sábado, 3 de agosto de 2019

Buen Tchaikovsky de un Stokowski nonagenario

Quienes lean con cierta asiduidad este blog sabrán que detesto a Leopold Stokowski. Pues bien, por una vez voy a hablar moderadamente bien de él, comentando este registro realizado con la London Symphony Orchestra en 1974 para el sello Philips y ahora recuperado en su cuadrafonía original por Pentatone. Dos obras de Tchaikovsky para el maestro londinense: Francesca de Rimini y la Serenata para cuerdas.
 

Noventa y dos años contaba el mítico maestro cuando grabó esta Francesca. ¡Ahí es nada! Si bien la partitura le permite desplegar su enorme instinto para la teatralidad y lo espectacular, lo cierto es que se muestra en esta ocasión comedido en el mejor de los sentidos, ajeno al efectismo y al escándalo gratuito que son sus señas de identidad, desinteresado por llamar la atención –excepción hecha del golpe de gong final que se saca de la manga– y con ganas de hacer buena música. Ciertamente lo consigue, alcanzando un buen punto entre lirismo y acentos dramáticos, aunque también sea cierto que el primero se encuentra impregnado por cierta levedad, resultando dicho vuelo lírico superficial mucho antes que agónico, y que los segundos vienen dados más por el nerviosismo en el fraseo que por la planificación en las tensiones. Tampoco la claridad es la mayor posible, ni grande la riqueza de matices. A la postre, una digna interpretación sin más. La remasterización cuadrafónica ofrece un buen sonido, sin efectos especiales por detrás, pero pese a su bajísimo volumen no recoge toda la gama dinámica deseable.

Funcionan mejor las cosas en la Serenata para cuerdas, una muy notable interpretación, hermosa e irreprochablemente trazada, dicha sin la menor melifluidad y por completo ajena a tópicos. Ciertamente no ofrece la opulencia, la tersura sonora ni el entusiasmo de Karajan con la Filarmónica de Berlín, ni en modo alguno la tensión dramática de Barbirolli con la Sinfónica de Londres, pero globalmente los resultados son satisfactorios y lo serían aún más si no fuera porque el último movimiento se queda corto en vitalidad y fuerza expresiva.

jueves, 1 de agosto de 2019

Savall y las tres últimas sinfonías de Mozart

Siento una enorme admiración por Jordi Savall. Tengo una buena cantidad de discos suyos y le he escuchado bastante en directo. Casi todo lo que hace me gusta mucho, no solo como gambista y como director de conjuntos de música medieval y renacentista, sino también empuñando la batuta en el repertorio barroco: su Lully, su Rameau o su Purcell me parecen excepcionales. De ahí que me haya entristecido escuchar estas versiones de las tres últimas sinfonías de Wolfgang Amadeus Mozart registradas al frente de Le Concert des Nations en junio de 2017 y junio de 2018, editadas por su sello Alia Vox. Porque me han gustado regular, por no decir muy poco en el caso de la Sinfonía nº 39.


Ya desde el primer minuto de esta obra quedan en evidencia algunos de los problemas de esta interpretación: fraseo raquítico en la cuerda, claro desequilibrio de esta frente a los vientos y, sobre todo, unos molestísimos timbales en primer plano enturbiando el discurso y que, además, se ven realzados por una acústica reverberante –Colegiata de Cardona– inconveniente para esta música. A partir de ahí, Savall despliega energía, teatralidad y entusiasmo en todo el Allegro, pero haciendo gala de una planificación tosca, alentando toda clase de excesos, e incluso subrayando algunas líneas que no son sino relleno armónico mientras que algunas de las más importantes quedan injustamente relegadas. Claro que peor aún es el Andante con moto, dicho con ese fraseo pimpante, saltarín y frívolo de las malas interpretaciones historicistas –o influidas por el historicismo, como las de Abbado en sus últimos años–, que no se debe confundir con la articulación necesariamente ágil e incisiva que debe tener toda interpretación "históricamente informada”. Estaría bien el Menuetto dicho con rapidez –marcando el compás de tres negras en un solo movimiento de brazo, tal y como dejó claro Harnoncourt–, si no fuera una vez más por la omnipresencia de los timbales; se escuchan muy gratamente las ornamentaciones del clarinete, que hacen que la pieza suene más landler que nunca. El último movimiento, en la línea del primero.

