martes, 29 de septiembre de 2015

El mejor director del mundo vuelve a Granada y Málaga

Ya saben de quién les hablo: Daniel Barenboim. Opinión todo lo discutible que ustedes quieran, pero que mantengo con firmeza. Para mí está clarísimo que, aun conociendo la rivalidad de determinados maestros en algunos repertorios muy concretos, no hay en la actualidad, retirado Boulez, fallecidos los Colin Davis, Maazel y compañía, ni un solo director que se le acerque al de Buenos Aires en su combinación de extensión de repertorio, inspiración musical, coherencia expresiva y riesgo interpretativo.

¿Hacemos un repaso? Muti sigue siendo un enorme director, Haitink mantiene su nivel de probada eficacia, Rattle es extraordinario para el siglo XX y Nelsons promete muchísimo. Tilson Thomas, dentro de su irregularidad, sigue haciendo algunas cosas excelentes, lo mismo que el veteranísimo Blomstedt. Y ahí pare usted de contar, porque Chailly anda con  los papeles perdidos, Mehta es más un gran artesano que otra cosa, Thielemann no le llega a la altura del betún a ninguno de los citados, y de gente como Dohnányi, Previn o Rozhdestvensky no sabemos nada desde hace tiempo.


Barenboim se encuentra, además, en el momento de mayor inspiración de su carrera, porque –lo he intentado explicar mil veces en este blog– ahora ha enriquecido su visión generalmente dramática, oscura y reflexiva de la música con unas buenas dosis de sensualidad, vuelo lírico y hasta ternura que generalmente no eran ingredientes principales de sus lecturas. Siempre ha sido un artista de extraordinaria valía, pero muchas de sus realizaciones eran discutibles por su carácter unilateral y, comprensiblemente, no siempre llegaban a los melómanos que buscaban en la música cosas muy distintas a las del argentino. Ahora la cosa ha cambiado: en la mayoría de los repertorios que aborda, que son muchísimos, difícilmente se le pueden poner reparos de tipo conceptual, como tampoco al virtuosismo de una batuta que ha convertido a una formación de segunda en una de las mejores del orbe –me refiero a la Staatspakelle de Berlín– y saca un rendimiento asombroso de una formación de jóvenes –la WEDO– que se reúne un par de veces al año.

Pues bien, ayer nos sorprendieron con la noticia de que la visita de la West-Eastern Divan a Andalucía prevista para el curso 2015-16 (recordemos que estuvo en Córdoba y Sevilla el pasado enero)  se adelanta de enero a octubre: el miércoles 28 del mes que viene actuará en el Auditorio Manuel de Falla de Granada y el día siguiente –jueves 30– hará lo propio en el Teatro Cervantes de Málaga. Los precios son los adecuados para una clase media en crisis –lo lamento por los que piensan que los precios para ver a las grandes estrellas deberían ser siempre los de Ibermúsica– y se ofrece un descuento del cincuenta por ciento para desempleados.

Lo mejor es que el programa, atención, no puede ser más atractivo. De hecho, es el que en este momento más me apetece escucharle a Barenboim: las tres últimas sinfonías de Mozart. Nada menos.

Sobre lo que este señor anda ahora –no antes: insisto en que las cosas han cambiado– haciendo con la música del genio de Salzburgo no voy a repetir lo aquí escrito en su última aparición frente a la WEDO en Sevilla, precisamente un monográfico dedicado al autor de Don Giovanni. Lo que sí diré es que, a tenor de la toma radiofónica de 2012 que recogía interpretaciones de estas tres mismas sinfonías a cargo del maestro y la Filarmónica de Viena –comenté aquí la nº 40–, mis expectativas para Granada son las más altas: sencillamente, espero escuchar realizaciones a la altura de las más grandes jamás escuchadas. Yo ya he comprado mi entrada, por supuesto.

13 comentarios:

Nemo dijo...

En efecto, no hay directores de la talla de Barenboim en activo. El panorama es desolador, y de los verdaderamente grandes solo queda él. Véase con qué se ha tenido que conformar la Filarmónica de Berlín hace poco, para sustituir a Rattle.

