Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
He querido escuchar en un mismo día dos célebres grabaciones
de Fidelio de Beethoven que se han beneficiado del trasvase a alta definición. Una,
la de Otto Klemperer y la Philharmonia Orchestra registrada por EMI en el
invierno de 1962 a caballo entre el Kingsway Hall y los estudios de Abbey Road.
El segundo, el de Leonard Bernstein y la Filarmónica de Viena que los
ingenieros de DG grabaron en la Musikverein en febrero de 1978, poco después de
unas funciones en la Staatsoper con muy similar elenco. La primera la he escuchado
en el streaming de Qobuz a 192 kHz. La segunda, en el Blu-ray Audio editado en 2017.
Esta última ofrece un sonido natural y
confortable, pero la de Klemperer, siendo muy anterior, gana por goleada: yo
diría que, tras este nuevo reprocesado, es una de las grabaciones de ópera que
mejor suena de toda la primera mitad de los sesenta.
No tengo mucho que decir de la dirección de Klemperer, salvo
lo que siempre se afirma en lo que a su Beethoven se refiere: olímpico, granítico, monumental,
cargado de fuerza interna, estrictamente controlado, muy alejado de
cualquier arrebato y de una claridad inigualable. Bueno,
algo sí tengo que aportar: me parece por completo falso que se trate de una
interpretación oratorial, léase estática y carente de sentido teatral. En
absoluto. Escuchen lo que este señor hace con lo más débil de la partitura, obviamente
su primer tercio, para verificar lo que digo. Todo, absolutamente todo en su
dirección es de genialidad absoluta, aunque me gustaría destacar cómo el corrosivo
sentido del humor del de Breslau hace acto de presencia en la marcha de primer
acto, todo un descubrimiento. Increíble la orquesta, y al mismo nivel el coro,
en esta partitura por completo fundamental, bajo la dirección de Wilhelm Pizt.
A Christa Ludwig se le pueden reprochar ciertas tiranteces y
algún pasaje de agilidad no del todo depurado, pero su voz es preciosa, su
canto de enorme belleza y su riqueza expresiva la ideal para el personaje. Una
maravilla, como lo es también el Florestán de Jon Vickers, valiente, penetrante
y musical; hasta diría que su emisión leñosa resulta muy adecuada para el prisionero.
Gottlob Frick acierta por completo con un Rocco nada bobalicón, pero el inmenso
Walter Berry defrauda un poco como Don Pizarro: el personaje no le va. Bien a secas la
parejita de Ingeborg Hallstein y Gerhard Unger, algo desdibujada, y notable el
Don Fernando de Franz Crass.
De la dirección de Bernstein podía esperarse grandes arrebatos
temperamentales. Pues todo lo contrario: equilibrio, elegancia y belleza sonora
por encima de cualquier otra consideración en una lectura cien por cien
vienesa en la que manda la orquesta, en cierto modo heredera de la que estrenara
la obra. Pero ojo, dentro de esta óptica la calidad es máxima, destacando la mezcla de humanismo y espiritualidad que Lenny, mucho menos dramático que
Klemperer, con menor capacidad para los claroscuros pero en todo momento sensible
y detallista, es capaz de destilar. Interesantísima asimismo la picardía y el
carácter risueño ajeno a ñoñerías que extrae de los números más convencionales,
así como la concentración de un fraseo para derretirse. Interesantísima la
aportación del maestro a la hora de colocar la Leonora III, planificada de
manera asombrosa (¡qué dominio de las tensiones!), fundiéndola con el final de O
namenlose Freude!
Gundula Janowitz se mueve con cierta incomodidad, pero desplegando
mucho arte dentro de una línea perfecta para Bernstein, si bien no lo sería
tanto para Klemperer. En cualquier caso, maravillosa. De la intervención de René Kollo se han dicho cosas muy
negativas: yo creo que esa tensión, esa manera de moverse al límite, le viene
muy bien a su personaje. Muy correcto el Rocco de Manfred Jungwirth, como
también el Pizarro de Hans Sotin. No sé si eso es suficiente, la verdad. Muy
bien el Jaquino de Adolf Dallapozza, y sensacionales Lucia Popp y
Dietrich Fischer-Dieskau, Marzelline y Don Fernando respectivamente. Es por
ellos, y por las mil bellezas que la batuta extrae de los Wiener, por lo que
hay que conocer esta interpretación. La otra, la de Klemperer, es
imprescindible en una estantería con discoteca básica.
Esta comparativa de la Heorica salió por primera vez el 24 de abril de 2011. Pasamos de treinta y siete registros de la genial sinfonía beethoveniana a cincuenta, pero aun así queda muy incomplete. De las cajas de discos que me gusta coleccionar he ido poniendo en la estantería algunas que no he tenido tiempo de incorporar: la primera de Walter, las de Erich Kleiber y Solti con Viena, Markevitch, Ormandy, Böhm por partida doble, la analógica de Solti en Chicago, Tilson Thomas con la English Chamber, Muti, la digital de Karajan, Blomstedt en San Francisco... Por no hablar de los Haitink, Mehta, Thielemann y Dudamel que me aguardan en la Digital Concert Hall con los berlineses. O esa tan morbosa dirigida por Rattle en el que aparecen en la orquesta Kavakos, Mäkelä y Shani. De momento, ya vale.
1. Karajan/Staatskapelle de Berlín (DG y sellos varios, 1944). Aquí están ya, a sus treinta y seis años de edad, todas las características de Karajan: el sonido opulento, el fraseo noble y elocuente pero también algo pesado, el gusto por los grandes contrastes sonoros… Todo muy de cara a la galería. El primer movimiento está bien, aunque resulte un pelín blando por momentos. En la marcha fúnebre hay más pose que otra cosa. Bien el scherzo y muy fogoso el Finale. Magnífica la orquesta, de sonido muy empastado y por completo adecuado para Beethoven. (7)
2. Furtwängler/Filarmónica de Viena (Tahra, 1944). He aquí a Furt en el cénit de su estilo: flexible, creativo, visceral y comprometido, inyectando una tensión dramática implacable y acentuando los aspectos más visionarios de la partitura, particularmente en una marcha fúnebre tan gótica como rebelde. Todo ello, eso sí, controlando los elementos de manera prodigiosa para no desequilibrar en momento alguno la arquitectura ni dejar de desplegar la imprescindible cantabilidad humanística en los momentos adecuados. Espléndida la remasterización para SACD. (10)
3. Walter/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1949). En esta su segunda grabación estadounidense, el anciano Walter –setenta y dos años– alcanzó un perfecto punto de equilibrio entre pasión y control. Su recreación es incandescente y se encuentra llena de conflictos, pero la batuta no se deja llevar por el impulso del momento, no altera la naturalidad de un discurso cuya flexibilidad es sutil, como tampoco necesita recurrir a ataques incisivos ni a descargas de electricidad. Hay espacio para que la música respire, que las melodías canten, que las transiciones suenen con carácter orgánico. También para la belleza sonora, al igual que para la rusticidad bien entendida -Scherzo-. Y para el humanismo, aunque el maestro se mueva en un terreno muy diferente al de un Furtwängler. Tan solo decepciona –de manera relativa– el último movimiento: aquí sí que va algo más rápido de la cuenta, sin detenerse en las posibilidades que brinda la agógica ni en diferenciar los ambientes expresivos de las variaciones, que se suceden de manera algo lineal. Por lo demás, la orquesta suena de manera mucho mejor de lo que acostumbra, con una depuración sonora que deja testimonio de una importante labor de ensayos detrás. La toma sonora, rescatada no hace mucho en alta resolución, es un prodigio para la fecha por definición tímbrica, equilibrio de planos y gama dinámica. (8)
4. Erich Kleiber/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1950). Soberbio el primer movimiento, pura electricidad made in Kleiber pero sin dejarse llevar por la precipitación, atendiendo a la claridad y ofreciendo muy atractivas soluciones de flexibilidad agógica. La incandescencia sigue en una marcha fúnebre magníficamente planteada en la que se pueden echar de menos el carácter gótico y la rebeldía de un Furtwängler, pero que en su línea es toda una referencia, sobre todo contando con el respaldo de la maleabilidad de la formación holandesa. A partir de aquí, la cosa funciona muchísimo menos bien: en el Scherzo el maestro confunde vigor rítmico con machaconería, mientras que en el Finale se deja llevar por el temperamento y pasa por encima de muchas bellezas, atmósferas y significados que en él se esconden. No muy allá la toma. (8)
5. Furtwängler/Filarmónica de Viena (EMI, 1952). En comparación con su grabación en vivo con la misma orquesta ocho años anterior, Furt ofrece una recreación más lenta, no tan flexible –aunque lo siga siendo–, menos espontánea y más madura. Ha perdido inmediatez, visceralidad, rebeldía y garra dramática, pero ha ganado en grandeza, densidad, humanismo y profundidad filosófica, todo ello dentro de un enfoque al mismo tiempo gótico y filosófico que algunos confundirán con “brumas wagnerianas”. Quizá también se haya ganado ahora en belleza sonora, destacando en este sentido la maravillosa plasticidad con que trata a la cuerda vienesa. Que los metales dejen un tanto que desear –no nos engañemos, la orquesta no era en los cincuenta lo que será una década más tarde– apenas empaña una lectura que sigue siendo de obligado conocimiento. Magnífico el reciente rescate a nada menos que 192 kHz: suena mucho mejor que antes. (10)
6. Karajan/Orquesta Philharmonia (EMI, 1952). El Karajan de la Philharmonia fue el menos Karajan y el más Toscanini. No es que el salzburgués imitara al de Parma, ni mucho menos, pero sí que era deudor de su línea, al menos en Beethoven: vigor rítmico, sequedad en los ataques, desinterés por el carácter orgánico del fraseo y –por ende– de la flexibilidad, y un desarrollado carácter dramático, léase teatral. A todo esto, Karajan añade de su cosecha grandes contrastes dinámicos, un músculo muy centroeuropeo, mayor cantabilidad –escasita en Toscanini– y una dosis muy superior de belleza sonora. El resultado es una interpretación de enorme solidez, soberbiamente tocada y muy bien llevada, que se mueve dentro de unos parámetros expresivos la mar de sensatos pero que no termina de emocionar: suena mucho antes exterior que sincera. Me gusta más que la anterior con la Staatskapelle de Berlín, en cualquier caso. El reprocesado en alta resolución que ahora circula es bastante potable. (8)
7. Knappertsbusch/Filarmónica de Múnich (MPhil, 1953). La enorme separación de los dos acordes que abren la genial sinfonía ya nos hace arquear una ceja. En seguida la cosa se pone mucho peor: morosidad extrema, blandura en la articulación, flacidez, ausencia de contrastes... El problema no está en la enorme lentitud, sino en la ausencia de pulso. ¿Falta de técnica de batuta o inexistencia de ensayos? Porque la orquesta no solo toca como dormida, sino también sucia y sin suficiente empaste. Después de unos cuantos (¡interminables!) minutos la cosa empieza a arreglarse, las tensiones se acumulan y se alcanzan momentos notables dentro de una línea tradicional que, eso sí, tiene poco que ver con un Furtwängler o un Karajan, al tiempo que se encuentra en el extremo opuesto a un Erich Kleiber. Interesante la Marcha fúnebre, de nuevo muy alejada de los directores citados. Su enfoque es lírico y efusivo, beneficiándose de un tratamiento sensual de la cuerda y de un fraseo que posee flexibilidad y morbidez. En los dos últimos movimientos hay de todo: momentos de blandura, pasajes de apreciable tensión interna, detalles interesantísimos, excentricidades múltiples, grandeza humanística, serias discontinuidades... Lo siento, pero el conjunto no funciona. Para los amantes de las puntuaciones: 3 puntos para el primer movimiento, 7 para el segundo, 5 para los otros dos. Aceptable sonido monofónico. (5)
8. Walter/Sinfónica de Columbia (CBS, 1958). Cuando Walter se trasladó a la costa californiana y empezó a grabar en estéreo, poniéndose al frente de una formación regularcilla que mezclaba a la Filarmónica de Los Ángeles con los músicos de las orquestas de Hollywood, su estilo cambió de manera sustancial. Esta Heroica se parece poco a la de nueve años atrás. Los tempi son más amplios, la articulación mucho menos incisiva, el legato más marcado. El fuego da paso a la cantabilidad, a la ternura incluso, pero no siempre para bien. De hecho, el primer movimiento le sale ahora menos bien: no solo suena otoñal, sino que a veces roza la blandura. Ofrece, eso sí, interesantísimos juegos agógicos que demuestran el olfato del veterano maestro a la hora de jugar con grandes arcos de tensión. La marcha fúnebre no es gótica ni rebelde; más bien serena, reflexiva y con su punto de espiritualidad, lo que no impide que los clímax dramáticos se encuentran muy bien resueltos. Irreprochable el Scherzo, y bastante más conseguido que antes el Finale. La toma ha ganado mucho en calidad tras el nuevo reprocesado: procuren escucharla en alta resolución. (8)
9. Cluytens/Filarmónica de Berlín (EMI, 1958). El maestro apuesta por una interesante tercera vía a medio camino entre el rigor toscaniniano y la flexibilidad alemana, ofreciendo así una lectura dicha de un solo trazo, directa y comunicativa, amén de espléndidamente tocada, que busca la intensidad aun procurando no ofrecer demasiado pathos ni interesándose en claroscuros. Se echa en falta, eso sí, un grado más de creatividad, de compromiso, al menos en un movimiento conclusivo no del todo trabajado. (7)
