Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Lamento no tener ahora, por diferentes razones, la posibilidad de escribir mucho sobre música, pero hay dos discos que he escuchado en las últimas veinticuatro horas que me han llenado muchísimo espiritualmente.
Uno lo protagoniza Jordi Savall se llama Codex Las Huelgas. Bestiaire et Symboles du Divin. 1300-1340. Se trata, obviamente, de la visión que el de Igualada ofrece del celebérrimo códice que aún se encuentra en el monasterio burgalés, y que los amantes del medievo celebramos de manera especial por ser demostración palmaria de que las novedades musicales francesas habían llegado al sur de los Pirineos. De hecho, como quien no quiere la cosa, Savall interpola un conductus de la Escuela de Notre-Dame que resulta muy bienvenido. Ni que decir tiene que el maestro le echa mucha imaginación a la parte interpretativa, pero también hay que advertir que algunas de las decisiones se encuentran justificadas en las notas de nada menos que Juan Carlos Asensio, que no es precisamente un ignorante. Las voces funcionan muy bien, pero quienes más despiertan nuestra admiración son Pierre Hamon y Andrew Lawrence-King, no en balde dos de los mejores intérpretes que ha conocido la música medieval desde que se inventó el disco. La toma de sonido es magnífica pese a estar realizada en un concierto del 15 de julio de 2021 en la abadía de Fontfroide.
Ojo, en la web de Savall el disco está agotado. Yo lo he tenido que comprar en Ámsterdam. Se lo recomiendo a todos ustedes vivamente, como también que vean –si no lo han hecho ya– el globalmente magnífico concierto –excepción es el segundo movimiento de la Júpiter– que el artista ha ofrecido recientemente con la Filarmónica de Berlín, que comenté por aquí.
El otro disco se grabó en 2020 y lo tengo desde hace tiempo, pero no lo he escuchado hasta ahora: hice demasiado caso a quienes insistían en que Daniil Trifonov vale poco. De acuerdo, yo mismo le he escuchado en directo un Chopin horrible, dicho con un gusto atroz, y que en disco hay cosas que me han parecido notables y otras más bien flojas. Pero Bach: The Arte of Life es una maravilla. ¡Imbécil de mí, lo que me he estado perdiendo! Advierto que el doble CD no sé comentarlo: Bach le viene muy, pero que muy grande a mi corta mente.
Solo diré que nunca me había gustado tanto El arte de la fuga–cuyo último número el ruso se atreve a completar, diría con gran acierto–, si bien lo más impresionante es la Chacona de la BWV 1004 en la versión pianística de Brahms para la mano izquierda: se escucha con verdadero escalofrío. Un derroche de belleza, lo que está muy bien, pero sobre todo un pozo sin fondo en el interior del alma humana. Ni se les ocurra perdérselo.
PD. Hace años en este blog se montó un show cuando dije lo que pensaba de la Chacona en interpretación de Amandine Beyer, una de las artistas favoritas de la kale barroka hispalense. Les dejo el vídeo para que comparen: no se puede hacer sonar a un violín con mayor fealdad (¡se queda tan ancha la señora!) ni frasear de manera más arbitraria e insensible. Pero bueno, en estos tiempos en los que un presidente de gobierno (¡e incluso Jordi Savall, manda narices!) elogian el monumental e histórico mamarracho de Rosalía, cualquier cosa cuela.
Fe de errores: escribí que la orquesta era la Sinfónica de Boston. Pues no, la de este concierto es la de la Gewandhaus de Leipzig. Eso explica los puntuales errores de ejecución, si bien la formación sajona puede mirar frente a frente a la norteamericana sin demasiados problemas. Sencillamente, está en su mejor momento.
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La tarde de hoy ha arrancado el Festival Shostakovich que se celebra en la Gewandhaus con protagonismo de la Sinfónica de Boston, la Orquesta de la Gewandhaus y una formación llamada Orquesta del Festival, más la batuta de quien es la máxima autoridad tanto en la ciudad sajona como en la estadounidense: Andris Nelsons. Festival merecidísimo, dicho sea de paso, toda vez que ya nadie –o casi nadie– duda ya que el autor de La nariz es uno de los grandes compositores del siglo XX. La plataforma Stage + ha tenido a bien retransmitirlo en directo, así que aquí van unos comentarios.
Ha arrancado la velada con la Obertura Festiva, página tan menor como simpática que no necesita mucho para funcionar. Ahora bien, no es lo mismo escuchársela a Rozhdestvensky –maravilloso– que a Plácido Domingo –flácido–, por mucho que el madrileño tenga delante a la Filarmónica de Viena. A Andris Nelsons le sale bastante bien, pero solo eso: soberbio trazo, esmeradísima ejecución e irreprochable gusto, pero lejos de la electricidad que conseguía el citado director ruso.
Concierto para piano nº 2 a continuación, con Daniil Trifonov como solista. Interesa mucho comparar con la versión que Nelsons y Boston hicieron en disco con Yuja Wang, comentada aquí hace tan solo unos días. La diferencia entre los dos pianistas es apreciable, porque mientras la china se empeñaba en ofrecer sonoridades levísimas y belleza a toda costa, su compañero hace gala de un toque made in Russia mucho más adecuado y presta mejor atención a las tensiones armónicas. En el primer movimiento, lástima, Trifonov tiende tanto a la precipitación como Wang y no termina de encontrar –tampoco ella lo hacía– sustancia dramática a la partitura. En el tercero es puro fuego. ¿Y el Andante? Seguramente por petición del pianista, Nelsons va mucho más lento que en el disco y bucea mejor en el amargor que desprende la página, mientras que el piano –no tan matizado, pero menos narcisista que el de Yuja– roza el cielo con una recreación doliente a más no poder, como también muy hermosa, que mira antes a Chopin que a Rachmaninov, pero que en cualquier caso revela que esta música no es lo que parece. A Shostakovich le pasó lo mismo en la Sinfonía nº 1: como explicó en su momento Leonard Bernstein, el compositor quiso hacer una especie de burla de la tradición pero, en los dos últimos movimientos, se vio atrapado por esta y la cosa le salió en serio. Pues aquí igual, así que nada de hacerlo Andante: Adagio, y a hurgar en la herida. De propina, el Scherzo op. 1 del autor, un prodigio en manos de un Trifonov que saca toda la música habida y por haber, y aún más de la que hay.
