miércoles, 29 de abril de 2026

Pidiendo disculpas

Simplemente, pedir disculpas a los seguidores de este blog por las escasas actualizaciones recientes. Se han encadenado tres problemas familiares de diferente índole y, justo después, me ha venido un problema gastrointestinal que me ha dejado completamente fuera de juego. Lo siento mucho. Intentaré volver lo antes posible, aunque sea poco a poco.

viernes, 24 de abril de 2026

Sinfonía nº 4 de Mendelssohn, "Italiana": discografía comparada

Esta comparativa de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn la publiqué inicialmente el 2 de junio de 2024. He añadido Solti/Israel, Solti/Viena, Muti y Nelsons, pero siguen quedándome algunas en el tintero. Como voy a estar ausente de este blog unos cuantos días, quede ahí el resultado.

 


1. Barbirolli/Orquesta Hallé (EMI, 1948). Sin prisa alguna desgrana el maestro londinense el Allegro vivace inicial, dejando que la música respire, realizando una notable labor de concertación –gran claridad en los planos sonoros, pese a algún desajuste– y manteniendo ese difícil equilibrio entre elegancia y fuerza que necesita Mendelssohn; pero sin sacar a la luz, lástima, la sensualidad y la poesía que esta música necesita. Tampoco lo consigue en el Andante con moto, aunque sí que se muestra sabio a la hora de atender a su amargor, llegando a obtener acentos muy lacerantes. Encanto, ternura y ensoñación siguen sin aparecer en el tercer movimiento, en el que se imponen la adustez dramática y la decisión del Trío. La personalísima recreación se cierra, con perfecta coherencia, con un Saltarello de carácter áspero y escarpado, lleno de nervio pero sin luminosidad alguna: la mala leche se convierte en protagonista. Deficiente la toma. (7)

 

2. Celibidache/Filarmónica de Berlín (BP, 1950). Aún estamos en la posguerra. La Berliner Philharmoniker se la reparten entre un Furtwängler aún demasiado cercano en el tiempo a los cumpleaños de Hitler y un joven de raza gitana lleno de talento que, como Furt, miraba con el rabillo del ojo la amenaza Karajan. Lo cierto es que hacer Mendelssohn le tocó a Celi, y este dio la campanada ofreciendo una interpretación de muchísimo fuste: madura antes que juvenil, de tempi amplios y gran elegancia melódica, sin contundencias ni rigideces, interesada mucho antes por la poesía que por la efervescencia y la trepidación, y atenta a no hacer demasiado leve esta música. Eso sí, a pesar de que el tratamiento de planos sonoros se encuentra bastante cuidado, ni la orquesta ni la batuta poseían el enorme virtuosismo que alcanzarán más adelante. Buen sonido monofónico. (8)

 

 

3. Toscanini/Orquesta de la NBC (RCA, 1954). Eso de que “Toscanini fue la persona que más daño le ha hecho a la música” (sic) no es sino una de esas tremebundas barbaridades que de vez en cuando salían de la boca de Celibidache, pero ciertamente es difícil encontrar a un director más opuesto en sus maneras al rumano que el mítico maestro nacido en Parma. Sea como fuere, el nervio, la incisividad, el indesmayable vigor rítmico y ese punto de “descaro” italiano que caracterizaban a su batuta le permiten triunfar por todo lo alto en un primer movimiento pletórico de electricidad, luz y frescura. Muchísimo menos bien el segundo: hay que admirar el formidable diseño rítmico de la cuerda grave, pero la sensualidad y la poesía brillan por su ausencia. El tercero posee intensidad, mas no cantabilidad ni elegancia; en el Trío sobran contundencias de dudoso gusto. En el Saltarello conclusivo se esperaban resultados simulares a los del movimiento inicial, pero no: aquí se imponen la rigidez y la machaconería, amén de la sequedad de los timbalazos. (7)

 

 

4. Cantelli/Orquesta Philharmonia (EMI, 1955). Se supone que Cantelli fue discípulo de Toscanini, pero en absoluto se reconocen aquí las características del maestro de Parma. Antes al contrario, su joven colega ofrece una lectura no particularmente briosa ni incisiva, tampoco de especial vivacidad rítmica, sino más bien bañada por una luz dorada y sensual. Se encuentra expuesta sin prisas, con nobleza y con cantabilidad, sin descuidar ciertos toques amargos y lacerantes en el tercer movimiento, todo ello con un perfecto equilibrio de planos y haciendo gala de un gusto exquisito. Lástima que el segundo movimiento se quede más bien corto en poesía. Buen sonido monofónico, recientemente recuperado en alta definición. (8)

 

5. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1958). Por mucho nervio que aporte Bernstein, y por muy buena voluntad que le ponga a la hora de paladear con lentitud el Andante con moto, lo cierto es que a este Mendelssohn le faltan limpieza, elegancia y sensualidad, como también atención al matiz. Gran parte de la culpa es de una orquesta que se queda corta. Aceptable sonido estereofónico. (7)



6. Solti/Filarmónica de Israel (Decca, 1958). A sus cuarenta y cinco años, al maestro le quedaban aún cuatro meses para iniciar su gran aventura wagneriana, y por ende para profundizar en lo que a concepción orgánica del fraseo, flexibilidad y sentido de las transiciones se refiere. Por eso mismo encontramos aquí a un Solti heredando las maneras de Toscanini, permitiéndole estas ofrecer un primer movimiento que engancha de principio a fin por su electricidad, impulso rítmico, incisividad bien entendida y asombrosa claridad, para luego dejarnos a medias en un segundo tan admirablemente expuesto como falto de alma y aliento poético. El tercero interesa por sus acentos valientes, si bien necesita una dosis mucho mayor de sensualidad y encanto. El cuarto es puro nervio y precipitación sin caer, venturosamente, en los excesos del de Parma. La orquesta, pese a sus limitaciones, rinde a buen nivel en manos de una batuta exigente y clarificadora que madurará de manera considerable con el paso del tiempo hasta convertirse en una de las mejores recreadoras de esta página. Sonido estereofónico digno para la época. (7)

 

7. Maazel/Filarmónica de Berlín (DG, 1960). Treinta años tenía Lorin Maazel cuando le pusieron delante a esa joya llamada Berliner Philharmoniker para grabar la Italiana. Se trataba de dar la lección de técnica, y vaya si la dio: lectura dicha de un solo trazo, depuradísima en el tratamiento la orquesta y soberbiamente analizada en cada uno de los planos sonoros. Desdichadamente, la poesía se quedó por el camino: todo suena tan ortodoxo como sensato, sin contundencias ni rigideces toscaninianas, también ajeno a pesadeces y densidades que pudieran venir por parte de la orquesta, pero considerablemente aséptico. El movimiento conclusivo, sin ser ninguna maravilla, es quizá el único realmente satisfactorio. (7)

 

 

8. Klemperer/Philharmonia (EMI, 1960). Cuadratura del círculo: Klemperer mantiene esa sonoridad rocosa y prieta que tanto le gustaba, pero consigue una agilidad y una claridad pasmosas en una música necesitada de una ligereza muy especial. Tal cosa solo lo podía conseguir con un superlativo dominio de la batuta y con una orquesta capaz de lo imposible. No solo eso. El de Breslau tampoco renuncia a ese distanciamiento de la emotividad que le caracteriza, al desinterés por el arrebato o por las descargas de electricidad, al igual que no pretende adoptar grandes lentitudes –el fraseo es natural, moderado en los tempi sin bajar la guardia en el segundo movimiento–, pero al mismo tiempo destila un vuelo poético, una sensualidad y hasta una luz mediterránea que pocos directores han sido capaces de conseguir. Por lo demás, el análisis polifónico del último movimiento es una de las cosas más increíble que uno puede escuchar en lo que a técnica y virtuosismo se refiere. Muy buen sonido en SACD, no digamos en el reprocesado de 2023. (10)

 

 

9. Szell/Orquesta de Cleveland (CSB, 1962). Al contrario que Cantelli, Szell sí que parece heredar el concepto que Toscanini tenía de esta obra, solo que plasmándolo con una orquesta aplastantemente superior a la de la NBC (¡con qué virtuosismo y limpieza tocan los de Cleveland!), fraseando con menor sequedad e interpretando sin incurrir en los gestos de mal gusto del de Parma. Así, las cosas, comenzamos con un Allegro vivace luminosísimo, lleno de vida y de comunicatividad, si bien alguna frase podría estar paladeada con mayor flexibilidad y sentido de lo cantable. Seguimos con un Andante con moto rápido y por completo aséptico que, como el de Toscanini, solo se interesa por el diseño rítmico. El Con molto moderato, dicho con elegancia y apasionamiento, carece de la sensualidad y la magia poética que la música se merece. Se cierra con un Presto rapidísimo, ágil y con una levedad maravillosamente conseguida, pero también algo mecánico. (8)

 

10. Sawallisch/New Philharmonia (Philips-Brilliant, 1967). Que Sawallisch poseía una técnica de primer orden queda bien claro en esta interpretación increíblemente bien expuesta, dicha sin prisas pero con excelente pulso, clarificada de manera admirable y de apreciable pero en absoluto preciosista belleza sonora; siempre con una sonoridad a medio camino entre ligereza y densidad apropiada para Mendelssohn, y en sintonía con una orquesta que suena muchísimo menos personal que con su titular Klemperer, pero con no menor virtuosismo ni musicalidad. También se evidencian su irreprochable gusto y su sensatísima musicalidad. Ahora bien, en lo que a inspiración se refiere los resultados son irregulares: el primer movimiento es espléndido por su mezcla de entusiasmo, luminosidad y perfecto control, el segundo no termina de elevar el vuelo, el tercero queda un poco soso y el cuarto, sin ser el más electrizante que se haya escuchado, vuelve a convencer por su animación y frescura. (8)

 


11. Abbado/Sinfónica de Londres (Decca, 1968). En febrero de 1968 un Abbado que aún no había cumplido los treinta y cinco se mete en el Kingsway Hall para dejar constancia de su prodigiosa técnica de batuta. Ciertamente lo consigue: no solo alcanza el adecuado punto de equilibrio entre vigor y agilidad que necesita Mendelssohn, sino que además realiza una disección de la refinadísima polifonía de esta música solo al alcance de unos elegidos, Klemperer aparte. Otra cosa es la expresión: en los dos primeros movimientos la poesía no aparece. Esta llega en el tercero, francamente sugestivo, mientras que el Saltarello es un prodigio de virtuosismo. La toma, pese a ser responsabilidad del gran Kenneth Wilkinson, se ha quedado un poco anticuada. (8)

 


