A lo largo de los años setenta, Deutsche Grammophon realizó una serie de grabaciones en formato cuadrafónico que nunca llegaron a publicarse como tales, sino en estéreo normal y corriente. Con muy buen criterio, el sello Pentatone ha comprado los derechos de algunas de ellas y las está lanzando en Super Audio CD recuperando la cuadrafonía original.
He esperado que bajen los precios y me he hecho con dos discos: Haydn por Zuckerman, que aún no he escuchado, y este registro registrado en la Beethoven-Saal de Hannover en septiembre de 1974 en el que un Wilhelm Kempff de setenta y ocho años se enfrentaba a una serie de páginas absolutamente magistrales de Franz Liszt: el cuaderno Italia de los Años de Peregrinaje casi completo –con la clamorosa ausencia de la Sonata Dante, en absoluto adecuada para las características del pianista alemán–, la Gondoliera de Venezia e Napoli y las Deux Légendes sobre San Francisco de Asís. Cincuenta y siete minutos en total de una música rebosante de la más exquisita poesía.
Siempre en mi equipo de música de calidad media, capaz de reproducir SACD con sonido surround, he comparado este disco con la última remasterización de DG, la realizada para la serie The Originals. Pues bien, la edición de Pentatone mejora de manera no espectacular pero sí muy considerable el sonido de aquélla. Sigue habiendo soplido de fondo y un punto de distorsión tímbrica, algo inevitable en un registro de los años setenta –DDD, afirma Pentatone no sé con qué fundamento–, pero se ha ganado en limpieza, en relieve y en presencia sonora, por no hablar de la potencia del registro grave fundamental en momentos muy contados pero decisivos de estas páginas lisztianas. El sonido ahora tiene más cuerpo y más naturalidad, además de resultar muy confortable al oído. Los canales traseros, lejos de buscar espectacularidad, se limitan a recoger el sonido de la sala aportando ambiente y tridimensionalidad. Una delicia para audiófilos.
De las interpretaciones poco puedo decir: concentración, efusividad poética, delicadeza bien entendida, sensualidad y un fraseo tan flexible como lleno de cantabilidad son las cualidades que el anciano maestro derrocha en estas interpretaciones marcadamente apolíneas, y por ende complementarias a las más vigorosas de un Barenboim o más ricas en concepto de un Arrau, pero en cualquier caso excepcionales. Se le pueden poner pegas a los trinos de Kempff, no del todo ágil de dedos, pero lo cierto es que aun así les suenan con naturalidad, no de manera mecánica, y con ellos consigue evocar de maravilla las irisaciones del agua en la Gondoliera (¡qué maravilla!) o el gorjeo de los pájaros en la predicación de San Francisco. Lo dicho, un disco admirable por todo.
Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
jueves, 1 de octubre de 2015
martes, 29 de septiembre de 2015
El mejor director del mundo vuelve a Granada y Málaga
Ya saben de quién les hablo: Daniel Barenboim. Opinión todo lo discutible que ustedes quieran, pero que mantengo con firmeza. Para mí está clarísimo que, aun conociendo la rivalidad de determinados maestros en algunos repertorios muy concretos, no hay en la actualidad, retirado Boulez, fallecidos los Colin Davis, Maazel y compañía, ni un solo director que se le acerque al de Buenos Aires en su combinación de extensión de repertorio, inspiración musical, coherencia expresiva y riesgo interpretativo.
¿Hacemos un repaso? Muti sigue siendo un enorme director, Haitink mantiene su nivel de probada eficacia, Rattle es extraordinario para el siglo XX y Nelsons promete muchísimo. Tilson Thomas, dentro de su irregularidad, sigue haciendo algunas cosas excelentes, lo mismo que el veteranísimo Blomstedt. Y ahí pare usted de contar, porque Chailly anda con los papeles perdidos, Mehta es más un gran artesano que otra cosa, Thielemann no le llega a la altura del betún a ninguno de los citados, y de gente como Dohnányi, Previn o Rozhdestvensky no sabemos nada desde hace tiempo.
Barenboim se encuentra, además, en el momento de mayor inspiración de su carrera, porque –lo he intentado explicar mil veces en este blog– ahora ha enriquecido su visión generalmente dramática, oscura y reflexiva de la música con unas buenas dosis de sensualidad, vuelo lírico y hasta ternura que generalmente no eran ingredientes principales de sus lecturas. Siempre ha sido un artista de extraordinaria valía, pero muchas de sus realizaciones eran discutibles por su carácter unilateral y, comprensiblemente, no siempre llegaban a los melómanos que buscaban en la música cosas muy distintas a las del argentino. Ahora la cosa ha cambiado: en la mayoría de los repertorios que aborda, que son muchísimos, difícilmente se le pueden poner reparos de tipo conceptual, como tampoco al virtuosismo de una batuta que ha convertido a una formación de segunda en una de las mejores del orbe –me refiero a la Staatspakelle de Berlín– y saca un rendimiento asombroso de una formación de jóvenes –la WEDO– que se reúne un par de veces al año.