10. Fricsay/Filarmónica de Berlín (DG, 1958). Interpretación lenta, muy paladeada, muy bien desmenuzada –hay hallazgos sensacionales en el último movimiento– y de enfoque más bien introvertido y meditativo, en la que siempre la batuta se muestra muy controlada y no hay lugar para el arrebato. El primer movimiento, de carácter “gótico” muy atractivo, se ve lastrado por cierta discontinuidad y caídas de tensión, aunque en contrapartida alberga momentos magníficos. Meditativa y reposaba, pero en absoluto exenta de fuerza dramática, la marcha fúnebre. Scherzo fluido y natural, nada pimpante. El Finale comienza en exceso dulce y sin especial garra, pero luego va mejorando y consigue momentos de gran densidad., siempre en un enfoque más filosófico que dionisíaco. Muy amplia la gama dinámica de la grabación. (8)
11. Klemperer/Philharmonia Orchestra (EMI, 1959). Este es el punto más alto de todo el ciclo sinfónico beethoveniano del de Breslau, puro granito –arquitectura milimétricamente planificada, tan sólida como bien trazada en sus líneas maestras y clarificadas en su entramado polifónico– al servicio de un concepto tan severo como hondo y reflexivo en el que la fuerza, la tensión e incluso el desgarro quedan bien patentes sin que el monumental edificio se resiente lo más mínimo. Un tremendo ejercicio, pues, de equilibrio entre romanticismo y distanciamiento, entre intelecto y emoción, que si en el movimiento inicial ofrece una densidad sonora y dramática irresistible, en el segundo alcanza una fuerza visionaria como quizá ningún otro maestro haya alcanzado. En los dos últimos, ni que decir tiene, no hay lugar para la distensión ni la chispa, aunque tampoco el maestro hace gala de su sentido del humor sarcástico: el músculo y la más tensa severidad vuelven a imponerse, impregnadas de una enorme grandeza filosófica y humanística. Diríase que con Klemperer, pese al amargor que preside toda su lectura, aún hay espacio para la trascendencia. Con el aún más radical Barbirolli se perderá toda esperanza. El reprocesado de 2023 ofrece un sonido asombroso. (10)
12. Leibowitz/Royal Philharmonic (Chesky, 1961). Apartándose de la tradición romántica y abriendo el camino –sin saberlo– la interpretaciones historicistas, Leibowitz dirige con nervio y electricidad optando por una articulación muy ágil, atenta al staccato, incisiva en los ataques y relativamente aristada en la tímbrica. Ahora bien, su deseo de no moldear la agógica hacen que el resultado termine siendo no ya plano y cuadriculado, sin pathos ni poesía, sino abiertamente machacón. Lo más flojo es la marcha fúnebre, aunque su clímax alcance una considerable rebeldía, y lo mejor es el tercer movimiento. Los metales suenan algo destemplados y la cuerda no siempre está fina. Toma sonora asombrosa. (6)
13. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1962). Aunque las maneras son parecidas a las de su registro con la Philharmonia diez años anterior, el cambio de orquesta le permite ser a Karajan más el mismo. O quizá, sencillamente, ir modelando el que todos conocemos, porque su personalidad tiene mucho que ver con la de los propios Berliner Philharmoniker. El vigor rítmico sigue ahí, pero ahora el maestrissimo tiene mayores oportunidades de gustarse a sí mismo, de ofrecer mayores contrastes entre suntuosidad y refinamiento, de añadir amabilidad, de dejarse llevar por un preciosismo en determinadas frases… De aburguesar a Beethoven, en definitiva. La calidad de la toma en el Blu-ray audio resulta una gratísima sorpresa. (7)
14. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1964). Un Beethoven dionisíaco, impulsivo, que busca recrearse en el ritmo y en los grandes contrastes sonoros, más espectacular que hermoso o refinado, planificado en función de momentos llenos de impulsos antes que por el estudio minucioso de las tensiones, por ende bastante epidérmico, y carente del humanismo y la reflexión que la música necesita, pero de tan enorme comunicatividad que es difícil resistirse a él. Muy notable sonido en alta resolución. (7)
15. Schmidt-Isserstedt/Filarmónica de Viena (Decca, 1965). Ya un arranque falto de gas nos advierte de que algo no va a terminar de funcionar en esta interpretación. Efectivamente: el maestro frasea con nobleza y naturalidad, sin precipitarse ni resultar cuadriculado, y –por descontado– obteniendo un gran partido de la magnífica orquesta, tratada con particular elegancia. Pero la tensión se distribuye de manera irregular, de tal modo que junto a momentos poderosos hay otros sin la tensión y energía suficientes, dando como resultado una recreación en exceso apolínea, discontinua en el trazo y algo aburrida. (7)
16. Barbirolli/Sinfónica de la BBC (Warner, 1967). Esta es la Heroica más negra de la historia del disco. Lenta, a veces lentísima, pero de una tensión abrumadora. Gótica a más no poder. Plagada de ataques ásperos e incisivos por parte de unas maderas no precisamente sensuales. Fraseada con una cantabilidad cargada de amargura, particularmente en las frases líricas del primer movimiento. Portentosamente planificada hacia clímax de fuerza indescriptible (increíble crescendo a partir de 15’03’’ en el primer movimiento, por no hablar de los momentos más rebeldes del segundo, especialmente el de 7’10’’). Trabajada con una plasticidad asombrosa a la hora de moldear a la cuerda (solo un ejemplo: de infarto la melodía a partir de 1’18’’ de la marcha fúnebre) o de equilibrar planos sonoros. Todo ello sin rastro de ese humanismo, esa ternura y esa humanidad de otros maestros. Aquí no hay concesiones. menos aún que con Klemperer: el sonido de Sir John es mucho menos granítico, menos masivo, más áspero, mucho menos entroncado con la "gran tradición germánica". Por otra parte: mientras el de Breslau cargaba de sesuda hondura filosófica a su recreación, y por ende se mantenía a cierta distancia del sufrimiento que destilan los pentagramas, aquí solo hay espacio para el dolor. La Sinfónica de la BBC se encuentra a distancia de las grandísimas orquestas que han grabado esta página, pero aún así realiza una formidable labor bajo una batuta que la trata con mano maestra. Cuestiones expresivas aparte, ¡qué técnica la de Barbirolli! Escuchen el cuarto movimiento: ni un solo director lo ha desmenuzado con tan increíble claridad. Y probablemente nadie ha cantado con mayor inspiración el tema de Las criaturas de Prometeo, ni lo ha integrado con mayor coherencia en un todo que, aun manteniendo la más depurada elegancia en la exposición, desprende tremenda potencia sonora y expresiva. En alta resolución suena de escándalo. (10)
17. Kubelik/Filarmónica de Berlín (DVD DG, 1967). Una recreación impresionante que, no siendo especialmente desgarrada ni visionaria, seduce y emociona por la naturalidad con la que fluye, por la comunicatividad de la batuta, por la flexibilidad del fraseo y por la plasticidad con la que está manejada la orquesta, cuyo sonido oscuro paradójicamente le sienta muy bien al terciopelo habitual en Kubelik. Todo ello adoptado un punto de vista humanístico y lírico que sabe alcanzar dramatismo en la marcha fúnebre y también el adecuado carácter dionisíaco y festivo en el último movimiento. (9)
18. Barshai/Orquesta Sinfónica (Melodiya, 1969). Aquí se ponen en primera línea el ímpetu rítmico, la incisividad y la electricidad de las líneas melódicas, admirablemente clarificadas, así como un sentido combativo que renuncia a la frivolidad, mientras que se ven relegadas la sensualidad, la emotividad lírica y el sentido humanístico. En general la versión tiene empuje, perfecto control y el adecuado carácter combativo y escarpado, pero le faltan la emotividad y la dimensión humanística necesarias para ofrecer una visión realmente completa; resulta demasiado unilateral, poco comunicativa y algo desangelada, sobre todo en los dos primeros movimientos. El tercero está muy bien y el cuarto está admirablemente planificados, terminando en una coda muy briosa. La orquesta funciona relativamente bien, con algunas debilidades en los metales, y suena con una atractiva aspereza. (6)
19. Klemperer/New Philharmonia (Blu-ray BBC, 1970). Después de muchas décadas moviéndose en los terrenos de la “gran tradición”, Herr Klemperer fue modelando su novedoso y personalísimo estilo a lo largo de la segunda mitad de los cincuenta. Con él ascendió al Olimpo durante la primera mitad de los sesenta, pero a partir de ahí fue radicalizando tanto sus señas de identidad que los resultados empezaron a moverse dentro de esa finísima línea que separa lo absolutamente genial de lo en exceso unilateral. Es justo lo que le pasó en su ciclo Beethoven en directo de 1970: el concepto del de estudio en estéreo es el mismo, pero las lentitudes se hicieron aún mayores, el fraseo más tenso en lo armónico, las sonoridades más graníticas –sin merma de la claridad, siempre enorme–, el carácter todavía más hosco. No es fácil entrar en el juego, y lo que un día a los que somos sus rendidos admiradores nos parece maravilloso, al siguiente no nos lo resulta tanto. Es lo que me ha pasado a fecha del 23 de junio de 2026: he vuelto a este vídeo y me ha costado trabajo llegar hasta el final. De acuerdo, la marcha fúnebre es descomunal, las últimas variaciones del cuarto movimiento alcanzan una fuerza que solo escuchándola puede creerse, pero en esta música hay más cosas, muchas más de las que Klemperer ve en ella. Con las mismas lentitudes, Daniel Barenboim fue capaz de decirlas en aquella recreación que le escuché en Bremen el pasado verano. En cualquier caso, una interpretación descomunal, con independencia de que la orquesta nos sorprenda con algunos pequeños desajustes aquí y allá que hoy no comete, por ejemplo, una Filarmónica de Berlín. El Blu-ray es carísimo, pero se ve y se oye de manera aceptable. El YouTube es un horror. Usted verá si le merece la pena la compra. (10)
20. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD DG, 1971). No hay sorpresas aquí: el maestro hace de sí mismo. Magnífico su primer movimiento:intenso, portentosamente sonado y muy tenso. El segundo, soberbiamente sonado y trazado, resulta superficial, deplegando más brillantez y rotundidad que pathos. El tercero y el cuarto son cálidos y comunicativos, quedándose un tanto en la superficie. Impresionante la sonoridad de la orquesta y la seguridad del trazo de la batuta. En cuanto a la filmación, el narcisismo de este señor no conocía sentido de ridículo. (7)
21. Kempe/Filarmónica de Munich (EMI, 1972). El tantas veces infravalorado maestro sajón, por lo general espléndido en este repertorio, nos ofrece una lectura de perfecto equilibrio entre nobleza, lirismo y garra dramática, maravillosamente paladeada y sutilmente acentuada, con un segundo movimiento más emotivo que desgarrado y un cuarto que, sin llegar a lo visionario, despliega grandeza sin retórica ni pesadez alguna. (9)
22. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG Bluy-ray Audio, 1975-77). Más de lo mismo. Aun de enfoque antes épico que dramático, el primer movimiento resulta admirable por su empuje bien controlado, por la portentosa plasticidad con que están tratadas las masas sonoras –empaste perfecto, robustez sin excesos, densidad sin merma de la claridad–, por su brillantez bien entendida y, sobre todo, por la convicción que desprende. Menos bien funciona la marcha fúnebre, sensualísima en la sonoridad e increíblemente bella en su canto, pero poco o nada rebelde en sus clímax, menos aún visionaria: más bien pacífica y resignada, cuando no erróneamente opulenta. El Scherzo está dicha con una perfecta mezcla de músculo y elegancia, aun sin resultar del todo electrizante. Y toda la primera mitad del Finale resulta luminosa, jovial y optimista a más no poder para luego decantarse por la grandilocuencia glorificadora, sin rastro de la tragedia anterior ni de pliegues expresivos: a Napoleón le hubiera encantado. Excelente sonido en Blu-ray audio. (7)
23. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD y Blu-ray audio DG, 1978). Aunque el idioma es irreprochable y la orquesta está trabajada con mano maestra, la lectura resulta algo deslavazada. El primer movimiento alcanza momentos de mucha fuerza, pero no destila la necesaria desazón en los pasajes líricos; da incluso la impresión de que la planificación es algo tosca. La marcha fúnebre, más introvertida que rebelde, parece algo escasa de fuelle, incluso más tristona que doliente, aunque es imposible no dejarse seducir por la redondez y belleza de las trompas en los momentos más encrespados. Flojísimo el scherzo, soso y desganado. Por fin en el cuarto, aun con altibajos, Bernstein hace gala del entusiasmo en él esperable. ¡Y qué bellísimo canto de las maderas! Impresionante la toma en Blu-ray audio. (7)
