Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
La entrada original es del 16 de junio de 2022. Reviso y comento de nuevo la grabación de Boulez/Chicago y añado los dos vídeos del maestro francés, así como los CD de Rattle y Slatkin. Al final de la lista, un vídeo con Ivan Fischer que termina siendo opción número uno, no por él sino por la coreografía.
____________________
El mandarín maravilloso es una de mis obras sinfónicas favoritas. Para mi desgracia y la de todos los amantes de ese enorme genio que fue Béla Bartók, la mayoría de los directores optan por grabar la suite y no el ballet completo, seguramente por una razón de lo más prosaica: se ahorran el coro, cuya participación en el final es tan breve como decisiva. Vayan aquí algunas versiones de la versión íntegra; en otro momento hablaremos de la suite.
1. Boulez/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1971). El compositor y director francés no solo ofrece el sentido de la arquitectura, la precisión rítmica y la claridad en él esperables, sino también, ya desde un arranque de enorme virulencia, esa expresividad –incluyendo no solo el sentido de la ironía, sino también el vuelo lírico– que no suele considerarse como su punto fuerte. Escúchese para romper todos los tópicos, por ejemplo, cómo las cuerdas cantan angustiadas durante el crescendo con coro. Lástima que la orquesta no sea mejor, aunque el maestro extraiga de ella un partido admirable. Tampoco la toma, originalmente cuadrafónica, es ninguna maravilla. El reprocesado en alta resolución sigue sonando mate, pero otorga el merecido relieve a los sonidos graves: el bombo, fundamental en esta obra, es de impresión. (9)
2. Dohnányi/Filarmónica de Viena (Decca, 1977-79). Aunque un arranque particularmente “ruidoso” –en el buen sentido– haga pensar que nos vamos a encontrar ante una interpretación expresionista ante todo, lo cierto es que el aún joven maestro demuestra utilizar un trazo muy fino y poseer una elevadísima sensibilidad para el refinamiento en las texturas, la variedad en el color y las sutilezas en el fraseo, sacando un enorme provecho de la incomparable belleza sonora de la orquesta sin dejar de hacer que esta, cuando le corresponde, se transforme por completo para ofrecer grandes dosis de aspereza e incisividad. Falta, quizá un punto de magia e inspiración en algunas frases, pero el nivel es extraordinario. La toma sonora ofrece una amplísima gama dinámica. (9)
3. Abbado/Sinfónica de Londres (DG, 1982-83). El milanés todavía en su mejor momento dándonos una lección no solo de técnica –asombroso el manejo de la paleta tímbrica, de los ritmos y de las tensiones– sino también de convicción expresiva, sabiendo moverse como nadie entre lo sórdido, lo irónico, lo misterioso y lo desgarrado, lo que significa desplegar tanta fuerza bruta como concentración y vuelo lírico, pero también no dejarse llevar por el efectismo ni el descontrol. Todo está aquí increíblemente bien medido, a lo que no es ajeno el talento de los músicos de una orquesta en plena forma. Participación de lujo de los Ambrosians Singers. La grabación, curiosamente, se realizó en dos locales y en dos años distintos. (10)
4. Dorati/Sinfónica de Detroit (Decca, 1983). Solo un año después de la interpretación de Abbado nos llega esta, no tan bien grabada como aquella a pesar de las cosas que hacían por entonces los ingenieros de Decca, que se pone casi a la altura interpretativa de la del milanés por idioma y convicción. El “casi” se debe a que Dorati no llega a ofrecer la extrema garra dramática y la trepidante inmediatez expresiva de su colega, si bien ofrece un sentido tímbrico más sensual que pone de relieve el parentesco de esta obra con el impresionismo; alcanza quizá unos clímax más atmosféricos, densos y opresivos. Flojea un poco el final, a partir de la sección coral: la concentración y el misterio podían ser aún mayores. (9)
5. Boulez/Filarmónica de Viena (Medici TV y YouTube, 1992). Esta filmación del Festival de Salzburgo nos trae todavía al Boulez eminentemente expresionista de su grabación con Nueva York veintiún años anterior –va incluso más rápido: antes eran 31’ y ahora solo 30’40’’–, solo que con una orquesta aplastantemente superior a aquella, nada menos que una Wiener Philharmoniker a la que hace sonar con una incisividad y una fiereza desacostumbradas en ella. Por lo demás, el maestro francés hace gala un tremebundo sentido del ritmo y sabe hurgar en los aspectos más inquietantes de la música sin perder el control de la forma. Un prodigio, en definitiva, en el que solo hay que lamentar una calidad de imagen y sonido muy inferiores a los estándares de la actualidad. (10)
6. Rattle/Sinfónica
de Birmingham (EMI, 1993). No hay
genialidad alguna -el maestro británico nunca ha acostumbrado a ofrecerlas-,
pero lo cierto es que Rattle derrocha aquí su incuestionable talento al tiempo
que demuestra una enorme sintonía –piensen en el Concierto para piano nº 2
junto a Lang Lang– con la música de Bartók. La violencia y la incisividad están
ahí sin necesidad de forzarlas, hay misterio sin necesidad de romantizar la
música, el fraseo respira como es debido, la narratividad se encuentra a flor
de piel y el buen gusto impera en todo momento. Un modelo. (9)
7. Slatkin/Sinfónica
de Saint Louis (RCA, 1993?).
Hay nervio, garra y vistosidad en esta interpretación. También hay teatralidad
y un desarrollado sentido del descaro tímbrico: el maestro norteamericano no se
corta precisamente a la hora de poner en primer plano metales y percusión. El
problema es que con frecuencia confunde la electricidad con la precipitación –repárese
en la célebre danza con que se cierra la versión de suite orquestal–, la violencia
con la brutalidad, la personalidad con el rebuscamiento en la agógica y la
brillantez con el numerito de cara a la galería. La orquesta le funciona de
maravilla, pero no está en modo alguno tratada con la claridad de un Boulez: el
francés sí que sabía combinar la violencia con un tratamiento meridiano de los
planos sonoros. Sensacional la toman en la que hay que destacar los increíbles
los graves y una amplísima gama dinámica. (8)
8. Ozawa/Sinfónica de Boston (Philips, 1994). El maestro de origen oriental y los suyos se deciden a grabar la versión completa, pero sin aportar mucho más en lo interpretativo con respecto a su registro anterior de la suite. Quizá ahora haya una mayor dosis de aspereza, particularmente en el tercio final antes no abordado. El chasco viene por parte de la toma, con mayor amplitud dinámica que la realizada para DG, pero bastante plana en lo que a relieve de planos sonoros se refiere. (9)
9. Boulez/Sinfónica de Chicago (DG, 1994). No fue Boulez un director que modificara mucho sus planteamientos desde la era analógica a la digital, pero a partir de su contrato con el sello amarillo a principios de los noventa fue poco a poco suavizando su tendencia expresionista para abrirse más a la atmósfera, el misterio y la abstracción. Precisamente este Mandarín, aun no muy distinto del de dos años atrás en Salzburgo, pierde un poco de electricidad y potencia expresiva para hurgar, con ayuda de tempi algo más lentos (31’54’’ frente a los 30’40’’ con Viena) en aquellos recovecos de la partitura que quedaban por explorar. Como la orquesta es la idónea para sus fines y la toma de sonido un verdadero prodigio, el resultado es una grabación de indispensable conocimiento. (10)
10. Nagano/Sinfónica de Londres (Erato, 1997). Ya desde un comienzo especialmente intenso, rabioso y explosivo, Nagano deja bien claro que la suya va a ser una interpretación de corte expresionista, áspera a más no poder, implacable en su sentido del ritmo, pero poco a poco también hace gala de una buena flexibilidad, de capacidad para recrear atmósferas y de una gran inteligencia a la hora de narrar la historia, e incluso de buscar la onomatopeya, todo ello sin desatender la claridad ni la riqueza en el color. Lástima que la toma, aun de notable calidad, resulte algo seca. (9)
11. Chailly/ Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1997). Un prodigio en todos los sentidos: tensión interna, sentido del ritmo, riqueza de color, tratamiento de las texturas y, sobre todo, expresividad en cada una de las frases y de las intervenciones solistas, las de una Concertgebouw en estado de gracia y admirablemente recogida por los ingenieros de Decca. Puede que algún pasaje se haya escuchado aún con mayor inspiración en los registros de Boulez, Abbado o Dorati, o en las espléndidas suites grabadas por Solti, pero al maestro milanés, visceral en alto grado mas no precisamente desatento a la sensualidad ni el misterio, mantiene casi siempre el listón en lo más alto, particularmente en los tres sucesivos intentos de asesinato del mandarín, recreados de manera magistral. (10)
12. Alsop/Sinfónica de Bornemouth (Naxos, 2004). Obteniendo aceptable partido de una orquesta discreta, la directora neoyorquina va más allá que Ozawa recreándose en una atmósfera y una sensualidad netamente impresionistas, lo cual estaría muy bien si no fuera porque hay pasajes resueltos con más escándalo de la cuenta y el final con coro dista de ofrecer la magia poética deseable. Muy decepcionante la toma sonora: lejana, difusa y con graves exageradísimos –al menos en SACD–, la que nos hace pegar un respingo –y obliga a bajar el volumen– cada vez que el bombo cobra protagonismo. (7)
13. Boulez/Filarmónica
de Berlín (Medici TV, 2010).