Sinfonía nº 4 en la segunda parte. Teníamos ya dos testimonios de Nelsons. El primero se remonta a 2014, un vídeo con la Orquesta del Concertgebouw absolutamente descomunal, diría que de referencia. El segundo es el disco con Boston, ya de 2018: de altísimo nivel global, pero ahora mucho más rápido en el primer movimiento, lo que significa que se gana en electricidad y carácter combativo al tiempo que se pierde en carácter gótico. La de hoy jueves vuelve a ser de altísimo nivel, pero creo que me sigo quedando con la recreación holandesa.
En el primer movimiento se han recuperado unos tempi sensatos: hay vigor, aristas y conflictos dramáticos, al tiempo que se deja que la música respire y no se permite que todo descanse en el frenesí. Algunos pasajes los he escuchado mejor con otros directores, si bien hay que reconocer que Nelsons trabaja muy bien los planos sonoros; a destacar la tremenda fuga escrita para la sección de cuerda que termina en una terrorífica cabalgada, todo un ejemplo de soberbia técnica de batuta. Extrañamente, hay algunos ligeros fallos aquí y allá por parte de la orquesta, que no tienen mayor importancia pero que, todo hay que decirlo, no se producen con la Orquesta del Concertgebouw ni, en general, en las transmisiones de la Filarmónica de Berlín a través de la Digital Concert Hall. Lo más extraño: el primer violín se desmelena en una serie de narcisismos sin sentido.
Segundo movimiento lentísimo, siniestro a más no poder e increíblemente bien trabajado en su polifonía, no solo en los que a claridad se refiere, sino también en matices expresivos. De las cuarenta y tantas grabaciones que tengo escuchadas, no recuerdo ninguna que supere esta recreación, que por lo demás se beneficia muchísimo de las maderas sajonas.
La marcha fúnebre con que se abre el tercer movimiento es lentísima y se encuentra cargada de pathos. A partir de aquí, Nelsons parece mirar antes gracia la negrura que al desgarro expresionista, es decir, se parece más a Rostropovich que a Rozhdestvensky, desmenuzando muy bien la música hasta llegar a una coda especialmente lenta, densa y nihilista, de esas que dejan el corazón en un puño. O de las que podrían dejar, porque las toses del público han molestado tela. En cualquier caso, enorme recreación de una sinfonía de, en palabras de Pérez de Arteaga, genial equilibrio desequilibrado.
Cotilleo: Nelsons sigue adelgazando, y a Trifonov los pelos delante de la cara apenas le dejan ver. Que vaya al peluquero, porfa.
Antes de empezar, perdón a los lectores habituales por las escasas actualizaciones del blog y por no haber contestado a los últimos comentarios. No encuentro tiempo para casi nada. Dicho esto, vamos allá.
Confieso mi absoluto desconcierto ante la figura de Daniil Trifonov. Por un lado tenemos al artista capaz de diseñar el programa Johann Sebastian Bach disponible en la plataforma Stage +: enorme densidad intelectual, extrema exigencia para artista y público y resolución por competo magistral. En este enlace pueden leer la reveladora crítica escrita por Luis Gago en la ocasión en que tuvo la oportunidad de ofrecerlo en Madrid. Por otro, está el señor empeñado en demostrar que es capaz de alcanzar una velocidad extrema sin perder limpieza digital, aunque sea a costa de pasar como una apisonadora por encima de la música e incluso de frasear de manera mecánica. Dos pianistas en uno, o incluso tres. En el recital de anoche en el Teatro de la Maestranza quedó bastante claro: en el que lo interesante, lo olvidable y lo genial se fueron sucediendo como si tal cosa.
De la juvenil Sonata para piano, op.80 de Tchaikovsky presenté hace unos días una discografía comparada. Lamento decir que la versión de Trifonov me ha gustado menos que las siete reseñadas, fundamente por su movimiento conclusivo: puro mecanicismo encaminado a deslumbrar acumulando notas con rapidez extrema. Hubo brillantez y hubo potencia sonora, pero no grandeza expresiva. El resto me pareció tan discutible como interesante. Su visión se movió dentro de una línea especialmente arrebatada, sin nada que ver con el marmóreo clasicismo de Emil Gilels; eso sí, su temperamento no miraba hacia Schumann –como hacía Nicola Meecham en su registro–, sino hacia quien en cierto modo era de esperar: Sergei Rachmaninov. Rachmaninov compositor y Rachmaninov pianista, habría que puntualizar. Mucho nervio, muchísimos contrastes y mucho fuego dentro de un discurso horizontal de apreciable elasticidad, servido todo ello con un sonido muy musculado y una digitación de enorme limpieza. Con semejante planteamiento se pierden cosas importantes de esta música, al tiempo que se ganan otras. Muy hermoso el Andante, también muy delicado. ¿En exceso, quizá? Podría ser, pero la manera en la que Trifonov adelgazó su sonido para convertirlo en gotas de cristal nos dejó a todos sobrecogidos y dejó bien claro que lo de este señor no es solo agilidad digital, sino también técnica: como tantas veces ha recordado el crítico Pedro González Mira, no son la misma cosa.
