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jueves, 27 de agosto de 2026

Apertura de la temporada en Berlín: Elgar y Tchaikovsky por Petrenko

Para quienes no son seguidores de este blog, resumo mi opinión sobre Kirill Petrenko: una técnica de batuta absolutamente soberana, de las más grandes de los últimos cien años, al servicio de unas ideas interpretativas poco interesantes en el repertorio sinfónico que va del Clasicismo hasta principio del siglo XX, por su tendencia a la trivialidad e incluso a la blandura, y mucho más felices cuando de músicas de carácter más o menos expresionistas –en el sentido más amplio del término se trata. Probablemente el mundo operístico sea su terreno, pero ahí le he escuchado demasiado poco como para juzgarle. Lo que ha hecho con la Filarmónica de Berlín me parece, en líneas globales, bastante mediocre, o por lo menos muy por debajo de lo que debe exigírsele al titular de una de las dos o tres mejores orquestas de Europa. Vamos a por la inauguración de la nueva temporada, en la filmación del pasado 21 de agosto disponible en la Digital Concert Hall. Elgar y Tchaikovsky en el programa.


La recreación de las Variaciones Enigma fascina por la increíble puesta en sonidos: es imposible tocar esta música con más exquisita depuración, con más perfecta planificación tanto horizontal como vertical, con mayor belleza en el tratamiento de timbres y planos, con un más amplio sentido melódico y con una redondez sonora más conseguida en los tutti, en los que no hay espacio para la ampulosidad ni el exceso. Dicho esto, se puede discrepar de las ideas expresivas de Petrenko. Yo he disfrutado mucho de las ocho primeras variaciones: aunque me hubiesen gustado con mayor intensidad y sentido de los contrastes, creo que la batuta acertó en el muy británico espíritu que recorre esta música. Al llegar al corazón de la página, Nimrod, el maestro nos seduce con la ilimitada hermosura de la exposición, pero no emociona, y a partir de ahí la timidez, la blandura e incluso el decadentismo mal entendido se terminan imponiendo. Sí, también en la decimocuarta y última variación. Algunos de los solistas viola de Diyang Mei en la variación XI, violonchelo de Bruno Delepelaire en la variación XII se contagian.

El Tchaikovsky de Kirill Petrenko tiene muy poco que ver con la rusticidad y el carácter electrizante de un Markevitch o un Mravinsky. También queda a distancia de la densidad y el pathos de un Celibidache o un Barenboim. Más bien enlaza con la mezcla de opulencia, refinamiento y hedonismo de un Karajan o, sobre todo, un Abbado. El Abbado de la última época, claro, justo el de su titularidad en Berlín. ¿Casualidades? No creo: el instrumento de un director de orquesta sí importa, y mucho. Cuando se tiene delante lo que se tiene, la tentación es grande. Y el nuevo titular se deja arrastrar por ella sin remordimiento alguno.

En cualquier caso, en esta Cuarta no se produce un descalabro como el de la Patética. Globalmente es una muy buena interpretación, increíblemente bien tocada y como en el Elgar planificada de manera milimétrica para que todo suene limpio, redondo, terso, empastado y brillante. Otra cosa es que, una vez más, las irregularidades de Petrenko vuelvan a quedar en evidencia. Notable el primer movimiento, muy atractivo por su mezcla de brillantez y control a pesar de algún punto muerto demasiado evidente por su timidez expresiva: el maestro suele confundir delicadeza con languidez. Y eso es justo lo que ocurre en un Andantino que a quien a ustedes se dirige le ha resultado difícil de soportar. Lo siento, un Tchaikovsky leve, blandito y cursi no es de recibo a estas alturas de la película, por muy suntuoso que sea el sonido de la cuerda.

En el peculiar Scherzo los pizzicati están impolutamente expuestos, pero se echa de menos sentido del humor. Sin embargo, en la sección central metales y sobre todo maderas me han parecido una cosa increíble tanto en lo técnico como en lo expresivo. Notabilísimo el Finale, vistoso en su punto justo y muy bien educado. Quizá en exceso: un acercamiento más a flor de piel, más sincero y de mayor carácter visionario, resulta preferible.

sábado, 4 de noviembre de 2023

Los Orpheus hacen Dvorák, Elgar y Tchaikovsky

Disco que conocía solo de manera parcial, y que me ha hecho disfrutar un montón: las Serenatas para cuerdas de Dvorák, Elgar y Tchaikovsky en interpretación de la Orpheus Chamber Orchestra, registros de excepcional calidad técnica realizados en Nueva York por DG  en 1984, 1986 y 1987 respectivamente.

La página del autor checo es la gran joya del CD: depuración sonora excepcional para una interpretación con movimientos líricos de tempi deliberados, concentradísimos, de serena belleza y elevadísima poesía, en contraste con la efervescencia soberbiamente controlada y pletórica de virtuosismo de los restantes. Pueden preferirse lecturas con un punto mayor de rusticidad, pero el resultado es impresionante.

Aunque la recreación de Elgar se mueve en la misma línea, aquí parece que hace falta una dosis mayor de chispa y contrastes, al menos en los movimientos extremos: la música del británico no es únicamente nobleza y exquisitez. Ahora bien, el Larghetto alcanza lo sublime por su manera de mezclar elegancia, hondura y esencialidad. Solo por este movimiento ya merecía la pena el disco, aunque globalmente me quede con las grabaciones de Barbirolli y Zukerman.

En Tchaikovsky las cosas funcionan menos bien. Es cierto que nunca he escuchado la obra con tan increíble claridad en las texturas, como tampoco mejor tocada: ni siquiera Karajan en su notabilísima recreación supera a los neoyorquinos. Pero aquí, amén de una orquesta un poco más grande, se nota demasiado la ausencia de un director que aporte un punto de vista expresivo más definido y estimule hacia una mayor implicación emocional. Dicho de otra manera, la interpretación es un tanto fría. Eso sí, ni rastro de blandura o de narcisismo, como tampoco de pesadez "sinfónica": el trazo es tan ágil como fluido. A destacar, en este sentido, el nervio perfectamente controlado del movimiento conclusivo. ¿Mi versión favorita? No lo tengo claro. quizá la de Barbirolli, que ni siquiera después del último reprocesado suena del todo bien.


miércoles, 22 de junio de 2022

Barbirolli conducts English String Music: escúchelo cuanto antes

Acabo de escuchar, esta vez en Dolby Atmos, Barbirolli Conducts English String Music. Sinfonia of London with Allegri String Quartet. Me ha confesado un amigo que es uno de sus discos favoritos. Decir tal cosa me parece toda una exhibición del más exquisito gusto. Yo me atrevo a más: lo que el maestro londinense hace con la Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis de Ralph Vaughan Willliams puede ser considerado como uno de los más grandes logros de la dirección de orquesta en los últimos cien años.


Por consejo de su gran amigo Bernard Herrmann, aquel 17 de junio de 1962 se fueron a la Temple Church de Londres –hoy popularizada por una cosa llamada El código Da Vinci–, con atractivos resultados: la acústica es reverberante, pero se sacó mucho partido de los dos planos sonoros que demanda la escalofriante página. Así las cosas, desde un arranque gótico a más no poder Sir John fue desplegando de manera magistral tensión dramática, pathos y fuerza visionaria, hasta llegar a unos clímax que nos ponen al límite del abismo. El milagro es conseguirlo sin dejar de ofrecer la nobleza y la elegancia que esta música necesita. Lo dicho, una grabación histórica.

El resto del disco se registró en el hoy tristemente desaparecido Kingsway Hall. De la Introducción y Allegro para cuerdas de Sir Edward Elgar ofrecieron una visión muy dramática, tensa e hiriente, pero también –una vez más– de gran vuelo lírico, sincera nobleza y enorme ternura. Sublime la Serenata para cuerdas del mismo autor: lento y ajeno a grandes tensiones, quizá un punto otoñal –sin la menor blandura–, Barbirolli ofrece un fraseo humanístico y efusivo con su adecuado toque no solo nostálgico, sino también amargo: la ternura y el dolor van de la mano.

Cerrando el vinilo original, la Fantasía sobre Greensleeves de Vaughan Willliams. La enunciación del tema principal tiene un punto agridulce de lo más adecuado. A partir de ahí, una interpretación altamente emotiva y llena de cantabilidad, mas sin bajar la guardia de la tensión sonora ni quedarse en lo ensoñado. Una confesión: si este de Barbirolli me parece magistral, el registro de Barenboim lo encuentro –por increíble que pueda resultar– aún más emotivo.

De propina en el streaming, la Elegía de Elgar con la New Philharmonia, de 1966: interpretación como las antedichas, es decir, amarga, doliente y hermosa al mismo tiempo sin perder la más exquisita elegancia británica.

Ah, el disco con la Sinfonia of London siempre sonó regular. Tras la reciente restauración ha perdido estridencia y ganado en frecuencias graves, pero sigue sin estar a la altura. Da igual: es uno de los más acongojantes que puede usted escuchar. Si no lo conoce, hágalo en cuento encuentre un hueco. Mejor aún de noche y a oscuras.

lunes, 22 de junio de 2020

Las Enigma por Barbirolli

Parece que Warner no avanza, como en una anterior entrada quise suponer, en su lanzamiento en las plataformas de la gran colección de grabaciones de Sir John Barbirolli nuevamente reprocesadas. Quizá nos hagan esperar, o saquen solo una parte. Sería una pena, porque la caja grande de cedés sale carísima. Voy a comentar, en cualquier caso, un disco dedicado a Elgar que el maestro grabó con la Philharmonia Orchestra en 1962, y que sí he podido escuchar a través de Qobuz en alta resolución porque lleva ya ahí unos meses. Trae las Variaciones Enigma y la Obertura Cockaigne, y suena bastante mejor que en el antiguo CD de discreto sonido que aún circula por ahí.


