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jueves, 12 de mayo de 2022

Siete grabaciones del Concierto para violín n.º 2 de Bartók

Ni puntuaciones del uno al diez ni rábanos. Estas siete versiones del Concierto para violín n.º 2 de Belá Bartók son todas maravillosas, y las traigo aquí para animarles a ustedes a que se acerquen a esta obra maestra, que conociera su estreno allá por marzo de 1939. Meses más tarde, el mundo evocado por el compositor empezaría a desaparecer para siempre.

 


1. Menuhin. Furtwängler/Orquesta Philharmonia (EMI, 1953). Aunque la dirección es magnífica por su calidez, su plasticidad, su fraseo flexible y su sinceridad emocional, encontrando Furt el equilibrio perfecto entre lirismo, garra dramática y sabor folclórico, lo que deslumbra es un violín incandescente a más no poder, lleno de humanismo y muy lírico cuando debe, pero sobre todo intenso y punzante, que llega a ser altamente desgarrado en los momentos más extrovertidos del segundo movimiento. La reciente restauración sonora en alta definición hace que la toma sonora resulte aceptable, pero no puede evitar que la orquesta quede relegada frente al solista.

 

 

2. Perlman. Previn/Sinfónica de Londres (EMI, 1973). Una lástima que el nuevo reprocesado realizado por Warner no haya sido capaz de solucionar los problemas de la toma, con amplia gama dinámica pero turbia y distorsionada, porque la interpretación es portentosa, tanto por un violín pletórico de agilidad, riquísimo en el sonido –siempre afilado, pero con carne– y expresivo a más no poder, como por una batuta que subraya con atrevimiento las asperezas de la escritura al tiempo que despliega lirismo sensual, cantabilidad en el fraseo y sutileza tímbrica, además de mostrar un estimulante sentido de lo popular e inyectar frescura y convicción a los resultados. 

 

 

3. Kyung-Wha Chung. Solti/Filarmónica de Londres (Decca, 1976). La interpretación se encuentra marcada por la personalidad de Sir George y por su plena afinidad a Bartók. Así, el veterano maestro ofrece una buena dosis de electricidad, de incisividad y de rusticidad bien entendida, de garra y de sentido teatral, haciendo rugir a la orquesta londinense –magnífica– todo lo que sea necesario, pero se muestra asimismo capaz de remansarse para destilar un lirismo de altos vuelos y delicioso aroma folclórico. También sabe desplegar texturas de enorme sutileza tímbrica, incluyendo veladuras fascinantes y auténtica magia sonora, por no hablar de la perfección absoluta con que recrea el ambiente nocturnal del segundo movimiento. La joven Chung está formidable, no ya por la enorme belleza y homogeneidad de su sonido sino también, y sobre todo, por su espléndida manera de aunar poesía con tensión dramática, aunque en cualquier caso su enfoque es mayormente lírico, en perfecto contraste con la batuta teatral y masculina de Solti. La toma es magnífica para la época. 

 

 

4. Zukerman. Mehta/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1979). Espléndida recreación en la que sobresale un violín que se mueve por la obra con pasmosa naturalidad, sin evidenciar esfuerzo alguno, y que sabe ofrecer lirismo cálido y noble al tiempo que se encrespa para resultar altamente dramático cuando debe, todo ello sin olvidarse de los imprescindibles acentos magiares. Zubin Mehta, aun sin especial garra, desgrana la obra con enorme delectación y exquisita sensibilidad para el timbre, sobre todo en el nocturnal y mágico segundo movimiento, sin que por ello deje de ofrecer esas sonoridades vigorosas, esas ráfagas de brillantez y ese sentido del ritmo que caracterizan el arte del maestro indio. Este testimonio, que no había salido en su momento en CD, ha sido recientemente recuperado en alta definición y se localiza en las plataformas habituales.

 

 

5. Kyung-Wha Chung. Rattle/Birmingham (EMI, 1990). Vuelve la Chung a asombrarnos por la variedad de su sonido, así como su capacidad para aportar una dosis de lirismo y delicadeza muy femenina. En esta ocasión le acompaña un Rattle extrovertido, animado y con momentos de áspera rebeldía en el primer movimiento, pero también concentrado y sutil en el juego tímbrico del segundo; sin problemas en la ironía del tercero. Quizá globalmente no se llegue a la altura de la interpretación de la misma solista con Solti, pero esta se disfruta de principio a fin.