La interpretación de la Sinfonía nº 40 es bastante menos insatisfactoria que la de la anterior, no solo porque aquí no hay timbales, sino porque Savall parece más centrado en la expresión, como también más atento al equilibrio de planos y menos volcado al exceso: el de Igualada está atento al contenido dramático de la página, pero tampoco se cuenta -venturosamente– entre los que creen que hacerlo significa caer en el nerviosismo o subrayar asperezas. Ahora bien, en una obra muy exigente en depuración y en sutilezas queda en evidencia que la orquesta, por mucho que congregue a algunos nombres importantes, no es ninguna maravilla, y que la batuta de Savall tampoco es precisamente el colmo del refinamiento. A la postre, una interpretación un tanto tosca y superficial, amén de aburrida en su maravilloso Andante, no así en un movimiento conclusivo vibrante y dicho con entusiasmo.

Más que correcto el primer movimiento de la Júpiter, con todo en su sitio y certero en lo expresivo; nos obstante, me hubiera gustado una cuerda más carnosa, de fraseo más efusivo y matizado. El problema viene con el Andante cantabile, que ni es Andante –algo más rápido de la cuenta– ni llega a ser cantabile, porque las melodías no ofrecen ese vuelo lírico ni esa mezcla tan peculiar de elegancia, sensualidad y amargor que albergan los geniales pentagramas; la articulación “H.I.P.” resultará frívola a los aficionados más tradicionales –no a mí–, y horrorizará –aquí sí que me cuento entre los afectados– en algunas soluciones que Savall podía haber adoptado con mayor moderación. Ágil e incisivo el Menuetto, quizá más nervioso de la cuenta y enturbiado por la reverberación de los timbales. En la inmensa doble fuga final el maestro vuelve a aportar vitalidad y sentido de los contrastes, acertando en la expresión luminosa que la página debe tener, pero aquí el descuido en las líneas de la polifonía –las maderas a veces pasan desapercibidas– y un cierto desaliño en el tratamiento de las masas orquestales terminan lastrando el resultado, vistoso pero un tanto primario.

De propina, la Música fúnebre masónica en la grabación de 1991 que en su momento acompañaba el Réquiem, correcta pero poco escalofriante. ¿Han escuchado ustedes a Frans Brüggen o, mejor todavía, a Karl Böhm? Pues eso. Si quieren saber algo más sobre mis gustos, ahí están mis discografías comparadas de la 39 y de la 40.

martes, 30 de julio de 2019

El Wagner apolíneo de Rafael Kubelik

¿Es posible interpretar satisfactoriamente desde una óptica mayormente apolínea la música de un compositor tan claramente dionisíaco como Richard Wagner? Rafael Kubelik logra demostrar que sí lo es, en este disco con la Filarmónica de Berlín registrado por Deutsche Grammophon en marzo de 1963, que he vuelto a escuchar después de unos cuantos años y que me ha gustado ahora más que antes.


Se abre el programa con un soberbio preludio del acto I de Meistersinger: pocos directores –o ninguno– habrán conseguido desgranar esta pieza con mayor unidad entre sus diferentes secciones con que lo hace aquí el maestro checo, que traza la arquitectura con lógica, fluidez y naturalidad aplastantes dentro de el referido enfoque apolíneo en el mejor de los sentido, “clásico” si se quiere, lo que significa ajeno al arrebato e incluso un punto distanciado, pero en todo momento lleno de fuerza y de convicción. Se podrán preferir lecturas con mayor sentido del humor, también más visionarias, pero es difícil no rendirse ante la mezcla de nobleza y grandeza ajena a toda pompa que consigue Kubelik en esta recreación, por cierto que algo envejecida en lo que a la calidad de la toma se refiere.

Naturalidad, concentración y una perfecta lógica en la arquitectura de tensiones son las principales bazas de una interpretación del preludio del acto I de Lohengrin hermosa sin el menor narcisismo, que alcanza un clímax no del todo electrizante ni emotivo, pero sí revestido de esa particular combinación, presente también en Maestros, de elegancia y retórica sin pesadez.

