Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
jueves, 17 de julio de 2025
La Missa in tempore belli de Haydn por Bernstein
sábado, 31 de mayo de 2025
El modernísimo Haydn de Klemperer
A veces hay que abandonar el empeño –absolutamente inútil– de estar al tanto de las principales novedades discográficas para volver a escuchar los grandes clásicos. Por ejemplo, las Sinfonías nº 98 y 101 "el reloj" de Franz Joseph Haydn grabadas por Otto Klemperer y la Philharmonia Orchestra en enero de 1960 para EMI. Puro Klemperer de última época, claro está.
La Sinfonía nº 98 recibe una interpretación especialmente dramática, algo claro ya desde la poderosísima introducción, que sobresale por su clarísima arquitectura de perfecto equilibrio polifónico, por el peso otorgado a la cuerda grave y por su humor nada fresco: más bien resulta agrio. El Adagio es un milagro por su lirismo de enorme vuelo impregnado de cierto poso amargo; increíble la manera de mantener la tensión a pesar de la lentitud. El Menuetto es demasiado sobrio en lo expresivo, pero es poderoso y se encuentra maravillosamente delineado. Algo parecido le pasa al Finale, sin chispa ni galantería alguna, pero con momentos de gran tensión dramática; la aparición del clave, en este contexto, queda un poco fuera de lugar.
La Sinfonía nº 101 sigue los mismos derroteros. Una introducción concentrada, llena de misterio, da paso a un Presto elegantísimo y muy viril, amén de soberbiamente delineado y de una transparencia insólita. Andante genial, lentísimo pero de pulso perfecto, cantable a más no poder, sensual pese a la sobriedad klemperiana y de un encanto filtrado –faltaría más– con el sarcasmo. Menuetto granítico, en exceso sobrio. Vivace conclusivo lleno de fuerza y de trazo muy decidido, tan racional como elocuente, con una asombrosa polifonía en la sección fugada y un elevado sentido de lo dramático.
La pregunta: ¿es esta una interpretación romántica? Obviamente no: por muy grande que sea la orquesta, por muy lentos que nos parezcan los tempi, por muy densa que sea la tensión polifónica, toda la expresión se encuentra filtrada por la severísima mente de Herr Klemperer, que se dedica a explorar la forma por encima de las "emociones" más o menos puntuales. La cosa es si nos encontramos ante un neoclasicismo puro a pesar de situarnos en el punto más alejado posible de la praxis "históricamente informada" o si por el contrario (¿o quizá al mismo tiempo?) lo que tenemos es un perfecto ejemplo de la más insultante modernidad.
La toma se realizó en Abbey Road bajo la supervisión de Walter Legge. No convence: algo lejana y difusa. eso sí, tiren a la basura su antiguo CD y escuchen el reprocesado de 2023, por favor, a ser posible en la reproducción a 192 kHz.
jueves, 5 de septiembre de 2024
Algo del Haydn de los Orpheus: Sinfonías 48 y 49
Por azares de la vida, una de las primeras sinfonías de Haydn que tuve en CD fue la Nº 45, Los adioses, en versión de la Orpheus Chamber Orchestra. Me gustó mucho, pero no volví a escuchar nada del ciclo que a este compositor dedicó la formación neoyorquina editado por DG. He reparado parcialmente el descuido haciéndome con tres discos de segunda mano en mi último viaje a Alemania, de los cuales voy a comentar aquí uno de ellos: Sinfonías nº 48, Maria Theresia y nº 49, La Passione. Las dos son de hacia 1868-69, como nos recuerda Robbins Landon en sus notas de la carpetilla, de tal modo que la citada en primer lugar no fue escrita –como se pensaba– con motivo de la visita de la emperatriz a Esterhazy sino una década antes. Sturm und Drang, en cualquier caso.
Las interpretaciones, sin embargo, no resultan particularmente agitadas. Son más bien lecturas "para todos los públicos", en el mejor sentido de la expresión: tocado con increíble limpieza, hermoso en lo puramente sonoro sin dejar espacio al preciosismo y moderado en la expresión. ¿Y qué significa esto último? Pues que resulta más ágil, menos denso, de mayor impulso rítmico y más claroscuristas que el Haydn llamémosle "tradicional", al tiempo que decide evitar el carácter en exceso ingrávido, de la incisividad y de la precipitación de muchas recreaciones "históricamente informadas", que cuando se registró –soberbia la toma– este disco en 1986 ya las había. Y significa también que se busca un equilibrio entre los diferentes afectos de la música, que se busca una integración entre ellos más que los contrastes, que la emoción está presente –nada de trivializar las notas– sin que se note demasiado, que la elegancia clásica que pone por delante de otras consideraciones. ¿Un Haydn "a la Marriner"? Sí, algo así, incluyendo también su punto de sosería.
No puedo concretar más sobre cada una de las sinfonías, salvo decir que en la 48 echo de menos el clave que sí se utiliza en la 49, aunque este suene de manera excesivamente tradicional. ¿Alternativas? Las grabaciones de Trevor Pinnock de estas dos páginas me interesan muchísimo, con excepción del lánguido Adagio de la Maria Theresia; triunfan, en cualquier caso, la sana rusticidad sonora de su aproximación y la riqueza de su clave al continuo. Más me gustan aún las de Daniel Barenboim con la English Chamber, en una línea por completo diferente: el carácter dramático se pone en ellas en primer plano. Y sorpresa para quienes me conozcan, aunque me parece que esto ya lo dije en el blog: está muy bien la recreación que de La Passione hace Giovanni Antonini, porque los claroscuros que propone resultan adecuados en una obra escrita para Viernes Santo.
sábado, 27 de julio de 2024
Dos versiones de la Misa de Santa Cecilia de Haydn
El otro día tuve la oportunidad de escuchar, una a continuación de la otra, un par de versiones de la Misa de Santa Cecilia de F. J. Haydn, la más larga del autor. Simon Preston y Rafael Kubelik eran sus protagonistas. Hoy sábado he repetido la del británico. Dos reflexiones, tontísimas pero necesarias.