24. Giulini/Filarmónica de Los Ángeles (DG, 1978). Aunque la elegancia, la naturalidad y la claridad sean asombrosas –revelador juego de maderas en el primer movimiento–, parte de la interpretación se ve lastrada por una extraña blandura, sobre todo en el primer tema del primer movimiento y, sorprendentemente, en un scherzo dicho con elegancia y con la misma admirable depuración sonora de la que el maestro italiano hace gala a lo largo de toda la obra, pero escaso de fuerza y vitalidad. La marcha fúnebre comienza algo tristona, pero luego adquiere la suficiente elocuencia poética. Obviamente Giulini no pretende ofrecer una lectura rebelde o escarpada de esta música, sino más bien esa mezcla de dolor, reflexión y sentido humanístico, revestida siempre de la más exquisita belleza formal y contenida en todo momento por un desarrolladísimo sentido de la mesura digamos “clásica”, que caracteriza su personalidad interpretativa. El último movimiento, expuesto perfecta lógica y admirable transparencia, vuelve a ser antes apolíneo que dionisíaco y llega a resultar un punto distanciado, lo que no le impide al maestro alcanzar verdadera excelsitud lírica en la variación nº 9 (¡escuchen desde 6’47’’!) y luego alcanzar enorme grandeza en la nº 10, cuya atmósfera digamos “gótica” (desde 11’23’’) también se encuentra admirablemente conseguida. La coda está llena de fuerza sin necesidad de ceder al arrebato. Lo que sí entusiasma es la toma sonora, ya espléndida en origen y ahora impresionante en formato de alta resolución. (8)
25. Celibidache/Filarmónica de Múnich (EMI, 1987). Es muy dudoso que la sonoridad de esta interpretación sea verdaderamente beethoveniana tomando como referencia la tradición centroeuropea –y no digamos a la escuela historicista–, como también lo es que el rumano sintonice con el contenido expresivo de la partitura. Por momentos su recreación suena sin la garra dramática y la electricidad necesarias, en exceso suave, incluso –arranque de los movimientos impares, alguna de las variaciones del cuarto– un punto blanda. Sin embargo, es difícil sustraerse de su fraseo flexible, natural y efusivo, de su hermosísimo legato, de su cálido empaste en el que todas las voces como principal bondad de su apuesta, de la profunda reflexión humanística que alberga una marcha fúnebre nada rebelde, pero de singular hondura. (8)
26. Brüggen/Orquesta del Siglo XVIII (Philips, 1987). Esta fue en su momento una importantísima interpretación, porque con ella el maestro holandés demostró que se podía renovar profundamente la sonoridad de esta música sin que, al contrario de lo que había ocurrido con las propuestas historicistas más pioneras, se perdiese la esencia expresiva de Beethoven. De este modo, Brüggen supo ofrecer con instrumentos originales una magníficamente planteada interpretación, sobria, dramática y por completo ajena a la retórica vacua, puesta en sonidos con una rusticidad de lo más atractiva que decía bastantes cosas nuevas. Eso sí, nunca ha sido precisamente Brüggen un intérprete cálido ni rico en la expresión: cierta sosería expresiva termina lastrando los resultados. (8)
27. Dohnányi/Orquesta de Cleveland (Telarc, 1988). Nos encontramos aquí ante una interpretación realizada de un solo trazo, sin altibajos ni puntos muertos, sincera, muy musical y estupendamente tocada, que se caracteriza por su fuerza, impulso y entusiasmo bien controlados, en la que sobresale la tensión dramática de la marcha fúnebre. Faltan, no obstante, ideas que aporten claroscuros al resto de los movimientos, un tanto unilaterales en su brío y su luminosidad, no del todo paladeados y un tanto rígidos, pese a que aparecen en algunos momentos matices que demuestran que el maestro sería capaz de ofrecer ideas inteligentes si hubiera trabajado a fondo la partitura. Toma algo turbia. (8)
28. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1989). No es este el más feliz testimonio de quien fue un inmenso beethoveniano. Primer movimiento decidido, enérgico, con mucha garra; también algo cuadriculado, poco flexible, incluso epidérmico. El segundo está llevado con muy buen pulso, pero falta el trasfondo humanista y de nuevo se echan de menos imaginación y flexibilidad. Tercero vibrante, algo expeditivo el Trío. El cuarto, vistoso y encendido, resulta epidérmico en el peor de los sentidos: pocos matices y escasa hondura. Las dinámicas tienden al forte y se encuentran poco matizadas, aunque a nivel técnico sea difícil superar en virtuosismo a los chicagoers. (7)
29. Harnoncourt/Orquesta de Cámara de Europa (Teldec, 1990). El ciclo beethoveniano de Harnoncourt fue atrevido en sus planteamientos –mezcla de instrumentos antiguos y modernos, renovador equilibrio de planos sonoros, expresión altamente dramática– y abrió una nueva vía interpretativa, pero los resultados fueron muy irregulares. Esta Heroica flojeó de manera considerable: aunque la velocidad de los tempi impide que decaiga la tensión y la incisividad harnoncourtiana resulte muy atractiva, la rutina se impone muy por encima de determinados ataques de violencia y la interpretación, poco matizada en lo expresivo e insincera, se termina haciendo muy aburrida. En cualquier caso, mejor los dos últimos movimientos que los primeros, francamente mediocres. (6)
30. Colin Davis/Staatskapelle de Dresde (Philips, 1991). Hay nobleza, flexibilidad y naturalidad en el fraseo, así como una enorme elegancia y una renuncia a cualquier efectismo dentro de una visión clásica, muy equilibrada, algo otoñal, ajena al arrebato y siempre comunicativa, beneficiada por una orquesta de hermosísimo sonido, pero Sir Colin no termina de calar en el significado de la sinfonía. Al primer movimiento le falta tensión dramática. El segundo resulta algo tristón y apagado. El tercero sí está muy bien. Al cuarto, siendo notable, no termina de darle unidad. (8)
31. Gardiner/Orquesta Revolucionaria y Romántica (DG, 1993). El británico lo tuvo siempre claro: hacer el Beethoven de Toscanini con instrumentos originales: rapidez en los tempi, rigidez, sequedad, gran tensión dramática y absoluto desinterés por los aspectos "góticos" de la página. Se queda en la epidermis de la obra, claro está, pero la versión está tan bien realizada –salvando los apuros de las trompas– y despliega tanta energía que termina enganchando. (7)
32. Savall/Le Concert des Nations (Auvidis-Alia Vox, 1994). Aunque el disco no fue lanzado hasta 1997, la toma corresponde a enero de 1994, un momento en el que el Beethoven “históricamente informado” estaba tomando forma. Las sesiones tuvieron lugar, según cuenta el propio Savall, durante una larga madrugada del mes de enero: a las siete de la mañana estaban grabando el segundo movimiento. Dice el maestro que, pese a tener tras de sí una gira de conciertos, la página sonó con “esa energía profunda que hay que buscar cuando la carne y el cuerpo ya casi no tienen reservas. Hasta entonces nunca habíamos interpretado esa marcha fúnebre de modo tan dramático y tan emotivo”. No vamos a negarle al de Igualada lo de la energía: en su recreación la hay a raudales. Tampoco vamos a regatear la sabiduría que desprenden sus notas y la justificación para usar instrumentos originales y una articulación por completo diferenciada de la tradición. Hoy eso ya no asusta a nadie. Ahora bien, precisamente con esa misma perspectiva que nos da el tiempo, lo que aquí encontramos no aporta nada frente a la propuesta de Gardiner grabada el año anterior. Tampoco se despega mucho del ciclo Harnoncourt que, con instrumentos modernos, se estaba realizando por las mismas fechas: seguimiento de las muy discutibles indicaciones metronómicas de Beethoven –velocidad de vértigo–, sequedad en los ataques, rigidez en el fraseo, cuerda sepultada por el viento, percusión desmadrada –lamentables las intervenciones del genial Pedro Estevan– y una dosis de agresividad innecesaria que no solo no pone de relieve los aspectos más visionarios de este música, sino que los fulmina por completo. Los dos primeros movimientos pueden enganchar por su electricidad, pero la carga dramática y el humanismo brillan por su ausencia. El tercero ofrece una sanísima rusticidad, mientras que el cuarto me parece un desastre. No está nada claro que la remasterización de Alia Vox suene mejor. (5)
33. Barenboim/Filarmónica de Berlín (DVD TDK y Blu-ray Euroarts, Versalles, 1997). En el primero de sus registros de la obra el de Buenos Aires hace gala, como no podía ser menos, de un irreprochable lenguaje beethoveniano y de una perfecta sintonía con el contenido expresivo de la partitura, a la que aborda con decisión, sentido dramático y no poco amargor. Saca excelente partido del sonido robusto de la orquesta –impagable la cuerda grave– y de la musicalidad de sus solistas, sabiendo al mismo tiempo mantener el pulso, el equilibrio polifónico y un fraseo siempre flexible y natural. La cuestión es que esta lectura un tanto adusta será enriquecida en sus acercamientos posteriores no solo con un grado superior de inmediatez y tensión sonora, sobre todo en una marcha fúnebre que él mismo sabrá llevar al borde del abismo, sino también con mayores dosis de calidez, lirismo e incluso sentido del humor, lo que no impide que el último movimiento de esta interpretación versallesca sea ya formidable. La imagen el BR ha ganado considerablemente en definición con respecto al DVD, pero los colores parecen un punto saturados. (9)
34. Barenboim/Staatskapelle de Berlín (Teldec, 1999). Ahora sí, todo es extraordinario: desde el idioma de la batuta hasta la ejecución de la orquesta, pasando por el análisis de texturas y colores, la arquitectura global, la efusividad del fraseo y la imaginación aplicada en la agógica, siempre dentro de un enfoque rebelde y dramático en el que, pese a todo, no hay descontrol alguno sin pérdida de la belleza sonora. Impresionante la toma si se la escucha en alta definición. (10)
35. Brüggen/Orquesta del Siglo XVIII (YouTube, Japón, 2002). Como su grabación para Philips, resulta admirable el planteamiento, sobrio, dramático y rebelde del maestro holandés, capaz de encresparse en la marcha fúnebre y de resultar entusiasta y dionisíaca en el cuarto movimiento, siendo magnífico también el tercero por su empuje y rusticidad bien entendida. Eso sí, de nuevo se echan de menos algo de vuelo lírico y emotividad, sobre todo en el primer movimiento. La coda final resulta atropellada. (8)
36. Rattle/Filarmónica de Viena (EMI, 2002). Lectura pseudohistoricista de tímbrica afilada e incisiva, tempi premiosos y gran agilidad que destaca por su extrovertido primer movimiento, trazado con ímpetu y gancho. La marcha fúnebre carece de atmósfera y poso dramático, buscando epatar con los decibelios y con la teatralidad, pero sin resultar sincera. Ágil y muy dinámico el scherzo, pero también un tanto frío, incluso demasiado calculado. En el último movimiento hay claras aportaciones historicistas, entre ellas alguna sonoridad estridente que no viene mal, pero de nuevo el problema es la superficialidad de la batuta, que puede llamar la atención con su brillo pero a la que le falta poesía, imaginación y sinceridad. (6)
37. Paavo Järvi/Deutsche Kammerphilharmonie Bremen (RCA, 2005). En esta integral sinfónica el hijo de Neeme se apuntó al mismo tiempo tanto a la nueva edición Bärenreiter de Jonathan del Mar, lo que está muy bien, como a la tercera vía interpretativa abierta por Harnoncourt, lo que puede no serlo tanto. No se trata de que mezclar instrumentos modernos y antiguos al tiempo que se renueva la articulación bajo parámetros “históricamente informados” sea malo en sí mismo. Es que hay que saber exactamente qué idea expresiva se busca con ello. Y claro, entre que es uno de los pioneros en esta senda y que Paavo nunca ha sido un director particularmente fino ni inspirado, el resultado es una interpretación muy cuadriculada, violenta y seca, endiablada en sus tempi, ajena a cualquier suerte de sensualidad, que parece deber más a Toscanini que al citado Harnoncourt y en la que lo mecánico sustituye a la verdadera vida interna. Los oídos se cansan muy pronto de tantas descargas gratuitas de adrenalina, de tan exagerados claroscuros y de contrastes tan poco sutiles. Vistosidad hay, pero el pálpito interno, la emoción y la belleza brillan por su ausencia. Por si fuera poco, el sonido en SACD deja que desear. Un fiasco. (5)
38. Antonini/Kammeorchester Basel (Sony, 2006). Radicalizando los planteamientos de Harnoncourt, el maestro italiano propone, como Paavo Järvi pero más a lo bestia, una interpretación enérgica y toscamente planificada, parca en cantabilidad, basada casi exclusivamente en tempi muy rápidos y en contrastes dinámicos efectistas: pura brocha gorda, nada de minuciosidad en la planificación. Los matices expresivos brillan por su ausencia. La orquesta no es mala, si bien la cuerda suena demasiado canija y los metales no se muestran siempre seguros. Al menos la claridad no se ve empañada y se ofrece una interesante incisividad. Lo mejor, un dinámico tercer movimiento, con unas trompas adecuadamente rústicas, destacando asimismo la entusiasta coda del finale. El resto es muy plano y aburre. (4)
