jueves, 17 de septiembre de 2015

Segundos Gurrelieder de Rattle

Sir Simon Rattle ya había grabado los Gurrelieder al frente de la Filarmónica de Berlín: fue en septiembre de 2011 para el sello EMI, con un elenco integrado por Thomas Moser, Karita Mattila, Anne Sophie von Otter, Philip Langridge y Thomas Quasthoff haciendo doblete como campesino y narrador. En su momento me gustó mucho, pero por falta de tiempo no he podido volver a escucharla. Si la memoria no me falla su dirección es muy parecida a la que ahora comento, nueva lectura de la compleja partitura de Arnold Schoenberg ofrecida el 27 de octubre de 2013 en la Philharmonie de la capital alemana, otra vez con la formación berlinesa y recogida por las cámaras de la Digital Concert Hall.


El maestro británico da una auténtica lección de técnica a la hora de manejar la inmensa masa orquestal y coral que tiene a su frente, haciéndola sonar con una plasticidad subyugante, con una tersura para derretirse, con una potencia perfectamente controlada cuando debe, con un colorido que oscila de maravilla desde la sedosidad impresionista hasta la incisividad del expresionismo, con un sentido de las texturas insuperable –atención al arranque de la obra, o a la intervención del narrador– y, sobre todo, con una transparencia asombrosa teniendo en cuenta la extrema dificultad para que aquí se escuche todo.

Ahora bien, desde el punto de vista interpretativo Rattle no termina de convencer en la primera parte, que le suena un punto más dulce y contemplativa de la cuenta, otoñal incluso, preocupado antes de la belleza sonora que del carácter punzante y la desazón que también tienen que anidar en las intervenciones de Valdemar y Tove. En la segunda mitad, por el contrario, Sir Simon se encuentra en su salsa: excepcional director del repertorio expresionista, su capacidad para inyectar variedad emocional, garra dramática, sentido descriptivo y comunicatividad a los pentagramas de la II Escuela de Viena termina convirtiendo la audición en una fiesta para los sentidos. Todo aquí es magnífico, desde las dolientes intervenciones de Valdemar hasta la poesía acongojante del amanecer final, pasando por los tétricos efectos del ejército fantasma y las particularmente humorística intervención del bufón. Probablemente no sea casualidad que en la entrevista que se incluía en la grabación para EMI Rattle apuntara que de la música del Klaus-Narr salen las bandas sonoras escritas por Scott Bradley, a la sazón discípulo de Schoenberg en California, para los dibujos animados de Tom y Jerry, y que precisamente este verano Rattle y los berlineses hayan interpretado una de esas partituras en su concierto anual en el Waldbühne.

El elenco vocal no es redondo. El tenor Stephen Gould pose la voz adecuada para Valdemar, pero su emisión resulta sofocada en exceso y en algún sobreagudo pasa serios apuros; expresivamente resulta correcto. Soile Isokoski me había gustado más en la versión de Salonen de 2009: aquí la voz está deteriorada tanto por arriba como por abajo, mientras que a su línea de canto le siguen faltando calidez y sensualidad. Fantástica la mezzo Karen Cargill como la paloma del bosque, francamente bien Lester Lynch encarnando al campesino y sencillamente perfecto –con retranca, pero sin pasarse de rosca– Burkhard Ulrich como el bufón. Ya retirado en su faceta de cantante –en la muy interesante entrevista que ofrece la Digital Concert Hall se explaya en las razones–, Thomas Quasthoff está fantástico en su narración. Espléndido trabajo el de los coros: Rundfunkchor Berlin, MDR Rundfunkchor Leipzig, Kor Vest Bergen y WDR Rundfunkchor Köln, todos bajo la dirección de Nicolas Fink.

Gran interpretación, a la postre, casi a la altura de las de Chailly, Mehta y Salonen, y a mi entender por encima de las de Boulez, Abbado y Jansons (la de Kubelik no la conozco, la de Sinopoli no la recuerdo). La que para Philips grabó Ozawa sigue siendo mi favorita.

Ah, la toma sonora es esta segunda interpretación de Rattle es francamente buena, pero como era de esperar tratándose de la Digital Concert Hall, no ofrece la casi imposible gama dinámica que demanda esta partitura: recomiendo subir el volumen justo cuando termina la intervención de Quasthoff para escuchar el mastodóntico final en plenitud.

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