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lunes, 21 de junio de 2021

Prokofiev, sinfonía nº 4, op. 47 (versión original de 1930): discografía comparada

Prokofiev escribe su Sinfonía nº 4, op. 47 en 1927, realizándose su estreno al año siguiente en Boston con Koussevitzky en el podio. La estrategia es parecida a la de la sinfonía anterior: tomar material temático de una obra previa, en aquel caso la ópera El ángel de fuego, e integrarlo dentro de un esquema sinfónico. En esta ocasión el punto de partida es el ballet El hijo pródigo, estrenado en mayo de 1929. La excelencia de los resultados no se repite, hasta el punto de que se trata de la sinfonía menos lograda de las ocho escritas por el compositor. ¿Ocho y no siete? Efectivamente: en 1947, por las mismas fechas en las que se encarga de su Sinfonía nº 6, realiza una nueva versión, ahora op. 112, en la que los movimientos extremos son por completo reescritos. El resultado, una partitura mucho más larga, más sólida en su estructura y –en mi opinión–considerablemente más inspirada.

El mercado discográfico ha arrinconado la versión original hasta tiempos muy recientes. La presente selección –tampoco hay muchas más: que yo sepa, la de George Sébastian de 1954 que recoge la Wikipedia– puede servir para volver la vista atrás y atender a una obra decididamente menor, pero cpon suficientes elementos de interés para cualquier amante de este repertorio. Son sus movimientos:

1. Andante - Allegro eroico
2. Andante tranquillo
3. Moderato, quasi allegretto
4. Allegro risoluto

 


1. Martinon/Orquesta Nacional de la ORTF (Vox, 1971). Un arranque sensual, nostálgico, bien paladeado y muy emotivo ya deja claro que el maestro de Lyon va a entender a la perfección uno de los ingredientes esenciales de esta música. Más adelante va evidenciándose que también va comprometerse con lo que tiene de incisivo y de irónico, así como con su frescura, vivacidad y efervescencia –soberbio juego de las maderas en el tercer movimiento–. Y en el finale, decidiendo no ir rápido ni recrearse en su impulso rítmico, saca a la luz lo mucho que hay en él de sombrío y de ominoso, redondeando así en lo expresivo una lectura que, por lo demás, se encuentra estupendamente delineada y consigue un notabilísimo rendimiento de una orquesta que aporta su singular color francés, pero que no se encuentra bien recogida por una toma sonora que deja bastante que desear. Una lástima, porque quizá se trate de la mejor de todas las interpretaciones escuchadas. (9)

 

2. Neeme Järvi/Orquesta Nacional de Escocia (Chandos, 1985). No le interesan al maestro estonio las posibilidades líricas de esta partitura, lo que tiene de evocación, de nostalgia y de amargor. Lo suyo son la tímbrica incisiva, la animación y las grandes explosiones sonoras, expuestas con vistosidad y trazo más bien grueso. El resultado es una lectura bastante tópica y superficial, aunque dotada de un extraño atractivo. La toma no ayuda: lejana y reverberante. (7)


3. Rostropovich/Orquesta Nacional de Francia (Erato, 1986). Slava nos ofrece la interpretación más profunda de concepto, pues sabe ser al mismo tiempo rústico y lírico, poderoso y evocador, atendiendo a la atmósfera y añadiendo una importante carga siniestra. Hay que destacar, además, un fraseo de enorme naturalidad, maravilloso sentido de la cantabilidad, buen olfato para el color y transparencia en el tratamiento de las texturas. Por desgracia, la tensión es irregular en el cuarto movimiento, que resulta más bien deslavazado, y en líneas generales el maestro no lograr soslayar las debilidades de la partitura. Magnífica la toma. (8)

 

4. Gergiev/Sinfónica de Londres (Philips, 2004). Como había hecho Järvi, Don Valerio opta por la faceta “explosiva” de la obra, procurando abrumar con los contrastes y los decibelios sin detenerse mucho en matices, pero también –todo hay que reconocerlo– con un sentido del ritmo, un sentido teatral y una comunicatividad a flor de piel, y haciendo sonar a la LSO de manera apropiada para el compositor. Molesta por su blandura el arranque del segundo movimiento –la flauta entra con tal timidez que ni se la oye–; al menos paladea esta página, que no es sino el final del ballet, con holgura y sin las prisas de otros directores. En fin, otra versión tan vistosa como superficial. (8)

 

5. Kitajenko/Gürzenich-Orchester Köln (Capriccio, 2004). Respaldado por una toma de sonido portentosa, el veterano maestro ruso hace gala de buen idioma, excelente pulso y una admirable planificación, acertando además al inyectar tensión a los momentos más extrovertidos de la obra sin cargar las tintas en sus aspectos “explosivos” y al paladear con gran delectación melódica el segundo movimiento. Ciertamente se echa de menos –como en el resto de su integral– un colorido más variado y con mayores cualidades expresivas, así como una mayor emotividad lírica, pero aun así el resultado es más que notable. (9)

 

