Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Publiqué por primera vez esta comparativa en 2017, con motivo de la versión que iba a escuchar el Londres a Lang Lang; al final tocó Denis Kozhukhin pero, como explicaré más abajo, no salimos perdiendo mucho. Actualizo la discografía ahora que el sevillano Juan Pérez Floristán va a hacer la obra en su ciudad natal. ¿Dejará sangre en el teclado, como asegura András Schiff que le ocurre a él cada vez que toca esta obra de tan alucinantes exigencias no ya mentales, que también, sino puramente físicas?
Obviamente, dar las notas y hacerlo con un sentido expresivo no es el único reto. Hace falta también un director que sepa lo que se trae entre manos, y por tanto que atienda no solo a la vertiente más visceral de esta página, que es la que más llama la atención a ese público que sale huyendo cada vez que escucha al nombre de Bartók, sino también a lo que tiene de misterio, de vuelo lírico e incluso de espiritualidad más o menos inquietante. Y necesita asimismo una orquesta a muchísima altura en todas sus familias, siendo la obra particularmente exigente con unos metales que en el primer movimiento, manteniéndose la cuerda sin actividad alguna, cobran todo el protagonismo; en el segundo, curiosamente, es el metal el que permanece callado.
La partitura fue compuesta entre 1930 y 1931, cuando el compositor contaba cincuenta años, había dejado ya muy atrás El mandarín maravilloso y aún tenía que enfrentarse a la escritura de su Música para cuerdas, percusión y celesta. Él mismo fue el solista del estreno, que tuvo lugar en Fráncfort en 1933 bajo la dirección de Hans Rosbaud.
Una pena que no tengan ustedes a su disposición ninguna de las dos grabaciones radiofónicas con Barenboim dirigiendo de manera admirable esta obra, sobre todo a la hora de aportar una atmósfera densa y opresiva un segundo movimiento que le suena particularmente turbulento y lleno de malos presagios; la primera de esas grabaciones se remonta a 2005 y tuvo como protagonista a Lang Lang, la segunda es de 2011 y la protagoniza Yefim Bronfman. En cualquier caso, esta muestra es una buena representación de lo que circula en el mercado.
1. Sándor. Fricsay/Sinfónica de Viena (Orfeo, 1955). A pesar de la categoría
de los intérpretes congregados, esta interpretación registrada en el Festival de
Salzburgo deja mal sabor de boca. Lo hace, ante todo, por la pobreza de los
metales de la Wiener Symphoniker, pero también por una planificación poco
depurada, incluso confusa, al menos en los movimientos extremos. También por su
relativa falta de concentración, particularmente por el excesivo nerviosismo en la sección
central del segundo movimiento. Eso sí, el toque de Sándor resulta lo suficientemente
variado –aunque su fraseo con frecuencia resulte más virtuosístico que rico en
matices– y la expresión tanto del solista como de la batuta, ambos en un estilo impecable (¡faltaría más,
tratándose de quienes se trata!), muestra un
considerable compromiso con las diferentes atmósferas propuestas por la
partitura, desde lo violento y arrollador hasta lo lírico, pasando por lo
sensual y lo religioso. La toma sonora no ayuda. (6)
2. Anda. Fricsay/Sinfónica de la Radio de Berlín (DG, 1959). Su orquesta
berlinesa no es mucho mejor que la Sinfónica de Viena, pero en estudio –con la
posibilidad de repetir hasta que salga bien– y contando con una toma de sonido
espléndida para la época, el maestro de Budapest encuentra una oportunidad mucho
más adecuada para plasmar su concepto. Ciertamente lo consigue, y buena prueba
de ello es la superior concentración de los dos primeros movimientos, ahora
mucho más misteriosos y paladeados (9’50 y 12’19 frente a los 8’52 y 10’51 de la
interpretación editada por Orfeo); también más depurados en lo sonoro, más
claros y mejor tensados, aunque de nuevo el gorjeo de los pájaros y toda la
sección intermedia movimiento central ofrece especial agitación e incisividad.
El toque del joven Géza Anda resulta un punto más percutivo y monolítico que el
de Sándor, pero quizá se implique más a fondo en la partitura y subraye con
mayor acierto sus tensiones. (7)
3. Richter. Svetlanov/Sinfónica del Estado de la URSS (Russia Revelation,
1967). Grabación en vivo francamente mediocre que permite apreciar la visión
angulosa e incisiva de un Richter que, como era esperar, interpreta la partitura
con vehemencia, electricidad y un cierto carácter demoníaco; el Adagio lo aborda
con muy adecuada concentración y sentido de lo inquietante, aunque su sección
intermedia resulta efervescencia pura y los pasajes dramáticos que flanquean la misma descarguen una fuerza dramática abrumadora. Eso sí, su toque resulta
poderoso y combativo por encima de otras consideraciones, lo que no le impide
dar verdaderas lecciones de agilidad. La dirección parece comulgar plenamente
con las maneras del solista, desplegando aristas y vehemencia en los movimientos
extremos –que alcanzan clímax de gran incisividad– y combinando meditación con
arrolladora electricidad –maderas particularmente incisivas– en el central;
lástima que las insuficiencias de la toma apenas dejan apreciar hasta qué punto
es minucioso el tratamiento de la orquesta, cuyos ásperos metales –a decir
verdad– tampoco son los mejores que uno pueda imaginar. (8)
4. Kovacevich. Colin Davis/Sinfónica de la BBC (Philips, 1968). Lo más
valioso de esta interpretación es la labor del maestro británico, sobre todo en
un primer movimiento dicho con mucho empuje y muy bien diseccionado, dotado
además del adecuado sentido del ritmo y de rusticidad bien entendida, cualidad
que en principio no asociamos al arte directorial de Sir Colin. Flojea el
solista, que aun superando con nota el enorme reto de tocar con la potencia y
agilidad necesarias, resulta algo lineal en la pulsación y bastante insulso en lo expresivo. La orquesta se muestra solvente, pero los metales se quedan cortos en
el tercer movimiento. Toma sonora francamente notable en la serie Eloquence.
(7)
5. Richter. Maazel/Orquesta de París (EMI, 1969). Aun sin
ser precisamente una maravilla de la tecnología, esta toma sonora sí que deja
disfrutar del acercamiento de Richter a la partitura, en un enfoque parecido al
de su registro en vivo con Svetlanov aunque quizá ahora menos tremendo, menos
feroz y encrespado, más rico en sutilezas y significaciones, quizá por tener a
un lado a un Maazel que, siendo considerablemente áspero e incisivo cuando
debe, también sabe mostrarse muy estático en las secciones extremas del adagio
–más lento, más sensual y misterioso que el de Svetlavov– y sustituir parte de
la efervescencia de la citada grabación en vivo por muy apreciables sutilezas en
la tímbrica y el fraseo. (9)
6. Pollini. Abbado/Sinfónica de Chicago (DG, 1977). No puede imaginarse
orquesta más adecuada para esta obra que la Chicago Symphony, con unas maderas
tan exactas y, sobre todo, con unos metales de tan asombrosa potencia y
brillantez, insuperables en un primer movimiento en el que
ostentan todo el protagonismo. Tampoco parece haber mejor director que el Abbado
de los setenta, todo fuego y sinceridad, implacable en su sentido rítmico,
portentoso a la hora de clarificar las texturas y muy dispuesto a subrayar todas
las aristas necesarias, aunque también a paladear con concentración la atmósfera
nocturna de un segundo movimiento que le suena, mucho antes que sensual o
evocador, terriblemente desolado e inquietante. El relativo reparo es Pollini,
soberbio de fuerza y exactitud, así como de vigor en el ritmo, pero
excesivamente percutivo, sin toda la variedad deseable en el sonido ni en la
expresión. La toma sigue siendo espléndida. (9)
7. Ashkenazy. Solti/Filarmónica de Londres (Decca, 1979). No sorprende que el
primer movimiento sea formidable, pues estaba claro que nadie como Sir George
para hacer sonar a los metales de la London Philharmonic con su máxima
brillantez posible, ni para diseccionar así el entramado de las maderas,
adecuadamente incisivas y ricamente matizadas. También lo estaba que el aún joven Ashkenazy
poseía virtuosismo en grado más que suficiente para satisfacer las demandas
extremas de esta partitura, así como un toque que sabe no quedarse en absoluto
en lo percutivo. Lo que llama la atención es el Adagio, paladeado con
extrema lentitud y una concentración prodigiosa, sutilísima en
sus acentuaciones tanto desde el podio como en lo que al solista se refiere,
quien aprovecha su sección intermedia para demostrar su enorme agilidad sabiendo
no caer en el mero despliegue de fuegos artificiales. En el Allegro molto
conclusivo los dos artistas vuelven a ofrecer tensión máxima y una fuerza
arrolladora, pero de nuevo haciendo que el control de la arquitectura –magnífica
manera de remansarse en los breves pasajes líricos– y la atención al matiz se
pongan por encima del espectáculo sonoro. (10)
8. Kocsis. Iván Fischer/Orquesta del Festival de Budapest (Philips, 1987). Más que sabor folclórico, lo que el maestro húngaro ofrece es garra, inmediatez,
frescura y comunicatividad, dentro de un enfoque valiente con las aristas y la
agresividad que desprende la música, pero sin necesidad de subrayar tales
aspectos. Por desgracia, en los movimientos extremos se echan de menos claridad,
refinamiento y atención al matiz, mientras que el central no termina de destilar
todo el lirismo inquietante que necesita. A mayor nivel se mueve Zoltán Kocsis,
quien con un toque agilísimo pero con suficiente peso, además de muy poderoso en
los grandes clímax, ofrece una recreación de una efervescencia y una
electricidad como pocas veces se ha escuchado. La toma sonora es espléndida.
