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jueves, 21 de mayo de 2026

Sinfonía nº 6 de Mahler: discografía comparada

ACTUALIZACIONES

21.V.2026

Se suben al carro Tennstedt, Bertini, Saraste y Dudamel.


19.VII.2024

Cuatro registros más: George Szell, Seiji Ozawa, Andris Nelsons/Viena y Lahav Shani.


12.VII.2022

Esta entrada se publicó inicialmente el 6 de septiembre de 2020. Añado ahora las grabaciones de Abbado/Chicago, Maazel/Viena y Boulez/Staatskapelle de Berlín. Esta última tiene para mí un cierto valor sentimental, porque poco más tarde escuché la obra en directo a los mismos intérpretes en La Scala.
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La Sexta es mi favoritas de las sinfonías de Gustav Mahler. Quizá debería especificar. La primera me gusta y me aburre a ratos hasta llegar al último movimiento, que me parece un monumental ladrillo. En la Segunda me atrapan el primer y tercer movimiento; bastante menos el resto. La Tercera me parece vacía y cursi, pese a las bellezas que contiene. Me gustan mucho Cuarta y Quinta. La Séptima me parece que va de lo genial a lo insoportable. Bastante trabajo me cuesta escuchar la Octava. La Novena me interesa muchísimo y la Décima me fascina irremisiblemente. Luego está La canción de la Tierra, claro: para mí, una de las obras maestras absolutas de toda la Historia de la Música.

Pero entre las sinfonías oficiales creo que la Sexta es la mejor de todas, aquella en la que el despliegue de medios, enorme, no es un fin en sí mismo sino una manera de conseguir unos determinados fines expresivos que, al contrario que en otras páginas del autor, resultan por completos sinceros. La "Trágica" no resulta, ciertamente, menos extrema en sonoridades y en estados anínimos, menos teatral ni menos contrastada que la mayoría de las del autor, ni deja de situarse en ese universo en el que lo culto y lo popular, lo refinado y lo vulgar, lo apolíneo y lo grotesco, la vida y la muerte se integran en un todo único e inclasificable. Pero sí que lleva todo ello a la práctica de manera mucho más convincente.

De la cuestión del orden de los movimientos internos ya los expertos mahlerianos han hablado bastante. Personalmente prefiero el orden Andante Moderato-Scherzo, pero no me parece en absoluto desacertado hacer Scherzo-Andante Moderato, que es lo que deciden maestros no precisamente desconocedores de este universo musical como Bernstein o Chailly. Este último aporta una interesantísima reflexión: si el Scherzo se coloca después del Allegro inicial, hay que hacer desde el podio un importante esfuerzo para diferenciar el carácter de ambos movimientos, lo que significa que hay que hacerlo todavía más virulento y alucinado de lo que es. Es precisamente por eso por lo que el firmante de estas líneas se decanta por la otra opción, y también porque creo que así la obra adquiere mayor lógica interna: el carácter demoníaco del Scherzo, su feroz y nihilista rabia, no sería sino consecuencia del dolor que brota a borbotones del Andante Moderato.

 

1. Horenstein/Filarmónica de Estocolmo (Unicorn, 1966). Una versión absolutamente idiomática y no exenta de fuerza, garra y dramatismo, pero que sorprende porque la batuta se toma las cosas con calma, paladeando las melodías y desgranando con cuidado el entramado orquestal. En cualquier caso los dos primeros movimientos no llegan a ser magistrales. Sí lo es el Andante moderato, bellísimo y de desgarrador lirismo. El cuarto es impresionante, y aunque su clímax final pierde un poco de fuerza, su coda es particularmente terrorífica y abrumadora. Lástima que la orquesta se quede muy corta. (9)

 

2. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1967). Extrovertida, impetuosa y contrastada interpretación, muy alejada de lo decadente, que alcanza sus mejores momentos en un cálido y emocionante Andante moderato, pero que flaquea por un primer movimiento precipitado y con cierto tono festivo. Se echa de menos, además, un mejor análisis del entramado orquestal y mayor creatividad, así como una orquesta más segura. (7)



3. Barbirolli/Orquesta New Philharmonia (Testament, 1967). Justo un día antes de meterse en el estudio de grabación, Barbirolli y la orquesta de Klemperer ofrecieron en los Proms su particular visión de la obra. Pese a que el arranque parece anunciar todo lo contrario, los tempi son en vivo bastante menos dilatados que los del registro oficial de EMI –diferencia de dos o tres minutos en cada movimiento–, pero el concepto es el mismo, asombrándonos la manera que tiene el maestro de combinar holgura en el fraseo y una extraordinaria cantabilidad –memorable el Andante Moderato, ubicado en segundo lugar– con la tensión dramática que necesita la obra, atendiendo no solamente a las explosiones sonoras sino también, y mucho, a las atmósferas y texturas genialmente desplegadas por el compositor, siempre desde esa óptica dramática, oscura y opresiva que es de esperar en el maestro británico en este y en otros repertorios. Eso sí, las imperfecciones de ejecución propias del directo y, sobre todo, la muy discreta toma sonora –circunstancia inevitable en los Proms, al menos por aquellos años– deja este registro reservado a los mahlerianos más acérrimos y a los especialmente interesados en el arte de Sir John. (10)

 

4. Barbirolli/Orquesta New Philharmonia (EMI, agosto 1967). Ahora sí, en estudio y con una toma sonora de mucha altura para la época, Sir John logra plasmar perfectamente su concepto de la obra. Un concepto muy distinto a aquel del que hacía gala Bernstein en Nueva York tan solo unos meses atrás: frente a la espontaneidad, la frescura e incluso el goce de vivir, de escuchar y hasta de sufrir del que hacía gala Lenny en la primera –y menos madura– de sus aproximaciones discográficas, frente a aquél sensualísimo despliegue de hedonismo dionisíaco, aquí lo que nos encontramos es ante una aproximación despojada y rigurosa, sin rastro de emotividad pero cargadísima de tensión dramática ya desde un primer movimiento lento e implacable, voluntariamente alejado de la incandescencia épica, sin rastro de carácter festivo, lleno de malos presagios. El Andante moderato –ubicado por deseo expreso de Barbirolli en segundo lugar, aunque la primera edición en compacto hiciera caso omiso de esta voluntad– resulta tan intenso y lacerante como ajeno al humanismo panteísta de Bernstein. En el Scherzo se subrayan los aspectos expresionistas, sin cargar las tintas en la corrosividad y sin caer en la esquizofrenia: venir después del Andante moderato facilita las cosas en este sentido, pues no es imprescindible subrayar unos contrastes que de esta forma quedan bien marcados. El movimiento conclusivo, encendido, sin exhibicionismos y siempre bajo rigurosísimo control; implacables a más no poder, realmente escalofriantes, los redobles finales de timbal, que no dejan ni un solo ápice de esperanza. En cualquier caso, lo que más maravilla en esta lectura es el increíble trabajo de análisis orquestal que realiza el maestro: seguramente ni con Boulez se ha alcanzado grado semejante de claridad de líneas y de atención a las texturas como el que aquí realiza el maestro, siempre en perfecta complicidad con una orquesta en estado de gracia que suena en sus maderas (¡bien entrenadas por su titular Otto Klemperer!) y sus metales con una particular incisividad que, sin llegar a ser hiriente, no da lugar a concesiones ni a la belleza sonora ni a la brillantez más o menos retórica. En fin, una experiencia. La remasterización de 2020 es soberbia, pese a que evidencia el carácter algo metálico de la toma. (10)


5. Szell/Orquesta de Cleveland (CBS, 1967). El maestro de origen húngaro fue siempre un enorme intérprete de Mahler, y aquí lo deja claro en una interpretación no solo todo lo bien organizada, diseccionada y expuesta que era de esperable de la conjunción de su batuta con tan formidable orquesta, sino también llena de fuerza dramática, de sinceridad y de congoja, sumando a todo ello el adecuado componente de ironía. Una pena que el Andante moderato –en tercera posición– resulte intenso y lacerante, cierto es, pero también muy falto de ese carácter contemplativo, esa sensualidad y ese vuelo poético que también necesita. Buena toma en vivo, muy bien reprocesada en alta definición. (8)

 

6. Kubelik/Sinfónica de la Radio Bávara (DG, 1968). No puede comenzar peor esta interpretación, no solo precipitada y nerviosa, sino también carente de fuerza. La sensación de amenaza y fatalismo que debe llegarnos ya en los primeros compases se ve sustituida por la histeria. Ni siquiera la naturalidad en el fraseo, la lógica constructiva que caracterizaba a ese gran director que fue Kubelik hace acto de presencia: todo el primer movimiento resulta atropellado y machacón, amén de escasamente matizado. A continuación viene el Scherzo: su carácter alucinado queda bien expuesto gracias a un soberbio tratamiento de las maderas, pero a la postre los problemas siguen siendo los mismos. Muchísimo mejor el Andante moderato: no se puede decir que resulte agónico ni visionario, pero aquí el maestro sí que puede desplegar su lirismo transparente, cálido y por completo ajeno a la afectación. En el Finale se alternan momentos francamente buenos con otros precipitados, incluso no del todo bien planificados: no se explica que al último gran clímax se llegue sin fuerza y tras él no se sienta el abismo. La orquesta, por su parte, lo pone todo en el asador, pero no puede disimular que su nivel –sobre todo el de los metales– no es en modo alguno el de hoy. Tampoco a la toma sonora, sensatamente restaurada en HD, logra ocultar sus deficiencias de origen. (7)

 

 

7. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1970). La ocasión ideal para que el maestro, totalmente en su salsa, hiciera rugir a la orquesta como nunca lo había hecho, lanzándose en plancha al caleidoscopio de ritmos y timbres propuestos por el compositor, acumulando decibelios sin el menor complejo, subrayando todas las aristas tímbricas posibles (¡virulentas a más no poder las maderas, increíbles los metales de la CSO!) y fraseando con una electricidad y una vehemencia implacables, todo ello con una furia y una ferocidad que convierten a esta obra más que nunca en una carrera al abismo. Ahora bien, que nadie se piense que esta es una interpretación lineal, plana o de trazo grueso, porque la flexibilidad en el fraseo y la riqueza de matices están garantizadas, por no hablar con la pasmosa claridad con que la batuta trata el complejísimo entramado orquestal. Tampoco anda escasa de concentración, porque aunque haya nervio en cantidad, Sir George sabe remansarse cuando debe, tanto en los pasajes líricos intercalados entre las grandes explosiones sonoras como en un Andante moderado –ubicado en tercer lugar– dicho con cantabilidad suprema e irresistible emotividad. Ni es una versión externa, porque la sinceridad de los sentimientos, arrebatadísimos, se pone por encima del deslumbrante espectáculo sonoro. Que un servidor, y probablemente la mayoría de la tribu mahleriana, nos quedemos con los logros irrepetibles de un Barbirolli o un Bernstein en esta partitura –ellos van con menos prisa, paladean mejor la música, atienden más a las atmósferas– no es menoscabo para que este registro sea un perfecto ejemplo del arte de un enorme maestro. (9)

 

8. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1975-77). No creo que tenga nada que ver con las desigualdades de esta interpretación el hecho de estar grabada en dos años distintos, sino más bien con la personalidad artística de Karajan y su falta de sintonía con la música de Mahler. Ya el arranque nos pone en alerta: suena a banda sonora del Hollywood clásico. Efectivamente, el Allegro inicial resulta bajo la batuta del de Salzburgo, ante todo brillante y épico, por momentos luminoso e incluso triunfalista, también más rápido de la cuenta, en contraste con momentos líricos paladeados con esa placidez algo complaciente que tanto le gustaba al maestro. Pero de angustia y sentido de lo opresivo, nada de nada. El Scherzo se encuentra magníficamente tratado en sus aspectos más expresionistas, con virulencia e incisividad sin necesidad de caer y pintorescos de la página. El Andante moderato, siempre que se acepte un enfoque apolíneo, es espléndido: dicho con el tempo justo, enorme cantabilidad y subyugante belleza sonora, pero sin rastro del narcisismo, el amaneramiento o la languidez contemplativa que con semejante director podíamos esperar. El Finale es desconcertante a más no poder. Arranca sin suficiente fuerza, concluye sin negrura –aunque el “golpetazo” final es tremendo– y hacia el minuto 22 ofrece un clima épico de una brillantez exhibicionista completamente equivocada que recuerda al cuarto movimiento de la Primera sinfonía del autor; pero por medio hay tantos momentos de empuje, de tensión dramática, tratados con tal sentido del color y de las texturas, con pinceles tan exactos y capaces de toda clase de refinamientos bien entendidos, que uno no puede más que descubrirse ante el tremendo espectáculo sonoro propuesto por Karajan. (7)

 

9. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD DG, 1976). Nueve años después de su grabación en Nueva York, Lenny repite al frente de una orquesta muy superior –y mahleriana al cien por cien– el mismo concepto. Es decir, un primer movimiento en exceso rápido –tanto como la otra vez: el resto de los movimientos se los toma con más calma– y con un punto festivo que no le conviene, pero globalmente una interpretación llena de extroversión y goce dionisíaco, apasionadísima, extremadamente sincera y comunicativa a más no poder, irresistible en el ritmo, riquísima en el colorido, capaz de ofrecer los contrastes expresivos extremos que pide la partitura sin caer en la esquizofrenia ni en el amaneramiento, atenta tanto al pasado romántico como al futuro expresionista, dicha de un solo trazo… Todo un huracán de emociones que alcanza su culmen en un memorable Andante moderato –en tercer lugar–, para después ofrecer un movimiento conclusivo que es puro fuego y no deja un momento de respiro: en su siguiente grabación con la misma orquesta lo dirá con mayor amplitud sin perder garra. En cualquier caso, lo que interesa es la posibilidad de ver a Bernstein en la que es una de las actuaciones escénicas –soberbia filmación en celuloide de Humphrey Burton– más memorables de su carrera. Ver cómo usa todo su cuerpo para explicar la obra –tremendo verle canturreando, al borde de la lágrima, en el Andante Moderato– es toda una experiencia. Por eso mismo, y aun viéndose lastrada por una toma sonora que no está a la altura, considero esta versión como la más recomendable para quien se acerque por vez primera a esta prodigiosa creación mahleriana. (9)



10. Kondrashin/Filarmónica de Leningrado (Melodyia, 1978). Lectura muy personal, viril y épica, ajena por completo a lo decadente, pero algo superficial y no muy dramática. El primer movimiento es rápido e implacable, pero se le puede sacar bastante más partido. El scherzo resulta caprichoso en los tempi, en general precipitadísimos, y además carece de sarcasmo. El Andante moderato es emocionante, sin que termine de olerse la tragedia. El cuarto está bastante bien, pero los clímax no son todo lo desgarradores que debieran. La orquesta es espléndida, y la toma bastante mejor de lo esperable. (7) 


11. Abbado/Sinfónica de Chicago (DG, 1979-80). Este es el Abbado de los buenos tiempos, lejos de las ligerezas, ingravideces y blanduras que lastrarán sus posteriores acercamientos a la partitura. Cierto es que su enfoque no posee especial carácter dramático ni apuesta por la visceralidad, pero la implacable tensión dramática que inyecta –siempre bajo un estricto autocontrol, nada de precipitaciones–, la convicción expresiva que desprende su batuta y el asombroso virtuosismo con que trabaja a la fabulosa orquesta –tremendo el Scherzo, colocado en segundo lugar– terminan ganando la partida. Gran sonido en el formato Dolby Atmos que ofrecen algunas plataformas. (9)

 

12. Maazel/Filarmónica de Viena (Sony, 1982). Era una “deuda histórica” que la Wiener Phiharmoniker grabara, más allá de los contados registros aquí y allá con diversos directores, un ciclo completo de las sinfonías de Mahler. Lo hizo con un Lorin Maazel convertido en titular de la Ópera de Viena. Los ingenieros del sello CBS no estuvieron del todo a la altura de las circunstancias, al menos en esta Sexta de magnífica ortodoxia, dramática sin necesidad de cargar las tintas, riquísima en la tímbrica, elegante y muy vienesa cuando debe –trío del Scherzo–, de gran intensidad en los clímax del Andante moderato, y negra a más no poder en la conclusión. Ya tendrá tiempo el maestro, en su ancianidad, de ofrecer lecturas más personales y abrumadoras. (9)


13. Tennstedt/Filarmónica de Londres (EMI, 1983). Los primeros minutos no solo atrapan: entusiasman. Es un placer escuchar un Mahler así, directo e implacable, por completo ajeno a preciosismos, chirriante en la sonoridad y con el dramatismo en los huesos. Por desgracia, poco a poco van quedando al descubierto algunas insuficiencias. El maestro atiende mucho más a la globalidad que al detalle, no realiza un análisis de texturas minucioso y en su fraseo se muestra en exceso inflexible, poco natural e incluso precipitado. Gusta mucho, en cualquier caso, lo expresionista del enfoque. Este se mantiene en el Scherzo, sin que el movimiento acabe de funcionar: sobran prisas y machaconería, faltan transiciones más cuidadas, se necesita un mayor contraste expresivo. De manera coherente con lo hasta ahora planteado, el Andante moderato no resulta particularmente bello, ni contemplativo ni sensual, ofreciendo a cambio una apreciable intensidad y picos muy lacerantes. Vuelta al expresionismo radical en el Finale, pero esta vez con un trazo más natural, sin atosigamientos y con altísimo voltaje dramático. La orquesta pone toda la carne expresiva en el asador, pero –vamos a reconocerlo– se queda bastante corta. Podría ser mejor la toma, quizá una de las últimas realizadas en el desaparecido Kingsway Hall londinense. (8)



14. Bertini/Sinfónica de la Radio de Colonia (EMI, 1984). Admirable siempre el Mahler de Gary Bertini: sensato, moderado en el mejor de los sentidos, directo al grano, por completo ajeno a excesos y blanduras, pleno de musicalidad y muy bien realizado. Todas estas características pueden percibirse en el movimiento inicial, modélico en este sentido aunque alejado del carácter visionario de las más grandes realizaciones. Viene a continuación el Scherzo, con el cual el maestro israelí no busca el contraste haciéndolo alucinado y expresionista. Más bien va lento, explora atmósferas, potencia las secciones poéticas y, de paso, aprovecha para realizar una disección magistral del tejido sinfónico. Hermosísimo, muy lírico y en buena medida panteísta, mucho antes que agónico, el Andante moderado. Muy bien el Finale, solo eso: al clímax ante de la sección conclusiva se le podría sacar mayor partido, como también a la disolución. Muy bien la orquesta, atendiendo el maestro de la manera particular a las posibilidades expresivas de la tímbrica. (9)


15. Sinopoli/Philharmonia (DG, 1986). Armado de un refinadísimo sentido del color y de un fraseo efervescente que en principio podría resultar muy atractivo, el maestro veneciano ofrece una interpretación desconcertante y extremadamente irregular en la que parece empeñado en ser más original que nadie. Una retención de tiempo por aquí, un regulador por allá, unas trompetas –entiendo que de manera voluntaria– gritonas e incluso destempladas, contrastes y expresivos extremos… Su apuesta por un Mahler esquizofrénico tiene validez, pero Bernstein lo hacía –por los mismos años– con muchísima más sinceridad, coherencia y fuerza expresiva. Con Sinopoli la discontinuidad es patente, sobre todo en un fallido primer movimiento. El Scherzo engancha a ratos, mientras que el Andante moderato –en tercer lugar– está llevado a tempo de Adagio (¡casi veinte minutos) y alterna pasajes de una cantabilidad y belleza conmovedoras con otros más bien lánguidos y narcisistas. Al final, y pese a su discutibilísimo arranque –violines amanerados seguidos de percusión desmadrada– el que sale mejor parado es el cuarto movimiento, sugestivo en su aristada tímbrica y dicho con refrescante comunicatividad; la lentísima coda se encuentra muy bien desmenuzada y resulta de lo más inquietante. Toma sonora portentosa. (7)


16. Bernstein/Filarmónica de Viena (DG, 1988). A sus setenta años de edad, un prematuramente envejecido Bernstein –solo le quedaban dos más por vivir– ofrece su más madura, coherente y redonda interpretación, una salvajada de emociones extremas en la que, frente a una increíble Filarmónica de Viena que pasa en segundos de las más angulosas aristas a la mayor dulzura y belleza sonora, da una verdadera lección de batuta –por todo: planificación horizontal y vertical, sentido del color y de los contrastes, dominio de las dinámicas, estudio de las transiciones– para explicarnos la partitura desde su visión eminentemente dionisíaca, hedonista en el mejor de los sentidos, visceral a más no poder, capaz de transfigurar lo que de vulgar, grotesco, sentimental o terrorífico hay en esta música con una sinceridad extrema y una comunicatividad y un apasionamiento irresistibles. A destacar, con respecto a sus recreaciones anteriores, un primer movimiento no tan festivo, más claramente feroz, aun sin renunciar al júbilo en su sección final. El Scherzo es ahora particularmente imaginativo y personal, regodeándose en las múltiples posibilidades del mismo aun mirando con descaro hacia el universo expresionista. El Andante moderato convence un poco menos que antes por comenzar de manera quizá excesivamente extática y autocomplaciente, si bien las tensiones se acumulan hacia un clímax lleno de grandeza. El Finale es lo más impresionante por su fuerza bien controlada hasta llegar a un tercer golpe de martillo –Lenny daba tres– implacable y a una coda lentísima y nigérrima. En fin, esta Sexta y la Quinta del año anterior son quizá los más grandes testimonios mahlerianos que dejó el maestro, lo que equivale a decir dos de los más grandes discos Mahler que existen. (10)


17. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1989). Un Mahler no personal, pero sí de admirable ortodoxia, brillante siempre, decadente solo en su punto justo y dicho con apreciable garra dramática, en la que solo se echa de menos una dosis mayor de visceralidad e inmediatez en los dos primeros movimientos (Allegro energico-Scherzo), quizá porque el milanés decide tomarse las cosas con cierta calma para desmenuzar todo lo posible el entramado orquestal, que gracias tanto a su batuta como a la asombrosa prestación de la Orquesta del Concertgebouw, suena con gran claridad, riquísimo colorido y la adecuada incisividad, esto último sin descuidar en modo alguno la tersura y la sensualidad imprescindibles. El Andante moderato es impresionante, emotivo a más no poder sin lugar a narcisismos, mientras que el Finale resulta, sin necesidad de cargar las tintas, verdaderamente demoledor. Modélica toma de sonido. (9)

 

18. Ozawa/Sinfónica de Boston (Philips, 1992). Fracasa el maestro oriental en el primer movimiento, deslavazado y sin garra por mucho que se encuentre expuesto con toda la depuración sonora y sensibilidad tímbrica en él esperables. Tampoco en el Scherzo hay mucho interés por el sarcasmo ni la atmósfera opresiva. Muy hermoso el Andante moderato. Solo eso. El Finale posee unidad y buen trazo, pero al llegar al clímax que da paso a la disolución conclusiva la tensión se viene abajo. Buena toma en vivo. (7)


19. Boulez/Filarmónica de Viena (DG, 1994). El genial compositor francés nos sorprende relativamente con una interpretación que no solo se encuentra dentro de ese estilo sobrio y directo que le caracteriza, sino que también ofrece una apreciable intensidad expresiva –siempre bajo riguroso control, eso sí– que no relacionamos tanto con sus maneras. En cualquier caso, la lectura va de menos a más, quedándose algo corta en un Allegro enérgico impecable como estudio de ritmos, armonías y colores, pero no del todo implacable y no muy opresivo. Mejor el Scherzo, expresionista sin necesidad de forzar las cosas, amén de admirablemente diseccionado. En el Andante moderato viene el Boulez más insólito, el de la emotividad e incluso el vuelo poético, si bien muy ajeno a trasfondos filosóficos. Magnífico el cuarto, arrebatado sin llegar al desmelene, apartado de cualquier suerte de efectismo o de amaneramiento, trazado con decisión y muy directo al grano. Eso sí, la orquesta no le suena tan bella, suntuosa y brillante como con Bernstein, e incluso en algún momento aislado los violines llegan a decepcionar. La grabación no es todo lo buena que podía haber sido. (9)


20. Jansons/Sinfónica de Londres (LSO, 2002). El primer movimiento es tan correcto como rutinario e impersonal, echándose de menos garra y tensión interna. Sigue el Andante moderato, frío a pesar de que la batuta intenta aparentar pasión en el clímax, aunque al menos no es blando ni relamido. Al Scherzo le pasa lo mismo que el primero. El movimiento final es magnífico, atento a la claridad orquestal y sin efectismos, aunque pierde un poco de gas en la conclusión: los últimos compases deberían ser más cataclísmicos y siniestros. ¿Qué es lo que vieron tantas orquestas de primera en el bueno de Mariss Jansons? (7)

 

21. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 2004). Esta personal Sexta es un revelador muestrario de las admirables virtudes y los grandes defectos del Mahler de Abbado en la última etapa del maestro. El primer movimiento deslumbra por su asombrosa riqueza de colorido, su claridad, y su carácter comunicativo, pero se echan de menos densidad y carga trágica. La orquesta, aun tratándose de la que se trata, suena bastante menos densa de lo que suele debido a esa tendencia del maestro a aligerar tanto en lo sonoro como en lo expresivo, cosa que queda mucho más en evidencia en el arranque del Andante moderato, ingrávido, suavón y falto de carácter, aunque más adelante la temperatura se va caldeando y uno no puede resistirse a la gran cantabilidad con el que el maestro frasea las melodías: como recreación eminentemente apolínea del sublime movimiento puede valer, pero hubiera sido preferible sustituir el extremo refinamiento formal por una mayor intensidad expresiva. El Scherzo ofrece las mejores oportunidades de deslumbrar con una técnica de batuta portentosa, particularmente en lo que al sentido de las texturas se refiere. Lo mejor es el movimiento conclusivo, poderoso e implacable, además toda una exhibición de control sobre la orquesta, si bien su enfoque es antes combativo que nihilista: menos propensión a la aparatosidad y un sentido más desarrollado de la atmósfera fúnebre se hubieran bienvenido. La toma sonora impresiona en SACD por sus tremendos graves, pero hay que poner el volumen bien alto. (8)