 

 

6. Shaham. Boulez/Sinfónica de Chicago (DG, 1998). Lírica y hermosísima recreación en la que un Shahan pletórico de virtuosismo canta las melodías con tanta poesía, calidez y humanismo como fuerza expresiva, tensando la música cuando es necesario y soberbiamente respaldado por un Boulez al que tampoco le interesa marcar aristas, sino dejar a la música que respire su sanísimo sabor folclórico al tiempo que –como no podía ser menos, tratándose de quien se trata– cada una de las líneas de la escritura orquestal queda maravillosamente clarificada. Un prodigio, recogido de manera admirable por la toma sonora. 

 

 

7. Faust. Harding/Sinfónica de la Radio Sueca (Harmonia Mundi, 2012). Defrauda un tanto el Allegro ma non troppo inicial. En él la solista hace gala de un sonido quizá excesivamente lírico, modelado hasta las más extraordinarias sutilezas, y deslumbrante en lo que a agilidad se refiere, pero sin la suficiente carne; tampoco su enfoque termina de ofrecer toda la garra que la música demanda. El segundo movimiento sí que es magnífico, desplegando Faust un canto muy emotivo bien respaldado por una batuta atenta, clarificadora, refinada en el tratamiento de las veladuras tímbricas, que frasea con holgura y cantabilidad. No menos espléndido el tercero, dicho con garra, mucho empuje –de nuevo pasmoso el virtuosismo del violín– y un apropiado perfume folclórico, aunque no dejando desatendidos, antes al contrario, los pasajes más misteriosos y evocadores del mismo. La coda ofrece grandeza, potencia y una buena cantidad de aristas bien subrayadas desde el podio.

sábado, 10 de abril de 2021

Nuevo disco de Heras-Casado: Eötvös y Stravinsky

Tras algunos presuntos bodrios dedicados a Beethoven –digo presuntos porque no he escuchado más que fragmentos: mis oídos no han podido resistir más que algunos minutos de cada uno–, Pablo Heras-Casado se pone al frente de una Orquesta de París en su mejor momento para interpretar la primera grabación mundial del Concierto Alhambra de Peter Eötvös y de nada menos que La consagración de la primavera de Igor Stravinsky. El registro lo realizaron con enorme acierto los ingenieros de Teldex en septiembre de 2019, meses antes de que comenzara la pandemia.

Este Concierto para violín nº 3 del compositor húngaro fue encargo del propio Heras-Casado cuando este estaba al frente del Festival de Granada. Dicho de otra manera: lo hemos pagado con dinero público. Lo estrenó el propio maestro granadino –cobrando por su labor de batuta al margen de su salario como gestor, supongo– y luego lo ha llevado al disco para alabanza y gloria de su nombre artístico –y de su cuenta corriente–. Todo queda en casa. Solista y dedicataria, Isabelle Faust.


He repasado lo que se dijo de la obra en el momento de su estreno, allá por julio de 2019. Mi evidente ignorancia y no menos manifiesta falta de sensibilidad me impide comprender lo que el experto musicólogo Pablo L. Rodríguez quiere decir cuando escribe (aquí) que “la obra también delata cierta actitud panteísta. Eötvös establece empatía con seres y objetos que cobran vida en sus pentagramas y que consiguen trasladarnos a un mundo aparentemente diferente en cada nueva composición”. Yo solo alcanzo a vislumbrar de se trata de una página escrita con manifiesto dominio de los recursos, a veces sutilísimo en lo que a combinaciones tímbricas se refiere, e interesante en el contraste que se establece entre la evocación más o menos onírica y el despliegue de electricidad orquestal. Interesar, lo que se dice interesar, me ha interesado a medias: pese a que no dura más de veinticinco minutos, solo a ratos me resulta sugerente. ¿Interpretación? La releche. Isabelle Faust, cuando quiere, es todas una fuera de serie, y Heras-casado dirige como si le fuera la vida en ello. Eso sí, no me he molestado en comparar con la que yo ya conocía: la que ofrecieron ese mismo septiembre de 2019 -fecha del disco- la Faust y la Filarmónica de Berlín con Eötvös en persona a la batuta.