(8)
9. Bronfman. Salonen/Filarmónica de Los Ángeles (Sony, 1993). El maestro
finlandés ofrece una dirección que va de menos a más, no particularmente
inspirada ni con especial garra, tampoco todo lo clarificadora que uno
pudiera esperar de una batuta analítica como la suya, pero que convence por
alcanzar un perfecto equilibrio entre todas las vertientes expresivas que
ofrece la partitura, combinando así lo aristado con lo sensual, la teatralidad
con el vuelo lírico, lo dramático con la espiritualidad, sin suavizar aristas ni
escatimar picos de tensión, pero atendiendo a todas las posibilidades poéticas
que la partitura ofrece. Bronfman posee un sonido adecuadamente denso y
poderoso, como también una agilidad diríase que insuperable –rapidísimo y
efervescente el Presto central del segundo movimiento–, pero sabe no caer en lo
meramente percutido y modelar su sonido para atender, como hace Salonen, a las
diversas atmósferas propuestas por el compositor. La toma es francamente buena,
pero no la más clara de las posibles. (8)
10. Schiff. Iván Fischer/Orquesta del Festival de Budapest, (Teldec, 1996). Nueve años
después de su grabación para Philips, Iván Fischer y su orquesta vuelven a
ofrecernos, sin diferencias apreciables, su atractiva pero no del todo
convincente visión de la obra, esta vez con un András Schiff de enfoque parecido
al de Kocsis, cierto es que sin llegar a las cotas de efervescencia de aquél,
pero quizá con un toque algo más variado y un enfoque de mayor pluralidad. En
cualquier caso, no termina de calar lo suficiente en la obra. Los ingenieros de
sonido realizan una espléndida labor. (8)
11. Schiff. Rattle/Sinfónica de la Ciudad de Birmingham (YouTube, 1997). Sensacional la labor de Schiff, que aquí más implicado en lo
expresivo que en su registro en audio del año anterior. El de Budapest ofrece efervescencia
y electricidad a raudales, pero también un toque muy variado y apreciable
cantidad de matices expresivos, comprendiendo perfectamente que no es solo cuestión
empuje y tensión sonora, sino también de elasticidad y de ese particular
lirismo bartokiano. La dirección de Rattle está llena de fuego, de vigor
juvenil y de entusiasmo bien controlado, marcando asimismo el sabor folclórico
de la página, siendo aquí su enfoque más anguloso y combativo que en su
posterior registro con Lang Lang, en la que atenderá mejor la vertiente poética de
la página. El movimiento conclusivo es pura electricidad, para lo bueno y lo no tan bueno. (9)
12. Andsnes. Boulez/Filarmónica de Berlín (DG, 2003). Como no podía ser menos
cuando del compositor y director francés hablamos, el análisis, la claridad y la
objetividad, entendiendo por esto último la decisión de no subrayar ningún
aspecto expresivo y de controlar con absoluto rigor todas las emociones, se
ponen por encima de cualquier otra consideración, lo que no significa
precisamente que la interpretación carezca de tensión interna ni de potencia
dramática. Desde este punto de vista los resultados son espectaculares, pero en
este caso, y al contrario que en la mayoría de sus Bartók, se aprecia una
relativa falta de compromiso en el primer movimiento, al que le faltan, aun
estando admirablemente expuesto, algo de fuerza y carácter, sobre todo si lo
comparamos con las maravillas que años más tarde Sir Simon Rattle conseguirá con
la misma orquesta. Los otros dos son espléndidos, concentradísimo
el Adagio y con una sección central llena de efervescencia –clara en el trazo, algo
nada fácil–, y un tercero que sí posee toda la garra y vigor necesarios. Leif
Ove Andsnes realiza un trabajo admirable por su virtuosismo, vigor rítmico y
fuerza expresiva, pero –de nuevo son odiosas las comparaciones: imposible no
pensar en Lang Lang junto a la misma Berliner Philharmoniker– se echa en falta
un toque algo más variado en lo sonoro y rico en significaciones. La toma es
soberbia. (9)
13. Lang Lang. Rattle/Filarmónica de Berlín (Sony, 2013). Asombra en el pianista chino la insultante facilidad con la que parece tocar una
partitura de dificultad extrema, hasta el punto de que probablemente nunca se
haya escuchado una ejecución tan ágil y nítida en la
digitación. Deslumbra igualmente su capacidad para modelar el sonido desde los
fortísimos más atronadores hasta las más sutiles veladuras, desde lo muy
percutivo hasta lo sutilmente impresionista. Y lo hace también su manera de
frasear combinando cantabilidad y flexibilidad con una tensión interna que no
deja lugar a tomar aliento. Pero lo que verdaderamente le encumbra a lo más alto
es la riqueza, inteligencia y sensibilidad de sus matices, ofreciendo multitud de
acentos que revelan que esta obra ofrece posibilidades que van más
allá del mero contraste entre la fiereza de los movimientos extremos y el
carácter nocturno del central, explorando especialmente el lirismo y la
sensualidad que subyacen los pentagramas. Rattle dirige a su portentosa orquesta
con mano firme, energía muy controlada y gran atención al detalle, aunque sin
subrayar aristas ni resultar virulento; en este sentido, se echan de menos la
energía, la incisividad y el colorido de un Solti, quizá también su imaginación
en algunos pasajes. En cualquier caso, su técnica y su convicción terminan
triunfando, sobre todo cuando se trata, como en el caso del solista, de poner de
relieve los aspectos más líricos de la partitura, o de demostrar que los pasajes
más virtuosísticos –por ejemplo, el “canto de pájaros” que es eje axial del
simétrico Adagio– están llenos de poesía. Toma sonora excepcional en Blu-ray Pure Audio. (10)
14. Kozhukhin. Rattle/Sinfónica de Londres (Medici TV, 2017). Esta entrada apareció por primera vez como preparación personal para este concierto. Los que teníamos entrada para escuchar a Lang Lang en el Barbican Hall nos encontramos con Denis Kozhukhin, un joven que jamás había tocado la obra en público y se tuvo que preparar el asunto en pocos días. Le aplaudimos a rabiar, porque hizo mucho más que cumplir. Cierto es que su pulsación no es tan variada como la del chino, ni tan gran de su riqueza de matices expresivos; esto último tiene toda justificación, habida cuenta de la premura con que tuvo que enfrentarse a la partitura. Pero sí que posee un sonido macizo, muy robusto, poderoso sin ser especialmente percutivo, como también un tremendo sentido del ritmo. Y concentración, mucha concentración en un segundo movimiento en el que el piano le suena desafiante. En los otros dos, se enfrenta a la bestia con su tanque y la vence sin necesidad de dejar sangre en el teclado, si bien es cierto que, años más tarde, el pianista me confesaría en una firma de autógrafos que nunca olvidaría este concierto. Sobre Rattle y la LSO solo se pueden decir maravillas. La segunda parte del concierto está editada en disco: Haydn, An Imaginary Orchestral Journey. (9)