Boulez termina su recorrido por esta partitura con tempi considerablemente más
amplios que en las ocasiones anteriores (33’28’’, tres minutos y medio más que
en su antiguo registro para CBS). El no va más en claridad, claro está, lo que
en esta obra es importantísimo. Pero también es verdad que también lo son el
nervio y la acción dramática, lo que significa que muchos melómanos preferirán
el enfoque mucho más inmediato de sus interpretaciones con Nueva York y Viena.
Da igual: lección magistral sobre la partitura, en perfecta sintonía con una
orquesta excepcional que toca con una depuración sonora extrema. El único
reparo serio es que la parte del coro ha sido reemplazada. Toma de sonido e
imagen muy superiores a las de la filmación en Salzburgo, aunque sin alcanzar
la calidad alucinante del CD de Chicago. (10)
14. Salonen/Orquesta Philharmonia (Signum, 2011). El maestro finlandés ofrece, lidiando con la siempre complicada acústica del Royal Festival Hall, una interpretación particularmente afilada, nerviosa y virulenta, por momentos más aparatosa de la cuenta, circunstancia que se ve subrayada por el deseo de la batuta de contrastar semejante visceralidad con algunos pasajes resueltos de manera particularmente misteriosa. El resultado es muy vistoso y atractivo, aunque también algo superficial. La toma ofrece amplia dinámica y una percusión bien presente. (8)
15. Iván Fischer/Orquesta del Festival de Budapest (YouTube, 2017). Esta interpretación es especial. Orquesta y director se encuentran sobre el escenario, pero se deja un espacio para que unos excelentes bailarines desarrollen una coreografía de Krisztián Gergye sensacional: hermosa, muy expresiva y absolutamente fiel a la dramaturgia original. Quien quiera saber “de qué va esta música” en lo que al argumento se refiere, aquí tiene la solución a sus interrogantes. La interpretación musical es notable: muy bien dicha, irreprochable en el idioma –lógico– y particularmente atenta a os aspectos más curvilíneos, atmosféricos y sensuales de la música, aunque –también era de esperar– más artesanal que otra cosa y a veces algo floja en las tensiones. En cualquier caso, opción número uno para quien se acerque a la obra por primera vez, como también para quienes no la terminan de disfrutar. (8 interpretación musical – 10 coreografía)
El otro día vi por televisión la entrega de la Medalla de Oro del Festival de Granada a Martha Argerich. En ella Antonio Moral, haciendo referencia a la segunda parte del programa, habló de la excelencia de Ernest Ansermet y de la Orquesta de la Suisse Romande interpretando Le sacre du Printemps. Miré en mi discografía y, vaya por dios, esa versión no la tenía escuchada. He ido a por ella –me ha gustado muy poco–, y a continuación he aprovechado para actualizar esta entrada.
Tras su renovación en enero de 2022 he tenido la oportunidad de escuchar de nuevo las grabaciones de Markevitch 1959, Bernstein 1972, Karajan 1977, Maazel 1980, Boulez 1991 y Nezét Séguin, lo que me ha llevado a modificar en pequeña o gran medida los correspondientes comentarios. He incorporado a la lista a Ormandy 1955, Tilson Thomas 1972, Dudamel, Rattle 2015, Chailly 2016, Heras-Casado, Nelsons y Mäkelä por duplicado, además de la citada de Ansermet.
Nota introductoria.
La primera discografía comparada que hice de esta obra apareció en el blog
el 2 de enero de 2012. Llegué entonces a comentar treinta y dos referencias.
Ahora he incorporado comentarios sobre Bernstein 1958, Bernstein 1966, Abbado
1975, Dutoit 1984, Chailly 1985, Mehta 1985, Nagano 1990, Barenboim 1993,
Svetlanov, Tilson Thomas 1996, Boulez 1997 en Salzburgo, Maazel 1998, Jansons
2006, Rattle 2009, Rattle 2012, Nézet-Séguin, Currentzis y Rattle 2014. Dieciocho nuevas en total, hasta alcanzar un total de cincuenta.
Además, he vuelto a escuchar las de Stravinsky 1960 (esta vez en SACD), Ozawa 1968
(a ciegas, sin saber quién era el director), Boulez 1991 y Boulez 1997/LSO. Para
casi todas estas he escrito comentarios sustancialmente renovados. Además,
después de las nuevas audiciones he decidido rebajar la puntuación de las dos últimas
citadas a cargo de Boulez de 10 puntos a solo 9; ya en 2012 me lo estuve
pensando, y ahora veo con mucha más claridad que no se merecen tanta “nota”, por
mucho que la visión del maestro francés siga siendo un clásico.
Sea como fuere, son tantas las novedades que presenta esta nueva edición de
la discografía que en lugar de modificar la
entrada anterior, como he hecho en otras ocasiones, he dejado la antigua en su sitio y he realizado esta
nueva. Continúa siendo un work in progress, claro, pero estoy ahora más
satisfecho que antes.
_________________
A estas alturas no les voy a descubrir a ustedes nada nuevo sobre el más
famoso ballet de Stravinsky, estrenado en medio de un enorme escándalo el 29 de
mayo de 1913 en el Teatro de los Campos Elíseos de París con coreografía de
Vaslav Nijinsky y bajo la dirección musical de Pierre Monteux. Lo que sí les
quiero proponer son estos apuntes que les pueden dar una idea de las tres
grandes líneas interpretativas –complementarias entre sí, eso por descontado– que ha conocido en disco Le Sacre du printemps: la dura, seca y violenta,
que es en cierto modo la “oficial” por ser la defendida por el propio autor, la
propuesta digamos intelectual de Pierre Boulez, atenta ante todo al análisis de
la portentosa escritura orquestal, y una tercera, en cierto modo inaugurada por Bernstein y Karajan, que descubre los numerosos lazos que vinculan la genial partitura con el pasado romántico e impresionista.
