Intento devolverle el pulso a este blog con un breve comentario del tradicional concierto europeo de la Filarmónica de Berlín del 1 de mayo, que acaba de retrasmitirse por la Digital Concert Hall y Medici TV. Ha tenido lugar en el mismísimo Palacio de Esterházy, encargándose de empuñar la batuta el actual titular de la formación alemana.
Me ha gustado muchísimo la Obertura en Re mayor, Hob. Ia:7 de Franz Joseph Haydn, vibrante y perfecta en un estilo tan alejado de las pesadeces de antaño como del exceso de ligerezas y de la falta de equilibrio clásico con que nos castiga parte de movimiento historicista.
La suite de Pulcinella de Igor Stravinsky nos ha obligado a caer de rodillas, por enésima vez, ante la increíble musicalidad de los solistas berlineses y la formidable técnica de Kirill Petrenko, pero aquí el ruso, que como ustedes saben no es santo de mi devoción, me ha gustado menos. En la parte positiva, una dosis muy especial de incisividad, de sentido de los contrastes y hasta de humor gamberro que le sienta estupendamente a la partitura. En la negativa, un exceso de efervescencia y carácter saltarín que por momentos ha llegado a irritar y que, sobre todo, ha impedido que la música desplegue la sensualidad y la poesía que alberga en su interior.
Sin reparo alguno para la dirección de las Variaciones rococó de Tchaikovsky: ahí sí que las melodías han volado como es debido, haciéndolo sin blanduras y sin confundir lo rococó con trivialidad. Soberanamente respaldado por una cuerda suntuosa y unas maderas replicando con sensibilidad infinita, Gautier Capuçon ha sido un solista de lujo. Belleza sonora, melancolía agridulce puramente tchaikovskiana, chispa y desparpajo cuando corresponde... Una maravilla. De propina, "por la paz en el mundo, como hacía Pau Casals", una muy dulce y sentida recreación del Cant del Ocells.
En la otra mitad del programa, Segunda sinfonía de Beethoven. Aquí Petrenko ha hecho lo esperable, una mezcla entre Toscanini, Leibowitz y Norrington de la que sale una interpretación rápida, agilísima, cargada de electricidad, pero sin espacio para que la música respire, más suave de la cuenta y con una considerable tendencia a lo pimpante. A muchos les habrá encantado. A mí el movimiento inicial me ha disgustado –Beethoven "a lo Pixie y Dixie", como dice un amigo mío–, el segundo me ha aburrido y los dos últimos me han dado la sensación de que estaban bien, pero tampoco sabría decirles. Lo confieso: mi mente desconectó, porque ya ando harto de estas cosas.