15. Wang. Rattle/Filarmónica de Berlín (YouTube, 2017). Cuatro meses después del concierto londinense, Sir Simon se va a China y vuelve a hacer la obra con Berlín. Salvando un arranque no del todo brillante por parte de los metales, las cosas funcionan como en la grabación con Lang Lang. Es decir, de manera portentosa. La versión de la batuta, mucho más madura, por paladeada y rica en significaciones, que la que hacía en tiempos de Birmingham. Yuja Wang no posee el sonido tremendo que la obra demanda, pero compensa semejante insuficiencia con una electricidad desbordante –un tanto de cara a la galería, pero sumamente efectiva–, una claridad absoluta y muchísima comunicatividad, amén de atención plena a los aspectos líricos de la página. Lástima que la toma disponible no sea mejor. (9)
16. Bronfman. Nelsons/Filarmónica de Viena (Blu-ray CMajor 2022). Como era de esperar, una recreación de altísimo nivel en la
que la batuta despliega incisividad, ritmo y fuerza telúrica sin descuidar la
claridad ni la atención a los detalles, mientras que el pianista, quizá un
punto menos variado en el toque que en otras ocasiones –hay varias tomas radiofónicas por ahí, incluida una con Barenboim–, ofrece todo el carácter
percutivo que la página necesita al tiempo que se muestra muy dramático,
doliente y rebelde en el segundo movimiento. Su virtuosismo es impresionante,
tanto como el de la orquesta. Solo la comparación con las más grandes
recreaciones de la página deja entrever que aún es posible una vuelta de tuerca
más a esta, en cualquier caso, idiomática, intensa y soberbia lectura. (9)
17. Bronfman. Mehta/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2023). Yefim Bronfman otra vez. Poderosísimo. Percutivo ma non troppo. Decidido a combatir, a concebir su parte como un enfrentamiento con la orquesta, pero sin por ello renunciar a la limpieza digital ni a los matices. Un modelo perfecto del Bartók más tremendo, vaya. La orquesta no está menos increíblemente bien que en ocasiones anteriores y Mehta hace mucho más que concertar con la profesionalidad que le caracteriza: centra el estilo, motiva a los músicos y obtiene brillantez, aunque es el músculo que tanto le gusta lo que mejor le sienta a esta interpretación, disponible en 4K y con sonido Atmos. (9)
Paso a comentar la primera parte del programa que ofrecieron
Daniel Barenboim, Lang Lang y la West-Eastern Divan Orchestra en
Bremen el pasado sábado 9 de agosto. En los atriles, el Concierto para piano
nº 1 de Felix Mendelssohn.
Los dos artistas habían grabado la obra en febrero de 2003
junto a la Sinfónica de Chicago para DG. Aquella fue una enorme recreación, muy
en particular por parte del pianista. El asunto era ver qué hacía Barenboim ahora que tiende a ralentizar los tempi. ¿Cedería Lang Lang, con lo
muchísimo que le gusta hacer exhibición de agilidad digital? Unos brevísimos vídeos
de los ensayos disponibles en la red parecían apuntar a que sí, a que la página
se iba a abordar con menor rapidez que entonces, pero al final no ha sido así:
los tempi de Bremen fueron como los del disco. Está claro que hubo un tira y
afloja en el que salió ganando el pianista chino. Habida cuenta de que cuando Barenboim toca con Argerich pasa algo parecido, hay que concluir que el maestro porteño
está lejos de imponer sus ideas a los solistas. Más bien lo contrario.
Dicho esto, y aun similar en tempi, la dirección ha sido todavía
mejor que en el disco: más intensos los movimientos extremos y, sobre todo,
mucho más poético e inspirado el Andante central. El maestro ha sabido sacarle
más jugo a la obra, aportado todo ese especialísimo sentido de la ternura y de
la sensualidad que ha desarrollado de manera especial en estos últimos años. Y escandalícese el que quiera, pero en el referido movimiento la cuerda de la WEDO
sonó con mayor belleza y fraseó con superior vuelo lírico que la de la Sinfónica
de Chicago. Por lo demás, la formación multicultural se entregó a fondo para
responder con el extremo virtuosismo que la obra demanda, ofreció una articulación adecuada para el autor, tocó con admirable depuración sonora y fue muy bien controlada por
una batuta que equilibro los planos con transparencia al tiempo que desplegó tremendas
dosis de energía. ¡Serán imbéciles los críticos que afirman, confundiendo lo que
se ve y lo que se oye, que Barenboim ya no es capaz de transmitir electricidad
a una orquesta! Que sus movimientos físicos anden muy limitados no significa que haya mermado su técnica para conseguir de una orquesta lo que él
quiere.
Lang Lang no estuvo mejor que en 2003, porque eso es imposible.
Tampoco lo hizo menos increíblemente bien. Allí en
directo el piano me resultó mucho más rico, con mayor plasticidad que en el
SACD editado por el sello amarillo, pero me parece que el problema estaba en la
labor de los ingenieros de la grabación, a la que le faltaban densidad y
relieve. La soberbia acústica de Die Glocken de Bremen permitió disfrutar de lo
lindo de un sonido pianístico que, además de ligereza y refinamiento, posee
elasticidad, enorme riqueza de armónicos y una potencia considerable en los
momentos en los que el artista lo considera oportuno.
Otra cosa es que todo ese
potencial lo use con sabiduría: a mí hay veces que Lang Lang no me termina de
convencer, y en determinadas interpretaciones me llega a irritar, pero en
Mendelssohn saca lo mejor de sí mismo. Cierto, su recreación fue efervescente, lúdico
a más no poder, juvenil en el mejor de los sentidos, pero no solo no se dejó
llevar por el nerviosismo, sino que en el segundo movimiento hizo música con
mayúsculas: delicadeza, encanto, sensualidad y evocación poética sin caer en lo
trivial o lo amanerado. Todo ello con la mayor convicción y, hay que insistir,
con una técnica absolutamente suprema.
Los aplausos del público le llevaron a ofrecer
una arrebatada Mazurca nº 23 de Chopin. Podía haber tocado alguna
cosilla más, porque la de Mendelssohn es una página breve, pero en cualquier
caso el plato fuerte estaba por llegar: la gigantesca, inolvidable Heroica
de Beethoven que comente en la entrada anterior.
Se incorporan Buniatishvili/Paavo Järvi y Wang/Dudamel.
Actualización: 28-12-2022
Añado las grabaciones de Istomin/Ormandy, De Larrocha/Dutoit y Ousset/Rattle.
Actualización: 12-04-2021
Realizo un nuevo comentario de la grabación de Rubinstein con Ormandy, que ha recuperado su cuadrafonía.
Actualización: 6-10-2019
He vuelto a escuchar la versión de Weissenberg/Karajan, reformando su comentario, y he añadido las de Ashkenazy/Kondrashin, Orozco/De Waart, Licad/Abbado, Ortiz/Atzmon, Hough/Litton, Lugansky/Oramo, Lazic/Kirill Petrenko, Matsuev/Temirkanov y Dong-Hyek Lim/Vedernikov. Treinta y nueve referencias en total.
