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miércoles, 2 de julio de 2025

¿Cómo puede sonar tan bien un vídeo de Toscanini?

Programé esta entrada el otro día. Si todo ha salido bien, ahora estaré, literalmente, bajo los pinos de roma. Excusa perfecta para traer este vídeo de marzo de 1952 en el que Arturo Toscanini dirige a la Orquesta de la NBC esta partitura de Ottorino Respighi tan ridículamente detestada por los algunos: que hay cosas que no convencen en ella es cierto, pero también hay momentos de enorme inspiración, particularmente en el nocturno en el Gianicolo. Pero lo que yo quiero ahora es hacer una pregunta técnica: mientras la imagen televisiva deja muchísimo que desear, el sonido es espectacular para la fecha. ¿Cómo puede ser eso?


Por lo demás, un verdadero lujo ver al mítico maestro dirigiendo una obra de la que él había realizado el estreno estadounidense veintisiete años atrás y que debía de amar especialmente. Un lujo, y también una necesidad, porque hay que descubrir cómo la gestualidad que emana del podio, enérgica y precisa, obtiene inmediata respuesta por parte de una formación no muy allá. Otra cosa es la interpretación propiamente dicha, con todas las virtudes y defectos que ya le conocemos. A mí me parece globalmente notable, aunque creo que la marcha, que plantea no solo como un gran crescendo sino también acelerando, no está bien dirigida: en lugar de grandiosa o como hacen los mejores intérpretes de esta página opresiva, le suena machacona. 

sábado, 7 de junio de 2025

Respighi por Tilson Thomas: doble sorpresa

Este disco con Fuentes de Roma y Fiestas de Roma de Ottorino Respighi por Michael Tilson Thomas me ha supuesto una agradabilísima sorpresa, por partida doble. Una, porque a pesar de la distorsión tímbrica la toma, realizada en 1978, es de una enorme calidad: redonda, con cuerpo, graves espectaculares, amplia gama dinámica y apreciable sentido espacial. Dos, porque las interpretaciones son estupendas.

El amanecer en Valle Giulia lo plantea el maestro norteamericano con trazo fino y mucha sensibilidad, pero procurando no caer en lo excesivamente impresionista y que no se le caiga el pulso. Regula con cuidado las dinámicas y adopta el fraseo curvilíneo aquí imprescindible sin merma de la naturalidad. Impecable el tratamiento tímbrico y la clarificación de líneas, justo como ocurre en una Fuente del Tritón particularmente ágil y aérea, plena de elegancia y sin el espíritu digamos que "gamberro" de otras batutas, como si buscara el mayor contraste posible con una Fuente de Trevi que arranca con excesiva pesadez, incluso hinchada. Luego mejora y plantea de manera irreprochable el largo diminuendo hasta una Fontana di villa Medici en la que vuelve a imponerse un refinamiento extremo sacando asombroso partido de una orquesta que nunca fue particularmente buena.

Los resultados son más redondos en Feste Romane. Estamos al lado de Hollywood, y MTT se lo pasa en grande describiendo la brillantez del circo, la oración quejumbrosa de los cristianos, el avance de los leones y la fiesta final de carne y sangre. Pero no basta con ponerle carácter narrativo al asunto, claro está: Tilson Thomas trabaja con pinceles finos, procura no caer en el exhibicionismo gratuito la música suena con veracidad, teatral en el mejor de los sentidos y alcanza los clímax a base de un portentoso sentido del ritmo y de las sutilezas en la planificación. Concentración y belleza sin hedonismos en El jubileo, aunque tampoco la música termine de desprender toda la poesía posible. Gran acierto: L'Ottobrata arranca de manera maravillosamente bulliciosa de nuevo el trazo es finísimo, el canto italiano posee fuerza melódica y toda la sección íntima, se supone que una serenata amorosa, evita el grave peligro de esta música: caer en la excesiva ensoñación y perder el pulso. La Befana es lo que tiene que ser: ruido, muchísimo ruido, pero ruido férreamente controlado para que se escuche todo, la expresión de cada una de las líneas que se van superponiendo a mí esta música me trae a la mente a Charles Ives sea la correcta y tanto dinámicas como tensiones no se atasquen en el principio, sino que se acumulen de manera lógica hasta un final verdaderamente explosivo. Pocas versiones conozco tan buenas como esta.

lunes, 19 de agosto de 2024

Un ejemplo del arte de Kenneth Wilkinson: Respighi con Maazel en Cleveland

Para mí, Kenneth Wilkinson (1912-2004) siempre será el responsable de las tomas de aquella fabulosa, imprescindible colección de música de cine grabada para RCA por Charles Gerhardt durante los años setenta, pero en realidad es más que eso. Mucha más. Para algunos, no seré yo quien lo discuta, el mejor ingeniero de sonido especializado en música clásica que haya existido. Suyos son, para que se hagan una idea, el Parsifal de Knappertsbusch en Bayreuth de 1951, el War Requiem por el propio Britten de 1963 –trabajó muchísimo con el compositor británico, los Conciertos para piano de Rachmaninov por Ashkenazy y Previn de 1970-71 (¡increíbles tras el último reprocesado!), la Turandot de Mehta de 1972 y, así en plan genérico, gran parte de lo que grabó Solti en Chicago en la era analógica. 

He vuelto a uno de esos discos que son ya clásicos de audiófilo: Pinos de Roma y Fiestas de Roma de Respighi con la Orquesta de Cleveland, un registro realizado en el Masonic Auditorium entre el 10 y el 14 de mayo de 1976 que sería uno de los pocos encuentros del ingeniero británico con Lorin Maazel. Esta vez lo he escuchado en unos archivos extraído de un SACD japonés que son un prodigio, pero ya en CD normal sonaban estupendamente. Lo hacen mejor, sin ir más lejos, que la trilogía romana completa que grabará en 1994 el propio Maazel en Pittsburg para Sony. La naturalidad tímbrica del registro de Ohio es asombrosa, si bien eso puede ser más bien asunto de la consola utilizada. Lo que sí corresponde a Wilkinson es "lo otro": equilibrio de planos, especialidad, sentido del relieve y de la carnosidad... Incluso un punto de brillantez bien entendida que a lo mejor no es lo más adecuado para otros repertorios, pero que en Respighi y con una orquesta como la de Cleveland resulta poco menos que imprescindible. Por descontado, se grabó a volumen relativamente bajo: solo así se puede garantizar una amplia gana dinámica sin distorsión.

Las versiones musicales son de altísimo nivel. Pinos de Roma conoce una realización de excelente trazo, rico colorido, gran claridad, admirable elocuencia y adecuada vistosidad que pone de manifiesto tanto la soberbia técnica de batuta de Maazel como la manera en que este hizo sonar a la formación que fue de Szell de una manera más “norteamericana” que con su antiguo titular: lo que con Beethoven o con Brahms pudo ser un paso atrás, con Respighi resulta de lo más beneficioso. El ruidoso juego de los niños en Villa Borghese desprende el entusiasmo y la incisividad adecuadas. El rezo de los cristianos en las catacumbas se desarrolla con concentración, llegando a ofrecer lirismo verdaderamente mágico en algún pasaje. Aun sin llegar a la poesía de un Celibidache, el nocturno en el Gianicolo destila emoción sin caer en la menor blandura, cerrándose con una tensión anhelante que nos deja con el corazón en un puño. La depuración sonora obtenida por Maazel, un prodigio. Lástima que flaquee la marcha de la Vía Apia, más rápida de la cuenta y excesivamente volcada en los aspectos épicos; ya le pasó, por cierto, en su grabación con la Filarmónica de Berlín de 1958, y le volverá a pasar en Pittsburg. Celibidache, Sinopoli y Svetlanov serían mis opciones favoritas para los Pinos.