Técnica, muchísima técnica hubo en la selección de Valses de Chopin que vino a continuación. El secreto para interpretar bien la música del polaco no está tanto en la belleza sonora y en el sentido de los contrastes, sino en elasticidad y control del fraseo. El famoso rubato chopiniano, sí, pero no solo eso: todo el discurso general tiene que ser flexible y orgánico. Trifonov ofreció altísimas dosis de la referida elasticidad y del referido control, como también una portentosa matización en las dinámicas y no poca belleza sonora. Lo que ocurre es que hubo, siempre a mi entender, un gravísimo problema de base: nuestro artista, dejándose llevar no se sabe muy bien si por la pasión o por si deseo de triunfar por el camino más corto, corrió de una manera incomprensible y no dejó respirar a la música. Sí, la música tiene que respirar. Las notas necesitan su tiempo para vibrar, para ser percibidas y asimiladas, para ofrecer un sentido cuando se las ponen una junto a otras. Es exactamente igual al discurso de un orador, que debe vocalizar con claridad pero también administrar tensiones, calcular pausas de diferente duración, jugar con los silencios y sacar partido del fraseo tanto para mejorar la comprensión de los argumentos como para otorgar intensidad al contenido. ¿De qué le servirían una vocalización prístina y muchos contrastes si va a todo correr y no concede espacio a la pausa? Creo que lo mismo se debe aplicar a la interpretación musical, que al fin y al cabo no es otra cosa que un acto comunicativo. Que las notas de Trifonov fuesen extremadamente nítidas y que en su línea hubiera infinidad de claroscuros no sirve de nada si falta lo más importante: la trasmisión de la idea global que se encuentra detrás de las notas. Le sirve, en todo caso, para deslumbrar ante quienes entienden el arte como extrema habilidad técnica a la hora de hacer algo puramente físico fuera del alcance del común de los mortales. Que el pianista ruso ofreciera algún vals muy interesante no me hará olvidar mientras viva lo que hizo con el Vals del minuto: merendárselo en minuto y medio. Un espanto.
La segunda parte, qué cosas, se movió entre lo magnífico y lo absolutamente sensacional. De la magnífica Sonata, op. 26 de Samuel Barber también hice para mí mismo una brevísima discografía comparada, pero no pude publicarla. Baste decir que permanece vigente la recreación de quien estrenara la pieza, Vladimir Horowitz, si bien Peter Lawson, Earl Wild (¡con ochenta y cinco años!) y Marc André Hamelin han sabido más recientemente decir cosas distintas, complementarias e interesantísimas. Pues bien, aquí Trifonov los supera a todos y se marca la versión de absoluta referencia. Ni que decir tiene que su enfoque tiene mucho que ver con el del señor de la pajarita citado en primer lugar –al de Kiev también le gustaba lo suyo correr, dicho sea de paso–, y que por ende las “sonatas de guerra” de Prokofiev son el principal referente –el perfume jazzístico queda relativamente relegado–. Lo interesante es que Trifonov no solo materializa todo eso con una pulsación más rica y una imaginación más fértil que la de Horowitz manteniendo toda aquella aprobadora potencia sonora, toda esa densidad armónica y esa fiereza en el fraseo que evidenciaban el trasfondo trágico de esta música, sino que añade todos esos componentes de los otros pianistas citados. De acuerdo con que el segundo movimiento lo podría haber dicho con menos prisas, atendiendo menos a la incisividad y más al onirismo lírico que también está en la escritura, pero no dudo en calificar el Adagio como una de las más descomunales interpretaciones pianísticas que he escuchado en directo en toda mi trayectoria de melómano. Ni que decir tiene que la fuga de la conclusión nos trajo al genial recreador de El arte de la fuga que es nuestro artista: una perfecta fusión entre mente y pasión.
Para terminar, una larga suite de La bella durmiente arreglada con muchísimo acierto por Mikhail Pletnev. Aquí Trifonov puso su descomunal gama de recursos pianísticos al servicio de la música y su temperamento, incandescente en todo momento, estuvo mucho más controlado que en la sonata del mismo autor que había abierto el programa; por ende, hubo espacio para que el encanto, la delicadeza, la ternura e incluso el sentido del humor hicieran acto de presencia.
Éxito apoteósico y tres propinas, de las cuales solo reconocí el Chopin final. Quizá puedan descubrirlas ustedes mismos en la trasmisión en directo que hace mañana viernes 14 la plataforma Stage + desde nada menos que el Palau de la Música de Barcelona. ¡No se les ocurra perderse la segunda parte! De la primera, créanme, pueden prescindir con total tranquilidad.
Comenté aquí solo la segunda mitad del Concierto de San Silvestre 2024 de la Filarmónica de Berlín y Kirill Petrenko, porque me perdí la primera: Concierto para piano nº 2 de Johannes Brahms con Daniil Trifonov. Como lo recupero ahora a través de la plataforma Stage + (también está en Youtube), ya puedo dejar mi opinión.
Tras sendos maravillosos solos de Stefan Dohr y Emmanuel Pahud, entra el pianista ruso con sonido poderoso y denso, muy adecuado para Brahms, haciendo gala de un temperamento incandescente, también algo más nervioso de la cuenta, pero dejando claro su compromiso expresivo. A partir de ahí se explaya en un Allegro non troppo magníficamente dicho y sabiamente matizado al que le sobran algunas frases dichas un tanto de pasada. Petrenko se muestra muy centrado y ofrece una recreación tan vistosa como elocuente en la que, él también, cae en cierta falta de flexibilidad. La orquesta es ideal para el compositor hamburgués, aunque extrañamente hay algún momento en el que la cuerda no parece funcionar al cien por cien.
El segundo movimiento me ha gustado algo menos, siempre dentro de un alto nivel: aquí la tendencia de los dos artistas a quedarse en la superficie se hace más patente. Hay tensión interna y hay riqueza en los claroscuros, pero el nerviosismo del que hacen gala parece una manera de compensar la falta de una idea expresiva detrás. Dicho esto, el virtuosismo tanto de Petrenko como de sus músicos es tan alto, y tan grande la capacidad de todos para diseccionar los planos sonoros sin que se pierda el empaste brahmsiano, que uno no puede sino rendirse de admiración.