Actualización: 17-04-2016.
Esta entrada se publicó por primera vez el 27 de diciembre de 2013. Además de reformar la reseña de Ashkenazy/Previn, añado ahora comentarios de las interpretaciones de Janis/Dorati, Entremont/Bernstein, Vásáry/Ahronovitch, Grimaud/López Cobos, Grimaud/Ashkenazy, Kawamura/Belohlavek y Kissin/Chung. Lamento no haber podido escuchar la mayoría de las grabaciones recomendadas por los lectores.
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La historia la conocen ustedes de sobra: Rachmaninov cayó en una tremenda depresión tras el estreno de su Primera sinfonía, pero este Concierto para piano y orquesta nº 2, compuesto entre 1900 y 1901,le sacó de la postración y le convirtió en uno de los artistas más populares y queridos del siglo XX, mal que le pese a los pedantorros comprometidos con la modernidad.
No es, con todo, la mejor obra concertante del autor ruso: creo que ese puesto se lo merecen sus muy tardías Variaciones sobre un tema de Paganini. En cualquier caso, se trata de una partitura muy bella a la que con sumo placer le he dedicado en las últimas semanas unas cuantas horas de audición que me ha permitido realizar esta pequeña comparativa. No hay la menor intención de sentar cátedra: no son más que unos apuntes para intercambiar opiniones.
Son sus movimientos: 1- Moderato; 2 – Adagio sostenuto; 3 – Allegro scherzando
1. Rachmaninov. Stokowski/Orquesta de Philadelphia (Naxos, 1929). El gran interés de este registro es, obviamente, escuchar al propio compositor al piano. Desde luego está magnífico, haciendo gala de una gran agilidad, naturalidad y flexibilidad en su parte. Lo curioso es que no se preocupa tanto de la vertiente melancólica como de la más extravertida de su música, como si le quisiera dar la razón a los que ven en él –muy injustamente– un creador superficial y exhibicionista. Muy meritoria la encendida y entusiasta batuta de un Stokowsky que también sabe recrearse bien en la parte lírica de la obra, si bien es cierto que algunas frases podrían estar más paladeadas y que hay algún que otro exceso y contundencia marca de la casa. La toma sonora deja mucho que desear. (8)
2. Istomin. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1956). Comienza muy bien el piano, decidido y poderoso, pero en cuanto se le ofrece la oportunidad, se echa a correr para demostrar una incuestionable agilidad digital que no quiere saber nada de matices ni de intención expresiva. A partir de ahí, la desigualdad está servida. Ormandy conoce y ama este repertorio, y maneja a la portentosa orquesta con plasticidad admirable pero aún es un Ormandy inmaduro, expeditivo, volcado en el efecto de cara a la galería: nada que ver con su registro de 1971 con Rubinstein. En cualquier caso, es capaz de ofrecer unos soberbios minutos conclusivos. Correcto sonido monofónico. (6)
3. Rubinstein. Reiner/Sinfónica de Chicago (RCA, 1956). Del pianista polaco hay que admirar la prodigiosa naturalidad, fluidez, transparencia y sinceridad de su trabajo, aquí no especialmente personal ni inspirado, pero sí apasionado, flexible, variado y lleno de virtuosismo, pero su conjunción con Reiner no termina de redondearse. El primer movimiento, encendido, rústico y viril, decepciona relativamente por una batuta que se precipita un tanto y que no profundiza todo lo que debe en el lado lírico y sensual de la obra. Magnífico el segundo, muy bien paladeado por la batuta pero dotado también de un punto de dramatismo y rebeldía. El Allegro scherzando tiene altibajos, pero alcanza un final de innegable grandiosidad y apasionamiento. Sonido estupendo para la época. (8)
4. Richter. Sanderling/Filarmónica de Leningrado (Praga, febrero 1959). Un director de fraseo cálido, humanístico y ajeno a excesos. Un pianista de fraseo lento y concentrado, sensibilidad honda y gran creatividad al que le interesa mucho antes la sustancia dramática –y la relación entre una nota en la siguiente, siempre llena de significado– que la belleza sonora o el mero virtuosismo. Entre dos artistas de tan grande calibre se supone que la interpretación debería ser colosal, mas no termina de ser así: en el primer movimiento el célebre tema principal suena un punto enfático, incluso hinchado, en la sección central del segundo el solista se echa a correr y en el tercero vuelve, poco antes del final, el fraseo algo hipertrofiado e insincero. (8)
5. Richter. Wislocki/Filarmónica de Varsovia (DG, abril 1959). Un par de meses después de su registro en vivo, Richter se metió en el estudio de grabación para dejar su grabación oficial de la obra. Las frases enfáticas de la orquesta en los movimientos extremos siguen aquí, lo que deja claro que no eran cosa de Sanderling sino del propio pianista. Desgraciadamente, Richter no consigue aquí la escalofriante introducción de la anterior ocasión, si bien en la sección rápida del Adagio sostenuto esta vez no se precipita como entonces. Por otra parte, Stanislaw Wislocki carece de la personalidad cálida y comunicativa de su colega, y la formación polaca no posee la belleza sonora de la Filarmónica de Leningrado, así que la interpretación en vivo resulta globalmente preferible. Esta de DG suena, lógicamente, mucho mejor. (7)
6. Janis. Dorati/Sinfónica de Minneapolis (Mercury, 1960). Dirección bien
delineada pero seca, fría y escasamente sensual, muy ajena al estilo, al
servicio de un pianista de enorme virtuosismo pero bastante cuadriculado en el
fraseo que se queda en la mera brillantez en los movimientos extremos, para
ofrecer entremedias un Adagio sostenuto tan bonito como insustancial. Incluso
escuchada en HD-audio, la toma sonora queda por debajo de lo que el mito de
Mercury Living Presence hace esperar. (6)
7. Entremont. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1960). Hay que
distinguir aquí entre el Bernstein del Adagio sostenuto, lento y concentrado,
atento a paladear las melodías con delectación –aunque sin terminar de resultar
todo lo emotivo que debiera–, del Bernstein de los dos movimiento extremos,
extrovertido y con gancho pero al mismo tiempo de fraseo
impulsivo, por no decir exhibicionista, más atento al golpe de efecto que a la
planificación minuciosa y a la creatividad, además de un tanto ajeno al estilo. El joven Entremont –treinta y cuatro años– transita por senda
parecida, ofreciendo más fuego que sensualidad, humanismo o poesía, y cayendo no
pocas veces en la pura exhibición de agilidad pianística ajena al matiz
expresivo. La orquesta no puede ocultar sus limitaciones, y la toma sonora
tampoco está a la altura. (6)
8. Van Cliburn. Reiner/Sinfónica de Chicago (RCA, 1962). El joven pianista tejano aporta incuestionable virtuosismo, un fraseo sin precipitaciones y gran sensatez expresiva. El veterano maestro húngaro, romanticismo objetivo, viril y sin devaneos, además de un fabuloso control de los medios. A ambos les falta riqueza de matices, variedad expresiva y una buena dosis de emotividad. De temperatura emocional, incluso: el gran clímax del primer movimiento sobre el tema principal le falta fuerza. El sonido en SACD es bueno sin más. (7)
9. Ashkenazy. Kondrashin/Filarmónica de Moscú (Decca, 1963). Aunque
todavía tenga que matizar más algunas frases, alcanzar clímax de mayor
tensión emocional y, en general, ofrecer un punto adicional de brillantez,
cosa que hará en sus dos absolutamente referenciales grabaciones
siguientes, lo cierto es que a sus veintiséis años Ashkenazy se mostraba
como un perfecto intérprete de este concierto haciendo gala de tres
virtudes importantísima, a saber: un virtuosismo enorme que apenas se
hace notar como tal, porque está pensado únicamente en función de la
música y no de la exhibición, un toque de gran variedad en dinámicas y
colores, y un fraseo lleno de naturalidad que recoge a la perfección,
sin melifluidades ni gestos de cara a la galería, el lirismo ensoñado,
nostálgico y un punto agridulce propio del compositor. Kondrashin quizá