39. Tilson Thomas/San Francisco (DVD Keeping the Score, 2006). Gran fiasco: el documental adjunto es magnífico, pero la interpretación deja mucho que desear. La arquitectura es buena, como también la seguridad del trazo, la claridad y el virtuosismo, y desde luego la batuta se mantiene ajena a la pesadez, a la retórica y al efectismo, pero el trasfondo humanístico no aparece, e incluso en el último movimiento se cae en cierta frivolidad. Además, quizá por influencia de la escuela historicista, la sonoridad es un punto ingrávida. Tampoco los primeros atriles resultan muy musicales. (5)
40. Herreweghe/Royal Flemish (Pentatone, 2007). Otras veces deplorable en Beethoven, el maestro flamenco logra aquí una interpretación magníficamente sonada y entusiasta que sabe asimilar de las aportaciones historicistas sin caer en la sequedad ni la incisividad de otros directores. Ahora bien, se echa de menos esa comunión espiritual tan difícil de conseguir con el contenido expresivo de la obra, sobre todo en un segundo movimiento carente de pathos y en un final vistoso pero rutinario, sin personalidad ni creatividad. (7)
41. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (Decca, 2009). Ayudado por una orquesta en excelente forma, el milanés decide renunciar a la tradición centroeuropea, y más concretamente a la flexibilidad en el manejo de la agógica y al peso concedido a los silencios, para ofrecer una lectura mucho más rápida que lo acostumbrado, enérgica, llena de electricidad, vibrante, aunque no por ello tosca ni precisamente escasa de claridad y virtuosismo. El problema es el que resultado se antoja muy precipitado, parco en vuelo lírico, en cantabilidad y en emotividad, también en sentido del humor –cuarto movimiento–, mientras que los aspectos trágicos de la partitura –marcha fúnebre– resultan todo lo vistosos que se quiera, pero superficiales, insinceros y de cara a la galería. (6)
42. Barenboim/WEDO (Decca, 2011). Estuve allí, en la Philharmonie de Colonia. Me pareció la mejor interpretación que había escuchado hasta la fecha. No sé si sigo opinando lo mismo, pero rotundamente afirmo que ninguna otra lectura fonográfica me parece más perfecta aún que esta. ¿Y cómo es eso posible? Por lo equilibrado del planteamiento: se podrán preferir versiones más vibrantes y teatrales, también más filosóficas, o más nihilistas –véanse las reseñas correspondientes más arriba–, pero es difícil alcanzar una más admirable fusión entre los aspectos dramáticos, escarpados y visionarios de la página,
que eran los más atendidos en los anteriores acercamientos del propio maestro, y los que
tienen que ver con el lirismo, la elegancia, la sensualidad y hasta la
luminosidad; es decir, entre lo dionisíaco y lo apolíneo. Todo ello
lo expone Barenboim con pasmosa naturalidad, con belleza grande pero en
absoluto narcisista, con una particular flexibilidad e imaginación en el tratamiento de la agógica, con un perfecto control del discurso y en perfecta complicidad con
una orquesta que, sin ser de primera, ofrece un sonido beethoveniano ideal para la obra. Modélica la toma (10)
43. Brüggen/Orquesta del siglo XVIII (The Grand Tour-Glossa, 2011). El holandés vuelve a acertar al aunar la sonoridad completamente historicista de su magnífica orquesta con un planteamiento expresivo tradicional, sin caer en liviandades, en agresividades innecesarias, en rigideces y en otras señas propias de una mala interpretación de los planteamientos filológicos. Por desgracia, no solo no logra inyectar la calidez y el vuelo lírico que debe a los pentagramas, sino que tampoco logra tensar la arquitectura con la solidez debida. El primer movimiento sería magnífico si no fuera por determinados altibajos que rompen la continuidad del discurso; al segundo le faltan densidad y fuerza visionaria; el tercero está bastante bien y en cuarto las variaciones están tratadas con éxito desigual, siendo de apreciar el sentido del humor un tanto socarrón del director. (7)
44. Barenboim/WEDO (DVD Decca Proms 2012). Con respecto a su registro en audio del año anterior, esta lectura resulta más apolínea y contemplativa, y por ello mismo algo menos tensa en algunos pasajes. Pero esto no impide que los clímax alcancen una fuerza abrumadora, que la sección final de la marcha fúnebre alcance una magia insuperable y que, en conjunto, se trate de una grandísima lectura que sabe conciliar belleza sonora, humanismo y garra dramática sin necesidad de adoptar la adustez de un Klemperer, ni de jugar con la agógica como lo hacía un Furtwaengler. Increíble la riqueza de matices tan sutiles como expresivos, la cantabilidad del fraseo –natural, hermosísimo– y la sonoridad puramente beethoveniana que Barenboim extrae de la orquesta. Por cierto, enorme el granadino Ramón Ortega, oboe principal de la Sinfónica de la Radio de Baviera, en sus numerosas y muy decisivas intervenciones. A él se debe en no poca medida el éxito de esta interpretación que finaliza con una coda muy fogosa. (10)
45. Abbado/Orquesta del Festival de Lucerna (Blu-ray Accentus, 2013). Esta es una recreación que irritará a los admiradores del Beethoven denso, visionario, al mismo tiempo visceral y filosófico, que va desde Furtwaengler hasta Barenboim, pero que también puede poner de los nervios a los que le gustan la rusticidad, el nervio y el férreo impulso rítmico de los Gardiner, Harnoncourt y compañía. Es verdad que de la escuela historicista el milanés adopta un vibrato reducidísimo y un claro interés por aligerar texturas, pero ahí acaban los parecidos. Porque lo que caracteriza esta Heroica es la extrema suavidad tanto sonora como expresiva pretendida (¡y plenamente conseguida, que para eso poseía una técnica de batuta portentosa!) por el veterano maestro. De poco sirve que las sonoridades destilen una belleza incomparable, que el fraseo sea amplio y cantable, que las líneas discurran con tanta fluidez como cantabilidad, que los planos sonoros estén perfectamente delimitados y que las dinámicas alcancen un asombroso grado de matización: el empeño en que todo resulte delicado, aéreo, acariciador de los oídos, domesticado, bonito en el peor sentido del adjetivo, termina generando una versión superficial, insulsa, aburrida y rayana con la cursilería. Eso sí, la toma sonora en DTS HD-Master Audio posiblemente sea la mejor que jamás haya recibido esta obra. (4)
46. Rattle/Filarmónica de Berlín (BR Audio, 2015). Sir Simon se empeña en aunar tradición y renovación sin tener nada claro qué es lo que pretende conseguir, ni en lo sonoro ni en lo expresivo. De esta forma, el músculo de la formación berlinesa se escora constantemente hacia sonoridades ligeras, ingrávidas y por momentos relamidas que recuerdan al peor Abbado, mientras que todo el pathos de la música se pierde por el camino a pesar de que la batuta intenta inyectar fluidez y dinamismo en el fraseo. No debe de extrañar que el segundo movimiento sea el peor parado, aunque sí que el tercero sea igual de malo: lejos de dejarse llevar por la sana rusticidad, el resultado es de una flacidez y una sosería que echan para atrás. El Finale es lo menos malo: aquí al menos hay una chispa y un carácter bullicioso que subrayan lo que esta música tiene que ver con el pasado, que por cierto es mucho menos importante que lo que plantea de cara al futuro. Eso al maestro parece importarle poco. Magnífico sonido en BR Audio multicanal. (6)
47. Emelyanychev/Nizhny Novgorod Soloists Chamber Orchestra (Aparté, 2017). En principio, el planteamiento de este Beethoven es muy similar al de Harnoncourt: orquesta reducida de instrumentos modernos, pero con trompas y trompetas naturales, un equilibrio de planos que favorece a vientos y percusión frente a la cuerda, y una articulación “históricamente informada” de gran incisividad en la que interesa mucho antes el vigor rítmico que el legato o la delectación melódica. Pero Emelyanychev se limita a correr todo lo posible inyectando fuerza, vigor y mucha electricidad sin detenerse en otras consideraciones. No es solo que las melodías no estén cantadas con holgura ni delectación; que no haya humanismo ni hondura; que no se aprecie ese lirismo agridulce que esta música necesita. Lo grave es que el imponente mural beethoveniano está pintado con brocha gorda. La exposición es de una vulgaridad aplastante. El tratamiento orquestal es opaco, incluso confuso en los fortísimos. El tratamiento agógico y dinámico, de una tosquedad que echa para atrás. Las tensiones no avanzan con sentido orgánico: cuando hay que alcanzar un clímax, se limita indicar sus músicos que toquen lo más fuerte posible. Las transiciones están descuidadas. Los silencios no tienen peso. Los matices son escasos, aunque para aparentar expresividad el director coloca forzados acentos “cortesía H.I.P.”. Los timbales sobreactúan a discreción, las trompas rajan que da gusto. En fin, los dos primeros movimientos de la obra me parecen recreados de manera deplorable. Reconozco, sin embargo, haber disfrutado relativamente del tercero: la frescura y el descaro con que el maestro lo aborda llegan a enganchar, pese a los “problemillas” de las trompas. Y el Finale no sería del todo malo si no fuera porque Emelyanychev se reserva lo más horripilante para él: cuando el tema es cantado por los primeros atriles de la cuerda (a partir de 0:46), estos se ponen en plan “historicismo pleno” y emiten un sonido idéntico al de una camada de gatos exigiendo su desayuno. (2)
48. Nelsons/Filarmónica de Viena (DG, 2019). La interpretación se encuentra no solo todo lo maravillosamente tocada como es de esperar de una orquesta de semejante categoría, sino también admirablemente construida por parte de una batuta que sabe frasear con naturalidad y holgura manteniéndose ajeno a precipitaciones, planificar de manera irreprochable la línea de tensiones y distensiones, regular los planos sonoros, resolver las transiciones y ofrecer un perfecto equilibrio entre transparencia y músculo sonoro al tiempo que despliega una sensualidad tímbrica para derretirse. Pero la óptica apolínea de Nelsons aquí no funciona, ya desde un primer movimiento que, aun no faltando empuje ni ganas de comunicar, se queda bastante corto en lo que a carga dramática se refiere. Y la cosa ya va a mayores en una marcha fúnebre muy hermosa, llena de nobleza y de sentido humanista, mas por completo ajena tanto a la negrura y la congoja que a todas luces necesita como a los claroscuros dramáticos, a las tensiones extremas y, también, a un sentido de la rusticidad sonora aquí muy conveniente. Los dos movimientos postreros resultan irreprochables siempre que se acepte el enfoque “clásico” y nada agónico del maestro: la luz y la felicidad terminan despejando cualquier tiniebla. (7)
49. Nézet-Séguin/Orquesta de Cámara de Europa (DG y Stage +, 2021). Utilizando exactamente su misma orquesta, el maestro canadiense sigue el planteamiento de Harnoncourt: instrumentos modernos al que se añaden algunos “de época”, tempi rápidos, articulación historicista, ataques incisivos, rigidez metronómica y renuncia voluntaria al concepto de fraseo como transición, siempre dentro de un concepto altamente teatral pero carente de pathos. Paavo Järvi y Giovanni Antonini hicieron lo mismo añadiendo mayores contrastes, mucha electricidad y no pocos excesos. Nézet-Séguin se muestra mucho más moderado que ello, por eso mismo más sensato, pero también bastante más frío, hasta el punto de que su labor casi se limita a ejercer de guardia de tráfico. Su gran mérito radica en la depuración sonora y la claridad extrema, pero no es suficiente, hasta el punto de que el último movimiento es, por su mal gusto, de los que invitan al abucheo. En cualquier caso, si usted se empeña en conocer los resultados lo mejor es acudir a la versión en vídeo: suena y se ve de maravilla. (5)
50. Barenboim/Staatskapelle de Berlín (Medici TV, 2022). Esta última filmación del de Buenos Aires, aun manteniendo un alto grado de potencia dramática, es la más hermosa, cálida y “humanística” de cuantas le he escuchado. También la más abierta a reconocer la faceta clásica del sordo de Bonn, lo que viene dado no solo por la sonoridad global y por el fraseo, sino por una buena cantidad de acentos, matices y decisiones nuevas que revelan (¡a estas alturas de la película!) nuevas cosas sobre semejante obra maestra. Fabulosa la orquesta, modelada dentro de la más hermosa sonoridad europea –mucho más cerca de la otra Staatskapelle que de la Berliner Philharmoniker– y beneficiada de unos solistas de lujo, entre los que destaca cierto oboe justamente aclamado por el público: Cristina Gómez Godoy. (10)
Parece que la he tomado con los críticos de Scherzo, porque voy ahora a por su gran vaca sagrada: Ángel-Fernando Mayo. En mi deseo de actualizar mi comparativa de la Sinfonía Heroica de Beethoven, cuyos resultados espero presentar mañana, acabo de escuchar la interpretación de Hans Knappertsbuch y la Filarmónica de Múnich del 17 de diciembre de 1953, editada por la propia orquesta. He quedado horrorizado, y me ha venido a la mente la cuestión de si un gran crítico musical, el que aúna sabiduría, experiencia y capacidad para comunicar, puede hacer pasar una cosa por otra y hacérnosla creer. Que si puede colárnosla, hablando pronto y claro. Me parece que sí.