La cosa cambia en el sublime Andante: un Brahms bonito en el peor de los sentidos. Que sí, que tiene que haber delicadeza, ternura y todo eso, pero semejante dosis de suavidad tanto sonora como expresiva, de ausencia de tensión interna, de descuido del sabor agridulce que debe destilar la página, conducen a una tan bella como tramposa ensoñación que no hace justicia a la enorme profundidad poética de las notas. En cualquier caso, entiendo que habrá melómanos que prefieran esta música así, dicha de manera por completo ajena a los conflictos. Pues vale: a mí no me convence, pero la opción puede ser válida.
Lo que no es válido ni razonable, lo que ya no tiene que ver con las preferencias personales sino con una cuestión de mero buen gusto, es lo que Petrenko y Trifonov –sobre todo este último– hacen con el movimiento final: un horror de los horrores consistente en confundir la distensión que el cuerpo pide después de las experiencias vividas con la frivolidad, cuando no el lirismo con la blandura (¡qué toque más relamido el del pianista!) y la felicidad con la más detestable cursilería. Todo ello, por descontado, expuesto con una limpieza absoluta e imponente opulencia sonora cuando esta corresponde, con independencia de que algunos primeros atriles de la orquesta también se contagien de la ligereza generalizada.
Para los que gusten de las puntuaciones del uno al diez, ahí va el veredicto: ocho para los dos primeros movimientos, siete para el tercero y seis para el cuarto. Y ahora, que alguien me explique de qué van Kirill y Daniil, por favor. Porque yo no les entiendo.
Como supongo le ha pasado a muchos melómanos, conocí esta obra a través de la acongojante Variación XVIII. Más concreamente, a partir de su utilización en la bonita película Somewhere in Time. Más tarde descubrí que su uso en la cinta había sido un error monumental: Rachmaninov escribió estas Variaciones sobre un tema de Paganini op. 43 nada menos que en 1934, mucho después del momento en que transcurre la acción. En cualquier caso, hoy se sigue contando entre mis obras favoritas del siglo XX, y desde luego en una de las más amadas por eso que conocemos como "gran público", por mucho que algunos músicos extraordinarios –Barenboim entre ellos– y mucho crítico pedantorro consideren que nos encontramos ante un compositor sobrevalorado. ¡Ellos se lo pierden!
1. Rachmaninov. Stokowski/Philadelphia (Naxos, 1934). El valor histórico de esta grabación es incalculable, pues corresponde al año y a los intérpretes del estreno. En ella el compositor se muestra al piano muy ágil y virtuosístico, así como encendido y brillante, pero su fraseo resulta excesivamente nervioso y no logra ahondar en la vertiente más lírica y emotiva de su propia obra. La batuta se muestra en la misma línea, sabiendo no dejar de lado la parte más rebelde y aristada de la página, todo ello al frente de una orquesta ya espléndida. (7)
2. Rubinstein. Susskind/Orquesta Philharmonia (RCA, 1947). Con ya sesenta años a sus espaldas, el mítico pianista polaco supera al propio Rachmaninov con un fraseo no menos viril, decidido y apasionado, tampoco menos ágil, pero sí más concentrado, lírico y atento a los diversos pliegues expresivos de la obra, independientemente de que aún se puedan encontrar mayores matices en determinados pasajes y que en alguna variación –la XV, por ejemplo– resulte en exceso virtuosística. Susskind dirige a la espléndida orquesta con intensidad, nervio, adecuado carácter teatral y apreciable sentido de los contrastes, pero también con irregularidades. A destacar, en cualquier caso, el carácter trepidante e implacable de la variación IX, o la turbulenta atmósfera gótica de la XVII, mientras que se desaprovechan otras no menos desasosegantes como la XVI. Emotiva a más no poder la celebérrima XVIII por parte de los dos artistas. (8)
3. Rubinstein. Reiner/Chicago (RCA, 1956). La conjunción entre Reiner y Chicago garantizan una ejecución tan depurada como brillante, así como una interpretación directa y con garra, pero lo cierto es que la inspiración conoce ciertos altibajos: demasiado rápido el Dies Irae de la variación VII frente a una número XII muy atmosférica y paladeada, por ejemplo. A sus sesenta y nueve años, Rubinstein vuelve a hacer gala de una admirable conjunción entre virilidad y poesía, pero de nuevo en la variación XV se deja llevar por el mecanicismo. La XVIII está admirablemente dicha por parte de los dos artistas. Buena calidad la de la toma, que probablemente ganaría con un nuevo reprocesado. (8)
4. Entremont. Ormandy/Orquesta de Filadelfia (Sony, 1958). La orquesta y el director más vinculados a Rachmaninov ofrecen una interpretación rápida, bulliciosa en el mejor de los sentidos, muy efervescente y de apreciable incisividad tímbrica, virtuosística a más no poder –increíble el tratamiento y la labor de las maderas–, pero solo a ratos atenta a la voluptuosidad, a la atmósfera y a la intensa melancolía del compositor, llegando a dejarnos a medio camino en la variación XVIII. El pianista francés, que aún no había cumplido los veinticuatro años, muestra entusiasmo pero se focaliza en correr lo más posible para hacer gala de agilidad digital, quedándose muy en la superficie. Un ocho para la batuta, seis para el piano. La toma de sonido es francamente buena para la época. (7)
5. Merzhanov. Rozhdestvensky/Sinfónica Estatal (Russian Revelation, 1959). A sus veintiocho años ya enorme recreador de este repertorio, el director moscovita obvia toda delectación sonora y se centra en los aspectos más sarcásticos, turbulentos y siniestro de la página, evidenciando siempre variedad e incisividad tímbrica, atendiendo a la claridad y ofreciendo unos cuantos hallazgos personales; desconcierta un poco la variación XVIII, ardorosa e hiriente mucho antes que melancólica. Admirable asimismo Victor Merzhanov, tan ágil como poderoso al teclado, aunque sin la elevada inspiración de su joven colega. (9)