no sea el más inspirado recreador de la página desde el podio, pero sabe
lo que se trae entre manos, frasea holgadamente para que
el piano respire y hace sonar a la cuerda con la voluptuosidad y la
emoción que la música necesita, además de obtener un formidable
rendimiento de una orquesta –tres años atrás había alcanzado su
titularidad– que luce mucho más en Londres con la ingeniería de Decca
que bajo los terribles micrófonos de la URSS. (9)
10. Wild. Horenstein/Royal Philharmonic (Chesky-Chandos, 1965). La dirección de Horenstein, aunque muy poco afín con el estilo y no muy emotiva, es globalmente digna por su buen pulso y acertado sentido dramático. El problema es Wild: pulsación nítida pero más bien neutra, fraseo de monocorde, escasez de aliento poético y búsqueda exclusiva de la espectacularidad. Al final, cascadas de notas una detrás de la otra, todas iguales, concatenadas sin la menor intención expresiva. Muy buena la toma sonora, como era habitual en las producciones de Charles Gerhardt. (5)
11. Ashkenazy. Previn/Sinfónica de Londres (Decca, 1970). El más grande pianista
en Rachmaninov se encuentra con la mejor batuta para este repertorio. El primero
ofrece variedad en el sonido, efervescencia controlada –hay
virtuosismo a más no poder, pero con sentido expresivo– y una gran riqueza de
matices que no conoce narcicismos. El segundo, un fraseo tan natural como
flexible donde abundan retenciones de tiempo maravillosamente resueltas y de un
enorme impacto expresivo. Entre ambos alcanzan resultados memorables, por todo:
idioma, calidez, vuelo poético, melancolía en su dosis justa, claridad, riqueza
tímbrica, rusticidad bien entendida, energía… La orquesta londinense está muy
aprovechada y alcanza un sonido ideal para el autor, luciendo más aún en la
reciente remasterización en HD, que ha hecho mejorado de manera considerable la
anterior encarnación en compacto. La versión ideal. (10)
12. Rubinstein. Ormandy/Philadelphia (RCA, 1971). A sus ochenta y cuatro añitos de edad, Rubinstein nos deja su interpretación definitiva, clásica y alejada de toda afectación, avanzando con respecto a su registro con Reiner en flexibilidad, variedad y emoción. Muy distinta a la de aquel es la dirección de un Ormandy que, aunque siempre tuvo especial sintonía con Rachmaninov, en el último tramo de su carrera alcanzó una inspiración muy especial. Su fraseo sabe ser voluptuoso y otoñal, trata con enorme plasticidad a la formidable orquesta, de maderas muy carnosas, y sabe ofrecer una dosis importante de melancolía incluso en el tercer movimiento, que su batuta se toma sin ninguna prisa y desgranando muy bien las texturas orquestales. Dutton Vocalion ha recuperado en SACD la cuadrafonía original, con bastante información en los canales traseros pero, venturosamente, sin caer en el efectismo. (9)
13. Orozco. De Waart/Royal Philharmonic (Philips, 1972). El joven Orozco
fue visto fundamentalmente como un virtuoso, y en este sentido aquí
deja bien claro su irreprochable técnica, pero no se puede decir que su
toque sea monolítico, ni su fraseo rígido, ni escasa su implicación
emocional. Antes al contrario, el pianista cordobés matiza con
sensibilidad, canta las melodías con amplitud y consigue un perfecto
equilibrio entre los aspectos más temperamentales de esta obra y los más
introvertidos, entre garra dramática y vuelo poético, solo dejándose
llevar por los más externos en determinadas
secciones del movimiento conclusivo. Quizá hubiera podido profundizar
más en su aproximación con una batuta más inspirada que la de De Waart,
en general correcto pero escaso de fuego y de carácter viril,
incluso algo anémico en algunos pasajes. La toma se ha conservado bien
para la época. (8)
14. Weissenberg. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD DG y CD EMI, 1973). Todo está colocado en su sitio con perfección asombrosa, las sonoridades
son muy hermosas y opulentas al tiempo que refinadas, el trazo es
seguro, pero la batuta, que opta por la vertiente lírica y
evocadora, no parece lograr sus objetivos. A la postre el resultado es
frío, aunque no le podemos regatear a Karajan un clímax final muy
encendido. El pianista es todo agilidad y venturosamente no se precipita
ni se deja llevar por el nerviosismo, pero su sonido no es muy variado,
matiza poco y, en general, resulta más bien plano y cuadriculado. Una reciente remasterización en alta resolución ha otorgado nueva
vida a la edición en audio de EMI, en general satisfactoria pero con problemas en los
tutti. (6)
15. Vásáry. Yuri Ahronovitch/Sinfónica de Londres (DG, 1975). Excelente toma
sonora –salvo en los fortísimos– para una interpretación sosegada, dicha con
enorme belleza sonora y fraseada con tanta sensualidad como sentido cantable,
pero en exceso centrada en los aspectos más ensoñados y contemplativos de esta
música –sobre todo en el segundo movimiento, claro–, echándose de menos tanto el
regusto amargo de la particular melancolía del autor como esa incisividad y
esa garra dramática que también deben ser ingredientes de la misma. Una recreación,
en definitiva, para escuchar a la luz de la luna dejándose embriagar por las
fragancias del jardín, pero no para profundizar en la partitura. (8)
16. De Larrocha. Dutoit/Royal Philharmonic Orchestra (Decca, 1980). El aún joven Dutoit da la campanada mostrándose ya como un enorme intérprete de Rachmaninov, y eso que aún no tiene –como tendrá en su ciclo de sinfonías- a ese instrumento perfecto tan asociado al compositor como es la Orquesta de Philadelphia. Sea como fuere, aquí están el sonido carnoso, la voluptuosidad en el fraseo, la mezcla de rusticidad y morbidez, la atmósfera al mismo tiempo melancólica y malsana del compositor ruso expuestas en todo su esplendor bajo una batuta que lo controla todo. La excepcional De Larrocha no llega al grado de sintonía estilística ni de profundización de un Previn, pero hace gala de una desarrolladísima sensibilidad y, no menos importante, de una técnica equiparable a la de los más grandes virtuosos. Magnífica la toma. (9)
17. Licad. Abbado/Sinfónica de Chicago (Sony, 1983). Veintiún años contaba la pianista filipina Cecile Licad cuando realizó
este debut discográfico por todo lo alto sin que, por lo que hemos
podido saber, su carrera fonográfica haya terminado de cuajar. Lo cierto
es que ofreció una lectura notable en la que hizo gala de un toque
sensible y de un fraseo efervescente, pero no por ello menos
concentrado, aunque también es verdad que ofreciendo una visión en
exceso lírica de la partitura y sin profundizar en sus pliegues expresivos. Abbado sintonizó con su planteamiento y supo
paladear la música sin prisas, con gran delectación melódica, aunque
escorándose hacia lo ensoñado y sin mostrar la suficiente sintonía con el compositor. Espléndida la orquesta, aunque no siempre
trabajada con la excelencia esperable. Sorprende en este sentido que
apenas se escuchen los maravillosos diseños de las flautas al final del
segundo movimiento, sin que sepamos a ciencia cierta si esto se debe a las
circunstancias de una toma poco lograda para la época, a pesar de su
amplia gama dinámica. (7)
18. Ashkenazy. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1984). Haciendo gala de su habitual objetividad, claridad, ausencia absoluta de devaneos sonoros y buen pulso, Haitink construye una interpretación lenta y maravillosamente paladeada, muy introvertida y meditativa, pero no por ello falta de brillantez y garra cuando debe. Impresionante toda la última sección del tercer movimiento, intensa y conmovedora sin perder lo más mínimo la lentitud del pulso, y de una grandeza unida a la mayor sinceridad. Ashkenazy vuelve a mostrarse pletórico de virtuosismo y perfecto en el idioma, variado en el sonido, sensible en su punto justo, paladeando y matizando con minuciosidad y sentido. La orquesta holandesa, fabulosa en lo técnico y rebosante de musicalidad. Toma sonora a la altura de las circunstancias. Otra referencia. (10)