Pues bien, ayer nos sorprendieron con la noticia de que la visita de la West-Eastern Divan a Andalucía prevista para el curso 2015-16 (recordemos que estuvo en Córdoba y Sevilla el pasado enero) se adelanta de enero a octubre: el miércoles 28 del mes que viene actuará en el Auditorio Manuel de Falla de Granada y el día siguiente –jueves 30– hará lo propio en el Teatro Cervantes de Málaga. Los precios son los adecuados para una clase media en crisis –lo lamento por los que piensan que los precios para ver a las grandes estrellas deberían ser siempre los de Ibermúsica– y se ofrece un descuento del cincuenta por ciento para desempleados.
Lo mejor es que el programa, atención, no puede ser más atractivo. De hecho, es el que en este momento más me apetece escucharle a Barenboim: las tres últimas sinfonías de Mozart. Nada menos.
Sobre lo que este señor anda ahora –no antes: insisto en que las cosas han cambiado– haciendo con la música del genio de Salzburgo no voy a repetir lo aquí escrito en su última aparición frente a la WEDO en Sevilla, precisamente un monográfico dedicado al autor de Don Giovanni. Lo que sí diré es que, a tenor de la toma radiofónica de 2012 que recogía interpretaciones de estas tres mismas sinfonías a cargo del maestro y la Filarmónica de Viena –comenté aquí la nº 40–, mis expectativas para Granada son las más altas: sencillamente, espero escuchar realizaciones a la altura de las más grandes jamás escuchadas. Yo ya he comprado mi entrada, por supuesto.
¿Hacemos un repaso? Muti sigue siendo un enorme director, Haitink mantiene su nivel de probada eficacia, Rattle es extraordinario para el siglo XX y Nelsons promete muchísimo. Tilson Thomas, dentro de su irregularidad, sigue haciendo algunas cosas excelentes, lo mismo que el veteranísimo Blomstedt. Y ahí pare usted de contar, porque Chailly anda con los papeles perdidos, Mehta es más un gran artesano que otra cosa, Thielemann no le llega a la altura del betún a ninguno de los citados, y de gente como Dohnányi, Previn o Rozhdestvensky no sabemos nada desde hace tiempo.
Barenboim se encuentra, además, en el momento de mayor inspiración de su carrera, porque –lo he intentado explicar mil veces en este blog– ahora ha enriquecido su visión generalmente dramática, oscura y reflexiva de la música con unas buenas dosis de sensualidad, vuelo lírico y hasta ternura que generalmente no eran ingredientes principales de sus lecturas. Siempre ha sido un artista de extraordinaria valía, pero muchas de sus realizaciones eran discutibles por su carácter unilateral y, comprensiblemente, no siempre llegaban a los melómanos que buscaban en la música cosas muy distintas a las del argentino. Ahora la cosa ha cambiado: en la mayoría de los repertorios que aborda, que son muchísimos, difícilmente se le pueden poner reparos de tipo conceptual, como tampoco al virtuosismo de una batuta que ha convertido a una formación de segunda en una de las mejores del orbe –me refiero a la Staatspakelle de Berlín– y saca un rendimiento asombroso de una formación de jóvenes –la WEDO– que se reúne un par de veces al año.
Pues bien, ayer nos sorprendieron con la noticia de que la visita de la West-Eastern Divan a Andalucía prevista para el curso 2015-16 (recordemos que estuvo en Córdoba y Sevilla el pasado enero) se adelanta de enero a octubre: el miércoles 28 del mes que viene actuará en el Auditorio Manuel de Falla de Granada y el día siguiente –jueves 30– hará lo propio en el Teatro Cervantes de Málaga. Los precios son los adecuados para una clase media en crisis –lo lamento por los que piensan que los precios para ver a las grandes estrellas deberían ser siempre los de Ibermúsica– y se ofrece un descuento del cincuenta por ciento para desempleados.
Lo mejor es que el programa, atención, no puede ser más atractivo. De hecho, es el que en este momento más me apetece escucharle a Barenboim: las tres últimas sinfonías de Mozart. Nada menos.
Sobre lo que este señor anda ahora –no antes: insisto en que las cosas han cambiado– haciendo con la música del genio de Salzburgo no voy a repetir lo aquí escrito en su última aparición frente a la WEDO en Sevilla, precisamente un monográfico dedicado al autor de Don Giovanni. Lo que sí diré es que, a tenor de la toma radiofónica de 2012 que recogía interpretaciones de estas tres mismas sinfonías a cargo del maestro y la Filarmónica de Viena –comenté aquí la nº 40–, mis expectativas para Granada son las más altas: sencillamente, espero escuchar realizaciones a la altura de las más grandes jamás escuchadas. Yo ya he comprado mi entrada, por supuesto.