6. Gaffigan/Filarmónica de la Radio de Holanda (Challenge, 2014). Notable interpretación en la que el director neoyorquino evidencia buena sintonía con el universo de Prokofiev, gran cuidado –el trazo nunca es grueso– a la hora de delinear la arquitectura y apreciable musicalidad. Ahora bien, se muestra mucho más acertado a la hora de recrear las vistosas explosiones sonoras del primer movimiento, dichas con brillantez, garra dramática y colores adecuadamente virulentos, que a la de desgranar ese peculiar lirismo agridulce propio del autor: las melodías están bien paladeadas, mas no emocionan lo suficiente. Tampoco se muestra muy capaz de otorgar suficiente convicción al finale, aunque aquí la culpa es más del compositor que de la batuta. La espléndida toma sonora realza el principal valor de esta versión original de la partitura, que no es otro que el de su orquestación. (8)


7. Kirill Karabits/Sinfónica de Bournemouth (Onyx, 2015). El ucraniano es de los que se toman la parte lírica de esta obra con cierta ligereza, más desde un distanciamiento (neo)clasicista, el del ballet El hijo pródigo, que desde esa intensa melancolía propia de Prokofiev, pero al menos paladea con cantabilidad el Andante tranquillo y no cae en frivolidades. La vertiente “explosiva” la atiende sin el dinamismo ni la incisividad de otros colegas, pero también sin su brocha gorda y demostrando mayor musicalidad. El resultado es una de las lecturas más equilibradas y sensatas de la página, aunque alejada de lo excepcional. (8)

domingo, 18 de abril de 2021

Tercera Sinfonía de Prokofiev: discografía comparada

Actualización.
 
18. IV. 2021
 
Esta entrada se publicó originalmente el 22 de noviembre de 2009. Muchas cosas han cambiado desde entonces. He reformado una gran cantidad de los comentarios, añadiendo una buena cantidad de grabaciones adicionales: Chailly en DG, Kitajenko en Phoenix, Ashkenazy, Gergiev en vídeo, Karabits, Gaffigan, Alsop y Jurowski.
 
He tenido que quitar las líneas dedicadas a la toma radiofónica de Muti con Chicago: aunque esa edición llegó a estar anunciada oficialmente, nunca se supo de ella. Una pena, porque se trata de la interpretación que más me gusta de todas.

Aún me quedan audiciones por realizar y textos por retocar, pero creo que basta por hoy. Estoy ahora mucho más contento con esta entrada.
 


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Estrenada en mayo de 1929 por Pierre Monteux en la Salle Pleyel de París, la Tercera Sinfonía de Prokofiev reutiliza temas de la ópera El ángel de fuego para elaborar una partitura de corte expresionista, virulenta y telúrica, que demanda una batuta que no solo sepa estar a la altura de la violencia exigida sin caer en el mero efectismo, sino también atender a la atmósfera turbulenta, de erotismo malsano, que desprenden los pentagramas. Ni que decir tiene que las demandas de virtuosismo a la orquesta son abrumadoras.

Afortunadamente, la mayor parte de las grabaciones que circulan son de alto nivel. En esta lista se recogen casi todas las que han salido en compacto; únicamente lamento no haber podido escuchar el segundo registro de Kitajenko, recién aparecido en el mercado. He añadido, por su elevado interés, dos grabaciones no comerciales protagonizadas por Riccardo Muti, la segunda de las cuales aparecerá probablemente en el futuro editada en formato comercial.

 
1. Leinsdorf/Sinfónica de Boston (Testament y Sony, 1966). Una lástima que RCA nunca llegara a editar en LP esta interpretación en la que el irregular Leinsdorf, al frente de una orquesta sensacional, demuestra una extraordinaria capacidad para lograr la mayor tensión interna sin caer en el efectismo, como también para ofrecer una sonoridad rústica y rocosa sin resultar tosco. Pero además, y esto es fundamental en la presente partitura, el maestro vienés sabe asimismo crear atmósferas malsanas y alcanza un gran vuelo lírico cuando es necesario. Aunque al final se precipite un tanto, el resultado es acongojante. El sello Testament puso finalmente en circulación esta joya, acompañanda de una referencial e imprescindible Quinta Sinfonía, pero quizá lo más recomendable sea hacerse con la caja de serie barata editada recientemente por Sony. (9)



2. Rozhdestvensky/ Gran Orquesta Sinfónica de la Radiotelevisión de la URSS (Melodiya, 1966). Para tratarse de la primera interpretación que circuló por el mercado, hay que reconocer que el maestro soviético realizó una espléndida labor, trazando una lectura de pulso firme y espléndido idioma. El enfoque, como no podía ser menos tratándose de Rozhdestvensky, es de corte expresionista, pero no solo no hay intención de epatar con la acumulación de decibelios sino que, además, los aspectos misteriosos y sensuales de la obra están perfectamente atendidos. Hay hallazgos que luego no encontraremos en otras lecturas, como el tratamiento de las figuras de la cuerda en el tercer movimiento. Por desgracia la orquesta se queda corta, y Rozhdestvensky no ha trabajado con ella lo suficiente en lo que a la claridad se refiere. La grabación, lejana y difusa, no ayuda precisamente en este sentido. El resultado, pues, es muy vistoso pero un tanto tosco. (8)
 

 

