lunes, 23 de agosto de 2010

Schumann en el congelador

Al igual que a Yannick Nézet-Séguin hizo con la Heroica de Beethoven en el Prom del pasado sábado (enlace), Thomas Dausgaard ha adoptado hoy para interpretar la Segunda Sinfonía de Robert Schumann una articulación marcadamente historicista. La diferencia es que mientras el joven director canadiense no encontró el camino apropiado para interpretar así este repertorio, el ya maduro maestro danés ha tenido las ideas más claras y ha ofrecido una interpretación más convincente desde el punto de vista formal (salvo para quienes detesten el vibrato muy reducido y las baquetas duras) y con bastante menos devaneos sonoros (léase "con menos mariconadas") que la de su colega. Pero el resultado tampoco ha sido positivo, por dos motivos: la discreta calidad de la Orquesta de Cámara Sueca, que se las ve y se las desea para que los violines empasten en los momentos de mayor agilidad, y la extrema frialdad con que la batuta recreó la obra. Hubo empuje y energía, sí, pero muy poco de vuelo poético y nada de desgarro dramático, lo que en el sublime tercer movimiento resulta poco menos que imperdonable.


La inclusión del primer movimiento de la incompleta Sinfonía Zwickau del propio Schumann, una obra juvenil de muy escasa inspiración, quedo en una mera anécdota. Lo mismo se puede decir del estreno en Reino Unido de A freak in Burbank, breve pieza del joven compositor sueco Albert Schnelzer que pretende realizar un doble homenaje: a la música de Haydn y a ese "friki" nacido en la citada ciudad californiana de Burbank que es el cineasta Tim Burton. Por fortuna la obra está bien escrita y evita tanto el pastiche como las concesiones de cara a la galería, así que se escucha con tanta facilidad como se olvida.

Si el concierto mereció la pena fue por la interpretación de Les nuits d'été, aunque no por la dirección de Dausgaard, extremadamente tímida en lo expresivo, sino por la intervención de una Ninna Stemme fuera de su elemento natural pero muy artista. Globalmente estuvo bien, aunque algunos reparos se pueden poner. La voz, ya que no hermosa en lo tímbrico, es amplia en el registro -los graves de la partitura los aborda sin problemas-. La técnica evidencia algunos puntos flacos en este repertorio tan exigente en sutilezas: en los pianisimimos la emisión se enturbia hasta el punto de que la linea vocal llega a quebrarse, lo que no es de recibo. El fraseo, eso sí, ofrece toda la morbidez que Berlioz demanda, manteniéndose la Stemme en todo momento ajena a la blandura y a la mera delectación, y no digamos a la cursilería. Le salen mejor, en cualquier caso, las canciones mas "negras" que las luminosas, donde la soprano se mostró en exceso distanciada.

De propina se ofreció una -esta vez sí- bien dirigida recreación del Andante Festivo de Sibelius. Y aún había alguna partitura más en el atril, pero a Dausgaard no le parecieron suficientes los encendidos (y a mi juicio injustificados) aplausos ofrecidos por el respetable, por cierto no muy abundante en esta ocasión: llegué con solo media hora de antelación al Royal Albert Hall, no tuve que guardar cola alguna -los que la hicieron ya habían entrado- y pillé un sitio estupendo en la arena, algo insólito en los Proms.

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