12. Previn/Sinfónica de Londres (RCA, 1970). La sintonía del maestro norteamericano con la música de Mendelssohn queda bien de manifiesto en esta recreación de la más admirable ortodoxia, impecablemente expuesta y dicha con tanta calidez como convicción, que por desgracia pierde un tanto en unos movimientos centrales en los que la poesía no termina de brotar. A veces, la generalmente admirable objetividad de Previn puede ser un lastre. Toma sonora con muchísimo cuerpo, pero también excesivamente metálica. (8)

 

 

13. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1971). Las sonoridades son de una belleza increíble, robustas y tersas al mismo tiempo, empastadas y transparentes, lo que unido a la facilidad de Karajan para unir agilidad y músculo en el trazo, le permite triunfar en los dos movimientos extremos; quizá en el último el trazo volátil de maderas y vientos resulte un punto más aéreo de la cuenta. Los centrales resultan un punto fríos, demasiado estudiados y algo parsimoniosos, sobrando una mezcla de ensoñación y solemnidad que no les conviene a esta música: se echa de menos frescura, aunque cierto es que resulta difícil no dejarse llevar por el voluptuoso tratamiento de la cuerda berlinesa. (8)


14. Muti/Orquesta New Philharmonia (EMI, 1976). Podría esperarse del joven Muti –treinta y cuatro años en el mes que se realizó el registro– que siguiera la línea de Toscanini. Pues no. Al menos, no exactamente. Desde luego el resultado se parece poco a lo que hicieron Klemperer y Sawallisch con la misma orquesta, por lo demás suprema en su virtuosismo y tratada con extrema depuración sonora, pero tampoco efervescencia, incisividad y aspereza son protagonistas. La orquesta suena con el músculo en la cuerda que siempre le gustó a Muti, sin por ello restar importancia a las maderas, al tiempo que se busca un cierto sabor rústico que no necesita recurrir a lo descarnado. Los tempi son sensatos, lógicos y naturales, en absoluto lentos pero dejando que la música respire. El pulso se encuentra bien sostenido, siempre cuidando mucho de no caer en la rigidez y aportando un estudio de las dinámicas verdaderamente magistral. En cualquier caso, perdonen ustedes el tópico, lo que sobresale en este registro es el sabor italiano que la batuta imprime a la música: luz intensa no exenta de matices ni de claroscuros, pálpito vital, sensualidad bien entendida, un punto de descaro y -no se olvide- una apreciable delectación en la melodía. Los dos movimientos extremos, un prodigio. Muy notable el segundo, no es más poético posible pero con una dosis correcta de melancolía. Es el tercero el que se queda en lo correcto: impecable exposición, escaso encanto. El reprocesado de 2007 es bueno, sin evitar cierta distorsión tímbrica. (9)


 

15. Colin Davis/Sinfónica de Boston (Philips, 1976). Contando con la sonoridad ideal de la Boston Symphony de tiempos de Ozawa, con su cuerda mórbida y sus maderas carnosas, Sir Colin se aparta de las visiones más efervescentes e impetuosas de esta música para proponer una visión acorde con el clasicismo intemporal que caracteriza su batuta. De esta manera, la elegancia, la calidez, la nobleza y la poesía poco amarga, pero en absoluto superficial, toman protagonismo en una lectura dicha con extrema depuración sonora y admirablemente grabada por los ingenieros del sello holandés. (9)

 

16. Leppard/English Chamber (Erato, 1976). Llaman la atención la naturalidad del fraseo, la perfecta arquitectura y la enorme claridad conseguida, pese a que no da la impresión de tratarse en absoluto de un trabajo analítico o cerebral. Por lo demás, nos encontramos ante una lectura relajada en el buen sentido, luminosa sin ser particularmente ligera o chispeante, así como sutilmente matizada. La que la vivacidad se encuentra muy equilibrada con la cantabilidad y la sensualidad, destacando en este sentido un Andante con moto de insuperable vuelo lírico. (9)

 

 

17. Dohnanyi/Filarmónica de Viena (Decca, 1978). Admirable la sonoridad de la orquesta, con su habitual elegancia y también con una transparencia y agilidad formidables, sin que ello suponga caer en lo ingrávido ni en lo nervioso. El fraseo es elocuente, encontrándose los movimientos extremos llenos de entusiasmo y luminosidad, particularmente el último, también muy “festivo” e “italiano” pero cuidando muchísimo la elegancia. Los centrales están muy bien: aunque se puede preferir mayor calidez, triunfan la musicalidad, naturalidad y ausencia de afectación de la batuta. (9)

 

 

18. Bernstein/Filarmónica de Israel (DG, 1978). Lenny triunfa en el primer movimiento, pese a no ser el colmo de la depuración sonora, haciendo gala de esa mezcla de impulso dionisíaco, calidez y control que alcanza en la última etapa de su carrera directorial. En los dos siguientes se queda muy corto: todo está en su sitio, pero la sensualidad y el vuelo poético no hacen acto de presencia. El nivel se vuelve a recuperar en el cuarto, no el más efervescente de los posibles, pero dicho con sinceridad y muy bien diseccionado. En fin, mejor que con Nueva York pero lejos de lo esperable en un director de semejante categoría. (8)

 

 

19. Previn/Sinfónica de Londres (EMI, 1978). Batuta y orquesta repiten tan solo ocho años después, esta vez con una toma sonora que, tras su reciente rescate en alta definición, es claramente superior. El concepto sigue siendo el mismo, pero la materialización resulta más satisfactoria: el fraseo es más sensual, mayor la plasticidad en el tratamiento de la orquesta, más sutiles los matices y, en general, superior la inspiración poética. Un modelo de ortodoxia. (9)

 

 

20. Kondrashin/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1979). Notable lectura: sosegada, atenta a la disección del entramado orquestal y ajena a cualquier devaneo sonoro. Le falta un punto de chispa y brillantez, así como de emotividad, para resultar excepcional. (8)

 

21. Solti/Sinfónica de Chicago (DVD Decca y Stage +, 1979). ¡Qué increíble arranque el de la obra! ¡Qué intensidad, qué entusiasmo y valentía! ¡Qué fulgor tan irresistible! En realidad, todo el primer movimiento es una auténtica joya a la hora de poner en evidencia hasta dónde podía llegar la electricidad de un Solti cuando esta se encontraba en sintonía con la partitura, y también –todo hay que decirlo– cuando el maestro era capaz de encauzarla convenientemente. Cierto es que en algún pasaje podría dejar respirar un poquito a la música, pero importa poco si tenemos en cuenta la otra gran virtud de la propuesta, no otra que el increíble virtuosismo de una orquesta que pocos años atrás, gracias precisamente a Solti, ya había alcanzado la cima y que responde con precisión extrema a las exigencias de una batuta que clarifica todas y cada una de las líneas como si tal cosa. Los movimientos centrales, como era de esperar, no llegan a semejante nivel de inspiración: intensísimos pero algo rígidos y sin esa mezcla de sensualidad y ternura que, junto al regusto amargo que Solti sí sabe ofrecer, también necesitan estos pentagramas. El Saltarello conclusivo, un prodigio. (9)

 

22. Sinopoli/Orquesta Philharmonia (DG, 1984). Interesantísima recreación, mucho antes introvertida que luminosa, que tras un irreprochable primer movimiento apuesta en los dos centrales por una singular y arriesgada mezcla de cantabilidad –los tempi son más bien lentos–, sensualidad mediterránea y un muy marcado sentido de lo amargo, incluso de lo patético. Los resultados son reveladores. Una pena que el Saltarello, al que le falta de chispa, no alcance –pese a estar muy bien expuesto– la claridad y el virtuosismo conseguidos veinticuatro años atrás por Klemperer y la misma orquesta. Toma de calidad, aunque algo reverberante. (9)

 

 

23. Abbado/Sinfónica de Londres (DG, 1984). Dieciséis años después Abbado y la LSO vuelven a la carga, esta vez en grabación digital. No muy allá, por cierto, ni siquiera escuchándola en Dolby Atmos: quizá a esto se deba parte de la impresión de que ahora el maestro no se muestra tan atento la claridad orquestal. En lo expresivo vuelve a tratarse de una tratarse de una ortodoxa y sensata interpretación a la que le falta una última vuelta de tuerca, resultando el primer movimiento más cálido y flexible que entonces, mientras que el tercero se encuentra ahora menos conseguido. El segundo sigue resultando más bien frío, mientras que en último, bullicioso y agilísimo, más tarantela que nunca, la batuta propone contrastes dinámicos extremo para llegar por la vía fácil al oyente. (7)

 


24. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1985). Haciendo gala de su habitual brillantez, electricidad y capacidad para tensar la arquitectura, pero evitando cualquier asomo de rigidez mediante un fraseo muy natural y de sutil flexibilidad –lo del tercer movimiento es asombroso, una enorme lección de técnica al servicio de la inspiración poética–, Solti consigue no ya superar su anterior recreación con la misma orquesta, sino ofrecer una interpretación literalmente redonda. Lo es hasta el punto de que podría considerarse como la referencia absoluta, si dejamos a Klemperer aparte: esta es menos personal, y por ello más indiscutible. Siendo extrovertida, luminosa y vibrante a más no poder en los dos movimientos extremos, el maestro esta vez logra también llenar de lirismo y sensualidad en los dos centrales, sin dejar de ofrecer esos interesantísimos tintes amargos que en su filmación había extraído del segundo. La soberbia calidad de la toma potencia más aún si cabe la insuperable ejecución de los chicagoers y la claridad que de ellos obtiene la batuta. (10)

 

 

25. Blomstedt/Sinfónica de San Francisco (Decca, 1989). A sus sesenta y dos años, el maestro sueco-estadounidense se muestra antes como magnífico artesano que como artista en esta interpretación sensata, y muy bien planteada, dicha sin prisas, sonada en el punto justo de equilibrio entre levedad y músculo y no escasa en comunicatividad, pero también un punto prosaica y no especialmente trabajada en las texturas. A destacar la perfecta mezcla de ligereza y nervio que alcanza en Finale, estropeadas por intervenciones excesivas de los timbales. (8)

 

 

26. Brüggen/Orquesta del Siglo XVIII (Philips, 1990). El maestro holandés demuestra que los instrumentos originales y la articulación “históricamente informada” le pueden sentar estupendamente a Mendelsohn, siempre y cuando se eviten el fraseo “a saltitos”, ingravideces y frivolidades varias, al tiempo que adopta un concepto acorde con la aspereza sonora que propone esta renovada tímbrica. Otra cosa es la habitual dificultad de Brüggen para destilar sensualidad, humanismo y calor lírico, de tal forma que tras un primer movimiento espléndido, vienen un segundo aséptico y un tercero francamente flojo del que se salva –eso sí– un trío dramático y valiente. En el Finale pueden resultar atractiva el descaro de metales y percusión, pero el maestro confunde el nervio con el mero nerviosismo; eso sí, en su carácter cabreado recuerda un tanto a Barbirolli. A la toma le falta cuerpo. (7)