3. Abbado/Sinfónica de Londres (Decca, 1969). Aun sin llegar al la excelsitud de las suites de Romeo y Julieta y El bufón que grabó con la misma orquesta tres años antes, con este registro el joven Abbado demostró ser un extraordinario intérprete de Prokofiev, no ya por obtener de la Sinfónica de Londres esa sonoridad tan característica del compositor –especialmente en lo que al tratamiento de las maderas se refiere–, sino también por renunciar al efectismo para atender ante todo a la sensualidad, a la claridad de las texturas orquestales y –en esta obra en particular– a la creación de atmósferas turbulentas. Sensacional, en este sentido, su lectura del segundo movimiento, creativa a más no poder y seguramente insuperada a día de hoy. En contrapartida, en los movimientos extremos se echa de menos una mayor dosis de visceralidad, electricidad y garra dramática. (9)
 

Prokofiev_Martinon

4. Martinon/Nacional de la ORTF (Vox, 1971). Hay que agradecerle a Martinon su deseo de defender esta música, pero lo cierto es que su interpretación –como ocurre con el resto de su integral– resultó muy irregular: junto a momentos obsesivos muy notables, encontramos otros dichos un tanto de pasada, cuando no descontrolados y tendentes al escándalo gratuito. Se echa de menos claridad, lo que en parte puede deberse a las limitaciones de la orquesta, como también a la deficiencias de una muy discreta toma sonora. (5) 
 


5. Kondrashin/Concertgebuw (Philips, 1975). El inolvidable maestro ruso se mostró aquí perfecto en el estilo y muy centrado en lo expresivo, atendiendo tanto a la vertiente escarpada de la obra como a la atmosférica. De todas formas, y aun haciendo gala de muy buenos detalles en el tratamiento de las maderas, aún podría sacar más jugo de la partitura, sobre todo en los movimientos extremos: se precipita un tanto. El tercero, sin embargo, es tan formidable como la orquesta holandesa. Lástima que el registro se encuentre descatalogado desde hace años. (8)

 

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6. Kondrashin/Chicago (CSO, 1976). En esta toma radiofónica, que se contiene en una edición especial en una caja de 10 CD editada por la propia orquesta, Kondrashin vuelve a mostrarse muy bien encaminado, atendiendo a todas las facetas posibles de la obra y manteniendo tanto la tensión como el misterio, pero de nuevo sucumbe un tanto a la precipitación en los movimientos extremos. También se puede hilar más fino, obtener más claridad y ser más creativo. (8)

 

7. Weller/Filarmónica de Londres (Decca, 1977). Una pena que el ciclo de Walter Weller haya obtenido tanta difusión comercial, porque le hace un flaco favor a la música de Prokofiev. He aquí una lectura tan plana, deslavazada y aburrida como la del resto de las sinfonías, si bien se puede destacar cómo el maestro se recrea en los pasajes lentos, que le suenan antes evocadores que siniestros. La orquesta londinense se encuentra desaprovechada. (5)

 

 

8. Chailly/Junge Deutsche Philharmonie (DG, 1981). A sus veintiocho años de edad, el maestro milanés dejaba claras dos cosas. La primera, una técnica de batuta excepcional que le permite obtener ricos colores, diseccionar con mano maestra el entramado orquestal y jugar a su antojo con la agógica –flexible pero llena de coherencia expresiva– sin que el edificio se venga abajo. La segunda, unas enormes ganas de hacer música que se traducen no solo en una apreciable intensidad dramática, sino también en la plena atención a los aspectos más misterioros y sensuales de la partitura, así como en la riqueza de matices. No todo es óptimo, en cualquier caso: los dos últimos movimientos pierden un poco de fuelle frente a los dos primeros, mientras que la orquesta, pese a su excelente labor, no es comparable a las más grandes que han grabado esta sinfonía. La toma sonora no está a la altura de la época. (8) 

 


9. Järvi/Nacional de Escocia (Chandos, 1985). Sorpresa: el tantas veces superficial y rutinario Järvi padre se tomó aquí las cosas con calma, paladeó los pentagramas con un primor por momentos celibidachiano, derrochó potencia y electricidad en los momentos telúricos, recreó maravillosamente la atmósfera enrarecida de los pasajes oníricos, hizo gala de una convicción expresiva y se permitió realizar numerosos hallazgos, todo ello sin ninguna concesión de cara a la galería. Solo hay que lamentar que la orquesta no fuera de nivel excepcional y que la batuta no terminase de obtener claridad en los tutti. La toma sonora, reverberante y algo confusa, no ayuda en absoluto. (9)


Prokofiev_3_Kitajenko

10. Kitajenko/Filarmónica de Moscú (Melodiya, 1985). Esta primera grabación del maestro ruso es una electrizante, sincera y –en suma– espléndida versión, llena de fuerza y realizada en una línea particularmente aristada y sarcástica, que sabiamente evita caer en la vulgaridad ni en el efectismo. Muy sensual el segundo movimiento. La orquesta, sin ser ninguna maravilla, logra una sonoridad muy a Prokofiev, destacando de manera especial el tratamiento de la madera grave. Se debe, eso sí, pedir un mayor control de la arquitectura. (8)
 