Primero: esta es una música estupenda, no solo hermosa sino también rica en ideas. ¿Qué novedad hay en ello? En teoría ninguna, pero ya me dirán ustedes por qué se toca y se graba tan poco. Sencillamente, porque la gente no se había enterado. Y que conste que me incluyo entre "la gente", porque un servidor hasta ahora solo conocía la versión de Owen Burdick para Naxos, que estaba bien sin más.
Segundo: defender con empeño que unos instrumentos determinados (antiguos/modernos) son los que de verdad sirven para hacer justicia a la música del periodo clásico es una solemne majadería propia de insensibles o talibanes, que en el fondo son la misma cosa: el insensible es aquel que es incapaz de ver que hay diversas maneras de hacer magníficamente una música, aunque a él no le gusten. Ojo, que esto no significa que uno tenga que aceptar cualquier propuesta, ni muchísimo menos. Lo que digo es que, aparte de las una o dos posibilidades que con las que uno puede sintonizar, hay otras aproximaciones que pueden aportarnos cosas que son sensatas, válidas, complementarias o –en ocasiones– reveladoras, y si por empeñarnos en escuchar una música únicamente como nosotros queremos –por afinidad en la expresión, por costumbre o por pereza–, no solo no entenderemos en toda su riqueza la partitura, sino que nos convertiremos en peligrosos intolerantes.
Este rodeo no era sino para decir que las dos versiones que he escuchado son maravillosas, ambas igual de válidas y por completo complementarias, porque cada una aporta una visión distinta sin que falte lo verdaderamente más importante, que no es ser "históricamente informado" o dejar de serlo, sino ofrecer la necesaria mezcla de excelencia técnica, atención a los diferentes ámbitos expresivos y capacidad para comunicar.
De julio de 1979 es la de Simon Preston. El "leppardiano" Moisés en Egipto de Haendel con la English Chamber quedaba solo cuatro años atrás, pero ahora los instrumentos son originales: la ya magnífica Academy of Ancient Music de su primera época. La interpretación será tachada de trivial por los pocos aficionados y críticos que se han quedado anclados en Leppard. Tampoco terminará de convencer, si bien por razones por completo distintas, a los muchos que quieren que los clásicos Haydn y Mozart, como también no pocos de lo que vienen después, suenen a barock'n roll. Los unos y los otros se lo pierden, porque a mí la dirección de Preston me parece una perfecta combinación de transparencia, elegancia, vitalidad y sentido de los contrastes: ni ligerezas mal entendidas, ni trivialidades, ni fraseo "a saltitos" ni claroscuros excesivos, y si hay algún reproche es el de cierta rigidez puntual. Técnicamente, por otra parte, es perfecta.
La otra versión es ya de 1982. Se trata de una toma televisiva magníficamente trasvasada a Blu-ray por Arthaus que usted también puede localizar en audio en las plataformas habituales. Sus protagonistas, nada menos que Rafael Kubelik y su Sinfónica de la Radio de Baviera. Y aquí lo mismo que con Preston, pero al revés. No se puede hablar de pesadez, falta de claridad ni, menos aún, de mirada “romántica” hacia la página. Antes al contrario, la dirección del maestro checo es un prodigio de estilo: los tempi son más bien rápidos, el fraseo se desarrolla con agilidad, fluidez y elegancia proverbiales, los claroscuros están medidos en su punto justo y la emotividad se encuentra a flor de piel. Porque, eso sí, no es este un clasicismo marmóreo y severo, sino comunicativo, vibrante y con ese punto de teatralidad que requiere la liturgia católica. ¿Y la orquesta? Suena bien, con carne y buen empaste, pero yo me quedo con la AAM de Hogwood dirigida por Preston. Sí, aun situándome lejísimos del radicalismo historicista, en Haydn –no así en Mozart– prefiero el sonido rústico de los instrumentos "de época".
Lo de los coros está clarísimo: el de Kubelik lo hace muy bien, pero le supera ampliamente el de la Christ Church Cathedral de Oxford. Algunos radikales dirán que se encuentra muy nutrido y tal. Pues sí, pero menuda la exactitud, la transparencia y el equilibrio polifónico de estos señores y niños –no hay mujeres, claro– que integran la agrupación de la que el propio Preston era titular. ¿De verdad van a hacernos creer que con menos gente aquello suena con mayor claridad? Eso será cuando el coro no es de primerísima categoría, y este sí que lo es. En cualquier caso, hay un "algo más" que lo eleva a la cima: su expresividad. Y eso no es cuantificable ni explicable, por mucho que se empeñen los críticos que a lo primero que van es a contar cuántas personas hay sobre el escenario. Este fue un magnífico coro, y Preston un extraordinario músico.
En cuanto a los solistas vocales, con Preston forman un buen equipo, de "línea british de los setenta", Judith Nelson, Margaret Cable, Martin Hill y David Thomas. Particularmente bien están soprano y tenor; la mezzo no es gran cosa y el presunto bajo sufre excesivos cambios de color. Resulta satisfactorio Horst Laubenthal en Baviera, pero los otros cantantes que se congregaron en la basílica rococó de Ottobeuren –allí se fueron Kubelik y los suyos– se llaman Lucia Popp, Doris Soffel y Kurt Moll. ¡Cómo está este último en el Agnus Dei!