27. Flor/Sinfónica de Bamberg (RCA-Sony, 1992). Solo la comparación con las más grandes recreaciones de la página –se pueden echar de menos la efusividad de Klemperer, el nervio de Solti o la claridad de ambos– modera el entusiasmo ante una interpretación de tan maravillosa artesanía como esta, paladeada con naturalidad, cantada con amplitud, sensual en su punto justo, admirablemente equilibrada –como toda la integral mendelssohniana de Flor– entre ligereza y densidad, de irreprochable estilo y de exquisito gusto, en definitiva. La orquesta alcanza el virtuosismo de las mejores, pero está muy bien modelada por la batuta. (9)

 

 

28. Solti/Sinfónica de la Radio Bávara (DVD RM y Stage +, 1992). Interpretación ágil, luminosa, entusiasta y de extraordinario virtuosismo, que ofrece dos movimientos extremos realmente soberbios y dos centrales que no alcanzan la altura de su registro de estudio, pero que resultan más flexibles y poéticos que los de su anterior toma videográfica. Impresionante la disección del entramado orquestal, realizada sin que se note intención analítica alguna. (9)




29. Solti/Filarmónica de Viena (Decca, 1993). Algo no funciona. La orquesta es una gloria de belleza sonora, el maestro la dirige con su habitual precisión y el estilo resulta irreprochable, con toda la ligereza bien entendida y sentido de lo bullicioso que esta música necesita, pero se ve afectado no se sabe muy bien si por la rigidez o por la falta de concentración. Le pasó demasiadas veces al final de su carrera: no es el Solti de los excesos de energía de los cincuenta y sesenta, tampoco el más poético de los setenta y ochenta, sino el que cayó en cierta rutina en los noventa. (8)


 

30. Abbado/Filarmónica de Berlín (Sony, 1995). La orquesta es claramente superior a la LSO de las dos grabaciones anteriores de Abbado, pero el milanés se ahora en horas bajas y la hace sonar con una molesta tendencia a la levedad, incluso a lo relamido, incluyendo pequeños portamentos en el primer movimiento. La atención a la claridad de planos sonoros es mucho menos que la de antes. Expresivamente todo es mucho más aséptico y distante, por no decía frío. Faltan vida, contrastes y entusiasmo. Una pena. Sonido no excepcional. (6)

31. Gardiner/Filarmónica de Viena (DG, 1997). Aunque modera tanto las vibraciones como el legato y busca una articulación incisiva, el británico dista aquí de la “tercera vía” que explorará más adelante en las interpretaciones mendelssohnianas con la Sinfónica de Londres. Aquí se limita a que todo suene en su sitio, a buscar el punto de equilibrio entre densidad y agilidad y a permitir que se luzca la belleza tímbrica vienesa. El resultado es una lectura tan hermosa en lo sonoro como aséptica en lo expresivo en la que solo se salva el último movimiento, dicho con cierto entusiasmo y una levedad que no llega a molestar. En realidad, la verdadera aportación de este disco es que incluye, como pistas adicionales al final del mismo, la primera grabación mundial los tres últimos movimientos en la revisión realizada por el propio Mendelssohn en 1834, al año siguiente del estreno de la versión original. Merece la pena conocerlos, particularmente por el cierre del Saltarello, pero tengo serias dudas de que superen a los primeros que salieron de la pluma del maestro, que son los que hoy se escuchan. (7)

 


32. Maag/Sinfónica de Madrid (Arts, 1997). Recreación de admirable e irreprochable carácter apolíneo, elegante y fluida, ligera pero sin sonoridades ingrávidas, de trazo firme, maravillosamente desmenuzada en su polifonía y fraseada con naturalidad y buen gusto, sin caer en lo ensoñado ni mucho menos en lo pesante, pero tampoco en lo trivial. Eso sí, se pueden preferir enfoques más sanguíneos y apasionados, y por momentos puede resultar algo sosa y descomprometida. Se nota que la orquesta no es de primera, pero los madrileños rinden muy bien, particularmente las maderas. (9)

 

33. Brüggen/Orquesta del Siglo XVIII (Glossa, 2009). El maestro holandés no ha variado su concepto de Mendelssohn austero, musical y riguroso en su carácter “históricamente informado”, pero los resultados son distintos. El movimiento inicial ha perdido muchísima fuerza, hasta el punto de que suena más bien desganado. El segundo, por el contrario, quizá resulta ahora menos distante, incluso parece buscar cierta sensualidad en su articulación. Vuelve a ser flojísimo el tercero, para dar paso a un Finale no tan cabreado, más ortodoxo. La toma sigue sin ser ninguna maravilla: distante y algo cavernosa. (7)

 

34. Chailly/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2013). Parece mentira que con semejantes mimbres a su disposición, y con una batuta tan técnicamente dotada como la suya, el maestro milanés construya una interpretación tan poco interesante. No es que no tenga animación, que sin duda la tiene, ni que el trazo no sea firme o destienda a la claridad. El problema es lo cuadriculado que resulta, lo parco en matices, lo limitado en sensualidad, el vuelo poético, en calidez humana…En el Saltarello se anima bastante la cosa, pero ya es tarde. (7)

35. Heras-Casado/Orquesta Barroca de Friburgo (Harmonia Mundi, 2015). El trazo es enérgico y decidido, la claridad resulta muy apreciable y el maestro tiene muy claro –en este disco, no en su mediocre Schumann– que hacer uso de instrumentos originales no implica caer en ligerezas sonoras ni en excesivas velocidades en los tempi, como tampoco renunciar al pathos, a los claroscuros expresivos y a la carga dramática que este repertorio –incluyendo esta luminosa sinfonía– sin duda exige. Desdichadamente el resultado es un punto frío, mecánico incluso –segundo movimiento–, alicorto en sensualidad y en vuelo lírico.  Total, otro que se estrella contra la partitura. (7)

 

 

36. Manacorda/Kammerakademie Postdam (Sony, 2015). Si ya es delicadísimo resolver la serie de equilibrios que exige la música de Mendelssohn, Antonello Manacorda añade uno más, el que quiere encontrar entre tradición y renovación, optando por una “tercera vía moderada” –incluso en los metales se mezclan instrumentos “antiguos” y “modernos”– que molestará por determinadas opciones en la articulación a los melómanos que rechazan de plano el historicismo, al tiempo que resultará en exceso convencional a quienes busquen bien las levedades y ligerezas de un Norrington, bien la sequedad y los contrastes extremos de un Harnoncourt. A mí me parece una interpretación muy estimable, sensata en un planteamiento sin estridencias, atenta a las diferentes facetas de la música, cantada con holgura y fraseada con flexibilidad, aunque también un poquito rebuscada en los numerosos –aunque sutiles– matices agógicos y dinámicos que busca la batuta. Por lo demás, el trabajo con las texturas es de calidad y se encuentra recogido de manera formidable por los ingenieros de Teldex Studio. (7)

 

37. Savall/Le Concert des Nations (Alia Vox, 2022). El maestro catalán graba las dos versiones de la sinfonía, la original a la que estamos acostumbrados y la revisada. Lo hace, obviamente, bajo rigurosísimos parámetros historicistas. En cualquier caso, se la pega. Primer movimiento sensato y musical, dicho sin prisas, sensual y tornasolado, pero ni la orquesta ni la batuta son técnicamente de primera. Falta claridad, sobre todo en unos fortísimos ensuciados por los timbales. Segundo apresurado y aséptico, sin apenas vuelo poético. El tercero empieza con los peores tics historicistas, cursilerías incluidas; luego se queda en lo simplemente trivial. Cuarto muy vibrante, muy mediterráneo y con un punto de frenesí de danza popular que le resulta de los más adecuado, pero una vez más la percusión es machacona y lo ensucia todo. Toma de sonido mejorable. (6)


38. Nelsons/Orquesta del Gewandhaus de Leipzig (DG, 2023). Entiendo que esta lectura habría que analizarla en función de cómo encaja en la tradición sajona inmediatamente anterior, lo que significa escuchar a Masur y Chailly. No lo he hecho, así que vayan unas notas a la espera de volver sobre ella más adelante: primer movimiento de impecable equilibrio entre fuerza y naturalidad, segundo muy poético pero tendente en exceso a la relajación, tercero de enorme elegancia y Saltarello aéreo en el mejor de los sentidos. Espléndido sonido en Dolby Atmos. (9)

jueves, 23 de abril de 2026

El mejor disco de Michael Tilson Thomas

Tenía previsto entre hoy y mañana terminar una comparativa discográfica de la Italiana de Mendelssohn, pero después de un fallecimiento en la familia –una de mis tías– y pasar la tarde en el tanatorio no me apetece escuchar esa maravillosa música, así que dejaré la tarea para más adelante. Sí que quiero decir algo sobre Michael Tilson Thomas, que nos acaba de dejar después de que tan solo hace unas semanas su marido abandonara este mundo. Valgan las siguientes líneas extraídas de mi inconcluso libro sobre directores de orquesta –líneas que a su vez reelaboran lo escrito en la siguiente entrada– para rendir homenaje al maestro.



Las mayores dudas que hemos tenido a la hora de escoger un disco por director las hemos tenido en el caso de este maestro nacido en Los Ángeles. Sensacionales son sus recreaciones de La mer y los Nocturnos de Debussy. Espléndidos sus discos dedicados a Charles Ives. De muy alto nivel su Stravinsky, de manera particular La consagración de la Primavera. Acertadísima su larga selección de Romeo y Julieta de Prokofiev. De referencia la Quinta sinfonía de Shostakovich. Una revelación la Tercera sinfonía de Aaron Copland: ¡qué manera de descubrirnos esta música! Soberbio el compacto que dedicó a Villa-Lobos. Y una delicia, por su fuerza y swing irresistibles, el musical On the TownUn día en Nueva York– de su maestro Leonard Bernstein.

El carácter ecléctico de sus hitos discográficos, centrados en el siglo XX sin que ello suponga exclusividad alguna, nos habla de un maestro que se mueve con absoluta comodidad en estilos y en ambientes expresivos muy distintos entre sí, así como de una técnica que tiene que ser de primerísimo nivel para salir airosa de la complejidad de todos los universos musicales citados. Los recreó con una sinceridad, una convicción y una capacidad comunicativa desbordantes, pero con bastante más autocontrol que el Bernstein juvenil y sin esa tendencia a enfatizar la brillantez sonora que acostumbramos a identificar con “lo norteamericano”.