El Idilio de Sigfrido recibe una lectura de apreciable depuración sonora y tan tierna como serena expresividad, alcanzando momentos verdaderamente mágicos de concentración y exquisitez, sobre todo hacia el principio y hacia el final; sin embargo, está bastante menos paladeada que la que el propio Kubelik grabó en 1979 para CBS (20’28'', frente a los 18’55'' de esta), con resultados referenciales.

Tristán e Isolda para terminar. El maestro checo nos sorprende con un preludio del acto I francamente lento (12'27'') y concentrado; se encuentra dicho con la lógica constructiva que caracteriza a su Wagner, pero extrañamente, y al mismo tiempo aunque resulte una paradoja, evidencia alguna frase un punto parsimoniosa. En lo expresivo también es una interpretación singular porque, siempre alejado del arrebato y de la vehemencia, ofrece una curiosa mezcla de pesimismo y dulzura. La Liebestod, de gran depuración sonora y muy paladeada (7’39), resulta estática antes que extática, pero en cualquier caso está dicha con singlar belleza y desde una distante serenidad contemplativa. Algo así como un Wagner “de anciano director”, sin realmente serlo: Don Rafael contaba cuarenta y nueve años.

domingo, 28 de julio de 2019

Jean Martinon frente a Peter Mennin

Por fin he escuchado completo el álbum editado por RCA-Sony Classical en el que se incluyen las grabaciones de Jean Martinon al frente Sinfónica de Chicago. Pese a la relativa decepción del Ravel, notable pero inferior al que más tarde grabaría el maestro con la Orquesta de París, su adquisición me parece absolutamente recomendable. Incluso en lo visual es muy atractivo, porque reproduce las portadas originales de los vinilos.


Hace ahora tres años (¡cómo pasa el tiempo, y cuánto he tardado en escuchar la caja!) comenté el elepé dedicado a Bizet. De todos los demás he tomado notas pero, por puro estrés, me voy a limitar a escribir en este blog tan solo de un disco, grabado en 1967 con estupenda toma sonora, que me ha llamado  la atención no por cuestiones interpretativas, sino por incluir una partitura del propio maestro: su Sinfonía nº 4, "Altitudes".

Estrenada en 1965 para conmemorar el 75 aniversario de la orquesta, se trata de una obra que pone de manifiesto –ya desde un arranque que puede recordar en cierto modo a Honegger y a Messiaen– la escuela francesa de Martinon, particularmente en lo que se refiere a su mezcla de elegancia y sensibilidad tímbrica, aunque eso no supone reparos a la hora de desplegar decibelios e intensidad dramática. Por desgracia la inspiración, que toma como referencia la pasión del maestro por el alpinismo –sin tratarse una obra programática– y su fe en Dios, resulta más bien mediana. Lo más logrado es el muy sugerente Andante misterioso central, ni que decir tiene que interpretado de manera insuperable.

La otra cara del vinilo original contenía la Sinfonía nº 7 en un movimiento, "Variation Symphony", de Peter Mennin. Encargo de la orquesta de Cleveland y George Szell que conociera su estreno allá por enero de 1964, a mi juicio se trata de una obra mucho más interesante que la del propio Martinon. Su escritura virtuosística y extrovertida que busca conectar de la manera más inmediata posible con el público no muy abierto a la vanguardia que se desarrollaba en la vieja Europa no se queda en una mera fachada: aquí hay garra dramática, fuerza expresiva y sinceridad en las emociones. Martinon se vuelca en todo ello y da, junto con unos chicagoers verdaderamente formidables –no tendrían que esperar a Solti para elevarse a lo más alto–, una verdadera lección de compromiso expresivo. A la postre, el maestro triunfa mucho antes como director que en su faceta de compositor.

viernes, 26 de julio de 2019

La Sinfonía doméstica por Maazel y Mehta: The Mama & the Papa

Dos versiones de la Sinfonía doméstica de Richard Strauss: la de Mehta y la Filarmónica de Berlín grabada para CBS en 1985 y la de Lorin Maazel y la Filarmónica de Viena registrada por Deutsche Grammophon dos años atrás. Cada una de ellas adopta una perspectiva distinta para este retrato familiar hecho en música: en la primera toma protagonismo el papá, en el segundo la mamá.