Mi recomendación está clara: escuche usted las dos versiones. Tampoco se crea que va a encontrar por ahí un gran número de grabaciones de la obra.
lunes, 7 de agosto de 2023
El Haydn de Klemperer, vigencia absoluta
Uno de los discos que, de los que hasta ahora llevo escuchados, mejor suena (¡lo hace maravillosamente bien!) dentro de la imprescindible nueva edición Klemperer lanzada por Warner, es el registrado en septiembre de 1965 en los estudios de Abbey Road con las sinfonías nº 100, “militar” y nº 102 de Joseph Haydn. Sí, un Haydn con orquesta grande, pero no por ello romántico, cosa poco menos imposible con semejante director. El suyo es más bien un Haydn rotundo, severo, racional, pero de una fuerza avasalladora y teñido por ese particular sentido del humor, en absoluto amable ni risueña, sino más bien de reconcentrada mala uva, del que acostumbraba gala el de Breslau. Si alguien busca chispa y galantería, que lo haga en otra parte.
La Sinfonía nº 100 ofrece un primer movimiento amplio y de tintes dramáticos, sin olvidar un sentido del humor muy caustico. Segundo amplio y con vuelo lírico, también con un clímax militar muy dramático –decididamente fragoroso– e implacable. Tercero severo y muy bien delineado. Presto final nada rápido ni brioso, pero dicho con una lógica aplastante. Todo posee una tensión interna controladísima e implacable, si bien lo más increíble sea quizá la claridad de planos y el estudio de la polifonía que realiza el maestro: ni a Boulez se le han escuchado cosas así.
La Sinfonía nº 102 recibe otra versión “a lo grande”, poderosa, sin resultar en absoluto pesada ejecutada además de manera prodigiosa y de una claridad excepcional. Su fuerza y cantabilidad son admirables, como también la manera de combinar densidad y agilidad, verdadera cuadratura del círculo solo alcanzable por una batuta extremadamente genial: es el caso.
En fin, un Haydn de completa vigencia que suena ahora mejor que nunca. No se lo pierdan.
viernes, 28 de abril de 2023
Bartoli, Schiff y el clasicismo vienés
En esta semana para mí muy extraña –llevo seis días de coronavirus, con síntomas molestos– he reparado en un CD precioso que compré de segunda mano: arias italianas, muchas de ellas sobre textos de Metastasio, escritas por Mozart, Haydn, Beethoven y Schubert. Unas más inspiradas que otras, pero todas ellas deliciosa en la voz de Cecilia Bartoli. De la Bartoli de agosto de 1992, es decir, de cuando era una cantante absolutamente maravillosa y aún no se había vuelto loca. Qué legato, qué medias voces, que dominio de los reguladores, qué mezcla de sensualidad y picardía, qué congoja sincera –nada de artificios–cuando corresponde.
Quien me ha defraudado es András Schiff: por los motivos que fuere, este señor confunde clasicismo vienés –en la capital de Austria grabó Decca este disco– con galantería rococó y modela su instrumento como si fuera un fortepiano, tanto en lo puramente sonoro como en lo expresivo. Lástima.
sábado, 25 de marzo de 2023
Barenboim frente a Onofri
Esta pequeña entrada viene del hilo de esta otra anterior.
Sinfonía nº 44 de Haydn en versión de la Orquesta Barroca de Sevilla dirigida por Enrico Onofri, sobre la edición de la partitura conservada en la catedral hispalense.
Me gusta el primer movimiento. El segundo me parece un tanto banal. El tercero no me hace ninguna gracia: fraseado a saltitos, coqueto y trivial, ligero en la forma y en la expresión. El cuarto me resulta innecesariamente convulso, agresivo y desafortunado. Tampoco me hace mucha gracia el sonido áspero de la cuerda. Estupendo el clave de Alejandro Casal.
Barenboim y la English Chamber Orchestra. Menuetto algo rígido y soso. Movimientos extremos llenos de fuerza, pero sin salirse de madre. En cuanto al Adagio... Justo antes de escribir esta entrada he querido realizar una confirmación poniendo seguidos el de Onofri/OBS y el del de Buenos Aires. En cuanto comenzó este último se me han humedecido los ojos: todo el vibrato que ustedes quieran, pero ¡qué belleza, qué vuelo lírico, qué hondura, qué manera de hablarnos del ser humano!
¿De verdad que hay gente, muchísima gente, que prefiere lo del primero a lo del segundo? ¿No será que cada vez se buscan más el efecto inmediato y el toque decorativo, que se está perdiendo la capacidad de concentración y que se tiende evitar toda música que “haga pensar”?
jueves, 19 de enero de 2023
Gardiner hace Haydn y Mozart en Budapest
Creo que es la cuarta vez que escucho a John Eliot Gardiner y sus English Baroque Soloist en directo. La primera fue en la Catedral de Sevilla, por los fastos de 1992: excelente primera parte de Moisés en Egipto de Haendel y estreno mundial del interesantísimo oratorio La muerte de Moisés, de Alexander Goehr. Luego en Londres, Proms de 1997: horrorosa Novena de Beethoven. Más tarde en Granada: Misa en Do menor de Mozart completada por Robert Levin; mi recuerdo ahí es vago, pero creo que me gustó. La última ocasión el pasado sábado 14, en un viaje relámpago que he realizado a Budapest: Sinfonía nº 84 de Haydn, Sinfonía concertante para violín y viola de Mozart, Sinfonía Linz.
Sir John sigue dirigiendo exactamente igual que siempre, es decir, como un trasunto de Arturo Toscanini con instrumentos originales –“adecuados” es el término que a él le gusta utilizar– y maneras “históricamente informadas”. Muy informadas, habría que decir, porque pocos directores de orquesta con tan extraordinaria cultura en torno a la historia de la praxis musical como la suya. Ahora bien, esto no significa que el británico esté en posesión de la “Verdad” interpretativa, cosa que sencillamente no existe, ni que su opción sea más válida que otras más tradicionales. Tampoco tiene nada que ver con que guste más o guste menos. Por mi parte, me limito a decir lo que a mí me pareció.