Pero debo decir la verdad: aunque Sir John fue probablemente el más grande recreador de Elgar en el mundo discográfico, quizá no sean estas Enigma su mayor logro. Algunas variaciones podrían alcanzar aún mayor inspiración, e incluso Nimrod resulta tan ardiente que la vehemencia por momentos roza la precipitación. Reparos menores, en cualquier caso, que solo se advierten si comparamos esta interpretación con otras aún mejores, porque Barbirolli rebosa estilo, solidez de trazo, fuerza expresiva y convicción; incluso el habitualmente dramático maestro nos regala enormes dosis de cantabilidad en la exposición del tema y de carácter amoroso en la primera variación, no en balde dedicada a la esposa de Elgar.

No le pongo pegas a la Obertura Cockaigne, aunque he podido comparar con el registro de Barenboim de 1973 y he encontrado que esta interpretación carece del sentido del humor socarrón de la del de Buenos Aires. Ahora bien, la iguala en desparpajo, luminosidad y comunicatividad, y la aventaja en vuelo lírico y elegancia; también quizá en claridad, por no hablar de esa particular “majestuosidad británica” tan necesaria el Elgar, pero al mismo tiempo tan fácil de confundir con lo vacuo e hipertrofiado. La orquesta está sensacional, obviamente con un sonido menos denso y germánico del que obtiene Barenboim con la London Philharmonic.

¿Mis versiones favoritas en CD? Para las Enigma, la de Menuhin con la Royal Philharmonic para Philips de 1985 –la de 1994 con la misma orquesta es peor– y para Cockaigne esta de Barbirolli o la de Tate con la Sinfónica de Londres.

viernes, 17 de enero de 2020

Gran concierto de la ROSS con Enrique Diemecke y Gutiérrez Arenas

Acudí ayer jueves 17 al Teatro de la Maestranza movido por el programa: Obertura para el Fausto criollo de Ginastera, Concierto para violonchelo de Elgar y Sinfonía nº 2 de Sibelius. Pero al final mereció la pena no solo por escuchar obras de semejante belleza, sino también por la labor de Enrique Arturo Diemecke (Ciudad de México, 1955), un señor al que nunca había tenido la oportunidad de escuchar y que ha resultado tener, al menos así ha querido parecerme en su comparecencia hispalense, una técnica de batuta portentosa.


Haciendo gala de una presencia en el podio muy teatral y desplegando una gestualidad tan magnética como clara y firme, el maestro mexicano logró hacer sonar a la Sinfónica de Sevilla como hacía mucho tiempo que no la escuchaba, solidísima en la cuerda y muy brillante en los metales. Lo del empaste me ha resultado especialmente notable habida cuenta de que, para “meterme” bien en la sublime parte del concierto elgariano, compré asiento en primera fila, el lugar en el que cualquier imprecisión se nota más. En cuanto a los metales, es bien sabido que suele ser la familia de la ROSS –y de la mayoría de las orquestas– que con más dificultades empasta y más expuesta al riesgo. Los de ayer parecían otros cuando –obviamente– eran los mismos de siempre, buena prueba de que la formación sevillana posee un potencial muy superior al que suele evidenciar con dos últimos titulares y con la mayoría de los invitados. Sencillamente, necesita batutas de nivel para demostrar qué es capaz de hacer.

Diemecke evidenció asimismo ser un músico cabal en sus planteamientos y comprometido en la expresión, capaz de hacer que los músicos toquen con enorme intensidad y poniendo toda la carne en el asador. Ya lo demostró en la página de Ginastera, dramática a más no poder en su arranque, concentradísima en los pasajes introvertidos y bien controlada, sin caer en el menor exhibicionismo, en los momentos en que la partitura abre paso a lo folclórico. Lo hizo igualmente en la obra de Elgar, trazada con pulso firme y decisión sin descuidar el vuelo melódico. E impartió la lección en una Segunda de Sibelius a la que acaso le faltó un poco de flexibilidad, también de sosiego a la hora de paladear determinados pasajes, y sin duda una mayor electricidad en el tercer movimiento, pero que estuvo planteada con tanto fuego como control y desde una óptica que renunció a toda blandura, a toda laxitud contemplativa y a cualquier suerte de exceso de retórica. Despojada de alharacas, construida con rigor y directa al grano. En el final Diemecke supo mezclar lo épico y lo dramático alcanzando no solo gran brillantez sonora, sino también una altísima temperatura emocional.

Imposible dejar a un lado la labor de Adolfo Gutiérrez Arenas (Múnich, 1974), violonchelista español de currículo importante cuyo bello sonido –sobre todo en el grave– y sólida técnica se ponen al servicio de la sensatez y de la musicalidad. Tiene claro lo que quiere hacer, sabe cómo conseguirlo y convence de principio a fin con una recreación en cierto modo apolínea, o al menos muy equilibrada en la expresión. No es su intención herirnos el corazón –imposible emular a Jacqueline Du Pré–, pero se mantiene muy a distancia de la languidez y de los narcisismos con que alguna otra figura del violonchelo intenta vendernos el producto: él se pone única y exclusivamente al servicio de la música. Para sorpresa de todos hubo propina con orquesta: encendida lectura de Bosques silenciosos de Dvorák. Gran concierto.

PD. La fotografía la he tomado del Facebook oficial de Diemecke.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Barenboim y la WEDO en el Carnegie Hall

Perdonen los lectores, si los hubiere, que ya no ofrezca en este blog tantas entradas como antes, ni tan extensas. La disponibilidad que tengo para esta afición es ahora muy escasa, y el entusiasmo ante la misma mucho menor que antes. Pero a lo que vamos: concierto de Daniel Barenboim y la West Eastern Divan en el Carnegie Hall de Nueva York del pasado jueves 8 de noviembre, que he visto gracias a la página Medici TV, a la que estoy suscrito. Toma sonora mejorable y filmación con serios defectos, pero en ambos casos suficientes para disfrutar de una velada memorable.


Don Quijote de Strauss en la primera parte. Nunca me entusiasmó la grabación de Barenboim en Chicago, pero sí lo hizo la que le escuché en directo en 2014 en Madrid frente a la Staatskapelle de Berlín. Lo que entonces escribí en este mismo blog es perfectamente válido para esta nueva recreación, de nuevo llena de sensualidad y de humanismo pero no por ello exenta de teatralidad, de carácter narrativo y de sentido de los contrastes, aun siempre con la salvedad de que la calidad de la WEDO no puede compararse con la excelsitud que en estos últimos años ha alcanzado la formación berlinesa. En lo que sí aventaja esta recreación neoyorquina a la que escuché en el Auditorio Nacional es en el chelista: si Claudius Popp estuvo estupendo, Kian Soltani se confirma como un verdadero prodigio. Estupenda la viola de Miriam Manasherov, aunque algunos de sus detalles me parecieran discutibles. Como propina, El cisne de Saint-Säens.

Desde aquel flojo registro en Chicago para Teldec, pasando por la interpretación que grabó con la WEDO en Ginebra y llegando hasta la que hizo con la Filarmónica de Berlín en el primero de mayo de 2014, Daniel Barenboim también ha mejorado mucho su comprensión de la Sinfonía nº 5 de Tchaikovsky. Esta con la WEDO ni aporta ni pierde nada en lo que a la labor de la batuta se refiere con respecto a la última de la citadas. Se ha tratado, por tanto, de una cálida y elocuente recreación en la que se equilibran de manera admirable los aspectos épicos, líricos y dramáticos de la página, sin renunciar a la sensualidad ni a la opulencia sonora, pero sin dejar tampoco espacio alguno a la blandura, al exhibicionismo o al descontrol. Todo está medido al milímetro, aunque la apariencia de lógica, de naturalidad e incluso de espontaneidad es absoluta. En cualquier caso, si por algo destaca esta lectura –como lo hacía la de Berlín– es por otros dos factores: la excelsa cantabilidad del fraseo (¡puro Tchaikovsky!) y la enorme plasticidad con que está tratada la masa orquestal.

Una tan cálida como honda recreación de Nimrod y una inflamadísima, aunque en absoluto descontrolada, obertura de Los maestros cantores, remataron un concierto estupendamente acogido por el público norteamericano. Igualito que aquí en Andalucía, donde hay que hacer milagros para vender las entradas y los entendidos terminan diciendo auténticas barbaridades sobre lo que escuchan. Así nos va.

sábado, 7 de abril de 2018

Barbirolli en BBC Legends: suena mal, pero es imprescindible

Soy de los que piensan que Sir John Barbirolli no solo fue uno de las más grandes maestros del siglo XX, sino también el mejor director de música británica que se haya conocido. Buena prueba de ello es este disco del sello BBC Legends que, pese a su muy mediocre calidad de sonido, resulta de escucha imprescindible.

Se abre el CD con In the South, de Edward Elgar. El maestro, que no incluyó esta partitura en sus grabaciones oficiales del autor para EMI, ofrece una recreación absolutamente memorable que se caracteriza por acentuar, sin perder nunca el control de los medios –sin precipitarse y atendiendo a la claridad–, los aspectos más escarpados y dramáticos de la página, en la que inyecta una indesmayable electricidad interna y una buena dosis de brillantez en absoluto retórica, lo que no le impide precisamente recrear con el más concentrado y conmovedor lirismo la sección central. Una lástima que la toma sonora, realizada el 20 de mayo de 1970, se vea perjudicada por la problemática acústica del Royal Festival Hall.
 