 

22. Iván Fischer/Orquesta del Festival de Budapest (Channel Classics, 2005). El maestro de Budapest, siempre sólido pero rara vez interesante, nos ofrece una lectura rápida, intensa y muy bien encaminada, ajena a efectismos y a lo decadente, dentro de una óptica que no termina de convencer por resultar antes épica que dramática o fatalista, pero en cualquier caso bien resuelta. Pierde un tanto por la calidad de la orquesta, por cierta precipitación y por su tendencia a emborronarse. (7)

 


23. Abbado/Orquesta del Festival de Lucerna (Blu-ray Euroarts, 2006). Abbado repite su interpretación berlinesa con una orquesta, la de Lucerna, que por esas fechas no era tan buena como lo es hoy, y quizá acentuando los defectos de entonces. Particularmente discutible el enfoque excesivamente jubiloso del final del primer movimiento, y muy molestos los amaneramientos del Trío del Scherzo. A olvidar. (7)


24. Haitink/Sinfónica de Chicago (CSO, 2007). El veterano maestro, lejos de epatar con recursos fáciles de tan superficial como insincero apasionamiento, planifica la arquitectura de tensiones con minuciosidad para que el discurso sea mucho más unitario, efectivo e implacable. Está además muy atento a la gama de matices dinámicos, desde el más inaudible pianísimo hasta el forte más atronador, pasando por una amplísima gama intermedia perfectamente estudiada. Y organiza con sabiduría los diferentes planos orquestales no sólo para garantizar la claridad en una obra de tan denso tejido, sino para también obtener unas texturas ricas y sugerentes que pongan de relieve el riquísimo sentido del color de la partitura. Las intervenciones solistas están matizadas con cuidado y acertada intención expresiva. Puntualizando un poco, los dos primeros movimentos resultan en exceso distantes e impersonales. Hay que admirar cómo se plantea el Andante Moderato, ni agónico ni ensoñado, sino con un punto de serenidad agridulce, más no blanda, llena de belleza trascendida. Y el Finale abruma por su enorme carga dramática. (9)

 

25. Gergiev/Sinfónica de Londres (LSO, 2007). Una recreación tan vistosa y extrovertida como superficial, vulgar y hasta hortera. La batuta se precipita con frecuencia, no diferencia las dinámicas, no ofrece matices expresivos y resulta teatral en el peor de los sentidos. Todo suena muy alto de volumen y muy arrebatado, pero en realidad no hay tensión interna ni fuerza dramática, sino acumulación de masa orquestal y decibelios sin sentido de la arquitectura, del fraseo ni del color. Sólo se salva el Andante moderato, aquí en segundo lugar, que al menos se queda en lo rutinario e impersonal. La orquesta está desaprovechada, y por momentos suena regular. (4)

 

26. Haitink/Sinfónica de Chicago (YouTube, 2008). Como en su registro en CD un año anterior, los dos primeros movimientos son de una arquitectura inmejorable y permanecen completamente ajenos al efectismo, pero resultan excesivamente distanciados. El tercero, siempre manteniendo una línea objetiva, es sin embargo muy emocionante, alcanzando un vuelo lírico realmente insólito para semejante enfoque, mientras que el Finale, sin ser especialmente visceral, está lleno de garra, dramatismo y tensión. Salvando algún percance propio del directo, la ejecución es portentosa. (9)

 

27. Boulez/Staatskapelle de Berlín (DG, 2009). Este registro solo se puede localizar en dos cajas grandes del sello amarillo, la dedicada a la formación alemana y la enorme con todos los registros que con él realizada el maestro francés. Boulez plantea el primer movimiento de manera decidida y directa, antes épica que trágica, deslumbrando con un estudio tímbrico ejemplar y un sentido del ritmo implacable, pero con espacio para la flexibilidad y el vuelo melódico. El Scherzo es un prodigio por el tratamiento de líneas, colores y texturas, aportando toda la incisividad que necesita sin necesidad de recurrir a la violencia ni a la esquizofrenia. En el Andante moderato, apreciablemente más rápido que en su versión en Viena, no se permite a sí mismo bajar la guardia: es hermoso e intenso, pero no hay espacio para la emotividad poética. En el Finale se aprecian irregularidades, aunque de nuevo el dominio técnico de Boulez se impone y disfrutamos de un espectáculo sonoro que, lejos de resultar superficial, se encuentra cargado de sustancia dramática. La toma, en vivo, podría ser aún mejor. (9)


28. Maazel/Orquesta del Concertgebouw (Blu-ray RCO, 2010). Armado de una técnica de batuta colosal que le permite ralentizar de manera considerable los tempi sin que la tensión se venga abajo, el anciano maestro deja a un lado el expresionismo para ofrecer una visión digamos que clásica, equilibrada, poco visceral, pero no por ello precisamente falta de comunicatividad ni de compromiso expresivo, porque toda la riqueza anímica propuesta por el compositor se encuentra aquí amalgamada en un universo sonoro perfectamente delineado tanto en la globalidad como en los detalles, y dicho con una belleza sonora que, siendo extraordinaria, no se cerca en ningún momento a la melifluidad o el preciosismo, ni deja de dar su espacio correspondiente a lo incisivo o a lo feísta. En cualquier caso, frente a una primera mitad en la que se puede echar de menos el nervio de otras aproximaciones, hay que destacar un Andante moderato –en tercer lugar– que alcanza un impresionante equilibrio entre elegancia, concentración e intensidad expresiva, y un Finale que, antes que cataclísmico, resulta particularmente sombrío y desprende un regusto muy amargo. (10)


29. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2011). Difícil ponerle alguna pega a esta soberbia interpretación: planificación perfecta tanto en la arquitectura global como en el detalle, tremendo dominio del ritmo, riqueza de color que se diría infinita –siempre con su punto de adecuada incisividad–, brillantez bien entendida… Y ganas, muchísimas ganas. Esta es una lectura incandescente, llena de verdad, de entusiasmo, de comunicatividad, pero sin que el ardor llegue al nerviosismo –todo está controlado al milímetro–, trabajando todo el espectro orquestal con trazo fino y sin deseos de epatar al personal por la vía rápida, como hacen otros directores famosos. Todo ello con una perfecta comprensión de la música del compositor, ofreciendo tragedia en grandes dosis, ciertamente, también sentido épico, pero atendiendo asimismo a su particular humor grotesco, a su aliento vital, a lo que de luminoso y de amor por la vida tiene también esta partitura, y al enorme vuelo lírico de un Andante moderato –aquí en segundo lugar– emocionante a más no poder y solo con una pizca del decadentismo que necesita: de melifluidad, de narcisismo y de caídas en lo otoñal no hay ni rastro ni en este movimiento ni en el resto de la interpretación, que consigue un perfecto equilibrio entre todas las facetas del universo mahleriano con la absoluta complicidad de una orquesta en estado de gracia en la que cada una de las intervenciones solistas son una verdadera lección de virtuosismo y acierto expresivo. Solo hay que lamentar que la toma no llegue a recoger toda la gama dinámica que la obra demanda. (10)

 

30. Pappano/Orquesta de la Academia Nacional de Santa Cecilia (EMI, 2011). Lo que distingue a esta interpretación es algo que quizá tenga que ver con la trayectoria del maestro como director de foso: su desarrolladísimo sentido de la cantabilidad, entendida ésta no solo como delectación melódica, sino también como una mezcla de sensualidad, vuelo lírico y apasionamiento. ¿Mahler va a la ópera? Algo así. A la ópera italiana, para concretar. Obviamente es en un Andante moderato –colocado en tercer lugar– dicho con gran vuelo poético, aunque poco agónico y no todo lo intenso que podía haber sido, donde esta circunstancia queda más en evidencia, pero no sólo en él. El maestro está atento a todos esos momentos de la partitura donde puede recrearse en la fuerza de la melodía, y lo hace sin caer en esos preciosismos ni esas ingravideces con que lo hacen otros directores. Muchos pasajes suenan casi nuevos. Hay otras virtudes importantes, como puede ser la atención a la atmósfera en el primer movimiento o el sentido del color de las maderas en el segundo, cuyo final está matizado en lo expresivo de manera original y muy acertada. Pero hay también dos graves limitaciones. Una es la discontinuidad del discurso: el primer movimiento está dicho con considerable –háganse una idea: 24'33 frente a los ya de por sí más bien lentos 21'20 de Barbirolli–, y aunque eso le permite explorar mejor los referidos recovecos góticos, la arquitectura se ve lastrada por cierta discontinuidad. En el resto de la interpretación, también tendente a la lentitud, las cosas funcionan mejor en ese sentido, pero ahí salta el otro problema: las limitaciones de una orquesta que en el último movimiento se las ve y las desea para estar a la altura. En él tampoco Pappano está muy inspirado: comienza con algunos efectismos y finaliza sin la suficiente garra dramática, intentando entremedias inyectar la frescura y el fuego que usualmente le caracterizan, pero sin terminar de dar unidad a la página. Toma en vivo no muy allá, con abundantes toses. (8)

 

31. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (DVD Accentus, 2012). El maestro vuelve a acertar al abordar a Mahler en el punto exacto entre el decadentismo y el expresionismo, sin renunciar a los extremos, pero también sin necesidad de caer en devaneos sonoros, aportando además una gran vitalidad, extroversión bien entendida y, sobre todo, un colorido increíblemente rico que apunta hacia la Segunda Escuela de Viena. Ahora bien, hay cambios que evidencian las nuevas maneras de hacer, en general a peor, del director milanés. Al imprimir mayor velocidad al movimiento inicial obtiene la inmediatez y garra que en la grabación de Ámsterdam no conseguía, pero a cambio pierde algo de carácter opresivo y no le da tiempo a diseccionar como antes el entramado orquestal. El Andante moderato, colocado esta vez en segundo lugar, está dicho con apreciable belleza sonora, pero no resulta tan intenso y sincero. El Scherzo es ahora muchísimo más rápido, adquiriendo un carácter demoníaco muy apropiado pero resultando más nervioso de la cuenta; la enorme flexibilidad de los tempi aporta un punto adicional de locura, pero le hace perder unidad. El director justifica tales decisiones en función del orden de los movimientos: al colocarlo en tercer lugar, hay que independizar sus tempi de los del primer movimiento y darle, a su vez, un carácter de danza macabra. En el Finale se alternan momentos extraordinarios con otros dichos de cara a la galería, como si Chailly buscase epatar con la opulencia sonora antes que con una minuciosa planificación de las tensiones, que aquí conocen serios altibajos. Incluso a veces la orquesta, espléndida sin llegar al nivel de la del Concertgebouw, suena con menos densidad de la apropiada, lo que es sin duda deseo de una batuta que en los últimos años anda en pos de la ligereza sin saber muy bien por qué. Imagen y sonido absolutamente sensacionales. (8)


32. Harding/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2014). El maestro británico ofrece un magnífico primer movimiento, ofrecido con decisión, de un solo trazo y sin el menor devaneo, siempre con un tratamiento claro e incisivo de los colores orquestales. El Andante moderato está francamente bien, sobre todo por estar dicho con amplio vuelo lírico carente por completo de blandura o melifluidad, si bien aquí se echa de menos un plus de emotividad de intensidad dramática. El Scherzo es soberbio, grotesco sin cargar las tintas en sus aspectos demoníacos, virulento sin acentuar su carácter expresionista y con algunos detalles personales que cuentan con la complicidad de unas soberbias maderas que saben intervenir con la adecuada retranca. El Finale es irregular. El tema lírico con que se abre, que aparece varias veces después, está tratado con un punto de blandura que llega a disgustar: debería ser más intenso y lacerante. Luego se echa en falta una atmósfera fúnebre más densa, más cargada de malos presagios, aunque el tratamiento tímbrico que la batuta realiza de estos pasajes es refinadísimo y subraya las conexiones con la II Escuela de Viena, particularmente con Anton Webern; cuando hay que poner la orquesta en la quinta marcha Harding vuelve a demostrar un pleno dominio de los medios y hace saltar chispas en una Filarmónica de Berlín que está gloriosa: los solos del final son los de unos verdaderos portentos de la música. Lástima que la toma sonora no ofrezca toda la gama dinámica y el relieve posibles. (9)


33. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2018). Esta lectura me ha gustado bastante menos que la de los mismos intérpretes siete años anterior. La orquesta toca de manera superlativa y el maestro la maneja con una extraordinaria plasticidad, muy especialmente en lo que al tratamiento de las texturas se refiere. También sabe levantar la arquitectura con suficiente unidad y sin que haya caídas de tensión –cosa bien difícil en una partitura como esta–, y ciertamente frasea la obra con riqueza de matices y atención al detalle, sin espacio para la rutina. Mis reparos llegan más bien desde el punto de vista expresivo. Porque esta Trágica mahleriana no es, precisamente, del todo trágica. Además, Rattle parece mirar antes al pasado romántico que a la Segunda Escuela de Viena, opción esta última que es la que a mí más me gusta y me parece que subraya de manera más adecuada los valores visionarios de esta música. Así, las secuencias dramáticas del primer movimiento están bien planteadas, resultando los pasajes líricos entre ellas algo más suaves de la cuenta: al maestro le gusta recrearse en la belleza sonora. El Andante Moderato se encuentra cantado con amplitud, calidez y emotivo humanismo, pero la visión de la batuta resulta mucho antes consoladora que doliente. El Scherzo me parece un error: en lugar de optar por la virulencia expresionista, Sir Simon busca una tímbrica más bien sensual –así lo hace a lo largo de toda la interpretación– y se recrea sin complejos en los aires de lander. Que en el tratamiento de las maderas plantee un humor claramente socarrón, que no ambiguo ni siniestro, sirve de poco. El Finale es quizá lo más logrado, porque aquí no hay problema conceptual alguno y la conjunción de la enorme técnica del maestro con la excelsitud de la que en ese momento era todavía su orquesta hace milagros. (8)

 


34. Currentzis/MusicAeterna (Sony, 2018). Esta es una lectura intensa, rabiosa y visceral, marcadamente expresionista y de acentuados efectos teatrales, en la que se subrayan los aspectos más angulosos y no se deja espacio a las languideces, ni a la blandura lírica ni a esos insoportables portamentos con que a veces se trufa esta música. El maestro griego traza el discurso de manera decidida, renunciando a preciosismos pero no con ello al detalle; porque equilibra bien los planos sonoros, despliega un colorido de enorme riqueza y da instrucciones para llenar de significado las intervenciones solistas. Le pongo un 9 al Allegro energico inicial: decidido y vehemente dentro de un enfoque que acierta al ser más trágico que épico. Se puede estar en desacuerdo en cómo están aprovechados algunos pasajes o en cómo se resuelven determinadas transiciones, pero el resultado es espléndido. Un 9'5 para el Scherzo que viene a continuación. Como apuntaba Chailly, ubicarlo en segundo lugar obliga a la batuta a marcar diferencias con el movimiento precedente, lo que solo se puede conseguir llevándolo con rapidez y subrayando sus aspectos virulentos, que es justo lo que hace un Currentzis como pez en el agua cuando se trata de combinar lo grotesco con lo angustioso y lo nihilista; impresionantes los solistas en sus onomatopéyicas y mordaces intervenciones, y un acierto dejar de lado los aspectos pintorescos y distendidos del landler. Un 8'5 para el Andante moderato, al que se le podría pedir más sensualidad y una poesía aún más elevada, pero que acierta al olvidarse de hedonismos sonoros para intensificar la lacerante, no poco nihilista emoción que desprende. Y un 8 para el Finale, volcánico y lleno de rabia, pero a mi entender no del todo sincero, incluso un poco más ruidoso de la cuenta: aquí Currentzis no se muestra solo teatral, sino también  teatrero. ¿Un 9 como nota final? Lo dejo en un 8: los músicos de la orquesta tocan como si le fuera la vida en ello, pero no pueden competir –la sección de metales no es la de Chicago precisamente– con los de las grandísimas formaciones que han registrado esta página. La toma ofrece claridad, cuerpo y relieve, mas no toda la gama dinámica posible; además adolece de cierto tinte metálico, que parece consecuencia de haber sufrido una ecualización en busca de mayor brillantez. (8)

 

35. Kiril Petrenko/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2020). Pocas lecturas podrán escucharse tan increíblemente bien expuestas como la presente. Y ello tiene que ver tanto con el nivel de una Berliner Philharmoniker en el mejor momento de su historia como con la soberbia técnica de batuta de un señor que se conecta a la perfección con la orquesta y se entrega al cien por cien para obtener lo mejor de la misma. A nivel técnico, insisto. Porque en el plano expresivo me ha parecido un bodrio. Ya desde los compases iniciales queda claro que "ahí pasa algo": en lugar de sonar amenazadores, resultan más bien frívolos. Y no solo por la considerable rapidez de los tempi que Petrenko adopta a lo largo de toda la partitura, sino también, y sobre todo, por su deseo de restar contenido trágico. El primer movimiento resulta bajo su batuta soleado, jovial e incluso risueño, cuando no abiertamente festivo. Tanta brillantez puede enganchar, pero se queda en la superficie. Petrenko se decide por ubicar el Andante Moderato en segundo lugar. Y triunfa a la hora de hacer que la página suena ligera, transparente y bonita. Nada de pathos, de emotividad, de ese peculiar sentido panteísta y agónico que albergan estos magistrales pentagramas. La cosa mejora en el Scherzo: virulento, feroz, implacable en la rítmica, hiriente en los timbres, acertadísimo en las intervenciones de los solistas. El sentido de lo grotesco y de lo vulgar, esencial en la música mahleriana, está perfectamente captado. También es verdad que resulta demasiado rápido: Petrenko atosiga más por el tempo que por la tensión interna. Y se escora hacia lo ligerito, por no decir lo repipi, cada vez que se le presenta la oportunidad. En el movimiento conclusivo (¡por fin!) sí que se apuesta por lo ominoso y por lo dramático. El virtuosismo de la batuta obra prodigios, pero falta sinceridad. Se sienten los decibelios, no la rabia. Impactan los contrastes sonoros, mas no se genera la atmósfera ominosa y enrarecida que esta música necesita. Todo resulta agitado a más no poder, cuando debería ante todo ser inquietante, agónico y siniestro. También hay alguna frase en los violines de una blandenguería extrema, por no hablar de los excesos de un timbalero que se lo pasa en grande. (6)


36. Nelsons/Filarmónica de Viena (Stage +, 2020). Esta filmación, procedente del Festival de Salzburgo, va de menos a más y termina siendo –con diferencia– la mejor de las tres que ya tiene Andris Nelsons. El movimiento inicial se desarrolla sin nada en particular que destacar, siempre dentro de un alto nivel tanto técnico como expresivo: claridad en la exposición, desarrollo completamente lógico de las tensiones, ausencia tanto de blanduras como de efectismos y plena atención a los remansos líricos son las bazas que le permiten ganar la partida. Lo que ocurre, ustedes ya lo saben, es que no hay mahleriano que no tenga en la cabeza la visceral, tremenda locura que en su momento se montó Bernstein con la misma orquesta. Nelsons decide seguir poniendo el Scherzo en segundo lugar: todo muy bien, sin necesidad de cargar la tinta en virulencias expresionistas, también sin deseos de resultar implacable, prefiriendo resaltar la excelencia de la escritura que escarbar en psicologismos. Está bien. Llega el crucial Andante moderato, y el maestro destapa el tarro de las esencias: hermosa, cálida y muy lírica interpretación que decide no hablarnos de angustias existenciales, pero tampoco cae en el tremendo error de convertir la sublime página en una sucesión de blanduras para hacer bonito. Lo contemplativo, así de bien hecho, puede convencer tanto como lo agónico. ¿Y el Finale? Nelsons ha reservado para él toda su energía y, aquí sí, ofrece una recreación tan arrolladora como controlada: claridad y atención son cruciales, pero la tensión y el sentido dramático se convierten en protagonistas de la función. La orquesta da lo mejor de sí y los resultados son excelsos. (9)


37. Saraste/Filarmónica de Oslo (YouTube, 2022). El primer movimiento es bueno: todo en su sitio, claridad suficiente y pulso bien sostenido, pero sin esa tensión interna y esa virulencia sonora que la música necesita. Eso sí, ni rastro de blanduras, preciosismos ni amaneramientos. Saraste coloca el Scherzo en segundo lugar. Le sale bien, solo eso: poco demoníaco y algo rutinario, aunque siempre dentro de un notable nivel de exposición. El sublime Andante moderato le queda frío. No sé si la intención es la de apartarse del Mahler pegajoso y en éxtasis de otros directores, o quizá simplemente intenta mirar al futuro antes que al pasado romántico, pero lo cierto es que tanto distanciamiento no es conveniente. Por fortuna, funciona muy bien el gran clímax del movimiento, no diré emotivo pero sí bien construido y de apreciable intensidad sonora, en el mejor de los sentidos. El nivel sube considerablemente en el Finale, magnífico todo él: ahí la intensidad dramática, el sentido trágico y la desesperación de esta música salen a flote sin que el maestro pierda las riendas. Todo calculado, pero manteniendo la frescura y la sinceridad que la música demanda, amén de obteniendo un soberbio rendimiento de una orquesta que no es de primera. Por cierto, hay tercer golpe de martillo. (8)

38. Shani/Filarmónica de Rotterdam (Medici TV, febrero 2024). Prescindiendo de partitura y sacando un muy buen provecho de una orquesta que dista de poseer las cualidades tímbricas y el virtuosismo de las más grandes, aunque con primeros atriles de admirable musicalidad, el aún joven maestro israelí –treinta y cinco años– deja a un lado ingravideces, amaneramientos y decadentismos para ofrecer una recreación directa, decidida y abiertamente dramática, cargada de electricidad y no precisamente exenta de esa virulencia tanto sonora como expresiva que la música demanda. Sobre, eso sí, cierta linealidad en un discurso que podría ser más rico e imaginativo, también más personal, y se echa de menos una dosis superior de esa sensualidad, esa calidez humanística e incluso esa termina que son imprescindibles a manera de contraste, particularmente en un Adagio que comienza algo dubitativo –única veleidad de la interpretación– y luego ofrece mucha vehemencia, pero escaso vuelo poético. La toma es formidable, superior a la media de las filmaciones en lo que a cuerpo sonoro y gama dinámica se refiere. (8)


39. Dudamel/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2024). Paradojas: aunque en líneas generales el Mahler de Dudamel se muestra deudor del de Bernstein, en la Sexta la interpretación del venezolano resulta más claramente romántica, mientras que el norteamericano, en su última y genial grabación de la página, miraba también hacia la Segunda Escuela de Viena para ofrecer una visión más poliédrica y atenta a la modernidad de la escritura. Coinciden, en cualquier caso, en la flexibilidad del fraseo, la incandescencia y el "calor humano" de la batuta, así como en su indisimulado hedonismo. Ofrece de esta forma el maestro un primer movimiento muy atractivo y de gran comunicatividad, con independencia de que nos desconcierten ciertas libertades agógicas –algunas muy sutiles, otras no tanto– y su tendencia a leer los pasajes líricos desde un cierto ternurismo, idea que consigue transmitir a la perfección a los soberbios, increíbles primeros atriles de la formación alemana. En el Scherzo juega a los contrastes, si bien parecen interesarle más los aspectos bucólicos de la página que los demoníacos. Como todo parecía apuntar, en el Andante moderato se decanta por la sensualidad y el lirismo panteísta. A mí no me acaba de entusiasmar esta opción, pero reconozco que resulta difícil resistirse ante el maravilloso sentido de lo cantable con que frasea la batuta, por no hablar de la ductilidad de una cuerda de ensueño. Felizmente, Gustavo se deja de devaneos en un Finale soberbiamente trazado en el que puede lucir de manera especial su dominio técnico de la orquesta. (8)

martes, 6 de enero de 2026

Quinta sinfonía de Mahler: discografía comparada

Presenté por primera vez esta entrada el 11 de junio de 2020. No realicé entonces introducción, y tampoco ahora se me ocurre qué decir. Bueno, sí, una cosita: detesto lo que hizo con esta música el otras veces grande Luchino Visconti en su pretencioso bodrio Muerte en Venecia. Asoció allí para siempre en el imaginario popular el cuarto movimiento, Adagietto, con una situación muy concreta (¡el poeta muriendo mientras contempla al hermosísimo Tadzio en la playa de Venecia, qué cosa más elevada!) que le quita a los pentagramas su carácter abstracto y le otorga significaciones que estrechan nuestra capacidad para verla de diferentes maneras. Peor aún, convierte a esta página en el epicentro de la sinfonía, cuando en realidad se trata de un preludio al Finale. 

Los directores de turno, muchos de los cuales se lanzaron a grabar la obra después del estreno de la referida película, tienen dos opciones en este sentido: dejar que efectivamente sea el epicentro convirtiéndolo en un Adagio –que no Adagietto– puramente mahleriano, a la manera del sublime Ruhevoll de la Cuarta sinfonía, o no cargar las tintas y dejarlo como transición reposada al movimiento conclusivo. Las dos opciones son válidas. Lo que no vale es hacerlo pegajoso, ingrávido o amanerado. Mahler podrá ser (¡y es!) decadentista, pero no cursi.