En Haydn me gustaron los movimientos extremos, no lo hicieron los centrales. Hubo vigor, gran impulso rítmico, decisión y sentido teatral, incluso cierto carácter combativo, que le sentaron bien a esta música. Lo mismo se puede decir de la sonoridad al mismo tiempo cuidada y áspera, con rusticidad en su punto justo. Los ataques fueron incisivos, que no exagerados, y el sentido del humor propio de Haydn hizo acto de presencia. Pero también es verdad que la sequedad de la articulación, la severidad en el fraseo y la voluntaria renuncia a la sensualidad por la que siempre ha apostado el maestro dejaron su propuesta a medio camino. Soso, demasiado soso el Andante, llegando a incurrir en la blandura en la última de las variaciones.
En la misma línea de estricta severidad neoclásica –un Neoclasicismo muy distinto del de un Böhm, habría que puntualizar– se movió la Sinfonía concertante, aunque aquí el maestro pareció creerse más la música: la dirigió francamente bien, aunque supongo que habrá quienes no disculpen su deseo de apartarse de lo que nuestro artista llama, quizá equivocadamente, “contaminaciones wagnerianas”. En cualquier caso, lo grande de esta interpretación fue lo de una señora llamada Isabelle Faust, que aquí me convenció mucho más que cuando en 2017 le escuché en los Proms el Concierto para violín nº 3 del mismo autor junto a Haitink (reseña): la articulación sigue siendo la misma, es decir, estrictamente HIP, pero la tensión interna –no exactamente lo mismo que “emoción”– ha sido intensa. El viola francés Antoine Tamestit, aun excelente, no llegó a su altura.
La Sinfonía Linz no es precisamente ninguna tontería musical. Gardiner tenía una grabación de 1988 muy notable en su estilo. Quien a ustedes se dirige temía lo peor, porque los nuevos registros que el maestro anda realizando de obras que grabó en aquellos años jóvenes le suelen salir muchísimo menos bien: rapidez insensata, rigidez extrema, sequedad acentuada, ligereza expresiva… De ahí la sorpresa de que esta Linz haya sido, como mínimo, tan buena como la antigua, aunque una vez más mis preferencias personales vayan mucho antes por lo que hace con los movimientos extremos que con los centrales: como en el disco, el Poco adagio le quedó soso. Fue una sensata y vibrante interpretación que me gustó mucho, en cualquier caso; al público húngaro ni les cuento. Al día siguiente, la Academia de Música de Budapest le nombraría Doctor Honoris Causa.
¿Y la orquesta? Había caras jóvenes, pero predominaban las canas. Creo que es su equipo “de siempre”, esto es, el de los últimos veinte años más o menos, que a Gardiner ya le queda poco para llegar a los ochenta. Sonó divinamente, a pesar de que hubo más de un y más de dos desajustes. El nivel técnico de los instrumentos originales es ahora muchísimo más alto del de hace pocas décadas, pero los que siempre han estado entre los más grandes siguen conservando su trono.
Ah, dos cosillas más. Una, la enorme belleza del exterior y de los exteriores del auditorio. Dos, el escaso interés por ahorrar energía que tienen los de Budapest: la calefacción estaba en todas partes exageradísima, incluso para los que somos muy frioleros. Se ve que la sintonía entre Viktor Orbán y Vladimir Putin garantiza el suministro.
viernes, 13 de enero de 2023
Cuatro opciones para la Sinfonía 84 de Haydn
Si todo sale bien, mañana sábado podré escucharle en directo la Sinfonía nº 84 de Joseph Haydn a un señor inglés con apellido de jardinero. Motivo más que suficiente para escuchar varias versiones de esta estupenda página que no conocía o que, como la primera que voy a comentar, había escuchado hace demasiado tiempo.
Marriner realizó la grabación con sus chicos en 1981. Sorprende el enorme contraste entre el Largo inicial, particularmente grave y musculado en manos de Sir Neville, y un Allegro de enorme agilidad, risueño y luminoso a más no poder, aunque no por ello precisamente escaso de nervio y de fuerza expresiva. El Andante lo hace demasiado rápido: suena más coqueto que sensual. El Menuetto desprende alegría y evidencia muy buen sentido del ritmo. Efervescente a tope el movimiento conclusivo, amén de toda una exhibición de la depuración sonora que el maestro podía obtener de su maravillosa Academy of St. Martin in The Fields. Un final maravilloso, pleno de júbilo, cierra esta interpretación eminentemente galante, “rococó” si se quiere, aunque a mí no me parezca este el término más adecuado.
Siguiente: The Saint Paul Chamber Orchestra dirigida por Hugh Wolff, grabación realizada en 1991 por los ingenieros de Teldec con enorme acierto. La articulación evidencia una moderada influencia de la escuela historicista, sobre todo en la incisividad en los ataques, por no hablar de la muy bienvenida incorporación de un clave al continuo. Ahora bien, no por asimilar determinadas características de las interpretaciones HIP se puede decir que la lectura mire hacia atrás. Todo lo contrario: esta interpretación resulta bastante más musculada y menos amable que la de Marriner. El Allegro se desarrolla de manera natural, sin necesidad de optar por la efervescencia; hay fuerza y se aportan claroscuros. El tema con variaciones está llevado al tempo correcto (Andante) y alcanza un formidable equilibrio entre elegancia, melancolía y acentos dramáticos; fenomenal aquí el clave. Ágil y contrastado el Menuetto. En el Vivace conclusivo la orquesta demuestra ser capaz de la mayor agilidad sin renunciar al músculo ni a la potencia con que está modelada.