Sigue la Partita para orquesta de William Walton, página muy vistosa, diríase “cinematográfica”, que recibe una interpretación aún mejor que la del dedicatario de la misma, que no fue sino George Szell. Y es que Barbirolli sabe aunar incisividad, tensión interna y brillantez sin dejarse llevar por el mero sentido del espectáculo, sino inyectando convicción y fuerza expresivas a más no poder. A destacar como el segundo movimiento (“Pastorale siciliana”) no se queda en la delectación, sino que ofrece una muy apreciable dosis de sal y pimienta, aunque ciertamente es en el tercero (“Giga burlesca”) cuando el maestro más puede dar rienda suelta a su corrosivo sentido del humor. La BBC Symphony –en el resto del disco la orquesta es la Hallé– rinde a buen nivel. El público de los Proms, justamente entusiasmado. La toma corresponde al 8 de agosto de 1969: es estereofónica, pero resulta muy desequilibrada en los planos sonoros.

La escalofriante Sinfonia da Requiem de Benjamin Britten conoce asimismo una descomunal interpretación, en esta caso marcada por un indisimulado expresionismo, con un primer movimiento desazonante a más no poder gracias a su calculadísima administración de tensiones, un segundo incisivo, feroz e implacable –pero en absoluto decibélico o de cara a la galería– y un tercero que alcanza –de nuevo increíbles las tensiones– un clímax acongojante, al mismo tiempo bellísimo y desesperado. Toma sonora monofónica del 8 de agosto de 1957, asimismo procedente de los BBC Proms

La Guía de orquesta para jóvenes cierra el compacto. De nuevo una maravilla: Barbirolli se olvida del carácter didáctico de la pieza y decide exprimir de ella toda la música posible, que es muchísima. Elegancia, desparpajo, pompa británica, sentido del humor –aun siendo imposible en lo que a este se refiere olvidar las no menos memorables recreaciones de Rozhdestvensky–, cierta atmósfera inquietante y, sobre todo, un lirismo tan emotivo y doliente como embriagador (¡qué canto el de los violonchelos en la octava variación!) conforman ese universo sonoro y expresivo tan definitorio de Britten que el propio compositor supo recoger en estos magistrales quince minutos y Sir John pone aquí de relieve como pocos maestros lo hayan hecho. Pese a estar realizada en los estudios de la BBC, la toma es monofónica y de, de nuevo, muy mediocre calidad. Da igual: no se pierdan este disco.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Temirkanov, perjudicado por la toma

Una bochornosa cuestión técnica me impide recomendar la compra este Blu-ray del sello Euroarts que, en sus nada menos que 150 minutos de duración, recoge parte del contenido de las actuaciones de Yuri Temirkanov y la Filarmónica de San Petersburgo en la edición de 2013 del Festival Clásico de Annecy: su calidad de sonido. No es ya que solo venga una pista, estéreo en alta resolución pero sin multicanal. Ni que la acústica del recinto donde se celebraron los conciertos sea deficiente. Es que la comprensión dinámica es brutal, inaceptable para un registro ya del siglo XXI. Hay que estar con el mando subiendo y bajando el volumen constantemente para poder disfrutar. Y es una pena, porque el contenido es de calidad pese a algunas desigualdades.


Estas se encuentran, fundamentalmente, en la recreación del Concierto para piano nº 2 de Rachmaninov que abre el disco. En ella hay que admirar la dirección de Temirkanov, sensualísima en sonoridad (¡qué empaste el de la cuerda de San Petersburgo!), magníficamente paladeada, pero en absoluto rezagada en lo decadente, sino también llena de fuerza, de expresividad y de convicción, a despecho de algún pasaje –algo lineal el arranque del tercer movimiento– que podría estar más aprovechado. El problema es el solista, un Denis Matsuev dueño no solo de una impresionante agilidad digital sino también de un enorme control de los colores y dinámicas del piano, pero más bien insulso en lo expresivo –apenas hay algunos detalles de emotividad en el tercer movimiento– y tendente al puro mecanicismo de cara a la galería en los pasajes más virtuosísticos, algunos de los cuales –sección central del segundo movimiento, coda conclusiva– suenan como mecanografía pura. El público, encantado, recibe dos propinas del propio Rachmaninov bastante mejor interpretadas, aunque tampoco sean el colmo de la emotividad

Como ya señalé en mi discografía comparada, las maravillosas Danzas sinfónicas de Rachmaninov son una verdadera especialidad del maestro, quien aquí repite su admirable acercamiento, rústico y sensual al mismo tiempo, impregnado de una muy adecuada atmósfera malsana, con su adecuado punto de decadentismo y apreciable sentido dramático. Sobresaliendo un segundo movimiento muy personal, quizá se podría pedir un poco más de fuerza y garra en el tercero para redondear la, en cualquier caso, espléndida interpretación.

Sigue Scheherazade de Rimsky-Korsakov. Se nota en su semblante que el veterano maestro ruso disfruta sobremanera interpretando una obra que conoce al dedillo y de la que es capaz de ofrecer una recreación al mismo tiempo ortodoxa y personal, clásica pero trufada aquí y allá de decisiones en los tempi y en las líneas instrumentales que a veces funcionan muy bien y otras no tanto, pero que en cualquier caso permiten que no sintamos que perdemos el tiempo ante una interpretación más. A destacar, como en su registro en Nueva York veintidós años atrás–que también salió muy bien parado en la correspondiente comparativa–, la sensualidad del tercer movimiento y la espectacularidad bien entendida que es Temirkanov capaz de desplegar en el cuarto. Lástima que el primer violín no sea muy allá: no se puede tener todo.



Dos regalitos para terminar. El primero, Salut d'amour de Elgar: perfecta ocasión para demostrar la belleza de la cuerda de la orquesta, pero el resultado es un tanto cursi en el arranque y, en conjunto, más preciosista y delicada que emotiva. El segundo, la obertura de La forza del destino, ópera tan vinculada a San Petersburgo. De esta página ofrece el maestro una interpretación muy bellamente sonada y cantada, con buena atención al silencio antes del primer gran clímax, pero hasta ahí resulta más suave de la cuenta, incluso un punto blanda; a partir de ese momento se alternan pasajes en la misma línea digamos que anémica con otros excesivamente nerviosos, faltos de concentración y no muy atentos a la clarificación de planos sonoros. Al final, vistosa rutina antes que otra cosa.

¿Saben lo mejor? Las Danzas sinfónicas y Scheherazade han sido subidas en su integridad a YouTube por el propio sello EuroArts, lo que significa que las pueden ustedes ver y descargar de manera completamente legal y gratuita. En fin, que no recomiendo la compra pero sí que disfruten de estas dos interpretaciones –que son lo mejor del Blu-ray– de la referida manera. A caballo regalado...

domingo, 6 de agosto de 2017

Barenboim en los Proms de 2017 (y II): Birtwistle, Elgar

Hora y media después del concierto de Haitink con la Orquesta de Cámara de Europa, comenzaba la segunda actuación –aquí se encuentra comentada la primera– de Daniel Barenboim y Staatskapelle de Berlín en los Proms de este año. Para escribir he esperado a disfrutarla de nuevo, esta vez en la filmación realizada por la BBC. En ella hay una importante pega: desaparece la imagen durante cuatro minutos del primer movimiento de la sinfonía de Elgar, circunstancia ante la que la propia BBC pide disculpas. Parece que la ausencia no es subsanable, así que nuestro gozo en un pozo. La calidad de imagen es divina, no tanto el sonido: el volumen sufre algunas alteraciones, quizá debido a la compresión dinámica. Pero vamos ya al contenido.

La primera parte la ocupaba el estreno en Reino Unido de una página encargada por el propio Barenboim a Sir Harrison Birtwistle (n. 1934). Como del compositor británico solo conocía su admirable ópera The Minotaur, que comenté hace tiempo, decidí hacer un repaso (¡qué suerte tener integrado Spotify en mi receptor!) por su obra sinfónica: Secret Theater, Earth Dances, Panic, The Cry of Anubis, The Shadow of Night y Theseus Game son las páginas que han pasado por mi equipo.

En Deep Time se reconocen sin problemas los rasgos que, a tenor de las obras anteriormente citadas, parecen caracterizar la producción del autor: denso trazado polifónico, apreciable angulosidad tímbrica y un ritmo obsesivo que, a través de breves células que se van yuxtaponiendo de manera implacable, crea una atmósfera opresiva y una fuerte tensión dramática. Por no hablar, claro está, de esa obsesión por el tiempo que aquí queda patente ya en el mismo título de la composición. El problema, de haberlo, es que Birtwistle no parece decir nada nuevo que no haya dicho ya. Quizá haya aquí mayor riqueza en el color –la plantilla orquestal es inmensa– que en obras pasadas, quizá también resulte menos virulento que en otras ocasiones, pero lo cierto es que esperaba más aún. En cualquier caso, una obra magníficamente escrita y de incuestionable calidad que recibe una interpretación de bandera: diríase que Barenboim y los berlineses han crecido con esta música.