Como en otras
ocasiones, hemos puntuado del uno al diez. Verán ustedes
que, en la opinión de quien suscribe, el nivel medio de las grabaciones
discográficas es altísimo a pesar de la incuestionable dificultad que entraña la
interpretación de semejante obra maestra.
1. Markevitch/Orquesta Philharmonia (Testament, 1951). La pobre toma
sonora no permite valorar del todo hasta qué punto el maestro ruso obtiene
claridad de la fabulosa orquesta en esta interpretación magníficamente trazada sin parecer en ningún momento calculada ni
intelectual, sino por el contrario ofreciendo altas dosis de frescura, calidez y emoción, hasta alcanzar una Danza del
sacrificio verdaderamente frenética. Ahora bien, da la impresión de que en su grabación en
estéreo –editada por Testament en el mismo compacto– Markevitch alcanzará cotas
aún superiores de salvajismo y tensión interna. (9)
2. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1955). Hay que aplaudir que Ormandy defendiese –cierto es que ya lo había hecho Stokowski en Fantasía– esta música en fechas relativamente temprana, que lo hiciera desplegando un enorme virtuosismo y que inyectara una enorme energía a la ejecución. El problema es que el asunto se le va un poco de las manos: el maestro frasea con premura, no deja a la música respirar, pasa de largo ante los aspectos más atmosféricos de la página y no termina de encontrar una hilazón de tensiones entre cada uno de los segmentos, que suenan yuxtapuestos uno detrás del otro sin la suficiente lógica. La toma ha quedado muy anticuada. (5)
2. Monteux/Sociedad de conciertos del Conservatorio de París (Decca,
1956). Sinceramente, no entiendo el enorme prestigio de esta grabación si
dejamos a un lado el valor, indiscutible, de que fue Monteux quien estrenó la
obra. Lo más interesante de su dirección me parece su tímbrica incisiva y
descarnada, a lo que aquí contribuye una toma sonora, en temprano estéreo, seca
y cortante. Su claridad es también admirable. El problema, aparte de la muy
discreta calidad de la orquesta, es que la arquitectura no está bien construida, y de hecho los momentos más conseguidos impresionan antes por la acumulación de
decibelios que por la tensión sonora alcanzada. (6)
3. Ansermet/Orquesta de la Suisse Romande (Decca, 1957). Nadie le puede discutir el pedigrí stravinskiano al maestro suizo, aquí bien evidente en el tratamiento de timbres y texturas, pero a día de hoy esta lectura solo sirve de testimonio de las enormes dificultades que durante mucho tiempo suponía enfrentarse a Le Sacre. A la orquesta le cuesta mucho, a veces muchísimo trabajo tocar lo que está en la partitura, la batuta no logra organizar el material y la discontinuidad se hace patente en una lectura a la postre deslavazada e insuficiente. Sonido ya estereofónico, con las limitaciones propias de la época. (6)
4. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1958). Por aquellas fechas Lenny –que contaba treinta y nueve años y solo cinco meses atrás había estrenado en
Broadway West Side Story– no era aun un director completamente formado: la irregularidad presidía sus numerosas grabaciones para CBS. Pero lo
cierto es que en Le Sacre se sintió muy a gusto desatando a la fiera y
dando rienda suelta a una salvaje, feroz orgía de sonidos en la que la
espontaneidad e inmediatez expresiva de su batuta, su irresistible impulso
dionisíaco, su asombroso sentido del ritmo, su capacidad para planificar dando
la impresión de una total espontaneidad y su valentía a la hora de desafiar
nuestro oído con timbres desgarrados y violentas explosiones de la percusión,
pero también su fino olfato a la hora de rastrear las raíces impresionistas de
la introducción de la segunda parte, terminan ganando la partida por encima de
las serias limitaciones de su orquesta. La última remasterización y la audición
en HD permite disfrutar dignamente de un estéreo algo desequilibrado de planos
que, pese a las limitaciones de la época, logra ofrecer una apreciable gama
dinámica y una suficiente redondez en los sonidos graves. (9)
5. Markevitch/Orquesta Philharmonia (Testament, 1959). Esta grabación sigue manteniendo con plena justificación su enorme fama, siendo todo un modelo dentro de una línea dura, vitalista y áspera, mucho antes espontánea que cerebral: a pesar de que todo está milimétricamente planificado, la sensación de visceralidad y salvajismo se termina imponiendo. Más adelante se escucharán interpretaciones más claras, más analíticas, desde luego más misteriosas –el arranque de la primera parte está muy desaprovechado, incluso dicho de pasada– y, en general, de mayor riqueza conceptual, pero pocas veces tan electrizantes y poderosas como esta, que culmina en una danza del sacrificio de una considerable ferocidad. La excelencia de la orquesta hace mucho por el resultado. Desdichadamente la toma sonora es algo turbia, pero la remasterización realizada por Testament del original de EMI recoge con fidelidad su amplia gama dinámica. Más reciente, la recuperación a 192 aporta menor aspereza y mayor redondez, permitiendo que luzca más la percusión aquí tan fundamental, si bien las importantes limitaciones del original siguen ahí. (10)
6. Stravinsky/Columbia (CBS-Sony, 1960). El compositor se reafirma a
sí mismo con una lectura decididamente no solo antirromántica, sino también
anti-impresionista, que procura borrar todo posible rastro de sensualidad –quizá
por eso los pasajes lentos van algo apresurados– para centrarse
en un discurso seco, tenso y violento, por momentos terrorífico, en el que
sobresale la agresividad implacable que se acumula en toda la Danza de la
elegida. Lástima que la orquesta deje mucho que desear y que, en parte por ello
mismo, la claridad diste de ser satisfactoria. También por la técnica de batuta de
Stravinsky, que además no consigue dotar a la interpretación de toda la
continuidad de tensiones deseable. La toma sonora original no es mala, pero sufre evidentes limitaciones. (8)
7. Monteux/Sinfónica de Londres (radio, 29 de
mayo de 1963). En principio el morbo de esta retransmisión radiofónica es
enorme, escuchar al casi nonagenario Pierre Monteux dirigiendo Le Sacre
cincuenta años justos después de que él mismo estrenara la obra en París. Por
desgracia, e independientemente de la precariedad de la toma, lo que nos
encontramos es una interpretación mediocre desde el punto de vista técnico, por
no decir chapucera, amén de muy desganada desde el expresivo. Particularmente grave es
toda la primera parte, aquejada de una terrible flacidez. La segunda mejora un
tanto gracias a la atmósfera nocturnal que el anciano maestro obtiene en su
introducción y a que en la Danza del sacrificio tanto él como la orquesta de la
que por entonces era titular le ponen más ganas al asunto. (2)
8. Ancerl/Filarmónica Checa (Supraphon,
1963). Hace tiempo que me pregunto por qué algunos aficionados tienen en
tanta estima a la Filarmónica Checa de los años sesenta. ¿Están sordos? Por lo
demás, nos encontramos ante una versión llena de fuerza telúrica, de brutalidad
y estridencia, que pierde un tanto por su tendencia al ruido y al descontrol.