Pasamos a Leonard Bernstein con la Filarmónica de Nueva York, registro de CBS realizado en 1966. Orquesta demasiado grande, versión “a lo grande”. El Allegro lo conduce con relativa lentitud, pero también con elegancia, claridad y fuerza expresiva, dentro de un perfecto equilibrio entre lo apolíneo y lo dionisíaco. Llevado al tempo justo, el Andante suena carnal, voluptuoso: he aquí el Lenny al que tanto le gusta el puro placer sensorial de la música, pero sin dejarse llevar por el mero hedonismo. Interesante la manera en que busca dar unidad a las variaciones en lugar de diferenciarlas entre sí. Masivo el Menuetto: no me convence así. Gozoso el Finale, sin que falten las sombras; la conclusión resulta arrebatadora.
No hay sorpresa alguna en lo que hace Daniel Barenboim con la gloriosa English Chamber de mediados de los setenta: olvidarse de la galantería y centrarse en la potencia dramática de la página, empezando –claro está- con una introducción a la que le viene de maravilla este enfoque. El Allegro, como Bernstein, lo lleva más lento de la cuenta, pero frente además de desplegar ese músculo y de aportar esos acentos combativos que tanto le gustan, el de Buenos Aires sabe ofrecer también una buena dosis de calidez. Mucho antes poderoso que chispeante, en cualquier caso. El Andante lo lleva a su punto justo, aprovechando el maestro para cargar las tintas en determinadas variaciones hasta rozar lo turbulento. ¿Hay algo de teatralidad operística en su enfoque? Quizás. Severo, aunque venturosamente no masivo, el Menuetto, para dar paso a un Finale muy bien hilado, que sabe ofrecer tanto vitalidad como potencia, pero prescinde en exceso de todo lo que suene a chispa y luminosidad. El tratamiento de la orquesta y, muy particularmente de las maderas, es para quitarse el sombrero.
¿Conclusión? Haydn es todo esto, y mucho más.
miércoles, 22 de junio de 2022
Sinfonía nº 88 de Haydn: discografía comparada
Sin rodeos, corto y pego de la discografía comparada realizada por Ángel Carrascosa (leer aquí).
"Ningún otro compositor de la historia de la música tiene tal cantidad de sinfonías magníficas, muchas más incluso que Mozart, y no digamos que otros músicos. La No. 88 es quizá la más famosa de todas las Sinfonías de Haydn carentes de sobrenombre conocido. (...) Esta Sinfonía posee unos rasgos muy particulares: aunque cuenta en su instrumentación con trompetas y timbales, insólitamente no aparecen en el primer movimiento, un “Allegro” pletórico de vida, precedido por una brevísima introducción “Adagio”. Más insólito aún es que aparezcan en el movimiento lento, que es en extremo lento: un “Largo” meditativo con momentos muy claramente prerrománticos. El Minueto (“Allegretto”) posee un trío de clara inspiración rústica, y la verdadera joya de la sinfonía es el “Allegro con spirito” conclusivo, principal responsable de su fama: un acierto total que explica por sí solo cómo Haydn es el compositor de mayor sentido del humor y de mayor alegría de toda la historia de la música (lo que, por descontado, no le impide ser hondo y trágico en diversas ocasiones)."
Y ahora, a por mi propia discografía. Al pobre de Jochum le he dejado fuera por falta de tiempo. ¡Y qué lástima no contar con grabaciones de Solti y Harnoncourt! Se me olvidaba: mención de honor a Enrico Onofri, firmante –en un concierto al frente de la Sinfónica de Sevilla– de la peor versión que yo haya escuchado de cualquier sinfonía de Haydn. Aplaudida a rabiar por la crítica local, eso sí.
1. Toscanini/Sinfónica de la NBC (Naxos, 1938). Esta fue una de las primeras grabaciones en estudio del de Parma con su orquesta. En el primer movimiento, deplorable, quedan claras sus señas de identidad: sonoridad musculada, articulación ágil, ataques muy secos, enorme vigor rítmico, rigidez absoluta, precipitación y nulo sentido de la cantabilidad. Por eso mismo sorprende, a reglón seguido, un Largo bien paladeado y con un punto de voluptuosidad. El Menuetto, llevado a un tempo inflexible, resulta más que correcto, pero en el Finale vuelve a pinchar: aunque es cierto que posee muchísimo nervio interno e incluso hay algún juego agógico, el sentido del humor –imprescindible, aunque sea sarcástico– brilla por su ausencia. (7)
2. Ormandy/Orquesta de Filadelfia (CBS, 1947). El maestro de Budapest le puso ganas al asunto, eso queda fuera de toda duda, y lo hizo con una orquesta formidable que él mismo se estaba encargando de convertir en una de las mejores del mundo, pero lo cierto es que su estilo resulta un tanto vulgar para un músico como Haydn, particularmente en unos movimientos extremos basados en el músculo excesivo, los grandes contrastes sonoros e incluso el atropellamiento. Mucho mejor los centrales, aunque tampoco sean en colmo de la finura. Correcto sonido monofónico, recientemente recuperado en alta definición. (7)
3. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (DG, 1951). Como era de esperar, Furt apuesta por el músculo y la tensión sonora. Pero no por ello es esta, en absoluto, una interpretación pesadota o sin gracia. Sí que es cierto que se ponen de relieve los aspectos más dramáticos de esta música, como ocurre en un primer movimiento poderoso y de gran intensidad, por no hablar de un Largo maravillosamente paladeado, de gran pasión y vuelo lírico. El tercero está lleno de grandeza, y en este sentido sí que puede resultar algo masivo –no olvidemos que la orquesta no es sino la Filarmónica de Berlín–, pero el Trío resulta una verdadera delicia. Chispeante y sin excesiva coquetería el movimiento conclusivo, dicho con energía muy bien controlada, aunque el maestro no termine de sintonizar con el peculiar sentido del humor haydiniano. (9)