11. Rostropovich/Nacional de Francia (Erato, 1987). En la que sigue siendo la integral de referencia, Rostropovich quiso desmontar los tópicos que circulaban sobre la creación sinfónica del genial compositor y reivindicó un Prokofiev mucho antes emotivo que espectacular. En consecuencia, valiéndose de unos templi muy amplios y renunciando por completo al espectáculo sonoro, el de Baku ofreció una Tercera especialmente atmosférica y sensual, poco expresionista –se echan de menos incisividad, violencia y garra dramática– y muy atenta a subrayar los lazos que unen a esta música con el mundo impresionista. Lástima que la claridad no sea toda la deseable –la grabación tiene que ver con ello– y que la orquesta, rindiendo mejor que con Martinon, diste de ser una maravilla. (8)


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12. Ozawa/Filarmónica de Berlín (DG, 1990-91). Como era de esperar, al refinado maestro oriental no le apetece demasiado desenvolverse en atmósferas maléficas y obsesivas. Tampoco es que Ozawa recorte las aristas, ni muchísimo menos: aunque los golpes de timbal del tercer movimiento deberían ser más imponentes, la tensión se respira de principio a fin –sin efectismo alguno– y la tímbrica despliega todas sus aristas. Lo que ocurre es que en su hermoso y mágico lirismo se echa de menos un poco más de azufre, de carácter demoníaco. En contrapartida, ofrece Ozawa un asombroso trabajo técnico de disección orquestal, especialmente en lo que al análisis de texturas se refiere. La asombrosa ejecución de la Filarmónica de Berlín es la otra gran baza de este registro muy bien grabado. (9)
 

Prokofiev_3_Muti
13. Muti/Philadelphia (Philips, 1991). Esta es, de todas las interpretaciones comentadas, la número uno. Verdadera lectura de referencia, poderosa, arrolladora y brillante, pero también muy atmosférica, que cuenta con una fabulosa orquesta y una batuta que suena muy a Prokofiev. La tensión es implacable en todo momento, aunque nunca se confunde con el ruido ni el efectismo. La disección de las texturas orquestales es extraordinaria, aun sin llegar a la claridad de Ozawa. A destacar especialmente el “lirismo siniestro” del segundo movimiento, atmosférico a más no poder, y la fuerza desasosegante del tercero. El cuarto movimiento es también impresionante, desarrollándose de manera implacable hasta alcanzar final abrumador. (10)
 


14. Chailly/Concertgebouw (RCO, 1991). El firme pulso de la batuta, la notable claridad de las texturas, el sentido del color, el equilibrio entre lo telúrico y lo atmosférico y la soberbia calidad de la formación de la que entonces era titular le permiten a Chailly ofrecer una lectura espléndida, tanto o más que la que realizó años atrás en Berlín. Pero para alcanzar lo excepcional falta un último punto de compromiso expresivo, así como una sonoridad más idiomática, más adecuada para Prokofiev. Como la toma radiofónica deja que desear y la compra sale muy cara –hay que adquirir una caja de catorce compactos dedicada al maestro italiano–, resulta muy preferible la edición oficial de Decca, grabada tan solo unos meses más tarde con mucho mejor sonido. (8)


Prokofiev_3_Chailly
15. Chailly/Concertgebouw (Decca, 1991). No se aprecian diferencias interpretativas con respecto al registro en vivo comentado: aunque siga sin mostrarse especialmente personal ni creativo, Chailly sabe atender a los múltiples pliegues expresivos de la obra –lo telúrico, lo ominoso, lo turbulento, lo evocador– y hacer gala de una soberbia técnica de batuta que le permite trazar una arquitectura irreprochable y obtener una enorme claridad de su fabulosa orquesta del Concertgebouw. (8)


16. Muti/Sinfónica de la Radio Bávara (YouTube, 2003). De nuevo nos encontramos ante una dirección sensacional, idiomática a más no poder, de extraordinario sentido del color y de las texturas, y adecuadamente siniestra y telúrica. Asombrosas la sensualidad y la atmósfera del segundo movimiento, aunque en el resto –sensacional– puede que no tenga tanta garra como su versión de estudio. La orquesta no es tan asombrosa como la de Filadelfia, aunque Muti hace sonar a las maderas con una carnosidad muy adecuada. Lástima que haya algún desajuste propio del directo. (10)


Prokofiev_Gergiev
17. Gergiev/Sinfónica de Londres (Philips, 2004). La orquesta londinense ofrece, treinta y cinco años después, una lectura radicalmente opuesta a la que realizó con Abbado. La lentitud de los tempi se ve aquí sustituida por el frenesí; la atención a la claridad por el descontrol; la creación de atmósferas por el más brutal efectismo. Eso sí, no podemos regatearle a Gergiev su sentido de la teatralidad, la fogosidad con que dirige y su capacidad para generar espectáculo. De ahí que esta lectura sea, pese a los reparos expuestos, lo único salvable de su mediocre ciclo grabado –con toma sonora mejorable– por el sello Philips. (7)

 

 

18. Kitajenko/Gürzenich-Orchester Köln (Phoenix, 2005-07). En esta nueva lectura discográfica, beneficiada de una toma sonora soberbia, el maestro ruso vuelve a acertar en un segundo movimiento curvilíneo y misterioso, muy bien paladeado, mientras que en el resto ofrece claridad sin efectismos y un perfecto equilibro entre los aspectos más explosivos de la página y sus recovecos introvertidos, todo ello haciendo gala de excelente gusto y un irreprochable conocimiento del idioma. Le falta un colorido algo más desarrollado, mayor emotividad lírica en algunos pasajes y, sobre todo, un carácter más trágico e implacable en los momentos más demoníacos. (8) 