1. Walter/Filarmónica de Nueva York (Sony-Pristine, 1947). Esta es la primera grabación completa de la partitura estrenada cuarenta y cinco años antes. No se le puede negar a Bruno Walter pleno conocimiento de Mahler y de sus circunstancias, pero lo cierto es que a dia de hoy esta recreación resulta bastante desequilibrada. Defraudan los dos primeros movimientos, expuestos con naturalidad y un trazo que evita tanto la rigidez como los excesos agógicos –nada que ver con lo que con este repertorio hacía un Mengelberg y presuntamente hacía el propio compositor–, pero descafeinados en lo expresivo; salvo en momentos concretos, ni el dolor ni la rabia que albergan las notas se hacen presente con la intensidad que deberían. Bastante mejor el tercero: a despecho de algunos pasajes poéticos no del todo aprovechados, hay animación bien controlada, vistosidad y un estupendo tratamiento del entramado orquestal que pone de relieve el riquísimo color de la escritura. Espléndido el Adagietto, tan sobrio como musical, y al igual que el resto de la interpretación, por completo ajeno a narcisismos y amaneramientos, e irreprochable un Finale tan bien desmenuzado como correctamente planificado en sus tensiones. La orquesta se comporta francamente bien para los estándares de la época. En definitiva, una interpretación que en lo numérico iría desde el 6 hasta el 9, pero que globalmente merece valorarse con una nota alta: no era ninguna tontería enfrentarse a esta partitura en un momento en el que Mahler distaba aún de gozar de la popularidad que alcanzaría décadas más tarde. Muy convincente la ecualización de Pristine Classics. (8)



2. Horenstein/Sinfónica de Londres (Pristine, 1958). Se acaba de recuperar esta grabación de un ensayo –iba a realizarse un registro para el sello VOX– que supone el primer testimonio de la LSO interpretando a Mahler. En ella el maestro nacido en Kiev da buena cuenta de un planteamiento que sigue por completo vigente: severidad, control, análisis del expectro orquestal y una total ausencia de preciosismos y amaneramientos. Todo ello paladeando la música con delectación y naturalidad, sin necesidad de forzar las cosas. Los resultados fueron admirables, pero aun así esta lectura queda por completo eclipsada por la mucho más dramática, oscura y visceral que el propio Horenstein ofrecerá tres años más tarde con la Filarmónica de Berlín. Incluso hay que reconocer que a este Finale de Londres le falta un poco de fuelle. La toma, monofónica, es digna sin más. (8)



3. Horenstein/Filarmónica de Berlín (Pristine, 1961). Horenstein le coge la orquesta a Karajan, se va al Festival de Edimburgo y levanta una interpretación negra, intensa y expresionista a más no poder, nada rápida en los tempi, muy flexible cuando ello es necesario, pero siempre sujeta por riendas firmes y por completo ajena blanduras o éxtasis místicos. Los dos primeros movimientos renuncian a lo quejumbroso para poner directamente el dedo en la llaga. El gran Scherzo central no anda escaso de chispa ni de sentido del humor, pero posee una gran visceralidad, rusticidad sonora bien entendida y cierto carácter rugiente; lo demoníaco termina imponiéndose. El Adagietto no es contemplativo, sino doliente y encendido. Y el Finale está recorrido por un tremendo impulso vital en el que resulta difícil distinguir qué es júbilo y qué risa desesperada. La coda se expone con lentitud y evidencia la renuncia a todo efectismo, pero no por ello el público deja de lanzarse a aplaudir con enorme entusiasmo. La toma de sonido es muy precaria, a pesar de la concienzuda restauración realizada por Pristine. A esta se le puede discutir el relieve artificial que se le ha concedido a las frecuencias graves, si bien es verdad que sin ellas no se puede entender el sonido propio de la Berliner Philharmoniker. (10)



4. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1963). Aun no habiendo alcanzado por entonces todavía su madurez como director, el autor de West Side Story demuestra no solo una enorme sintonía con el universo musical de Mahler, que aborda con una sinceridad y fuerza expresiva abrumadoras sin que hagan su aparición melifluidades, preciosismos ni amaneramientos, sino también –y eso no era tan habitual en el norteamericano en esas fechas– un muy apreciable control de los medios. El resultado es una lectura encendida y comunicativa al tiempo que bien trazada, atenta tanto a la claridad y al detalle como a la arquitectura global, además de rica en color y brillante en el buen sentido del término. Falta el grado de depuración sonora –sobre todo en el último movimiento–, de plasticidad y de concentración de que hará gala en sus recreaciones fonográficas posteriores, que además ofrecen mayor hondura trágica que ésta. Y se echa de menos una orquesta como la Filarmónica de Viena en las referidas interpretaciones, porque lo cierto es que la New York Philharmonic, empezando por la trompeta solista, se queda bastante corta a la hora de responder al alto grado de virtuosismo que exige la escritura mahleriana. (8)



5. Neumann/Orquesta del Gewandhaus de Leipzig (Berlin Classics, 1966). Un placer escuchar con una orquesta superior a la Filarmónica Checa –aunque las trompetas rajan tela marinera– a un maestro como Vaclav Neumann, quien nos sorprende con una recreación que engancha de principio a fin gracias a su desbordante –que no desbordada: no hay precipitaciones, ni descontrol, ni excesos– intensidad expresiva. Interpretación de una fuerza, una vehemencia y una comunicatividad arrolladora que, aun rechazando la sobriedad para practicar un saludable hedonismo sonoro, se mantiene siempre lejos del narcicismo y del amaneramiento. Ahora bien, hay que reconocer que el enfoque del maestro checo resulta un tanto unilateral, escorándose hacia la extroversión y descuidando enriquecer el fraseo con acentos que otorguen los adecuados claroscuros expresivos. Por eso mismo los dos primeros movimientos, aun llenos de fuerza y rebeldía, carecen del carácter luctuoso –ojo, no lánguido ni plañidero- que también deben poseer, e incluso podrían estar un poco más paladeados, mientras que el tercero ganaría si fuera más poliédrico y rico en significaciones. Cálido, emotivo y sin languideces el Adagietto, rebosante de felicidad el Finale. (9)



6. Barbirolli/New Philharmonia (EMI, 1969). Vista con la perspectiva que otorga el paso del tiempo, esta lectura puede considerarse, hasta cierto punto, como la negación de buena parte de lo que vendrá después. Nada de retórica, de decadentismo, de voluntarias vulgaridades y de complacencia hedonista. Tampoco esquizofrenia, ni expresionismo. Ni dulzura, ni éxtasis místicos, ni contrastes extremos entre la muerte y la vida, entre el dolor y el júbilo. Aquí impera un dramatismo tan severo como lleno de fuerza interna (¡y eso que los tempi, con excepción del cuarto movimiento, son bastante lentos!) que da como resultado una recreación tan discutible como necesaria. En el primer tercio de la obra no hay lugar para aspavientos ni para el desgarro, solo para el dolor concentrado. El Scherzo no tiene mucho de festivo ni de danzable, lo que no le impide al maestro –al que se escucha resoplar claramente al principio– desgranar las melodías con maravillosa naturalidad ni analizar el espectro sonoro con escalpelo de cirujano. El Adagietto resulta adecuadamente sobrio e intenso: ni sentimental, ni contemplativo. Se escucha desde la distancia y como adecuada introducción a un quinto movimiento que, sin renunciar a la brillantez, en lugar de épico y optimista resulta resulta implacable y está lleno de grandeza bien entendida. La orquesta, un milagro, como lo es también la remasterización de Esoteric en SACD. (10)



7. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1970). Haciendo gala de su absoluto control de la arquitectura, elevadísimo sentido teatral y capacidad para ofrecer una enorme dosis de brillantez sin caer en el mero espectáculo, Solti renuncia a todo ese hedonismo sonoro, sentido de lo decadente y agonía psicológica que habitualmente asociamos al mundo mahleriano para ofrecer una recreación rápida –que no precipitada–, directa, extrovertida, sincera y muy comunicativa. Hay que puntualizar que en los dos primeros movimientos no se percibe lo suficiente la congoja, resultando más encrespados que otra cosa, aunque dichos con una finura de trazo asombrosa; que el tercero es muy luminoso, está lleno de frescura y de vitalidad, mezclando muy bien alegría y tensión dramática; que el cuarto es rápido, nada contemplativo, ofreciendo clímax lacerantes; y que el quinto resulta jubiloso como con pocos directores se haya escuchado, aunque de nuevo la increíble fuerza del trazo no merma la claridad, ni la finura, ni la increíble precisión expositiva. (8)



8. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Pentatone, diciembre 1970). Todavía a unos meses de distancia del estreno de Muerte en Venecia, con todo lo que eso iba a suponer, un Haitink de cuarenta y dos años propone una visión sobria en lo sonoro y distanciada en lo expresivo, pero no con el deseo de hurgar en los aspectos más adustos y dramáticos de la partitura, a la manera de un Barbirolli, sino con el de poner de relieve la portentosa escritura orquestal mahleriana. Obviamente lo consigue, pues para algo posee una técnica de batuta excepcional y tiene a su disposición a una orquesta espléndida –sin llegar aún al nivel increíble de tiempos más recientes–, pero lo cierto es que esta música parece pedir un mayor compromiso con el torbellino de emociones que, a partir ese increíblemente rico mosaico sonoro que Haitink expone de maravilla, parece pedir desde la primera nota hasta la última. La recuperación de la toma cuadrafónica original que brinda el SACD de Pentatone permite disfrutar de una admirable espacialidad sin que apenas se pierda –sobra algún platillazo demasiado lateral– la distribución tradicional de una orquesta, amén de una espectacular gama dinámica. (8)



9. Kubelik/Sinfónica de la Radio de Baviera (DG, 1971). No se puede reprochar el concepto del esta Quinta, ciertamente más lírica y luminosa que dramática, pero en cualquier caso dicha con una buena dosis de frescura, ajena tanto a excesos como amaneramientos y bastante bien diseccionada. Sí se le pueden poner pegas a la continuidad de las tensiones: el segundo movimiento arranca con bastante flojera y el quinto, sencillamente, nunca termina de arrancar. Pero lo que no es de recibo es la actuación de la orquesta, pobre en su sonoridad global y lastrada por unos metales que rajan continuamente. Tampoco la toma sonora, ni siquiera en alta resolución, se ha conservado bien. La toma radiofónica diez años posterior resulta mucho más recomendable para conocer el acercamiento de Kubelik. (7)



10. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD DG, 1972). Interpretación dionisíaca y extrovertida por excelencia, de una fuerza y sinceridad arrolladoras, muy teatral y hedonista sin caer en el narcisismo, que con tanto fuego está a punto de precipitarse, sin llegar a ello, y olvida un tanto la clarificación del entramado instrumental, aunque por lo demás el rendimiento que obtiene de la orquesta es admirable y sabe hacerla sonar indistintamente con dulzura y de manera aristada. Extrañamente la trompeta del arranque resulta algo tímida, incluso blanda. A partir de ahí, los dos primeros movimientos son volcánicos, poderosos y rebeldes al mismo tiempo, al borde del frenesí. El tercero está lleno de entusiasmo y luminosidad, como también de sabor popular y cierta rusticidad sonora que le sienta muy bien, y por lo cual los abundantes portamenti no llegan a resultar cursis. El Adagietto, voluptuoso y romántico pero no dulzón ni ensimismado, es de una fuerza expresiva arrolladora, culminando en un clímax lleno de intensidad. Jubiloso el Finale, una auténtica orgía de ritmos y timbres admirablemente controlada, aunque tal vez no del todo paladeada. Hay que puntualizar que la versión no resulta tan creativa ni está tan paladeada como la posterior de Lenny con la misma orquesta, pero quizá sea todavía más sincera. (9)



11. Karajan/Filarmónica de Berlín (Blu-ray Audio DG, 1973). En los dos primeros movimientos, el salzburgués alterna momentos muy estáticos con otros de tal arrebato que se encuentran al borde del desbordamiento, pero aunque el resultado engancha el gusto por el preciosismo sonoro termina evidenciando la insinceridad de la propuesta. La trompeta, curiosamente, no está del todo bien. El Scherzo comienza un tanto blando e indiferente, o al menos en exceso amable, para luego transitar el sendero no ya de la blandura sino del más irritante amaneramiento; poco a poco se va centrando y se llegan a alcanzar momentos muy encrespados. El Adagietto, lento, dulce, estático y contemplativo a más no poder, se mueve dentro del más evidente tópico de lo de decadente, resultando de lo más significativo que el registro se realizara en plena efervescencia mahleriana derivada de Muerte en Venecia. De hecho, no resulta difícil visualizar con los muy lacerantes violines del clímax final el éxtasis fatal del protagonista de la película de Visconti. El Finale arranca de manera plácida y poco a poco se va encrespando hasta alcanzar, como ya ocurría en el Scherzo, altas cotas de temperatura emocional que no terminan de quitarnos el sabor agridulce en los labios que nos deja esta interpretación que nos muestra al mismo tiempo lo mejor y lo peor de Herbert von Karajan. La toma sonora sufre evidentes limitaciones de origen, aunque la reproducción en alta resolución permite recrearla con apreciable naturalidad y un robusto registro grave muy conveniente. (7)