4. Szell/Orquesta de Cleveland (CBS, 1954). Szell hace gala en Cleveland del mismo músculo y empuje que Ormandy en Filadelfia, pero su trazo es más claro, su musicalidad más refinada y su idea expresiva más clara, una combinación de vigor rítmico, adustez y sentido dramático. Por eso mismo el Largo lo lleva sin la lentitud que pide la partitura y procurando no bajar la guardia, lo que significa que las esencias poéticas no terminan de ser destiladas; a cambio ofrece un regusto amargo de lo más conveniente. Decidido y severo el Menuetto. Lo menos bueno es el Finale, rígido y carente de sentido del humor. (8)
5. Reiner/Sinfónica de Chicago (RCA, 1960). La perfecta conjunción entre músculo y agilidad, entre electricidad y control, entre sentido teatral y poso reflexivo que caracterizan a Reiner lo convierten en formidable intérprete de Haydn, lo que queda bien claro en esta lectura poderosa y contrastada, pero siempre rigurosamente planificada, soberbiamente expuesta en colaboración con una orquesta sensacional trabajada con pinceles finos, y que sabe no ver la página como un mero divertimento. En cualquier caso, podría pedirse mayor sabor “a zanfoña” en un Trío muy bien paladeado, así como un poco más de picardía en un Finale al que no le falta mala leche. Espléndida la toma para la época. (9)
6. Walter/Sinfónica de Columbia (CBS, 1961). Independientemente de que la orquesta -Los Ángeles- no sea ninguna maravilla, queda clara la personalidad de un Walter que rara vez quiso crear tensiones ni claroscuros con la música; menos aún inquietar. La suya es una recreación cálida, hermosa y seductora, que busca agradar aun a costa de desatender muchos pliegues de la música. Así las cosas, el maestro ofrece un buen Allegro inicial para luego perderse en los vericuetos de un Largo lentísimo, ensoñado y blando que incluye algún detalle de cursilería. Pesada la articulación del Menuetto, cuyo Trío pierde carácter de danza para volcarse en lo suave. Distendido y amable, más que pícaro, el Allegro con spirito conclusivo. (7)
7. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1963). Pese a la buena sintonía del joven, fresco e impulsivo Lenny con el universo de Haydn, no termina de convencer un primer movimiento más vistoso que elegante y algo parco en la chispa que necesita esta música. El norteamericano se derrite paleando el Largo con el más indisimulado hedonismo, hasta el punto de rozar por momentos la blandura. Tras un Menuetto irreprochable, el Finale despliega enorme efervescencia sin encontrar el refinamiento, la elegancia y la picardía de las que que años más tarde hará el maestro con la Filarmónica de Viena. La toma deja que desear, incluso tras el reciente rescate en alta definición. (7)
8. Klemperer/Orquesta New Philharmonia (EMI, 1964). Un verdadero prodigio por la manera de aunar las sonoridades densas y rocosas con una enorme agilidad, el humor negro y distanciado propio de Klemperer con la sana alegría que –en parte– desprende la partitura, el rigor arquitectónico con la fluidez y la naturalidad, todo ello con un enfoque dramático, poderoso y con empuje. Increíble en el Largo la manera de combinar lirismo, sentido dramático y humor descarado. No lo son menos el análisis de líneas y el tratamiento tímbrico, con unas maderas de lo más corrosivas pero sin perder la elegancia y belleza clásicas. Por lo demás, si el lector hace la comparación queda clara una sentencia del propio Klemperer: “Bruno Walter es un moralista, yo soy un inmoral”. (10)
9. Böhm/Filarmónica de Viena (DG, 1973). Mármol de la máxima calidad, labrado con la más exquisita depuración de líneas, para una interpretación sobria, elegante y honda que alcanza un profundo vuelo poético en el Largo sin que al maestro se le mueva un pelo. Se pueden preferir acercamientos más chispeantes y contrastados, pero difícil resulta resistirse al análisis tímbrico y armónico que propone el de Graz. El Finale, severo sin dejar de ofrecer su punto de picardía. Toma de gran calidad, algo reverberante. (9)
10. Colin Davis/Orquesta del Concertgebouw (Philips-Pentatone, 1975). Literalmente. no se puede hacer una interpretación mejor desde una visión clásica, con tanta belleza sonora, elegancia, arquitectura, y sentido del humor, todo ello con los componentes maravillosamente equilibrados. Las puede haber más humorísticas o más incisivas, pero no más perfectas. De acongojante belleza el segundo movimiento y maravilloso el trío del tercero. La sensacional orquesta se encuentra recogida maravillosamente por una toma recuperada por Pentatone con su cuadrafonía original. (10)
11. Previn/Sinfónica de Londres (EMI, 1975). No hay –rara vez suele haberla– genialidad alguna con Previn, pero sí ortodoxia, sensatez, musicalidad y una tan cuidadosa como natural –nada de rebuscamientos ni de narcicismos– planificación de la puesta en sonidos. Ofrece así un Haydn tradicional y “a lo grande”, pero en absoluto pesado, de buen equilibrio entre dinamismo y efusividad. Quizá resulte más amable de la cuenta en los dos primeros movimientos, que recuerdan un tanto a Walter aun superándole en limpieza de ejecución y sentido de los contrastes. Poderoso sin masividad el tercero, risueño sin toda la picardía posible el Finale. Buen sonido, recuperado recientemente en alta definición. (8)
12. Bernstein/ Filarmónica de Viena (Blu-ray CMajor y CD DG, 1983). Un prodigio de vida y entusiasmo, también de sensualidad y de sentido cantable, que se beneficia en buena medida de una orquesta incomparable tratada con extrema depuración sonora, y no precisamente evitando recrearse en su suntuosidad. En este sentido, la articulación es por completo tradicional y se puede echar de menos un toque mayor de incisividad. Tal vez la introducción decepcione un poco, si bien el primer movimiento se encuentra maravillosamente hilado. El Largo arranca haciéndonos arquear las cejas, por un violonchelo excesivamente vibrado y una cierta blandura en el fraseo, pero a la postre convence por la voluptuosidad con que están tratadas las melodías, cantadas de maravilla por la orquesta y sus solistas; la sección dramática –primera vez que un movimiento lento incluye metales y percusión en el mundo de Haydn, nos recuerda la Wikipedia– está tratada con valentía, sin regatear pathos. Está muy bien el tercero, incluyendo el toque rústico del trío. De infarto el Finale, de una claridad absoluta pese a la rapidez, y dicho con una chispa portentosa. En el vídeo Lenny lo repite como propina sin mover los brazos, solo con la mirada: todo un espectáculo. Muy buena imagen y formidable sonido. (10)