Fiestas de Roma recibe una interpretación que sí es redonda: magníficamente trazada, atenta a la claridad, de rico colorido, incisiva cuando debe, brillante sin excesos, entusiasta y con mucha garra dramática. Alguien puede echar de menos ese punto de rabia y carácter opresivo que obtenía Riccardo Muti en Circenses, o el amargor de Sinopoli en Giubileo, como también un grado mayor de sensualidad en L'Ottobrata; a cambio La Befana es un milagro auténtica cuadratura del círculo a la hora de combinar escándalo y claridad. ¡Qué dominio de la orquesta! Pese a que, como acabo de decir, en aquel número o en este otro sea preferible alguna otra versión, quizá no exista una tan globalmente perfecta como esta de Maazel.

miércoles, 23 de agosto de 2023

El joven Maazel hace Mussorgsky, Rimsky y Respighi

Allá por 1958, un Lorin Maazel de tan solo veintiocho años se pone al frente de la Filarmónica de Berlín para hacer repertorio "vistoso", en teoría idóneo para desplegar el enorme potencial de su virtuosismo de batuta, como también el fulgor de la orquesta de Karajan.

 
En la Noche en el Monte Pelado de Mussorgsky y Rimsky el joven maestro apuesta por el nervio, la brillantez y cierta aspereza que le sientan muy bien a esta música. Al mismo tiempo, utiliza su técnica para aportar muchas resoluciones personales, pero estas unas veces interesan y otras convencen poco. A la postre, su lectura termina resultando algo artificiosa y de cara a la galería. En la sección lenta final no termina de explorar las posibilidades poéticas.

Para hacer el Capricho español de Rimsky busca ante todo la jovialidad, el nervio y la brillantez, pero eso no justifica que se precipite, que caiga en los peores tópicos españolistas, así como en la agresividad innecesaria, en el efectismo e incluso en la vulgaridad. La toma, estereofónica pero seca y sin relieve, no ayuda precisamente.

Quedan los Pinos de Roma de Respighi, primera de sus cuatro recreaciones discográficas. Aquí Maazel hace sonar a la Berliner Philharmoniker con un colorido, una brillantez y un entusiasmo realmente admirables, controlando todos los elementos a sus disposición para ser incisivo sin estridencias en el primer número, administrar las tensiones en el segundo y paladear sin amaneramientos el lirismo del tercero. Únicamente hay que reprochar, como en sus grabaciones posteriores, su excesiva complacencia en los aspectos épicos del cuarto. 

¿Conclusión? Un maestro enormemente dotado, pero aún inmaduro y sumamente irregular. Esto último no cambiará a lo largo de toda su carrera.

     

lunes, 16 de enero de 2023

Mehta, Los Ángeles y el Dorothy Chandler: debut discográfico

Feste romane de Respighi y Don Juan de Strauss. El disco lo grabó RCA los días 11 y 15 de enero de 1965. La portada deja todo muy claro: First Recording Zubin Mehta conducting Los Ángeles Philharmonic in The Pavillion of Los Ángeles’ New Music Centre, que no es otro que el Dorothy Chandler Pavilion.

Éxito total de los ingenieros de RCA. Por ningún lado del libreto de esta repesca realizada por Sony en la enorme caja Zubin Mehta, The Complete Columbia Album Collection aparecen el nombre de los ingenieros o del productor, pero una lupa nos permite encontrarlos en la reproducción de la contraportada: Anthony Salvatore graba, Richard Mohr produce. ¡Y vaya lo que les salió! Hay un poquito de distorsión tímbrica, pero en o que se refiere a limpieza, equilibrio de planos, gama dinámica y potencia de los graves, el resultado es asombroso. Para encontrar una grabación técnicamente superior en los años sesenta hay que irse a la Séptima de Mahler de Klemperer y cosas así.

Zubin Mehta, a sus veintinueve años, ya demuestra qué le gusta: sonoridad corpulenta y bien empastada, riqueza tímbrica, potencia dramática y ajenamiento del preciosismo. También evidencia que la atmósfera y la magia poética no son exactamente lo suyo. Así las cosas, Feste romane recibe una lectura vistosa y elocuente, perdiendo un poquito en un tercer movimiento que podía estar más paladeado y triunfando por todo lo alto en un cuarto en el que el maestro indio se mueve como pez en el agua en el despliegue de ritmos, incisividad, colorido y decibelios que propone el compositor romano, aquí por momentos acercándose al universo de Charles Ives.

Juvenil en todos los sentidos el Don Juan, narrativo y colorista, impetuoso sin caer en el nerviosismo y de n lenguaje straussiano plenamente conseguido. Desde luego, el joven artista dejó bien claro tanto que en California se podía hacer un Strauss en la más exquisita tradición vienesa como que su batuta jugaba en la liga de las grandes. Ahora bien, precisamente por eso es justo realizar comparaciones: ni en depuración sonora, ni en delectación tímbrica ni en magia poética esta lectura, sin duda espléndida, se puede medir con las más grandes.

 

PD. Esta entrada la escribí hace ya bastantes días. La saco de la nevera porque no tengo tiempo ahora mismo para el blog. Volveré pronto.

miércoles, 29 de enero de 2020

Fuentes de Roma, de Respighi: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN 29-I-2020

Esta entrada se publicó originalmente el 21 de abril de 2012. Como mañana parto con mis alumnos hacia Roma, me ha parecido oportuno realizar una actuación de esta discografía incluyendo los registros de Kertész, Marriner, Maazel'04, Prêtre, Battistoni y Rizzi'07. He vuelto a escuchar el de Ozawa, reformando de manera sustancial el comentario. En el resto he realizado modificaciones menores, sin alterar las puntuaciones previas.

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Primero de los tres poemas sinfónicos que conforman el “Tríptico Romano” de Ottorino Respighi, Fuentes de Roma fue compuesto en 1916 y conoció su estreno al año siguiente bajo la batuta de Antonio Guarnieri, si bien fue con Arturo Toscanini con quien esta página alcanzó un éxito singular. Nadie hay quien dude que la gran virtud de la obra es su portentosa orquestación, pero suele repetirse el tópico de que se trata de una partitura conservadora, convencional y pensada de cara a la galería. No es del todo cierto: aun alejada de las más atractivas experiencias de la vanguardia del momento, la obra está impregnada de una poesía que va más allá de la mera tarjeta postal, si bien solo los más grandes directores han sabido sacar a la luz los aspectos más inquietantes de la misma, mirando hacia el expresionismo más que hacia el tardorromanticismo o el impresionismo. Sobre el presunto carácter cinematográfico de la creación, poco hay que decir: por aquellas fechas la música de cine estaba en pañales.

La obra visita cuatro fuentes de la Ciudad Eterna "en la hora en que el carácter de cada una se armoniza mejor con el paisaje que la rodea”. Son por tanto cuatro sus secciones. “La fuente de Valle Giulia al alba” ofrece una brumosa atmosfera pastoral que usualmente es recreada tendiendo en exceso a lo bucólico, si bien las batutas más arriesgadas apuestan por destacar sus aspectos angulosos e incisivos. “La fuente del tritón por la mañana” describe el agitado y elegante movimiento de los seres marinos representados en la célebre obra de Bernini. Tras unas pocas calles llegamos a “La fuente de Trevi al mediodía”, donde el poderoso cortejo de Neptuno impacta por su fuerza al visitante dejando un rastro de espuma a su paso; aquí la demanda de recursos orquestales es elevadísima, al tiempo que en el formato discográfico solo una toma de gama dinámica muy amplia es capaz de recoger la espectacularidad ideada por Respighi. Una transición portentosa –el compositor domina a la maravilla la orquesta– nos lleva hasta “la fuente de Villa Medici al atardecer” que, entre cantos de pájaros y campanas de iglesia, cierra la partitura de la manera más melancólica.