Y algo parecido se puede decir con respecto a su afinidad con Edward Elgar. Poco que añadir a lo que escribí a propósito de su interpretación en Madrid hace ahora tres años de su Segunda sinfonía: una monumental lección de dominio del fraseo, del color y de la polifonía, y una palmaria evidencia de la inspiración poética que nuestro intérprete ha alcanzado empuñando la batuta. Hay en su lectura voluptuosidad, grandeza, gozo dionisíaco, lirismo, hondo sentido trágico, urgencia dramática, melancolía, reflexión humanística, hondura... Para qué seguir: si el autor de las Variaciones Enigma quiso hacer una síntesis de toda su experiencia vital en esta música, Barenboim ha conseguido reflejar todo ello con una intensidad y una convicción abrumadoras. Y lo hace subrayando de manera marcada las conexiones con Bruckner, si bien en la entrevista del intermedio a quien termina citando es a Gustav Mahler. Y a Jacqueline Du Pré, en este caso como inspiradora de su manera de poner de relieve el lado más intenso, trágico y sensible de la música elgariana tal y como ella hizo en sus justamente míticas recreaciones del Concierto para violonchelo. Repaso mientras escribo estas líneas la interpretación de Kirill Petrenko, nada menos que con la Berliner Philharmoniker, y no hay color: la de Barenboim no ya abiertamente superior, sino por completo genial.

Mención aparte merece la labor de la Staatskapelle de Berlín. Hasta hace no muchos años un servidor mantenía que se trataba de una orquesta de segunda a la que Barenboim, mediando su prodigiosa técnica, hacía sonar como una de primera. No sé si me equivoqué en mi apreciación –creo que no–, pero de lo que estoy seguro es de que ahora sí que se encuentra entre las cuatro o cinco más grandes formaciones sinfónicas del continente. Diré más: aunque la Filarmónica de Berlín ofrece mayor seguridad en todas sus secciones y un músculo incomparable, además de poseer un rosario de solistas que son auténticas estrellas, la Staatskapelle se muestra más flexible y ofrece un sonido más cálido y luminoso, yo diría que más bello, en el que se percibe con claridad la huella de esa tradición centroeuropea que quizá solo en la otra Staatskapelle, la de Dresde, se sigue manteniendo.

La primera propina estaba cantada: intensa recreación de Nimrod. Luego vino el valiente y necesario –hoy más que nunca, también en Cataluña– discurso de Barenboim en contra de los "aislacionismos" y en defensa de la cultura europea, cuya traducción ya ofrecí aquí. Se cerró la velada, no podía ser menos, con una Pompa y circunstancia de lo más significativa. Memorable concierto.

PD. Descarguen el vídeo completo de YouTube cuanto antes. Pronto la BBC reclamará el copyright y se quedarán sin él.

viernes, 28 de julio de 2017

Barenboim en los Proms de 2017 (I): Sibelius, Elgar

Ya dije que esperaría a escuchar las retransmisiones de la BBC para comentar los tres Proms a los que he asistido este año. Voy ahora al primero de los dos que ofrecieron Daniel Barenboim y la Staatskapelle de Berlín, el de la noche del sábado 15 de julio con el Concierto para violín de Sibelius y la Primera sinfonía de Elgar en los atriles, retransmitido solo en audio (el del día siguiente sí se llegó a filmar). Solista de lujo: Lisa Batiashvili.


La violinista georgiana repite su asombroso logro discográfico del año anterior junto al propio Barenboim, comentado por aquí, ofreciendo el máximo nivel posible dentro de una aproximación ante todo lírica y apolínea en la que impera una extraordinaria belleza formal, pero sin desdeñar en modo alguno las tensiones sonoras: el final del primer movimiento está lleno de frenesí controlado, el segundo rezuma amargor y la desesperación agónica de la coda del tercero (¡que algunos comentaristas quieren ver luminosa, menudo despiste!) se hace bien patente. Por otra parte, la comparación con la lectura que le escuché tan solo una semana antes a Janine Jansen en Granada resulta reveladora: Batiashvili no solo toca la obra bastante mejor que su colega, que en más de un momento se las vio y se las deseó a la hora de enfrentarse a los terribles escollos de la partitura, sino que canta las melodías de una manera mucho más sincera y emotiva. El público de los Proms supo reconocer su excelsitud, hasta el punto de que hubo amagos de aplaudir entre movimientos.

También interesa comparar a Barenboim con Rattle: el británico lo hizo estupendamente en lo expresivo, pero no terminó de cuidar el equilibrio con la solista y se soltó la melena a la hora de desplegar decibelios. El de Buenos Aires, por el contrario, mantuvo muy controlada a la bestia para no sepultar a Batiashvili –yo estaba detrás de la orquesta y aun así la escuché relativamente bien–, y además –esto me lo hizo ver un amigo en el intermedio– tuvo muy en cuenta la peculiar acústica del Royal Albert Hall a la hora de tratar los clímax sonoros. Todo ello, por descontado, con una perfecta comprensión del universo sonoro y expresivo de Sibelius. El resultado, una interpretación descomunal.


En cuanto a la Primera de Elgar, nada nuevo com respecto a lo que ya le había escuchado en disco y en vivo: una interpretación descomunal que alcanza su cénit en un tercer movimiento dicho con una cantabilidad, una plasticidad en el manejo de las masas orquestales y un aliento poético de altísimos vuelos. En cualquier caso, haber tenido la oportunidad de verle –por segunda vez en esta obra– desde detrás de la orquesta, es decir, de frente, me permite calibrar mejor hasta qué extremo Barenboim cuida todos los detalles de la exposición sonora, atiendo con una gestualidad precisa –y en absoluto de cara a la galería– a todos y cada uno de los matices: su dominio de la gama dinámica –increíblemente planificada–, de las tensiones orquestales, de las texturas –se escucha absolutamente todo pese a ofrecer un empaste redondo y sensual envuelto por brumas–, del sentido orgánico del legato... Verdaderamente estamos ante un director con una técnica magistral, además de ante un músico de una inspiración excelsa que hoy no conoce rival alguno en el podio.


La primera propina fue el Vals triste. Barenboim comete el error de comenzarlo con el auditorio aún armando jaleo, así que la orquesta se equivoca y a los pocos compases tienen que volver a comenzar. Importa poco: una espléndida –no genial– interpretación en la línea que ya le conocemos al maestro, no particularmente concentrada en el arranque ni en el final pero muy encendida en el clímax.

Para finalizar, la marcha nº 1 de Pompa y circunstancia: no me gustaron las secciones rápidas, en exceso lastradas por el nervio y la aparatosidad, pero el celebérrimo tema lírico fue desgranado por Barenboim con la mezcla de elegancia y solemnidad que le conviene. Y sin pizca de retórica. El público, arrebatado: juro que los que estaban a mi lado cantaban “Land of hope and glory”, como si estuvieran en the last night. Claro que lo tremendo vendría al día siguiente.

miércoles, 19 de julio de 2017

El discurso de Barenboim en los Proms: aislacionismo, cultura europea e integrismo religioso

Ya dije en mi anterior entrada que los dos conciertos de Barenboim y la Staatskapelle de Berlín que escuché en los Proms los comentaré más adelante, cuando los vuelva a disfrutar escuchando las correspondientes transmisiones de la BBC. Pero no quiero volver a salir de vacaciones –me voy unos días a Castilla a aprender más sobre la arquitectura del siglo XIII– sin dejarles a ustedes la traducción (¡gracias a los amigos que me la han mejorado de manera ostensible!) del valiente, memorable discurso que el maestro dio al final del segundo de ellos, el del domingo 16 de julio. Quizá hayan tenido noticias de él en algún lugar de la red y hayan podido leer alguna transcripción parcial. Aquí lo tienen en su integridad.


Huelga decir que estoy de acuerdo al cien por cien en su contenido. ¡Y cómo no voy a estarlo, yo que me dedico a la educación en humanidades y la investigación en la historia del arte, cuando defiende el conocimiento de la cultura europea como principal medio para combatir los graves problemas que nos rodean! Fue un discurso muy emotivo. No todo el público aplaudió sus palabras –lógico, aunque Londres votara de manera mayoritaria en contra del Brexit–, pero se notaba un ambiente especial. El remate de Pompa y circunstancia fue todo un atrevimiento: ¿se imaginan un discurso semejante en Barcelona tras el concierto de una orquesta madrileña, y que ésta tocara a continuación una sardana? Pues algo así. Barenboim, genio y figura.

El vídeo lo pueden encontrar completo en este enlace. Curiosamente ha conseguido más difusión el que circula en Youtube, que alguien filmó con su móvil apuntando a la cámara de la televisión y que  fue difundido en Twitter por Renaud Capuçon, entre otros. A este último le falta el comienzo y se ve –lógicamente– mucho peor, pero en él se me reconoce con más facilidad: estoy en la tercera fila de los bancos de coro, a la izquierda sobre el hombro de Barenboim y sentado junto a una chica vestida con camiseta blanca, que es la amiga que me acompañó durante el viaje. Qué quieren que les diga, me hace mucha ilusión salir en él.


BARENBOIM'S SPEECH

Señoras y caballeros, confío en que ustedes me permitan algunas palabras que me gustaría decir hoy, que me gustaría compartir con ustedes. No sé si todos estarán de acuerdo con ellas, pero realmente me gustaría compartirlas.

Pero antes que nada me gustaría darle las gracias a esta maravillosa orquesta [intensos aplausos] no por ser maravillosa, que lo es, sino por haber aceptado retrasar sus vacaciones una semana, creo, o más para que fuera posible venir a Londres, a los Proms, este fin de semana para tocar. Porque tocar para ustedes las sinfonías de Elgar es algo que les resulta muy importante. Ellos se han enamorado realmente de esta música, y realmente querían traerla a Londres. Así que les quedo agradecido por no irse de vacaciones hasta mañana [aplausos].