Miren ustedes, Mayo Antoñanzas se llevó toda a vida –falleció allá por 2002, cómo pasa el tiempo–insistiendo en que Hans el Rubio era un director wagneriano sensacional. Tenía razón. Pero también insistió mucho, muchísimo, en que era igual de extraordinario en los otros compositores que abordó, no muchos pero sí el núcleo del repertorio europeo tradicional. Para rematar el asunto, y aprovechando lo maravillosamente bien que escribía, Ángel-Fernando relataba anécdotas acerca de la tendencia del maestro a ensayar poco o incluso absolutamente nada ("ustedes se saben la partitura, yo también, nos vemos en el concierto"), presentando semejante actitud como una mezcla de idiosincrasia, rebeldía y talento desmesurado: el artista no necesitaba otra cosa que ponerse delante de los músicos para hacer maravillas. Pues no, miren ustedes, a estas alturas de la película el asunto ya no cuela. Dejando Wagner al margen, Kna tiene algunos discos sensacionales en Decca, pero también hay por ahí cosas buenas sin más, flojas –Octava de Bruckner con esta misma Filarmónica de Múnich– o abiertamente malas. Es el caso de la Heroica que comento.
La enorme separación de los dos acordes que abren la genial sinfonía ya nos hace arquear una ceja. En seguida la cosa se pone mucho peor: morosidad extrema, blandura en la articulación, flacidez, parquedad en los contrastes... El problema no está en la enorme lentitud, sino en la ausencia de pulso. ¿Falta de técnica de batuta o inexistencia de ensayos? Porque la orquesta no solo toca como dormida, sino también sucia y sin suficiente empaste. Después de unos cuantos (¡interminables!) minutos la cosa empieza a arreglarse, las tensiones se acumulan y se alcanzan momentos notables dentro de una línea tradicional que, eso sí, tiene poco que ver con un Furtwängler o un Karajan, al tiempo que se encuentra en el extremo opuesto a un Erich Kleiber, por citar un célebre recreador de esta misma partitura por aquella época.
Interesante la Marcha fúnebre, de nuevo muy alejada de los directores citados. Su enfoque es lírico y efusivo, beneficiándose de un tratamiento sensual de la cuerda y de un fraseo que posee flexibilidad y morbidez. En los dos últimos movimientos hay de todo: momentos de blandura, pasajes de apreciable tensión interna, detalles interesantísimos, excentricidades múltiples, grandeza humanística, serias discontinuidades... Lo siento, pero el conjunto no funciona. Si no supiésemos que estamos ante un enorme wagneriano, pensaríamos que el que dirige el asunto es un director desconocedor del estilo, pretencioso y sin técnica. Bueno, quizá esto último no, sino sencillamente un vago.
PD. La referida Octava de Bruckner me la compré por recomendación del citado crítico. Ahí me la coló. Hasta el fondo.
Esta entrada sobre la Sinfonía Pastoral es del 14 de agosto de 2022. Un amigo me ha hecho feliz pasándome una grabación de Kurt Sanderling de 1998 cuya existencia desconocía por completo, así que he aprovechado para actualizar el contenido con ocho grabaciones más. Sigo insatisfecho, porque muchos nombres importantes siguen ausentes, pero tampoco puedo concentrarme solo en unas pocas obras escuchando discos hasta el infinito. Espero que sepan comprenderlo.
1. Mengelberg/Orquesta del Concertgebouw (Teldec, 1937). He aquí una interpretación sanguínea, vitalista, de tempi rápidos y apreciable sentido teatral, dicha con evidentes ganas de hacer música, pero a mi modo de ver parquísima en sensualidad, en humanismo y en vuelo poético –de dimensión filosófica, ni hablemos– y lastrada por esas libertades en el fraseo y esos estomagantes portamenti que son marca de la casa. A la postre, solo convencen la danza campesina y la tormenta, mientras que el Allegretto conclusivo llega a irritar por su extrema frivolidad que raya con la cursilería. Tampoco se puede decir que la depuración sonora sea precisamente la mayor posible. Suena a rayos. (3)
2. Toscanini/Sinfónica de la NBC (Andrómeda, 1939). Al frente de su orquesta de sonido global seco y solistas escasamente musicales, el mítico maestro italiano despliega toda la energía en él esperable con un espléndido sentido de la arquitectura, pero –como casi siempre– se muestra rígido, prosaico, desinteresado por la cantabilidad y carente por completo de ternura y humanismo. Así las cosas, no debe extrañar que lo más conseguido sea una tormenta verdaderamente electrizante, y que los dos movimientos iniciales resulten asépticos y aburridos. (4)
3. Schuricht/Filarmónica de Berlín (Iron Needle, 1943). El primer movimiento se desarrolla con tanta corrección como asepsia; no hay lugar para devaneos sonoros, pero tampoco para la inspiración. En el segundo el maestro intenta tomarse las cosas con calma, ralentiza de manera considerable los tempi e intenta paladear las melodías todo lo posible, pero confunde el lirismo con una languidez algo pretenciosa; además, con tanto ritenuti el resultado llega a ser un poco gangoso. Los tres movimientos restantes están llevados con una fluidez y una naturalidad admirables, pero la poesía tampoco acaba de remontar el vuelo. Decididamente, el Berlín de 1943 no estaba para pastorales. O sí, pero con Furt. (5)
4. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (Andrómeda, 1944). En plena caída del III Reich, Furt se decida abordar la Pastoral… a su manera, claro está. Ofrece así un primer movimiento lento, maravillosamente paladeado y teñido de una poesía humanística, pero sin toda la inspiración que debería. Esta se alcanza en el segundo, hermosísimo y de profunda impronta humanística, lleno además de detalles creativos y sutilezas en la agógica propias del maestro. Muy bien el tercero. El Furt “de guerra” llega en los dos últimos, con una tormenta particularmente feroz y terrible, y una acción de gracias rápida, vehemente, muy intensa, sin la paz luminosa y resplandeciente de otras lecturas: más bien llena de anhelo, de intensos deseos de alcanzar la felicidad. Hay desajustes y algún pasaje algo precipitado. ¿Eso importa? (9)
5. Furtwängler/Filarmónica de Viena (EMI, 1952). Al frente de una orquesta que –pese a algunos desajustes puntuales– está espléndida y aporta su singular belleza tímbrica, un Furt ya desnazificado ofrece una verdadera lección de cantabilidad en el fraseo –amplio, nobilísimo, en absoluto hinchado–, de plasticidad en el manejo de las familias instrumentales, de capacidad de análisis de planos, de lógica constructiva y, por descontado, de idioma beethoveniano, en una interpretación de gran aliento poético que, sin ser otoñal ni meramente contemplativa, lleva a una prodigiosa síntesis entre belleza sonora, inmediatez emotiva y hondura humanística. Sobresalen en este sentido los dos primeros movimientos, lentos y muy concentrados, por momentos sublimes –minuto cuarto del Allegro non troppo–, puro arte furtwaengleriano. El tercero acierta al acercarse más a lo rústico que a lo risueño, alcanzando momentos de enorme impulso vital. La tormenta no es la más electrizante que uno pueda escuchar: diríase que Furt se interesa más por el terrible resonar de la naturaleza que por el efecto inmediato de la lluvia y los relámpagos. El Allegretto conclusivo no recibe, curiosamente, una interpretación mística y panteísta, sino más bien extrovertida, entusiasta y radiante, por lo que se puede echar de menos ese sentido de lo transfigurado y lo trascendente que era de esperar. En resumen: referencia absoluta en los dos primeros movimientos, no tanto en el resto. El sonido es sensacional –para la época– en el streaming del último reprocesado a 192 kHz. (10)
6. Klemperer/Orquesta Philharmonia (EMI, 1957). Esta es una enorme Pastoral. Y quizá lo fue todavía más en su momento, porque el de Breslau demostró que la obra más abiertamente romántica de Beethoven puede y debe hacerse evitando conceptos trasnochados que, aunque haya quienes hablan por ahí de “polución wagneriana” –Gardiner dixit–, no son sino una herencia tardía de la estética rococó. Los paisajes beethovenianos no son una contemplación bucólica, dulce y ensoñada, como tampoco la tormenta es un teatro epatante a la manera de las tempestades barrocas. Lo que aquí tenemos no es sino un autorretrato del alma en toda regla. Klemperer lo sabe, y lo expone paladeando la música hasta el límite sin dejarse llevar por el menor sentimentalismo, delineando la arquitectura con una claridad insuperable y alcanzando el punto justo de equilibrio entre tensión y reflexión. Otra cosa es que él mismo, trece años más tarde, llegue aún más lejos en poesía y hondura en la inenarrable filmación en el Royal Festival Hall. En cualquier caso, una de las grandes recreaciones fonográficas de la partitura. Sonido no muy allá, ni siquiera en la reciente recuperación en HD. (9)
7. Walter/Columbia Symphony (Sony, 1958). Haciendo gala de un depurado tratamiento de las masas sonoras y fraseando con la naturalidad y el sentido cantable que le caracterizan, el maestro berlinés ofrece, a sus ochenta y un años de edad, una interpretación noble y sensual que se desinteresa tanto por los aspectos dramáticos de la partitura como por su componente filosófico. En su lugar, decide gozar de la naturaleza desde un panteísmo optimista y un punto carnal en el que priman los aspectos más gozosos de melodías, timbres y ritmos frente a otras consideraciones, sin que tampoco se le pueda acusar de trivialidad ni de narcisismo. En cualquier caso, los resultados son desiguales: estimable aun sin especial magia poética el primer movimiento, francamente bueno el segundo –siempre dentro de la línea indicada–, solvente el tercero, descafeinado el cuarto –tormenta de poca electricidad– y muy hermoso el quinto, ya que no especialmente visionario. La toma sufre de cierta distorsión, si bien el reciente reprocesado le otorga relieve e inmediatez. (7)
8. Maazel/Filarmónica de Berlín (DG, 1959-60). Apostó muy, pero que muy fuerte el sello amarillo poniendo la Berliner Philharmoniker a disposición de un joven de veintinueve años para grabar nada menos que la Pastoral. La jugada salió a medias: Maazel demostró muchísima técnica en una recreación clarísima y dicha de un solo trazo, pero en los expresivo mostró serias desigualdades. Salió muy bien el movimiento inicial, no muy poético pero estupendamente planteado. Mucho peor el segundo, tan tímido y ensoñado como aséptico, muy poquita cosa. Sólida la danza de los pastores, sin interés la tormenta y muy correcta la Acción de Gracias. Muy bueno el sonido para la época. (6)
9. Krips/Sinfónica de Londres (Everest, 1960). El enfoque lírico y ajeno a conflictos con que Krips aborda a Beethoven en principio funciona mejor en la Sexta que en otras sinfonías, pero esto no la libra de desigualdades. De este modo, el maestro triunfa en una escena junto al arroyo cálida y sensual, dicha con delectación y la poesía contemplativa, convenciendo asimismo en un Finale no especialmente visionario, pero sí humanístico y maravillosamente cantado. Se queda un poco a medio camino en un primer movimiento dicho con amplitud y exquisito gusto, pero escaso en contrastes, parco en acentos dramáticos y, en general, no del todo poético. Defrauda muy seriamente en una danza campesina y en una tormenta de una blandura intolerables. Buena remasterización del original en 35 mm. (7)
10. Cluytens/Filarmónica de Berlín (EMI, 1960). Espléndida interpretación de corte tradicional, robusta debido a la orquesta pero no muy densa, de trazo espléndido y gusto irreprochable, en la que destaca un segundo movimiento contemplativo y bellísimo, paladeado con delectación sin narcisismos. Muy bien el resto, vibrante y comunicativo, ya que no personal ni creativo. (8)