Además, a la introducción de la segunda parte se le podía haber sacado más
partido. La remasterización es horrorosa, aunque al menos mantiene la gama
dinámica. (7)
9. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1963-64). Esta fue la grabación
que llevó al compositor a acusar a Karajan de ser un “bárbaro de salón”. Vista a
día de hoy, la afirmación no pasa de ser la típica boutade stravinskiana. No se
puede acusar precisamente a esta interpretación de carecer de fuerza o
brutalidad. Si acaso, de dejarse llevar por el exceso de nervio –en la primera
parte, sobre todo– y por caer puntualmente en el escándalo gratuito, así como
por no terminar de ofrecer la deseable continuidad en el trazo. Quizá lo que
molestase a Stravinsky fuese la manera en que el salzburgués, haciendo gala de
una plasticidad y un sentido del color portentoso, subraya los aspectos
atmosféricos y sensuales escondidos en la partitura, destacando en este sentido
la introducción de la segunda parte y el arranque de la Danza del sacrificio.
(7)
10. Bernstein/Sinfónica de Londres (DVD ica Classics, 1966). Siete años
después de su primera grabación oficial para el disco, Bernstein se pone al frente de
una orquesta bastante mejor que la que tuvo entonces para repetir su concepto en
el que priman la fogosidad, la teatralidad y los instintos primarios, sin
descuidar precisamente los aspectos sensuales de la página: impagable las caras
de orgasmo de Lenny en las exhalaciones con que se abre la segunda parte.
Quizá ahora, por aquello del directo, el maestro se precipita en algunos pasajes
y dirige un tanto de cara a la galería, pero su fuerza expresiva y sus
contagiosas ganas de hacer música terminan ganando la partida, y si el oyente
sentado en el sillón de su casa no termina de disfrutar se debe a que la toma sonora dista muchísimo de hacer justicia a una obra como
esta. Si que está bien la filmación televisiva, realizada por un Humfrey Burton
que se recrea indisimuladamente en los bailes de Bernstein sobre el podio.
Impagable, por cierto, la reveladora entrevista que le realiza al maestro, en la
que este se arriesga a decir cosas hoy comúnmente aceptadas como que la
partitura es mucho menos rupturista de lo que aparenta –llega a decir que en
gran medida es una obra del siglo XIX– o que sus lazos con el impresionismo son
evidentes. (9)
11. Ozawa/Sinfónica de Chicago (BMG, 1968). Interpretación
seca, afilada y angulosa, poco o nada interesada por lo que esta música debe al
pasado –las introducciones a cada una de las dos partes suenan tensas y
expectantes, más no atmosféricas–, que hace uno de timbres
incisivos y un excitante sentido del ritmo para resaltar la modernidad de la
escritura stravinskiana y acumular las tensiones de manera implacable sin
necesidad de caer en el efectismo ni en el decibelio, salvo en un final donde el
joven Ozawa se suelta la melena y, con unos timbales desatados que convierten a
esta música más que nunca en una danza tribal, abandona el rigor cartesiano
que hasta entonces había presidido la lectura para entregarse a la catarsis.
(9)
12. Boulez/Orquesta de Cleveland (Sony, 1969). La propuesta de Boulez –existe una
grabación anterior de difusión más limitada– llegó en el momento oportuno para
demostrar que a la fiera no había que tenerle miedo. Pero lo hizo no
domesticándola, sino estudiándola a través de un minucioso análisis del
entramado tímbrico y rítmico en el que todas las líneas quedan al descubierto
sin que se pierda de vista la arquitectura general, trazada con tensión
implacable a pesar de la relativa lentitud, y adoptando ese punto de
distanciamiento expresivo tan caro a Stravinsky y al propio Boulez. Se puede
echar de menos el salvajismo de sus predecesores, como también esa sensualidad de otros maestros, pero es difícil entender la historia
interpretativa de Le sacre sin esta reveladora lectura. (9)
13. Bernstein/Sinfónica de Londres (CBS-Dutton,
1972). Esta interpretación no se terminaba de disfrutar en su anterior encarnación en compacto: faltaba claridad. Dutton Vocalion la ha editado en SACD recuperando la toma cuadrafónica original. Ahora queda claro que el trabajo que realizó el ingeniero Edward T Graham en el Studio 1 de Abbey Road no fue del todo acertado, pero también que el trasvase digital dejaba mucho que desear: ahora suena considerablemente mejor. Nos permite así reencontrarnos ante una interpretación espontánea, dionisíaca y muy comunicativa, llena de fuerza, tensión y brutalidad, pero también cargada de misterio, de sensualidad y hasta de erotismo, comprometida en todo momento y no poco imaginativa. La depuración sonora de la batuta no es la mayor posible, pero se trata de Bernstein “puro de oliva”, como diría Pedro González Mira, ofreciéndonos su más redondo acercamiento a la partitura. (9)
14. Tilson Thomas/Sinfónica de Boston (DG-Pentatone, 1972). Esta interpretación se ve perjudicada por la toma sonora. Pentatone ha recuperado el registro en formato SACD, ofreciendo un apreciable relieve en los graves y una enorme gama dinámica que resultan ideales para esta obra, pero la reverberación de la sala, diríase que acentuada por la tridimensionalidad que otorga la cuadrafonía original, resulta excesiva. En cualquier caso, pueden apreciarse la vitalidad y las ganas de hacer música del joven maestro, como también cierta tendencia a quedarse en los aspectos más decibélicos y escarpados de la música; incluso a precipitarse un tanto en algún pasaje. Venturosamente, en el futuro logrará ofrecer interpretaciones mucho más maduras y redondas de la obra, aun siempre dentro de un enfoque virulento. (7)
15. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1974). Como era de esperar, Solti ofrece una lectura realizada de un solo trazo, muy bien expuesta, intensa, comunicativa,
incisiva en la tímbrica, brillantísima sin caer en excesos y de un elevado
sentido teatral. Lástima que resulte algo precipitada en algunos pasajes a los
que se les podía haber sacado mayor partido, y que no sea no todo lo reflexiva y
misteriosa que debiera. Su grabación posterior quizá resulte un punto mejor.