Eso sí, de momento hay que pensar que los directores suelen ser muy longevos, y además se mantienen activos hasta muy tarde, por lo general. Puede que alguno de los jóvenes madure rápido (Dudamel, Nelsons). Algo es algo. Esto se muere, me temo.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Personalmente espero que Barenboim y Muti, no demasiado viejos, duren aún muchos años. En la generación intermedia, Rattle puede dar mucho juego aún pero no creo que madure lo suficiente como para ser un gran intérprete del repertorio del XIX (habrá que ver su inminente nuevo ciclo en Berlín). Las mayores satisfacciones quizá vengan por parte de Nelsons, aunque el tremendamente irregular Dudamel, que oscila con facilidad entre lo hortera y lo genial, podría darnos una sorpresa. Pero sí, algo se muere.

Javier dijo...

Yo no considero a Barenboim el mejor director del mundo, aunque entiendo perfectamente que lo veas así, Fernando. En mi opinión no hay nadie que destaque sobre los demás, los grandes directores del pasado son ya historia. Claro que tampoco soy uno de esos anti que no ven nada de valor en su figura. En mi caso su visión músical no conecta conmigo, esto ha sido así desde siempre, además su forma de dirigir me resulta desagradable. Pero en su favor puedo decir que descubrí la séptima de Bruckner gracias a su grabación con la Filarmónica de Berlín y que ha sido una de las ocasiones en que más he disfrutado en mi vida oyendo una obra por primera vez. Curiosamente no he vuelto a escucharla, quizá por miedo a que no supere mis expectativas.

En cuanto a los directores de la actualidad, yo no me olvidaría de Seiji Ozawa aunque éste también está semi-retirado, y también Salonen.

voyevoda dijo...

Yo no desdeñaría la figura de Mariss Jansons que es un director también de amplio repertorio y sobrada valía.

Bruno dijo...

Yo creo que lo que hay que investigar es la razón de ese tipo de agotamiento musical. Ciertamente en los albores de la música en microsurco, cuando se empezaron a conocer masivamente las posibilidades de la interpretación, se reconocieron a muchos muy talentudos maestros. Esa variedad y nivel no existen ahora.
Se me ocurren varias razones aunque seguro que hay más.
La cantidad de grabaciones que han explorado casi todas las posibilidades de las obras del repertorio. En su totalidad o por partes. Nótese que digo casi todas. Cabe la posibilidad de que nos den algo nuevo.
El miedo al error. Tanto a la literalidad de lo escrito como a la producción del sonido. Se interpreta con cautela. Como torear a un toro mecánico. Al contrario: el miedo a que te llamen arbitrario. El único que se lo saltó fué Celibidache. Que yo recuerde.
Seguramente la falta de ensayos para dar un carácter personal al concierto.

Baremboin toca muy bien ahora. Como bastantes de los que se nos han ido.
Quedan muchos que me gustan. Pero realmente no innovan. Es que eso es muy difícil. Pero recrean bien la obra, que no es moco de pavo.
Lo que le escucho a Barenboin, mas que personal, es que son versiones muy pensadas, sin gangas. Muy coherentes de principio a fin. Intensas y musicales. Lo que se pide a un buen concierto.

Nemo dijo...

Son muchos los factores, creo, que afectan a este lento agotamiento de la música clásica tal y como la conocemos.

La música clásica fue una música solo marginalmente popular, en su formato orquestal y operístico, durante el siglo XX. La competencia del ocio doméstico (radio, TV) y del ocio con grandes economías de escala antes (el cine), fue una herida de muerte. Otra fue la no renovación de los repertorios conforme el siglo XX avanzaba, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial. Dicho de otra forma, salvo algunas excepciones, la música que se interpreta después de 1945 en los teatros y salas de conciertos es música del pasado.

Esas dos heridas de muerte quedaron ocultas por dos impulsos también posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Primero, la industria del disco. Segundo, la participación del Estado del Bienestar en la construcción de infraestructuras y en la financiación de orquesta y teatros.