Cutrez valenciana, o la resurrección de los muertos
Está fatal la cosa en Valencia: mientras el Palau de Les Arts hace lo que puede con un presupuesto menguadísimo y viéndolas venir, aunque contentando a los políticos de turno con una buena nómina de directores valencianos, el Palau de la Música le recorta el sueldo a Yaron Traub, elimina conciertos ya programados y sustituye algunos de los directores previstos, según información que publica El País.
Decididamente, la música clásica no está entre las prioridades del nuevo ayuntamiento y la nueva Generalitat. Sí, ya sé que a los del Partido Popular la música también les importaba un pito y lo que buscaban era el puro lucimiento a costa de derrochar millones, pero lo cierto es el panorama se presenta aún más negro que antes. Estos presuntos progres saldrán con lo mismo sus predecesores: que si hay hospitales sin presupuesto no hay dinero para lujos musicales, y tal. Pues vale. Verán ustedes cómo dedican un buen pellizco a eso de la inmersión lingüística.
Claro que no es lo de los recortes lo que me más ha llamado la atención de la noticia, sino el anuncio de que uno de los directores invitados para la nueva temporada de la orquesta de Valencia es Walter Weller. ¡Señores, que el maestro vienés FALLECIÓ EL PASADO JUNIO! También se echan de menos en la programación disponible en la web otros nombres que sí aparecen en la lista de la noticia del El País, que muy probablemente recoge la nota de prensa suministrada por el Palau. Parece claro alguien en el departamento de comunicación de la casa no tiene ni puñetera idea de lo que está haciendo. Qué cutrez, cielo santo.
Decididamente, la música clásica no está entre las prioridades del nuevo ayuntamiento y la nueva Generalitat. Sí, ya sé que a los del Partido Popular la música también les importaba un pito y lo que buscaban era el puro lucimiento a costa de derrochar millones, pero lo cierto es el panorama se presenta aún más negro que antes. Estos presuntos progres saldrán con lo mismo sus predecesores: que si hay hospitales sin presupuesto no hay dinero para lujos musicales, y tal. Pues vale. Verán ustedes cómo dedican un buen pellizco a eso de la inmersión lingüística.
Claro que no es lo de los recortes lo que me más ha llamado la atención de la noticia, sino el anuncio de que uno de los directores invitados para la nueva temporada de la orquesta de Valencia es Walter Weller. ¡Señores, que el maestro vienés FALLECIÓ EL PASADO JUNIO! También se echan de menos en la programación disponible en la web otros nombres que sí aparecen en la lista de la noticia del El País, que muy probablemente recoge la nota de prensa suministrada por el Palau. Parece claro alguien en el departamento de comunicación de la casa no tiene ni puñetera idea de lo que está haciendo. Qué cutrez, cielo santo.
domingo, 27 de septiembre de 2015
Dos versiones excepcionales de la Sinfonía Manfredo: Muti y Maazel
Desde el pasado jueves vuelvo a tener por fin conexión ADSL en mi domicilio de la sierra segureña, lo que significa que alguna vez que otra podré prescindir de las entradas automáticas para escribir con un poco más de inmediatez sobre lo que escucho. Por ejemplo, las dos versiones que he disfrutado esta misma mañana de la Sinfonía Manfredo de Tchaikovsky, ciertamente no tan inspirada como las dos que la flanquean, Cuarta y Quinta respectivamente, pero mucho más interesante de lo que se suele decir, sobre todo si se la escucha en realizaciones de tan alta categoría como las de Riccardo Muti con la Philharmonia Orchestra y Lorin Maazel con la Filarmónica de Viena, la primera de ellas registrada en 1981 por el sello EMI y la segunda por Decca en 1971; esta última, de de advertirlo, la tengo no en el trasvase a compacto oficial sino en la descarga en HD Audio que he comprado en la página del sello HDTT, que realiza reprocesados propios que no siempre terminan de convencer.
Primero puse la de Muti: una recreación descomunal en el que el temperamento fogosísimo e hiperdramático pero no precisamente exento de cantabilidad, de sensualidad y de sentido de la atmósfera del maestro italiano, se funde con la sonoridad robusta, densa y rústica en el mejor de los sentidos de la formación británica, con resultados de sabor... ¡absoluta y sorprendentemente ruso!