12. Levine/Orquesta de Filadelfia (RCA, 1977). Sobreactúa de manera considerable el joven Levine –treinta y tres años– en los dos primeros movimientos, vistosísimos pero de una teatralidad excesiva en los ataques, exagerado en la percusión, aparatoso y muy insincero. El dolor y la rabia no se sientes: son excusas para montar el espectáculo. Al menos no hay languideces ni blanduras. Bien el tercero, animado y rico en el colorido, atento al descaro orquestal que sin duda la partitura necesita, incluso a ese sentido de lo vulgar tan importante en Mahler, pero aquí controlándose más y con mayor sentido. Lento y poco emotivo el Adagietto, y espléndido el Finale, soberbiamente diseccionado y lleno de animación. La orquesta evidencia su admirable nivel, aunque los metales no terminan de empastar, tal vez por deseo de la batuta. Francamente buena la toma. (7)



13. Neumann/Filarmónica Checa (Supraphon, 1977). Once años después de su registro en Leipzig, el maestro checoslovaco vuelve a adoptar un enfoque cálido, sincero y ajeno a cualquier clase de languidez, pero están vez nos resultados no son tan atractivos. Se diría incluso en a los dos primeros movimientos no solo les falta ese punto de negrura y de carácter fúnebre de entonces, sino que por momentos bordean lo festivo. El Scherzo se ralentiza ahora de manera considerable, con lo que se acentúa aún más el enfoque distendido, ajeno a visceralidades más o menos expresionistas, con que lo aborda Neumann. El Adagietto vuelve a ser espléndido. El Finale, como el tercer movimiento, también adopta un tempo más lento (16'08'' frente a 14'45''), perdiendo parte de esa alegría desbordante que enganchaba en la anterior ocasión, al tiempo que gana en una coda dicha con mayor grandeza. La orquesta, mucho mejor en los problemáticos tiempos de Karel Ancerl, responde a buen nivel y se encuentra cuidadosamente trabajada. La toma sonora se ha conservado bastante bien, pero no es equiparable a la que por las mismas fechas realizaban Deutsche Grammophon, Philips o Decca. (7)



14. Tennstedt/Filarmónica de Londres (EMI, 1978). Esta primera Quinta de Tennstedt –luego vendrían cinco más, todas ellas en vivo– se aparta de los criterios más personales de otros directores, ofreciendo una síntesis de los diferentes enfoques posibles –hay dramatismo, voluptuosidad, ensoñación y capacidad analítica, todo ello en su punto justo–, pero siempre anteponiendo la elegancia, la calidez y el vuelo poético frente a otras consideraciones más o menos inquietantes. En este sentido, el tercer movimiento puede resultar –sobre todo en su arranque– algo más amable de la cuenta, como también le ocurre a un Finale luminoso mas no arrebatado. El Adagietto destaca por un sereno humanismo que sabe alejarse de lo en exceso decadente sin renunciar a recrearse en la sensualidad de la página. A la postre, lo menos convincente es la actuación de una London Philharmonic sin duda notable, pero con metales no muy allá. La toma suena francamente bien en la recuperación en alta resolución. (8)



15. Abbado/Sinfónica de Chicago (DG, 1980). ¡Qué enorme director fue Abbado en su juventud! ¡Qué diferencia con lo que vino después! He aquí una lectura prodigiosamente planificada y ejecutada, brillante sin caer en lo efectista, extrovertida y luminosa en el mejor de los sentidos, quizá un poquito más fría de la cuenta en el primer movimiento, pero globalmente irreprochable en la expresión: nada que ver con las languideces y amaneramientos de su siguiente registro discográfico. Los movimientos tercero y quinto son sensacionales, como también una toma –Klaus Hiemann– que venturosamente fue analógica y por ello se ha podido recuperar en alta definición, haciendo refulgir a la increíble orquesta en todo su esplendor. (9)



16. Kubelik/Sinfónica de la Radio de Baviera (Audite, 1981). Una visión más apolínea que dionisíaca, objetiva, fresca y sincera. Respira naturalidad, su tímbrica es rica y moderadamente incisiva y se encuentra muy bien diseccionada. Elegantísima siempre, se mueve siempre dentro de un exquisito gusto, pero faltan imaginación y compromiso expresivo. Primer movimiento ortodoxo, sin aspavientos aunque sin miedo al exceso. El segundo ofrece un fuego intenso al tiempo que controlado. El tercero es quizá demasiado alegre e ingenuo, incluso un punto pastoril, y por momentos algo liviano, y en algunos momentos la tensión decae un poco para ofrecer un cierto aire de melancolía; el resultado es algo discontinuo, aunque su final sí es enérgico y brillante. El Adagietto es muy lírico y femenino, también algo distante, lo que no impide que el clímax sea intenso. Luminoso y desenfadado el Finale, muy atento a la claridad y la polifonía, con un final jubiloso y particularmente optimista. (8)



17. Maazel/Filarmónica de Viena (Sony, 1982). Expuesta con la mano maestra que es de esperar en una de las batutas con más técnicas que hayan existido, y tocada con depuración sonora y belleza supremas por una orquesta que siempre ha resultado ideal para esta música, nos encontramos aquí ante una interpretación elegante, distanciada y parsimoniosa –no amanerada, aunque sí un poco preciosista– en la que uno queda fascinado por el puro sonido pero en ningún momento siente emoción. Parece que Maazel viese a Mahler desde el más apolíneo clasicismo vienés, o quizá desde la curvilínea distinción de la Sezesion, mucho antes que desde las turbulencias de entresiglos, pero lo cierto es que este enfoque, que tan maravillosamente bien le funciona en la Cuarta, resulta muy insuficiente en una música, la Quinta, que parece pedir compromiso a gritos. (7)


 

18. Sinopoli/Orquesta Philharmonia (DG, 1985). Haciendo gala siempre de ese sentido del color y de esa capacidad para el análisis del entramado orquestal que son marca de la casa, el maestro veneciano parece querer jugar la carta de la esquizofrenia en esta extraña e irregular interpretación. Así, en el primer movimiento quiere resultar distante y estático, manteniendo las distancias y optando por sonoridades más bien apolíneas, con frecuencia ingrávidas y bordeando lo relamido, para en el segundo acentuar los contrastes entre momentos planteados en esta misma línea y otros de gran vehemencia, acelerados y un punto frenéticos, que sin duda alcanzan gran intensidad. En el tercero, de nuevo lleno de claroscuros que parecen más pensados de cara a la galería que sinceros, parece apuntarse hacia la Segunda Escuela de Viena que tan maravillosamente dirigía Sinopoli. Estático, espiritual y muy hermoso el Adagietto. En Finale, por su parte, resulta un tanto frío y solo se anima en los minutos finales, en los que felizmente hacen su aparición el entusiasmo, la sinceridad y la grandeza bien entendida. Magnífica la toma. (7)



19. Solti/Sinfónica de Chicago (DVD Sony, 1986). El maestro vuelve a ofrecer una enorme garra dramática en los dos primeros movimientos, sentido de los contrastes sonoros y expresivos en el tercero, lirismo tan sobrio como concentrado en el Adagietto y una buena mezcla de tensión, fuerza y júbilo en el final, todo ello con el concurso de una orquesta cuyo virtuosismo e incisividad resultan ideales para semejante enfoque. No sé hasta qué punto su anterior grabación de audio queda superada, pero a esta le he puesto más alta puntuación porque me ha querido parecer –quizá sea cosa de ver, además de escuchar– algo más intensa que aquella. Muy buena la toma, no tanto la imagen. (9)



20. Bernstein/Filarmónica de Viena (DG, 1987). En el extremo opuesto de la sobriedad dramática y concentrada de Horenstein y Barbirolli, Bernstein decide extremar el mundo de contrastes sonoros y anímicos propuestos por el compositor sin tener miedo del exceso y jugando sin complejos con lo decadente, lo narcisista e incluso lo amanerado, pero sin llegar a caer nunca en estos extremos: tal es la sinceridad expresiva con que lleva a cabo su propuesta. Resultan portentosos los dos primeros movimientos, lentos y paladeadísimos, mostrando desbordante imaginación para aportar mil y un acentos descubrir detalles que suelen pasar desapercibidos, y haciéndolo con un pulso tan flexible como bien sostenido que alcanza unos clímax visionarios y arrolladores; todo ello lo hace, como no podía ser menos, exhibiendo un pasmoso sentido del color, una insuperable claridad y un alucinante manejo del rubato, además de una perfecta fusión entre hedonismo y garra dramática. El tercer movimiento ha perdido algo de fuerza, rusticidad y velocidad con respecto a la filmación del propio Bernstein, pero ha ganado en elegancia, refinamiento, variedad tímbrica y claridad, ofreciendo además pasajes líricos de enorme belleza; la trompa de Friedrich Pfeiffer, memorable. El Adagietto, antes un tanto extrovertido e inflamado, resulta ahora lento, sobrio y recogido, un punto distanciado incluso, pero sigue siendo bellísimo y su decadentismo no llega a caer en lo empalagoso: la desolación se encuentra aquí despojada de adherencias. El Finale también ha perdido frenesí –sigue siendo arrebatador, por descontado- y gana en refinamiento y claridad, permitiendo el lucimiento pleno, bajo un control absoluto desde el podio, de una orquesta en estado de gracia que no solo luce su inigualable belleza tímbrica sino que también se implica al máximo en cada una de las intervenciones solistas. Por si fuera poco, la grabación es soberbia. (10)


21. Haitink/Filarmónica de Berlín (Philips, 1988). Han pasado dieciocho años desde su primer registro. La Berliner Philharmoniker de finales los ochenta es mejor (¡aún!) que la Concertgebouw de principios de los setenta. El maestro holandés consigue un grado todavía mayor de claridad y depuración sonora, en parte por hacer uso de unos tempi considerablemente más sosegados. Pero su distanciamiento expresivo sigue siendo el mismo, y esta música necesita acercamientos más a flor de piel. A destacar, en cualquier caso, un Adagietto lentísimo (13’55’’ frente a los 10’38’’ de antes), concentrado y estático que evita cualquier tipo de edulcoramiento, y un Finale lleno de grandeza y de vitalidad bien controlada. Espléndida labor la de los ingenieros de Philips. (9)



22. Mehta/Filarmónica de Nueva York (Teldec, 1989). El planteamiento del maestro indio se asemeja en buena medida al de un Solti: olvidarse de narcisismos, de amaneramientos, de lloriqueos y de psicoanálisis para ofrecer una lectura directa, fresca, extrovertida y sin retórica, en la que los valores supremos se encuentran el supremo talento con que Mahler mezcla ritmos, armonías y colores mucho antes que en su capacidad para volcar sentimientos no del todo sinceros; en este sentido casi es de agradecer un Adagietto tan concentrado como frío y distante, ajeno a lloriqueos autoconmiserativos. El problema es que Zubin no es Sir George, y aunque todo está en su sitio, falta ese punto de chispa, de emoción y de compromiso que convierten una muy buena interpretación en otra excepcional. Y también, por qué no decirlo, un mayor interés por diferenciar timbres y clarificar texturas en esta recreación más atenta a la globalidad que al detalle, y a la postre un punto superficial. La orquesta, por su parte, mucho mejor que en la etapa Bernstein, sin llegar a la altura de las verdaderamente grandes. La toma sonora deja que desear: recoge muy bien las frecuencias graves pero resulta bastante turbia. (7)



23. Bertini/Sinfónica de la Radio de Colonia (EMI, 1990). Bien ayudado por la soberbia acústica de la Philharmonie de Colonia, el maestro israelí se aparta por completo de lo preciosista y de lo decadente, de las sonoridades ingrávidas, de la contemplación estática y de la reflexión trascendente para ofrecer una interpretación rápida, decidida, incisiva en la tímbrica y repleta de vitalidad, de garra y de extroversión que engancha de principio a fin sin dejar lugar para un respiro. No es la interpretación más trágica posible –de hecho, los dos primeros movimientos resultan un poco más festivos de la cuenta–, tampoco la más profunda ni la más visionaria, y desde luego no la más personal ni creativa; pero da gusto escuchar un Mahler así, tan alejado de la pretenciosidad, tan fresco y comunicativo, y al mismo tiempo tan atento a las mayores virtudes de la partitura, que son ni más ni menos que las puramente sonoras. (9)



24. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1990). Esta grabación se realizó en vivo en la Musikverein de Viena durante la misma gira Europea en que Solti y los chicagoers registraron la Octava de Bruckner en San Petersburgo. Estamos, pues, justo en el momento en el que el arte de Sir Georg empezaba a decaer, no en lo que a virtuosismo se refiere –prodigioso siempre–, sino en concentración, calidez y fue interno se refiere. En inspiración, en definitiva. Y eso se nota en esta su tercera Quinta mahleriana, soberbiamente expuesta y de nuevo sin devaneos expresivos, pero también sin la intensidad que antaño le caracterizaba. Sus mejores momentos son el final del segundo movimiento y todo el quinto, precisamente por ser los que mayor despliegue de brillantez y sentido teatral se refiere. El Adagietto resulta bello en lo formal pero apenas destila poesía; ni siquiera su clímax es muy intenso. La toma sonora recoge muy bien los graves y, al estar realizada a un volumen bajo, permite una muy amplia gama dinámica. (7)



25. Tennstedt/Orquesta del Concertgebouw (RCO, 1990). Último de los testimonios fonográficos del maestro alemán dirigiendo esta música que tanto debió de amar, el concepto no ha variado mucho desde aquella primera grabación con la LPO de 1978. Elegancia, cantabilidad, renuncia a lo aristado, a lo temperamental y a lo hiperdramático, sobriedad no reñida con la expresión, se ponen por encima de los aspectos más dionisíacos y visionarios de la página. Lo que sí ha variado son los tempi, ahora algo más reposados en todos los movimientos menos en el último. No lo he hecho menos la calidad de la orquesta: la holandesa es muy superior. Y quizá también inspiración: ahora se detecta un trabajo más minucioso de análisis orquestal, una plasticidad más desarrollada en el tratamiento de las diferentes familias instrumentales, una mayor riqueza en los matices de cada una de las líneas de la escritura y, en general, una mayor personalidad en los resultados. Todo ello haciendo gala de un gusto exquisito: ni frivolidades ni efectismos tienen cabida en esta recreación que alcanza su punto más alto en un Adagietto lento (12’11) y contemplativo, pero sin empalagos ni grandes éxtasis místicos, en el que las líneas de la cuerda, portentosamente planificadas en acentos y en gradaciones dinámicas, van entrelazándose con calidez y con emoción contenida, hasta alcanzar un clímax no arrebatado, menos aún lacrimógeno, sino dicho desde un cierto distanciamiento en el que la belleza de la forma llega a un punto justo de equilibrio con el amargor expresivo. Lo menos bueno vuelve a ser el Finale, al que le falta un punto de nervio, de tensión interna, aunque en este sentido resulta coherente con la óptica globalmente apolínea de la propuesta. La toma sonora es de origen radiofónico: ofrece gran definición tímbrica, apreciable limpieza y extraordinario sentido espacial, si bien podríamos pedir algo más de gama dinámica. (9)



26. Ozawa/Sinfónica de Boston (Philips, 1990). Aun lejos de la tensión expresionista que imprimen otros directores, el maestro oriental ofrece una espléndida recreación que sabe ser al mismo tiempo “clásica” y “romántica”, natural en el fraseo y tan rica como llena de significados en el color, muy cálida y siempre elocuente, que se beneficia de la sonoridad de una orquesta en óptima forma a la que la batuta trabaja con enorme plasticidad. ¿El problema? En el Adagietto, Ozawa se empeña en ser más lento (11’56’’), frágil y lánguido que nadie. Lo consigue, claro. Soberbia la toma en vivo. (8)



27. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 1993). Altamente elogiada por algunos medios en el momento de su aparición y luego tratada con mimo por DG en sus diferentes ediciones comerciales, este registro pone en evidencia el enorme giro estético que vivió Claudio Abbado cuando subió al podio berlinés. A mi juicio, a muchísimo peor. Basta con escuchar el primer movimiento para encontrarse con todo el catálogo de horrores del Abbado de esos tristes años: sonoridades ingrávidas y relamidas, expresividad a medio camino entre lo insípido y lo melifluo, preciosismos sonoros meramente narcisistas, languideces quejumbrosas, falta de garra dramática… El segundo sigue en la misma línea, pero se soporta un poco mejor porque aquí abundan las explosiones orquestales y en ellas el maestro da buena cuenta de su espectacular técnica de batuta –claridad, riqueza en el color, sensibilidad para las texturas– en unos tutti en los que la orquesta también luce su calidad técnica. El tercero está bien, siempre que se acepte la interpretación más bien apolínea y distendida propuesta y que se perdonen los amaneramientos que de vez en cuando aparecen. El Adagietto responde a lo que se esperaba: lento, ingrávido y muy contemplativo, pero poco emocionante y nada sincero. Lo mejor es el Finale, un triunfo en lo que a construcción de la arquitectura se refiere, aunque se eche de menos la fuerza dionisíaca que imprimen otros maestros –pienso ahora en la interpretación de Vaclav Neumann en Leipzig, o en las de Bernstein– y las ingravideces que de vez en cuando asoman nos recuerdan las cursilerías que hemos tenido que aguantar a lo largo de la audición. La toma sonora, siendo muy natural, no es todo lo buena que podía haber sido. (4)



28. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1997). Interpretación portentosamente tocada, transparente y de afinado sentido del color, que se aleja al máximo del decadentismo para ofrecer una visión sobria e intensa, en el punto justo entre lo apolíneo y lo dionisíaco, y a la que sólo le falta un grado más de emoción para ser genial. Fue grande Chailly en los años de Ámsterdam: luego se vino abajo. Toma inmejorable. (9)



29. Barenboim/Sinfónica de Chicago (DVD Arthaus, 1997). Como era de esperar, el de Buenos Aires se decanta por el lado oscuro de la pieza, ofreciendo una lectura sobria, poderosa y dramática, con un magnífico primer movimiento, pero se queda algo corto de sentido del color y de los contrastes anímicos en los movimientos tercero y quinto, en la línea de Barbirolli pero sin alcanzar semejante dramatismo: resultan robustos, pero también algo sosos. La claridad podía ser mayor, si bien la orquesta ofrece una ejecución portentosa: quizá sea aquí cuando mejor está. (9)



30. Solti/Tonhalle de Zúrich (Decca, 1997). Mes y medio antes de fallecer, Sir Georg reverdecía viejos laureles ofreciendo una Quinta tan bien dirigida como la mejor de las suyas, a mi entender la filmación de 1986. Rápida, intensa, teatral, directa al grano. No necesita la oscuridad dramática de Barbirolli, tampoco el apasionamiento hedonista y desbordado de Bernstein, pero tampoco resulta neutro ni se queda en la superficie. De hecho, los dos primeros movimientos son de los más sinceros, trágicos e implacables que se hayan escuchado. De dulzura y decadentismo, ni rastro. Sí que hay unas cuantas travesuras en forma de portamento en el Scherzo, pero la solidísima arquitectura y la perfecta exposición nos llevan a perdonarle. Magnífico el Adagietto, refinado sin que eso implique ingravideces, y espléndido un Finale en el que el maestro sabe atender al detalle al tiempo que no se deja llevar por el arrebato del momento: se trata de una toma en vivo. Absolutamente sensacional, por cierto, lo que nos permite disfrutar a tope del soberbio trabajo que el maestro realiza con la histórica orquesta suiza. (9)


 

31. Barshai/Junge Deutsche Philharmonie (Brilliant, 1999). Interpretación intensa y comunicativa, dicha con excelente pulso, variedad expresiva y una enorme capacidad de comunicación, aunque más atenta a la arquitectura global que al detalle. Eso sí, al tercer movimiento, planteado con luminosidad y entusiasmo juvenil, le sobran algunos amanerados portamentos y le faltan acentos sombríos, mientras que el Adagietto, dicho sin eternizarse, es un punto más sentimental de la cuenta. La toma sonora ofrece cuerpo y pegada, pero resulta algo turbia, escasa de profundidad y algo corta de dinámica, además de ofrecer algunos instrumentos –el arpa, por ejemplo– en excesivo primer plano. (8)



32. Rattle/Filarmónica de Berlín (EMI DVD solo audio, 2002). En el concierto inaugural de Rattle como titular de la orquesta berlinesa, el maestro británico demostró con creces sobrada técnica para acceder a un podio de semejante categoría: transparencia, riquísima sensibilidad para el colorido –ora incisivo, ora sensual–, capacidad para combinar refinamiento y brillantez, virtuosismo para trabajar con pinceles muy finos, perfecta planificación de la arquitectura global… Todo está ahí. Pero también está, ya en lo puramente interpretativo, la influencia de su antecesor Claudio Abbado, y algo hay aquí de la lamentable grabación del milanés nueve años anterior para DG, de esas ingravideces sonoras, de esa languidez expresiva y de esa trivialidad tan molestas. En mucho menor grado, por supuesto, pero siempre dentro de una óptica muy alejada tanto del severo dramatismo de un Barbirolli como del huracán de emociones de un Bernstein: con Rattle todo suena en exceso distendido, de una belleza un tanto superficial, sin suficiente garra. Insincera, en definitiva. A destacar negativamente un Adagietto un tanto relamido y, en el otro extremo, un Finale que arranca con más de una blandura pero finaliza con esa luminosidad juvenil que tan bien se le da al maestro británico. Un siete para su dirección, que se transforma en un ocho por obra y gracia de una orquesta para quitarse el sombrero. Portentosa toma sonora en el DVD video “solo audio” en DTS multicanal. (8)



33. Maazel/Filarmónica de Nueva York (NYP, 2003). Admirablemente respaldado por una toma de sonido soberbia (¡y además de origen radiofónico!), el anciano maestro hace gala de su técnica de batuta excepcional para ofrecernos una interpretación que es una gozada desde el punto de vista puramente sonoro. Tal es el grado de perfección arquitectónica, claridad y plasticidad en el tratamiento de planos orquestales, por no hablar de la maravillosa cantabilidad del fraseo o la manera de trata la tímbrica ora buscando sensualidad, ora marcando aristas, todo ello dentro de una visión que en lo expresivo podríamos calificar como “clásica”, apolínea y equilibrada en el mejor de los sentidos, en absoluto frívola pero tampoco volcada en el desgarro emocional. ¿El problema? Se detectan aquí y allá demasiados rebuscamientos marca de la casa, de esos que pretenden demostrar que él es capaz de descubrir aquí y allá detalles nuevos pero que no solo no aportan nada realmente interesante, sino que terminan evidenciando cierto narcisismo en esta interpretación a muy disfrutable por las razones antedichas, pero asimismo en exceso parsimoniosa en los dos primeros movimientos, más distendida que visionaria en el Scherzo, estática en el Adagietto, risueña en el Finale y globalmente un punto insincera. (8)

 

34. Abbado/Festival de Lucerna (DVD Euroarts y Stage+, 2004). Recupera hasta cierto punto el pulso un Abbado que se decide por visión marcadamente apolínea, obsesionada por la belleza y perfección sonoras, de estudiadísima arquitectura, claridad insuperable, riquísimo colorido –sin renunciar a la estridencia, pero tampoco acentuándola– y pulso firme en el que no hay lugar para el arrebato ni para la languidez. Eso sí, la interpretación desprende una clara sensación de frialdad, a lo que se une la obsesión de Abbado por las cuerdas muy pulidas y un punto ingrávidas, así como por los pianísimos exagerados. Los dos primeros movimientos resultan en exceso distantes, poco comprometidos, habiendo algunos portamentos al final del segundo. El tercero es luminoso, elegante y distinguido, quizá en exceso, mucho antes que rústico y sensual, y desde luego nada demoníaco, aunque haya que admirar su colorido y la riqueza en las texturas. Frio y estático el Adagietto, sin pathos, algo ingrávido, aunque tampoco dulzón a pesar de los abundantes portamenti. El Finale, de nuevo, es más elegante que comprometido. Excepcional toma sonora en DTS. (7)



35. Dudamel/Orquesta Simón Bolívar (DG, 2006). Lejos de caer en los amaneramientos insufribles en los que sí ha incurrido en otros acercamientos suyos al compositor, el maestro venezolano ofrece aquí una recreación directa, sincera, despojada de toda afectación y de toda retórica vacua, muy bien trazada –aunque la claridad no es la máxima posible– y de apreciable comunicatividad. Concretando un poco, Dudamel procura acentuar los contrastes entre los dos primeros movimientos, estático –y un punto más ingrávido de la cuenta– el primero, muy apasionado el segundo. El tercero está dicho desde la más sensata ortodoxia, aunque se podría alcanzar una dosis mayor de sensualidad y de elevación poética. El Adagietto, venturosamente, lo plantea con distanciamiento y sin azúcar alguno, lo que no le impide estar dicho con apreciable concentración y agudos picos de tensión. El Rondo-Finale es, por su frescura y entusiasmo bien controlado, lo mejor por parte de la batuta, aunque aquí es donde la orquesta, disciplinadísima, deja más en evidencia sus limitaciones. La toma sonora tampoco es la mejor posible. (8)



