sábado, 16 de enero de 2016

Dausgaard sacar el mejor partido de la Orquesta de Valencia

En la entrada anterior, a tenor de un Blu-ray con interpretaciones de Brahms, Dvorák, Sibelius y Nielsen, mostraba mis dudas acerca de las bondades interpretativas de Thomas Dausgaard, planteándome interrogantes sobre los resultados de su concierto previsto para ayer viernes 15 frente a la Orquesta de Valencia. Al final ha sido un éxito considerable, y ha quedado perfectamente explicado por qué este señor, que desde el punto de vista expresivo no tiene cosas muy interesantes que decir, ha adquirido la reputación de la que ahora goza: bajo su batuta, la formación del Turia ha sonado de manera mucho más satisfactoria de lo que suele, dejando claro que alberga un importante potencial que solo puede salir a la luz cuando se ponen a su frente maestros con una gran técnica a sus espaldas. En este sentido, bravísimo por Dausgaard y por unos músicos que supieron estar a la altura dando lo mejor de sí mismos.

Me sorprendió la obertura La bella Melusina, no lo mejor de Mendelssohn pero sí una obra de enorme belleza, porque sabiendo que el maestro danés suele interpretar este repertorio dejándose influir al menos en sus grabaciones al frente de la Orquesta de Cámara Sueca por la escuela de los instrumentos originales, esperaba una lectura de tempi rápidos y articulación historicista. Pues no: la realización de Dausgaard fue no solo por completo tradicional, sino también admirablemente certera a la hora de alcanzar ese difícil equilibrio entre ligereza, calidez, carácter bullicioso y vuelo lírico que demandan las creaciones del autor alemán. El resultado fue notabilísimo.


El solista de lujo de la velada fue Bruno Schneider, quien comenzó interpretando el hermoso Larghetto para trompa y orquesta de Emmanuel Chabrier, dirigido por Dausgaard con enorme vehemencia, haciendo gala de un legato prodigioso y de unos difuminados acongojantes, a despecho de algunos roces que apenas tuvieron importancia. Magníficamente secundado por María Rubio, solista de la propia Orquesta de Valencia, ofreció a continuación el Concierto para dos trompas atribuido a Joseph Haydn derrochando de nuevo un sonido de increíble belleza, maleable a más no poder, y una gran sensibilidad para el matiz. La batuta dirigió con aseada corrección, de nuevo en una línea tradicional sin espacio para el historicismo, en cualquier caso sin poder hacer mucho frente a una partitura según las notas al programa escritas por Rosa Solà podría ser de Michael Haydn o de Antonio Rossetti bastante escasa de verdadera inspiración. Por eso mismo, pese al enorme arte de Schneider, me aburrí un poco.

Primera sinfonía de Elgar para concluir. El recuerdo de la referencial e insuperable interpretación de Daniel Barenboim me impide expresar especial entusiasmo ante la escuchada en Valencia, pero tampoco se puede negar a Dausgaard la muy apreciable calidad de su lectura, francamente bien planificada, ajena por completo a la pesadez, la retórica vacua y los excesos victorianos, y desde luego muy hermosa, sincera, cálida y elocuente en el Adagio; como único reparo, el final del cuarto movimiento resultó en exceso lineal y se perdió un tanto de la grandeza y del carácter visionario que necesita. La orquesta, ya digo que a un nivel muy superior al que en ella es habitual, estuvo bien modelada planos sonoros, texturas por un Dausgaard que sabía perfectamente lo que se hacía. La cara de entusiasmo de los todos artistas al terminar dejaba clara la sintonía entre ellos y la satisfacción por un trabajo bien realizado.

2 comentarios:

Syncmaster dijo...

Enhorabuena por tu reseña, Fernando. Efectivamente, hemos disfrutado durante esta semana con Dausgaard, y eso que la cosa no ha sido fácil, porque la sinfonía era nueva para nosotros y no es fácil, ni de tocar, ni sobre todo, de comprender y asimilar. Dausgaard ha tenido que emplearse a fondo, y al final me gustó en el momento del concierto.
Un saludo

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Gracias a ti por perder el tiempo el leerme. Yo también he tenido problemas con alguna obra de Elgar; por ejemplo, con su concierto para violín, por demasiado largo. En la Sinfonía nº 1 me constó en su momento entrar, pero después de repetidas audiciones llegué a encontrarla interesantísima. Necesita tiempo para asimilarse. Lo importante es que el público haya descubierto la partitura: a tenor del entusiasmo al final, lo ha hecho. Un cordial saludo.