Yo destacaría el fraseo firme, tenso y concentrado con que la batuta recrea la obra, cediendo siempre a la flexibilidad que exige el sentido melódico tchaikovskiano pero sin dejar de mirar hacia la acumulación de tensiones hasta llegar a clímax impactantes, así como el prodigio de un segundo movimiento que sabe ser ágil, transparente y delicado sin caer en la ligereza mal entendida ni en el preciosismo sonoro; por no hablar del carácter opresivo y oscuro del primer movimiento, del lirismo en absoluto blando del tercero y de la grandeza inmensa sin ápice de retórica en el cuarto. La toma sonora, aun adoleciendo de esa sequedad propia de las grabaciones de EMI en el desaparecido Kingsway Hall de Londres a finales de los setenta y principios de los noventa, posee una plasticidad muy notable y una gama dinámica extraordinaria, algo decisivo en una obra como la presente.
La de Maazel me ha parecido una interpretación menos rusa y más centroeuropea, perdiendo en carácter bronco, aspereza, densidad, atmósfera turbulenta y sentido opresivo con respecto a la de Muti para a cambio ofrecer un colorido más rico, un lirismo más elegante y una expresividad que, sin renunciar en modo alguno a la tensión dramática, ofrece mayor luminosidad, refinamiento y delectación sonora. Ni que decir tiene que con todo esto tiene mucho que ver la presencia de una Filarmónica de Viena que comenzaba a entrar en el mejor momento de su historia –años setenta y ochenta– y es aprovechada plenamente por un Maazel dispuesto a extraer de ella toda su increíble belleza sin caer, por ventura, en el mero hedonismo sonoro.
Por otro lado el fraseo resulta en el registro de Decca más ágil y efervescente –los tempi son considerablemente más rápidos, salvo en el segundo movimiento–, aunque eso significa al mismo tiempo algo de nerviosismo y clímax antes electrizantes, externos incluso, que dichos a través de la acumulación de tensiones, lo que no quita que la sección dramática final –justo antes de que intervenga el órgano– adquiera una fuerza arrolladora.
En cuanto al sonido, la remasterización en alta definición realizada por High Definition Tape Transfers resulta un punto más incisiva y descarnada de la cuenta, como es habitual en el sello, pero esto no le sienta precisamente mal a esta partitura; por otro lado, el relieve que adquieren las frecuencias graves otorgan al órgano una presencia abrumadora que multiplica el impacto de la sección conclusiva.
¿Con cuál de las dos me quedo? Personalmente sintonizo sobre todo con la lectura mucho más lúgubre, opresiva y nihilista de Muti, pero encuentro la de Maazel necesaria para tener una visión mucho más completa de las posibilidades que encierra la obra. Recomiendo escuchar ambas. Ah, la de Muti la pillé dentro de una caja que Amazon vendía a precio ridículo hace unos días. ¡Muchas gracias por el aviso, Bruckner13!
Primero puse la de Muti: una recreación descomunal en el que el temperamento fogosísimo e hiperdramático pero no precisamente exento de cantabilidad, de sensualidad y de sentido de la atmósfera del maestro italiano, se funde con la sonoridad robusta, densa y rústica en el mejor de los sentidos de la formación británica, con resultados de sabor... ¡absoluta y sorprendentemente ruso!
Yo destacaría el fraseo firme, tenso y concentrado con que la batuta recrea la obra, cediendo siempre a la flexibilidad que exige el sentido melódico tchaikovskiano pero sin dejar de mirar hacia la acumulación de tensiones hasta llegar a clímax impactantes, así como el prodigio de un segundo movimiento que sabe ser ágil, transparente y delicado sin caer en la ligereza mal entendida ni en el preciosismo sonoro; por no hablar del carácter opresivo y oscuro del primer movimiento, del lirismo en absoluto blando del tercero y de la grandeza inmensa sin ápice de retórica en el cuarto. La toma sonora, aun adoleciendo de esa sequedad propia de las grabaciones de EMI en el desaparecido Kingsway Hall de Londres a finales de los setenta y principios de los noventa, posee una plasticidad muy notable y una gama dinámica extraordinaria, algo decisivo en una obra como la presente.
La de Maazel me ha parecido una interpretación menos rusa y más centroeuropea, perdiendo en carácter bronco, aspereza, densidad, atmósfera turbulenta y sentido opresivo con respecto a la de Muti para a cambio ofrecer un colorido más rico, un lirismo más elegante y una expresividad que, sin renunciar en modo alguno a la tensión dramática, ofrece mayor luminosidad, refinamiento y delectación sonora. Ni que decir tiene que con todo esto tiene mucho que ver la presencia de una Filarmónica de Viena que comenzaba a entrar en el mejor momento de su historia –años setenta y ochenta– y es aprovechada plenamente por un Maazel dispuesto a extraer de ella toda su increíble belleza sin caer, por ventura, en el mero hedonismo sonoro.