(8)
16. Abbado/Sinfónica de Londres (DG, 1975). Una toma sonora seca, estrecha en
dinámica y algo turbia perjudica seriamente a esta interpretación en la que
Abbado da buena cuenta de su desarrollado sentido del color y de las texturas,
pero que no termina de resultar todo lo tensa, concentrada, clara, matizada y
virtuosística que debe. Una pena. (7)
17. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1975). Karajan no debió de
haber quedado muy contento de su primer registro cuando se dio tanta prisa en
volver a grabar la obra para el mismo sello. Aparte de beneficiarse de una toma
sonora más satisfactoria, el salzburgués ofrece ahora una lectura técnicamente
más depurada, mejor planificada y con menos excesos, pero por desgracia hacen su
aparición –ahora sí– algunos amaneramientos y narcicismos marca de la casa que
terminan lastrando el resultado. (7)
18. Colin Davis/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1976). Hay que elogiar la
atención de la batuta a los aspectos misteriosos y atmosféricos de la obra, así
como la soberbia ejecución por parte de la Concertgebuw, pero a Sir Colin le
cuesta trabajo mantener la tensión interna e intenta paliar semejante
insuficiencia con efectismos varios. El resultado es irregular, deslavazado. Muy
buena la toma. (6)
19. Mehta/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1977). El aún joven Mehta ofrece la interpretación que en él era esperable por aquellos años, vital y entusiasta, en absoluto timorata a la hora de recrearse en lo implacable de la rítmica y lo agresivo de la tímbrica, aunque limitada por una orquesta a la que le falta virtuosismo, por la falta de continuidad en la primera parte –pesante Rondas de primavera– y por cierta tosquedad generalizada. En cualquier caso, la vitalidad y la extroversión del maestro terminan ganando la partida. (7)
20. Muti/Orquesta de Philadelphia (EMI, 1978). Sin mostrar interés alguno
por la sensualidad, la atmósfera ni la riqueza de colorido, pero sabiendo
remansarse de la manera adecuada cuando es necesario, el aun joven maestro
italiano hace uso de una orquesta impresionante y de una técnica de batuta no
menos admirable para ofrecer una lectura dentro de la más estricta ortodoxia de
lo brutal, de lo salvaje y de explosivo, aunque manteniendo todo siempre bajo el
más estricto control y logrando inyectar la tensión, indesmayable, a través de
la acumulación y no del exceso puntual. Falta, si acaso, un poco más de
imaginación para alcanzar lo excepcional, como también una toma sonora de mayor
claridad y definición tímbrica. (9)
21. Maazel/Orquesta de Cleveland (Telarc, 1980). Buena versión –sin más– que tiene como principal acierto no atender solamente a la vertiente explosiva de la obra, sino también a las atmósferas más o menos sensuales, más o menos inquietantes, que esta música asimismo necesita. Ahora bien, prácticamente en todo momento, menos en una Danza del sacrificio bien planificada, se percibe la sensación de cierta desgana, cierta flojera incluso, tanto en lo que a la administración de las tensiones se refiere como en el interés por clarificar texturas y equilibrar planos sonoros; en cierto modo, como si Maazel hubiera realizado este registro más por obligación o por dinero que por verdadera sintonía con la partitura, lo que tampoco sería de extrañar. Además, los tremendos golpes de bombo que dan paso a la Glorificación de la Elegida son de una lentitud exasperante; poco después hay alguna otra excentricidad no menos innecesaria. La toma sonora, primera digital de la obra, ofrece una pegada tremenda en la percusión en su trasvase a SACD estereofónico. (7)
22. Dorati/Sinfónica de
Detroit (Decca, 1981). Ya al final de su prolongada carrera discográfica, el
maestro húngaro nos ofrece una recreación sanguínea y vitalista, con mucho
nervio, quizá esto último en exceso, pues hay pasajes que podían estar
paladeados con mayor concentración y sentido del misterio. En cualquier caso el
excelente pulso de la batuta, el irreprochable rendimiento de la orquesta, el
buen estilo y la sinceridad que desprende la interpretación terminan impactando. (9)
23. Markevitch/Orquesta de la Suisse Romande (Cascavelle, 1982). Aunque han pasado
nada menos que veintitrés años entre su última grabación oficial y este tardío
testimonio radiofónico, el anciano Markevitch sigue fiel a sí mismo y vuelve a
destapar la caja de los truenos para ofrecer una lectura impulsiva, vitalista y
salvaje que parece salir de las mismas entrañas de la tierra. Lástima que el
maestro no termine de aquilatar la arquitectura –por momentos está al borde de
precipitarse, mientras que la claridad dista de ser la esperable–, y que la
orquesta sigue sin ser precisamente la Philharmonia. La toma sonora tampoco está
a la altura. (8)
24. Bernstein/Filarmónica de Israel (DG, 1982). El
Bernstein de los años ochenta fue el más genial, pero también en más proclive a
la blandura. Aquí, por desgracia, dio la de arena. En realidad, la primera parte le sale más o menos bien, aunque por momentos suene un punto deslavazada, sin toda la tensión
interna posible. Lo que falla es la segunda, en la que Bernstein sucumbe a la
blandura –intenta ser sensual, pero le sale moroso– y el amaneramiento. Eso sí,
se revelan algunos detalles orquestales que dejan bien claro que nos encontramos ante un gran
director. (6)
25. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca-Newton Classics, 1984). Nunca ha sido
el maestro suizo un director genial, pero hay algunos autores con los que parece guardar especial afinidad. Stravinsky es uno de ellos, y bien que lo
demuestra esta Sacre admirablemente planteada y realizada desde la más estricta
ortodoxia, esto es, desde la incisividad y la violencia,
que aprovecha muy bien a la orquesta –los metales no son comparables a los de
una de primera–, posee muy buen sentido del ritmo y resulta siempre
comunicativa, aunque quizá pueda ser un tanto primaria a la hora de acumular
tensiones y decibelios. A destacar, por otra parte, algunos buenos apuntes de
corte impresionista –otro repertorio muy caro a Dutoit–, aunque más por el
tratamiento de las texturas que por la sensualidad, que es más bien escasa. El
propio Stravinsky no le hubiera puesto pegas en este sentido. (8)
26. Chailly/Orquesta de Cleveland (Decca, 1985). Aunque en su filmación de
2002 con la Orquesta del Concertgebouw el maestro milanés profundizará mucho más
en los aspectos misteriosos de la página, esta es ya una espléndida
realización que sobresale por la reveladora disección del entramado orquestal
–la batuta toma algunas decisiones muy personales para subrayar determinados
detalles, quizá desatendiendo algunos otros– y por la brutalidad nada aparatosa
ni de cara a la galería, sino magníficamente controlada y por ello más efectiva,
que se consigue inyectar a la magnífica orquesta. Defrauda un tanto, eso sí, la
planificación horizontal de la primera parte, no siempre del todo tensada y por
ende con algunos altibajos, sin la solidez de trazo deseable. Curiosamente
Chailly sí que alcanza una enorme electricidad donde pierden un poco de fuelle
la mayoría de los directores, esto es, en la dificilísima Danza del sacrificio.
La toma sonora, absolutamente portentosa (¡qué golpes los del bombo!),
probablemente fuese la mejor hasta esa fecha. (9)
27. Mehta/Filamónica de Viena (Orfeo, 1985). Al frente de una orquesta
obviamente mejor que su Filarmónica de Nueva York con la que realizó su
grabación para Sony, el maestro indio repite su visión robusta, vistosa,
enérgica y contundente, poco dada al detallismo y muy aficionada a la
acumulación de decibelios para epatar al personal, pero en cualquier caso
vistosa, bien llevada y, desde luego, muy idiomática. Lástima que alguna sección
de la primera parte siga resultando pesante. (8)
28. Rozhdestvensky/Sinfónica de Londres (Nimbus, 1987). Ya desde los
primeros compases se evidencia que el maestro ruso va a optar por ofrecer una
visión muy personal basada en un fraseo a ratos muy paladeado, una enorme
atención a detalles que generalmente pasan desapercibidos y, sobre
todo, una potenciación de los aspectos más misteriosos de la
página, lo que no le impide ofrecer en los clímax una buena dosis de brutalidad.
Por desgracia la lentitud con que aborda la primera parte le hace perder el
pulso seriamente desde la danza de las adolescentes hasta la aparición del
sabio, momento a partir del cual sí nos encontramos con la grandísima
interpretación esperable. La toma sonora, de volumen bajísimo, es algo difusa,
aunque ofrece a cambio una gama dinámica extraordinariamente amplia. (8)
29. Barenboim/Orquesta de París (Erato, 1987). Las ingenieros de
sonido lograron en este registro recoger toda la dinámica de la partitura,
pero lo hicieron –como ocurre en el de Rozhdestvensky– a costa de realizar la
grabación a un volumen extremadamente bajo. Como además la toma resultó bastante
desequilibrada en planos sonoros y un punto reverberante, muchos aficionados nos
formamos una idea negativa de la interpretación. Vuelta a escuchar, pero dándole
mucha caña al potenciómetro, creo que la opinión era equivocada: nos encontramos
ante una muy digna lectura de la obra en la que, a despecho de una planificación
horizontal no del todo lograda y echándose de menos una orquesta de mayor fuste,
Barenboim subraya acertadamente los aspectos “góticos” de la obra sin salirse de
tiesto en los estilístico y sin renunciar a la brutalidad cuando debe. En cualquier caso, el maestro lo hará muchísimo mejor más tarde.