36. Gatti/Orquesta del Concertgebouw (Blu-ray, 2010). Un arranque sin apenas garra nos anuncia un primer movimiento no ya lento, sino moroso, tristón antes que doliente y flácido en lugar de sensual. El segundo mejora un tanto, pero de nuevo la progresión dramática se realiza a trompicones, desatendiendo el maestro la arquitectura global para detenerse en la delectación melódica un tanto meliflua y en el preciosismo sonoro. En el Scherzo, Gatti se arriesga de manera considerable jugando con el tempo, estirándolo o acelerándolo a discreción y, por ende, descubriendo nuevas posibilidades en este movimiento; ahora bien, el resultado es más efectista que otra cosa, ya que semejante esquizofrenia sonora no parece casar del todo bien con la dulzura ensoñada, por lo demás de enorme belleza, que imprime a determinados pasajes, ni con el tratamiento narcisista de algunas frases. Tras todos estos devaneos sorprende gratamente el Adagietto, dicho sin languideces contemplativas ni éxtasis místicos: directo al grano, emotivo y sin azúcar. El Finale es un derroche de luminosidad, de expresión sincera y de energía controlada, además de la mejor oportunidad para que la orquesta luzca su asombrosa calidad global y la formidable musicalidad de los solistas que la integran. Lástima que la coda arranque de manera algo rebuscada en esta versión que, en cualquier caso, va de menos a más y termina convenciendo, entre otras cosas por la espléndida calidad que ofrece la pista 5.0 –surround auténtico, con la reverberación de la sala perfectamente recogida– del Blu-ray editado por la propia orquesta. (7)



37. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (Blu-ray Accentus, 2013). Toda una experiencia, sobre todo en la pista DTS-HD Master Audio que incorpora el Blu-ray, disfrutar de la increíble toma –espaciosa, natural más no poder en la definición tímbrica, perfectamente equilibrada en los planos sonoros, de amplísima gama dinámica y relieve de oírlo para creerlo– que recoge a las mil maravillas la explosión de vida, ritmo y color que propone un Chailly que domina como pocos directores lo han hecho el entramado polifónico de la obra, poniendo de relieve todas y cada una de las líneas sonoras, pero dotándolas de sentido y sin hacer que el análisis se ponga nunca por delante de la comunicatividad intensa que desprende su aproximación. ¿El problema? Pues que la búsqueda de la ligereza en tempi, en sonoridad y también en expresión que el maestro milanés parece buscar a toda costa en esta nueva integral mahleriana en Leipzig termina traduciéndose no diré que en asepsia –en absoluto–, ni siquiera que en excesiva rapidez –pese a que se despacha la obra en una hora siete minutos–, pero sí en numerosos pasajes en que la cuerda suena con una ingravidez amanerada que llega a irritar de manera considerable. Al menos el Adagietto, aun sonado de la referida manera, se aparta de las densidades contemplativas y de los éxtasis místicos para adquirir –como con Barenboim, por ejemplo, aun siendo tan diferente el enfoque– el carácter de preludio al Finale. (8)



38. Nelsons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Esta es una interpretación que recuerda no poco tanto a Kubelik como a las últimas de Claudio Abbado por renunciar a la expresividad exacerbada que tanto nos gusta en este repertorio para optar por una especie de clasicismo en el que la elegancia apolínea, cierto distanciamiento y también algún devaneo con las sonoridades ingrávidas y un punto relamidas, se imponen frente a la invitación al desmelene que ofrecen los pentagramas, lo que no impide construir con solidez la arquitectura ni ofrecer el más alto grado posible de espectacularidad. En este sentido, el primer movimiento impresiona por su fantástico envoltorio sonoro, pero engancha poco: lo encuentro excesivamente sobrio y más aéreo de la cuenta en el tratamiento de la cuerda, en la que los portamenti son abundantes. Mucho mejor el segundo, lejos de la visceralidad expresionista pero cargadísimo de fuerza sin dejar de estar maravillosamente controlado y, precisamente por ello, inmejorablemente clarificado en las texturas. El tercero se deja asimismo de locuras dionisíacas y resulta ante todo amable, luminoso y distendido en el mejor de los sentidos posibles, aunque no sea esta la visión a a muchos más nos guste. Liviano, contemplativo y muy bello el Adagietto, lejos de la dulzonería pero quizá algo más decadente de la cuenta y algo superficial. El Finale, obviamente luminoso y optimista a más no poder, pero sin apenas espacio para el arrebato –salvo en la coda–, permite el lucimiento de una orquesta en su mejor momento. (8)



39. Nelsons/Orquesta del Festival de Lucerna (Blu-ray Accentus, 2015). Nelsons continúa en una línea antes apolínea y luminosa que dionisíaca, pero en cualquier caso maravillosamente realizada tanto por parte de la batuta –portentosa la planificación– como por la de la excelente orquesta. Quizá el primer movimiento está ahora más conseguido que en Berlín. El segundo, poderosísimo pero siempre bajo un férreo control, vuelve a ser formidable. El tercero es una maravilla si se comparte esta visión amable, nada demoníaca, de la página; afloran pasajes de un lirismo digamos que espiritual, desde luego muy hermoso, que resultan todo un acierto. El Adagietto tal vez sea más amanerado que antes, amén de poco emotivo. Irreprochable el Finale, de nuevo optimista y muy jovial. (8)



40. Dudamel/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2018, versión de Berlín). El maestro venezolano aborda ahora la obra desde una óptica no diametralmente opuesta, pero sí bien distinta a la que adoptó doce años atrás en su grabación para el sello amarillo. Frente a la visión más directa y despojada que ofreció frente a la Simón Bolívar, ahora ofrece una lectura que pierde en apasionamiento y garra dramática, sobre todo en lo que al segundo movimiento se refiere, para ganar de manera apreciable en sensualidad, en efusividad y en vuelo poético; por desgracia, se incluye en este sentido la aparición de numerosos portamentos que en el Adagietto se adentran en esa tendencia a la dulzura excesiva con que otros maestros abordan esta página. Claro que también es verdad que está ahí una Filarmónica de Berlín que rinde de manera formidable bajo una batuta de técnica excepcional que alcanza grados insuperables de depuración sonora, que traza la arquitectura con perfecta solidez –ni nerviosismo ni puntos muertos– y que, tras navegar entre los devaneos sonoros antes referidos, triunfa por su convicción en un Finale con algún pasaje más suave de la cuenta, pero gozoso y comunicativo a más no poder. Lástima que la toma sonora no ofrezca toda la gama dinámica deseable. (8)



41. Dudamel/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2018, versión de Taiwan). Repetición de la jugada, sin grandes novedades con respecto a la ocasión anterior encontramos en esta nueva recreación excelente trazo, buen conocimiento del idioma y una perfecta fusión entre frescura y control, entre chispa y sentido dramático, entre refinamiento y sanísima rusticidad, todo ello haciendo gala de un portentoso virtuosismo y extrayendo lo mejor de una orquesta en el más brillante momento técnico de su trayectoria. Pero se ese ímpetu dramático, esa fuerza volcánica al borde del descontrol, esa sinceridad y ese arrebato de antaño se han suavizado considerablemente. Ahora todo es más mesurado, más equilibrado, más pensado para complacer. Además, encuentro pasajes en el segundo y tercer movimientos en el que los portamenti resultan no ya innecesarios, sino excesivos. Cuando llega el Adagietto estos ya llegan a molestar, aunque sin que la cosa llegue a mayores. Y en un punto central del Finale, que globalmente resulta espléndido, Dudamel se pone amanerado y comienza a mostrarlo lo bonito que es ese momento y lo precioso que con él queda. La orquesta, en cualquier caso, compensa con creces estos devaneos del maestro haciendo gala de su increíble nivel; a destacar, como no podía ser menos, la tropa de Stefan Dohr en el tercer movimiento. (8)



42. Saraste/Sinfónica de la WDR (YouTube, 2019). No convence el primero de los tres bloques de la página. No es que se trate de una interpretación analítica y distanciada, porque no lo es: hay tensiones muy bien planteadas, hay fuerza y hay un despliegue de ricos colores que saben oscilar entre lo aterciopelado y lo incisivo, justo como la música demanda. Lo que ocurre es que, al igual que hace en su Sibelius, el maestro parece decidido a limpiar las notas de "adherencias románticas", y eso no parece lo más conveniente cuando la partitura demanda atmósfera, tristeza y una cierta dosis de histrionismo. En lo que sí acierta es en la carga rebelde y visceral de la última parte del segundo movimiento: ahí sí que la batuta está inspirada. Magnífico el Scherzo, planteado de manera ortodoxa y expuesto con admirable sentido de la arquitectura y una considerable limpieza en el tejido polifónico. Claro, la orquesta es espléndida y la batuta posee mucha técnica, así que como la expresión es siempre la acertada, las cosas funcionan de manera impecable. La acústica de la Philharmonie de Colonia ayuda lo suyo. El Adagietto lo hace Saraste como lo que realmente es, un preludio al quinto movimiento, así que lo expone sin lentitudes ni éxtasis místicos, procurando resultar anhelante mucho antes que estático. Un clímax intenso da paso a un Finale que vuelve a ser magnífico: intensidad, vida, color y perfecto control de la arquitectura. Solo le podría reparo al pasaje triunfal previo a la coda, que podría sonar algo más lento y grandioso: de nuevo el maestro, empeñado en limpiar la música de adherencias indeseables, se pasa un poco de la raya. Una pena que la toma presente una molesta compresión dinámica. (8)



43. Nézet-Séguin/Filarmónica de Rotterdam (Medici TV, 2020). Sólida en su concepto, irreprochablemente construida y de notable inspiración esta lectura en la que el maestro canadiense alcanza un punto perfecto de equilibrio entre los componentes “tardorromántico” y “expresionistas” de la página, evitando por completo caer en lo empalagoso o en lo contemplativo pero igualmente sin necesidad de extremar contrastes o de dejarse llevar por visceralidad. En el fondo es la suya una interpretación tan ortodoxa como sensata y sincera, que sabe moverse entre lo atormentado y lo luminoso –soberbio el Finale– sin forzar las cosas al tiempo que su batuta de técnica soberbia atiende a las dos grandes grandes bazas de esta partitura, que no son otras que su impresionante tejido polifónico y su riquísimo sentido del color. Una lástima que la orquesta, aun más que digna, no sea de primera magnitud, y que sus metales –la trompeta, sin ir más lejos– dejen un tanto que desear. La toma sonora adolece de cierta compresión dinámica e intercambia los canales derecho e izquierdo, si bien recoge de maravilla las frecuencias graves tan fundamentales en esta música. (8)




44. Nelsons/Filarmónica de Viena (Stage+, 2022). El concepto del maestro letón sigue siendo el mismo: apolíneo, lírico mucho antes que virulento, equilibrado antes que lleno de contrastes, pleno de naturalidad en el fraseo y de enorme efusividad. Lo que ocurre es que ahora los resultados son aún superiores a los de sus dos filmaciones anteriores. Del primer movimiento han desaparecido las sonoridades en exceso aéreas y los portamentos que lo lastraban: ahora resulta severo, noble y de tristeza contenida. En el díptico que con él conforma, el segundo no busca el extremo contraste con el anterior: la agitación que Mahler pide en la partitura está ahí, pero muy contenida por el más riguroso equilibrio formal. La disección que en él realiza Nelsons es formidable, pero aún lo es más la que realiza en un Scherzo cálido, soleado y muy sensual, aunque (¡lástima!) aquí sí hagan su aparición algunos narcisismos. El Adagietto no lo ve el maestro como lo que realmente es, un pórtico al movimiento conclusivo, sino como epicentro de la obra: su batuta lo paladea con delectación evitando blanduras y deja que la fuerza poética descargue en la cuerda de la orquesta. En Finale, dicho sin prisa alguna y buscando antes la distensión que el arrebato jubiloso es una maravilla en lo que a trabajo con la orquesta se refiere: hay líneas instrumentales que no recuerdo haber escuchado en ninguna otra grabación. Imagen 4K. (9)



45. Mäkelä/Orquesta del Concertgebouw (Medici TV, 2025). El público de Seúl, que reaccionó con tremendo entusiasmo al finalizar el concierto, debió de quedarse conmocionado ante la increíble calidad de la formación holandesa. No solo calidad técnica –empaste, limpieza, potencia, redondez, belleza sonora–, sino también expresiva: los primeros atriles son un prodigio. También debió de rendirse ante en virtuosismo de una batuta exacta, controladora, que construye con perfecta lógica y tensión la arquitectura horizontal al tiempo que trata con especial transparencia las texturas y atiende al detalle sin caer en rebuscamientos. Otra cosa es la interpretación propiamente dicha, a mi entender un tanto irregular. Notables los tres primeros movimientos, muy sensatos, ortodoxos y atentos a la variedad expresiva que demandan, si bien algo descafeinados: esta música necesita ponerse más al borde del abismo en los dos primeros movimientos y mayor goce sensual –más un punto de rusticidad– en el tercero. Frío, más ingrávido de la cuenta y sobrado de portamentos el Adagietto. Y una maravilla el Finale, cierto es que no el más vibrante posible, pero portentoso por arquitectura, transparencia y brillantez bien controlada. (8)

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