11. Leibowitz/Royal Philharmonic (Chesky, 1961). El musicólogo y director polaco abrió nuevas vías en la interpretación beethoveniana, pero no siempre para bien. En la Pastoral logra que su enfoque animado, vitalista y alejado de la densidad no caiga en la frivolidad ni en lo pimpante, manteniendo además el pulso, fraseando con enorme naturalidad y realizando una magnífica disección de la partitura. Ahora bien, el poso humanístico y poético de la obra se le escapa por completo, sobre todo en los movimientos extremos. Extrovertida y con humor la danza campesina, muy bien la tormenta. (7)
12. Szell/Orquesta de Cleveland (CBS, 1962). George Szell vino a poner orden en el mundo de la Pastoral. Nada de subjetividades, nada de poner la personalidad del maestro por delante de la música. Ni a la manera de Furtwängler ni a la de Toscanini, como tampoco a la de Klemperer: aunque comparte muchas decisiones con el de Breslau, aquel a la postre ofrecía una visión muy singular que con Szell no existe. Su intención es ofrecer la mayor perfección técnica posible y dejar que la música fluya hablando por sí misma. Lo consigue, pero los resultados expresivos son irregulares. El primer movimiento le queda bien, aun lejos de filosofías panteístas. Francamente flojo el segundo, a pesar de su extrema claridad y enorme depuración sonora. Sensacional la danza campesina, formidable la tormenta y muy incandescente, más que espiritual, la acción de gracias. La orquesta se muestra como la formación de primerísima fila que es, aunque hay algunos excesos de los metales en los dos últimos movimientos que probablemente se deben a la batuta, y que no se acaban de comprender. La grabación es asombrosa para la época, gloria bendita si se escucha en resolución de 192 kHz. (8)
13. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1963). Era de esperar en el joven Bernstein: su primer movimiento resulta muy animado y se encuentra lleno de vitalidad, de gozo y de comunicatividad, pero no alcanza la sensualidad ni el humanismo deseables. Sí se remansa Lenny en el segundo, muy bien paladeado y cuidadosamente planificado. Bien a secas danza y tormenta, cuyo carácter narrativo le viene como un guante al maestro. Enérgico, pero sin emotividad ni humanismo el quinto. Suena muy bien en el reciente rescate en alta definición, aunque unos contrabajos muy marcados quizá evidencien más intervención de la ingeniería de la cuenta. (7)
14. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD DG, 1967). Karajan en estado puro: la sonoridad es bellísima y rotunda, como también lo es la arquitectura, pero los movimientos extremos resultan realmente flojos, por faltos de inspiración y pocos matizados. Los centrales están muy bien, pero en ellos hay más espectáculo sonoro que sinceridad. Al menos el maestro no cae en la blandura en la que incurrirá en otras ocasiones. De la filmación, lo más suave que podemos decir es que es todo un desmadre narcisista. Hay que verla. (7)
15. Giulini/New Philharmonia (EMI, 1968). Desde el punto de vista técnico impresiona la calidad de la ejecución, no solo por el virtuosismo de la orquesta sino también por la maravillosa disección del entramado que realiza la batuta, atendiendo a todas las voces de la polifonía, iluminándolas y equilibrándolas sin perder empaste, al tiempo que levanta una perfecta arquitectura horizontal en el que el fraseo es tan firme como natural; las tensiones están calculadísimas y se llega a los clímax, a veces paroxísticos –el final–, sin que se aparente esfuerzo alguno. En lo interpretativo nos encontramos ante una visión serena y honda, más contemplativa que filosófica –en absoluto superficial–, bella y apolínea sin renunciar a las sonoridades robustas, en la que solo se echa de menos la magia de Furt en estudio en el primer movimiento. El resto, sensacional. (10)
16. Klemperer/New Philharmonia (Blu-ray BBC, 1970). Idéntico instrumento (¡y qué instrumento!) para dos interpretaciones tan excepcionales como opuestas. Si dos años atrás la New Philharmonia había ofrecido con Giulini una versión apolínea, serena y maravillosamente humanística, a ras del suelo en el mejor de los sentidos, en esta filmación se deja moldear por quien todavía era su titular para ofrecer una lectura grandiosa y olímpica, de dimensiones absolutamente filosóficas, en la que a pesar del extremo rigor de la arquitectura, el absoluto control de los medios y el rechazo de todo lo temperamental, se ponen de relieve los aspectos más atormentados de la música beethoveniana. Más que contemplación panteísta de la naturaleza, lo que hay aquí es un conflicto entre el ser humano y su existencia en el que la belleza y el dolor se funden como dos caras de la misma moneda. La escena junto al arroyo, paladeadísima y beneficiada de unas maderas tan sublimes en su canto como alejadas de la dulzura superficial, alcanza en este sentido dimensiones acongojantes: del mejor Beethoven jamás escuchado. Y la danza campesina, puro sarcasmo marca de la casa. Lástima que el sonido sea monofónico. (10)
17. Barshai/Orquesta Sinfónica (Melodiya, 1971). Interpretación voluntariosa, más sanguínea que evocadora, por completo ajena a los devaneos sonoros, en la que el maestro ruso evita la frivolidad y los tópicos pastoriles, pero no logra soslayar la excesiva rusticidad sonora de su propuesta ni su dificultad para destilar verdadera poesía. Toma excesivamente distorsionada. (5)
18. Böhm/Filarmónica de Viena (DG, 1971). Tratando con extrema depuración a una orquesta que aporta su inconfundible sonoridad plateada, el de Graz consigue la increíble cuadratura del círculo: una interpretación que resulta clásica, apolínea, equilibrada y bella a más no poder, pero al mismo tiempo llena de vitalidad, extroversión y hasta de júbilo. Al mismo tiempo despliega un extraordinario vuelo poético (¡qué escena junto al arroyo, que final más radiante y humanístico!) y destapa la caja de los truenos en una tormenta tan poderosa como controlada. Impresionante la reproducción en alta resolución, que ofrece un cuerpo y una presencia asombrosas. (10)
19. Masur/Gewandhaus de Leipzig (Philips-Pentatone, 1973). Siempre más artesano que artista, el maestro alemán ofrece una recreación ortodoxa y sensata, muy bien sonada y por completo ajena a blanduras o amaneramientos, pero sin el suficiente vuelo poético, particularmente en un primer movimiento de puro trámite. Bastante mejor el segundo, muy noble y cálido. La danza campesina y la tormenta están bien, mientras que la acción de gracias resulta más apolínea que visionaria. Pentatone ha recuperado la cuadrafonía original, pero esta solo se nota en el cuarto movimiento; los graves suenan con buen músculo, pero la toma evidencia su edad. (7)
20. Kubelik/Orquesta de París (DG-Pentatone, 1973). No queda claro si el maestro escogió a la orquesta porque la consideraba ideal para su concepto o más bien modeló este para adaptarse a la idiosincrasia de la formación parisina. Lo cierto es que esta es una versión que respira “sensualidad francesa” por los cuatro costados, tanto en la tímbrica como en la propia concepción del fraseo, cálido y voluptuoso a más no poder. Alcanza su cénit en el que probablemente sea el más poético y embriagador segundo movimiento de la historia del disco, cantado además con una naturalidad y una flexibilidad admirables: ¡qué magistral, insuperable dominio de la agógica demuestra Kubelik a partir de 7’56’’! ¡Qué plasticidad en el tratamiento de la cuerda! ¡Qué dominio de las masas sonoras! En comparación con semejante prodigio, al muy sensible y bien paladeado primer movimiento le falta un punto de magia poética. Irreprochable la danza campesina, poderosísima la tormenta y exultante –como debe ser– el movimiento conclusivo, tratado con una naturalidad en las tensiones y distensiones –plenos de grandeza los clímax– digna de ser escuchada. La Sala Wagram nunca ha ofrecido especial claridad, pero la remasterización cuadrafónica de Pentatone otorga un relieve y una gama dinámica asombrosas. (10)
21. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG Bluy-ray Audio, 1975-77). No es que esta sea, como alguna vez se ha dicho, una “Pastoral pastoril”. No es eso. No hay narcisismos ni cursilería. Es que la poesía no hace acto de presencia. Todo se encuentra meridianamente expuesto, pero la asepsia es absoluta. Solo se salvan una danza de los pastores entusiasta y una tormenta más bien exterior y algo aparatosa, pero sin duda espectacular, que se beneficia del nuevo reprocesado a 192 kHz. (6)
22. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD y Blu-ray audio DG, 1978). Aunque pudiera parecer mentira, Lenny es capaz de ir todavía más lejos que Böhm a la hora de hacer sonar hermosa a la formación austriaca. Incluso podría aventurarse que esta es la más bella Pastoral que se pueda escuchar en disco, tal es el grado de depuración sonora, de refinamiento (¡sin rastro de preciosismos!), de sensibilidad tímbrica y de cantabilidad a la hora de frasear la música que Bernstein alcanza. Sin embargo, el norteamericano no termina de encontrar la inspiración en esta lectura en exceso apolínea, no muy comprometida, que llega a resultar poco cálida –incluso un tanto aséptica– en el primer movimiento. El segundo no puede estar dicho con mayor elegancia, pero se queda también algo corto en efusividad. Adecuadamente impulsiva y jovial la danza campesina. Más que correcta la tormenta, aunque los timbales suenen con inesperada sequedad. Emotivo y vibrante, ya que no del todo visionario, el movimiento conclusivo. (7)
23. Muti/Orquesta de Philadelphia (EMI, 1978). El excelente rescate en alta definición de este registro, tres años anterior al momento en que Muti se haría cargo de la orquesta norteamericana, da buena cuenta del portentoso estado en que Ormandy mantenía a su antigua orquesta. La cuerda, concretamente, por aquellos tiempos era superada en belleza sonora por la de la Filarmónica de Viena, pero rivalizaba abiertamente en suntuosidad, empaste y maleabilidad con las dos o tres mejores del mundo. El napolitano, por descontado, la trata con mano maestra. El problema es la total y absoluta falta de sintonía de este con la partitura. No se trata de que tome esta o aquella posición expresiva con la que estemos más o menos de acuerdo o en desacuerdo. No es eso. Es una mezcla de frialdad, rutina, desinterés y falta de imaginación. Un desastre los dos primeros movimientos, por muy soberbiamente expuestos que se encuentren. Bastante mejor el tercero, en el que Muti gradúa muy convincentemente de menos a más al vigor de la danza. Francamente bien la tormenta, como no podía ser menos en un maestro tan electrizante como Muti, pero todavía se han escuchado cosas bastante mejores. Muy bien tensada la acción de gracias, pero también bastante prosaica. Total, uno de los mayores fiascos en la carrera del napolitano. (6)
24. Giulini/Filarmónica de Los Ángeles (DG, 1979). El de Barletta sigue siendo un enorme recreador de esta música, que traza con enorme naturalidad, perfecta lógica en las tensiones, sutileza en las dinámicas y asombrosa claridad de trazo, al tiempo que destila una poesía apolínea, elegante y plena de humanismo. Lo que ocurre es que esta vez falta el grado de infinita poesía de once años atrás, particularmente en un primer movimiento no del todo emotivo. Hermosísimo y refinado el segundo, festivo sin arrebatos el tercero, implacable y nada efectista la tormenta –muy secos los golpes de timbal– y de grandioso sentido panteísta la acción de gracias, cuyo último clímax alcanza una punzante intensidad. Muy buen sonido en el streaming en alta definición, curiosamente a un volumen más bajo que el CD; hay un punto de distorsión tímbrica en ambos. (9)