¿Y la Consagración de la primavera? No me ha convencido. El problema de esta versión, realizada con técnica incuestionable y muy bien puesta en sonidos por una orquesta en estado de gracia, es su falta de unidad. De coherencia en el concepto (¿”romántico” o “cerebral”?), de continuidad en las tensiones, de focalización del interés en el conjunto o en el detalle, de profundización en el análisis del tejido sinfónico, incluso de inspiración. El resultado es un conjunto de momentos aislados, mal hilvanados entre sí, en el que se suceden la implicación y la desgana, la garra dramática y la flacidez, la revelación de línea o colores interesantísimos y la rutina, todo ello sazonado por tremendos aciertos y pasajes mal resueltos. A olvidar.

jueves, 6 de diciembre de 2018

El desigual Debussy de Harmonia Mundi

Heterogénea, incoherente y desigual la serie Debussy que está presentando Harmonia Mundi, circunstancia de la que da buena cuenta este volumen que incluye las tres sonatas más una serie de piezas tardías para piano solo. Arranca con la Sonata para violín y piano en interpretación de Isabelle Faust y Alexander Melnikov: Sasha está estupendo haciendo gala de una muy rica pulsación y de un perfecto estilo impresionista, pero la tantas veces desconcertante Faust, de sonido hermosísimo y técnica a prueba de bombas, se lo pasa en grande de portamento en portamento. El resultado es un Debussy meramente ornamental, sobrecargado de curvas art nouveau, amable mucho antes que evocador, en el que la complacencia en lo sensorial se pone por encima de la evocación poética.


Muchísimo mejor la Sonata para flauta, viola y arpa a cargo de Magali Mosnier, Antoine Tamestit y Xavier de Maistre; aunque el viola arranca con un portamento algo exagerado, aquí se aprecian un sentido de las tensiones, de las aristas y del compromiso expresivo que se echaba en falta en la obra anteriormente citada, lo que no impide a los artistas ofrecer la luminosidad, la delicadeza y la depuración sonora que sin duda esta música también necesita.

La Sonata para Violonchelo y piano cuenta con un Javier Perianes formidable, muy entregado, hermosísimo en el toque al tiempo que valiente e intenso, pero aquí vuelven de nuevo los portamentos (¡qué suplicio!), esta vez de la mano de un Jean-Guihen Queyras cuyo sonido increíblemente bello no disimula su tendencia a lo autocomplaciente. Magnífico él, como también el pianista onubense, a la hora de recrear el humor negro del segundo del sorprendente segundo movimiento.

Tanguy de Williencourt se encarga de las piezas para piano solo. Está francamente bien en la Berceuse héroïque, en la Pièce pour l'oeuvre du ‘Vêtement du blessé y en Les Soirs illuminés par l'ardeur du charbon, pero la Élégie no la hace ni “lent” ni “douloureux”. Lo dicho, un disco extraño. Como el resto de la serie.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Faust y Heras-Casado hacen Mendelssohn

Si todo ha ido como estaba previsto, en el preciso momento de publicarse esta entrada estaré en la Philharmonie de París a punto de escuchar a Isabelle Faust y Daniel Harding el Concierto para violín de Arnold Schönberg. Excepcional recreadora del escrito por Alban Berg, es muy posible que la violinista alemana ofrezca una gran lectura que me quite el mal sabor de boca de esta grabación que voy a comentar ahora que hizo del de Felix Mendelssohn junto a Pablo Heras-Casado y la Orquesta de Friburgo, publicada hace poco Harmonia Mundi. Y es que no me acabo de acostumbrar a estas maneras de hacer propias de la corriente históricamente informada: el sonido que extrae de su Stradivarius me parece ratonero y su acumulación de portamentos me resulta estomagante.


O tal vez la culpa no sea de mis oídos, porque lo que también “en modo instrumentos originales” hicieron en esta obra Viktoria Mullova y Alina Ibragimova –con Gardiner y Jurowski respectivamente–, aun distando ambas de convencerme, me parece mucho menos malo que lo de la señora Faust. No, no es cuestión de que haya mayor o menor cantidad de sonidos fijos o de ataques bruscos. Es cuestión de sensibilidad. O más bien de honestidad, porque yo aquí lo que veo es una mezcla de cursilería, pedantería y excentricidad camuflada como recuperación de “recursos expresivos sin explotar hasta ahora” –eso reza la carátula– que presuntamente fueron arrinconados por la tradición. Esa tradición en la que se incluyen nombres como los de Menuhin, Szeryng, Mintz, Mutter o Chung, es decir, los que a muchísimos melómanos nos siguen pareciendo recreadores verdaderamente excelsos de esta no menos gloriosa página.