(7)
30. Nagano/Sinfónica de Londres (Virgin, 1990). Interpretación de la línea
dura, violenta e incisiva, quizá algo más escandalosa de la cuenta, pero en
cualquier caso muy bien trazada y hasta reveladora de algún detalle nuevo, a la
que solo le falta una atmósfera más cargada, más sensual y turbulenta, así como
una orquesta más en plena forma, para ser excepcional. (9)
31. Boulez/Orquesta de Cleveland (DG, 1991). Boulez vuelve a la carga sin novedad interpretativa en el frente, pero esta vez con una toma sonora portentosa por su claridad, naturalidad e increíble gama dinámica que recoge a la perfección, digamos que de manera definitiva, la búsqueda que maestro francés realiza en esta página: llegar a un punto de encuentro entre análisis distanciado y carácter implacable. Así pues, nos encontramos ante una lectura de violencia tan intensa como controlada, nunca salvaje ni arrebatada, que se queda algo parca en sensualidad y atmósfera, así como en imaginación para aprovechar la música; por ejemplo, las “exhalaciones” del arranque de la segunda parte están dichas un poco de pasada. Asimismo, hay un extraño “tira y afloja” entre secciones llenas de nervio y otras que parecen un punto escasas de electricidad, especialmente durante la danza de la elegida. Esta decisión podría quizá explicarse por una voluntad de mantener las distancias y evitar efectismos, pero aun así no termina de convencer. Sea como fuere, es un disco a tener en las estanterías.
(9)
32. Solti/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1991). Traducción opuesta a las de
Boulez, nerviosa y sanguínea, muy vital, extrovertida y poderosa, de tímbrica
colorista y aristada, que no desdeña en absoluto la reflexión ni la sensualidad,
y que en contrapartida carece de una arquitectura redonda –como en su grabación
con Chicago, hay pasajes a los que se les podía haber sacado más partido– y de
una total claridad. A la toma sonora, muy extraña, le falta cuerpo. (9)
33. Jansons/Filarmónica de Oslo (EMI, 1992). El aun joven Jansons se esforzó por
ofrecer una interpretación sensata y ortodoxa, atenta a la claridad y reveladora
de algún detalle nuevo, pero no logró otorgar unidad a la partitura. El
resultado fue una interpretación un tanto deslavazada en la que se alternan
momentos muy conseguidos con otros más bien flácidos y desganados. (7)
34. Haitink/Filarmónica de Berlín (TDK DVD, 1 mayo 1993). En este
concierto europeo ofrecido en el Royal Albert Hall por la increíble orquesta
berlinesa, el maestro holandés entrega una versión extraordinariamente trazada y
soberbiamente tocada, tensa y violenta sin dejarse llevar por el descontrol ni
el exhibicionismo, siempre sobria y cortante, a la que sólo le falta algo más de
atención a la sensualidad y al misterio para ser perfecta. (9)
35. Barenboim/Sinfónica de Chicago (YouTube Colonia, 1993). Solo han pasado
unos años desde su grabación para Erato, pero lo cierto es que
aquí, al frente de una orquesta que no solo está a la altura de las
circunstancias, sino que toca la partitura como pocas o ninguna jamás lo ha
hecho (¡impresionantes las maderas, increíbles los metales, de escándalo la
cuerda grave!), Barenboim da la campanada con una interpretación que, sin ser la
más brutal de las posibles, tampoco la más sensual ni la más misteriosa, llega a
una admirable síntesis entre todos los aspectos de la obra –con preferencia por
los violentos: en este sentido se muestra muy ortodoxo– y la materializa con una
fuerza, una convicción, un control, una planificación de las tensiones, un
sentido del color y una claridad verdaderamente impresionantes, hasta el punto
de que se podría afirmar que esta es la mejor interpretación registrada hasta
esa ese momento. El problema es que esta filmación no está comercializada, y si se
encuentra disponible en YouTube es de manera temporal: tarde o temprano la
quitarán de en medio, como hicieron con la increíble Heldenleben que procedía
seguramente del mismo concierto. La imagen que deja que desear. La toma
sonora, aun con las limitaciones propias del medio, sí que es francamente buena,
sobre todo porque se beneficia de la insuperable acústica de la Philharmonie de
Colonia. (10)
36. Svetlanov/State Academic Symphony Orchestra (Classical Records). Interpretación –fecha desconocida– de corte agresivo y violento, de sonoridad áspera como pocas –en
gran medida por las características de la orquesta–, en la que el maestro
moscovita evidencia un desarrollado sentido del color y es capaz de ofrecer unos
momentos –Juego del rapto, con unas maderas tratadas de manera formidable– de
enorme electricidad, pero no logra organizar el conjunto, ni destilar el
apropiado sentido del misterio –introducción de la primera parte desaprovechada–, ni ofrecer variedad expresiva. Todo suena en exceso desaforado,
incluso un punto vulgar. La toma es buena, sin más. (7)
37. Tilson Thomas/Sinfónica de San Francisco (RCA, 1996). Soberbia interpretación de la línea dura, violenta, incisiva y de
gran pujanza rítmica, donde se controla con firmeza a la notabilísima orquesta y no
se descuidan los aspectos más misteriosos de la página. A la primera parte le
falta quizá un punto más de imaginación, pero la segunda alcanza la
excepcionalidad tanto en su introducción como en la danza del sacrificio,
absolutamente implacable. Increíble la toma sonora. (10)
38. Boulez/Sinfónica de la BBC (Medici Arts, 1997). Lastrada
por una toma de sonido muy discreta –el sonido prácticamente es
monofónico–, esta retransmisión televisiva del 31 de enero de 1997 es la única
filmación comercializada de Boulez dirigiendo esta partitura en la que tanto
tuvo que decir a lo largo de su carrera. La interpretación responde a lo que en
él era de esperar: tensa, aristada, incisiva y magníficamente construida de
extraordinaria claridad y contagioso sentido del ritmo, siempre dentro de un
estilo tan ortodoxo como impecable. Con respecto a su modélica grabación de
estudio para DG, esta es quizá un poco más inmediata, pero también menos
depurada en lo sonido, toda vez que en directo la London Symphony, de cuyas
maderas graves el maestro saca un extraordinario partido, no posee el
virtuosismo de la Orquesta de Cleveland, y en los últimos minutos, como era de
esperar, la violencia afloja un poco. (9)
39. Boulez/Joven Orquesta Gustav Mahler (DG, 1997). En comparación con su
registro en estudio seis años anterior, esta toma –de sonido no muy allá–
procedente del Festival de Salzburgo nos trae a un Boulez menos analítico,
riguroso y clarificador, incluso por momentos un punto descuidado, pero también
más inmediato y visceral, más arrebatado si es que cabe tal adjetivo para un
músico como el autor de El martillo sin dueño. Los resultados son un tanto
irregulares, sobresaliendo toda la segunda parte de La adoración de la tierra,
de una fuerza abrumadora. Una vez más, la Danza de la elegida sorprende por su
relativo apaciguamiento. (8)
40. Maazel/Sinfónica de la Radio Bávara (BR Klassik, 1998). Nada aporta en
especial el último testimonio comercializado de Lorin Maazel, excelente
concertador y batuta de trazo fino, atenta a la claridad y de desarrollado
sentido de las texturas, pero no muy en sintonía con una obra cuya violencia,
sensialidad, sentido del misterio y tensión interna se le terminan escapando.