19. Ousset. Rattle/Ciudad de Birmingham (EMI, 1984). Un verdadero placer escuchar a dos músicos jóvenes haciendo música así: no solo con enorme técnica y profesionalidad, sino también con una enorme dosis de sensatez. Ciertamente no ofrecen especial inspiración, pero que renuncian al “aquí estoy yo”, al efecto de cara a la galería, para interesarse por los aspectos más líricos de la música haciendo gala, tanto la batuta como el piano, de un fraseo mórbido, sensual y lleno de inflexiones. Eso sí, tan apolíneo es el enfoque que se echa de menos una dosis adicional de tensión interna, de rusticidad bien entendida y de garra dramática, sobre todo en lo que a la solista se refiere. (8)
20. Ortiz. Atzmon/Royal Philharmonic (Decca, 1986). Una introducción
apresurada y lineal hace pensar que no va a sintonizar con el espíritu
de la obra, pero lo cierto es que la pianista brasileña va a mostrar no
solo pleno virtuosismo a la hora de abordar la página, sino también
sensatez expresiva y apreciable sensibilidad, ofreciendo a la postre una
recreación bastante correcta, incluso notable en un Adagio sostenuto
que también conoce los mejores momentos de Moshe Atzmon, atento a
paladear las melodías con amplitud y sensualidad. En el primer
movimiento termina perdiendo el norte con ciertas rigideces,
contundencias y hasta trompeterías, mientras que en el tercero cae en
cierta languidez, para luego recuperarse y llegar a un final brillante y
encendido. (7)
21. Kissin. Gergiev/Sinfónica de Londres (RCA, 1988). A sus diecisiete años Kissin está sensacional, arrebatador pero muy controlado al mismo tiempo, exhibiendo un sonido riquísimo de amplia gama dinámica, una enorme claridad y una gran atención a los matices sin caer en amaneramientos. Gergiev se encuentra en su salsa en los momentos más extrovertidos, dichos con garra y sonido apropiado, pero se pierde en los más íntimos, cayendo con frecuencia en lo blando, en la timidez expresiva e incluso en la ñoñería. ¡Qué oportunidad perdida! (7)
22. Gavrilov. Ashkenazy/Royal Philharmonic (EMI, 1989). El artista que mejor ha interpretado la obra desde el teclado se encuentra todavía por estas fechas –poco después comenzaría un largo declive– en su gran momento como director, y al empuñar aquí la batuta ofrece una recreación vehemente, apasionada, perfecta en estilo y rica en detalles de elevada inspiración, aunque también algo precipitada por momentos. Quien desconcierta es el pianista, dueño de un toque riquísimo y pletórico de virtuosismo, pero considerablemente desigual en la concentración, alternando pasajes maravillosamente paladeados con otros interesado en hacer alarde de la agilidad digital y dichos por completo de pasada. La toma sonora del CD –existe una filmación comercializada en su día y ahora disponible en YouTube– dista de convencer para la fecha pese a estar realizada contando con la excelente acústica de la Gran Sala del Conservatorio de Moscú. (8)
23. Bronfman. Salonen/Orquesta Philharmonia (Sony, 1990). Ciertamente el maestro nórdico hace honor a su fama de artista analítico y objetivo con una interpretación de magnífico trazo, admirablemente desmenuzada, sometida a un riguroso control de la forma y por completo ajena a efectismos, amaneramientos y cualquier suerte de devaneo sonoro, pero no puede considerarse que su realización resulte fría ni distanciada. De hecho Salonen se toma las cosas con calma, paladea con singular nobleza las melodías y sabe ofrecer una serena calidez poética un Adagio sostenuto esencial y contenido, sin dejar de ofrecer en los movimientos extremos, ya que no especial garra dramática, una irreprochable construcción de las tensiones. Bronfman, de toque ágil e incisivo, se muestra sobrado de virtuosismo y sabe atender a todas las facetas expresivas de la partitura, solo en contados momentos dejándose llevar por el mero mecanicismo con que algunas frases de la partitura suelen tentar al solista. (9)
24. Grimaud. López Cobos/Royal Philharmonic (Denon, 1992). Una Grimaud de tan
solo veintidós años hace gala de un sonido muy bello –más que musculado o
poderoso–, una enorme agilidad y un asombroso dominio de la gama dinámica para
ofrecer una interpretación apolínea ante todo, fluida y equilibrada, de
admirable cantabilidad y delicado lirismo, aunque no por ello exenta de garra.
En cualquier caso, le falta aún una vuelta de tuerca en lo expresivo, y le sobra
la tendencia a lo cuadriculado en la sección virtuosística del segundo
movimiento. La dirección de López Cobos es cuidadosa y de apreciable belleza,
antes que atmosférica o apasionada, y sabe ofrecer brillantez bien entendida en
el movimiento conclusivo. No muy lograda la toma, a pesar de estar realizada en
Abbey Road. (8)
25. Thibaudet. Ashkenazy/Orquesta de Cleveland (Decca, 1993). Técnicamente la interpretación resulta inobjetable. Ashkenazy controla de maravilla a la fabulosa orquesta, haciéndola sonar además en el punto justo de equilibrio entre lo rocoso y lo sensual que necesita Rachmaninov, mientras que Thibaudet, de sonido afilado pero poderoso, ejecuta las cascadas de notas con una limpieza fuera de lo común. Interpretativamente el asunto es harina de otro costal, porque los dos artistas, aun desenvolviéndose de maravilla en el estilo –faltaría más en el caso del de Gorki–, evidencian una extraña irregularidad en la concentración y escaso interés por los matices expresivos. El primer movimiento comienza con irreprochable corrección pero de desarrolla de manera un tanto lineal hasta llegar a un clímax central adecuadamente poderoso para a partir de ahí ofrecer –sobre todo en la orquesta– una calidez en el fraseo y una emotividad absolutamente acongojantes. El Adagio sostenuto está desgranado con esa peculiar mezcla de delicadeza y nostalgia que necesita, pero incomprensiblemente en la sección rápida central el pianista se echa a correr para realizar una exhibición del más vacuo virtuosismo. Flojo, finalmente, el Allegro scherzando, con una batuta que desaprovecha por completo las posibilidades melódicas del tema principal en su primera aparición y un pianista de nuevo obsesionado por dejar clara su agilidad. La apoteosis final sí alcanza mucha garra dramática, pero no puede evitar el agridulce sabor de boca. Magnífica la toma. (7)
26. Ogawa. Owain Arwel Hughes/Sinfónica de Malmö (BIS, 1997). La gran virtud de esta interpretación en la amplitud de sus tempi y la manera en la que, amparándose en ellos, se frasea con naturalidad y vuelo lírico, dejando a la música respirar y no cayendo en la menor precipitación. Ahora bien, mientras la pianista oriental se mueve muy bien dentro de este concepto haciendo gala de un fraseo muy bello y sensible, ya que no de un sonido del todo adecuado para el compositor ni de un temperamento con toda la garra dramática que debiera, el maestro galés no logra tensar la arquitectura ni inyectar teatralidad, ni elocuencia ni variedad expresiva a las intervenciones de una orquesta que tampoco es muy allá: a la postre la arquitectura se le viene abajo. Soberbia la ingeniería de sonido. (7)
27. Volodos. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (YouTube, Proms 1997). De los BBC Proms nos llega una interpretación pletórica de virtuosismo, de entusiasmo y de brillantez, a la que le falta un punto más de emoción y de idioma para ser excepcional, así como algo más de poesía en los pasajes en los que el solista se deja llevar por los fuegos artificiales. Como sale gratis, merece la pena conocerla. (8)
29. Grimaud. Ashkenazy/Orquesta Philharmonia (Teldec, 2000). Han pasado ocho años
desde su primera grabación y, aun siendo el enfoque de nuevo lírico y
apolíneo ante todo, la pianista francesa ha madurado su lectura y ahora ofrece
mayores dosis de apasionamiento, más atención a los matices –sigue
habiendo alguna frase un punto mecánica– y, en general, mayor sensibilidad.