Pablo Heras-Casado parece sentirse mucho más cómodo en el universo de Mendelssohn que en el Robert Schumann, compositor al que en sus tres discos a él dedicados destroza a base de espasmos sonoros, asperezas diversas y grotescos excesos teatrales, pero aun así se muestra muy irregular. Ya tenía grabadas algunas de sus sinfonías en un par de discos que comenté en su momento: uno con esta misma Orquesta Barroca de Friburgo conteniendo Escocesa e Italiana, y otro con la Radio de Baviera interpretando la Lobgesang. En este lanzamiento que nos ocupa se incluyen, además del Concierto para violín con la Faust, la Sinfonía nº 5 “de la Reforma” y La Hébridas. Por razones obvias, las maneras se encuentran más cerca del primero de los discos que del segundo: ataques muy secos, fraseo más bien rígido, contrastes dinámicos exagerados, buenas dosis de rusticidad sonora y una expresión vibrante que se centra en los aspectos tempestuosos de la música mendelssohniana dejando un tanto de lado lo que ésta tiene de sensualidad y de magia embriagadora, al tiempo que se cae con frecuencia en el exceso de nervio, por no decir en la precipitación. La huella de Harnocourt y Gardiner resulta evidente.

Concretando un poco, la dirección del Concierto para violín me parece más bien mediocre; con la Faust al lado tampoco es que se pueda ir muy allá. La lectura de Las Hébridas resulta atractiva mucho antes por su carácter escarpado que por su poesía, más bien escasa: el maestro granadino lo hizo mucho mejor con la Filarmónica de Berlín. Y curiosamente es en la Sinfonía nº 5 donde mejor salen las cosas: viril y decidida en los movimientos extremos, salpimentada sin rastro de frivolidad en el segundo movimiento, solo encuentro reprochable en esta recreación la falta de hondura, de esa particular mezcla de sensualidad y amargor que los pentagramas desprenden, en un Andante al que quizá no le convenga la sonoridad ácida y sin vibraciones de la cuerda de Friburgo. Orquesta que en el resto de la obra ofrece una tímbrica rústica no precisamente depurada –tampoco parece esa la intención del maestro–, pero sí atractiva e interesante por cómo conecta esta partitura con universos musicales que tampoco estaban tan lejanos en el tiempo.

domingo, 30 de julio de 2017

Haitink y Faust en los Proms 2017

Tras la primera velada de Barenboim y la Staatskapelle de Berlín la noche anterior, el domingo 16 de julio los BBC Proms ofrecían sesión doble, añadiendo a la otra parte del díptico elgariano del de Buenos Aires un concierto a temprana hora (15:45) de Bernard Haitink e Isabelle Faust junto a la excelente Orquesta de Cámara de Europa. Mozart y Schumann en los atriles. Ya se encuentra disponible en YouTube (puede que por poco tiempo, así que aprovechen) y he podido revisar mi experiencia.


Comienza la sesión con la Sinfonía nº 38, Praga, del gran genio salzburgués. Le conocía a Haitink una grabación –en el sello Hänssler– frente a la Staatskapelle de Dresde del año 2002. Como en aquella oportunidad, nos ofrece un Mozart de inmejorable ortodoxia, perfecto en el trazo y en su arquitectura, que consigue un perfecto equilibrio entre tensión dramática, elegancia, músculo, ligereza, encanto y sentido de los claroscuros. El problema es que frente a dos movimientos extremos vibrantes, decididos, comunicativos a más no poder (¡incluso hay picardía en el finale, cosa rara en Haitink!), queda un segundo dicho sin la menor afectación pero bastante insustancial, sin hondura ni poesía. ¿Es el problema respetar el tempo Andante prescrito por Mozart y no hacerlo más lento? Me parece que no: simplemente, el maestro no sintoniza con esta página. Por lo demás, la orquesta de Cámara de Europa realiza una labor formidable, tratada por parte de la batuta con una articulación en absoluto historicista, pero ciertamente ligera –más que en Dresde, porque el tamaño influye–, transparente y alejada de cualquier planteamiento sonoro protorromántico

