domingo, 6 de septiembre de 2015

Barenboim dirige Widmann y Tchaikovsky

Fue el propio Daniel Barenboim quien escogió para la primera parte de su programa del pasado 7 de junio frente a la Filarmónica de Berlín una obra Jörg Widmann (n. 1973), clarinetista y compositor muniqués del que confieso no haber escuchado nada hasta ahora. Partiendo de una excusa programática que su creador explica con entusiasmo en la entrevista que adjunta la Digital Concert Hall, Teufel Amor se extiende a lo largo de media hora basándose en un principio en juegos de texturas y en contrastes cromáticos antes que en melodías o ritmos, para luego ir deambulando a través de un paisaje de cierta indefinición estilística hasta llegar, cerca del final, a una sección digamos que “lírica” donde nos encontramos tan solo a un paso del adagio de la Décima de Mahler o del mundo de Alban Berg. Entre medias, hallazgos muy felices –gran sutileza en la escritura– y otros no tanto; a mí me ha costado llegar al final, y no sé si tras otras audiciones la partitura me resultaría menos aburrida.


Sexta sinfonía de Tchaikovsky en la segunda parte. Nunca me ha terminado de convencer cómo aborda Barenboim el primer movimiento de la Patética, y esta vez no ha sido una excepción: la atmósfera está muy conseguida, el fraseo ofrece una cantabilidad insuperable –lirismo tierno de Tchaikovsky plenamente conseguido– y la construcción de tensiones está realizada con una naturalidad y una lógica pasmosas, pero la ni el gran clímax central alcanza la garra, la desesperación y la fuerza telúrica de las mejores interpretaciones (¡Bernstein!), ni el arranque y el final terminan de ofrecer toda la negrura posible. Da la impresión de que el maestro quisiera reservar toda la carga trágica para el último movimiento y ver éste inicial más bien como un prólogo en el que todavía hay espacio para la confianza, la calidez humanística y la reflexión desde la distancia… ¿Otoñal? No exactamente, pero algo así.

El Allegro con grazia sí que convence por completo, en la línea habitual en el maestro de concebirlo no desde el encanto sino desde una particular mezcla de inflamación, carácter amoroso y anhelo. De nuevo aquí Barenboim canta las melodías de manera maravillosa y sabe ofrecer sensualidad, gracia, ternura y elegancia sin el más mínimo resquicio para el preciosismo, la trivialidad o la blandura, todo ello contando con la complicidad de una cuerda de belleza suprema.

El Allegro molto vivace es increíble, uno de los mejores que he escuchado: fogoso y arrollador como pocos, pero controlado minuciosamente tanto en los planos sonoros como en la gama dinámica, amén de muy certero a la hora de plantear un enfoque épico y con sentido del humor, sí, pero en absoluto retórico, ni hinchado ni triunfalista, lo que hubiera permitido enlazar mucho mejor con el final si no fuera, ay, porque muchas personas en la Philharmonie se lanza a aplaudir durante un buen rato. ¡Qué bochorno! El Adagio lamentoso, en fin, es magnífico, sin negrura extrema (de nuevo imposible olvidar a Bernstein) pero dotado de un fuego y una sinceridad demoledoras. Ni que decir tiene que la orquesta está maravillosa y que su sonido robusto, con la cuerda grave bien presente, resulta ideal para esta obra.

Ah, interesantísima la entrevista que Emmanuel Pahud realiza a Barenboim, quien se lleva todo el tiempo hablando de Furtwängler, de Karajan y, especialmente, de Evgeny Mravinsky, a quien pone por los cuernos de la luna como director en general y como intérprete de Tchaikovsky en particular.

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