Claro que lo que marca la gran diferencia es la dirección de un Ashkenazy que
conoce como pocos el lenguaje del compositor y, haciendo ahora gala de mayor
concentración que cuando dirigía a Gavrilov y a Thibaudet, se lanza en plancha a poner de
relieve los aspectos más emotivos de la obra, atendiendo de forma especial a la
atmósfera, a la melancolía y a la voluptuosidad bien entendida, ofreciendo
además detalles de gran elegancia y sutileza. Entre los dos artistas ofrecen
momentos verdaderamente mágicos, como el final del primer movimiento, y
consiguen el que quizá sea el Adagio sostenuto más hermoso de todas las
grabaciones comentadas. Se podrán preferir enfoques más
dramáticos y escarpados, pero como interpretación lírica esta es la número uno.
(10)
30. Zimerman. Ozawa/Sinfónica de Boston (DG, 2000). Increíble de virtuosismo por su claridad digital, riqueza sonora y variedad del sonido, el pianista polaco ofrece una recreación intensa y sentida, pero no muy dada al vuelo lírico, ni al exceso de melancolía ni a los arrebatos románticos, sino manteniendo siempre ese punto de “intelectualidad” que caracteriza su arte. El maestro oriental acompaña con muchísima claridad y gran refinamiento. A ambos se les habría de pedir un punto más de garra, así como de idioma, para que la interpretación fuera genial. La toma sonora no termina de convencer: pone en muy primer plano al piano. (9)
31. Scherbakov. Yablonsky/Snfónica del Estado Ruso (Naxos, 2002). Aunque el interés del sello Naxos al grabar este disco era mostrar las posibilidades del SACD y el DVD-Audio (no lo consiguió del todo: la naturalidad de la reproducción es grande pero la toma original no especialmente memorable), lo cierto es que nos encontramos ante una interpretación de muy buen nivel a cargo de un pianista que frasea con sensibilidad, sin la menor rigidez, acompañado de una batuta que hace sonar con gran belleza a la orquesta –magnífica la cuerda– y desgrana la partitura con apreciable aliento lírico. Para terminar de convencer sería necesario un enfoque menos ensoñado, con más garra dramática, un toque más variado al piano y, en general, una dosis mayor de imaginación y compromiso expresivo. (8)
32. Lang Lang. Gergiev/Orquesta del Mariinsky (DG, 2004). Tras una introducción lentísima y genial, Lan Lang empieza a vacilar entre momentos muy logrados y otros en los que se precipita en el más insustancial virtuosismo. Y es que el pianista oriental tiene una vena exhibicionista que de vez en cuando sale a flote, llegando a ponerse por encima de su incuestionable talento: este es el caso. No ayuda precisamente la batuta (¡oh, no, otra vez él!) de Valery Gergiev, en exceso robusta, gruesa y vulgar. En suma, una interpretación tan vistosa como deslavazada e insincera. A olvidar. (6)
33. Hough. Litton/Sinfónica de Dallas (Hyperion, 2004). La extrema
rapidez con la que el pianista aborda los acordes iniciales, en exceso
nerviosa y ajena al misterio, hace temer lo peor de esta interpretación a
la postre no mala, pero sí bastante irregular, particularmente en un
primer movimiento con muy buenos momentos tanto por parte de la batuta
como por la del solista, pero carente de unidad. Mucho mejor el Adagio
sostenuto, expuesto con concentración y sensibilidad, quizá también con
cierta tendencia a lo frágil y, en el caso del solista, dejándose llevar
por la tentación del mecanicismo en los pasajes más virtuosísticos.
Algo parecido le pasa a Hough en el Allegro scherzando, al tiempo que a
Litton se le escapan portamenti de todo punto innecesarios volviendo a
confundir ensoñación con blandura, lo que en cualquier caso no le impide
ofrecer inflamación y voluptuosidad cuando corresponde. El SACD
multicanal recoge bien la acústica de la sala –y los ruidos del público–
en esta toma en vivo. (7)
34. Leif Ove Andsnes. Pappano/Filarmónica de Berlín (EMI, 2005). Pappano procura acentuar contrastes, haciendo que las partes extrovertidas suenen especialmente juveniles e impetuosas y que las introvertidas lo hagan con lirismo especialmente delicado. Por fortuna logra no caer ni en la brutalidad ni en la blandura, respectivamente, si bien el resultado es más vistoso que profundo. El pianista ofrece virtuosismo sobrado y una apreciable objetividad, aunque le falta un punto de imaginación y emotividad. Registro notable pero innecesario. (8)
35. Lugansky. Oramo/Sinfónica de la Ciudad de Birmingham (Warner, 2005). Dotado de un
sonido anguloso y bien perfilado, alejado de lo suave y de lo difuminado
sin que falten variedad en el color ni en la dinámica, y
haciendo gala de una enorme agilidad por completo ajena al nerviosismo y
de una claridad pasmosa, el pianista ruso ofrece una interpretación
intensa y comprometida, muy viril y plena de comunicatividad, que se
interesa ante todo por los aspectos más visionarios de esta música no tanto por lo que tiene de voluptuoso y ensoñado, lo que tampoco le
impide ofrecer momentos líricos de gran concentración. A menor nivel
expresivo se mueve un Sakari Oramo notable concentrador e interprete muy
centrado, pero en exceso parco a la hora de desplegar esa particular
efusividad que esta página necesita; en cualquier caso, paladea la
música sin la menor precipitación y sabe ofrecer momentos de
incuestionable grandeza y aliento épico. (8)
36. Grimaud. Abbado/Orquesta del Festival de Lucerna (DVD DG, 2008). Batuta y solista coinciden en huir de la ampulosidad, el decadentismo y la retórica para ofrecer una lectura sobria, elegante y analítica, de enorme transparencia, muy fluida, en la que en cualquier caso la enorme poesía y concentración de la pianista, que consigue un bellísimo pero nada almibarado Adagio sostenuto, se pone por encima de una batuta más preocupada por el refinamiento y la levedad del sonido que por la calidez expresiva. (9)
37. Dejan Lazic. Kirill Petrenko/Filarmónica de Londres (Channel
Classics, 2008). A sus treinta y seis años y aún sin haber llegado a la
titularidad del foso de Baviera, el maestro ruso evidenciaba ya
importantes virtudes y graves limitaciones en el repertorio sinfónico.