25. Böhm/Filarmónica de Viena (DVD NHK, 1977). El veterano maestro repite concepto, sin alcanzar los resultados de su registro en estudio. El primer movimiento posee fuerza, tensión interna, pero no tanto poesía en comparación con su grabación para DG, lo que podría explicarse por un tempo ahora mucho más rápido: 10’10’’ frente a los 12’20’’ de la ocasión referida. El segundo es excelso, aunque de nuevo hay diferencia entre las duraciones: 14’32’’ frente a los 13’59’’ de antes. La danza campesina va ahora algo más lenta, 6’16’’ frente a 5’49’’. En ella, muy hermosa, hay que destacar la excelsitud del oboe y el ímpetu dionisíaco cercano al paroxismo que alcanza en el enlace con la tormenta, la cual despliega una fuerza tremenda. En el quinto movimiento hay poca diferencia entre los tempi, 9’47’’ en lugar de 10’17’’, y aquí vuelve el maestro a resultar admirable por su mezcla de sentido de lo apolíneo y exaltación dionisíaca. (8)
26. Jochum/Sinfónica de Londres (EMI, 1978). El grandísimo artesano de la tradición centroeuropea nos ofrece una interpretación lenta, muy paladeada, un punto otoñal, ajena por completo a lo trivial y a lo pastoril, atenta a la claridad, que se encuentra dicha con serena y honda poesía. Pierde un poco por el primer movimiento, algo pesadote y sin suficiente brío. Muy sereno y elocuente el segundo. Bien el tercero, reposado y cantado con mucha calidez. Irreprochable la tormenta, y de nuevo muy bien el último, sereno y no muy visionario, pero fraseado con sincero humanismo. La orquesta no está en plena forma, particularmente la cuerda. Por internet circula la recuperación de la cuadrafonía original, que no convence por traer la orquesta demasiado adelante. (8)
27. Sanderling/Orquesta Philharmonia (EMI, 1981). Vuelve la orquesta que fue de Klemperer con una recreación lenta, muy paladeada, plácida pero no morosa, de sonoridad cálida y profunda por la gran atención a las voces intermedias y a la suavidad del legato. La visión del maestro alemán se encuentra llena de ternura; resulta dulce sin blandura, ensoñada y contemplativa a más no poder, encontrándose fraseada con hondura humanística y matizada con extraordinaria sutileza. Los dos primeros movimientos, aun en un enfoque exento de drama, son sublimes. El tercero, muy hermoso, podría tener un poco más de incisividad, aunque se encuentre en sintonía con el resto. Irreprochable la tormenta y magnífico el último, más humanístico que radiante. Lástima que la toma no sea ninguna maravilla. (9)
28. Carlos Kleiber/Ópera de Baviera (Orfeo, 1983). Único testimonio del mítico y un tanto sobrevalorado maestro dirigiendo la Pastoral, este registro de precario sonido recibió una acogida extremadamente entusiasta cuando apareció en el mercado. Algunos pensamos en su momento que no era para tanto. Mi opinión personal no ha cambiado apenas, aunque tampoco le voy a regatear sus virtudes: enorme fluidez en el trazo, elegancia, elasticidad, tensión interna y un asombroso sentido de la plasticidad de masas sonoras, timbres y texturas contrapuntísticas. Y también un entusiasmo desbordante. Justo el que recorre el Allegro ma non troppo, pero para mal: Kleiber se pasa el “non troppo” por el forro y lo que le queda es una recreación bastante frivolona, precipitada y escasa de poesía. Mejor la escena junto al arroyo, no precisamente sensual ni meditativa, pero sí hermosa y equilibrada. Trepidante, rebosante de fuerza rústica la danza campesina. La tormenta alcanza una dosis de electricidad como nunca se haya escuchado en ninguna otra versión, y ciertamente el tratamiento de la orquesta (¡qué cuerda grave!) es de escucharlo para creerlo, pero el resultado es mucho antes aparatoso que sincero, e incluso se diría que el maestro piensa antes en la teatralidad de las tempestades barrocas que en las tormentas internas del primer romanticismo. Luminoso, alegre y bastante corto de espiritualidad, de goce panteísta y de carácter visionario el movimiento conclusivo. (7)
29. Sanderling/Sinfónica de la WDR (Hänssler, 1984). Con unos tempi más o menos similares –salvo en el último movimiento, apreciablemente más dilatado– pero obteniendo un grado aún superior de inspiración, Sanderling repite y mejora su serena y humanística interpretación con la Philharmonia para redondear una de las mejores Pastorales de la historia del disco: el tema de la acción de gracias de los pastores quizá nunca haya sonado tan bello. La toma sonora es más satisfactoria que la anterior. Imprescindible. (10)
30. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1988). Era de esperar. Nos encontramos ante una lectura de soberbia planificación y ejecución, admirable claridad, de pulso sostenido, ajena por completo a la blandura y muy entusiasta, pero a Solti se le escapa el contenido poético que esconden las notas, sobre todo en los movimientos extremos. El segundo está bien a secas, mientras que tercero y cuarto, dentro de una línea con nervio y electricidad, son irreprochables. (7)
31. Harnoncourt/Orquesta de Cámara de Europa (DVD Warner, 1990). Independientemente de la voluntad por renovar la praxis interpretativa haciendo uso de una articulación y de un equilibrio de planos ajenos a la tradición, el maestro nos ofrece una lectura maravillosamente explicada en la que se agradece su sentido teatral y el alejamiento de la cursilería y de la blandura, pero en la que hay que reprochar su ausencia de espiritualidad y sentido humanista. El primer movimiento resulta algo distanciado, el segundo bastante frío. Muy interesante la marcada rusticidad del tercero. Electrizante el cuarto, siempre en la línea seca e incisiva de Harnoncourt. Bien la acción de gracias, sin profundizar en su lirismo y efusividad. (7)
32. Brüggen/Orquesta del Siglo XVIII (Philips, 1990). El holandés usó los instrumentos originales de manera admirable en el repertorio clásico, pero aquí pinchó seriamente: su dirección es enérgica y vitalista, nada contemplativa ni blandengue en general, pero el primer movimiento cae por momentos en lo frívolo y lo pimpante, mientras que segundo y quinto resultan superficiales. Tercero y cuarto poseen, por el contrario, una sana rusticidad, con una sección dancística muy enérgica. No es suficiente. La toma sonora es plana: carece por completo de graves. (6)
33. Giulini/Filarmónica de La Scala (Sony, 1991). La última Pastoral de Giulini. La más lenta, sensual, cálida y efusiva. Las más humanística y espiritual. También la más ajena a claroscuros y conflictos. ¿Otoñal? No exactamente. ¿Unilateral? Eso sí: tanta ensoñación y morbidez le hacen olvidar que esta música también necesita una buena dosis de tensión interna, cuando no de teatralidad: la tormenta se queda muy corta. Aun así, es difícil resistirse ante la especialísima, subyugante mezcla de belleza y poesía que el de Barletta destila en esta realización. Una pena que la toma no sea la mejor posible. (9)
34. Gardiner/Orquesta Revolucionaria y Romántica (DG, 1992). Frente a una espléndida orquesta de instrumentos originales y siempre con los medios bajo control, la batuta dirige con tanto entusiasmo como escasa cantabilidad y atención al matiz. Así las cosas, y aun no llegándose a perder el pulso, el resultado es más bien monocorde y frío. Lo he dicho otras veces: Toscanini con sonoridad historicista. (5)
35. Colin Davis/Staatskapelle de Dresde (Philips, 1992). El siempre noble y comedido Sir Colin nos entrega una lectura clásica, elegante pero también entusiasta, dotada de una adecuada robustez y particularmente cálida, sobresaliendo unos movimientos extremos bastante por encima de la media. Al tercero le falta un poco de chispa, mientras que la tormenta resulta más atmosférica que electrizante. (8)
36. Celibidache/Filarmónica de Múnich (EMI, 1993). He aquí una interpretación abierta a polémica: muy lenta, de legato sensualísimo, frases largas dichas con extrema cantabilidad, un refinado sentido del color y gran atención a las voces intermedias, pero todo ello desde un punto de vista excesivamente pacífico, esencial y desmaterializado, sin los conflictos sonoros y expresivos típicamente beethovenianos, y con más de un momento que se acerca a la blandura. Aun así, son bellísimos y embriagadores –dentro de esta línea– los dos primeros movimientos. El tercero puede llegar a irritar, no ya por la falta de espíritu rústico y de danza, sino por su excesiva suavidad. La tormenta, atmosférica antes que tremenda, está muy bien desmenuzada. El último se abre y cierra con relajación metafísica extrema, al tiempo que alcanza en su interior altas y muy emotivas cotas extáticas. (8)
37. Sanderling/Sinfónica de Bamberg (DG, 1998).Pastoral de Sanderling a los ochenta y seis años. ¡Ahí es nada! Ofrece exactamente lo que se podía esperar: tempi amplios, articulación poco incisiva, fraseo orgánico, legato para derretirse, empaste sensual, mayor interés por el canto de las melodías por las descargas de electricidad… En el extremo diametralmente opuesto al de las diversas corrientes historicistas, el anciano Sanderling vuelve a moverse en el mismo mundo de Giulini, ese que no hay más remedio que describir con los tópicos de siempre: Beethoven humanista, cálido, efusivo, reflexivo y profundo, con una potente carga de espiritualidad y desde un prisma otoñal que a algunas sensibilidades puede hacerles echar de menos enfoques más inmediatos. Cuestión de gustos. A mí los movimientos segundo y quinto me parecen por completo sublimes, y concretamente el arranque y el final de este último los considero merecedores de figurar en una antología de la dirección de orquesta. Lástima que la formación bávara no sea gran cosa y que la toma de sonido deje un tanto que desear para la fecha. (10)
38. Barenboim/Staatskapelle de Berlín (Teldec, 1999). Hay que descubrirse ante la plasticidad con que Barenboim clarifica hasta el extremo y modela sutilmente el muy beethoveniano sonido de la orquesta, dentro de una concepción tradicional que respira naturalidad, musicalidad y fluidez en su concentrado y muy estudiado fraseo. Ahora bien, su óptica resulta no solo exceso apolínea, sino también algo distanciada: en el primer movimiento se echa de menos entusiasmo –de hecho, le queda un poco soso–, en el segundo calor humano y en el tercero algo más de personalidad. La tormenta le queda mucho antes atmosférica e interiorizada que teatral. Lo mejor es el Finale: tarda en entrar en calor pero, sin ser del todo visionario, alcanza altas cotas de calidez, sinceridad y emoción panteísta. Sonido increíble en BR Audio. (8)
39. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 2000). Un Abbado en modo Karajan, pero Karajan del malo, nos ofrece una inaguantable lectura llena de sonoridades leves y difuminadas, amaneramientos y brutales contrastes dinámicos, cuya escasa poesía y evidente superficialidad apenas se ve compensada con lo encendido de determinados momentos. La tormenta es más espectacular que otra cosa. (3)
40. Abbado/Filarmónica de Berlín (Euroarts DVD y Stage+, CD DG, 2001). El maestro ordenó retirar del mercado su integral de 2000 para sustituirla por los audios de las filmaciones realizadas al año siguiente. Mejoró poco la cosa, a decir verdad. El primer movimiento, dicho de un solo trazo, resulta tan correcto como aséptico. Segundo leve, ingrávido, amanerado y frívolo: un horror. Tercero y cuarto oscilan entre la cursilería y el estruendo, siempre en busca del efectismo más básico. El Finale se muestra encendido, pero otra vez vuelven las sonoridades gráciles y amaneradas. (4)