Me gustaría compartir con ustedes algunos sentimientos o reflexiones. No de carácter político [risas en el público, sonrisa claramente irónica de Barenboim: «les parece divertido», dice], sino sobre el ser humano. Cuando veo en el mundo tantas tendencias aislacionistas me siento muy preocupado. Y sé que no soy el único [asentimiento y aplausos intensos]. Ustedes saben que viví en este país durante muchos años. Me casé en este país, viví en él muchos años y se me mostró mucho afecto mientras viví aquí, lo cual me dio de alguna manera el valor, si podemos decirlo así, para decir lo que me gustaría decir.

Creo que el principal problema hoy día no son las políticas de este país o de aquel otro o del de más allá. El principal problema de hoy día es que no hay suficiente educación [asentimiento generalizado y aplausos intensos]. Que no hay suficiente educación musical es algo que sabemos desde hace mucho tiempo. Pero ahora no hay suficiente educación sobre quiénes somos, sobre qué es un ser humano y sobre cómo éste se va a relacionar con los de su misma especie. Lo que voy a decir no es una cuestión política, sino que hace referencia al ser humano. Si miramos a las dificultades que el continente europeo está atravesando ahora nos daremos cuenta de a qué se debe: a la falta de una educación común. Porque en un país no entienden por qué deben pertenecer a algo en lo que también hay otros países. Y no me estoy refiriendo ahora a este país…

¡Contaba con eso! [en referencia a las risas de un auditorio que captó sin problemas la clara ironía]. Estoy hablando en general. ¿Saben una cosa? Nuestra profesión, la profesión musical, es la única que no es nacional. Ningún músico alemán les dirá a ustedes «soy un músico alemán y solamente voy a tocar a Brahms, Schumann y Beethoven» [grandes aplausos]. Hoy hemos tenido aquí una buena prueba de ello [afirma señalando a la orquesta, que acaba de interpretar la Segunda Sinfonía de Elgar y Nimrod del mismo autor]. Si –permitámonos abandonar por un momento Gran Bretaña–, si un ciudadano francés quiere leer a Goethe, necesita una traducción. Pero, evidentemente, no la necesita para las sinfonías de Beethoven. Es por esto por lo que la música es tan importante. Y esas tendencias aislacionistas y ese nacionalismo en el sentido más estricto del término son cosas muy peligrosas contra las que solo se puede luchar con un verdadero y gran énfasis en la educación de las nuevas generaciones. Nosotros probablemente somos todos demasiados viejos para ello. Pero las nuevas generaciones tienen que comprender que Grecia, Alemania, Francia y Dinamarca tienen todos algo en común llamado ¡cultura europea! [grandes aplausos].

No solo el euro. ¡Cultura! Esto es realmente lo más importante. Y por supuesto que en esta comunidad cultural llamada Europa hay espacio para culturas diversas, para diferentes maneras de ver las cosas. Pero esto sólo se puede conseguir con educación. Y el fanatismo de trasfondo religioso que existe en el mundo solo se puede combatir igualmente con la educación [más aplausos]. Contra el fanatismo religioso no se puede luchar únicamente con las armas. Contra el auténtico Mal que existe en el mundo sólo se puede luchar con el humanismo que nos mantiene a todos unidos. ¡Incluidos ustedes! Y ahora les voy a enseñar qué es lo que realmente quiero decir [y se disponen a tocar de propina la Primera Marcha de Pompa y circunstancia de Elgar que pueden ver y escuchar a continuación].




domingo, 4 de junio de 2017

Por Londres

Sé que gestos como este no sirven para nada. Hay que emprender una acción seria contra el terrorismo islamista, no solo contra los canallas que ayer sacrificaron sus vidas a cambio de acabar con la de los demás, sino también contra los auténticos asesinos, los que les comen la cabeza a quienes finalmente ejecutan dichas acciones: esos están vivos y siguen en libertad, probablemente financiados por otras personas aún más siniestras y peligrosas que manejan grandes fortunas y a las que nunca se les va a hacer nada.

Pero quien escribe estas líneas no puede dejar de sentir pena y solidaridad hacia una ciudad que ama especialmente, así que ahí va este Nimrod de Elgar en intensa –más que melancólica– interpretación de Daniel Barenboim y la Orquesta de West-Eastern Divan filmada en Ramala en 2005.


sábado, 18 de junio de 2016

La primera sinfonía de Elgar por Barenboim y Oramo

Dos interpretaciones de la Primera sinfonía de Elgar: la de Sakari Oramo al frente de la Real Filarmónica de Estocolmo registrada por el sello BIS en 2013 y la de
Barenboim y Staatskapelle de Berlín grabada para Decca en septiembre de 2015. Esta última, obviamente, se parece mucho a la que le escuché dos meses antes en el Palau de la Música de Barcelona.

 
Aun a riesgo de repetir lo que escribí entonces, quiero señalar que esta interpretación es quizá una de las más significativas muestras del estilo de Barenboim en fechas recientes. Por un lado, el ardor dramático, el sentido trágico y la fuerza visionaria que le han caracterizado desde siempre. Por otro, ese lirismo voluptuoso –aunque nada narcisista– y esa particular sensualidad impregnada al mismo tiempo de ternura y espiritualidad que ha desarrollado a lo largo de estos últimos años. Filtrados todos estos ingredientes con un indisimulado espíritu germanófilo pero huyendo como de la peste de lo excesivamente denso o pesado –como en su último Bruckner, el maestro ha logrado alcanzar el perfecto punto de equilibrio entre músculo, ligereza y transparencia–, y añadiendo además un fraseo de enorme flexibilidad que es capaz de pasar del mayor arrebato a la concentración extrema, el de Buenos Aires nos entrega una interpretación incandescente y profunda a partes iguales que alcanza su punto álgido en un Adagio de un humanismo y una belleza conmovedoras. La toma es en vivo –público perfectamente audible en el arranque del último movimiento– y se realizó en la Philharmonie berlinesa en septiembre de 2015 con notabilísimos resultados.


La comparación con la nueva interpretación de Barenboim no le sienta bien al registro de Sakari Oramo. Y eso que se trata de una muy notable lectura: de pulso firme, muy bien expuesta, dicha con convicción, por completo exenta de pesadez y de retórica vacua, brillante cuando debe y muy emotiva en el maravilloso Adagio, no siendo difícil encontrar –empezando por los redobles de timbal del arranque– detalles de gran clase. Pero se echan de menos, insisto que cuando se realiza la pertinente comparación, esa flexibilidad, esa imaginación, ese ardor visionario y, sobre todo, esa poesía de altísimos vuelos de la interpretación del argentino, como también verdadera grandeza en el final.

El disco de BIS, muy bien grabado pero no con la pericia del de Decca, se completa con una Obertura Cockaigne –grabada en 2012– vibrante, vitalista y llena de desparpajo, adecuadamente incisiva en la tímbrica y de gran vigor rítmico, pero también un punto más nerviosa de la cuenta. Oramo debería haber estado más atento a la nobleza, la elegancia y el vuelo lírico que también pide la obra. La interpretaciones de Barbirolli y Tate me parecen claramente superiores. En cuanto a la sinfonía, lo de Barenboim parece difícil de igualar: a mi entender, uno de sus mejores discos en su faceta de director.

sábado, 16 de enero de 2016

Dausgaard sacar el mejor partido de la Orquesta de Valencia

En la entrada anterior, a tenor de un Blu-ray con interpretaciones de Brahms, Dvorák, Sibelius y Nielsen, mostraba mis dudas acerca de las bondades interpretativas de Thomas Dausgaard, planteándome interrogantes sobre los resultados de su concierto previsto para ayer viernes 15 frente a la Orquesta de Valencia. Al final ha sido un éxito considerable, y ha quedado perfectamente explicado por qué este señor, que desde el punto de vista expresivo no tiene cosas muy interesantes que decir, ha adquirido la reputación de la que ahora goza: bajo su batuta, la formación del Turia ha sonado de manera mucho más satisfactoria de lo que suele, dejando claro que alberga un importante potencial que solo puede salir a la luz cuando se ponen a su frente maestros con una gran técnica a sus espaldas. En este sentido, bravísimo por Dausgaard y por unos músicos que supieron estar a la altura dando lo mejor de sí mismos.

Me sorprendió la obertura La bella Melusina, no lo mejor de Mendelssohn pero sí una obra de enorme belleza, porque sabiendo que el maestro danés suele interpretar este repertorio dejándose influir al menos en sus grabaciones al frente de la Orquesta de Cámara Sueca por la escuela de los instrumentos originales, esperaba una lectura de tempi rápidos y articulación historicista. Pues no: la realización de Dausgaard fue no solo por completo tradicional, sino también admirablemente certera a la hora de alcanzar ese difícil equilibrio entre ligereza, calidez, carácter bullicioso y vuelo lírico que demandan las creaciones del autor alemán. El resultado fue notabilísimo.