Pero la industria del disco está muerta, y además, como decís, se han agotado casi todas las posibilidades del repertorio occidental que va del barroco a la mitad del siglo XX, y el resto (Renacimiento, Música Medieval, música serial) es poco digerible para un público amplio, y difícilmente interpretable con el instrumental y las salas concebidas para el repertorio romántico. En cuanto al Estado del Bienestar, también está herido, y no hay que descartar una retirada. No en Alemania, donde la música clásica puede considerarse cultura alemana en buena medida (o en Francia, o en Italia), pero sí en sitios como España, el Reino Unido o Estados Unidos. Puede que las grandes orquestas subvencionadas, las grandes salas y teatros empiecen a desaparecer poco a poco. Perderán dinero público, y asistencia y por tanto dinero privado.

En ese contexto ha de situarse todo, a lo que hay que sumar algo más. Después de la Segunda Guerra Mundial cambió profundamente la forma en que se dirigía la música clásica. No en el caso de los viejos maestros, pero sí en el de las jóvenes (entonces) estrellas de la dirección (o el canto, o los instrumentos). Estas diversificaron sus repertorios hasta extremos inconcebibles, y pasaban más tiempo en los aviones que en los teatros. Sus referencias no eran ya locales, sino mundiales (se comparaban, medían y aprendían con los discos), lo que trajo una uniformización de estilos y técnicas. Sin duda hoy hay orquestas, cantantes, instrumentistas y directores técnicamente mejores que los de hace 80 años, digamos, pero también más uniformes, más estándares. La única excepción fueron los músicos y orquestas de la Europa comunista, por razones obvias.

Barenboim es poco usual (hoy): ha dirigido a las mejores orquestas del mundo, ha trabajado con los mejores (Klemperer o Celibidache, ¡nada menos!), aunque él mismo es un músico "joven", cosmopolita por naturaleza. Por eso es especial -además, tiene un talento único- y a la vez un director con características comparables a otros de su generación o algo mayores. Pero ¿quién queda como él? Si me apuras Muti, o poco más. Por edad y experiencia vital estos dos han conocido una época más exuberante. El final de la gran era del disco. Una época en la que se les "fichaba" como estrellas, en que se despedían de los teatros con escándalos internacionales de contenido político (Bastilla, La Scala), en que podían trabajar con músicos tan grandes como ellos, músicos que a su vez habían conocido un mundo de leyenda (Klemperer, Furtwängler, Toscanini). No queda casi nadie así.

Quizás Dudamel o Nelssons puedan decir algo así cuando tengan 70 años, pero me da que para entonces no quedarán ni las ascuas.

La música que arranca a principios del XIX (conservatorios, instrumentos y salas sinfónicos, etc.), y que vivió hasta la Segunda Guerra Mundial evolucionando a gran velocidad, que sobrevivió como una pieza de museo rutilante después de 1945 gracias al disco y a los Estados opulentos, está a punto de desaparecer para siempre. Nos quedarán los discos.

Bruno dijo...