Por otro lado el fraseo resulta en el registro de Decca más ágil y efervescente –los tempi son considerablemente más rápidos, salvo en el segundo movimiento–, aunque eso significa al mismo tiempo algo de nerviosismo y clímax antes electrizantes, externos incluso, que dichos a través de la acumulación de tensiones, lo que no quita que la sección dramática final –justo antes de que intervenga el órgano– adquiera una fuerza arrolladora.
En cuanto al sonido, la remasterización en alta definición realizada por High Definition Tape Transfers resulta un punto más incisiva y descarnada de la cuenta, como es habitual en el sello, pero esto no le sienta precisamente mal a esta partitura; por otro lado, el relieve que adquieren las frecuencias graves otorgan al órgano una presencia abrumadora que multiplica el impacto de la sección conclusiva.
¿Con cuál de las dos me quedo? Personalmente sintonizo sobre todo con la lectura mucho más lúgubre, opresiva y nihilista de Muti, pero encuentro la de Maazel necesaria para tener una visión mucho más completa de las posibilidades que encierra la obra. Recomiendo escuchar ambas. Ah, la de Muti la pillé dentro de una caja que Amazon vendía a precio ridículo hace unos días. ¡Muchas gracias por el aviso, Bruckner13!
sábado, 26 de septiembre de 2015
¿La especialidad de Gergiev?
Suele decirse que el repertorio ruso es la especialidad de Valery Gergiev. Incluso he leído declaraciones de algún director de renombre –no recuerdo ahora mismo quién– afirmando que el director del Mariinski convence mucho en los compositores de su tierra natal y bastante menos en otros terrenos sinfónicos. No estoy de acuerdo. A mí me parece que Gergiev no solo no posee particular afinidad con el idioma de la música eslava, sino que casi siempre es un maestro vulgar y pedestre. Esto no quita que a veces ofrezca cosas de interés, pero sus aciertos no tienen que ver con la nacionalidad del compositor que tiene en los atriles, sino con las ganas que su batuta –o su mano, pues a veces dirige sin ella– le ponga al asunto. Léase el tiempo que le dedique –es conocido su desinterés por los ensayos– y la inspiración que le venga de las alturas.
Como ejemplo de las referidas desigualdades, traigo este disco del sello de la Sinfónica de Londres que recoge los resultados de los conciertos ofrecidos los días 7 y 8 de mayo de 2009 con obras de Rachmaninov y Stravinsky en los atriles: las Danzas sinfónicas y la Sinfonía en tres movimientos respectivamente. En teoría, ambos compositores son especialidad de la casa.
La obra del primero recibe una lectura muy mediocre. Confundiendo rusticidad sonora con trazo grueso, lirismo con excesiva ensoñación, atmósfera con blandura y garra dramática con uso abusivo de la percusión, el maestro ruso fracasa estrepitosamente entregando, ya desde un arranque por completo falto de gas, una interpretación flácida y deslavazada, carente de pulso en el primer movimiento, muy caprichosa en el segundo –donde al menos, aun sin conseguirlo, intenta ser sensual– y sin unidad ni fuerza expresiva en el tercero. Interesa el carácter tétrico con que hace sonar el motivo religioso cerca del final de la obra, pero ya es demasiado tarde: el aburrimiento ha ganado la partida. En mi comparativa sobre esta genial partitura que son las Danzas sinfónicas ya dije cuáles son mis versiones favoritas. A la hora de puntuarla del uno al diez, a esta de Gergiev le pondría un cinco.
Mucho mejor la Sinfonía en tres movimientos: aunque no haga uso precisamente de pinceles muy finos, aquí hay que apreciar cómo Gergiev sabe ofrecer rusticidad bien entendida, energía y sentido del ritmo dentro de una lectura que mira en gran medida hacia Le Sacre, teniendo en cuenta no solo la brutalidad sonora sino también la atmósfera turbulenta y el carácter opresivo del genial ballet stravinskiano. Hay interpretaciones más satisfactorias –la de Rattle, por ejemplo-, pero esta está muy bien.
¿Merece la pena el disco, pues, habida cuenta de los buenos resultados del Stravinsky? Teniendo en cuenta que los ingenieros de sonido de LSO Live vuelven a fracasar con la acústica del Barbican Hall, incluso escuchando el audio en HD, yo diría que no. En cuanto a Gergiev, para qué insistir. Un mediocre con algunas cosas buenas, nada más.
Como ejemplo de las referidas desigualdades, traigo este disco del sello de la Sinfónica de Londres que recoge los resultados de los conciertos ofrecidos los días 7 y 8 de mayo de 2009 con obras de Rachmaninov y Stravinsky en los atriles: las Danzas sinfónicas y la Sinfonía en tres movimientos respectivamente. En teoría, ambos compositores son especialidad de la casa.