El solista de lujo de la velada fue Bruno Schneider, quien comenzó interpretando el hermoso Larghetto para trompa y orquesta de Emmanuel Chabrier, dirigido por Dausgaard con enorme vehemencia, haciendo gala de un legato prodigioso y de unos difuminados acongojantes, a despecho de algunos roces que apenas tuvieron importancia. Magníficamente secundado por María Rubio, solista de la propia Orquesta de Valencia, ofreció a continuación el Concierto para dos trompas atribuido a Joseph Haydn derrochando de nuevo un sonido de increíble belleza, maleable a más no poder, y una gran sensibilidad para el matiz. La batuta dirigió con aseada corrección, de nuevo en una línea tradicional sin espacio para el historicismo, en cualquier caso sin poder hacer mucho frente a una partitura según las notas al programa escritas por Rosa Solà podría ser de Michael Haydn o de Antonio Rossetti bastante escasa de verdadera inspiración. Por eso mismo, pese al enorme arte de Schneider, me aburrí un poco.

Primera sinfonía de Elgar para concluir. El recuerdo de la referencial e insuperable interpretación de Daniel Barenboim me impide expresar especial entusiasmo ante la escuchada en Valencia, pero tampoco se puede negar a Dausgaard la muy apreciable calidad de su lectura, francamente bien planificada, ajena por completo a la pesadez, la retórica vacua y los excesos victorianos, y desde luego muy hermosa, sincera, cálida y elocuente en el Adagio; como único reparo, el final del cuarto movimiento resultó en exceso lineal y se perdió un tanto de la grandeza y del carácter visionario que necesita. La orquesta, ya digo que a un nivel muy superior al que en ella es habitual, estuvo bien modelada planos sonoros, texturas por un Dausgaard que sabía perfectamente lo que se hacía. La cara de entusiasmo de los todos artistas al terminar dejaba clara la sintonía entre ellos y la satisfacción por un trabajo bien realizado.

domingo, 12 de julio de 2015

Barenboim en el Palau de Barcelona: genialidad extrema

Segunda vez que visito el Palau de la Música de Barcelona. La primera fue para un recital de Ryuichi Sakamoto. En esta ocasión se ha tratado de dos conciertos de la Staatskapelle de Berlín bajo la dirección, como no, de un Daniel Barenboim que se encuentra en el momento más inspirado de su carrera tanto al teclado como en el podio, habiendo llegado a un mágico punto de encuentro entre sus habituales maneras de hacer, esto es, en la visión de la música como un espacio para la reflexión sobre los aspectos más sombríos de la existencia del ser humano, y esa particular mezcla de sensualidad y espiritualidad que caracterizaron a maestros como Furtwaengler, Giulini y Celibidache en los últimos años de sus respectivas trayectorias. El “más allá” y el “más acá”, por así decirlo, dialogando cara a cara desde la tensión y la fogosidad que a su vez conducen a la reflexión filosófica, pero también dejando espacio para la cantabilidad, la delicadeza, el sentido del humor o incluso el deleite hedonista en el sonido, aspectos con los que Barenboim ha ido enriqueciendo progresivamente su arte en un repertorio de asombrosa extensión que en estas dos jornadas se centraba en tres autores: Wagner, Elgar y Verdi.


WAGNER

Wagner y Elgar para la muy calurosa noche barcelonesa del lunes 7 de agosto. El Preludio de Parsifal fue expuesto con una depuración sonora, una concentración en el fraseo y una belleza trascendida exclusivas de los más grandes wagnerianos, aunque lo cierto es que no me emocionó tanto como el que le escuché en Granada frente a la WEDO en 2013: no estoy seguro de si la culpa fue de Barenboim, quizá no tan inspirado como entonces, o de un servidor, que a lo mejor no estaba tan receptivo en el Palau de la Música –tardé en acostumbrarme a los incomodísimos asientos de los bancos del coro– como en el Palacio de Carlos V. De lo que sí estoy seguro es de que los Encantamientos del Viernes Santo fueron muy distintos de lo que imaginaba: en lugar de decantarse por esa mezcla de sensualidad y erotismo místico, con el rabillo del ojo puesto en el impresionismo, esperables en esta última etapa de la larga carrera del de Buenos Aires, el maestro ofreció una lectura particularmente dramática y amarga de la página, llena de desazón pero sin merma alguna de la belleza sonora. Perfecta la orquesta, por descontado, siendo de destacar en las dos piezas los diálogos imitativos entre clarinete y oboe, unos admirables Matthias Glander y Cristina Gómez, repectivamente. De Linares esta última, por si ustedes no lo recuerdan.


El preludio de Los maestros cantores estuvo dicho como en Barenboim es habitual, lleno de fuerza pero huyendo como de la peste de la pompa, la retórica vacua y la pesadez. La compleja polifonía de la asombrosa página fue expuesta con una claridad formidable, por no hablar de la manera en la que hizo cantar las melodías o la plasticidad con la que hizo sonar a la orquesta, aquí en su salsa. Dicho esto, de nuevo debo reconocer que no fue la mejor de las interpretaciones que le he escuchado al artista porteño: otra veces ha profundizado más aún en los pasajes humorísticos –aun así, asombrosos detalles incisivos en los violines– y ha alcanzado mayor grandeza espiritual. Barenboim reservó la genialidad extrema para la segunda mitad de la velada.


ELGAR

El maestro había registrado la Primera sinfonía de Elgar frente a la Filarmónica de Londres en 1973 para el sello CBS. Era aquella una ya magnífica interpretación: fogosa, escarpada y dramática, muy en la línea del Barenboim de esos años. Esta otra nueva –está prevista una grabación para Decca– es muy superior a aquella. ¿Por qué? Pues por lo dicho más arriba: el arte de Barenboim se ha enriquecido de manera muy considerable, ofreciendo ahora enfoques mucho más completos, menos unilaterales, más atentos a las múltiples posibilidades expresivas de cada pieza, aun sin renunciar al carácter digamos que "combativo" que siempre ha caracterizado a su modus operandi. Fogosa y reflexiva al mismo tiempo, planificada de modo admirable y tocada de modo soberbio –nada importa que las trompetas rajaran en un accidente puntual–, esta Primera supo ser también voluptuosa, brillante y bella en grado sumo, pero sobre todo increíblemente cantable, humana y emotiva: el tercer movimiento, Adagio, es una de las cosas más grandes que le he escuchado al de Buenos Aires en directo. Maravilloso el resto, sobresaliendo el empuje del primer movimiento, la urgencia y rabia bien controladas del segundo y la grandeza visionaria (¡fuera la ampulosidad presuntamente victoriana, nada de pompa ni de circunstancia!) del cuarto.

El público se dio perfecta cuenta de lo que acababa de escuchar y aplaudió a rabiar, pero no se interpretó la obertura de Egmont que se escondía en los atriles como propina. ¿Cabreo por la señora que sacó fotos entre las dos piezas de Parsifal y a la que Barenboim recriminó delante de todo el mundo? Me parece muy probable, sabiendo cómo se las gasta el maestro.


VERDI

La velada del martes 7 se dedicaba exclusivamente al genio de Busetto. Oberturas en la primera parte: Las vísperas sicilianas, La Traviata –preludios de los actos primero y tercero– y La forza del destino. Mismo programa, pues, que el ofrecido frente a la West-Eastern Divan en Sevilla el 9 de agosto de 2013. Me disgusta tener que repetir lo entonces dicho, pero no puedo dejar de añadir que los resultados han vuelto a ser excepcionales. No he escuchado interpretaciones mejores que estas, ni creo que vaya alguna vez a escucharlas, porque es imposible llegar a una síntesis más lograda entre los aspectos que configuran el arte verdiano. Y es que Barenboim sabe ser no solo teatral, vigoroso y rústico en el mejor de los sentidos, sino que además añade un sentido de la atmósfera de corte digamos que germánico al tiempo que consigue, quizá como ningún otro director –italianos incluidos, con la excepción del Giulini tardío–, frasear con una cantabilidad extrema, tanto en lo que al legato se refiere como al trazado de cada una de las grandes frases. ¡Qué manera de hacer respirar a la orquesta!


Desde el punto de vista puramente técnico, las interpretaciones también fueron un prodigio. Seguido por una Staatskapelle en estado de gracia, Barenboim hizo una exhibición de dominio de la agógica, fraseando con maleabilidad e imaginación admirables sin dejar espacio al capricho; impresionante el peso de los silencios y la concentración de los pasajes más líricos. La planificación de la dinámica (¡qué crescendi de corte rossinianos los de Vespri!) fue también espectacular, al igual que su manera de equilibrar los planos sonoros para que se escuchase todo y evitar el mero estruendo en los tutti más abrumadores, por lo demás dichos con una electricidad y un fuego abrasadores. Por no hablar del sentido del color –metales de adecuada aspereza frente a violonchelos de terciopelo acariciador– o de la perfección del empaste.

En la segunda parte, cuatro obras maestras verdianas que no se hacen casi nunca: las Quattro Pezzi Sacri.  Se contó aquí con el concurso de dos coros locales, el Cor de Cambra del Palau de la Música y el Orfeó Català, bajo la dirección de Josep Vila i Casañas. Hicieron un trabajo en general formidable –antes en los mágicos pianísimos que en los tutti, por momentos algo gritones–, al tiempo que Barenboim dejó bien clara su extrema satisfacción por los resultados.