Al final nos hemos decidido por el registro que hizo de la versión completa de El martirio de San Sebastián, de Claude Debussy. Primero, porque esta es una música absolutamente maravillosa que no muchos melómanos conocen: bellísima y evanescente, sensualísima y altamente espiritual al mismo tiempo –no es contradicción–, este “drama sacro” sobre textos de Gabriele d'Annunzio es la más perfecta traducción a la música de arte simbolista que se había extendido por Europa décadas atrás.

Segundo, porque en este registro de octubre de 1991 Tilson Thomas rozó el cielo, nunca mejor dicho. Con la absoluta complicidad de una orquesta a la que amó especialmente, la Sinfónica de Londres, así como de la ingeniería de sonido cortesía de Sony Classical, ofreció un Debussy de estilo absolutamente perfecto, en ese punto de equilibrio tan difícil de conseguir entre levedad y tensión sonora, entre claridad y atmósfera, dejando que la música fluya y respire con enorme holgura sin caer en el peligro de lo excesivamente estático y contemplativo. Sí que hay misterio, sugerencia y sentido de lo inquietante. También hedonismo, pero en el mejor sentido: el que le corresponde a una música que por sí misma, con independencia de cualquier circunstancia programática –en este caso, los cargantes textos de d'Annunzio–, está pensada para activar al cien por cien los sentidos, que no necesariamente la “emoción”. La soprano Sylvia McNair, a veces algo cursi, se mueve aquí como pez en el agua.

Hay una tercera razón por las que recomendamos especialmente este disco: las intervenciones de Leslie Caron. Sí, la protagonista de las películas Lilí y Gigí. Su recitado en francés resulta una experiencia embriagadora.

miércoles, 22 de abril de 2026

Mahler por Nelsons y Viena: formidable Adagio de la Décima

Del ciclo de las sinfonías de Mahler por Andris Nelsons y la Filarmónica de Viena que está ofreciendo la plataforma Stage + con imagen 4K y que saldrá en audio el próximo mes de octubre solo queda una por hacer, la Octava del próximo 11 de mayo; no parece que se vaya a hacer La canción de la Tierra. De las ya filmadas, a mí me quedaba una por comentar en este blog: Adagio de la Décima ofrecido el pasado 10 de agosto en el Festival de Salzburgo. Acabo de verla.

¿Cómo es la versión? Por lo pronto, dura 26 minutos exactos. Compárese: Inbal 22:55, Boulez 24:03, Rattle 24:27, Chailly y Bernstein/Viena 25:55, Maazel/Viena 26:19, Haitink/Berlín 26:50... Más o menos en la media, pues, de la que se salen Ozawa con 29:14 y Sinopoli con unos dilatadísimos 32:45. Sensatez por parte de nelsons que viene también por el punto de vista adoptado, justo en mitad de camino de las dos posibilidades bien diferentes que conoce la página: abordarla como una pieza aislada, y por ende permitirse "éxtasis de adagio mahleriano", bien entenderla como lo que realmente es, el primer movimiento de una obra muchísimo más larga, y tratarla de manera intensa y apremiante, planteando conflictos antes que resolviéndolos vía desmaterialización, fusión con la naturaleza o como ustedes quieran.ç

El mismo punto de equilibrio es el que alcanza Nelsons a la hora de decidirse enter romanticismo tardío o protoexpresionismo que mira hacia la Segunda Escuela de Viena: la orquesta, ideal para hacer justo eso. En definitiva, sensatez y un enfoque de síntesis al que poco o nada cabe reprocharle. Por lo demás, encontramos un trazo perfecto en tensiones y distensiones, enormes dosis de belleza sonora y solo un puntito muy justo de decadentismo, sin espacio para narcisismos, amaneramientos ni nada que atente contra la naturalidad del discurso. Los dos grandes clímax dramáticos, afilados y punzantes sin necesidad de desgarrar nuestros oídos.

Puede que globalmente no se alcance la máxima dosis de intensidad y poesía posibles, pero creo que a la postre se trata de una de las mejores versiones que he escuchado. Solo una grave insuficiencia: en lugar de hacer la versión completada por Deryck Cooke, el maestro se decide por la Décima de Shostakovich, que no he escuchado. Una pena, porque a pesar de sus irregularidades en esa versión larga hay mucha música magistral. Para los amantes de los puntitos: un 9 para esta recreación, quizá un 9'5 por la orquesta.

Para hacer un resumen de lo que llevamos hasta ahora del ciclo, copio y pego seguidamente una tabla que ya publiqué aquí, añadiendo puntuaciones del 1 al 10 y sumando TerceraPrimera y este Adagio de la Décima.


Segunda (julio 2018): muy personal, mayormente apolínea, siempre de alto nivel, pero sin toda la coherencia expresiva deseable, sobresaliendo por su movimiento conclusivo (reseña). (8)

Sexta (agosto 2020): de menos a más, sin amaneramientos y directa al grano, echándose de menos un mayor grado de locura para luego triunfar por todo lo alto en el sublime Andante moderato y en el Finale (reseña). (9)

Tercera (agosto 2021): soberbia labor técnica y óptica admirable que apuesta por la máxima intensidad eliminando toda la insufrible dulzonería que en esta música siempre está al acecho (reseña). (10)

Quinta (agosto 2022): lírica y apolínea, pero más intensa que sus filmaciones anteriores con Berlín y Lucerna, y por ende magnífica, siendo particularmente destacable la claridad del Finale (reseña). (9)

Séptima (enero 2023): interpretación "vienesa" que se aparta de visiones expresionistas para explorar todo el potencial lírico de la obra. No arrebata, pero interesa mucho (reseña). (8)

Cuarta (agosto 2023): sensacionales los movimientos pares, desiguales los impares por cierta falta de unidad interna y alguna tendencia a la frivolidad, aun siempre destilando enorme belleza sonora (reseña). (8)

Novena (agosto 2024): la mejor de toda la historia del disco, así de claro. Una síntesis de todas las visiones posibles expuesta con técnica y belleza superlativas (reseña). (10)

Adagio de la Décima (agosto 2025): como he intentado explicar arriba, una hermosísima y perfecta labor de síntesis. (9'5)

¿Conclusión? Si no pincha mucho la Octava, será uno de los más satisfactorios ciclos Mahler en disco. No la referencia, porque se aprecian desequilibrios y faltará La canción de la Tierra, pero sí una de las grandes opciones, amén de una de las mejor grabadas. Por esto último sería una pena que no apareciese en Blu-ray audio. Si solo sale en CD, mejor ver estos vídeos en 4K.

domingo, 19 de abril de 2026

Andris Nelsons con la Primera de Mahler: caer en las trampas y salir airoso

Anuncia Deutsche Grammophon un ciclo en audio de las sinfonías de Gustav Mahler por Andris Nelsons y la Filarmónica de Viena. Se trata, obviamente, del mismo que su plataforma asociada Stage + está ofreciendo con cuentagotas en vídeo. Parte de él lo he comentado en este blog. Alguna me queda por ver. La Octava aún no se ha filmado: se anuncia en riguroso directo para el próximo 11 de mayo. Comento ahora la Sinfonía nº 1, filmada a finales del pasado mes de marzo con imagen 4K y sonido absolutamente asombroso, sin compresión dinámica y unos graves de infarto. La he visto esta misma mañana y la colgarán de manera definitiva próximamente.

Repárese en que esta es una Primera de Mahler con la Filarmónica de Viena. Cosa rara, porque son poquísimas las grabaciones comerciales que de esta partitura ha realizado la orquesta más idónea del planeta: la filmación de Bernstein de 1974, el audio de Maazel de 1985 y algunas realizaciones ya antiguas de Kubelik y Kletzki. Nelsons hace una versión rematadamente vienesa; no sé muy bien cómo poner eso en palabras, pero ustedes lo entienden perfectamente.

Por lo demás, la orquesta está absolutamente divina, increíble, técnicamente mejor que nunca a pesar de no sonar de manera tan bella como lo hacía entre los años sesenta y ochenta. El maestro letón la trabaja con una técnica de batuta superlativa y obtiene un rendimiento óptimo, con toda la tersura, la sensualidad, la brillantez y la claridad que esta música necesita. Solo por eso, los resultados ya merecen una nota muy alta. Pero luego hay que matizar, porque esta música esconde trampas y Nelsons cae en ellas.

Irreprochable, espléndida toda la introducción: cuerda sublime en perfecto pianísimo y soberbias interjecciones de los primeros atriles. El problema llega, ya se lo están ustedes imaginando, con "Ging heut morgen übers Feld": Nelsons se empeña –como la María de West Side Story– en que todo es "bonito, muy bonito". De acuerdo con que el rubato es novedoso y exclusivamente suyo, pero el concepto con que aborda esta sección ya se ha escuchado muchas veces. Demasiadas. No hay problema en los momentos más extrovertidos: tensión y brillantez están asegurados.

Nelsons no aborda el segundo movimiento con la tensión y el impulso vital de un Solti, aquí inigualable. Al contrario, deja que la música respire, apuesta por la elegancia y –ahí está la clave– sustituye el carácter tantas veces saltarín –incluso repipi– de la sección central por una mezcla muy vienesa de cantabilidad y melancolía, un poco como si estuviese pensando en el universo de la Mariscala. A eso me refería arriba con lo de vienés.

El tercer movimiento está muy bien llevado, pero el enfoque no me convence. El sentido del humor no puede ser tan amable. Tiene que haber más ironía, más mala leche, mayor incisividad sonora y contrastes más marcados. Me gusta hacer música-ficción y pensar que hubiera hecho el judío Klemperer con esta música. Por lo demás, y como era de prever, a Nelsons se le va la mano en el ensimismamiento, incluso en el azúcar, cuando llega eso de "Ich bin ausgegangen in stiller Nacht". Lástima. Por cierto, menudo dominio de la agógica demuestra el señor Nelsons a la hora de ir ralentizando la marcha. 

El Finale me parece, sencillamente, la peor música orquestal de Mahler. Bueno, pues nelsons no solo la salva, sino que consigue una de las mejores recreaciones que recuerdo. ¿La mejor de todas, tal vez? LOs momentos más turbulentos están dichos con una firmeza, una lógica en las tensiones y una brillantez bien medida –no hay lugar para el exceso– y una fuerza expresiva que encuentran parangón. ¿Y los más recogidos? Pues miren, me parece haber visto a Nelsons llorar en la primera sección lírica. Lo mismo sudaba demasiado, no sé, pero creo que su rostro estaba verdaderamente emocionado. Yo no lloraría nunca con esta música. Sí con la Sexta, La canción de la Tierra, la Novena o la Décima, enormes obras maestras absolutas, pero no con esta. Nelsons sí, él se la cree de principio a fin y la expresa con emotividad vibrante y sincera ayudado por una orquesta ideal para los fines expresivos que persigue.