1. Toscanini/Sinfónica de la NBC (RCA, 1951). Quien se encargó de hacer triunfar esta obra por todo lo alto registró para el disco una interpretación muy atractiva por su carácter anguloso, incisivo y altamente teatral, amén de por su apreciable claridad. Le falta concentración en el primer movimiento y, en general, un poco de magia sonora, pero en cualquier caso el pulso firme y la ausencia de devaneos sonoros del maestro se terminan imponiendo. La toma sonora, obviamente, no está a la altura de las circunstancias. (8)



2. Ormandy/Philadelphia (Sony, 1957). El estéreo –fundamental para la presente partitura– llegó con esta lectura de enfoque ortodoxo, menos incisiva y más hedonista que la de Toscanini, que se encuentra excelentemente trazada y bien desarrollada en lo que al sentido del color y de las texturas se refiere. A destacar la ensoñación del primer movimiento y la excelente transición del tercero al cuarto. El sonido hubiera sido estupendo para la época si no fuera por la estrechez de la gama dinámica. (9)



3. Reiner/Chicago (RCA, 1959). La mejor toma hasta el momento –recomendable escucharla en SACD– llega con esta realización soberbiamente tocada en la que el inolvidable Reiner, aunando la incisividad de Toscanini con la plasticidad de Ormandy, ofrece una altísima dosis tanto de brillantez como de poesía sin caer en efectismos ni en devaneos sonoros. Un clásico que apenas ha envejecido con el tiempo. (9)



4. Dorati/Sinfónica de Minneapolis (Mercury-Newton, 1960). A precio muy barato se ha recuperado esta visión que, como ya hiciera Toscanini en su momento, se aleja de las brumas impresionistas para optar por la incisividad, la extroversión y cierto carácter nervioso, lo que no impide que la fuente de Villa Medici esté tratada con la concentración adecuada. Como además Dorati hace gala de un buen olfato para las texturas y de una gran brillantez, el resultado es francamente notable, y aún lo sería más con una dosis superior de poesía. La toma sonora resulta demasiado seca, aunque ofrece a cambio una amplia gama dinámica. (8)



5. Ansermet/Suisse Romande (Decca, 1963). Lejos de caer en la ensoñación hedonista, el director suizo ofrece una lectura extrovertida, colorista y muy narrativa, quizá no del todo paladeada pero maravillosamente tratada en lo que a timbres y texturas se refiere –en línea más incisiva que vincukada al impresionismo–, trazada con buen pulso y dicha con irreprochable musicalidad. (8)



6. Munch/New Philharmonia (Decca, 1966). La calidad de la orquesta es indiscutible, pero el director alsaciano frasea con escasa naturalidad y poco refinamiento, resultando las sonoridades más bien pedestres, incluso amazacotadas. Se equivoca, además, al ofrecer un primer movimiento en exceso bucólico, y no logra otorgar de fluidez y elegancia al resto. Encima la toma sonora, muy inferior a la de la propia Decca para Ansermet, presenta evidentes distorsiones y un estéreo demasiado artificioso, típico del sistema Phase 4. (6)



7. Kertész/Sinfónica de Londres (Decca, 1968). El maestro de Budapest desmiente esa impresión que da a veces de ser algo primario en el tratamiento de la orquesta ofreciendo una interpretación no solo trazada de manera irreprochable, sino también admirablemente trabajada en lo que a líneas, texturas y colores se refiere, algo fundamental en una página como la presente. Lo que nunca fue es un director particularmente poético, por lo que se mueve más a gusto es en la rusticidad del Tritón –tímbrica aristada, impulso rítmico– y en la grandeza imponente y un punto opresiva –de nuevo muy adecuado el sonido algo agreste de los metales– que en la sensualidad de los movimientos extremos. Espléndida interpretación, en cualquier caso, grabada con enorme acierto por el gran Kenneth Wilkinson en el tristemente desaparecido Kingsway Hall londinense. (9)



8. Ormandy/Philadelphia (RCA, 1974). Repiten las huestes de Philadelphia con una admirable interpretación de línea ortodoxa, sensual y contemplativa mas no otoñal, que sabe ser descriptiva, rica en el color y muy elegante. Asimismo, se encuentra magníficamente trazada, amén de matizada con atención y acierto tanto en el fraseo como en las intervenciones solistas. La grabación posee más cuerpo y una gama dinámica algo mayor que la que los mismos intérpretes realizaron para CBS, pero ofrece una molesta distorsión que no sabemos si se podría arreglar con un nuevo reprocesado en manos de Sony, que posee ahora los derechos de la antigua RCA. (9)



9. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1977). No podía el de Salzburgo resistirse a utilizar esta partitura para hacer gala de su dominio de la masa orquestal y de la asombrosa calidad de la Filarmónica de Berlín. En este sentido, como lección de técnica orquestal esta interpretación es impresionante, sobresaliendo el clímax de la fuente de Trevi por su capacidad para desarrollar suntuosidad, claridad, colorido y las más variadas texturas. Por desgracia, y como era de esperar, el enfoque de la batuta resulta excesivamente narcisista, poco sincero y nada natural, incluso algo relamido. Karajan en estado puro. La toma sonora es extraordinaria. (8)



10. Ozawa/Sinfónica de Boston (DG, 1977). El maestro oriental ofrece una lectura absolutamente ortodoxa, esto es, descriptiva y colorista ante todo, muchísimo antes contemplativa, evocadora y poética que inquietante o dramática. En cualquier caso, equilibra de manera impecable atmosférico y expresión, y luce en su plenitud una extraordinaria capacidad para desplegar refinamiento tímbrico y modelar con exquisita plasticidad a la soberbia orquesta norteamericana, ofreciendo desde el pianísimo más sutil hasta el forte más atronador sin perder nunca la transparencia y el equilibrio de planos sonoros. Faltando quizá un último punto de inspiración y de magia poética, se encuentra a un paso de las más grandes lecturas. Existe una edición japonesa en SACD que se puede conseguir en ciertos lugares de la red: su sonido es increíble por naturalidad y transparencia. (9)


11. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1982). A principios de los ochenta el aún joven Dutoit se dedicó a grabar multitud de discos en Montreal en los que, en pleno descubrimiento del sonido digital, lo que más sobresalía era la increíble naturalidad, transparencia y definición tímbrica conseguida por los ingenieros de Decca, por encima de unas interpretaciones que dentro de su solidez rara vez llegaban a lo más alto. Es el caso de esta notabilísima recreación a la que le falta un último punto de vuelo poético: a Villa Medici se le podía haber sacado mucho más partido. (8)



12. Muti/Philadelphia (EMI, 1984). El maestro italiano no se encuentra aquí especialmente poético ni inspirado, porque donde dio la campanada fue en los dos otros poemas sinfónicos de Respighi, particularmente en Fiestas. En cualquier caso triunfa por su sentido del color, su incisividad, su sentido teatral y su buen pulso. La sensacional orquesta, no menos brillante que con Ormandy, hace subir el nivel. Lástima que la toma sonora no esté a la mayor altura posible. (9)



13. Marriner/Academy of St. Martin in The Fields (Philips, 1990). Nadie puede discutir la depuración sonora que, en este y cualquier otro repertorio, alcanzaban Sir Neville y sus chicos, pero lo cierto es que aquí decepcionan seriamente con una interpretación no solo en exceso evanescente y ensoñada, sino también considerablemente deslavazada –la batuta apuesta por tempi muy lentos sin saber cómo mantener la tensión interna–, por no decir flácida, blanda y aburrida. Ni siquiera la ingeniería sonora está a la altura. A olvidar. (6)