Por lo demás, sublimes interpretaciones en la línea que ustedes ya se están imaginando, esto es, ofreciendo una religiosidad amarga, dramática y lacerante, en absoluto confiada, aunque no precisamente exenta de concentración, de calidez y de hondura humanística. Tampoco de belleza: asombrosas las dos piezas a capella, aunque le sonasen más apropiadas para la sala de conciertos que para la iglesia. Desafío a la divinidad y anhelo de confianza en el Altísimo, en definitiva, muy a la manera de cómo enfocó su registro del Réquiem verdiano en La Scala, recordando al mismo tiempo la genialidad suprema de Giulini en su antológica grabación con la Filarmónica de Berlín. Barenboim que por una vez dirigió con partitura y sin batuta se movió a esa misma altura y dejó bien claro, por si alguien lo dudaba, que es el más grande intérprete de nuestro tiempo.

martes, 15 de julio de 2014

Barenboim en Ibermúsica, 2014 (y II)

Sigo con Barenboim y la Staatskapelle de Berlín en el Auditorio Nacional cerrando el ciclo anual de la Fundación Ibermúsica. En la entrada anterior hablé del concierto de la tarde del sábado 5 con poemas sinfónicos de Richard Strauss. Ahora voy a por el del día siguiente: Sinfonía Inacabada de Schubert y Segunda de Elgar.


Schubert

La primera vez que le escuché a Barenboim la Inacabada fue en televisión: concierto de la Filarmónica de Berlín del 1 de mayo de 1992 en El Escorial. Cuatro días más tarde se la disfruté en directo a los mismos artistas en el Teatro de la Maestranza. Me gustó mucho, como me sigue gustando la filmación de la interpretación escurialense (disponible desde hace tiempo en DVD y a punto de aparecer en Blu-Ray). Años más tarde conocí su grabación con la misma orquesta realizada en 1984 para Sony, y esa no me pareció tan redonda. De ella he escrito en este blog lo siguiente:
“(…) poderosa y rebelde, descuida la parte lírica y evocadora. El primer movimiento, apremiante, resulta un tanto nervioso y no está muy paladeado, aunque el clímax central alcance una enorme garra. El Andante con moto es más bien atípico, poco contemplativo, y bastante más amargo de lo que suele.”
Ya en fechas más cercanas se la escuché en directo en el Teatro Real, esta vez frente a la Staatskapelle de Berlín: me decepcionó considerablemente para tratarse de quien se trataba. Así las cosas, llegué al Auditorio Nacional preguntándome si en esta nueva comparecencia con la misma formación iban a cambiar las cosas, habida cuenta de cómo se está enriqueciendo el arte de Barenboim en los últimos tiempos y de que acaba de estudiar y grabar para DG buena parte de las sonatas pianísticas schubertianas. La respuesta ha sido afirmativa.

Daniel Barenboim

Efectivamente, esta ha sido una Inacabada distinta de las anteriores: igual de amarga, eso desde luego, pero bastante menos nerviosa, mucho más espiritual y trascendida, equilibrando a la perfección drama con vuelo lírico y revistiendo la tragedia –ahora interior antes que exteriorizada– de un ropaje sonoro extremadamente sensual y cantable. O sea, puro Schubert. A destacar los originales reguladores con que Barenboim hace arrancar a la cuerda en el primer movimiento y los momentos de mágica elevación en el segundo, donde por cierto el maestro no acentuó los contrastes entre secciones sino más bien los difuminó, perdiendo quizá un poco de progresión dramática aunque dejando en todo momento muy claro que el canto schubertiano, bellísimo, está lleno de dolor.

A la excelencia de los resultados contribuyó la orquesta con una sonoridad aterciopelada –cuerda cálida, metales muy empastados, timbales contenidos–  y, sobre todo, con unos solistas de enorme aliento lírico que realizaron sus intervenciones con verdadera inspiración poética. Memorable.


Elgar

De la Segunda sinfonía de Elgar por Barenboim y su orquesta berlinesa grabada en 2013 para Decca he hablado aquí hace muy poco. La de Madrid, creo que aún más imaginativa y flexible, ha sido en cualquier caso muy parecida a aquella: en absoluto ampulosa, marcada por un ardor controlado pero también muy lírica, voluptuosa y con espacio para la hondura reflexiva y el aliento trágico.


Pero ahora he reparado en una circunstancia que antes no aprecié: la manera en la que Barenboim subraya las consabidas deudas de esta partitura con Anton Bruckner. Lo hace en dos sentidos. El primero, imprimiendo un apreciable al aliento espiritual que nos recuerda, entre otras cosas, que Elgar es el autor de El sueño de Geroncio, precisamente la obra que el de Buenos Aires dirigió hace poco a la Filarmónica de Berlín. El segundo, a través del sentido orgánico del desarrollo: tensiones y distensiones las construye con gran flexibilidad e imaginación, pero también con enorme lógica y sentido de la perspectiva global, consiguiendo que cada frase se vea como una consecuencia de la anterior y que se llegue a remansos líricos de enorme sensualidad con la misma naturalidad con que se alcanzan clímax de enorme garra dramática. Como en el disco, todo el final fue absolutamente mágico, aunque en Madrid una tos de increíble exactitud y escasa educación logró devolvernos a la realidad justo en el último compás de la obra.

En resumen, dos conciertos verdaderamente extraordinarios, sobre todo en el caso de Heldenleben y Elgar, a cargo de un director y una orquesta en su mejor momento. Lástima que, por las circunstancias que apunté en otra entrada, yo no los pudiera disfrutar en su plenitud.

jueves, 3 de julio de 2014

Seis interpretaciones de la Segunda Sinfonía de Elgar

He invertido un dinero muy considerable para acudir este próximo fin de semana a Madrid y escuchar a Daniel Barenboim al frente de su Staatskapelle de Berlín en el ciclo de Ibermúsica. Entre las obras en los atriles, una partitura que quien esto firma tenía muy olvidada, la Segunda Sinfonía de Sir Edward Elgar, obra escrita en 1911 que por su larga duración y opulenta orquestación puede resultar más bien pesada si no se cuenta con una interpretación de categoría. Ocasión propicia, pues, para escuchar algunas recreaciones discográficas de la partitura, entre ellas la que el maestro de Buenos Aires y su formación berlinesa han publicado hace pocas semanas.

Elgar Sinfonias Tate

Comencé por la de Jeffrey Tate y la Sinfónica de Londres, registrada por el sello EMI en 1990: gran versión, pero muy discutible. A mí desde luego me interesa mucho este Elgar, en absoluto retórico o hinchado, nada aparatoso ni preocupado por la “pompa británica”. Hay grandeza cuando debe, sí, pero la interpretación resulta ante todo tensa, dramática y escarpada, de clímax tan encendidos como controlados –impresionante el del tercer movimiento, ayudado por una toma sonora de amplísima gama dinámica– y marcada por una enorme hondura trágica. Todo ello lo consigue Tate, además, con un perfecto idioma elgariano y sin merma alguna de la belleza sonora, que es grande tanto en el tratamiento de la orquesta –que está soberbia– como en la manera, concentrada y llena de naturalidad, de cantar las melodías con esa elocuencia y esa distinción tan propias del autor, aunque probablemente se podría profundizar más en lo que a sensualidad se refiere.

Elgar Sinfonias Colin Davis

Proseguí luego con el registro en vivo realizado en 2001 de Colin Davis, de nuevo con la Sinfónica de Londres, publicado por el sello de la propia orquesta (LSO Live). Como era de esperar, la interpretación de Sir Colin es mucho más ortodoxa que la de Tate. Poco queda aquí del carácter escarpado y del amargor de la recreación de su colega. Al contrario, esta es una interpretación ante todo épica y afirmativa, no grandilocuente pero sí llena de esa distinción británica tan característica, dicha además con una mezcla de nobleza lírica y vigor que tanto le conviene a Elgar. Ahora bien, además de perderse todos esos pliegues expresivos en los que sí indagaba Tate –el final, por ejemplo, carece de capacidad sugestiva–, da la impresión de que el desaparecido maestro no termina de frasear con toda la emotividad en él esperable, ni de planificar una arquitectura global de tensiones y distensiones que dé unidad a la obra; ni siquiera de matizar mucho la gama dinámica. Parece confiar más en su instinto musical y en la contrastada calidad de la orquesta londinense, que en unos ensayos pacientes y creativos. Extraño, la verdad. La toma sonora tampoco es muy allá.

Elgar Barbirolli

Vino seguidamente un clásico, Sir John Barbirolli con su Hallé Orchestra en registro de muy notable calidad sonora realizado por EMI en 1964. Esta interpretación anticipa sin duda la garra dramática y el lirismo de sabor amargo de la interpretación de Tate, aunque sin llegar a semejantes extremos. Comparte asimismo, faltaría más, la elocuencia, la cantabilidad y el sentido de la “grandeza británica” de un Colin Davis. Pero lo que caracteriza la labor de Sir John, además de su excelente pulso, inmediatez comunicativa y absoluta sinceridad expresiva, es el asombroso trabajo de planificación orquestal que realiza, tanto a la hora de trabajar dinámicas y tensiones como, sobre todo, en lo que a la claridad se refiere. Es difícil, realmente, que con una orquestación tan exuberante se escuchen tantas cosas, y que lo hagan además con la tímbrica adecuada, incisiva solo en su punto justo, sin renunciar a la opulencia bien entendida ni, desde luego, a cantar las melodías con conmovedora belleza.

The British Music Collection Elgar Sinfonias Barenboim

Llega por fin Barenboim, pero primero con su recreación grabada por CBS en 1972 frente a la Filarmónica de Londres. De entrada, llama la atención la pobre toma sonora. Ni siquiera con la reciente remasterización de Sony Classical logra soslayar su tímbrica algo distorsionada y su carácter opaco, aunque al menos la gama dinámica es muy considerable. Pero una vez acostumbrados a esta circunstancia, uno descubre una recreación inflamada a más no poder, escarpadísima, de una sinceridad desbordante pero con un control siempre perfecto de los medios frente a tanta emoción. ¿Parecida a la de Jeffrey Tate, pues? Ciertamente, aunque la sonoridad de Barenboim es más oscura y musculada, más germánica si se quiere, quizá por ello menos adecuada para el compositor, aunque en contrapartida el último movimiento posee más vuelo lírico, mayor profundidad e incluso más magia sonora, especialmente en su fascinante final. La orquesta responde de maravilla.