 

19. Ashkenazy/Sinfónica de Sidney (Exton, 2009). Ni ambientes de pesadilla en referencia a la ópera El ángel de fuego, ni gaitas: precipitación, trazo lineal –agógica por completo plana–, tímbrica poco variada –la estridencia, que en esta partitura no se encuentra precisamente contraindicada, debe ir acompañada por múltiples sutilezas–, nerviosismo y vulgaridad efectista son sus signos de identidad, al menos en los movimientos extremos. El segundo está bien, sin que termine de destilar esa particular mezcla de espiritualidad y erotismo que necesita, mientras que el tercero se limita a resultar anguloso, desaprovechando por completo sus inquietantes remansos. Insuficiente la orquesta, trabajada con pinceles gruesos. (3)

 


20. Gergiev/Mariinski (DVD Euroarts, 2011).
No podemos dudar que el enfoque de Gergiev sea es el más adecuado, es decir, expresionista, teatral y altamente electrizante. Tampoco de que el maestro ruso sepa obtener el color adecuado para el compositor y obtener las texturas más interesantes de la cuerda en los “maullidos” del tercer movimiento. Pero a la postre su tendencia al decibelio, la brutalidad y el más desaforado efectismo terminan lastrando esta interpretación que, pese a las virtudes apuntadas, termina resultando tosca, precipitada y superficial. Por si fuera poco la orquesta deja en evidencia su mediocridad, no tanto por las numerosas pifias que comete sino por la pobreza del sonido. (6)

 

21. Kirill Karabits/Sinfónica de Bournemouth (Onyx, 2013). Interpretación expresionista por excelencia, incisiva y visceral, que engancha desde la primera a la última nota tanto por su tensión interna magníficamente controlada –hay decibelios y descargas electrizantes, pero no brocha gorda– como por la asombrosa claridad con que la batura revela la cuidadosa orquestación de la obra. Ahora bien, la comparación con otras interpretaciones deja bien claro que el maestro deja en exceso al margen la sensualidad al mismo tiempo atmosférica y ominosa que proponen los pentagramas, pasando de largo frente a numerosas frases que podían estar más trabajada y no logrando destilar el peculiar ambiente, digamos que de “pesadilla erótica”, de la ópera El ángel de fuego. Brillante pero superficial, pues. De enorme claridad la toma. (8)

 

 

22. Gaffigan/Sinfónica de la Radio de los Países Bajos (Challenge, 2013): esta interpretación se parece un tanto a la de Karabits. Es decir, es la que podríamos asociar –quizá tópicamente– con un director joven, con ganas de comunicar y más ganas todavía de impactar, pero aún con un largo camino por recorrer para alcanzar la madurez. Lectura vistosa y con nervio, pues, pero muy desatenta a las diferentes atmósferas que la página necesita. La diferencia la marca el tratamiento orquestal menos cuidadoso por parte del maestro norteamericano, que no trabaja mal las texturas pero tampoco se preocupa mucho que digamos de aclarar el complejo entramado orquestal ni de diferenciar colores; ni siquiera termina de convencer su tratamiento de la cuerda, que carece del peso suficiente y se ve algo desdibujada frente a los metales. (7)


23. Alsop/Sinfónica del Estado de Sao Paulo (Naxos, 2014). La directora neoyorquina acierta a la hora de apartarse de todo efectismo y dejar a un lado las grandes explosiones sonoras para en su lugar atender a los momentos más líricos que albergan estos pentagramas, pero lo cierto es que ni la atmósfera enrarecida de estos se encuentra del todo conseguida -hay más contemplación que desasosiego- ni los aspectos demoníacos, obsesivos y virulentos quedan bien reflejados. Se aprecian también problemas a la hors de dotar de continuidad a la página, y el trabajo con la orquesta, siendo notable, se encuentra muy por debajo del que ofrecieron un Abbado, un Muti o un Ozawa. Tampoco la toma está a la altura, aun escuchada en alta resolución. (7)

 

 

24. Jurowski/State Academic Symphony Orchestra of Russia (Pentatone, 2016). Lectura eminentemente oscura, diabólica y terrorífica, de sonoridades virulentas –impresionantes texturas de las maderas en el tercer movimiento–, fraseo tan anguloso como obsesivo, atmósferas alucinadas y tensiones implacables. Expresionismo puro y duro, incluyendo dentro del mismo una buena dosis de humor negro –madera grave llenas de socarronería–. También hay, aun sin llegar a las recreaciones de Muti, también espacio para la atmósfera: muy lento el final del primer movimiento y embriagador a más no poder el segundo. Si no se lleva la máxima calificación es por la orquesta, que no es sino la Estatal de la URSS de toda la vida: la cuerda en más de un momento me ha parecido rígida, mientras que el metal posee esa particularísima sonoridad “soviética”, algo vacilante y poco empastada. Sea como fuere, el maestro la trata a su formación diseccionando con verdadera maestría: nunca he escuchado una interpretación todavía más clara que la presente. Soberbia la toma, que se disfruta a tope en SACD multicanal. (9) 