Sobran, como en su grabación en Cleveland, un par de episodios amanerados de
esos “marca de la casa” para hacerse el interesante. Muy buena la toma en vivo.
(7)
41. Barenboim/Sinfónica de Chicago (Teldec, 2000). Al frente de una orquesta que sí
está a la altura de las circunstancias y de una toma sonora de excelente
calidad, Barenboim logra por fin materializar en una grabación comercial su concepto de la partitura basado
en una admirable síntesis entre los aspectos románticos y modernos, los
sensuales y los aristados, los misteriosos y los electrizantes, sin que cada uno
de ellos esté desarrollado en su plenitud, ciertamente, pero con elevada
atención a todos. Por ello, por la gran claridad de batuta y por la pasmosa
intervención de la orquesta, nos encontramos ante una posible referencia.
(10)
42. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (RCO Live DVD, 2002). Una
lástima que esta filmación solo se pueda obtener comprando una caja de compactos
de edición limitada, porque nos encontramos ante una versión muy personal que
destaca por su poderosísima e inigualable sensualidad, en tímbrica y fraseo,
mirando mucho a Rimsky pero sin perder el norte estilístico. El pulso es firme pero la planificación dosifica con mucho cuidado la violencia, que no es
especialmente brutal aunque sí muy efectiva en los momentos clave. Siendo la toma sonora de gran transparencia, la dinámica está comprimida. Pese a ello,
otra referencia. (10)
43. Rattle/Filarmónica de Berlín (DVD
“Esto es ritmo”, 2003). Aun en una línea claramente dura y tendente a
subrayar la brutalidad de la pieza, Rattle sabe extraer grandes dosis de
sensualidad y de misterio en pasajes como la introducción o toda la primera
mitad de la segunda parte, realizando algunos descubrimientos reveladores,
siempre de una línea antes extrovertida y espontánea que analítica o calculada.
El pulso se mantiene en todo momento y la coherencia interna es total.
Formidable la orquesta, con algunas intervenciones solistas llenas de intención.
La "edición normal" no incluye el ballet completo; la “edición del coleccionista” sí lo hace, y en dos versiones;
una la del ensayo general, con sonido estereofónico, y otra multicanal acompañando al
ballet, pero sin ruidos procedentes del escenario. La película, por si ustedes no lo sabían, es maravillosa. ¡No se lo
pierdan! (10)
44. Tilson Thomas/Sinfónica de San Francisco (DVD, 2004). Acompañando un fabuloso
documental sobre la obra maestra de Stravinsky, el director norteamericano vuelve a ofrecernos una recreación impresionante por virtuosismo,
arquitectura, fuerza, colorido, ritmo y estilo. Un DVD a tener, aunque existe también versión en CD. (10)
45. Salonen/Filarmónica de los Ángeles (DG, 2006). Versión bien
encaminada, llena de misterio como también de brutalidad, muy idiomática y llena
de tensión interna, pero que resulta algo tosca y muy tendente al ruido
gratuito. Falta claridad, en parte debido a una toma sonora espesa y exagerada
en las frecuencias graves. Un chasco. (7)
46. Jansons/Orquesta del Concertgebouw (RCO, 2006). La orquesta de Amsterdam
es, obviamente, muy superior a la de Oslo, y su último titular hace gala de
sensatez, buen gusto, más interés por el cuidado de las texturas que por el
golpe de efecto y un buen sentido del color digamos que “impresionista”, pero su
talento para trazar las tensiones sigue siendo muy limitado, como lo es también
–de hecho, es así en casi todo los repertorios que aborda– su capacidad para
ofrecer matices expresivos o decir cosas nuevas. El resultado, una lectura
ejecutada de manera portentosa pero aquejada de flacidez generalizada y muy
escasa en garra expresiva. Demasiada competencia en el mercado como para
prestarle atención. (7)
47. Gergiev/Orquesta del Mariinski (DVD Bel Air, 2008). Este DVD es una joya por
ofrecer la reconstrucción de la coreografía original de Vaslav Nijinsky, que aún
hoy sigue pareciendo extraña y desconcertante, con la escenografía y los
figurines correspondientes de Nicholas Roerich. Por desgracia, en el foso se
encuentran una orquesta en muy baja forma y un director no solo incapaz de
sostener las tensiones y de equilibrar los planos sonoros, sino entregado al
puro efectismo para disimular sus carencias. El resultado es una versión musical
deslavazada, confusa y bastante mal tocada que oscila entre lo canijo, lo
rutinario y lo chabacano. El cuerpo de baile del Mariinski tampoco parece gran cosa.
La toma sonora recoge por los canales traseros abundante ruido del público.
(3)
48. Rattle/Filarmónica de Berlín (Blu-ray y Digital Concert Hall, 2009). Bajo un
chaparrón, perfectamente audible a través de los altavoces, que mantuvo al
público del Waldbühne bastante agitado, el maestro británico ofrece una
interpretación que atiende tanto a los aspectos brutales de la página –sin
especial incisividad ni electricidad, pero con mucho empuje y descaro sonoro– como a
los más sensuales, sin complejos de mirar frente a frente tanto a Rimsky como al
impresionismo. Hay además detalles originales, como el arranque del fagot –mucho
más discutible que en el anterior registro de orquesta y director– o las
“exhalaciones” del arranque de la segunda parte, que estaban ya en Esto es
ritmo y quizá no se encuentran no tan conseguidas como lo harán en su filmación de 2012, que
desarrollará aún más la sensualidad. Desdichadamente la toma sonora tiene que
luchar contra la problemática acústica del aire libre y los resultados dejan que
desear, incluso en la edición en Blu-ray. Ni siquiera el sonido surround es
auténtico. (9)
49. Dudamel/Orquesta Simón Bolívar (DG, 2010). Ofrece Dudamel muy fresca y entusiasta, que se sitúa –estilísticamente hablando– en las antípodas de las que suele hacer Boulez: extroversión frente a introversión, espontaneidad y cierto carácter improvisatorio frente al rigor en la planificación, sensualidad en vez de austeridad, colorido por encima del ritmo… y una tendencia en absoluto disimulada por epatar con los decibelios y la percusión –recogida por una toma sonora de enorme gama dinámica, aunque algo turbia– frente a la soterrada construcción de las tensiones internas que caracteriza al director francés. Quizá, en este y en otros sentidos, resulte Boulez más propiamente stravinskiano, mientras que al maestro de Venezuela se le va un poco la mano y le salen sonoridades que miran al Romanticismo. Hay incluso algún rubato y algún portamento fuera de tiesto. La orquesta está francamente bien, y el colorido de sus solistas resulta ideal para recrear la “ebullición” que abre la partitura, que pocas veces se ha escuchado tan sugerente. En suma, una interpretación muy vistosa, que engancha desde el principio hasta el final y que resulta refrescante frente al excesivo rigor de otras aproximaciones, aunque también un tanto superficial y de cara a la galería. (8)
50. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall,
2012). El maestro británico ofrece una buena dosis de incisividad, desasosiego y tensión dramática,
que llega a ser paroxística en los finales de cada una de las dos
partes, pero lo que llama la atención es la atmósfera embriagadora, cálida,
evanescente y por momentos muy erótica que su batuta consigue con su fraseo
lleno de naturalidad –nada aquí de sequedad o de intelectualidad stravinskiana– y
una batuta que sabe extraer mil colores, de los más suaves a los más ásperos, de
una orquesta que parece superarse a sí misma cada día. Cierto es que algunos
pasajes concretos podrían alcanzar mayor fiereza o, por el contrario, estar
mejor paladeados, pero en contrapartida Sir Simon nos desvela algunas líneas que
generalmente desapercibidas y realiza algún que otro considerable hallazgo
(impagables las “exhalaciones” de la orquesta al arrancar la segunda parte).