La obra del primero recibe una lectura muy mediocre. Confundiendo rusticidad sonora con trazo grueso, lirismo con excesiva ensoñación, atmósfera con blandura y garra dramática con uso abusivo de la percusión, el maestro ruso fracasa estrepitosamente entregando, ya desde un arranque por completo falto de gas, una interpretación flácida y deslavazada, carente de pulso en el primer movimiento, muy caprichosa en el segundo –donde al menos, aun sin conseguirlo, intenta ser sensual– y sin unidad ni fuerza expresiva en el tercero. Interesa el carácter tétrico con que hace sonar el motivo religioso cerca del final de la obra, pero ya es demasiado tarde: el aburrimiento ha ganado la partida. En mi comparativa sobre esta genial partitura que son las Danzas sinfónicas ya dije cuáles son mis versiones favoritas. A la hora de puntuarla del uno al diez, a esta de Gergiev le pondría un cinco.
Mucho mejor la Sinfonía en tres movimientos: aunque no haga uso precisamente de pinceles muy finos, aquí hay que apreciar cómo Gergiev sabe ofrecer rusticidad bien entendida, energía y sentido del ritmo dentro de una lectura que mira en gran medida hacia Le Sacre, teniendo en cuenta no solo la brutalidad sonora sino también la atmósfera turbulenta y el carácter opresivo del genial ballet stravinskiano. Hay interpretaciones más satisfactorias –la de Rattle, por ejemplo-, pero esta está muy bien.
¿Merece la pena el disco, pues, habida cuenta de los buenos resultados del Stravinsky? Teniendo en cuenta que los ingenieros de sonido de LSO Live vuelven a fracasar con la acústica del Barbican Hall, incluso escuchando el audio en HD, yo diría que no. En cuanto a Gergiev, para qué insistir. Un mediocre con algunas cosas buenas, nada más.
sábado, 19 de septiembre de 2015
Zinman y Blomsted frente a la Quinta de Nielsen
Las podrán ser odiosas, pero en ocasiones son también reveladoras. Comparemos si no cómo hacen la Quinta sinfonía de Carl Nielsen (ya saben, “la sintonía de la Guerra del Golfo” desde que fue utilizada por Televisión Española) dos maestros norteamericanos de avanzada edad, David Zinman (Nueva York, 1936) y Herbert Blomstedt (Springfield, Massachussets, 1927) frente a la Filarmónica de Berlín, en sendos conciertos filmados por la Digital Concert Hall, el primero de ellos el 15 de enero de 2011 y el segundo el 25 de mayo de 2013.
La de David Ziman me parece francamente floja, aunque resulta difícil determinar si es voluntad del maestro neoyorquino ofrecer una interpretación distendida, sin conflictos, antes atenta a la belleza sonora que a las tensiones internas de la música, o simplemente es que su batuta resulta incapaz de inyectar electricidad, vida y sentido de los contrastes a esta página. Lo cierto es que, ya desde el principio, se aprecian una flacidez y un deslavazamiento en la arquitectura –las tensiones no se acumulan hacia los clímax: simplemente se incrementa el nivel de decibelios– que provocan que la audición se haga cuesta arriba. Eso sí, no podemos regatear que la orquesta suena igual de bien que siempre –formidables los solistas– y que la batuta se esfuerza por aclarar las texturas y ofrecer claridad, si bien ésta no sea la máxima posible en la primera fuga del segundo movimiento.
La de Blomstedt esto es otro mundo. Aquí hay vida, color, variedad anímica y, sobre todo, mucha intensidad expresiva. El fraseo es cálido, rico en matices, certero en la incisividad de las intervenciones solistas, elocuente y humanístico en su lirismo, dramático a más no poder cuando debe aun sin necesidad de ofrecer una lectura expresionista ni desgarrada. A destacar la tremenda acumulación de tensiones en el gran clímax del primer movimiento (¡qué diferencia con Zinman!) o la grandeza abrumadora, por completo ajena a la retórica, que adquiere el final en manos del muy veterano maestro. La orquesta suena aquí con una rusticidad muy adecuada, y los solistas parecen bastante más motivados.
A destacar también que la filmación de 2013 es muy superior a la de Zinman, particularmente en vivacidad cromática, lo que nos habla de cómo ha ido mejorando la calidad técnica de las retransmisiones de la Digital Concert Hall. Lo dicho, una comparación reveladora.