Para los amantes de los puntitos: 8 para el primer movimiento, 9 para el segundo –en buena medida por la orquesta–, 8 para el tercero y 10 para el cuarto. Teniendo en cuenta lo increíblemente bien que se ve y que suena, recomiendo el vídeo como primera opción a aquellas personas que se inicien en la obra. 

sábado, 18 de abril de 2026

Mirga Gražinytė-Tyla debuta con la Filarmónica de Berlín... y se corta la emisión

Coitus interruptus: estaba viendo en directo a Mirga Gražinytė-Tyla, en su debut al frente de la Filarmónica de Berlín, dirigiendo maravillosamente bien una selección del Romeo y Julieta de Prokofiev que ella mismo había preparado, y ¡zas! Se corta la emisión. He probado en mi casa, en la de mi madre y en el ordenador. Nada de nada. Sin embargo, un amigo sigue disfrutando el concierto en Canarias con total tranquilidad. En fin, aprovecho para comentar la primera parte.


No conocía la suite de Burattino y la llavecita de oro, de Mieczysław Weinberg, un compositor al que la directora lituana está reivindicando con mucho empeño. Esta obra, humorística y un punto gamberra pero no por ello exenta de lirismo, increíblemente bien orquestada, me ha parecido una auténtica delicia. En cuanto a la interpretación, dudo muchísimo que se pueda hacer mejor: la orquesta está divina, mientras que la señora Gražinytė-Tyla no solo demuestra creer en la partitura, sino que hace gala (¡atención al brazo izquierdo!) de una técnica colosal.

Menos me ha interesado el Concierto para piano de mi queridísimo John Williams. No me convenció del todo cuando escuché el registro radiofónico del estreno a cargo de Emmanuel Ax, Andris Nelsons y la Sinfónica de Boston. Ahora puedo matizar: solo aceptables los movimientos extremos, interesantísimo el central por su carácter esencial y desmaterializado, muy "de anciano compositor" en el que melancolía y paz espiritual se mezclan con incuestionable belleza. A esta última no es ajena, por cierto, la viola absolutamente milagrosa de Amihai Grosz -el del Cuarteto Jerusalén- en el largo solo que lo abre.

Por lo demás, este Williams es Williams puro en su idioma: aquí no tiene que imitar a nadie, cosa que sí le toca hacer en muchas de sus películas, así que puede volar libremente en esa especie de neoimpresionismo con toques jazzísticos y algo de minimalismo que le caracteriza. Impecable la dirección y perfecto Emmanuel Ax, quien por cierto en el intermedio califica al compositor de Star Wars como uno de los mejores orquestadores de la historia, a la altura de Ravel. Ha ofrecido como bis el tema de la película Sabrina: ¡ahí sí que está el grandísimo Williams!

En cuanto al Prokofiev, estoy ahora mismo acordándome del árbol genealógico de los técnicos responsables de que la transmisión llegue con propiedad a todos los suscriptores. 

jueves, 16 de abril de 2026

Petrushka, de Stravinsky: discografía comparada

Ahora sí. Cuarenta y ocho versiones (¡faltan muchísimas, la discografía es inabarcable!) me parecen suficientes para dar por cerrada esta discografía. Como siempre, muchos textos habían sido publicados ya en el blog, mientras que bastantes otros, almacenados en mi cuaderno de notas sin haber salido a la luz, han podido quedar anticuados. Nos pasa a todos: volvemos a un disco y sacamos una impresión distinta a la que se nos había quedado grabada en la mente. Contra eso nada se puede hacer, salvo volver de vez en cuando y hacer alguna actualización en la entrada.


No hace falta decir que para interpretar Petrushka, tanto en su orquestación original de 1911 como en la de 1947, hace falta una orquesta de mucho nivel y una batuta de técnica descomunal. Lo interesante es que la gran mayoría de las grabaciones aquí comentadas superan la prueba con nota. Moviéndose, eso sí, entre los ángulos de un interesantísimo triángulo expresivo. Por un lado, centrarse en lo mucho que la página tiene de colorista, folclórico y festivo. Los muñecos son eso, muñecos, y sus andanzas sirven para reírnos con ellos. Alegría, incisividad en su punto justo y ritmo en los huesos. Por otro, está la posibilidad de entender la dramaturgia como un cuento agridulce, humanizando a los tres títeres y empatizando co sus diferentes situaciones. ¿"Romantizar" Petrushka? No exactamente, pero por ahí van los tiros. Se puede jugar con un tejido orquestal más variado, menos áspero, y con un fraseo más "sentimental" por parte de los primeros atriles, tan decisivos en toda la secuencia intermedia en las habitaciones de Petrushka y el Moro. El otro ángulo es el de la mala leche: historia inquietante, burlesca y amarga, plagada de aristas y con una cierta dosis de agresividad, como si se quisiera mirar hacia La consagración de la Primavera, a la que le quedaban tan solo dos años para escandalizar a quienes asistieron al estreno.

Una vez más, insistir en que eso de las puntuaciones del uno al diez no es más que un juego. Lo importante, y lo difícil, es sacar a la luz qué nos aporta sobre la genial partitura cada uno de los intérpretes que se han ocupado de ella.


1. Ansermet/L’Orchestre de la Suisse Romande (Decca, 1949). Siempre cómodo en este repertorio, el maestro suizo comprende a la perfección todos los mundos que alberga la partitura, el de la tradición rusa más o menos folclórica y el de la modernidad, el del impresionismo y el de las aristas, el de la emotividad (¡intensísima!) de unas marionetas humanizadas y el del distanciamiento sarcástico. Llena su lectura de vida y de animación, pero también de sentimientos, generando una sugestiva atmósfera de misterio cuando lo considera necesario y evidenciando un desarrolladísimo sentido del color y del matiz expresivo. Eso sí, se puede hacer mejor en lo que a claridad y, sobre todo, a depuración sonora se refiere, mientras que el tempo de algunas danzas puede resultar algo desconcertante por su relativa lentitud. Digna toma monofónica en el Victoria Hall. (8)

2. Ansermet/L’Orchestre de la Suisse Romande (Decca, 1957). Este remake estereofónico –toma algo seca, pero admirable para la época– tiene como mayor interés el de disfrutar con mayor comodidad de las importantes virtudes de la recreación de Ansermet y los suyos. También, todo hay que decirlo, apreciar con más detalles sus insuficiencias, sobre todo en lo que a la orquesta se refiere. (8)


3. Stokowski/Filarmónica de Berlín (HDTT, 1957). Lectura muy abreviada en la que el sentido del color, de la teatralidad, de la incisividad y del humor de Stokowski resultan ideales para una obra como este, pero a la larga se terminan imponiendo sus excentricidades –reguladores en los redobles de la percusión entre cada número– y su mal gusto, precipitándose en varias de las danzas e inventándose un final de concierto.  Eso sí, un placer escucharle al frente de una orquesta como esta, con una cuerda grave tan poderosa ideal para la escena del oso. Toma sonora estereofónica desequilibrada, de aceptable calidad en alta resolución. (7)



4. Monteux/Orquesta de la Sociedad de conciertos del Conservatorio de París (Decca, 1957).
Cuarenta y seis años después del evento, el maestro que estrenó la obra nos deja su visión “históricamente informada” (¡y tanto!) de la partitura, obviamente en su edición original de 1911. Su visión, atenta a los aspectos más incisivos de la escritura pero también a la “humanidad” de los personajes -no se interesa por lo caricaturesco ni por lo sarcástico- posee interés más allá de lo arqueológico. Comienza bastante animada, incluso un tanto naif, acentuando los contrastes entre las secciones agitadas y las más introvertidas, para en el segundo cuadro hacerse más bien gótica, con interés por lo atmosférico e incluso lo siniestro. Por desgracia, para lograrlo recurre a unos tempi lentos en los que pierde de vez en cuando la tensión. Mejora cuando llega la feria, si bien la Danza de los cocheros resulta algo pesante. El problema, en cualquier caso, viene por parte de la orquesta, que carece del virtuosismo necesario y por momentos ofrece una ejecución descuidada, chapucera incluso. Ni siquiera Julius Katchen está especialmente bien en sus intervenciones. Sonido espléndido para la época. (6)

5. Monteux/Sinfónica de Boston (RCA, 1959). Ahora con espléndido sonido estereofónico, el maestro se pone al frente de una orquesta muy superior a la de su registro para Decca en la que hay que destacar unas adecuadas maderas de sonoridad francesa; el resto de las familias dista del virtuosismo que la formación alcanzará con Ozawa. En cualquier caso, Monteux logra ofrecer una versión mucho mejor trazada, ejecutada y clarificada –la Danza de los cocheros sigue pareciendo algo pesante–, en la que de nuevo destaca, sin renunciar a un colorido rico e incisivo, un particular olfato para generar atmósfera –aparición del titiritero, habitaciones de Petrushka y el Moro, todo el final–. Todo ello en una opción que una vez más se aleja de la “pura objetividad” para interesarse a los “sentimientos” de los personajes, de los que parece compadecerse antes que burlarse. Por lo demás, hay numerosos hallazgos teatrales aquí y allá, como también algún pasaje no del todo bien resuelto en sus tensiones. (9)




6. Stravinsky/Columbia Symphony (CBS-Sony, 1960). El autor deja claro que para esta obra –versión de 1947– quiere tempi vivaces, timbres incisivos, vigor rítmico y una cierta agresividad sonora, como también un sentido del humor más agrio que risueño. El problema de la versión es que técnicamente deja que desear: la orquesta no está en absoluto a la altura. Tampoco Stravinsky parece muy motivado a la hora de poner matices, resultando más bien lineal e incluso machacón. La toma sonora, eso sí, ha demostrado ser espléndida para la época en el nuevo reprocesado que se ofrece en streaming de alta definición. (7)

 

7. Ancerl/Filarmónica Checa (Supraphon, 1962). Pese a la relativa calidad de la orquesta encontramos una magnífica interpretación, de admirable ritmo y sentido del color, entusiasta e idiomática, que si no suena del todo clara es en buena medida por culpa de la grabación y de la remasterización. Particularmente interesante el aire “canalla” de las melodías populares que aparecen en el primer cuadro. (8)




8. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1964). Como en su registro anterior para el mismo sello –no comentado aquí–, el maestro de origen húngaro no grabó la partitura en su integridad, sino la versión de 1911 con algunos cortes “de concierto”. Por lo demás, se trata de una espléndida lectura que, apartándose de manera obvia de lo establecido por el propio compositor en su registro, aporta cosas nuevas. Ormandy decide ir relativamente despacio, explorar atmósferas, trabajar texturas, matizar expresivamente las intervenciones solistas y buscar antes la elevación poética que la tensión dramática, el colorismo que la agresividad, sin renunciar por ello a un pulso bien sostenido ni, menos aún, al sentido de la ironía. La suntuosa sonoridad de la orquesta, recogida por una toma muy superior a la media de la época, es una enorme baza a su favor. (9)




9. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1967). Gran acierto de John Culshaw a la hora de confiar en un joven de treinta y un años, porque por aquel entonces Mehta tenía unas ganas de hacer y de decir que luego iría perdiendo a medida que crecían su edad, su prestigio y su cuenta corriente. Pocas recreaciones fonográficas hasta la fecha se habrían escuchado tan vistosas y coloristas, tan frescas, comunicativas y llenas de vida, tan impregnadas de sentido del humor y de tan desarrollado instinto teatral. Y tan bien desmenuzadas, a pesar de que la orquesta no era ninguna maravilla. Cierto es que el conjunto desprende cierta sensación de superficialidad, de pasar de largo ante determinadas facetas expresivas, pero el maestro nos atrapa de principio a fin. Formidable la ingeniería de Decca. (9)



10. Klemperer/Orquesta New Philharmonia (Testament-Warner, 1967). EMI arguyó en su momento defectos en la ejecución para no editar este registro. Permaneció así en el limbo durante décadas hasta que Testament decidió rescatarlo en 1999. Su audición supuso para muchos un trauma: singularísima, reveladora, extremadamente discutible y genial recreación en la que, haciendo uso de unos tempi en general muy lentos pero manteniendo la tensión de manera extraordinaria, Klemperer ofrece realiza un portentoso análisis de líneas, timbres y texturas, sino que ofrece uno de los más asombrosos trabajos de disección orquestal que jamás se hayan escuchado en el repertorio sinfónico. El enfoque expresivo, por supuesto, es marca de la casa: se renuncia tanto al pathos “romántico” como a la sensualidad “impresionista” y a la crispación “expresionista” para presentarnos por una visión agria, sombría y llena de humor negro, lo que no impide el despliegue de toda suerte de matices teatrales. La toma sonora es de apreciable limpieza tímbrica, si bien tiende a poner a algunos solos en excesivo primer plano. El nuevo trasvase de Warner, por cierto, revela algún empalme no del todo afortunado. (10)



11. Ozawa/Sinfónica de Boston (RCA, 1969). Además de la depuración sonora, el refinamiento, la elegancia y la enorme sensibilidad para el timbre de las que va a hacer gala en toda su carrera, el Ozawa joven –contaba treinta y cuatro años– desprendía una vitalidad, un entusiasmo y una fuerza expresiva que iría perdiendo con el paso del tiempo. Por eso mismo es capaz de ofrecer aquí un Petrushka no solamente refinado y colorista, sino también extremadamente vivaz, fresco y brillante; puede que por momentos algo precipitado, pero de una vitalidad y un sentido del ritmo que se cala en los huesos, sin que por ello deje de atender a la atmósfera ni a las circunstancias dramáticas de las escenas íntimas. En este sentido, todo el final desde la muerte del protagonista es un prodigio de aciertos tímbricos y de variedad expresiva... ¡sentimientos incluidos! El espléndido pianista es nada menos que Michael Tilson Thomas. Formidable el trabajo de los ingenieros de RCA. (9)



12. Giulini/Sinfónica de Chicago (EMI, 1969).
Una pena que el maestro no grabara el ballet completo, sino solamente una selección; bueno, en realidad faltan solo el principio y el final, pero las ausencias se echan de menos. Sea como fuere, el registro merece muy especial atención porque rara vez se ha escuchado esta partitura con semejante gama de texturas y colores, con tanta poesía y con tan matizada intencionalidad expresiva. Tendiendo siempre, eso sí, hacia la humanización de los personajes, y obviando la mala baba o la violencia que otros maestros han querido poner de relieve. La anterior edición en compacto no sonaba bien. Ahora sí lo hace, pero sin que la restauración pueda soslayar los problemas de la toma original, derivados posiblemente de la acústica del Medinah Temple. (10)




13. Leinsdorf/Orquesta New Philharmonia (Decca, 1970). Son varios interrogantes los que plantea este registro. ¿Se debe la insólita clarificación de texturas que recibe aquí la versión de 1911 a una descomunal técnica de batuta, o más bien al controvertido sistema Decca Phase 4 que colocaba en primer término, de manera completamente artificial, las líneas e instrumentos que iban cobrando protagonismo? ¿Se debe lo mucho que recuerda a Klemperer tan solo a que nos encontramos ante la misma orquesta tres años después, a la permanencia de la poderosísima personalidad del maestro de Breslau, o se trata de una coincidencia espiritual con los deseos expresivos del maestro vienés, como sabemos un auténtico demonio a la hora de lidiar con los músicos para conseguir sus fines? Sea como fuere, esta es una interpretación particularmente sombría. No del todo sarcástica, desde luego no especialmente violenta, pero sí muy atmosférica y teñida por un apreciable patetismo, lo que debe confundirse con ausencia de tensión interna. Solo algunas decisiones en los tempi por parte de Leinsdorf empaña un poco los interesantísimos resultados. (9)


14. Boulez/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1971). Por mucho que el maestro no pierda su sentido de la claridad y de la arquitectura, en modo alguno puede aquí hablarse de interpretación “clarísima pero distanciada”, como manda el tópico bouleziano. Al contrario, se trata de una lectura llena de vida, animación y sentido teatral, también considerablemente imaginativa, en la que el maestro aporta un enfoque mucho antes agrio y sombrío que luminoso –un poco a la manera de Klemperer–, lo que tiene que ver con la tímbrica incisiva –sin necesidad de resultar hiriente– de la que el enorme músico francés hace gala. Lentísima y siniestra la aparición final del titiritero. Solo hay que lamentar las relativas limitaciones de la orquesta neoyorquina y del pianista Paul Jacobs. La toma es excelente; también en el SACD de Dutton, que he escuchado en estéreo. (9)


15. Dutoit/Sinfónica de Londres (DG, 1975-76). El joven Dutoit demuestra verdadera excelencia técnica en el manejo de la orquesta y un tratamiento de las texturas portentoso, sobre todo si tenemos en cuenta que el maestro suizo se decanta por la más compleja orquestación de la versión original de 1911. El problema es que su visión de la personalidad del protagonista resulta un poco bobalicona, y que su planteamiento del drama en las escenas de las habitaciones de Petrushka no solo carece de ironía, sino que se mueve dentro de cierta blandura. Las danzas de la verbena, por el contrario, se encuentran espléndidamente resueltas, aun siempre dentro de una visión antes naif que incisiva. Un lujo contar con la presencia de un Tamás Vásáry rico en matices en la parte pianística. Toma de apreciable limpieza realizada en el Henry Wood Hall. El registro se encuentra disponible en streaming dentro de un doble compacto de la serie Panorama. (8)


16. Colin Davis/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1977). Hay que admirar el prodigioso virtuosismo del que hace gala la formación holandesa bajo la batuta de un Colin Davis tan atento al trazo global como detallista, clarificador, y rico en el sentido del color. Ahora bien, y aun siendo evidente que captura sin problemas el espíritu bullicioso de la obra, hay que reconocer que en no pocos momentos se echa de menos algo más de fuerza y electricidad –en la Danza rusa, sin ir más lejos–, y que en general su visión de la obra resulta un punto más naif de la cuenta; un poco más de picardía, como también de imaginación –la cojera del moro en el vals no está bien subrayada– no le hubiera ido nada mal a esta, en cualquier caso, muy notable interpretación, estupendamente grabada por los ingenieros de Philips. (8)




17. Dohnányi/Filarmónica de Viena (Decca, 1977). Ante todo, hay que destacar el extraordinario trabajo de la batuta a la hora de tratar colores y texturas, clarificando de manera asombrosa el genial entramado orquestal stravinskiano, trabajado aquí con pinceladas finas y colores refinados, todo ello al servicio de un concepto particularmente naif de la historia que pone de relieve lo que de ternura, encanto y poesía digamos que infantil hay en la historia; nos encariñamos de sus personajes y sentimos con ellos. Quizá está ahí precisamente mi único reparo: aunque esta visión es tan perfectamente válida como la antagónica de Klemperer, un poquito más de picardía e incisividad no le hubiera venido mal. El final resulta particularmente fantasmagórico, y por ello muy atractivo. La toma sonora, sin alcanzar a las mejores de la era digital, ofrece admirable naturalidad y sabe descender al más exquisito detalle sin perder nunca la perspectiva global, es decir, sin caer en esa artificiosidad que a veces afectaba a Decca. Suena especialmente bien en el SACD japonés. (9)



18. Mehta/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1979). Temprana toma digital –no muy allá– para dejar nuevo testimonio de la sintonía de un Mehta con el mundo rítmico, colorista y animado de este ballet. Se aprecia una evolución en el maestro indio, no obstante: se ha ganado en refinamiento, depuración sonora y elegancia, quizá también en sentido del misterio, mientras se pierde en vivacidad, brillantez y desparpajo. La danza de los cocheros resulta un tanto pesante, y en la secuencia del enfrentamiento final la batuta parece perder un poco de fuelle. (8)



19. Abbado/Sinfónica de Londres (DG, 1980). Interpretación marcada por la vivacidad, la chispa y el carácter bullicioso de una batuta a veces algo más apresurada de la cuenta y no aprovechando siempre las posibilidades que le ofrece la música, pero depuradísima y precisa en la tímbrica –incisiva en su grado justo–, clara en las texturas, llena de ritmo y muy certera a la hora de diferenciar en lo expresivo a cada uno de los personajes y las situaciones que ofrece la genial partitura. Eso sí, en una línea más caricaturesca que otra cosa. Incisivo y nervioso en el mejor sentido el piano de Leslie Howard. Espléndido, muy brillante en el agudo el sonido del SACD que circula por tierras corsarias. (9)



20. Dorati/Sinfónica de Detroit (Decca, 1980). Temprana y brillante toma digital para una interpretación rápida, extrovertida y nerviosa, esto último en exceso, que sobresale por su tratamiento muy incisivo de todas las familias instrumentales y por su elevado sentido de las texturas. Eso sí, no hay mucha atmósfera y el perfil de los personajes, mucho antes que “sentimental”, resulta distanciado, lo que por lo demás queda muy stravinskiano. (9)



