de los mejores virtuosos y un espectáculo digno de ser presenciado. Ahora bien, con ello no basta: los momentos más íntimos resultaron asépticos, los más rebeldes se quedaron en un mero ejercicio de mecanografía y la atmósfera brilló por su ausencia. Una Sonata en Si menor que no huele a azufre no es una Sonata en Si menor. De propina, un Nocturno de Chopin muy bonito. Para mi gusto, demasiado.

Sinfonía nº 4 de Mendelssohn, "Italiana": discografía comparada

Esta comparativa de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn la publiqué inicialmente el 2 de junio de 2024. He añadido Solti/Israel, Solti/Viena...