13. Brüggen/Orquesta del Siglo XVIII (Philips, 1988). Al frente de una soberbia orquesta de instrumentos originales, a la que trata con enorme depuración sonora, y adoptando criterios rigurosamente HIP, el maestro holandés nos revela un fraseo, un equilibrio de planos y una gama de colores mucho más acordes con la estética del momento. No se trata, mucho ojo, de recrear cómo sonó esta música en la época en la que fue compuesta, sino de traducirla con sonidos cercanos a los que el compositor tenía en mente. ¿Y en lo expresivo? Pues lejísimos de un Bernstein y con no ciertos puntos de contacto tanto con Klemperer como con Böhm: voluntaria renuncia a la chispa y a la efervescencia, marcada severidad neoclásica, desinterés por los grandes contrastes, alejamiento de cualquier preciosismo sonoro y ciertos toques de humor sarcástico. En cualquier caso, Brüggen no posee ni la personalidad ni la inspiración de los dos maestros citados, quedándose muy a medio camino en un primer movimiento excesivamente severo. Está muy bien el segundo, dicho sin ensoñaciones, posee sana rusticidad el tercero –rítmica bien marcada, pero sin excesos– y convence por su retranca en el cuarto. (8)
14. Adam Fischer/Orquesta Haydn Austro-húngara (Nimbus-Brilliant, 1990). Musculada y robusta versión, muy atenta a los aspectos dramáticos de la página, a la que le falta algo más de transparencia y agilidad, así como una mayor dosis de chispa e imaginación. El Largo resulta algo laxo. Como era habitual en el sello Nimbus, la toma deja que desear. (8)
15. Rattle/Filarmónica de Berlín (EMI, 2007). Un Haydn a medio camino entre la tradición y el historicismo, mezclando de manera interesante la sonoridad musculada de la orquesta con una articulación muy influida –sin adoptar radicalidad alguna– por los instrumentos originales. Todo se encuentra magníficamente clarificado, con incisividad sin excesos y un buen sentido de los claroscuros, equilibrando sin problema la elegancia con el sentido del humor. El problema es que la interpretación resulta en exceso severa en los dos primeros movimientos, un punto apagada en el primero y bien paladeada pero no del todo cálida en el segundo. El Minuetto es magnífico, muy ágil y con una clara alusión a la zanfoña en el Trío. Al Finale, admirablemente expuesto, le falta un poco de empuje y picardía. (8)
16. Jansons/Sinfónica de la Radio Bávara (BR, 2008). Un espléndido Finale hace merecedora de atención a esta lectura no especialmente refinada ni elegante –Jansons nunca se caracterizó por las referidas virtudes–, pero sí certera en el estilo, articulada con agilidad y bien contrastada, en la que además se aprecian las enseñanzas de otros maestros a la hora de subrayar imaginativamente las sonoridades de zanfoña del trío –demasiado blando, eso sí–. La toma resulta en exceso reverberante, por estar realizada en la Basílica de Waldsassen. (8)
17. Iván Fischer/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2009). Interpretación moderadamente incluida por el historicismo –articulación ágil y algo incisiva, percusión seca–, que se encuentra dicha con el adecuado equilibrio entre fluidez, naturalidad, elegancia, vigor y sentido de los contrastes, pero a la que le falta un punto de calidez en el segundo movimiento y de jocosidad en el cuarto, este –por ventura– nada precipitado ni de cara a la galería, y beneficiado de las soberbias maderas berlinesas. El tercer movimiento está dicho de manera algo marcial, sin mucho encanto, y en su Trío sorprende lo acentuadas que están, con imaginativas pero algo forzadas figuraciones en la cuerda, las referencias a la zanfoña. (8)
18. Schiff/Orquesta del Festival de Verbier (Medici TV, 2016). Aunque no tenga la menor intención de imitar las formas del movimiento HIP, el enorme pianista húngaro toma buena nota de las aportaciones de la evolución de la praxis interpretativa y ofrece una lectura de articulación extraordinariamente ágil e incisiva –que no aérea, ni falta de densidad–, atenta a los contrastes y muy bien salpimentada, en la que demuestra una maravillosa afinidad con el universo haydiniano, que recrea con una perfecta mezcla de elegancia y rusticidad, de encanto y de espíritu dramático, de sentido dancístico y de carácter trepidante. Todo ello, haciendo uso de pinceles finos y aportando una notable imaginación, particularmente en un Menuetto que es de los mejores que se han escuchado. En realidad, la versión alcanzaría el 10 si no fuera porque el Largo lo lleva más bien como Andante, y por ello sin extraer todas sus posibilidades poéticas. Disponible aquí. (9)
martes, 29 de junio de 2021
El Haydn de Jane Glover con la OFGC: gloriosa tradición británica
Pasé el fin de semana en las Islas Afortunadas –mi tercera visita–, y tuve la oportunidad de escuchar-también por tercera vez en directo– a la Filarmónica de Gran Canaria. Programa Haydn: Sinfonías nº 6 Le Matin, nº 7 Le Midi y nº 8 Le Soir, es decir, el maravilloso tríptico con que el compositor respondía a las demandas del Príncipe de Esterházy –estaba empezando en la corte– para buscar el mayor lucimiento posible de su orquesta. Dirigía nada menos Dame Jane Glover –setenta y dos años a sus espaldas–, de la que tengo un recuerdo muy borroso de algún concierto en Sevilla allá por la primera mitad de los noventa. No sé si me gustó. Lo del pasado viernes 25 de junio en el Auditorio Alfredo Kraus sí que lo hizo. Una barbaridad.