La del maestro indio es una inflamadísima pero, aun así, admirablemente controlada interpretación en la que la fusión entre la sonoridad opulenta y oscura de la orquesta que aún era de Karajan y la batuta de un Mehta amante del empaste recio y poco interesado por preciosismos dan como resultado una visión en la que parece primar el carácter de un Herr Strauss particularmente viril, decidido e inflamable, por momentos muy tempestuoso, sexualmente más “avasallador” que tierno, sin menoscabo de que los otros miembros de la familia también encuentren su lugar: la batuta sabe frasear con delectación y atender a la sensualidad, el vuelo lírico y la magia poética que esta música demanda. Al estar realizada a bajo volumen, la toma ofrece la amplia gama dinámica que pide la partitura, si bien los tutti podrían sonar con un poco más de sentido espacial. Soberbia opción para conocer la obra, en cualquier caso, sin olvidarnos de la no menos impresionante lectura que los mismos intérpretes ofrecieron en 2009 y se encuentra disponible en la Digital Concert Hall.
 

En comparación con la digamos que “muy viril” visión de Mehta, con Lorin Maazel la esposa y el bebé tienen una importancia decisiva. Ternura, delicadeza, vuelo lírico y refinamiento muy bien entendido –distinción antes que decadentismo-, elementos que probablemente tienen mucho que ver con la presencia de una Filarmónica de Viena en su mejor momento, son las señas de identidad de esta lectura que, pese a lo dicho, sabe también ofrecer timbres incisivos, claroscuros dramáticos y una buena dosis de electricidad cuando debe. Por lo demás, uno no deja de asombrarse por la manera en que el maestro maneja la arquitectura, consiguiendo claridad y empaste al mismo tiempo, así como el modo en que frasea con naturalidad, cantando de maravilla las melodías y acumulando tensiones –admirable la escena de amor– con una lógica y sensualidad arrebatadoras. Lástima que la toma, realizada en vivo en la Musivkerein entre septiembre y octubre de 1983, resulte un punto más plana de la cuenta, aunque a cambio posee una enorme gama dinámica y una tímbrica muy transparente.

La cosa está clara: aunque personalmente me decanto por Mehta, hay que escuchar a los dos directores para conocer lo que puede dar de sí esta partitura.

miércoles, 24 de julio de 2019

La vida breve por Maazel y Del Monaco, en Bluy-ray

El sábado 17 de abril de 2010 (¡madre mía, cómo pasa el tiempo!) tuve la oportunidad de ver en el Palau de Les Arts de Valencia un programa doble integrado por La vida breve y Cavalleria rusticana a cargo de Lorin Maazel en lo musical y de Giancarlo del Monaco en lo escénico. Titulé mi crónica en este blog “Inspiración y pretenciosidad”, adjudicando el primer adjetivo a la interpretación del título de Mascagni y el segundo a la de Manuel de Falla. Advertí entonces que este último se filmaba esa misma noche para su edición comercializada. Hasta esta misma mañana no he podido disfrutar del Blu-ray editado por CMajor.


Resumo lo entonces escrito. Haciendo gala de tempi lentos pero sosteniendo perfectamente el pulso y sin caer en excentricidades –o sea, todo lo contrario de lo que haría un rato más tarde en Cavalleria–, un Maazel de soberbia técnica y pinceles muy finos ofrece una interpretación atmosférica, sensual y de gran hondura trágica que, amén de descubrirnos –literalmente– las maravillas que contiene la orquestación falliana, da buena cuenta de la fuerza expresiva de muchos pasajes de esta desigual pero, ahora queda claro, interesantísima partitura. La comparación con las dos realizaciones discográficas más difundidas, las de Frühbeck de Burgos y García Navarro, deja a aquellas muy atrás. La Orquesta de la Comunidad Valenciana y el Coro de la Generalitat están espléndidos.