6. Graffman. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1964). Lejos de la vehemencia un tanto primaria –más atención que a la globalidad que al detalle– que caracterizaban a Lenny en aquellos años, el norteamericano ofrece una dirección muy controlada y cuidadosa, bien paladeada, atenta a la significación de los colores y dotada de apreciable continuidad, aunque también algo distanciada en lo expresivo. Al menos en el primer tercio de la obra, en el que solo el humor negro de la variación V parece animarle; luego se va implicando y sabe ofrecer el apasionamiento y la brillantez que la obra necesita. A nivel muy inferior el solista, de toque pulcro y en absoluto rígido, pero sí bastante neutro. Francamente buena la toma. (7)
7. Ashkenazy. Previn/Sinfónica de Londres (Decca, 1971). Perfectos conocedores del lenguaje de Rachmaninov, Previn y Ashkenazy nos entregan una versión no solo maravillosamente dicha, rica en acentos expresivos y de extraordinaria comunicatividad, sino que además alcanza un idóneo equilibrio entre todos los aspectos de la partitura, desde lo jovial y chispeante –la efervescencia es irresistible, sin conocer el nerviosismo del propio Rachmaninov al teclado– hasta lo dramático y ominoso –evitando cargar las tintas–, pasando por un lirismo ensoñado, sensual y evocador, pero en absoluto blando, evanescente o meramente contemplativo, sino lleno de intensidad. Todas las posibles trampas interpretativas, pues, están sorteadas por completo en esta versión que sería de referencia absoluta de haberse dado una última vuelta de tuerca en alguna o varias de las direcciones apuntadas. Aun así, de las mejores. Sonido admirable en el reciente trasvase a HD. (10)
8. Orozco. De Waart/Royal Philharmonic (Philips, 1972). Dueño de un toque poderoso y de una apreciable agilidad digital, el joven artista cordobés evidenció pleno virtuosismo y apreciable entusiasmo a la hora de abordar la página, pero todavía se mostraba inmaduro a la hora de profundizar en las notas; incluso en alguna variación se dejó llevar por los fuegos artificiales sin vislumbrar sus posibilidades expresivas. Edo de Waart dirige con decisión y finura de trazo sin limitarse al espectáculo, aunque también se queda a medio camino en lo que a poesía se refiere. Muy buena la toma. (7)
9. Vásáry. Yuri Ahronovitch/Sinfónica de Londres (DG, 1977). Interpretación relativamente lenta, reposada pero no carente de tensión interna, que se aleja de la extroversión y del virtuosismo más brillante para decantarse por atender a los aspectos más melódicos y ensoñados de la partitura, algo que queda claro en una Variación XVIII en la que el pianista se muestra muy a gusto reteniendo el tiempo y la batuta deja cantar con delectación a la cuerda de la magnífica orquesta. De esta forma, y aunque todo está magníficamente expuesto y el enfoque resulte seductor, se echa de menos la incisividad y la chispa –a esta le falta una dosis de sal y pimienta– de otras interpretaciones más ricas en concepto, mientras que la atmósfera no resulta del todo siniestra y cargada de malos presagios. (7)
10. Cecile Licad. Abbado/Sinfónica de Chicago (Sony, 1983). El toque de la pianista filipina es bonito, ágil y sensible, pero en exceso aéreo, poco valiente y escasamente interesado por los aspectos más escarpados de la obra, como tampoco por su peculiar humor negro. Abbado no solo no evidencia afinidad al estilo, sino que además se muestra considerablemente soso y desganado, empezando a animarse solo en las variaciones más oníricas y alcanzando (¡por fin!) la intensidad adecuada en la variación XVIII. Tampoco su labor concertadora es la mejor posible. Ingeniería de sonido pobre para la época. (7)
11. Ousset. Rattle/Ciudad de Birmingham (EMI, 1984). A sus veintinueve años de edad, Rattle demuestra no solo oficio sino también musicalidad muy apreciable en una interpretación sensata y sólida, pero no del todo inspirada. Ni termina de cogerle el punto al humor negro de la obra, ni logra dotar de continuidad a sus secciones, ni alcanza toda la intensidad expresiva posible. Las variaciones XII y XVI –esta última marcada Allegretto– resultan demasiado lentas, aunque precisamente en la XVII el tempo le permite explorar mejor su atmósfera turbia y en la decisiva XVIII ofrecer el gran vuelo lírico que demanda. Esta es justo lo que mejor se le da a Cécile Ousset, por encajar de perlas con su pianismo sensible y refinado, femenino en el sentido más tópico del término, poco interesado por la vertiente más dramática y combativa de esta poliédrica página. (7)
12. Ashkenazy. Haitink/Philharmonia (Decca, 1986). Quince años después de su registro con Previn, un Ashkenazy de nuevo impresionante en lo técnico, pero sin que se note en absoluto la exhibición de virtuosismo –tal es la sinceridad que imprime a su interpretación–, da la vuelta de tuerca que entonces faltaba profundizando en los aspectos aspectos melancólicos, oníricos y ominosos de la partitura, hasta el punto de que algunos pasajes son verdaderos descubrimientos. En este sentido, muestra perfecta sintonía con la batuta de un Haitink igualmente atento a generar atmósferas, musical a más no poder, aun sin la chispa, la efervescencia ni el perfecto idioma de un Previn. Sea como fuere, se trata de la otra gran referencia discográfica, con lo que tiene no poco que ver el virtuosismo de una Philharmonia manejada con admirable claridad y sentido del color por el siempre riguroso maestro holandés. (10)
