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lunes, 5 de septiembre de 2022

Musikfestival 2022: Pappano, Levit y Santa Cecilia

Recuerdo que cuando tuve la oportunidad de pedirle un autógrafo a Antonio Pappano –el  más simpático de todos los maestros a los que he podido acercarme–, le dije lo mucho que me gustaba la manera en que hacía cantar a la orquesta, con verdadera italianidad”. “Pues claro”, me replicó, “¡por algo me llamo Pappano!” Será un prejuicio mío, pero lo cierto es que la interpretación de La noche transfigurada en la Philharmonie de Berlín que le acabo de ver en directo a través de la Digital Concert Hall me ha parecido caracterizarse precisamente por eso mismo, por el maravilloso sentido melódico de los grandes arcos de tensiones y distensiones planificados de manera magistral por Arnold Schönberg. Fraseo natural, amplio, efusivo, como salido de la garganta humana. También carácter sensual, voluptuosidad, agitación sin nerviosismo y nobleza. Gran interpretación, francamente bien sonada por la cuerda de la Orquesta de la Academia de Santa Cecilia


Morbo enorme en la segunda parte: el Concierto para piano de Ferrucio Busoni. Es decir, un piano megavirtuosístico luchando de manera titánica contra una orquesta enorme a lo largo de setenta minutos, sumándose al final un coro masculino con textos de alabanza a Alá. Se había estrenado en Berlín, allá por 1904, bajo la batuta de Karl Muck, pero la verdad es que casi nadie lo ha tocado o grabado. Yo no la conocía. El primer movimiento me ha parecido algo pesado. Más interesante el segundo, con su peculiar sentido del humor. Grande e impresionante música en el tercero, Pezzo serioso, para luego pasar a una tarantela llena de fuerza en la que solista y masa orquestal rivalizan a ver quien toca más fuerte. Una salvajada en todos los sentidos con la que podría acabar la obra, pero aún queda el quinto, un Cantico de apreciable elevación espiritual.

¿Interpretación? Se le podrán pedir más matices aquí y allá, no solo vigor sino también más sutilezas, pero Igor Levit ya ha pasado a la historia como uno de los pocos pianistas que ha querido y podido tocar la obra, haciéndolo además con insultante facilidad técnica. La dirección de Pappano, muy difícilmente alcanzable. La orquesta romana ha estado a la altura –es decir, maravillosa–, no así el coro. 

Los vítores y aplausos del respetable han sido los más intensos hasta ahora escuchados en el Musikfestival berlinés. Con toda justicia.

domingo, 19 de julio de 2020

Beethoven por Igor Levit: lejos del abismo

Mañana lunes Igor Levit ofrece en el Festival de Granada las tres últimas geniales sonatas de Ludwig van Beethoven. No tengo pensado ir a escucharle, pero me ha picado la curiosidad de saber qué manera tiene de abordar al de Bonn este aplaudido artista del que tanto he oído hablar. Por ello he acudido a la plataforma Qobuz, donde se encuentran sus grabaciones para Sony Classical. He escogido el mismo programa que tiene previsto hacer Daniel Barenboim –a este sí que espero ir a verle– el viernes que viene: primero la Sonata nº 31 –en esta página coinciden ambos– y las tremendas Variaciones Diabelli, páginas que son prácticamente contemporáneas. La verdad es que Levit no me ha parecido el prodigio que algunos van proclamando por ahí.


Reconozco que el pianista de origen ruso ofrece un sonido muy hermoso, una pulsación variada y sensible, sutileza en las dinámicas y apreciable sentido del legato, como también un fraseo natural, relajado sin ser laxo, cierto es que no exento de claroscuros, pero apostando siempre por un clasicismo más o menos apolíneo que le aleja de todo extremo. Ese es justamente el problema: Beethoven, el Beethoven más genial y visionario, con frecuencia nos pide ponernos al borde del abismo. Levit no está por la labor y opta por seducirnos con la belleza pura de la música.

Así las cosas, esta hermosa, cálida, poética y depurada interpretación de la Sonata nº 31 registrada en 2013 se queda a medio camino: no se percibe la idea, el trasfondo, el más allá de las notas que los grandísimos intérpretes de esta obra –Barenboim, Gilels, Serkin– han sabido explorar y por el que Levit pasa de puntillas. La relativa timidez de los acordes in crescendo del tercer movimiento y la blandura con que a continuación comienza la segunda fuga resultan reveladoras en este sentido.


Si Barenboim define las Diabelli como “filosofía con humor”, Levit hace en su registro de 2015 “humor sin filosofía”. Su interpretación, expuesta con una técnica soberbia, rebosa frescura, desparpajo y efervescencia sin que en ningún momento el control de los medios se le escape de las manos, es decir, sin que se pierda la unidad en la estructura, sin caer en nerviosismos ni en puntos muertos y manteniendo una perfecta naturalidad en el fraseo. Todo ello para poner en pie una lectura que subraya lo que la música tiene –y tiene muchísimo– de vitalidad, de goce hedonístico –sin preciosismos ni blanduras–, de sentido lúdico y hasta de travieso, atreviéndose a extremar dinámicas y a dar buenos pisotones al pedal cuando le parece necesario –amantes de lo HIP, abstenerse– sin olvidarse del pathos ni de la tensión dramática. Pero ante eso de plantearse interrogantes, explorar rincones oscuros o destilar espiritualidad, otra vez nada de nada. Solo al final de la fuga de la penúltima variación –expuesta con nitidez, pero con más potencia que sentido de la progresión de las tensiones– parece querer, por fin, asomarse al precipicio antes referido. Demasiado tarde: esta interpretación seduce y hasta engancha sin terminar de convencer.

Dedicado a Rodríguez Zapatero, la gran decepción

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