21. Tilson Thomas/Orquesta Philharmonia (CBS, 1980). En su monografía para Stravinsky editada en 2001 entre las Guías Scherzo, Santiago Martín (des)calificaba esta interpretación con la peor nota posible –también se la pone a Jansons, dicho sea de paso–. La opinión merece gran respeto, toda vez que el citado autor conoce a fondo la obra stravinskiana, pero no comparto su valoración en absoluto. Solo por lo increíblemente bien tocada que está por la orquesta londinense –mejor que con Klemperer–, ya se merece una calificación alta. Otra cosa es que se comparta una visión que resulta poco folclórica y nada festiva, no particularmente animada ni vitalista, en la que el maestro parece ver la narración como una especie de cuento infantil en el que hay mucho de naif y algo de macabro: el sentido del misterio, de la atmósfera, se encuentra aquí desarrolladísimo. Como puntos negativos, el grave descuido a la hora de no señalar en absoluto la cojera del Moro en su vals con la Bailarina y, en general, cierta falta de unidad en el trazo horizontal. La toma es algo extraña, pero posee graves impresionantes. (8)




22. Muti/Orquesta de Philadelphia (EMI, 1981). El maestro napolitano deshumaniza a las marionetas, obvia todo sentido del humor y descarta cualquier aspecto descriptivo –ni siquiera atiende a la cojera del moro en el vals– para mirar frente a frente a Le Sacre y poner de relieve lo mucho que de moderno hay en este ballet. El resultado es una recreación de sonoridad seca, incisiva en los ataques, de enorme vigor rítmico y planteada de un solo trazo sin dejar un respiro al oyente. Eso sí, evitando cualquier precipitación y clarificando en todo momento el entramado polifónico haciendo gala de un soberbio manejo de los planos sonoros y de alta capacidad para atender tanto a la globalidad como al detalle. O tal vez se trate, sencillamente, de un Petrushka cabreado. (9)



23. Bernstein/Filarmónica de Israel (DG, 1982). Logrando una formidable fusión entre las extrovertidas maneras de su etapa en Nueva York y el refinamiento de los últimos años de su carrera, el norteamericano ofrece una recreación de una vitalidad contagiosa, rebosante de ritmo y colorido, teatral a más no poder y plena de contrastes. En este sentido, y aunque su visión es mayormente lúdica y luminosa, no se encuentra desatento al lado amargo de la partitura, como tampoco se ve tentado a “romantizar” la obra ni a caer en lo naif. Anguloso e incisivo el piano de Boris Berman. Solo hay que lamentar que la orquesta, aun tocando con entusiasmo contagioso y tratada con claridad por la batuta, no sea aún de mayor nivel. Muy notable la toma. (9)



24.Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1986). Aunque el enfoque sigue siendo antes risueño que irónico, lírico más que aristado, el maestro suizo corrige la blandura que afectaba parcialmente a su registro analógico y vuelve a desplegar su extraordinaria sensibilidad para las texturas –la versión sigue siendo la de 1911– para ofrecer una lectura ideal para deseen una recreación distendida, feliz y sin conflictos de la narración. Petrushka para todos los públicos, en la antípoda de Klemperer. Soberbio el trabajo de los ingenieros de Decca. (8)



25. Rozhdestvensky/Sinfónica de Londres (Nimbus, 1987). Versión lenta, atmosférica, muy gótica. No es rebelde, aristada ni expresionista, sino más bien triste y amarga, por momentos patética, lo que descubre muchas cosas interesantes en lo que a los personajes se refiere, pero desequilibra la balanza al no aportar la dosis de luminosidad y vitalidad que la obra necesita como contraste. Lo peor es que hay pasajes, sobre todo en los primeros minutos, que suena con muy escasa claridad, incluso confusa en los planos sonoros. Con independencia de la utilización de la versión original de 1911, tal circunstancia puede deberse a la acústica del Town Hall de Watford, como también a una toma que favorece a la cuerda en detrimento de la madera. (7)



26. Boulez/Orquesta de Cleveland (DG, 1991). Esta interpretación del maestro francés es bien distinta a la suya de Nueva York veinte años anterior. Se han perdido frescura y sentido teatral, se ha ganado en virtuosismo y depuración sonora, esto último hasta el punto de que, con la complicidad de unos ingenieros portentosos, se consigue la que probablemente sea una de las lecturas más claras de toda la discografía de esta página. Por lo demás, interesa su punto de vista ahora no tan agrio, quizá más poético, pero igualmente sombrío: reveladora toda la secuencia final. (9)



27. Salonen/Orquesta Philharmonia (Sony, 1991). No hay genialidad alguna en este registro. Tampoco particular exhibición de personalidad. Ni falta que le hace: a sus treinta y tres años, el músico finlandés ofrece una lectura de perfecta síntesis en la que hay de todo un poco, desde la brillantez hasta lo patético pasando por el sentido de la atmósfera, el sabor popular y la ironía. Los muñecos no son simplemente eso, pero tampoco se encuentran por completo humanizados: hay cierto distanciamiento. La sonoridad no es agresiva ni estridente, sin que por ello se encuentre suavizada. Insisto en se trata de una recreación muy equilibrada en todos los sentidos. Quizá resulte un pelín sosa, incluso es posible que uno eche de menos un grado mayor de intensidad expresiva, pero el concepto resulta irreprochable y está materializado con una exposición de enorme solidez en la que la batuta obtiene un espléndido rendimiento de una formación que ya no es la de Klemperer, pero que muestra aquí una flexibilidad de lo más adecuada. Gran trabajo el de los ingenieros de Sony, particularmente a la hora de recoger las frecuencias más graves. (9)

28. Jansons/Filarmónica de Oslo (EMI, 1992). Lectura vistosa, extrovertida, juvenil, dotada de una tímbrica muy adecuadamente aristada y beneficiada de unos solistas que intervienen con mucha intención expresiva. La batuta, poco creativa o personal salvo en un vals exageradamente acentuado, realiza una muy notable labor en la que solo hay que reprochar cierto apresuramiento en toda la escena de la fiesta popular, no del todo bien paladeada ni desmenuzada. Espléndida grabación. (8)




29. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1993). Frente de una orquesta portentosa y cuajada de solistas de extraordinaria calidad, el italiano decide subrayar todos los vínculos posibles tanto con el pasado romántico como con el mundo del impresionismo, ofreciendo una lectura en la que se echan de menos acidez, ironía y un punto de electricidad, pero que a cambio resulta sensualísima en un colorido particularmente rico –no muy aristado–, fraseada con enorme cantabilidad, altamente atmosférica y muy atenta a la expresividad del personaje principal, que aparece retratado con una insólita ternura. La toma sonora se encuentra entre las mejores. (9)



30. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1993). Ofrece Sir Georg una interpretación no solo cargada de toda esa electricidad interna y ese desarrolladísimo sentido teatral que caracterizaba su arte, sino también bastante agria, áspera tanto en la tímbrica como en la expresión, incluso por momentos muy violenta. Revela cosas nuevas, pero a mi entender cojea por no atender lo suficiente a otras facetas de la partitura. ¿Por qué entonces sí me convence una visión mucho más radical como es la de Klemperer? Pues porque lo del de Breslau alcanza mayor genialidad y, además, desprende convicción en cada uno de los compases. Sir Georg, por el contrario, da la impresión de no alcanzar en todo momento la suficiente concentración, circunstancia esta que vendría a marcar los últimos años de su trayectoria. (8)



31. Solti/Sinfónica de Londres (Andante, 1994). En esta grabación del Festival de Salzburgo –toma de gran naturalidad tímbrica, pero corta en graves– el veterano maestro de origen húngaro se muestra más ortodoxo, menos personal que un año atrás. Sus virtudes están ahí, y a pesar de algunos desajustes propios del directo realiza un trabajo de apreciable finura con ritmos y texturas –a veces muy incisivas– al tiempo que inyecta frescura, animación, teatralidad y hasta un notable sentido de las "emociones" a la hora de retratar a los muñecos. La inspiración, en cualquier caso, resulta un tanto irregular.  (8)



32. Mehta/Filarmónica de Berlín (Blu-ray TDK, 1 mayo 1995). El sentido del ritmo, la extroversión, el buen olfato teatral y el carácter bienhumorado de Mehta le sientan estupendamente a una obra como esta. Se puede pedir, eso sí, una dosis extra de depuración sonora, sobre todo en los tutti. Algún pasaje está dicho con precipitación o dicho un tanto de pasada, a veces incluso con cierta tosquedad. Espléndida la orquesta, con algún roce puntual en las trompas. No juega a favor de la interpretación una toma turbia en el Palazzo Vecchio de Florencia. (8)




33. Craft/Orquesta Philharmonia (Naxos, 1997). Interpretación luminosa, vital y llena de entusiasmo que ofrece una visión marcadamente naif de la narración, a lo que contribuye una tímbrica muy sensual –nada incisiva– y un punto impresionista, y que por ende pasa de largo ante los aspectos más corrosivos, caricaturescos o amargos de la página. Lástima que la claridad de la batuta no sea mayor y que la toma sonora resulte algo turbia, si bien el SACD la revaloriza bastante. (8)



34. Maazel/Filarmónica de Viena (RCA, 1998). Pinceles finos y admirable sentido del color para una interpretación, que, sin estar fuera de estilo ni renunciar a incisividades, subraya los aspectos líricos de la obra –ideal para ello la sonoridad de la increíble orquesta– y se recrea antes en los aspectos puramente musicales antes que en los narrativos; diríase que es más sinfónica que teatral, y por ello no muy interesada en los aspectos psicológicos de la narración. En este sentido no funciona nada mal, y si falla en algo es en el nerviosismo con que aborda las danzas populares, que contrastan con una aparición del oso particularmente pesante. El final es casi impresionista. (8)



35. Jansons/Orquesta del Concertgebouw (RCO, 2005). La gran baza se encuentra en los solistas de la orquesta, que tocan con enorme virtuosismo y agudísima intencionalidad. La batuta se muestra sincera y muy eficaz, e interesa por su atención a la atmósfera y a los aspectos “góticos” de la obra, sin cargar en cualquier caso las tintas, pero se echan de menos electricidad en la arquitectura e incisividad en el estilo. Su sentido del humor es saludable, también algo primario. En el vals otra vez la acentuación de la cojera del moro resulta en exceso forzada, y todo el final a partir de la Danza de los cocheros es algo grueso en lo sonoro, con más corpulencia que claridad. En cualquier caso, nivel muy alto. (8)


36. Gergiev/Sinfónica de Londres (YouTube, 2007). Interpretación vivaz, dinámica y aparentemente apasionada, pero muy chapucera en su planificación y ejecución, pasando el maestro de largo ante la claridad del entramado orquestal y aportando pocos matices expresivos. No pierda usted el tiempo. (6)



37. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2010). Colorido y virtuosismo a tope por parte de orquesta y batuta en esta brillantísima versión, muy en la línea de Bernstein, que se caracteriza por su vitalidad contagiosa, por su entusiasmo perfectamente controlado y, sobre todo, por la alegría, la luminosidad y la frescura que desprende, sin detrimento de atender a la parte más digamos “humana” de los personajes –algo sentimentaloide la muerte de Petrushka– y sin dejar de matizar con intencionalidad las intervenciones de cada uno de los portentosos solistas de la formación berlinesa. Ahora bien, quien busque sarcasmo, sentido de lo grotesco y atmósfera malsana, tendrá que hacerlo en otras grabaciones. (9)