13. Gavrilov. Muti/Philadelphia (EMI). Gavrilov hereda parte del fraseo ágil y nervioso del propio Rachmaninov, siendo aún más virtuosístico y alcanzando mayores dosis de concentración y vuelo lírico. Muti dirige con tanto entusiasmo como claridad, sentido del color e imaginación al frente de una orquesta soberbia sin caer nunca en el efectismo. Eso sí, se echa de menos mayor profundización en la vertiente melancólica y siniestra de la partitura. (8)
14. Feltsman. Mehta/Filarmónica de Israel (CBS, 1988). Sin ser en modo alguno la más sensual, voluptuosa o poética posible, la dirección de Mehta resulta atractiva por la combinación entre carácter bullicioso, incisividad y humor sarcástico, subrayado este último por el timbre nasal de la formación israelí. Interesa bastante menos la labor de un Vladimir Feltsman tan correcto como aburrido, monocorde en el toque y plano en la expresión, que solo en las variaciones más tenebrosas parece implicarse un poco. La toma, realizada en vivo en Tel Aviv, deja bastante que desear pese a su amplia gama dinámica. (7)
15. Jablonski. Ashkenazy/Royal Philharmonic (Decca, 1991). Extrañamente, el pianista que mejor ha entendido esta partitura ofrece en su faceta de director una interpretación irregular, de amplio vuelo lírico en los pasajes intimistas y muy atenta a los aspectos más siniestros de la página, pero un tanto superficial, incluso precipitada en las variaciones extrovertidas; no obstante, hay que agradecer en estas últimas la claridad de la batuta y su tímbrica incisiva. El solista, sobrado de virtuosismo, siempre ágil y limpísimo en el toque, sigue los mismos parámetros del director. (8)
16. Alexeev. Temirkanov/San Petersburgo (RCA, 1992). En perfecta sintonía con un pianista de toque ágil, fluido y efervescente, ese gran intérprete de Rachmaninov que es Temirkanov ofrece una idiomática, hermosa e inspirada interpretación que, a todas luces, va de menos a más, comenzando un tanto triviual y centrándose a partir de la variación XI. A partir de las XIII y XIV, llenas de fuerza, el nivel medio es altísimo, destacando muy particularmente la atmósfera gótica de la XVII y el romanticismo de la XVIII. (9)
17. Rudy. Jansons/San Petersburgo (EMI, 1992). Como tantas veces ocurría con el maestro letón, la dirección es correcta
pero no termina de profundizar en la obra: necesita mayor
intensidad emocional. Hay además apreciables caídas de tensión. Bien el
pianista, aunque por momentos tienda a lo mecánico y no matice lo
suficiente, resultando algo aséptico. (7)
18. Thibaudet. Ashkenazy/Cleveland (Decca, 1993). Irregular y deslavazada interpretación caracterizada por sus tempi rápidos, por su agilidad y por su falta de concentración en pasajes clave, así como por su relativa falta de idioma y de vuelo poético. En cualquier caso hay que alabar a la batuta –una vez más– su claridad e incisividad, y al pianista su innegable virtuosismo. La decimocuarta variación está muy bien. Portentosa la orquesta, como también la grabación. (7)
19. Pletnev. Abbado/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 31 diciembre 1997). Pocos solistas tan mediocres en esta obra como Pletnev, ciertamente no nervioso ni efectista, pero sí incapaz de conectar con el espíritu de la pieza, levantar el vuelo poético u ofrecer el mínimo matiz expresivo. Por mucho que dé estupendamente las notas, aburre a más no poder. Algo mejor Abbado, ágil y preciso, rico en el color, atento a clarificar texturas, ya que no afín al estilo, ni generador de atmósferas. Tampoco del todo emotivo. (6)
20. Lugansky. Oramo/Ciudad de Birmingham (Warner, 2003). Solista y director coinciden en ofrecer una interpretación ante todo ágil y espiritosa, que no rehúye precisamente los aspectos más lúdicos de la página, aunque por fortuna los mejores momentos los consiguen, aunque parezca paradójico, con la introvertida lentitud que imprimen a la variación XII y lo admirablemente conseguida que está la atmósfera turbulenta e inquietante de las XVI y XVII. La XVIII podría ser más emotiva. (9)
21. Lang Lang. Gergiev/Mariinsky (DG, 2004). Un pianista rebosante de talento pero extremadamente irregular como es Lang Lang no podía dar lo mejor de sí junto a un director como Gergiev. Y efectivamente, pese a su variadísimo toque, a su capacidad para regular las dinámicas y a su asombrosa agilidad, en general no termina de comulgar con el espíritu de la obra, e incluso en algunas variaciones llega a resultar insustancial, cuando no mecánico y hasta precipitado. De la dirección solo se puede destacar la XVII variación, dicha con todo el sentido de la atmósfera que necesita. El resto resulta tan vistoso como rutinario, por no hablar de las languideces varias con que el maestro intenta recrear, sin éxito, el melancólico lirismo de la página. También la toma deja que desear. (8)
22. Matsuev. Gergiev/Mariinsky (Mariinsky, 2009). Aquí Gergiev se encuentra algo más sensato y musical que con Lang Lang, e incluso parece más centrado estilísticamente, aunque a la postre el resultado no es sino anodino y rutinario. Aseada corrección, pues, justo lo mismo que ofrece un Matsuev de enorme agilidad musical, pero indiferente en lo expresivo. Termina aburriendo. (7)
23. Yuja Wang. Abbado/Mahler Chamber Orchestra (DG, 2010). Pianista solvente, agilísima y ajena a devaneos sonoros, que sabe frasear con elegancia y sin precipitarse, pero de sonido algo pequeño y poco inspirada en lo expresivo. La batuta del milanés una vez más solo se preocupa de ofrecer sonoridades muy pulidas y ofrece una dirección superficial, plana y aburrida, incluso por momentos –variación XII– algo redicha. (6)