14. Bátiz/Royal Philharmonic (Naxos, 1991). Con muy buen sonido nos ofrece Naxos esta notabilísima recreación realizada en un solo trazo, ortodoxa y ajena a devaneos, estupendamente dicha –pese a algún desajuste que se podía haber arreglado– y llena de vida, aunque en comparación con las más grandes lecturas resulta mucho antes espectacular –la batuta del mexicano se muestra brillante en grado sumo– que poética. (8)



15. Sinopoli/Filarmónica de Nueva York (DG, 1991). Haciendo gala de una fascinante paleta de colores, el maestro veneciano propuso una visión personal, mirando un tanto al expresionismo, en la que el primer movimiento resulta más nervioso e inquietante de lo acostumbrado y el último se cierra con un regusto amargo. Todo ello haciendo gala de una técnica de batuta impresionante: basta escuchar cómo realiza la transición de Trevi a Villa Medici y la manera en la que poco a poco va ralentizando el tempo en este último movimiento (¡lentísimo!) para darse cuenta de qué clase de director podía llegar a ser Sinopoli. La toma sonora, quizá la mejor de la que se ha beneficiado nunca este título, terminan de hacer imprescindible este disco. (10)



16. Rizzi/Filarmónica de Londres (Teldec, 1992). Es quizá el infravalorado Rizzi –milanés de nacimiento– quien ha logrado la mejor interpretación dentro de una línea sensual y hedonista, poco interesada por los aspectos más inquietantes de la partitura y ajena a la creatividad, pero en cualquier caso maravillosamente planificada, sabiamente matizada, riquísima en las texturas e impregnadas de poesía. Pocas veces se ha escuchado tan sugestiva en sus brumas la fuente de Valle Giulia, se han captado tan bien las espumas que rodean al Tritón, ha sonado Trevi tan poderosa y ha resultado Villa Medici tan concentrada. La magia sonora no alcanza los niveles de un Sinopoli o un Svetlanov, pero casi. Lástima que la toma de sonido, aun dotada de amplia gama dinámica, resulte un tanto turbia. (10)


17. Maazel/Sinfónica de Pittsburg (Sony, 1994). A estas alturas de su carrera Maazel había grabado ya dos veces los Pinos, pero nunca se había acercado discográficamente a las Fuentes. La de Valle Giulia le queda muy lenta y personal, clarísima pero también algo rebuscada. Muy elegante la danza de náyades y tritones. Trevi resulta brillante y un tanto estridente, quizá en exceso espectacular debido en parte a una grabación –realizada a volumen muy bajo– que pone en primer plano a los metales. Villa Medici la aborda más rápido de lo esperado, sin perder el pulso y sin narcisismos. Por lo demás, se trata de una interpretación no muy sensual, pero admirable por su claridad. (8)


18. Jansons/Filarmónica de Oslo (EMI, 1995). No sabemos si se será por una toma sonora un tanto confusa, por las limitaciones de la orquesta o por la incapacidad del irregular Jansons para destilar poesía sonora, pero lo cierto es que esta interpretación suena más bien pálida, pobre en colorido y en claridad, ayuna de tensión interna –mediocre Valle Giulia, tan ensoñada en su “desperezarse” que pierde el pulso– y a la postre rutinaria, aséptica y aburrida. La fuente de Villa Medici es la que sale mejor parada. (6)


19. Gatti/Orquesta de la Academia Nacional de Santa Cecilia (RCA, 1996). El primer registro a cargo de la orquesta romana por excelencia nos ofrece una visión dulce, brumosa y ensoñada en la que se liman todas las aristas y se difumina lo más posible la paleta de colores, que llega a resultar en exceso impresionista. Ensoñadísima la fuente de Valle Giulia, elegante y en exceso refinada la del Tritón, adecuadamente grandiosa Trevi y difuminada e hiperdecadente Villa Medici. El resultado es tópico, blando y aburrido. (7)



20. Svetlanov/Sinfónica de la Radio Sueca (Weitblick, 1999). Al frente de una orquesta que no es de primera pero que realiza un gran trabajo, el maestro ruso ofrece una lectura lenta, muy paladeada, de riquísimo sentido del color, fraseo muy flexible y exquisitas texturas, que resulta ortodoxa en su carácter contemplativo pero heterodoxa por su creatividad. La fuente de Valle Giulia suena particularmente sensual. La refinada orquestación de la fuente del Tritón se encuentra desmenuzada de manera inmejorable. Lentísima y muy discutible, pero reveladora, la transición a la fuente de Trevi, que por lo demás adquiere la grandeza deseable. Melancólico y algo doliente, pero no excesivamente ensoñado ni difuminado, el paisaje romano –con el Vaticano al fondo– desde Villa Medici. La grabación es espectacular. (10)




21. Maazel/Filarmónica Arturo Toscanini (YouTube, 2004). El marco de la Villa Adriana en Tívoli es bellísimo, pero el aire libre deja muy al descubierto las limitaciones de una orquesta discreta con la que tiene que apechugar un Maazel que, pese a todo, logra trabajar bien las texturas y levantar con solidez el edificio al tiempo que demuestra su buen olfato musical. Con una filmación y una toma en condiciones, este documento tendría quizá mayor valor del que aparenta. (7)



22. Ashkenazy/Filarmónica de la Radio de Holanda (Exton, 2004-05). Con una toma de sonido no tan extraordinaria como era de esperar, ni siquiera en la capa SACD, se ofrece esta recreación de sólido trazo e irreprochable gusto que, estando admirablemente expuesta, no desprende en absoluto el entusiasmo que en su gestualidad suele ofrecer Ashkenazy sobre el podio, sino que más bien cae en cierta rutina. La orquesta tampoco es nada del otro jueves. Prescindible. (7)



23. Pappano/Santa Cecilia (EMI, 2007). Pappano jamás se muestra como un director genial o particularmente creativo, pero rara vez ha dejado de ofrecer una solidez asentada en el mejor oficio y el más irreprochable buen gusto. De este modo, al frente de su orquesta romana –mejor aquí que con Gatti– logra ofrecernos una ensoñada, poética y sensualísima interpretación, lenta y muy hermosa en los movimientos extremos. Se puede quizá reprochar un punto de narcisismo en Valle Giulia, pero también hay que elogiar la elocuencia y fluidez del Tritón y Trevi, aun sin llegar a las cotas de genialidad de otros maestros. (9)


24. Chailly/Filarmónica de Berlín (DVD y Blu-ray Euroarts 2011). Al aire libre y con excesivo ruido entre el público nos ofrece el maestro milanés una recreación muy sensata, magníficamente realizada, que sobresale por su rico sentido del color, por la naturalidad de su arquitectura y por su sensualidad, tendiendo quizá hacia lo impresionista. La calidad de la orquesta contribuye a la excelencia de los resultados. (9)


25. Pretrê/Filarmónica de la Scala (Sony DVD, 2011). El anciano maestro la una interpretación impresionista por excelencia, muy francesa, sensual, elegante y refinada, altamente ensoñada pero sin llegar a la blandura. Para descubrirse su dominio de la agógica, que le permite ofrecer algún interesantísimo hallazgo en el Tritón, así como muy personales y creativas transiciones. Eso sí, se echa de menos por parte de la batuta una mayor tensión dramática, mientras que la orquesta se queda algo corta. (9)


26. Battistoni/Sinfónica de Tokio (Denon, 2014?). Es esta una lectura de gran solidez: muy bien planificada, de tímbrica rica e incisiva, expuesta con nervio e inmediatez sin que falle la concentración en los dos movimientos extremos, y llena de garra y empuje en los centrales. En cualquier caso, resulta más vistosa que poética, más efectista que personal, comprometida o verdaderamente inspirada. Toma sonora muy brillante en HD Audio. (8)