Elgar Sinfonia 2 Barenboim

La más reciente de maestro porteño, recogida por los micrófonos de Decca en 2013, es la que más he disfrutado de las comentadas. Bien es verdad que no se puede decir que haya una gran diferencia con la anterior del propio Barenboim, excepción hecha de una toma excepcional, sin duda la mejor de todas, lo que tiene mucho que ver con el referido disfrute. Pero intentando hacer abstracción de semejante cuestión técnica, da la impresión de que esta nueva recreación del genial artista, siendo ante todo vehemente y dramática, es un poco menos escarpada que la anterior –y que la de Tate, desde luego–; también parece algo más rica en calidez, en voluptuosidad incluso, quizá también en matices expresivos; en cualquier caso, el fraseo alcanza en los momentos líricos una sensualidad embriagadora no exenta de un apreciable sabor amargo. Todo el final vuelve a alcanzar auténticas cimas de inspiración.

La orquesta está técnicamente soberbia, y sorprende que suene menos oscura que la Filarmónica de Londres; en parte esto se debe a que, aun siendo Alemania de pura cepa, la Staatskapelle de Berlín posee una luz muy particular, pero también a que el maestro en estos últimos años está restando radicalidad a sus planteamientos tanto sonoros como expresivos: no olvidemos que era él mismo quien hacía sonar oscura y poderosísima a la en principio más idiomática London Philharmonic.

Kirill Petrenko Berliner 2009

Claro que, si de orquestas hablamos, ninguna de las citadas comparable a la Filarmónica de Berlín, que sonó tan maravillosamente como siempre –no me refiero solo al conjunto, sino también a las intervenciones de sus increíbles solistas– en la filmación recogida en la Digital Concert Hall perteneciente a un concierto del 10 de mayo de 2009. El problema en esta interpretación, que he escuchado como postre antes de preparar las maletas, es Kirill Petrenko: este señor carece de una idea interpretativa propia, dista mucho en inspiración comparado con cualquiera de los colegas arriba citados, no trabaja con pinceles finos y tampoco es capaz de dotar de unidad a la partitura. Esto queda bien claro en el primer movimiento, que con el maestro ruso queda reducido a una yuxtaposición de secciones dichas con empuje más bien vulgar con otras de carácter lírico en las que tiende a la blandura, incluso a la ingravidez sonora. El segundo es muy correcto, pero la poesía no termina de remontar el vuelo. El tercero está bien, y el cuarto defrauda seriamente: nervioso, cuadriculado y dicho completamente de pasada.

Muy en resumen, para quienes se hayan saltado –resulta comprensible– esta larga parrafada: Tate resulta apasionante, tal vez genial en los dos movimientos centrales, pero su enfoque no es para toda las sensibilidades; Sir Colin Davis defrauda relativamente; Barbirolli y Barenboim triunfan sin reparos –su enfoque es más plural que el de Tate–; Petrenko solo interesa por la increíble orquesta que tiene a su disposición.

viernes, 16 de mayo de 2014

Primero de mayo de 2014 de la Filarmónica de Berlín: Barenboim, más completo que nunca

El programa de la cita anual que desde 1991 ofrece para toda Europa en directo la Filarmónica de Berlín proponía para 2014 un programa de singular atractivo: en la primera parte dos obras destinadas al gordo más célebre de la literatura shakesperiana, concretamente la obertura de Las alegres comadres de Windsor, de Nicolai, y el Falstaff de Edward Elgar, y en la segunda la Quinta Sinfonía de Tchaikovsky. Dirigía Daniel Barenboim, y el evento se celebraba en la Philharmonie de Berlín conmemorando el 50 aniversario del edificio levantado por iniciativa de Herbert von Karajan.

Intenté seguir la transmisión desde la Digital Concert Hall, pero no hubo manera: quizá por haber muchísima gente conectada, los saltos eran tan brutales que no se podía disfrutar de ninguna manera. Al final, y como los responsables de la referida plataforma todavía no han tenido la bondad de subir a la misma la copia que suelen colocar unos días después para quienes deseen ver cada uno de los eventos a posteriori, he tenido que escuchar la primera parte en la toma radiofónica –subiendo y bajando el volumen porque la compresión dinámica es brutal– y la segunda en un trasvase televisivo con imagen soberbia pero sonido muy distorsionado. ¿Resultados artísticos? Excepcionales, quizá uno de los mejores primeros de mayo de la Berliner Philharmoniker.

Barenboim DCH

¡Cómo ha cambiado el arte directorial del maestro de Buenos Aires a lo largo de las últimas décadas! O mejor dicho, cómo se ha enriquecido frente la adustez, la seriedad y el marcado sentido dramático que lo singularizaban años atrás, añadiendo ahora aspectos tales como la sensualidad, el sentido de lo “amoroso”, la chispa y, por qué no, el cachondeo. Su grabación con la Sinfónica de Chicago de la deliciosa (y mucho más que eso: genial) obertura de Nicolai, realizada por DG en la segunda mitad de los setenta y aún sin pasar a compacto, era ya una interpretación de notable nivel por su concentración, su equilibro y su admirable análisis del entramado orquestal, así como por los adecuados toques de humor grotesco con que retrataba al gordinflón en la sección central, pero resultaba también algo seria, un tanto escasa de gracia, de picardía, de descaro.

Pues bueno, justo todo eso es lo que ahora Barenboim, con la colaboración de una orquesta opulenta que sabe regodearse en los aspectos más jocosos de la página, ofrece a las mil maravillas haciendo gala, además, de un fraseo carnal, cantable a más no poder y de una belleza abrumadora, así como de un empuje dionisíaco de los que emborrachan. Con el permiso de Hans Knappertsbusch y Carlos Kleiber, más elegantes y distinguidos en su sentido del humor en sus respectivas grabaciones, geniales ambas, ¡qué maravilla esta interpretación del primero de mayo! Aquí les dejo la que hizo con la Staatskapelle de Berlín de hace unos años, que con diversos detalles distintos a la de antes y a la de ahora –Barenboim siempre cambia de una ocasión para otra, olvidando aquí e inventando allá–, anunciaba a la que comentamos en su carácter vivaz, pícaro y bullicioso, que no tanto en su sensualidad y sentido cantable.

Tres cuartos de lo mismo se puede decir del Estudio sinfónico elgariano, con el importante matiz de que aquella recreación con la Filarmónica de Londres registrada para CBS en los setenta era ya admirable. Pero lo era, sobre todo, por dotar a la obra de un elevado pathos dramático y, sobre todo, de un humor sarcástico y amargo, ofreciendo para ello un tratamiento soberbio de las maderas y sus tonalidades ocre. Contrastaba así su lectura con las sin duda soberbias de un Barbirolli o la de un Solti, este último con la misma orquesta que el argentino pero obteniendo de ella un sonido menos robusto, denso y germánico de nuestro artista, que frente a los dos citados perdía en frescura, en chispa y en picardía, pero ganaba en carácter sombrío. ¿Y ahora? Pues el amargor sigue ahí, qué duda cabe, pero atemperado por una luz maravillosa que baña toda la partitura con jovialidad, alegría, ganas de vivir y, sobre todo, una jocosidad rústica (Falstaff es un noble, sí, pero muy de pueblo) a la que no son precisamente ajenas las certerísimas intervenciones de las maderas de la Filarmónica berlinesa, llenas de recochineo; todo ello, además, con un empuje teatral, una capacidad para narrar y una solidez en la planificación encomiables. Otro portento, vaya.

La interpretación de la Quinta Sinfonía de Tchaikovsky, superior a la algo decepcionante que tenía grabada con la Sinfónica de Chicago y también más redonda que la notabilísima con la West-Eastern Divan, se caracterizaba por aunar una conmovedora cantabilidad y una enorme plasticidad en el tratamiento orquestal, sobre todo de la cuerda, con una incandescencia perfectamente controlada gracias a un dominio de la agógica incuestionable; todo ello sin renunciar a la sensualidad, a lo evocador y hasta a lo decadente bien entendido, pero alcanzando entre todos estos ingredientes un equilibrio óptimo. No se trata pues de una lectura muy personal, como pueden ser las sin duda geniales y diametralmente opuestas entre sí de Böhm y Bernstein (las de DG en ambos casos), sino de una realización de las más admirable ortodoxia en la que todos los aspectos expresivos de la obra se sintetizan con singular armonía y su desarrollo alcanza una naturalidad, una lógica y una sinceridad pasmosas. Obviamente la orquesta también tiene mucho que decir: de primerísimo orden todas las intervenciones de los solistas.

En fin, tres maravillosas muestras de cómo el arte de Barenboim, lejos de los planteamientos un tanto unidireccionales –arriesgados y discutibles, pero casi siempre reveladores– de sus primeros tiempos empuñando la batuta, se ha hecho mucho más completo hasta convertirle, merced a una técnica que obviamente también se ha ido enriqueciendo a lo largo de las últimas décadas, en uno de los más grandes directores de los últimos cien años. Esperamos impaciente sus próximas comparecencias en el podio.

Ah, quien quiera ver el concierto en su ordenador, puede hacer clic aquí y verlo en Medici TV.

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