domingo, 19 de abril de 2020

Las sinfonías de Prokofiev por Kitajenko en Colonia

Dimitrij Kitajenko había grabado las sinfonías de Prokofiev para el sello Melodiya en los años ochenta. Lo que conozco de aquellos registros me parece desigual en lo interpretativo y muy problemático en lo que a la toma sonora se refiere. Ahora he podido escuchar la que grabó entre 2005 y 2007 para Capriccio frente a la Gürzenich-Orchester Köln, y puedo asegurar que las cosas han cambiado: las interpretaciones son muy dignas y la ingeniería resulta excepcional, yo diría que insuperable para el formato CD. De hecho, suena bastante mejor que las estupendamente grabadas de Rostropovich y Ozawa, a día de hoy las integrales más recomendables desde el punto de vista artístico.


En la Sinfonía nº 1, el ya veterano maestro ruso se saca la espina de su antigua lectura con esta otra recreación considerablemente mejor planteada. Aquí el primer movimiento, ya sin precipitaciones, esquiva toda vulgaridad y ofrece toda la elegancia, la finura bien entendida y el equilibrio clásico que demanda. El resto es francamente notable por el buen dominio del idioma, lo acertado del planteamiento expresivo y la excelente factura con la que este se encuentra plasmado en lo sonoro. Se agradece especialmente la buena disección del entramado orquestal y la cantabilidad del fraseo, sobre todo en un Larghetto que se deja de trivialidades para explorar el lado más melancólico de esta música. Solo falta una vuelta de tuerca más tanto en el manejo de las tensiones como en la sal y la pimienta para alcanzar la excepcionalidad: a la postre, esta lectura resulta un punto sosa

Kitajenko renuncia al efectismo en la ruidosa Sinfonía nº 2 y ofrece una interpretación lenta y clarificadora que acierta particularmente en las variaciones más nocturnales, muy bien paladeadas, pero tampoco se queda corto en incisividad y dinamismo en el resto de la obra. En cualquier caso, hay algunas decisiones personales discutibles, como la lentísima fanfarria de los compases iniciales y algunos cambios de tempo en el primer movimiento –precisamente por la voluntad de distinguir bien sus distintos ambientes–, así como la excesiva pesadez de la última variación, que no avanza de manera suficientemente implacable y ominosa. Por otra parte, el tema de las variaciones no resulta lo suficientemente emotivo y, en general, se echa de menos un colorido más variado

En comparación con su antiguo registro, en esta nueva lectura de la Sinfonía nº 3 vuelve a acertar en un segundo movimiento curvilíneo y misterioso, muy bien paladeado, mientras que en el resto ofrece claridad sin efectismos y un perfecto equilibro entre los aspectos más explosivos de la página y sus recovecos introvertidos, todo ello haciendo gala de excelente gusto y un irreprochable conocimiento del idioma. Le falta, para alcanzar la excepcionalidad, un colorido algo más desarrollado, mayor emotividad lírica en algunos pasajes y, sobre todo, un carácter más trágico e implacable en los momentos más demoníacos: recordemos que en buena medida esta música es una suite de la ópera El ángel de fuego.

El gran interés de esta edición radica en lo que hace Kitajenko con la primera versión de la Sinfonía nº 4, una música muchísimo menos interesante que la versión definitiva de la página y que hasta ahora no había recibido ni una sola grabación convincente, ni siquiera la de Rostropovich. Esta sí lo es: Kitajenko nos ofrece la mejor interpretación discográfica de esta flojísima obra haciendo gala de excelente pulso y una admirable planificación, acertando además al inyectar tensión a los momentos más extrovertidos sin cargar las tintas en los aspectos “explosivos” y al paladear con gran delectación melódica el segundo movimiento. Ciertamente se echa de menos –como en el resto de la integral– un colorido más variado y con mayores cualidades expresivas, así como una mayor emotividad lírica, pero aun así el resultado alcanza el sobresaliente.

En cuanto a la segunda versión de la Cuarta, el maestro ruso acierta aquí ofreciendo una lectura que, aun lejos de la genialidad y sin destilar esa maravillosa nostalgia doliente que conseguía Rostropovich, sabe equilibrar las vertientes lírica, irónica y dramática de la obra, y haciéndolo además con excelente pulso, muy notable claridad y una sonoridad sencillamente perfecta para el compositor, con cuyo estilo sintoniza a la perfección. Quizá el primer movimiento sea el menos logrado, justo por la antedicha falta de intensidad emotiva, si bien el colorido es muy certero, hay detalles incisivos muy apreciables y el gran clímax dramático –no tanto el lírico– se encuentra perfectamente conseguido. El segundo está fraseado con una naturalidad y una fluidez admirables, aun de nuevo sin llegar al nivel de profundidad del de Baku. El tercero está planteado con animación, incisividad y adecuada ironía, sin necesidad de excesos aunque también sin indagar mucho en misterios. El cuarto está dicho con empuje y ese carácter implacable que necesita, si bien el clímax conclusivo resulta mucho antes estruendoso que verdaderamente opresivo. Falta una vuelta de tuerca, pues, para redondear una interpretación que se beneficia –es justo insistgir en ello– de una toma sonora absolutamente sensacional.