38. Nelsons/Orquesta del Concertgebouw (YouTube, 2011). Nelsons se mantiene muy lejos tanto del intelectualismo analítico como del sarcasmo expresionista de otras recreaciones para ofrecer una lectura eminentemente cálida, comunicativa y entusiasta –reveladora gestualidad–, llena de colorido y enriquecida por expresivas intervenciones de los solistas de la orquesta, que sin ser ni mucho menos la más clara, la más visionaria o la más poliédrica que se pueda imaginar, engancha desde el primer momento, amén de por la sugestiva plasticidad que ofrece la formación holandesa, gracias a su sinceridad, entrega e inmediatez, recordando en este sentido a la grabación que realizó Chailly con la propia Concertgebouw, y superando a la que con ella misma realizó el maestro de Nelsons y sucesor del italiano en el podio neerlandés, Mariss Jansons. (9)



39. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2018). Excelente oportunidad para escuchar a los Berliner en un marco distinto a su habitual Philharmonie, en este caso el Festival de Pascua de Baden-Baden: la toma resulta ser superior a la mayoría de las grabaciones de la DCH, mientras que la definición de la imagen es espléndida. Por lo demás, Sir Simon repite su interpretación rápida, incisiva y bulliciosa, gamberra y no poco atrevida –como debe ser–, dotada de enorme instinto teatral, elevado sentido de los contrastes y depuradísima exposición del entramado orquestal –versión de 1947, que es la que él siempre utiliza–. La orquesta realiza una labor increíble y los primeros atriles son de lujo, con mención especial para la flauta de Emmanuel Pahud. ¿Por qué no ponerle el diez? Creo que, para hacer justicia a esta genial partitura, hace falta un enfoque no tan luminoso y con mayor riqueza en la expresión, sin que ello signifique tener que llegar a la mala leche de un Klemperer. (9)



40. Tilson Thomas/New World Symphony (YouTube, 2020). El eternamente joven –a pesar de ya anciano– maestro profundiza y redondea su visión de nada menos que cuarenta años atrás. Ni sabor folclórico, ni especial ironía –solo en su punto justo– ni mala leche. Tilson Thomas potencia lo que la página tiene de cuento infantil y la interpreta de manera risueña, con simpatía y con su dosis de ternura, sin limar aristas pero procurando encandilar sonriendo antes que inquietar o engancharnos con el frenesí dancístico. Aporta además algunas ideas muy interesantes en la escena del Moro en solitario. El problema es la orquesta, una formación de jóvenes que toca con evidente entusiasmo y posee atriles muy bien encaminados en lo expresivo, pero que incurre en excesivas pifias y desajustes. Soberbia calidad de imagen en 4K.

41. Roth/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2022). Bien ayudado por una orquesta de ensueño, el controvertido maestro francés realiza una tan labor globalmente notable como irregular en la que demuestra sintonizar más con unos cuadros que con otros. Bastante con el primero, solo eso: muy animado y colorista, pero también algo ligero en la sonoridad y en la expresión. Muchísimo con los dos siguientes, hasta el punto de que deben calificarse como sensacionales. Alguien me podría replicar que en toda esta secuencia "camerística" de las habitaciones de Petrushka y del Moro el virtuosismo y la musicalidad de los primeros atriles son tan importantes como la dirección. Cierto es, pero por mucho que los solistas de la Berliner Philharmoniker sean muy superiores a los de Les Siècles, su orquesta de “instrumentos originales” con las que volverá a tocar la obra poco después, la comparación deja claro que el desarrolladísimo sentido teatral de las intervenciones de unos y otros llega desde el podio. El último cuadro funciona mucho menos bien por parte del director, que se centra en la efervescencia –enorme– pero carece de flexibilidad, imaginación e inspiración poética. Vistoso y muy lineal. (8)



42. Roth/Les Siécles (Medici TV, 2022). El asunto discurre por los mismos derroteros que meses atrás en Berlín, pero la orquesta es otra. ¿Sonoridades "originales"? Pues sí, y veces su color es muy atractivo. ¿Detalles distintos? También. Pero estoy seguro de que salgamos ganando. Por otra parte, si tenemos los testimonios fonográficos de Monteux y Stravinsky, que algo sabrían de la "idea original" esta partitura, no queda nada claro que haya que rescatar estas sonoridades presuntamente perdidas. Hay brillantez y nervio en esta interpretación, en cualquier caso, como también desajustes y algo de barullo. (7)


43. Shani/Filarmónica de Israel (Mezzo TV, 2023). Imposible olvidar aquella grabación de Bernstein con la misma orquesta. La de Shani es muy distinta: mucho menos simpática y distendida, bastante más incisividad y mala leche. En buena medida es la del joven maestro una visión agria, aunque sin llegar a la violencia de Muti ni a la corrosividad de Klemperer. Tampoco la increíble limpieza de este último: en este sentido, Shani no termina de clarificar las texturas, e incluso en la Danza de los cocheros cae en cierto barullo. Pero hay animación, vida, intensidad, marcados contrastes, humor negro, un considerable sentido del ritmo y un tratamiento bastante adecuado del color orquestal. Las indicaciones expresivas a los primeros atriles, fundamentales para que en este ballet de Stravinsky las cosas salgan bien, resultan todas muy acertadas. Un poco menos de velocidad y mayor interés por la atmósfera en determinados momentos no le hubiese venido nada mal. Ah, formidabilísimo el piano, que no es el de la orquesta sino el sevillano Juan Pérez Floristán, que modifica por completo su toque para adecuarse con enorme acierto a las maneras stravinskianas. (8)





44. Rouvali/Orquesta Philharmonia (Signum, 2023). En esta lectura de la versión de 1947 –con un final alternativo “de concierto”– ofrece en grandes dosis toda la agilidad, el nervio y el carácter incisivo que la página necesita. Sin embargo, Santtu –así le llama la orquesta– se toma demasiadas libertades en los tempi y en la agógica: algunas decisiones interesan y otras nos hacen levantar una ceja. Tampoco termina de convencer la expresión, que necesita un enfoque más decidido, bien hacia la calidez de las emociones, bien hacia el sarcasmo. En cualquier caso, uno termina quitándose el sombrero ante la claridad conseguida, más aún teniendo en cuenta las complicaciones de esta página de habilísimo tejido polifónico. (8)


45. Mäkelä/Orquesta de París (Decca, 2023). Puede deberse a la sensacional labor de los ingenieros de Decca. Puede tener que ver con la confesa costumbre por parte del maestro finlandés de hacer mucho "corta y pega" en la mesa de mezclas. Y puede encontrar su razón principal en una técnica de batuta descomunal. Sea por las razones que fuere, esta es una de las dos o tres más claras recreaciones que existen de la edición de 1947. Solo por eso, y por la formidable ejecución de la orquesta parisina, hay que escuchar este disco. En lo expresivo, Mäkelä ofrece vida, animación e incisividad en su punto justo bajo un prisma que es mayormente festivo, mucho antes que sarcástico o sombrío, pero sin quedarse tan solo en esa epidermis vistosa: su recreación es variada en lo expresivo, las intervenciones solistas se encuentran matizadas y el retrato es completo. Una de las referencias. (10) 


46. Lu/Sinfónica de la Radio de Frankfurt (YouTube, 2025). No tenía ni idea de quién era Tianyi Lu, pero lo cierto es que esta directora neozelandesa de ascendencia china dirige Petrushka a pedir boca. ¡Qué perfecto estilo! ¡Qué control de los medios! ¡Qué capacidad para inyectar animación al tiempo que ofrece una síntesis admirable de los diferentes estados anímicos de la partitura! Le falta un poquito de personalidad, quizá también capacidad para clarificar las texturas en los tutti de polifonía más compleja, pero ya nos gustaría escuchar todas las semanas en directo -aquí no parece haber edición en la mesa de  montaje- una interpretación tan centrada, tan bien explicada y tan comunicativa. Bajo la batuta de Lu, la orquesta alemana toca de manera impecable y se involucra mucho, si bien es cierto que, comparando con los de las formaciones de primerísima fila, a los primeros atriles se les podría pedir una última vuelta de tuerca en lo que a teatralidad, recochineo y poesía -que haberla, la hay- se refiere. (9)

 

47. Kirill Petrenko/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2025). Triunfo absoluto de Petrenko y los suyos en una interpretación dicha no solo con el virtuosismo supremo en ellos esperable, sino también con enorme acierto expresivo. ¿Bajo qué parámetros, habría que preguntarse? Pues el de la más pura ortodoxia, lo que significativamente no coincide con el carácter sombrío y la cierta agresividad con que dirigía el propio Stravinsky. Tampoco se interesa por “humanizar” a las marionetas, ni por explorar atmósferas. La suya es una visión eminentemente alegre, llena de ritmo y color, de humor muy desenfadado, apreciable sabor folclórico y una buena dosis de carácter caricaturesco, lo que significa no prescindir de las aristas. Hay también descaro, sentido teatral y gran refinamiento tímbrico, pero sin narcisismo alguno ni perder de vista el trazo global. Las intervenciones de los primeros atriles son casi todas portentosas en la expresión, aunque merece citarse de manera especial el muy efervescente piano de una solista cuyo nombre no he podido averiguar. La reacción del respetable fue tan entusiasta que Petrenko tuvo que volver a salir a saludar una vez la orquesta había abandonado el escenario. (10)



48. Paavo Järvi/Orquesta del Concertgebouw (Stage+, 2026). Da la impresión de que con este nuevo testimonio los holandeses quisieran rivalizar con los de Berlín como orquesta número uno en Petrushka. No llegan a superarles, pero por muy poquito, entre otras cosas porque el hijo de Neeme no posee una técnica tan increíble como la de Kiril Petrenko. Dicho esto, la ejecución es portentosa y el trabajo de texturas de un altísimo nivel. Los primeros atriles, todos soberbios, con especial mención para un pianista que no sé si es el mejor de todas las grabaciones comentadas. En lo que a la expresión se refiere, Paavo Järvi se inclina hacia lo nervioso e incisivo, sin descuidar los "sentimientos" –las significativas indicaciones faciales del maestro son muy bien seguidas por los profesores– ni la elevación poética. Una pena que la inspiración por su parte no sea siempre la mayor posible y que en la Danza de los cocheros termine precipitándose. Toma espléndida, y maravillosa filmación en 4K. (9)

De luto

Ha fallecido una de mis sopranos favoritas de todos los tiempos, Felicity Lott, aunque hoy he tenido la oportunidad de presentar mis respeto...