Estamos ahora en dos asuntos. Con "ese tipo de agotamiento musical" me refería mas bien a los intérpretes no tanto como a la música "culta" contemporánea.
Creo que están ligadas porque el repertorio que abordan las orquestas es muy restringido. En eso los discos han tenido una gran oportunidad. Hay mucha música en disco que no escucharemos en concierto. Sobre todo la "antigua".
Y otro asunto es el del público y el mantenimiento de la asistencia a conciertos. Perdonen que sea tan puntilloso. Es un defecto profesional "cuadricular" los problemas.
Respecto a los intérpretes puede que, en efecto, aborden un repertorio restringido. Pero yo creo que eso hay que abordarlo desde la respuesta del público.
Me imagino que habrá datos. Es muy posible que haya mas gente que escucha música que nunca. Los melómanos siempre pensamos que son pocos porque observamos que, a poco que uno se esfuerce, la música acaba gustando. Pero eso requiere aptitud natural, que no todo el mundo tiene, y actitud para dedicar tiempo y atención a la música. Nunca hubo tanta música a disposición de todos vía ordenadores...y discos, vídeos, etc. Pero el asunto es que muchos se mueren sin haber escuchado siquiera la Júpiter. Reconocerán el Partenón, quizá su estilo, qué pasó con Fidias, etc pero no habrán escuchado ni un movimiento de nada. En fin, siempre he abogado para que se enseñe en la escuela, incluído BUP. Lo que no se haga ahí... Luego, algunos son aficionados a leer, otros al cine, otros a la música...Y otros al mus. Eso pasará siempre.
Efectivamente la música ha perdido algo de contemporaneidad. Shubert tocaba para los amigos, conviviendo tranquilamente con la música de las tabernas.
Eso empezó a torcerse con los de Viena con los que hay que ser un verdadero lince para entender algo. Estremece escuchar a directores que no quieren saber nada de eso y que no les gusta la música contemporánea. Parece que la música se acabó con Messiaen o parecido. Sin embargo de vez en cuando escucho cosas actuales interesantes. Algo pasa con la programación. (Apunto que no se deberían dar conciertos monográficos de música contemporánea. Parece el getto de los snobs) La música contemporánea es interesante. En el siglo XX se ha escrito más música buena que en el XIX. Todo eso es un trozo de cultura que no se puede dejar. Aunque ya no se escribiera más música.
Para que esa gente que sale del cole dudando hay que establecer los cauces para que cultiven la afición. En el cole enseñarles a escuchar y analizar la música y despúes enseñarles a espabilarse con sus aficiones. Estoy convencido que se pueden establecer conciertos asequibles y atractivos que posibiliten el gozo de los conciertos públicos para todos. Nada de que vayan siempre los mismos. Ponga un concierto con su pareja una vez al año. Pero no esperemos que todo el mundo sea ultra. Por cierto, enhorabuena al que está escuchando la séptima esa. Tiene toda la vida por delante para disfrutarla. Ya dijo un director: Cuando interpreto la Quinta siempre pienso que hay muchos asistentes que la van a escuchar por primera vez en la vida.
Me he pasado.

Anónimo dijo...

Buenos días,

Hay un error en la fecha del concierto de Málaga. La fecha correcta es el 29 de Octubre.

Un saludo,

Nemo dijo...

 Se consume mucha música contemporánea, incluso compleja, ojo. Pero no en auditorios sinfónicos. Y no es música de Boulez o Xenakis, por más que se esfuercen en programarla.

La música para elites -por su complejidad, por el coste de su interpretación- se popularizó solo muy recientemente, gracias al disco y al apoyo estatal. Pero esa popularidad relativa es lo que está colapsando.

Siempre se podrá acceder al stock de grabaciones realizadas en el siglo XX, claro, y de forma más barata y cómoda que nunca. Pero no se interpretará en vivo tanto como en la segunda mitad del XX, ni se grabará mucho más. En ese sentido estamos asistiendo a un rápido apagado. Y es en ese contexto en el que observamos que desaparecen los grandes directores. Me parece perfectamente comprensible.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Anónimo, la fecha estaba completamente equivocada. Ya lo he corregido. ¡Muchísimas gracias, y mil perdones a las personas a las que pueda haber conducido a la confusión!

Agradezco a todos los demás sus sabrosos comentarios. Más adelante buscaré un hueco para dialogar. Hasta entonces.

Julio Salvador Belda Vaguer dijo...

Una grata noticia para Andalucía.

agustin dijo...

Pues, aparte de los citados vivos todavía, a mí me gusta mucho Paavo Järvi.

¿Colin Davis y Maazel han fallecido ya? Qué pena.
Colin Davis es un director que, cada vez que lo escucho, me gusta más (pese a ser inglés).

Saludos.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

A mí Paavo Järvi no me hace especial gracia: lo veo un poco neutro, poco expresivo.

Sir Colin Davis ha sido uno de los grandes, qué duda cabe. Y Maazel más aún... cuando le daba la gana, que era solo de vez en cuando. Un saludo.