La de David Ziman me parece francamente floja, aunque resulta difícil determinar si es voluntad del maestro neoyorquino ofrecer una interpretación distendida, sin conflictos, antes atenta a la belleza sonora que a las tensiones internas de la música, o simplemente es que su batuta resulta incapaz de inyectar electricidad, vida y sentido de los contrastes a esta página. Lo cierto es que, ya desde el principio, se aprecian una flacidez y un deslavazamiento en la arquitectura –las tensiones no se acumulan hacia los clímax: simplemente se incrementa el nivel de decibelios– que provocan que la audición se haga cuesta arriba. Eso sí, no podemos regatear que la orquesta suena igual de bien que siempre –formidables los solistas– y que la batuta se esfuerza por aclarar las texturas y ofrecer claridad, si bien ésta no sea la máxima posible en la primera fuga del segundo movimiento.
La de Blomstedt esto es otro mundo. Aquí hay vida, color, variedad anímica y, sobre todo, mucha intensidad expresiva. El fraseo es cálido, rico en matices, certero en la incisividad de las intervenciones solistas, elocuente y humanístico en su lirismo, dramático a más no poder cuando debe aun sin necesidad de ofrecer una lectura expresionista ni desgarrada. A destacar la tremenda acumulación de tensiones en el gran clímax del primer movimiento (¡qué diferencia con Zinman!) o la grandeza abrumadora, por completo ajena a la retórica, que adquiere el final en manos del muy veterano maestro. La orquesta suena aquí con una rusticidad muy adecuada, y los solistas parecen bastante más motivados.
A destacar también que la filmación de 2013 es muy superior a la de Zinman, particularmente en vivacidad cromática, lo que nos habla de cómo ha ido mejorando la calidad técnica de las retransmisiones de la Digital Concert Hall. Lo dicho, una comparación reveladora.
jueves, 17 de septiembre de 2015
Segundos Gurrelieder de Rattle
Sir Simon Rattle ya había grabado los Gurrelieder al frente de la Filarmónica de Berlín: fue en septiembre de 2011 para el sello EMI, con un elenco integrado por Thomas Moser, Karita Mattila, Anne Sophie von Otter, Philip Langridge y Thomas Quasthoff haciendo doblete como campesino y narrador. En su momento me gustó mucho, pero por falta de tiempo no he podido volver a escucharla. Si la memoria no me falla su dirección es muy parecida a la que ahora comento, nueva lectura de la compleja partitura de Arnold Schoenberg ofrecida el 27 de octubre de 2013 en la Philharmonie de la capital alemana, otra vez con la formación berlinesa y recogida por las cámaras de la Digital Concert Hall.
El maestro británico da una auténtica lección de técnica a la hora de manejar la inmensa masa orquestal y coral que tiene a su frente, haciéndola sonar con una plasticidad subyugante, con una tersura para derretirse, con una potencia perfectamente controlada cuando debe, con un colorido que oscila de maravilla desde la sedosidad impresionista hasta la incisividad del expresionismo, con un sentido de las texturas insuperable –atención al arranque de la obra, o a la intervención del narrador– y, sobre todo, con una transparencia asombrosa teniendo en cuenta la extrema dificultad para que aquí se escuche todo.
Ahora bien, desde el punto de vista interpretativo Rattle no termina de convencer en la primera parte, que le suena un punto más dulce y contemplativa de la cuenta, otoñal incluso, preocupado antes de la belleza sonora que del carácter punzante y la desazón que también tienen que anidar en las intervenciones de Valdemar y Tove. En la segunda mitad, por el contrario, Sir Simon se encuentra en su salsa: excepcional director del repertorio expresionista, su capacidad para inyectar variedad emocional, garra dramática, sentido descriptivo y comunicatividad a los pentagramas de la II Escuela de Viena termina convirtiendo la audición en una fiesta para los sentidos. Todo aquí es magnífico, desde las dolientes intervenciones de Valdemar hasta la poesía acongojante del amanecer final, pasando por los tétricos efectos del ejército fantasma y las particularmente humorística intervención del bufón. Probablemente no sea casualidad que en la entrevista que se incluía en la grabación para EMI Rattle apuntara que de la música del Klaus-Narr salen las bandas sonoras escritas por Scott Bradley, a la sazón discípulo de Schoenberg en California, para los dibujos animados de Tom y Jerry, y que precisamente este verano Rattle y los berlineses hayan interpretado una de esas partituras en su concierto anual en el Waldbühne.