Primero, por la calidad de la música. ¡Pensar que todavía hay melómanos a los que no les entusiasma Haydn! De acuerdo con que no en todas las parcelas de su producción brilló a igual altura, pero basta con sus sinfonías y sus cuartetos de cuerda –y muchas de sus sonatas y de sus misas– para colocarle en el podio de los más grandes. Incluso estas sinfonías relativamente tempranas –ojo, pese a la numeración, no se encuentran entre las primeras– ofrecen una inventiva y una inspiración formidables.
Segundo, por la calidad interpretativa. Y por tener la oportunidad de escuchar en directo interpretaciones así, tan radicalmente distante de lo que quien esto firma tiene hoy la oportunidad de escuchar en directo: lo que Enrico Onofri y la Barroca de Sevilla han conseguido imponer aquí en el occidente andaluz, un Haydn áspero en la sonoridad, precipitado en los tempi, espasmódico en el fraseo y plagado de extravagancias. Dame Jame y la OFGC me han permitido disfrutar en directo, benditos sean todos ellos, de esa gloriosa tradición británica hoy casi por completo perdida, la del Haydn de Sir Colin Davis, Sir Neville Marriner y Raymond Leppard, aunque antes en la línea “moderadamente renovada” de los dos últimos que en la más tradicional del primero.
Glover optó por una plantilla de moderado tamaño, muy superior a los quince músicos que –tengo entendido– tuvo el compositor a su disposición, pero a mi entender ideal para esta música. La sonoridad fue hermosa y transparente, sin que la nutrida cuerda (10.8.5.3) relegara a los vientos mas otorgándoles su justísima relevancia; músculo lo hubo en su punto justo, el idóneo para evitar esas ingravideces que suelen devenir en fragilidad e incluso en cursilería. La articulación se situó en el punto intermedio entre la tradición centroeuropea –sin ir más lejos, la que usó Adam Fischer en los primeros años de su integral– y el movimiento “históricamente informado”: ágil y muy definida, moderando el vibrato y marcando con claridad el ritmo y alejándose de toda pesadez, pero sin necesidad de renunciar del todo al legato y sin incurrir en excesos de incisividad ni en grandes claroscuros. Los tempi fueron de una sensatez que hoy, desdichadamente, no resulta habitual: nada de languideces contemplativas ni de pérdidas de pulso, pero menos aún de frivolidades y apresuramientos que no dejan a la música respirar. El clave fue todo musicalidad y sensatez, sin exuberancias HIP pero evitando al mismo tiempo esa coquetería –para mí muy molesta, lo reconozco– del Marriner de antaño.
Dicho de otra manera, el Haydn de Dame Jane fue el colmo de la sensatez y de la moderación. Y de la sosería, pensarán algunos. Pues no, nada de eso. Entiendo que los acostumbrados al clasicismo “barrokizado” de los Onofri, Antonini y compañía echarán de menos efectos especiales y todo aquello, pero para mí las interpretaciones estuvieron llenas de vida, de entusiasmo y de comunicatividad. También de calor humano. Y de elegancia digamos que “británica”, aunque sin ese punto de flema que a veces estropeaba los minuetos de los directores arriba citados: a nuestra artista le quedaron muy frescos y dinámicos.
Claro que la labor de la batuta no es nada en estas tras páginas sin una orquesta plagada de virtuosos. Dicen los especialistas, y probablemente tienen toda la razón, que aquí Haydn todavía se encuentra muy vinculado al modelo del concerto grosso, lo que significa que los primeros atriles cobran todos ellos un protagonismo decisivo, cada uno en su momento. La Filarmónica de Gran Canaria evidenció, con algún que otro desequilibrio, un nivel medio francamente alto tanto en virtuosismo como en musicalidad. Por si fuera poco, contó como concertino con una invitada de verdadero lujo: la madrileña Vera Martínez, del Cuarteto Casals. No encuentro palabras para elogiarla. Estuvo espléndida, sobre todo en ese absolutamente maravilloso adagio de Le Midi en el que su instrumento tiene que imitar todas las inflexiones de la voz humana. Por cierto, decidió vibrar bastante menos que el resto de la cuerda, optando por un uso moderado y netamente expresivo de este recurso. En un conjunto HIP no desentonaría.
En fin, enorme concierto. Estas versiones me gustaron tanto como las de Marriner, un poco más que las de la Orquesta Barroca de Friburgo –tan distintas– y bastante más que las de Adam Fischer y Trevor Pinnock, que son las que conozco.
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