27. Rizzi/Sinfónica de Galicia (YouTube, 2017). Sorprende el italiano al apartarse del enfoque marcadamente impresionista de su registro veinticinco años anterior, y decepciona al parecer un tanto desconcentrado e incapaz de destilar la magia poética de aquella ocasión. Se trata, en cualquier caso, de una notable lectura, sobresaliente en el movimiento conclusivo –aquí Rizzi sí que da la talla–, que se beneficia de la espléndida técnica de la batuta y de la enorme profesionalidad de esa estupenda orquesta que es la Sinfónica de Galicia. Calidad de imagen y sonido excepcionales. (8)

lunes, 7 de abril de 2014

Prêtre en La Scala: Respighi y Franck a la francesa

Si todo ha salido bien, cuando estas líneas aparezcan en la red estaré en Roma, en compañía de mis alumnos de Primero de Bachillerato en un viaje a Italia como sustituto de otro profesor que a última hora ha tenido que darse de baja en la actividad. Por eso me ha parecido idea divertida ofrecer hoy estas reflexiones sobre un DVD que me compré el otro día en Valencia que comienza, precisamente, con las dos más conocidas partes del tríptico romano de Respighi, Fuentes de Roma y Pinos de Roma.

Se trata de un concierto ofrecido el 28 de febrero de 2011 por la Orquesta de La Scala de Milán bajo la dirección de un Georges Prêtre con nada menos que 86 años a sus espaldas, incluyendo en su segunda parte la Sinfonía de Cesar Franck. En realidad el concierto ya lo comenté en este blog cuando circuló de manera no comercial en la red. La diferencia es que ahora se lanza editado por Sony Classical: muy feo, por cierto, que la obra de Franck aparezca en la carátula del producto como mero bonus track, cuando su calidad es obviamente superior a la de los dos citados poemas sinfónicos (que a mí me gustan, desde luego, y de hecho ofreció aquí una comparativa discográfica de Fuentes).


 Aunque ya comenté estas filmaciones por extenso, voy a repetirme porque tengo algún que otro detalle que añadir. La interpretación de las dos partituras de Respighi se mueve, desde luego, por muy parecidos derroteros a la que le escuché en directo en Valencia cuatro meses después. Entonces me entusiasmó hasta el delirio, de lo que dejé aquí buena cuenta. Ahora me ha gustado un poco menos, en parte porque la formación milanesa evidencia unas limitaciones que no tenía la formidable Orquesta de la Comunidad Valenciana, y en parte porque la música suele gustar e impactar más en directo que escuchada en casa.

Se trata, ya lo dije en su momento, de admirables interpretaciones que podrían definirse como “de línea francesa”, más concretamente de corte impresionista: elegantes, refinadas sin llegar al narcisismo, de un desarrolladísimo sentido de las texturas y un colorido pastel muy sensual, además de muy efusivas en el fraseo; este es amplio y ofrece gran concentración, por lo que no hay caídas de tensión a pesar de la lentitud de los tempi. El dominio de la agógica por parte del maestro resulta realmente asombroso, como demuestran los hallazgos en el Tritón o las muy personales y creativas transiciones entre las tres últimas fuentes.

En Pinos hay que destacar el encanto algo naif en Villa Borghese, como también el impresionante crescendo en las catacumbas; en el Gianicolo hay toques de muy atractivo amargor en el fraseo de la cuerda, casi al final de la intervención de esta sección, mientras que la marcha, muy lenta y ampulosa, impresiona sin llegar a caer en la pesadez. Por poner algún reparo a la labor de batuta, se podría argüir una visión un tanto tópica de estas obras, así como cierta falta de tensión dramática en algún momento, pero desde luego las realizaciones son de enorme altura, por momentos fascinantes.


Alto nivel también en la segunda parte. Haciendo gala de un fraseo tan cantable como flexible y de un espectacular dominio de la agógica, pero teniendo que lidiar con una orquesta con limitaciones –los metales suenan algo verbeneros en la coda final–, el veterano maestro ofrece una recreación de de la Sinfonía de Franck marcadamente francesa, si me permiten caer de nuevo en el tópico: sensual y hedonista en el buen sentido, de colores pasteles y difuminados, texturas cálidas al tiempo que con un punto de levedad, y un muy particular sentido de la elegancia. Por ende, se evita toda incisividad y no hay particular interés por generar atmósferas opresivas ni alcanzar clímax muy desgarrados. Esto no impide, en cualquier caso, que el primer movimiento esté trazado de manera admirable y posea la adecuada tensión dramática. El segundo, dicho al tiempo que marca la partitura (Allegretto), y por ello nada lento, resulta ante todo comunicativo y de una gran belleza. En el tercero hay desigualdades: aquí el maestro le echa demasiada imaginación al asunto y sus aportaciones terminan descuadrando un tanto el trazo global de la pieza, además de dejar desatendidos algunos pasajes a los que se les podría sacar más provecho. El final lo plantea de manera entusiasta y radiante, quizá en exceso. 

Novedad absoluta es la propina, que termina siendo lo mejor del concierto: una barcarola de Los cuentos de Hoffmann más sensual que ninguna otra que quien esto suscribe haya escuchado, a despecho de alguna retención de tiempo excesivamente creativa propia del Prêtre de los últimos lustros. Solo por ella ya merecería la pena comprar este DVD.

Ahora viene la parte negativa: las pistas Dolby Digital 5.1 y DTS 5.1, además de no ofrecer un surround auténtico, presentan un molestísimo zumbido en los graves que distorsiona todo el sonido hasta el punto de que la audición resulta imposible para un oído con un mínimo de sensibilidad. La pista PCM estéreo sí que suena en principio muy bien, con claridad y amplia gama dinámica. Y digo en principio porque de vez en cuando salta algún molesto click que no tendría por qué estar ahí. Sí, ya, tecnología italiana, pero el DVD está distribuido internacionalmente por Sony Classical y lleva en su carátula el logotipo del sello nipón. Una chapuza en toda regla comercializar un producto en estas condiciones. Al menos la imagen sí es de mucha calidad. ¿Merece la pena, pues? A mi entender sí, aunque son 20 euros. Usted mismo.

viernes, 6 de julio de 2012

Dutoit y la RPO en Granada, a la francesa

No encontré tiempo durante mi estancia en Granada para escribir sobre los espectáculos que presencié en el 61 Festival de Música y Danza. Lo hago ahora, de manera desordenada, comenzando por los que ofreció la Royal Philharmonic Orchestra con su titular Charles Duoit al frente: programas en torno a Debussy y el Impresionismo en general, con Tchaikovsky como invitado especial un tanto forzado. Desde el punto de vista técnico fueron algo decepcionantes. ¿Bolo veraniego? No creo, pues los problemas no estuvieron solo en los desajustes, sino también en la pobreza de los solos y en la falta de un sonido global de calidad. Mi impresión fue que la formación británica, que desde la época de Beecham hasta hoy mismo ha estado siempre por detrás de las cuatro grandes londinenses (Sinfónica, Filarmónica y Philharmonia), se encuentra en un momento poco feliz de su trayectoria. Por descontado que su visita al Carlos V se agradece, pero esperábamos otra cosa.

Como ya expusimos al hablar de su Debussy discográfico (enlace), el maestro suizo aborda este repertorio potenciando los ingredientes “puramente franceses” que lo integran, una opción que puede no ser la que más nos guste pero sí la que resulta más inatacable. En Granada las circunstancias discurrieron por el mismo camino, pero hay que hacer matices. El Preludio a la siesta de un fauno que abrió la velada del sábado 30 de junio parecía ser muy hermoso, pero quien esto suscribe no lo pudo disfrutar por culpa de un fotógrafo –el oficial del festival, creo- que machacó repetidamente los pasajes más en piano para disgusto de los melómanos de economía ajustada que habíamos sacado las baratas entradas del extremo izquierdo de la galería superior. Un cero a la organización en este sentido, y que conste que no es el primer año que sufrimos semejante molestia.

