jueves, 1 de agosto de 2019

Savall y las tres últimas sinfonías de Mozart

Siento una enorme admiración por Jordi Savall. Tengo una buena cantidad de discos suyos y le he escuchado bastante en directo. Casi todo lo que hace me gusta mucho, no solo como gambista y como director de conjuntos de música medieval y renacentista, sino también empuñando la batuta en el repertorio barroco: su Lully, su Rameau o su Purcell me parecen excepcionales. De ahí que me haya entristecido escuchar estas versiones de las tres últimas sinfonías de Wolfgang Amadeus Mozart registradas al frente de Le Concert des Nations en junio de 2017 y junio de 2018, editadas por su sello Alia Vox. Porque me han gustado regular, por no decir muy poco en el caso de la Sinfonía nº 39.


Ya desde el primer minuto de esta obra quedan en evidencia algunos de los problemas de esta interpretación: fraseo raquítico en la cuerda, claro desequilibrio de esta frente a los vientos y, sobre todo, unos molestísimos timbales en primer plano enturbiando el discurso y que, además, se ven realzados por una acústica reverberante –Colegiata de Cardona– inconveniente para esta música. A partir de ahí, Savall despliega energía, teatralidad y entusiasmo en todo el Allegro, pero haciendo gala de una planificación tosca, alentando toda clase de excesos, e incluso subrayando algunas líneas que no son sino relleno armónico mientras que algunas de las más importantes quedan injustamente relegadas. Claro que peor aún es el Andante con moto, dicho con ese fraseo pimpante, saltarín y frívolo de las malas interpretaciones historicistas –o influidas por el historicismo, como las de Abbado en sus últimos años–, que no se debe confundir con la articulación necesariamente ágil e incisiva que debe tener toda interpretación "históricamente informada”. Estaría bien el Menuetto dicho con rapidez –marcando el compás de tres negras en un solo movimiento de brazo, tal y como dejó claro Harnoncourt–, si no fuera una vez más por la omnipresencia de los timbales; se escuchan muy gratamente las ornamentaciones del clarinete, que hacen que la pieza suene más landler que nunca. El último movimiento, en la línea del primero.

La interpretación de la Sinfonía nº 40 es bastante menos insatisfactoria que la de la anterior, no solo porque aquí no hay timbales, sino porque Savall parece más centrado en la expresión, como también más atento al equilibrio de planos y menos volcado al exceso: el de Igualada está atento al contenido dramático de la página, pero tampoco se cuenta -venturosamente– entre los que creen que hacerlo significa caer en el nerviosismo o subrayar asperezas. Ahora bien, en una obra muy exigente en depuración y en sutilezas queda en evidencia que la orquesta, por mucho que congregue a algunos nombres importantes, no es ninguna maravilla, y que la batuta de Savall tampoco es precisamente el colmo del refinamiento. A la postre, una interpretación un tanto tosca y superficial, amén de aburrida en su maravilloso Andante, no así en un movimiento conclusivo vibrante y dicho con entusiasmo.

Más que correcto el primer movimiento de la Júpiter, con todo en su sitio y certero en lo expresivo; nos obstante, me hubiera gustado una cuerda más carnosa, de fraseo más efusivo y matizado. El problema viene con el Andante cantabile, que ni es Andante –algo más rápido de la cuenta– ni llega a ser cantabile, porque las melodías no ofrecen ese vuelo lírico ni esa mezcla tan peculiar de elegancia, sensualidad y amargor que albergan los geniales pentagramas; la articulación “H.I.P.” resultará frívola a los aficionados más tradicionales –no a mí–, y horrorizará –aquí sí que me cuento entre los afectados– en algunas soluciones que Savall podía haber adoptado con mayor moderación. Ágil e incisivo el Menuetto, quizá más nervioso de la cuenta y enturbiado por la reverberación de los timbales. En la inmensa doble fuga final el maestro vuelve a aportar vitalidad y sentido de los contrastes, acertando en la expresión luminosa que la página debe tener, pero aquí el descuido en las líneas de la polifonía –las maderas a veces pasan desapercibidas– y un cierto desaliño en el tratamiento de las masas orquestales terminan lastrando el resultado, vistoso pero un tanto primario.

De propina, la Música fúnebre masónica en la grabación de 1991 que en su momento acompañaba el Réquiem, correcta pero poco escalofriante. ¿Han escuchado ustedes a Frans Brüggen o, mejor todavía, a Karl Böhm? Pues eso. Si quieren saber algo más sobre mis gustos, ahí están mis discografías comparadas de la 39 y de la 40.

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