El elenco vocal no es redondo. El tenor Stephen Gould pose la voz adecuada para Valdemar, pero su emisión resulta sofocada en exceso y en algún sobreagudo pasa serios apuros; expresivamente resulta correcto. Soile Isokoski me había gustado más en la versión de Salonen de 2009: aquí la voz está deteriorada tanto por arriba como por abajo, mientras que a su línea de canto le siguen faltando calidez y sensualidad. Fantástica la mezzo Karen Cargill como la paloma del bosque, francamente bien Lester Lynch encarnando al campesino y sencillamente perfecto –con retranca, pero sin pasarse de rosca– Burkhard Ulrich como el bufón. Ya retirado en su faceta de cantante –en la muy interesante entrevista que ofrece la Digital Concert Hall se explaya en las razones–, Thomas Quasthoff está fantástico en su narración. Espléndido trabajo el de los coros: Rundfunkchor Berlin, MDR Rundfunkchor Leipzig, Kor Vest Bergen y WDR Rundfunkchor Köln, todos bajo la dirección de Nicolas Fink.
Gran interpretación, a la postre, casi a la altura de las de Chailly, Mehta y Salonen, y a mi entender por encima de las de Boulez, Abbado y Jansons (la de Kubelik no la conozco, la de Sinopoli no la recuerdo). La que para Philips grabó Ozawa sigue siendo mi favorita.
Ah, la toma sonora es esta segunda interpretación de Rattle es francamente buena, pero como era de esperar tratándose de la Digital Concert Hall, no ofrece la casi imposible gama dinámica que demanda esta partitura: recomiendo subir el volumen justo cuando termina la intervención de Quasthoff para escuchar el mastodóntico final en plenitud.
El maestro británico da una auténtica lección de técnica a la hora de manejar la inmensa masa orquestal y coral que tiene a su frente, haciéndola sonar con una plasticidad subyugante, con una tersura para derretirse, con una potencia perfectamente controlada cuando debe, con un colorido que oscila de maravilla desde la sedosidad impresionista hasta la incisividad del expresionismo, con un sentido de las texturas insuperable –atención al arranque de la obra, o a la intervención del narrador– y, sobre todo, con una transparencia asombrosa teniendo en cuenta la extrema dificultad para que aquí se escuche todo.
Ahora bien, desde el punto de vista interpretativo Rattle no termina de convencer en la primera parte, que le suena un punto más dulce y contemplativa de la cuenta, otoñal incluso, preocupado antes de la belleza sonora que del carácter punzante y la desazón que también tienen que anidar en las intervenciones de Valdemar y Tove. En la segunda mitad, por el contrario, Sir Simon se encuentra en su salsa: excepcional director del repertorio expresionista, su capacidad para inyectar variedad emocional, garra dramática, sentido descriptivo y comunicatividad a los pentagramas de la II Escuela de Viena termina convirtiendo la audición en una fiesta para los sentidos. Todo aquí es magnífico, desde las dolientes intervenciones de Valdemar hasta la poesía acongojante del amanecer final, pasando por los tétricos efectos del ejército fantasma y las particularmente humorística intervención del bufón. Probablemente no sea casualidad que en la entrevista que se incluía en la grabación para EMI Rattle apuntara que de la música del Klaus-Narr salen las bandas sonoras escritas por Scott Bradley, a la sazón discípulo de Schoenberg en California, para los dibujos animados de Tom y Jerry, y que precisamente este verano Rattle y los berlineses hayan interpretado una de esas partituras en su concierto anual en el Waldbühne.
El elenco vocal no es redondo. El tenor Stephen Gould pose la voz adecuada para Valdemar, pero su emisión resulta sofocada en exceso y en algún sobreagudo pasa serios apuros; expresivamente resulta correcto. Soile Isokoski me había gustado más en la versión de Salonen de 2009: aquí la voz está deteriorada tanto por arriba como por abajo, mientras que a su línea de canto le siguen faltando calidez y sensualidad. Fantástica la mezzo Karen Cargill como la paloma del bosque, francamente bien Lester Lynch encarnando al campesino y sencillamente perfecto –con retranca, pero sin pasarse de rosca– Burkhard Ulrich como el bufón. Ya retirado en su faceta de cantante –en la muy interesante entrevista que ofrece la Digital Concert Hall se explaya en las razones–, Thomas Quasthoff está fantástico en su narración. Espléndido trabajo el de los coros: Rundfunkchor Berlin, MDR Rundfunkchor Leipzig, Kor Vest Bergen y WDR Rundfunkchor Köln, todos bajo la dirección de Nicolas Fink.
Gran interpretación, a la postre, casi a la altura de las de Chailly, Mehta y Salonen, y a mi entender por encima de las de Boulez, Abbado y Jansons (la de Kubelik no la conozco, la de Sinopoli no la recuerdo). La que para Philips grabó Ozawa sigue siendo mi favorita.
Ah, la toma sonora es esta segunda interpretación de Rattle es francamente buena, pero como era de esperar tratándose de la Digital Concert Hall, no ofrece la casi imposible gama dinámica que demanda esta partitura: recomiendo subir el volumen justo cuando termina la intervención de Quasthoff para escuchar el mastodóntico final en plenitud.
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