CONCIERTO DE LA ROYAL PHILHARMONIC ORCHESTRA DIRIGIDA POR CHARLES DUTOIT EN EL PALACIO DE CARLOS V. FOTO ALFREDO AGUILAR

La versión de La mer no me pareció tan lograda como la del disco, y quizá tampoco como alguna otra muy reciente del propio Dutoit que he conocido vía radiofónica. Quizá yo me encontraba aún desconcentrado por culpa del fotógrafo de marras. O quizá –bueno, eso seguro- es que la acústica del Carlos V no es precisamente la más adecuada para las sutilezas tímbricas de Debussy. Pero también me daba la impresión de que el maestro no se había currado las cosas como debía haberlo hecho: determinadas líneas instrumentales apenas se escuchaban. Buena recreación, en cualquier caso.

Buena Quinta de Tchaikovsky en la segunda parte del concierto del sábado: irreprochablemente trazada, dicha con apreciable control de la arquitectura, ajena a arrebatos y excesos, como también a la melifluidad a pesar de que el enfoque fue mayormente sentimental, para mi gusto en exceso. Lo que ocurre es que los que hemos tenido la enorme suerte de escucharle esta partitura a Celibidache en directo sabemos que es posible alcanzar resultados aplastantemente superiores a los de esta honesta, solvente y profesional pero poco inspirada realización de Dutoit.

Al día siguiente el triunfo de la selección española en no sé qué cosa futbolera parecía que iba a producir los mismos trastornos que la victoria en el Mundial causó en el Bruckner de Barenboim hace dos años. Por fortuna, los cohetes en esta ocasión fueron moderados y se pudo disfrutar de una extraordinaria recreación de Mi madre la oca, no solo bellísimamente sonada sino también dicha con muy sincera poesía, amén de perfecta en el estilo; creo que solo a Giulini le he escuchado interpretaciones abiertamente superiores. El nivel bajó de manera considerable con la Suite nº 2 de El sombrero de tres picos, música dicha desde la misma óptica francesa de la interesante grabación discográfica del propio Dutoit (la opción es tan válida como hacerlo mirando a Stravinsky, que de todo hay en esta maravilloso ballet), pero sin la vivacidad ni la frescura del registro de Decca, y viéndose además lastrada por una evidente falta de inspiración y hasta cierta desgana. La del corno inglés se inventó su solo de la farruca. No es de recibo hacer un Falla así en Granada, la verdad.

Dutoit volvió a dejar clara su sintonía con Ravel con una soberbia interpretación de La valse, quizá no tan referencial como su registro de 1981-perfecto gracia a su equilibrio entre brillantez, elegancia, decadentismo, sarcasmo y carácter siniestro- pero en cualquier caso fascinante en su tratamiento de las texturas, admirablemente matizada y de contagiosa comunicatividad. La única pega fue la acústica del palacio construido por Pedro Machuca, de nuevo problemática para el Impresionismo.

Fuentes de Roma y Pinos de Roma para cerrar –no hubo propinas- la velada del domingo 1 de julio. No hubo sorpresas, pues se nos ofrecieron recreaciones de solidísima ortodoxia estilística –mirando al Impresionismo- y muy tradicionales en el enfoque –más paisajístico que inquietante-, dichas con absoluta convicción e irreprochable gusto por parte de la batuta -muy inspirada en el Gianicolo- y tocadas de manera algo decepcionante por una orquesta cuyas trompas deberían haberse preparado más los fulgores imperiales de la Vía Apia. Resultados muy notables, en cualquier caso, pero aquí de nuevo hay que establecer comparaciones: lo que hicieron el año pasado en Valencia George Prêtre y la Orquesta de la Comunidad Valenciana en Les Arts fue aplastantemente superior (enlace), se mire por donde se mire. Claro que eso a lo mejor no lo sabía la mayor parte del público del Carlos V, que aplaudió a rabiar.

miércoles, 22 de junio de 2011

Impresionante Respighi de Prêtre en Les Arts

Presentó el pasado fin de semana el Palau de Les Arts tres funciones de un concierto-espectáculo (sic) consistente en interpretar la trilogía romana de Respighi bajo la dirección de George Prêtre acompañada de una imaginería visual a cargo de Carlus Padrissa que terminó siendo una proyección de diseños por ordenador –más algunas filmaciones reales- sincronizada con juegos de luces. Todo ello en el Auditori diseñado con enorme belleza y discreta acústica por Santiago Calatrava y con el concurso de la Orquesta de la Comunidad Valenciana ¿Resultados? A mi entender, interesante lo de La Fura y portentoso lo del veteranísimo maestro francés.

Y es que Prêtre, a sus ochenta y siete años, dio una verdadera lección tanto de técnica de batuta como de creatividad e inspiración, superando -sobre todo por contar con una fabulosa orquesta a su disposición- las interpretaciones del año pasado que comentamos en este mismo blog en las que dirigía a la Orquesta de la Scala (enlace). La de Valencia ha sido además muy superior a la más convencional y menos creativa interpretación en Sttutgart disponible en Youtube, de la que abajo he incluido un fragmento. En cualquier caso la línea ha sido la misma: puramente francesa, y por ende en el extremo opuesto a la de un Toscanini o un Muti, lo que significa que las asperezas tímbricas, las tensiones rítmicas y los aspectos más modernos de estas partituras fueron suavizados para priorizar la sensualidad, la atmósfera y el carácter contemplativo. Opción discutible, pero tan bien realizada que termina dejándonos clavados en el asiento.

La música

Comenzó la velada con Fiestas Romanas, la partitura más reciente de las tres y la menos adecuada a la opción “impresionista” de Prêtre: a los leones de “Circenses” les faltó fiereza y a los peregrinos de “El Jubileo” carácter agónico. Pocas veces, sin embargo, se ha escuchado “L’Ottobrata” con tan cálida y ensoñada sensualidad, y creo que nunca jamás tan claro -aunque sí más virulento- el complicadísimo entramado orquestal de “La befana”; muy conseguido además al “bamboleo” popular y verbereno de este último movimiento, aun a costa de algún desajuste en la función del sábado, no así en la del domingo (no tuve más remedio que repetir ante semejante maravilla).

En Fuentes de Roma Prêtre rozó el cielo haciendo gala de un portentoso sentido de la agógica, con tanta firmeza como flexibilidad, y de un sentido del color propio del más experimentado maestro. Las brumas del amanecer en Valle Giulia estuvieron inmejorablemente elaboradas, lo mismo que la elegancia acuática del tritón, aunque lo más memorable llegó con Trevi: a nivel puramente técnico, lo que hizo el maestro con las texturas “espumosas” tras el clímax y la subsiguiente ralentización del tempo ha sido probablemente de lo más increíble que se ha escuchado en Les Arts, Maazel incluido, aparte de mostrar un riesgo y una creatividad que recordaba al mejor Celibidache. El atardecer en Villa Medici lo encontré quizá un poco más rápido de lo que al movimiento anterior parecía pedir, pero aun así su belleza y concentración nos dejaron a todos con la boca abierta.