(10)
51. Nézet-Séguin/Orquesta de Filadelfia (DG, 2013). como no podía ser menos en un disco dedicado a Stokowski, el sentido del color –desarrollado como en pocas grabaciones–, el impulso rítmico y la espectacularidad –bien entendida, no como con Don Leopoldo– son señas de identidad de una interpretación muy fresca y juvenil que deja bien claro el talento del joven nuevo titular de la mítica formación norteamericana, aunque quizá su inspiración no sea de primerísima altura. Al mismo tiempo, da la impresión de que el colorido no es muy rico, e incluso de que el entramado orquestal no está del todo bien delineado. La toma tampoco tiene toda la presencia debida, aunque las frecuencias graves son verdaderamente impresionantes. (9)
52. Currentzis/MusicAeterna (Sony, 2013). Lectura ante todo
esquizofrénica, en la que los pasajes introvertidos suenan particularmente
lentos y difuminados hasta el punto de rozar el disparate estilístico –la introducción es puro impresionismo–, y los
extrovertidos se aceleran y explotan con una brutalidad que tiene mucho más que
ver con la acumulación de decibelios y el regodeo en la percusión que con la
verdadera tensión interna bien planificada desde el arranque de cada una de las
dos mitades hasta los clímax finales. A la postre la arquitectura se resiente de
manera considerable y el resultado es un conjunto de pasajes yuxtapuestos en los
que la única lógica viene dada por la voluntad exhibicionista de extremar los
contrastes sonoros y expresivos, sin que la claridad orquesta, por su parte, sea
la mejor de las posibles. Entre todo ello, enormes hallazgos en las texturas y
en el diseño polifónico –sobre todo en la primera mitad de la segunda parte– y
momentos arrebatadores en el que uno no puede dejar de seguir la música con su
cuerpo. De hecho, la catarsis pretendida por Stravinsky queda por completo conseguida. La
toma sonora ofrece una amplia gama dinámica y gran relieve, pero no parece todo
lo limpia que debiera para estar a la altura de un sello como Sony Classical.
(7)
53. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 20 de abril de 2014). Repetición de la jugada, esta vez en el Festival de Baden-Baden y con unos
cámaras que se evidencian ser mucho menos habilidosas que los habituales en la
Philharmonie berlinesa. Por lo demás, nueva explosión de color y sensualidad por
parte de Rattle y sus chicos en la que vuelve a sobrar algún detalle concreto
–innecesariamente prolongados el solo inicial de fagot y el silencio antes del
acorde final, por ejemplo–, pero el nivel global vuelve a ser formidable. (9)
54. Rattle/Sinfónica de Londres (Blu-ray LSO, 2015). Si no llevo mal la cuenta, esta es la quinta filmación de Rattle interpretando la obra. Las anteriores eran con la Filarmónica de Berlín: la LSO, aun magnífica, no posee semejantes mimbres. En cualquier caso, el maestro británico revalida su posición como uno de los más grandes intérpretes de la página. Su secreto reside en reivindicar lo mismo que reivindicaba en la primera parte del programa: que lo “romántico” y lo “impresionista”, que voluptuosidad, la delicadeza o la magia poética, la sensualidad y el misterio, no están reñidos con la tensión, la vitalidad, el desgarro e incluso la violencia. Puede que haya algún pasaje mejorable, pero a cambio la interpretación se encuentra trufada de detalles magistrales. Solo hay que lamentar una toma que, siendo francamente buena el tímbrica y equilibrio de planos, adolezca de un poco de compresión dinámica. (9)
55. Chailly/Orquesta del Festival de Lucerna (Decca, 2017). El maestro
milanés sigue siendo un formidable recreador de este ballet,
fundamentalmente por su sentido del color y del ritmo, pero en cierto
modo se ha enredado con respecto a sus dos testimonios anteriores. El
rubateado del solo de fagot con que arranca la página parece advertirnos
de que Chailly intenta romantizar la obra. No es así, pero hacia el
final de la primera parte hay silencios en exceso teatrales, mientras
que en toda la sección inicial de la segunda se tiende hacia una cierta
languidez que busca el máximo contraste posible, creo que de manera
innecesaria, con una Glorificación de la elegida particularmente rápida y
brutal. La toma, siendo muy buena, no es la mejor posible. (8)
56. Heras-Casado/Orquesta de París (Harmonia Mundi, 2019). El problema de esta lectura, realizada con técnica incuestionable y muy bien puesta en sonidos por una orquesta en estado de gracia, es su falta de unidad. De coherencia en el concepto (¿”romántico” o “cerebral”?), de continuidad en las tensiones, de focalización del interés en el conjunto o en el detalle, de profundización en el análisis del tejido sinfónico, incluso de inspiración. El resultado es un conjunto de momentos aislados, mal hilvanados entre sí, en el que se suceden la implicación y la desgana, la garra dramática y la flacidez, la revelación de línea o colores interesantísimos y la rutina, todo ello sazonado por tremendos aciertos y pasajes mal resueltos. (6)
57. Nelsons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2021). Estaba claro que con una orquesta absolutamente sensacional y una batuta de tan portentosa técnica la ejecución tenía que ser impecable. Pero es que, además, hay muchísima lógica en el discurso horizontal –nada de discontinuidades ni de contrastes forzados–, perfecto equilibrio de planos sonoros y plena atención a todos los aspectos expresivos de la partitura. Podría pedirse, quizá, alguna línea concreta un poco mejor clarificada, un pelín más de poesía en algún momento, o la electricidad que consiguen determinados maestros, pero en conjunto se trata de una recreación tan ortodoxa como modélica que culmina en una Danza de la elegida absolutamente sensacional. Imagen 4K y sonido Dolby Atmos. (9)
58. Mäkelä/Orquesta de París (Decca, 2022). Con tan solo veintiséis años, Mäkelä logra ofrecer una lectura tan fresca y comunicativa como fabulosamente planificada, desconcertando un tanto en el arranque del fagot –a la manera de Chailly en Lucerna–, pero acertando plenamente al acentuar tanto lo que esta página tiene de atmósfera como su brutalidad sin necesidad de extremar los contrastes de manera artificiosa. Solo falta esa dosis especial de magia y poesía reservada a los más grandes. Formidable la toma. (9)
59. Mäkelä/Orquesta de París (Medici TV, 2024). En esta filmación en el Carnegie Hall, el maestro finlandés repite su espléndida aproximación, acertando especialmente en una segunda parte toda ella sensacional. Eso sí, hay que señalar cómo la orquesta parisina, aunque realiza una labor formidable, evidencia ciertos desajustes y algún despiste que no se produce, por ejemplo, en los live de una Filarmónica de Berlín, como tampoco en el CD del propio Mäkelä. Y es que, como el joven artista reconoce –otros maestros no lo hacen–, en sus discos hay mucho de “corta y pega” para corregir errores del directo. (9)