Curiosamente, Haitink recorta y aligera aún más la articulación en el Concierto para violín nº 3 del mismo autor, no sé si por tratarse de una obra mucho más temprana que la Praga o por llegar a un consenso con Isabelle Faust, que viene de grabar la obra con Giovanni Antonini. Oír para creer: a sus ochenta y ocho añitos de nada, dejándose influir –aunque sea ligeramente- por el historicismo más radical. ¿Y la Faust? En mi comentario de su referida grabación me preguntaba si moderaría sus planteamientos al estar junto a Haitink. Pues sí, lo hace. Pero solo un poco: ahí siguen los sonidos fijos, el fraseo blandengue y los detalles de cursilería, amén de su incapacidad para extraer poesía de los pentagramas. Que su técnica sea colosal –tremendo virtuosismo en las cadenzas, escritas por Andreas Staier– y su sonido llene la inmensa sala del Royal Albert Hall me parecen aspectos secundarios frente al despropósito. La orquesta contentísima, y Haitink más aún. Yo alucinando.

Sinfonía nº 2 de Robert Schuman en la segunda parte. Como en su registro discográfico de 1984 aquí comentado, una interpretación increíblemente bien expuesta y dicha en un perfecto estilo schumanniano, en ese punto justo de equilibrio tan difícil de lograr entre ligereza y densidad, entre elegancia y nervio, entre vuelo lírico y tensión dramática. Los movimientos extremos están llenos de fuerza y de grandeza sin retórica, y el segundo es un prodigio de virtuosismo: ¡qué lástima que las cámaras de la BBC nos regateen el maravilloso momento en el que Haitink lanza un beso volado a la orquesta por su asombrosa limpieza en la ejecución! ¿Y el Adagio? Como en la grabación con la Concertgebouw, sigo echando en falta sensualidad, ternura y poesía, pero ahora reconozco que el maestro sí ofrece –o quizá en esta ocasión haya estado un punto más inspirado– ese amargor generalizado que transpira el movimiento y esos acentos lacerantes que éste pide en sus clímax. Me emocioné mucho.

Una cosa más: la orquesta está sensacional en todo el concierto, rindiendo al máximo nivel técnico posible –increíble el timbalero, por cierto con baquetas duras– y ofreciendo bajo la batuta del veterano director una claridad y una depuración sonora fuera de serie. De hecho, la propina no es sino una excusa para lucir virtuosismo: solo con Klemperer –bueno, y con Harnoncourt también– he escuchado el Scherzo de El sueño de una noche de verano mendelssohniano mejor diseccionado.

Aunque hora y media después Barenboim aparecería sobre el podio, abandoné el concierto con tristeza: ¿volveré a escuchar a Haitink en directo alguna vez?

domingo, 9 de julio de 2017

Isabelle Fausto y Mefistófeles Antonini

Tengo previsto escuchar en directo el próximo domingo en Londres el Concierto para violín nº 3 de Mozart interpretado por Isabelle Faust, Bernard Haitink y la Chamber Orchestre of Europe. Movido por una curiosidad no poco morbosa, he escuchado la interpretación de la misma obra recientemente registrada para Harmonia Mundi por la violinista alemana junto a Giovanni Antonini y sus chicos de Il Giardino Armonico, dentro de un doble compacto que ofrece la integral de los conciertos para violín del salzburgués.


¿Resultados? Ni más ni menos que los esperados. Un Mozart lleno de vida, de entusiasmo y de color; un Mozart efervescente y contrastado a más no poder que rehúye los tópicos del presunto equilibrio y el distanciamiento neoclásico para decantarse por los claroscuros y por la teatralidad apostando por una enorme valentía en el fraseo. Pero también (¡cómo no!) un Mozart trivial, en exceso lúdico, coqueto en el peor sentido de la palabra y repleto de detalles de no ya de amaneramiento, sino de abierta cursilería. Y muy alicorto a la hora de lanzarse al vuelo poético: el sublime Adagio no solo no emociona lo más mínimo, sino que está lleno de sonoridades insoportables por parte de la señora Faust, aquí dispuesta a imitar los peores defectos de quien hubiéramos esperado en este disco, no otro que el horripilante Enrico Onofri.