El juego de niños con que se abría Pinos de Roma fue más bien inocente, un tanto naif, ya que a Prêtre no parecen gustarle mucho las estridencias; irónicamente, en la función del domingo un llanto muy real (¡a quién se le ocurre traer a criaturas tan pequeñas al Auditori!) terminó importunando su interpretación. El canto de los cristianos en las catacumbas (magnífico el fliscorno) sonó con enorme fuerza evocadora, aunque sin mucha rebeldía en su clímax. Como era de esperar, lo mejor llegó con los pinos del Gianicolo, de una belleza turbadora que solo he escuchado mejor a Celibidache en lo que a dirección se refiere, que no en cuanto a ejecución; el clarinete de Joan Enric Lluna dio le lección magistral de técnica y expresividad, como hicieron también todos los demás solistas. Los pinos de la Vía Apia, dichos con enorme brillantez y una perfecta planificación de la dinámica, pero sin aumentar la ya considerable dosis de efectismo que lleva la partitura, pusieron punto y final a una recreación de la trilogía que, de editarse comercialmente, estaría cerca de las más logradas (Sinopoli, Svetlanov, Muti) de la historia del disco.

Las proyecciones

El trabajo de Padrissa y los chicos de la Fura, realizado sobre una idea de Valentin Proczynski, ha sido despedazado por Atticus con su inimitable sentido del humor (enlace). Mi opinión, aunque lejos del entusiasmo, es bastante más positiva, sobre todo habida cuenta de la dificultad del reto: optar por la tarjeta postal no hubiera hecho sido acentuar las obviedades de la un tanto tópica partitura, mientras que decidirse por el discurso paralelo, que es lo que finalmente se hizo, termina sembrando el camino de contradicciones entre lo que se ve y lo que se oye. Por ejemplo, la robustez de las escenas más o menos atléticas con que se ilustró “circenses” podía en principio dar el pego, pero cuando la música se lanza a confrontar el cántico de los cristianos con muy onomatopéyicos andares, rugidos y zarpazos de los leones, la cosa no acaba de encajar. Mejor “El Jubileo”, donde la peregrinación medieval hacia el Vaticano se convierte aquí en una especie de reflexión sobre el peregrinaje interno del ser humano. “L’Ottobrata” se ilustró proyectando varios lienzos del Cavaraggio manierista, sin más: da la impresión de que a Padrissa se le agotaron aquí las ideas. Estupendo por el contrario su trabajo en “La befana”, un viaje en automóvil por los barrios de la Roma popular en cuyas paredes se iban proyectando imágenes en blanco y negro de antiguas películas.

En el más breve de los poemas sinfónicos se lograron los mejores resultados globales: gotas de agua para Valle Giulia, fascinantes escenas con una especie de “esculturas antiguas” que terminaban convirtiéndose en las fuentes reales del Tritón y de Trevi, y abstracciones diversas que concluían con la taza, también real, de la fuente de Villa Medici. Y lo peor vino con Pinos, donde la idea de buscar como hilo conductor la transformación de personas en árboles estuvo muy traída por los pelos a partir de una idea más bien pedante: como la obra comienza bajo los pinos de Villa Borghese y la obra más famosa de la galería homónima allí situada es el Apolo y Dafne de Bernini, se recrea el mito clásico filmando a una parejita –por cierto, de muy buen ver- correteando entre la vegetación hasta que ella queda convertida en un laurel. Como a partir de ahí ni Padrissa ni el director del vídeo, Emmanuel Carlier, saben cómo continuar, llenan las catacumbas de humo, humo y más humo. En el Gianicolo aparecen unas sombras chinescas en la que seres humanos terminan transformándose en árboles y el espectáculo se cierra visualmente con unos hombres-pino desfilando por la Vía Apia con una estética –no lo digo solo yo, lo han dicho todos- del más puro Disney.

Se me olvidaba decir que, además de sobre la pantalla blanca situada al fondo del Auditori, las proyecciones se realizaron también sobre un telón semi-transparente colocado delante de la orquesta que de vez en cuando subía y bajaba sin entenderse muy bien por qué. Los juegos de luces, por su parte, estuvieron bien realizados sin que aportaran nada en particular. Total, un espectáculo visual interesante pero irregular en el que, después de verlo dos veces, nos dejó la impresión de que necesitaba por parte de Padrissa mayor trabajo intelectual y un más largo proceso de maduración. La verdad sea dicha, hubiéramos preferido que durante todo el tiempo se proyectara lo que se nos mostró solo al principio y al final, el rostro luminoso de un George Prêtre que fue, con su personal visión de la trilogía de Respighi, el verdadero protagonista de la función.

sábado, 26 de marzo de 2011

Respighi por Svetlanov: creatividad a tope

No conozco casi nada de la discografía de Yevgeny Svetlanov (1928-2002), entre otras cosas porque es escasa y en general se ha movido al margen de los sellos de mayor difusión. Ni siquiera tenía idea de los parámetros estilísticos en los que se movía el arte del maestro ruso. Por eso ha sido una monumental sorpresa este tríptico romano de Respighi ofrecido por la Sinfónica de la Radio Sueca el 10 de septiembre de 1999, en espectacular toma radiofónica publicada hace tan solo unas semanas en Japón por el sello Weitblick. Svetlanov no solo se acerca -y por momentos iguala y hasta supera- a mi versión favorita de estos tres poemas sinfónicos, la de Giuseppe Sinopoli con la Filarmónica de Nueva York (DG, 1991), sino que nos ofrece un maravilloso ejemplo de creatividad y compromiso interpretativo con la complicidad de una formación que, sin ser de primera y evidenciando unas cuantas limitaciones, se dejó la piel en el empeño.

Habría que destacar, en primer lugar, el riquísimo sentido del color de que hace gala el maestro, quien con una espléndida técnica de batuta es capaz asimismo de ofrecer unas texturas de todo punto fascinantes. En segundo lugar nos encontramos ante un fraseo que respira con naturalidad al tiempo que se muestra, mediando un magistral dominio de la agógica, extraordinariamente flexible. Pero lo más importante es el modo en que Svetlanov juega con los elementos a su disposición para descubrir mil y un detalles nuevos en estas tan manoseadas partituras, paladeando primorosamente las melodías y desmenuzando hasta el límite el maravilloso complejo instrumental, todo ello sin caer -tentación habitual en este tríptico- en la mera delectación paisajística o en la ensoñación más soporífera . Tampoco llega a irse el pulso en ningún momento -o casi en ninguno-, y eso que la lentitud llega a ser llamativa en estas recreaciones.

Es lo que justamente ocurre con las Fontane di Roma, una recreación ortodoxa en su carácter contemplativo pero heterodoxa por su creatividad: la increíblemente lenta transición entre el Tritón y de Trevi, sin duda discutible, es de las que cortan la respiración. Por lo demás hay sensualidad en Valle Giulia, elegancia en la creación de Bernini, grandeza sin estrépito en la fuente que inmortalizara Federico Fellini y melancolía suavemente dolorosa -sin difuminar los colores en exceso- en Villa Medici al anochecer.

Igualmente admirables las Fiestas de Roma, aunque la ingenua partitura (¡esos leones devorando a los cristianos!) no sea la mejor de su autor. De esta forma Circenses resulta adecuadamente hosco y dramático; lentísimo Il Giubileo, maravillosamente desmenuzado, y por momentos a punto de venirse abajo; más melancólica y fantasmagórica que festiva suena L’Ottobrata, con algún capricho agógico; y magnífica sin más La Befana, donde Svetlanov intenta poner claridad en esta confusión sonora “a lo Ives” apartándose del escándalo gratuito, acentuando los timbres y recreando con asombroso sabor popular y hasta vulgar las diferentes atmósferas sonoras que se entrecruzan.