Entre las primeras, una gran técnica y una apreciable
capacidad para cantar las melodías, cosas que aquí hace con enorme
delectación en un Adagio sostenuto sensual y ensoñado a más no poder; su belleza subyuga siempre y cuando
se acepte un enfoque meramente contemplativo de la página. Entre las segundas, una tendencia a la
levedad tanto sonora como expresiva que resulta inconveniente en los movimientos extremos, sobre todo
cuando se incurre –a Petrenko le pasa en varios momentos– en una
blandura manifiesta. Por si fuera poco, el celebrado retorno “marcial”
del gran tema del primer movimiento resulta hinchado y artificioso,
dejando bien claro que el maestro no se cree esta
música. Deján Lazic se encuentra en perfecta sintonía con el enfoque
hiperlírico de la batuta, y por ende no se muestra muy variado en lo
expresivo, pero aquí hay que descubrirse ante un toque muy sensible y un
fraseo poético, rico en matices, que en general evita el mecanicismo y
busca la poesía escondida entre las notas. La toma, en vivo, no es la
mejor posible. (7)
38. Yuja Wang. Abbado/Mahler Chamber Orchestra (DG, 2010). En este registro en vivo el director italiano vuelve a ofrecer una dirección tan vistosa y eficaz como superficial y obsesionada por esas texturas leves, refinadas y muy pulidas que tanto gustan al maestro. Muy por debajo de la Grimaud la pianista oriental: agilísima, objetiva y sin narcisismos, pero cuadriculada, aséptica y tendente al mero virtuosismo. (6)
39. Kawamura. Belohlavek/Filarmónica Checa (RCA, 2013). Ya desde los
acordes iniciales del piano, particularmente decididos y amenazantes, queda bien
claro que esta no va a ser una interpretación rutinaria. Efectivamente, solista
y director coinciden en alejarse del Rachmaninov sensual, evocador y ensoñado
–estamos aquí en las antípodas de Vásáry con Ahronovitch, para entendernos– y
ofrecer una visión ante todo encendida e impetuosa, de pasiones de altos vuelos,
por momentos muy escarpada, a veces rotunda, y de una vehemencia que, por
fortuna, no hace caer a ninguno de los dos en el mecanicismo ni en lo
cuadriculado. Antes el contrario, la joven pianista japonesa –de sonido
poderoso, algo percutivo– y el maduro maestro checo frasean de manera flexible e
imaginativa, ofreciendo numerosos detalles personales que, todo sea dicho, no
siempre acaban de convencer. De hecho, aunque globalmente la lectura engancha, el
vuelo poético no termina de surgir, en parte por lo unilateral del enfoque, en
parte porque probablemente ninguno de los artistas termina de sintonizar con el
universo sonoro y expresivo de Rachmaninov. La toma sonora, realizada en vivo,
es muy buena, y escuchada en HD audio ofrece gran relieve a los contrabajos –aquí
a la izquierda–, pero se echa de menos espacio en la sala: todo suena en exceso
apegotonado. (8)
40. Matsuev. Temirkanov/Filarmónica de San Petersburgo (Blu-ray Euroarts,
2013). Hay que admirar la dirección del veterano maestro ruso, sensualísima en
sonoridad (¡qué empaste el de la cuerda de San Petersburgo!) y en
fraseo, magníficamente paladeada, pero en absoluto rezagada en lo
decadente, sino también llena de fuerza, de expresividad y de
convicción, a despecho de algún pasaje –algo lineal el arranque del
tercer movimiento– que podría estar más aprovechado. El problema es
Matsuev, dueño no solo de una impresionante agilidad digital sino
también de un enorme control de los colores y dinámicas del piano, pero
insulso en lo expresivo –apenas hay algunos detalles de
emotividad en el tercer movimiento– y tendente al puro mecanicismo
en los pasajes más virtuosísticos, algunos de los
cuales –sección central del segundo movimiento, coda conclusiva– suenan
como mecanografía pura. El público, encantado. Toma sonora solo en estéreo –nada de multicanal– con fuerte compresión
dinámica. (7)
41. Kissin. Chung/Filarmónica de Radio Francia (YouTube, 2014). A tenor de lo
que le estamos escuchando en los últimos años, Kissin parece haber entrado en
una fase en la que le preocupa más el análisis objetivo de la partitura que la
intensidad emocional. Efectivamente, este Segundo está todo lo increíblemente
bien tocado que en él se puede esperar, con un sonido tan poderoso como bien
controlado en la dinámica, y se encuentra clarificado en todas sus líneas de una
manera difícilmente superable por cualquier otro pianista, pero ese fuego, esa
imaginación, ese compromiso interpretativo de antaño parecen hoy en cierto modo
atenuados. La dirección de
Myung-Whun Chung, curvilínea y rica en el color, se escora claramente hacia lo
sensual y lo ensoñado, ofreciendo un Adagio sostenuto muy bello pero quedándose
falto de fuego en los movimientos extremos, hasta llegar a incurrir –tema lírico
del Allegro scherzando– en una blandura bastante molesta. (8)
42. Buniatishvili. Paavo Järvi/Filarmónica Checa (Sony, 2016). La pianista georgiana hace gala de un sonido hermoso y flexible, así como de una muy considerable limpieza digital y de una importante capacidad para desplegar brillantez. El problema es que ni ese sonido es el más adecuado para Rachmaninov, por su falta de densidad y e incluso potencia, ni la agilidad va acompañada de la suficiente concentración ni el brillo resulta sincero. Su lectura es más bien una sucesión de momentos inconexos en los que la ligereza mal entendida, la delicadeza seductora, el nerviosismo y hasta la precipitación mezclada con la mecanografía se alternan alegremente sin que afloren ni la poesía nostálgica propia del autor ni la grandeza que requieren determinados momento clave, entre ellos el final. Falta de estilo y superficialidad, en definitiva. A la batuta se le pueden poner los mismos reparos: a veces sabe obtener voluptuosidad de la orquesta –notable, mas no en óptima forma– y hay frases de mucha sensibilidad, pero también pasajes muy triviales, ingravideces y una evidente ausencia de tensión armónica. No solo eso: hay clímax bastante emborronados que hacen dudar de la capacidad técnica –o de las ganas de trabajar– del hijo de Neeme. (7)
43. Trifonov. Nézet-Séguin/Orquesta de Filadelfia (DG, 2018). El pianista
ofrece una interpretación apolínea, clásica en el mejor de los
sentidos, de una impresionante depuración sonora, de apabullante
claridad –la lentitud de los tempi ayuda– y muy bien planificada en sus
tensiones, pero también algo más distante de la cuenta, en exceso
alejada del arrebato y la pasión. El maestro canadiense se amolda al
concepto y refrena de manera considerable el ímpetu de su batuta, pero
lo hace sabiendo ser voluptuoso, sensual y emotivo desde un absoluto
control de los medios a su disposición. Muy notable, pero no excepcional la toma. (8)
44. Dong-Hyek Lim. Vedernikov/Sinfónica de la BBC (EMI, 2018). Sin ser en
absoluto mala, esta interpretación se queda a mitad de camino. El
pianista coreano Dong-Hyek Lim da las notas sin problemas, evita lo
cuadriculado y es sensible a los acentos, pero no parece capaz de
destilar toda la poesía que piden las notas, e incluso por momentos
resulta algo bruto. El director pone entusiasmo y frasea con una
voluptousidad adecuada para Rachmaninov sin mostrarse del todo interesado
por diseccionar la partitura –el trazo no es fino– y evidenciando blanduras en el tratamiento de los violonchelos. Ni
quiera la toma es todo lo excelente que debería: aunque ofrece una
enorme naturalidad tímbrica, al estar realizada a un volumen muy alto
resulta amazacotada y pierde gama dinámica. (6)
45. Yuja Wang. Dudamel/Filarmónica de Los Ángeles (Stage + vídeo, 2023). No funcionan las “campanadas” del arranque, tan separadas unas de otras que suenan un tanto pretenciosas, pero a partir de ahí la pianista oriental ofrece un primer movimiento francamente centrado en el estilo y en la expresión; no resulta particularmente emotiva, pero tampoco se puede hablar de mecanicismo ni de carreras gratuitas. Otra cosa es el Adagio: aquí la Wang, aun extremadamente pulcra en el fraseo y capaz de ofrecer ricos matices, se muestra más bien ajena a la emotividad al mismo tiempo sensual y doliente propia del compositor, para en la sección central –les pasa a muchos– se deja tentar por el virtuosismo puro y duro. En el Finale, dicho con ese sentido de la agilidad y del nervio del que hacía gala el propio compositor sentado al piano, Yuja Wang ofrece un poco de todo, bueno y menos bueno, hasta rematar en una coda que rompe todos los récords de velocidad habidos y por haber sin perder nitidez en la pulsación ni que se le mueva un pelo. Lo mejor es Dudamel, que ya ha madurado lo suficiente como para sintonizar plenamente con el particular mundo expresivo del compositor: aun no renunciando a la brillantez, hay aquí mucho de atmósfera, nostalgia y voluptuosidad bien entendida. (8)