viernes, 17 de enero de 2020

Gran concierto de la ROSS con Enrique Diemecke y Gutiérrez Arenas

Acudí ayer jueves 17 al Teatro de la Maestranza movido por el programa: Obertura para el Fausto criollo de Ginastera, Concierto para violonchelo de Elgar y Sinfonía nº 2 de Sibelius. Pero al final mereció la pena no solo por escuchar obras de semejante belleza, sino también por la labor de Enrique Arturo Diemecke (Ciudad de México, 1955), un señor al que nunca había tenido la oportunidad de escuchar y que ha resultado tener, al menos así ha querido parecerme en su comparecencia hispalense, una técnica de batuta portentosa.


Haciendo gala de una presencia en el podio muy teatral y desplegando una gestualidad tan magnética como clara y firme, el maestro mexicano logró hacer sonar a la Sinfónica de Sevilla como hacía mucho tiempo que no la escuchaba, solidísima en la cuerda y muy brillante en los metales. Lo del empaste me ha resultado especialmente notable habida cuenta de que, para “meterme” bien en la sublime parte del concierto elgariano, compré asiento en primera fila, el lugar en el que cualquier imprecisión se nota más. En cuanto a los metales, es bien sabido que suele ser la familia de la ROSS –y de la mayoría de las orquestas– que con más dificultades empasta y más expuesta al riesgo. Los de ayer parecían otros cuando –obviamente– eran los mismos de siempre, buena prueba de que la formación sevillana posee un potencial muy superior al que suele evidenciar con dos últimos titulares y con la mayoría de los invitados. Sencillamente, necesita batutas de nivel para demostrar qué es capaz de hacer.

Diemecke evidenció asimismo ser un músico cabal en sus planteamientos y comprometido en la expresión, capaz de hacer que los músicos toquen con enorme intensidad y poniendo toda la carne en el asador. Ya lo demostró en la página de Ginastera, dramática a más no poder en su arranque, concentradísima en los pasajes introvertidos y bien controlada, sin caer en el menor exhibicionismo, en los momentos en que la partitura abre paso a lo folclórico. Lo hizo igualmente en la obra de Elgar, trazada con pulso firme y decisión sin descuidar el vuelo melódico. E impartió la lección en una Segunda de Sibelius a la que acaso le faltó un poco de flexibilidad, también de sosiego a la hora de paladear determinados pasajes, y sin duda una mayor electricidad en el tercer movimiento, pero que estuvo planteada con tanto fuego como control y desde una óptica que renunció a toda blandura, a toda laxitud contemplativa y a cualquier suerte de exceso de retórica. Despojada de alharacas, construida con rigor y directa al grano. En el final Diemecke supo mezclar lo épico y lo dramático alcanzando no solo gran brillantez sonora, sino también una altísima temperatura emocional.

Imposible dejar a un lado la labor de Adolfo Gutiérrez Arenas (Múnich, 1974), violonchelista español de currículo importante cuyo bello sonido –sobre todo en el grave– y sólida técnica se ponen al servicio de la sensatez y de la musicalidad. Tiene claro lo que quiere hacer, sabe cómo conseguirlo y convence de principio a fin con una recreación en cierto modo apolínea, o al menos muy equilibrada en la expresión. No es su intención herirnos el corazón –imposible emular a Jacqueline Du Pré–, pero se mantiene muy a distancia de la languidez y de los narcisismos con que alguna otra figura del violonchelo intenta vendernos el producto: él se pone única y exclusivamente al servicio de la música. Para sorpresa de todos hubo propina con orquesta: encendida lectura de Bosques silenciosos de Dvorák. Gran concierto.

PD. La fotografía la he tomado del Facebook oficial de Diemecke.

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