He estado deshojando la margarita toda la semana: ¿viajar a Málaga para aprovechar la última oportunidad de ver Company, o quedarme en Jerez para asistir, ayer viernes 1 de abril, a la presentación del disco La pasión sinfónica de Beigbeder en el Teatro Villamarta? Opté por lo segundo, y ahora siento una enorme frustración. Porque lo pasé mal durante el concierto.
Admiro las marchas de Semana Santa de Germán Álvarez Beigbeder (Jerez de la Frontera, 1882-1868) desde que de jovencito escuché aquel disco de principios de los ochenta interpretado por la Banda de Infantería de Marina de Madrid dirigida por el comandante José María Álvarez-Beigbeder Pérez, más conocido como David Beigbeder. Hay que aclarar que este señor es el hermano de Manuel Alejandro –nombre artístico del más famoso vástago de Don Germán– y colaborador habitual de este como arreglista, director y –en ocasiones– compositor de temas para célebres figuras de la canción. Pues bien, han pasado cuarenta años y José María vuelve a la carga con arreglos de la música de su padre, esta vez poniéndose al frente de una formación local, la Orquesta Álvarez Beigbeder. Al final de la velada se regalaba el disco.
Mi opinión es la siguiente. Entre las marchas hay de todo: malas, buenas y magníficas, con la balanza inclinándose hacia el lado positivo. Con respecto a los plagios –que el propio Don Germán le confesó en su momento a un señor mayor amigo mío cuyo nombre prefiero ocultar– no entro (ATENCIÓN, LEER POST SCRIPTUM). Hay mucha, muchísima belleza en algunas de estas composiciones, venturosamente ancladas en el siglo XIX pese a haber sido compuestas entre 1900 y 1954, toda vez que apenas reciben la influencia del “military style” que se puso de moda a partir de determinado momento. Estos nuevos arreglos de Don José María –digo nuevos porque ya le escuchamos otros en 1996 en la Catedral de Jerez con la Orquesta Ciudad de Málaga, concierto disponible en YouTube–, funcionan de maravilla. Y es que –siempre a mi entender, insisto– lo que el compositor realmente escribió no fueron marchas propiamente dichas, sino composiciones “clásicas” disfrazadas. Ahora unas suenan para orquesta de cuerda, otras añaden algo de viento y el resto requieren orquesta sinfónica más o menos tradicional. En todo caso, se pone de relieve lo mejor de las partituras originales.
El problema fueron las interpretaciones. José María/David, nacido en 1934, no está ya para muchos trotes. Su esfuerzo físico y anímico para estar allí, que todos hemos de agradecer, se dejó notar. Porque dirigió francamente mal, con una flacidez alarmante que hizo sonar muy desganada, anémica y sin vida a la música –alarmante las fugas en las que se articula Cristo del Cachorro– y sin lograr un empaste aceptable a la cuerda de la orquesta, que evidenció limitaciones técnicas que me hicieron pegar varios respingos en el asiento. Lo siento, señores y señoras mías, pero así no se puede tocar en un Villamarta ante un público que paga sus entradas. La cosa mejoró en la segunda parte del programa, la propiamente sinfónica, bajo la batuta del sevillano José Colomé –me da la impresión de que este señor tiene apreciable talento–, pero solo en la que quizá sea la mejor y más célebre de las marchas, Cristo de la Expiración, logré disfrutar.
Hubo más cosas. Don José María ofreció el estreno de una marcha, Nazarenos, que dudo mucho que pase a la historia. Además, dirigió el Canto a Jerez en vendimia de su padre, ahora rebautizado pretenciosamente como Himno de Jerez, con letra cursilísima y llena de tópicos a cargo de –cómo no– Manuel Alejandro. Afortunadamente, a la Coral de la Universidad de Cádiz no se le entendió ni una sola palabra. Rematando la faena, el Himno de España armonizado por Don Germán –empieza maravillosamente, termina con chimpunes varios– con texto también del compositor de Se nos rompió el amor. Como ya escribí por aquí, letra cursi y nacional-católica que me ha hecho sentir bochorno, si bien un señor cercano a mi butaca, que no dejaba de decir tras cada pieza “qué maravilla”, exclamó “¡ya iba siendo hora de que alguien tocara el himno español!”. Lo peor es que, intuyo, el millonario compositor y letrista podría haber cobrado los derechos de autor en esta velada. El escaso público asistente –sospecho que con no pocos familiares de los integrantes de la orquesta jerezana– aplaudió a rabiar.
Veremos cómo está el disco, cuya edición –independientemente de los resultados– debemos aplaudir sin remordimientos. Igual que no ocultamos nuestros serios reparos ante el concierto, nos parece justísimo elogiar el esfuerzo realizado para reivindicar esta música.
PS. La persona a la que cité antes me ha telefoneado diciendo que él jamás me dijo que Don Germán le confesara plagio alguno, sino que el propio compositor reconocía préstamos evidentes en su música, de Beethoven a Elgar. Pido públicamente perdón por mi grave error. Pero añado algo, que ya empìezo a mosquearme. Las otras obras que conozco de Beigbeder, las grabadas en su momento por la Orquesta de Córdoba y el Stabat Mater que hace poco se tocó en el Villamarta –no escribí nada entonces para no liarla parda–, me parecen mala música. ¡Pero que muy mala! Admiro y reivindico las marchas del jerezano, y espero seguir haciéndolo, pero me parece una falta de respeto a la tierra de un Falla y un Turina –por no salir del Bajo Guadalquivir– que se dijera, como allí dijo el presentador Manuel Sotelino, que Don Germán ha sido uno de los más grandes compositores españoles del sigo XX. Menos chovinismo, paisanos míos.