24. Simon Trpceski. Vasili Petrenko/Royal Liverpool Philharmonic (Avie, 2010). Grata sorpresa encontrarse con una dirección de tan alto nivel, llena nervio, rica en el color y brillante en el mejor de los sentidos, aunque también muy atenta a la disección de planos sonoros y capaz de encontrar la máxima concentración para generar esas atmósferas ominosas tan propias del compositor. Hay algún detalle personal discutible, pero en conjunto el resultado es muy satisfactorio. A nivel expresivo algo inferior, el pianista despliega sobrado virtuosismo y variedad en el toque. Lástima que los dos artistas se precipiten en la variación XXII. La toma dista de estar a la altura. (8)
25. Yuja Wang. Dutoit/NHK (YouTube, fecha indeterminada). El maestro suizo, siempre tan afín a Rachmaninov, ofrece la espléndida dirección que en él era de esperar, muy en estilo y potenciando los aspectos más líricos y sensuales de la música del autor –hay enormes hallazgos en algunas variaciones– aunque por eso mismo no se muestre especialmente escarpado o dramático. La Wang vuelve a ser todo agilidad, pero esta vez se muestra muy expresiva e incluso llena de convicción. Sonido discreto, imagen mediocre y con una grave falta de sincronización con el sonido todo el tiempo: solo para curiosos, pues. (9)
26. Trifonov. Nézet-Séguin/Orquesta de Filadelfia (DG, 2015). Era lógico que la orquesta que encargó la obra haya querido grabarla con su nuevo titular, un Nézet-Séguin que por un lado acentúa contrastes –subrayando los aspectos más atmosféricos y ominosos, dichos con tempi muy reposados, al mismo tiempo que los más trepidantes– y por otro intenta conferir la mayor unidad posible haciendo gala de una gran capacidad para las transiciones y buscando una idea para la arquitectura de tensiones y distensiones. No lo consigue del todo, y tampoco alcanza la mayor inspiración posible, pero los resultados son de alto nivel merced a la gran calidad de su batuta y al perfecto dominio de la portentosa orquesta. El problema está en Daniil Trifonov, que toca con cantabilidad y buen gusto, paladeando las melodías e interesándose por las atmósferas, pero sin mucha riqueza de colores y acentos en su toque, al que le falta no solo sal y pimienta, sino también una dosis mayor de emotividad. La toma sonora es espléndida. (8)
27. Alexei Volodin. Nott/Orchestre de la Suisse Romande (YouTube, 2017). El de San Petersburgo demuestra poseer una técnica colosal, no solo en lo que a agilidad digital se refiere –impresionante–, sino también en la maleabilidad del sonido, en la graduación de las dinámicas, en la riqueza de colores, en la imaginación para aportar acentos y matices, en la capacidad para alcanzar grandes picos de tensión… Pero su sintonía con la partitura no llega a ser completa: hay grandes dosis de efervescencia y de animación, también una buena atención a los aspectos más siniestros y dramáticos, pero a veces el nervio interno se transforma en nerviosismo, cuando no en virtuosismo más exterior que otra cosa, mientras que al lirismo con que hace cantar al piano, notable, resulta antes delicado que sensual, preciosista más que poético. Quizá lo hubiera hecho mejor con una batuta distinta a la de Jonathan Nott, soberbio a la hora de clarificar texturas y colorear intensamente la tímbrica pero un tanto apresurado, poco atento a la enorme variedad expresiva que esta música necesita; vistoso pero superficial, en definitiva. (7)
28. Abduraimov. Gaffigan/Sinfónica de Lucerna (Sony, 2019). El joven maestro neoyorkino James Gaffigan demuestra una técnica francamente solida a la hora de tratar a la orquesta, pero lo cierto es que la pone al servicio de un concepto discutible en el que no solo lo ágil, sino también lo aéreo, lo carente de densidad tanto sonora como conceptual, se pone por delante de otras consideraciones. La música fluye, elabora texturas de lo más sugerentes y resulta siempre vistosa, pero no emociona. El pianista, pleno de solvencia, sintoniza por completo con la propuesta y se queda igualmente a mitad de camino. (7)
Daniil Trifonov, Yannick Nézet-Séguin y la Orquesta de Filadelfia presentan el tercer y último volumen de su integral Rachmaninov. En este blog comentamos ya el primero y el segundo. Los conciertos para piano nº 1 y 3 son ahora protagonistas, grabaciones de 2016 y 2018 respectivamente. El nivel vuelte a ser alto, pero de nuevo evidenciando algunas irregularidades.
El Concierto para piano nº 1 es el que sale mejor parado. La sombra del propio Rachmaninov en su faceta de solista se encuentra bien presente en un Trifonov ágil, incisivo y brillante, efervescente y un tanto nervioso, pero que no llega a perder la concentración, desplegando ricos matices y sabiendo destilar un lirismo de la mejor ley en un Andante magníficamente paladeado por Nézet-Séguin. Este, a su vez, modela con los más adecuados colores a su fabuloso instrumento y sabe encontrar el punto perfecto de equilibrio entre voluptuosidad y fulgor orquestal. Soberbia la toma sonora, sin público.
Las cosas funcionan algo menos bien en el Concierto para piano nº 3, que se grabó con anterioridad a la lectura que el propio Trifonov firmó con Rattle en el Concierto de San Silvestre de la Filarmónica de Berlín de ese mismo 2018. A mi modo de ver, un Adagio no particularmente sensual ni impregnado de congoja, pero sí expuesto con concentración, sensibilidad, vuelo lírico y riqueza de matices es la gran baza de esta interpretación brillante en el buen sentido que se beneficia de un piano incisivo y con nervio, muy atento a los matices agógicos y –sobre todo– dinámicos, así como de una batuta que colorea con intensidad a la soberbia orquesta al tiempo que clarifica texturas y busca en todo momento la mayor comunicatividad. En cualquier caso, al primer movimiento le sobra cierto nerviosismo y le falta algo de atmósfera, mientras que en el tercero, vistoso a más no poder, el solista cae de vez en cuando en lo mecánico. La toma esta vez es en vivo, pero vuelve a ser magnífica a pesar de las toses.