41. Rattle/Filarmónica de Viena (EMI, 2002). El enfoque pseudohistoricista y la nueva edición de la partitura hacen que esta Pastoral suene diferente a muchas otras, pero Rattle no sintoniza con el contenido poético en ningún momento. Cae además en numerosos detalles de blandura o cursilería, sobre todo en la escena junto al arroyo. El primer movimiento resulta frío, mientras que la tormenta se queda en el espectáculo. (6)
42. Mackerras/Orquesta de Cámara Escocesa (Hyperion, 2006). Los tempi son rápidos, la batuta se muestra ágil y obtiene una enorme claridad, mientras que la aplicación de algunas prácticas historicistas revela cosas nuevas. Por desgracia, los dos primeros movimientos resultan muy superficiales, asépticos y aburridos. Excelente la danza campesina, planteado con desparpajo y un admirable colorido. Bien la tormenta, algo excesiva en la percusión. El Finale se queda en lo correcto, sin más. (6)
43. Herreweghe/Royal Flemish Philharmonic (Pentatone, 2009). El maestro belga se suma a la "tercera vía" abierta por Harnoncourt –instrumentos modernos con criterios "históricamente informados"– con una lectura ágil y muy fluida, transparente de líneas y fraseada con atención al matiz. Por completo perdida en lo expresivo, eso sí. El primer movimiento resulta precipitado, pimpante y frívolo, cuando no cursi; ni rastro de poesía. El segundo empieza entre algodones, con una ensoñación en exceso dulce, aunque al menos luego deriva a la simple corrección. Solvente la danza campesina, ya que no muy rústica ni animada. La tormenta es excelente, espectacular y bien trabajada en la dinámica. El quinto se desarrolla con naturalidad, mas sin suficiente poesía. La toma sonora es de gran naturalidad. (4)
44. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (Decca, 2009). La calidad de la ejecución y la claridad en la exposición son indiscutibles, pero la renuncia del milanés a cualquier pathos romántico y su opción por la velocidad de los tempi y la ligereza en las texturas le conducen a una recreación precipitada, trivial y muy aséptica. Todo suena igual, indistinto, sin poesía. Impresiona la tormenta, sí, electrizante y efectista: el enorme talento del milanés tenía que asomar por alguna parte. (5)
45. Mehta/Filarmónica de Israel (Helicon, 2009). El maestro indio da buena cuenta tanto de su espléndida técnica como de su gran conocimiento del lenguaje del sinfonismo centroeuropeo con una lectura ortodoxa y solvente, sonada con la densidad adecuada, trazada de manera muy fluida –no hay asomo de pesadez–, dicha con musicalidad y adecuado sentido teatral –muy buena la tormenta–. Pero también evidencia su talante rutinario en la escasez de variedad expresiva, en la poca creatividad para los matices, en la parquedad de poesía de los dos primeros movimientos y, sobre todo, en un Finale en el que el sublime tema beethoveniano es fraseado con lamentable vulgaridad. (7)
46. Perlman/Filarmónica de Israel (Blu-ray Euroarts, 2010). Gratísima sorpresa esta Pastoral que, aun no siendo muy creativa y pinchando una tormenta escasa en electricidad, está dicha no solo con buen pulso, sino también con una importante dosis de poesía, de sensualidad y hasta de ternura bien entendida, siempre bajo una óptima más lírica que visionaria que, por lo demás, resulta perfectamente aceptable en una obra como ésta. Lástima que la orquesta, no muy allá en ninguna de sus secciones –flojito el clarinete en la escena junto al arroyo–, no sea mejor. Sonido exclusivamente estereofónico. (8)
47. Iván Fischer/Orquesta del Festival de Budapest (Channel Classics, 2010). Ante todo, hay que reprochar la decisión –justificada en la carpetilla por motivos expresivos difíciles de compartir– de hacer que la primera aparición del tema del último movimiento la toque únicamente el concertino. Por lo demás, se trata de una lectura rápida, briosa y entusiasta, pero más bien parca en matices e inspiración poética. El primer movimiento se encuentra muy bien trazado, sin que la dimensión panteísta llegue a percibirse. El segundo es solvente, llamando la atención el esfuerzo de las maderas por resultar onomatopéyicas en la parte final. Muy fogosa la fiesta campesina, pero apagada y rutinaria la tormenta. Buena sin más la acción de gracias. La toma sonora deja que desear. (6)
48. Brüggen/Orquesta del siglo XVIII (Glossa, 2011). La gran ventaja de este registro frente al antiguo de los mismos artistas para Philips es la toma sonora, ahora con todo el relieve que se necesita para apreciar la plasticidad con que el maestro holandés maneja a su espléndida orquesta. Interpretativamente los movimientos que más siguen convenciendo son la danza de los pastores, ahora más natural y sin los agresivos tirones de tempo de antaño en la sección que imita a la zanfoña, y la muy bien realizada tormenta. Los demás se desarrollan con fluidez y concentración, pero las dificultades del maestro holandés para ofrecer poesía se vuelven a poner en evidencia. Tampoco la delgadez de la cuerda y su falta de vibrato parecen lo más adecuado para esta partitura. (7)
49. Barenboim/WEDO (Decca, 2011). Con respecto a su registro doce años anterior, claramente “de estudio” para lo bueno y lo menos bueno, este ofrece una visión “en vivo” que pierde en análisis sonoro, equilibrio y carácter reflexivo lo que gana en frescura, animación y comunicatividad. Suena, por así decirlo, menos distanciada y más espontánea, manteniendo un idioma beethoveniano cien por cien, pero también sin lograr esa dosis de sensualidad y poesía que con la misma genial partitura han conseguido otros maestros. A señalar la molesta presencia de un par de portamentos al arrancar la tormenta, aunque mucho más decisivo resulta el carácter radiante que el maestro y su orquesta multicultural logran imprimir al Finale. Magnífico el sonido en alta definición, que recoge exactamente lo que se escuchó en la Philharmonie de Colonia: yo estuve allí. (8)
50. Rattle/Filarmónica de Berlín (Blu-ray Euroarts, 1 mayo 2013). Sir Simon sigue intentando, sin éxito, llegar a un punto de encuentro entre la tradición y la renovación interpretativa bajo un prisma expresivo en el que lo pastoral se confunde con lo pastoril, la felicidad con lo naif y la poesía con la excesiva delicadeza, evidenciándose una total falta de sintonía con el universo beethoveniano. Así las cosas, el primer movimiento está desarrollado con una fluidez y una depuración sonora extraordinarias, sin que la emoción verdadera se sienta en momento alguno. El segundo continúa en la misma línea y llega a irritar por las numerosas caídas en pianísimos ingrávidos y diversos detalles de cursilería. El tercero funciona bastante bien, aunque el sentido del humor de que hace gala el maestro resulte –era de esperar– risueño y un tanto “bien educado” antes que rústico. En la tormenta la batuta sabe sacar provecho de la musculada cuerda berlinesa, aunque cosas mucho más electrizantes se hayan escuchado, mientras que la acción de gracias sabe ser bella y luminosa pese a –de nuevo– algunos detalles más preciosistas de la cuenta. (6)
51. Haitink/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Paradojas: después de los fiascos de Karajan, los horrores de Abbado y las banalidades de Rattle, los Berliner Philharmoniker consiguen su mejor Pastoral con un director tan poco beethoveniano como Bernard Haitink. Al holandés la poesía se le escapa, ciertamente, en esta interpretación más lineal de la cuenta y corta en humanismo, pero son muchas más las virtudes, sobre todo si comparamos el resultado con el de los titulares arriba citados: sensatez, ausencia de devaneos sonoros, musicalidad a prueba de bombas, depuradísima exposición, un fraseo natural que permite a la música respirar y, sobre todo, una buena dosis de tensión interna. Además, el movimiento final resulta francamente notable. Qué quieren que les diga, hoy no hay mucha gente capaz de levantar una interpretación así. (8)
52. Nelsons/Filarmónica de Viena (DG, 2017). El maestro se desinteresa por reflexiones filosóficas más o menos panteístas y, lejos de abordar la partitura como una metáfora agridulce de conflictos internos y crisis existenciales, se lanza en plancha a ofrecer una lectura eminentemente hedonista y dionisíaca en la que el pleno goce sensual de masas sonoras, timbres y melodías se ponen por encima de cualquier otra consideración. La naturaleza es aquí fuente de la mayor plenitud y la más intensa felicidad, nada más y nada menos que eso. Todo ello está dicho con suprema belleza sonora, cantabilidad extrema, perfecta planificación de las tensiones –intensísimo el clímax casi al final del primer movimiento–, un enorme sentido del ritmo –nada difícil pensar en el tercer movimiento en una danza de carnosos y mofletudos pastores rubenianos– y refinamiento sin amaneramiento, si obviamos los pequeños pero molestos rubatos en la tormenta, lo menos conseguido –no por esos detalles, sino por el exceso de precipitación y la falta de carácter ominoso– de esta luminosísima lectura. (9)
53. Forck/Akademie für Alte Musik Berlín (Harmonia Mundi, 2019). Apasionante viaje al pasado el que se nos propone haciéndonos escuchar la Le Portrait musical de la Nature ou Grande Simphonie de Justin Heinrich Knecht antes de la Pastoral: los precedentes con que contaba Beethoven quedan bien claros, como también su singularidad y genialidad. Las de Beethoven claro. En lo interpretativo también se mira al pasado con una recreación arriesgada –que no agresiva– en la sonoridad, que probablemente es aquella en la que pensó el compositor, pero los músicos de la Akademie –sin director: Bernhard Forck aparece como konzermeister– se muestran sensatos y, con la excepción de unos molestos portamentos en el arranque de la tormenta, ofrecen una lectura sensata, hermosa y equilibrada, tocada con limpieza extrema y recogida maravillosamente por los ingenieros de Teldex. La emoción quedará para mejor ocasión. (7)
54. Savall/Le Concert des Nations (Alia Vox, 2020). El de Igualada se atreve a ofrecer la interpretación de sonoridad más radicalmente historicista hasta la fecha. Horrorizará a los melómanos más tradicionales, pero escuchada con los oídos bien abiertos y limpios de las telarañas de los prejuicios lo que sale a la luz es una recreación intensa y muy bien trazada, renovada en la tímbrica y reveladora de líneas que habitualmente pasan desapercibidas, fresca en la expresión y ajena a las blanduras y los amaneramientos de otros intérpretes tanto tradicionales como “históricamente informados”. Dicho esto, todos sabemos que ni Savall ni su orquesta poseen una técnica de primera, y que tampoco puede un artista en su primera aproximación a un universo tan complejo como el beethoveniano ofrecer la sensibilidad y la riqueza de matices que la partitura demanda: ni la poesía termina de brotar, ni la tormenta –cosa curiosa, estando nuestro artista acostumbrado a las orages barrocas– alcanza la fuerza deseable. Tampoco la dimensión panteísta de esta música genial queda bien reflejada. La toma es magnífica. (7)
55. Nézet-Séguin/Orquesta de Cámara de Europa (DG, 2021). Escuchada en Dolby Atmos, esta es la Pastoral que mejor suena de todas. Lástima que la aproximación del maestro canadiense deje mucho que desear: parte del planteamiento de Harnoncourt, le resta sequedad y le añade una búsqueda de sonoridades leves que en el segundo movimiento llega a irritar. No así en el resto de la obra, simplemente aséptica hasta decir basta. Si se quiere escuchar una Pastoral distinta, mucho mejor acudir a Savall: allí hay vida e ideas, aunque la realización no sea tan pulcra como la de esta. (5)