La Quinta sinfonia recibe una interpretación eficaz en la que el maestro ruso demuestra una vez más buena comprensión del universo del autor y hace gala tanto de convicción expresiva como buen gusto –nada de vulgaridad ni de efectismo–, pero sin terminar de construir bien la arquitectura, ni de diseccionar la portentosa orquestación –pese a algún novedoso detalle clarificador aquí y allá–, ni de colorear los timbres y suficiente ni, sobre todo, de transmitir auténtica emoción a través de los sonidos. El trazo resulta más bien lineal, las tensiones no progresan, las atmósferas no están conseguidas y la emotividad ni termina de brotar. Lo menos bueno es un tercer movimiento que pasa sin pena ni gloria, y lo mejor un cuarto bien salpimentado y con la adecuada carga de virulencia hacia el final, aunque también con alguna notable caída de tensión. Tampoco es que la orquesta sea nada del otro jueves.

Haciendo gala de un “sonido Prokofiev” absolutamente acertado y de un gusto irreprochable en el que no hay espacio para escándalos sonoro y sí para la claridad y la atención al detalle, Kitajenko ofrece una notable recreación de los dos primeros movimientos de la Sexta sinfonía, muy centrados en la expresión pese a faltarles un punto extra de acentuación tanto en el carácter opresivo de la página como de su emotividad lírica, que la tiene; más profesionalidad que inspiración, pues, pero de altura. Desdichadamente pincha por completo en el Vivace conclusivo, muy flácido y desganado, carente por completo de electricidad y de garra dramática, por lo que a la postre la recreación termina siendo aburrida e insincera.

En la hermosísima Séptima sinfonía se agradece que el maestro de Leningrado ponga de primer plano los aspectos más líricos, atendiendo de manera particular a la cantabilidad del fraseo –los tempi son más bien lentos– y evitando recrearse en los contrastes tímbricos y las explosiones sonoras. Pero no solo su enfoque resulta en exceso unilateral, poco contrastado, sino que además la lectura se ve lastrada, sobre todo en los dos movimientos centrales, por una alarmante falta de pulso interno. Tampoco los otros dos terminan de convencer: aun muy bien paladeado, el gran tema lírico del primer movimiento carece de toda la emotividad posible, y en su retorno en el último carece de la fuerza necesaria como para desvelar su significado. La disolución final –no hay happy ending– sí que se encuentra bien planteada.

¿Conclusión? Excelencia en el idioma, nivel medio interpretativo notable –con más acierto en las primeras sinfonías que en las últimas– e insuperable toma sonora. Muy recomendable para audiófilos e mprescindible para quienes amamos muchísimo a Prokofiev, por la interpretación de la Cuarta sinfonía en su versión original. El resto de los melómanos puede pasar de largo, pese a que se trate globalmente de una buena integral.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Las sinfonías de Shostakovich por Kitajeko: no pierdan el tiempo

Este album de 12 SACD, editado por el sello Capriccio, conteniendo las sinfonías de Shostakovich a cargo de Dmitri Kitajenko y la Gürzenich-Orchester Köln, lo compré a precio de ganga en un viaje que hice a París allá por el verano de 2008. Empecé a escucharlo y lo he ido haciendo muy lentamente, por lo general comparando con otras interpretaciones de cada una de las partituras. Hasta ahora no he terminado: imagínense lo poco que me ha venido entusiasmado su contenido.


En realidad, no puede decirse que sea este un mal ciclo: el maestro nacido en Leningrado demuestra no solo un buen oficio a la hora de levantar la arquitectura –cosa nada fácil en estas sinfonías– y de hacer que su orquesta, una digna formación de segunda fila, esté a la altura del enorme reto. También sabe de qué va la cosa en lo expresivo –no "oficializa" las sinfonías, como a veces le pasaba al mismísimo Mravinski– y hace gala de un gusto irreprochable. Lo que ocurre es que con la competencia discográfica que hay por ahí, desde el expresionismo visceral de Rozhdestvensky hasta el humanismo de Rostropovich, pasando por los logros de un Previn, un Sanderling, un Haitink o un Bernstein, nuestro artista se queda corto en inspiración, en garra y en compromiso expresivo. Se detectan, además, algunas irregularidades a lo largo de la integral.

En la discografía comparada de la Sinfonía nº 1 escribí que "el ya veterano maestro ofrece una lectura de muy buen pulso e irreprochable idioma, equilibrada entre lo burlón y lo dramático, a la que sólo le falta un punto de creatividad y le sobra algo de tosquedad para ser excepcional". Muy bien, pues.

Todo el arranque de la Sinfonía nº 2 resulta particularmente brumoso, incluso impresionista, aunque también un punto emborronado. Luego sigue con corrección, para ir alcanzando poco a poco la tensión interna y la brillantez que la obra necesita. El colorido es algo parco y carece de la incisividad requerida; se echa de menos una más clara disección de las texturas. A la postre no suena la obra todo lo “moderna” que debiera, sin esa frescura y descaro juveniles que la caracterizan

La Sinfonía nº 3, por el contrario, recibe una interpretación de muy alto nivel, pero cuyo colorido oscuro y hermoso, unido a un fraseo lírico y sin muchas aristas, resulta mucho antes romántico que atento a la modernidad de la pieza. La sección anterior al coro pierde un poco de pulso.