Lo mejor llega, en cualquier caso, con los Pinos de Roma, desde este momento mi interpretación favorita junto a la de Sinopoli ya referida y a la genial versión -aislada, sin formar el tríptico- que nos dejó Celibidache (DG, 1976). Villa Borghese ya es una revelación, escuchándose muchas cosas nuevas y aunando estridencia -tremendos los metales- con deliciosa poesía en una colorista y particularmente descriptiva, incluso onomatopéyica, recreación del mundo infantil. En las Catacumbas hay poco de misticismo y mucho de atmósfera ominosa, alcanzando un clímax de un dramatismo desgarrador. El Gianicolo, mediando un sentido de las texturas y un manejo de la agógica increíbles, destila pura magia sonora; solo Celibidache había llegado tan lejos. La marcha de la Via Apia, finalmente, se encuentra planteada con pasmosa lentitud, arrancando -como hacía Sinopoli- de manera muy amenazadora y opresiva para terminar con una grandeza pocas veces alcanzada.

Dicho todo esto huelgan recomendaciones. Lamentablemente no tengo ni idea de dónde pueden comprar el compacto. La edición es japonesa, pero en el HMV nipón no he encontrado nada. Por suerte hay almas caritativas al servicio de quienes saben buscar. ¡No se lo pierdan!

domingo, 13 de marzo de 2011

Prêtre en La Scala: Respighi y Franck en colores pastel

El pasado 28 de febrero, un Georges Prêtre de ochenta y seis añitos se ponía al frente de la Filarmónica de La Scala para recibir un homenaje por las tres décadas juntos y dirigir a continuación las dos más célebres partituras de Ottorino Respighi más la Sinfonía de Cesar Franck. Al interés intrínseco del evento se suma uno adicional para los aficionados españoles: que Prêtre va a dirigir estas dos partituras del italiano, más las Fiestas de Roma que completan la trilogía, el próximo mes de junio en Valencia, en un concierto-espectáculo (sic) cuya parte visual correrá a cargo de Carlus Padrissa La Fura dels Baus. Pues bien, Medici TV (enlace) nos ofrece estos días de manera gratuita la filmación del evento: buena oportunidad para conocer cómo aborda el veterano maestro a estas alturas de su vida semejantes partituras. La respuesta es un tópico cierto: a la francesa.

De este modo, su visión de las dos páginas de Respighi se encarga de poner de relieve sus ineludibles conexiones con el repertorio impresionista, ofreciendo una suave gama de colores pastel aplicados con pincelada suelta y difuminada, suavizando aristas, atendiendo de manera particular a la atmósfera y haciendo gala de un sensacional dominio de las texturas, lo que en contrapartida supone –al menos en el caso de Prêtre- dejar a un lado los aspectos más inquietantes de esta música para quedarse en una elegancia hedonista y contemplativa. En este sentido, en Fuentes de Roma se echa de menos una mayor dosis de garra dramática, aunque hay que descubrirse ante las dos transiciones (de la Fuente del Tritón a la de Trevi, y de esta a la de Villa Medici), resueltas de manera muy personal mediante una técnica de batuta formidable. Muy buena versión, pues, aunque un Reiner, un Ozawa, un Muti, un Pappano y sobre todo un Sinopoli hayan dicho cosas más interesantes. De Pinos de Roma ofrece Prêtre una interpretación lenta, algo tópica y desde luego bastante decorativa, a la que le faltan la magia de un Celibidache o la tensión interna de un Sinopoli (a mi juicio los dos más grandes recreadores de la página), pero en la que en cualquier caso hay que admirar la capacidad del maestro para ofrecer la belleza más ensoñada sin caer en la blandura ni en lo decadente (cosa que sí le ocurre, por ejemplo, a un Daniele Gatti). La orquesta, eso sí, se queda muy corta tanto por los gazapos como por la pobreza del sonido. Es de suponer que con la de la Comunitat Valenciana, a todas luces superior, los resultados serán más satisfactorios.

La Sinfonía de Franck que ocupa la segunda parte del concierto se mueve también dentro de los parámetros más ortodoxos de “lo francés”. No encontramos aquí nada de la densidad digamos germánica y el sentido trágico que supieron inyectar un Klemperer y un Giulini en sus magistrales recreaciones discográficas, y sí mucho de esa elegancia un punto indolente, esa morbidez en el fraseo y esas líneas difuminadas que presiden las recreaciones más ortodoxas, Monteux a la cabeza, lo que no impide en absoluto que se trate de una recreación hermosa, bien llevada y muy comunicativa. Personalmente prefiero enfoques más heterodoxos como los arriba citados, pero el buen hacer de Prêtre –una lástima, de nuevo, el nivel de la orquesta- termina ganando la partida. ¡Y qué gustazo ver al maestro dirigir, a semejante edad, con tan bello gesto y tanto entusiasmo! No se lo pierdan.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Pappano pasea por Roma

Como hoy mismo me voy a pasar el puente “de Andalucía” a la ciudad de las siete colinas, he querido traer a este blog la grabación que en enero de 2007 realizó el sello EMI de la trilogía romana por excelencia, la de Respighi, bajo la dirección de un director que, aun habiendo nacido en Londres y siendo oficialmente británico, es romano hasta la médula: Antonio Pappano. Su realización, sensual y de rico colorido, se sitúa al lado de las grandes grabaciones de este tríptico, esto es, las del brillante Reiner -que no grabó Fiestas-, el ortodoxo Maazel, el refinado Ozawa, el temperamental Muti y el altamente creativo Sinopoli, sin olvidar esa maravilla inalcanzable que son los Pinos de Celibidache (Karajan y Dutoit no entran en la lista, dicho sea de paso). La Orquesta de Santa Cecilia, sin ser nada del otro mundo, realiza una labor irreprochable y está estupendamente aprovechada por la batuta.

Respighi_Pappano

De las Fuentes de Roma Pappano ofrece una ensoñada, poética y sensualísima interpretación, lenta y muy hermosa en los movimientos extremos. Se puede, quizá, reprochar un punto de narcisismo en el primero, pero también hay que elogiar elocuencia y fluidez de los centrales, aun sin llegar a las cotas de genialidad de un Sinopoli. Los Pinos de Roma son algo discutibles, ya que en los “Pinos de Villa Borghese” y a los “Pinos de la Vía Apia” se puede preferir una tímbrica más incisiva y un mayor despliegue de brillantez; el segundo es muy hermoso, aunque en una línea más meditativa que dramática, mientras que en los “Pinos del Gianicolo” Pappano alcanza las mayores cotas de poesía, concentración y sensualidad. En cualquier caso hay que conocer la referida recreación de Celibidache, como también la muy distinta -fogosa, dramática- del olvidado Alceo Galliera.

En Fiestas de Roma, siendo espléndidos, los dos primero números no resultan particularmente creativos: aquí el recuerdo de lo que hace Muti (lo mejor, con diferencia, de sus interpretaciones) es imborrable. Sin embargo los dos últimos resultan maravillosos por su interesante carácter atmosférico y, sobre todo, por su muy italiana cantabilidad, plenamente conseguida: se notan las raíces del director. El sentido del color es, como en todo el disco, admirable. De propina, Pappano nos ofrece una lírica y emotiva recreación interpretación de Il tramonto, página que recrea con un punto amargo y dramático muy acertado, que se beneficia de la voz sensual y muy centrada en lo expresivo de la mezzo Christine Rice.

Una última cosa. Aunque este registro se suele vender como un CD suelto, existe una edición acompañada de un DVD documental de tres cuartos de hora que logré localizar en París. Resulta de lo más recomendable a pesar de la ausencia de subtítulos, ya que las explicaciones que da Pappano sobre Fuentes y Pinos son de una claridad y perspicacia asombrosas, logrando que le prestemos mucha mayor atención a estas páginas que, no siendo en absoluto obras maestras, siguen estando infravaloradas por muchos melómanos.

Sinfonía nº 4 de Mendelssohn, "Italiana": discografía comparada

Esta comparativa de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn la publiqué inicialmente el 2 de junio de 2024. He añadido Solti/Israel, Solti/Viena...