De propina, transcripciones del propio Trifonov del primer movimiento de Las Campanas y de Vocalise, en preciosas interpretaciones registradas ya en 2019. Como gracias a las plataformas de streaming ya no es necesario comprar el disco, recomiendo escuchar al menos el nº 1 y las propinas. Merece verdaderamente la pena.
Hace ahora más de dos años que comenté la primera entrega del ciclo Rachmaninov que están grabando para Deutsche Grammohopon Daniil Trifonov y Yannick Nézet-Séguin junto a la Orquesta de Filadelfia: me pareció muy notable, sin más. Ahora ha salido una segunda, así que antes de escucharla he visto el Concierto para piano nº 3 que tenía en la Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín en la compañía de Sir Simon Rattle, correspondiente a la velada de San Silvestre de 2016 de la formación alemana. La interpretación me ha gustado mucho. Mejor dicho: me ha interesado bastante, por distinta y por admirablemente realizada.
Sentado impasible ante el teclado, tocando con facilidad insultante y
haciendo gala de una limpieza sonora extrema, el pianista ruso logra ofrecer
a sus veinticinco años una interpretación no solo magníficamente tocada, sino
también original en su concepto mayormente apolíneo; tenso y contrastado, pero
ajeno al arrebato y a las altas temperaturas emocionales, sobre todo en un
primer movimiento quizá más distante de la cuenta. Perfecto por el contrario el
segundo, en perfecta sintonía con un Rattle extremadamente sensual y voluptuoso,
cargado de esa nostalgia propia del autor pero sin caer en decadentismos. El
tercero, desgranado con enorme amplitud –en general, toda la interpretación es
más bien lenta– sin que resulte pesante, ambos artistas vuelven a guardar
distancias, para triunfar por todo lo alto en una entregadísima recapitulación
final. La excelencia de la orquesta –formidables solos de Pahud y compañía tras
la cadenza– contribuye a redondear los resultados.
Y vamos ya por el nuevo disco, que bajo el título Destination Rachmaninov ofrece los Conciertos para piano nº 2 y 4. El primero de los citados se ha grabado en el mes de abril de este mismo año 2018. Se encuentra en la línea del nº 3, pero me ha gustado menos: el pianista
ofrece una interpretación nuevamente apolínea, clásica en el mejor de los sentidos, de una
impresionante depuración sonora, de apabullante claridad –la lentitud de los
tempi ayuda– y muy bien planificada en sus tensiones, que mantiene demasiado las distancias y se encuentra en exceso alejada de la pasión. El maestro
canadiense se amolda al concepto y refrena de manera considerable el ímpetu de
su batuta, pero lo hace sabiendo ser voluptuoso, sensual y emotivo desde un
absoluto control de lo que tiene por delante.
El Concierto nº 4 se grabó en vivo el mismo año que la Rapsodia Paganini del anterior disco, en 2015. Y es en esta
página en la que más acierta el pianista ruso, más comprometido aquí en lo
expresivo, menos distante, aunque no por ello menos dominador de los medios: el
equilibrio al que llega entre control y pasión es perfecto, como también lo es
su manera de atender a los aspectos más dramáticos del Largo, muy bien
respaldado por un Nézet-Séguin que paladea la música con holgura y sabe ofrecer la pátina nostálgica y sombría que necesita el movimiento. El
resultado es una de las mejores lecturas que conozco de la página, aunque por detrás de la maravilla de Ashkenazy con Previn.
Como propina del disco, tres números de la Partita para violín BWV 1006 de Bach en transcripción de Rachmaninov, interpretados por Trifonov con pulcritud extrema. Estaremos atentos a su devenir artístico.
Era lógico que la Orquesta de Filadelfia, que fue la que encargó en 1934 la maravillosa Rapsodia sobre un tema de Paganini a Rachmaninov, haya querido grabar la página con su nuevo titular, Yannick Nézet-Séguin. Atractiva interpretación. Por una parte el maestro canadiense acentúa contrastes, subrayando tanto los aspectos más
atmosféricos y ominosos –dichos con tempi muy reposados– como los
más trepidantes. Por otra, y aunque parezca paradójico, intenta conferir la mayor unidad posible a la partitura haciendo gala de una gran capacidad para las transiciones y buscando una idea
para la arquitectura global de tensiones y distensiones. No lo consigue del
todo, y tampoco alcanza la mayor inspiración posible, pero los resultados son de
alto nivel merced a la gran calidad de su batuta y al perfecto dominio de la formación norteamericana.
La verdad es que único problema de esta recreación está en el joven Daniil Trifonov –cumplía 24 años cuando grabó este disco en marzo de 2015–, que toca con
cantabilidad y buen gusto, paladeando las melodías e interesándose por las
atmósferas, pero sin mucha riqueza de colores y acentos en su toque, al que le
faltan no solo sal y pimienta, sino también mayores dosis de emotividad.
Ya en solitario, el pianista ruso ofrece las Variaciones sobre un tema de Chopin y las Variaciones sobre un tema de Corelli. En ambos casos se trata de interpretaciones de notable alto en las que sobresalen tanto la agilidad del artista como su capacidad para regular el sonido, quien además sabe frasear sin prisas, con hondura y haciendo gala de un fraseo flexible. Ahora bien, se echan de menos –otra vez– un colorido más variado y un
grado superior tanto de inspiración poética como de garra dramática; a la
postre, lo que faltan son matices expresivos. Escúchense estas dos obras a Luganski, por ejemplo, o la segunda de ellas a Grimaud –ambas grabaciones en Teldec–, y notarán la diferencia.
De propina se ofrece Rachmaniana, una bonita suite para piano solo compuesta por el propio Trifonov. La toma sonora es excelente, y en HD los sonidos graves de la orquesta adquieren un relieve extraordinario