En la poliédrica y fascinante Sinfonía nº 4 el idioma, la arquitectura, la variedad expresiva y la ejecución son muy notables, pero en todos estos aspectos hace falta un poco más de compromiso para que la interpretación, algo plana y aburrida, llegue a convencer. El final resulta plácido antes que inquietante

Notable la Quinta, que sobresale por un Largo concentrado y muy hermoso, ya que no particularmente desazonador. El primer movimiento está bien planteado, perdiendo por una sección final en exceso nerviosa. El segundo es espléndido, siempre que aceptemos una comicidad ajena a lo corrosivo. Flojea el cuarto, ayuno de fuerza y rabia.

Aunque el arranque de la Sexta carece de toda la la inmediatez y el carácter doliente que necesita –un punto apagado, tristón incluso–, hay que reconocer que el maestro consigue la adecuada atmósfera ominosa en el primer movimiento. Magnífico el segundo, no particularmente incisivo pero lleno de fuerza y convicción. El tercero está muy bien, pero aquí necesita un punto más de desenfado y –al mismo tiempo, en Shostakovich los dos conceptos no son antagónicos– de mala leche.


El arranque de la Leningrado resulta muy extraño. Da la impresión de que el maestro intenta quitarle exceso de pompa, pero el resultado es que le falta grandeza. Tampoco le sale bien la marcha, banal cuando no lúdica en la primera parte, y un tanto descafeinada en la segunda. A partir de ahí las cosas mejoran de manera considerable, y Kitajenko acierta a la hora de mantener el pulso, de ofrecer una dosis suficiente de sarcasmo y, sobre todo, de desplegar un intenso aliento lírico, cantable y lleno de humanismo, pero no por ello complaciente.

Flojea seriamente la Octava. El primer movimiento resulta lento, flácido e insincero. El segundo y el tercero son correctos sin más, echándose de menos fuerza y rebeldía. La passagaglia es más tristona que doliente. El quinto empieza bien, pero tras llegar al clímax –no muy rebelde– se va deshilachando, en parte porque las intervenciones solistas tampoco son muy allá.

Lástima que el segundo movimiento de la Sinfonía nº 9 sea más rápido de la cuenta y no del todo inquietante, como también que al último le falte un poco de tensión, porque el enfoque global es muy certero, antes amargo que lúdico, y las intervenciones solistas –esta vez sí– son de gran sinceridad expresiva.

En la Décima el lenguaje es el apropiado y todo está en su sitio, pero el resultado es algo rutinario. Necesita una mayor implicación emocional en la partitura y un trabajo más intencionado del fraseo.

En la Sinfonía nº 11 el director ruso apuesta por una interpretación antes “romántica” que expresionista, atmosférica y descriptiva antes que visceral. Alcanza sus mejores momentos en el segundo movimiento, sobre todo en una escena de la matanza descrita de manera adecuadamente convulsa. Al tercero le falta un punto más de tensión interna y grandeza, mientras que el final, que le suena un poco a Star Wars, podría ser más opresivo.

El año 1917 es una sinfonía de menor inspiración que la que le precede en el catálogo, no necesitando por parte del intérprete la hondura humanística ni la carga trágica de aquella. Aquí lo que hace falta es frescura, sentido narrativo, solidez en la construcción sinfónica y vehemencia bien controlada. Kitajenko las ofrece y por ello alcanza en ella la cota más alta de su integral.

Volvemos al nivel medio con la Babi Yar: dirección muy centrada en lo estilístico y en lo expresivo, con maderas de adecuado tratamiento, pero no del todo rica en el color, ni matizada, ni tensa, por lo que termina aburriendo en los pasajes más débiles de la partitura. Arutjun Kotchinian está muy bien de voz y canta con propiedad, aunque en el primer número suene más suplicante que rebelde y sin mucha ironía.

En la Sinfonía nº 14 Kitakenjo ofrece una dirección lenta y con sentido de la atmósfera, pero (¡otra vez!) escasa de pulso y fuerza. El canto de Marina Shaguch es intenso y desgarrado, también algo agrio y poco atento a sutilezas. De nuevo Kotchinian luce una espléndida voz de bajo, pero como intérprete se muestra algo plano.

En la Décimoquinta el enfoque es admirable, acertando la batuta en el carácter siniestro de la obra sin caer en superficialidades y sin precipitarse en el último movimiento. Aun así, una vez más se echan de menos variedad expresiva y tensión interna.

La toma sonora se realizó entre 2003 y 2004 en dos recintos diferentes, unas en un estudio y otras en vivo en la Philharmonie de Colonia. Ni unas ni otras están especialmente bien grabadas. Ahora bien, el formato SACD ofrece un relieve y una carnosidad que compensan las insuficiencias de los ingenieros de sonido.

Muy en resumidas cuentas: un ciclo correcto, con su punto más alto en la Sinfonía nº 12 y el más bajo en la Octava, que resulta globalmente prescindible. No pierdan el tiempo.

Sinfonía nº 4 de Mendelssohn, "Italiana": discografía comparada

Esta comparativa de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn la publiqué inicialmente el 2 de junio de 2024. He añadido Solti/Israel, Solti/Viena...