Cristina Gallardo-Domâs, hoy desdichadamente retirada de la ópera, ofreció una sensacional recreación de Salud, muy sólida en lo vocal y de una expresividad tan intensa como sincera, sin arrebatos más o menos raciales, pero también sin caer en una excesiva fragilidad. Victoria de los Ángeles y Teresa Berganza no llegan, por diferentes motivos, a la altura de la soprano chilena. Añadamos que ahora en la filmación se puede apreciar su soberbio trabajo actoral, lleno de exigencias en una propuesta escénica que le hace estar todo el tiempo sobre las tablas, toda vez que buena parte de la acción parece desarrollarse en la mente de la protagonista.

Están bastante bien Jorge de León y Felipe Bou como Paco y el tío Salvaor, respectivamente, y mejor todavía la abuela de María Luisa Corbacho. A la cantaora Esperanza Fernández se la oye mucho mejor en la grabación que en directo, mientras que Isaac Galán logra llamar la atención en el brevísimo rol de Manuel.

El irregular Giancarlo del Monaco logra convencer plenamente con una propuesta opresiva y onírica, en buena medida conceptual, llena de ideas felices y capaz de ser personal sin atentar en ningún momento contra la dramaturgia de Carlos Fernández Shaw, bien apoyado por la inquietante luminotecnia rojiza de Wolfgang von Zoubeck, el hermoso vestuario de Jesús Ruiz y las ortodoxas coreografías de Goyo Montero, aceptando sin problemas lo "folclórico" pero sin caer en el tópico ni en lo meramente decorativo.

El Blu-ray ofrece una soberbia calidad de imagen y una toma sonora de gran calidad. Los subtítulos en castellano son apoyo importantísimo para disfrutar de un visionario a todas luces obligatorio. No se lo pierdan.

lunes, 22 de julio de 2019

La Heroica de Giulini en Los Ángeles

He repasado la Heroica beethoveniana que registró Carlo Maria Giulini al frente de la Filarmónica de Los Ángeles para Deutsche Grammophon en noviembre de 1978, esta vez en la descarga en alta resolución que, con toma sonora que ya era espléndida antes y ahora llega a deslumbrar, circula desde hace poco por la red. Confirmo mi idea inicial sobre la misma: una muy notable interpretación en la que hay cosas interesantísimas, pero globalmente no a la altura de quien fue uno de los más grandes maestros del pasado siglo.


Cierto es que la elegancia, la naturalidad y la claridad son asombrosas –revelador juego de maderas en el movimiento inicial, sin ir más lejos–, pero a mi modo de ver parte de la recreación se ve lastrada por una extraña blandura, sobre todo en el primer tema del referido Allegro con brio y, sorprendentemente, en un Scherzo dicho con elegancia y con la misma admirable depuración sonora de la que el maestro italiano hace gala a lo largo de toda la obra, pero escaso de la fuerza y de la vitalidad que necesita.

La marcha fúnebre comienza algo tristona, pero luego adquiere la suficiente elocuencia poética. Obviamente Giulini no pretende ofrecer una lectura rebelde o escarpada de esta música, sino más bien esa mezcla de dolor, reflexión y sentido humanístico, revestida de la más exquisita belleza formal y contenida por un desarrolladísimo sentido de la mesura digamos “clásica”, que caracteriza su personalidad interpretativa.

El último movimiento, expuesto con perfecta lógica y admirable transparencia, vuelve a ser antes apolíneo que dionisíaco y llega a resultar un punto distanciado, lo que no le impide a Giulini alcanzar verdadera excelsitud lírica en la variación nº 9 (¡escuchen desde 6’47’’!) y luego alcanzar enorme grandeza en la nº 10, cuya atmósfera digamos “gótica” (desde 11’23’’) también se encuentra admirablemente conseguida. La coda está llena de fuerza sin necesidad de ceder al arrebato. A la postre, y pese a los reparos antes expuestos, la interpretación hay que conocerla.

¿Mis intérpretes favoritos de la obra? Fürtwangler, Klemperer, Barbirolli, Kubelik y Barenboim.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...