"Este chico sigue sin tener ni idea de interpretación históricamente informada y odia visceralmente los instrumentos originales", pensarán los lectores de la kale barroka que se pasen por aquí. Pues miren ustedes, la grabación de Andrew Manze de 2005 me parece más sensata que ésta, no tanto por su labor solista –más bien inexpresiva– como por su muy notable dirección frente a The English Concert. Y la ya antigua de Simon Standage con Christopher Hogwood la encuentro sencillamente espléndida: a despecho de alguna frase en exceso repipi en el primer movimiento por parte del malogrado Chris, he ahí un Mozart "de verdad", ciertamente mucho antes ágil, luminoso y risueño que otra cosa –imposible olvidar la hondísima poesía de la Mutter con Karajan–, pero lleno de musicalidad y sin el menor deseo de llamar la atención a base de presuntos hallazgos. Por descontado que Standage no renuncia a una articulación plenamente historicista, pero es la musicalidad personificada: él sí que vuela en el Adagio. Y el clave al continuo resulta muy bienvenido.

La cosa en realidad es más sencilla de lo que parece: se puede hacer un gran Mozart y un mal Mozart tanto desde la tradición como desde lo "históricamente informado". Lo que importa es lo voluntariosos e inspirados que estén los artistas de turno. Y aquí la señora Faust(o), en otras ocasiones enorme violinista, se deja arrastrar por ese singular Mefistófeles –simpático y seductor, materializador de mil placeres, pero demonio al fin y al cabo– que es Giovanni Antonini.

Y ahora, la pregunta del millón: ¿hasta qué punto cambiará la solista sus maneras de hacer para acomodarse a los radicalmente distintos planteamientos del veteranísimo Haitink? ¡Qué ganas de ver lo que ocurre!

PD. Por si a alguien se le ocurriera iniciar un debate sobre el tema, que sepa que mañana salgo de viaje a Inglaterra y desde entonces me limitaré a darle entrada a los comentarios, pero nada más. Dejo un par de entradas programadas para los días de mi ausencia.

martes, 18 de octubre de 2016

Conciertos para violín de Bartók por Faust y Harding

Importante disco este, registrado por Harmonia Mundi en 2012, en el que Isabelle Faust, Daniel Harding y la Sinfónica de la Radio Sueca interpretan los dos conciertos para violín de Béla Bartók.

El Concierto nº 1 es el más redondo. Ya desde el arranque en solitario del violín, verdaderamente mágico, queda claro que la gran apuesta de la interpretación se basa en el canto cálido, poético, concentrado y elocuente de la Faust, quien antepone la sensualidad y la ensoñación bien entendida a la vertiente expresionista de la partitura, lo que no le impide en el segundo y último de sus movimientos desplegar aristas en perfecta sintonía con un Harding que, sin dejarse llevar por el nerviosismo ni por el deseo de espectáculo sonoro, sabe hacer sonar los pasajes más turbulentos del mismo con particular agitación y virulencia.


En el Concierto nº 2 defrauda un tanto el Allegro ma non troppo inicial, en el que la solista hace gala de un sonido quizá excesivamente lírico –modelado hasta las más extraordinarias sutilezas, y deslumbrante en lo que a agilidad se refiere, pero sin la suficiente carne– y un enfoque que no termina de ofrecer toda la garra que la música demanda. El segundo movimiento sí que es magnífico, desplegando Faust un canto muy emotivo bien respaldado por una batuta atenta, clarificadora, refinada en el tratamiento de las veladuras tímbricas, que frasea con holgura y cantabilidad. Igualmente espléndido el tercero, dicho con garra, mucho empuje –de nuevo deslumbrante el virtuosismo del violín– y un apropiado perfume folclórico, aunque no dejando precisamente desatendidos los pasajes más misteriosos y evocadores del mismo. La coda ofrece grandeza, potencia y una buena cantidad de aristas bien subrayadas desde el podio.

Gran disco, en definitiva, aunque mis versiones favoritas sigan siendo Chung/Solti (Decca, 1983) para el Primero y Menuhin/Furtwaengler (EMI, 1953) para el Segundo.

La canción de la Tierra, de Gustav Mahler: discografía comparada

Tenía muchas ganas de presentar una comparativa de la obra maestra absoluta de Gustav Mahler , un compositor que parece interesar bastante a...