Enlace aquí (no he logrado insertar el vídeo). También lo pueden localizar en Spotify.
Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
miércoles, 4 de enero de 2017
No tengo palabras
¿Ven ustedes? Anoche mismo intenté explicarles cómo me desconcertaba Dudamel, un señor capaz de lo mejor y de lo peor, de lo sublime y de lo espantoso. Y esta misma mañana me encuentro con esto: el intermedio de La Boda de Luis Alonso del sevillano Gerónimo Giménez interpretado por Don Gustavo y la mismísima Filarmónica de Viena, que suena como... No, mejor lo comprueban ustedes mismos. ¡Y dejen por aquí sus comentarios! Yo no encuentro palabras, entre otras cosas porque todavía me estoy revolcando de las carcajadas. ¡Pum, pum, pum, pum!
Novena de Beethoven por Dudamel: apolínea y consoladora
Cuantas más cosas le escucho, menos comprendo a Gustavo Dudamel. No tengo nada claro qué clase de músico es. En algunas ocasiones se muestra como el más poético, inspirado y hasta genial de los directores de la más pura tradición centroeuropea, como ocurre en sus conciertos para piano de Brahms dirigiendo a Barenboim. En otras, como en la Segunda de Mahler o en la Sinfonía del Nuevo Mundo, parece querer demostrar que a vulgar, hortera y pretencioso no le gana nadie. A veces el fuego interno, el empuje y las ganas de comunicar (¡arrolladoras!) de su batuta le hacen pasar como una apisonadora, olvidando dejar cantar a la música, explicar al oyente las texturas y destilar sensualidad, algo que algunos hemos querido ver en su recientísimo Concierto de Año Nuevo. Y a veces ocurre todo lo contrario: se muestra tan apolíneo, tan equilibrado, tan cuidadoso y tan elegante que se echan de menos esa garra, ese sentido de los contrastes y esa fuerza expresiva que toda música necesita. Es lo que ha sucedido en los Cuadros de una exposición que aquí comenté, y lo que se advierte, siempre a mi entender, en esta Novena sinfonía de Beethoven registrada en Caracas en abril de 2015 editada por el propio artista –o por su orquesta, no queda muy claro–, y que probablemente es la que el diario El País piensa poner pronto en circulación.
Es esta una Novena muy hermosa. La sonoridad que extrae de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar no es la más beethoveniana de las posibles, pero sí es cálida, sensual incluso, muy equilibrada entre las diferentes familias y poseedora de cierta impronta centroeuropea que no se aprecia, por ejemplo, en las brillantísimas orquestas norteamericanas. El fraseo es amplio, noble y elocuente: a veces parece que estamos escuchando a Colin Davis. El trazo es refinado, atento a las todas las líneas instrumentales y muy cuidadoso con las dinámicas. Todo en una línea absolutamente tradicional: ni un solo guiño a la corriente historicista.
Sin embargo, falta algo. Algo que en modo alguno tuvieron o tienen todos los grandes directores de la tradición, ni siquiera la mayoría, pero sí los más grandes: esa combinación de sentido dramático, hondura filosófica y carácter visionario que convierten la audición en una experiencia mucho más allá de la mera delectación en la belleza sonora. El primer movimiento está muy correctamente planificado (¡qué bien se escuchan las figuraciones de la cuerda sin que se pierda el carácter brumoso en el arranque!), pero se echan de menos ese desgarro trágico, ese impulso desesperado que lleva hasta unos clímax abrumadores, esa sinceridad expresiva de las interpretaciones que todos tenemos en mente. Algo parecido ocurre con el Scherzo, que no suena mecánico pero sí un tanto insulso. En el Adagio molto e cantabile Dudamel se pone las pilas y destila un sentido melódico admirable, pero de nuevo algo no termina de funcionar. La sonoridad no solo es bella, sino también un punto blanda, por momentos relamida por la abundancia de portamentos. Poco a poco el maestro se va centrando, pero al llegar a los dos grandes clímax del final del movimiento, esos metales que interrogan al Más Allá no suenan con el desgarro que deben. El desesperanzado silencio que obtienen por respuesta no posee sentido dramático. No pesa.
Lo mejor esté en el Himno a la Alegría. Nada dramático, desde luego. Tampoco épico o militarista (imposible aquí olvidar los horrorres filonazis de Karajan). Simplemente luminoso, optimista, risueño. Magníficamente cantado por la cuerda y expuesto con elegancia, aunque también algo descafeinado. Con todo, hay un pasaje verdaderamente mágico, ese en el que el coro dice aquello de "¿Os postráis, millones de criaturas? ¿No presientes, oh mundo, a tu Creador?". Aquí sí, aquí Dudamel se eleva altas cotas de inspiración. Quizá porque se siente más a gusto con el trasfondo afirmativo de la interrogación que con los terrores, las inquietudes y los desafíos al Altísimo que le han precedido. Al final, la suya resulta ser una Novena consoladora. Insisto en que muy bella. Y en exceso plácida.
Ah, muy digno el cuarteto (Mariana Ortíz, J’nai Bridges, Joshua Guerrero y Soloman Howard) y bastante buena pero no óptima la toma sonora, que circula en formato de alta definición. Si pueden, escúchenla. No parece Dudamel. Mejor dicho: es otro Dudamel. Uno de los posibles.
Es esta una Novena muy hermosa. La sonoridad que extrae de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar no es la más beethoveniana de las posibles, pero sí es cálida, sensual incluso, muy equilibrada entre las diferentes familias y poseedora de cierta impronta centroeuropea que no se aprecia, por ejemplo, en las brillantísimas orquestas norteamericanas. El fraseo es amplio, noble y elocuente: a veces parece que estamos escuchando a Colin Davis. El trazo es refinado, atento a las todas las líneas instrumentales y muy cuidadoso con las dinámicas. Todo en una línea absolutamente tradicional: ni un solo guiño a la corriente historicista.
Sin embargo, falta algo. Algo que en modo alguno tuvieron o tienen todos los grandes directores de la tradición, ni siquiera la mayoría, pero sí los más grandes: esa combinación de sentido dramático, hondura filosófica y carácter visionario que convierten la audición en una experiencia mucho más allá de la mera delectación en la belleza sonora. El primer movimiento está muy correctamente planificado (¡qué bien se escuchan las figuraciones de la cuerda sin que se pierda el carácter brumoso en el arranque!), pero se echan de menos ese desgarro trágico, ese impulso desesperado que lleva hasta unos clímax abrumadores, esa sinceridad expresiva de las interpretaciones que todos tenemos en mente. Algo parecido ocurre con el Scherzo, que no suena mecánico pero sí un tanto insulso. En el Adagio molto e cantabile Dudamel se pone las pilas y destila un sentido melódico admirable, pero de nuevo algo no termina de funcionar. La sonoridad no solo es bella, sino también un punto blanda, por momentos relamida por la abundancia de portamentos. Poco a poco el maestro se va centrando, pero al llegar a los dos grandes clímax del final del movimiento, esos metales que interrogan al Más Allá no suenan con el desgarro que deben. El desesperanzado silencio que obtienen por respuesta no posee sentido dramático. No pesa.
Lo mejor esté en el Himno a la Alegría. Nada dramático, desde luego. Tampoco épico o militarista (imposible aquí olvidar los horrorres filonazis de Karajan). Simplemente luminoso, optimista, risueño. Magníficamente cantado por la cuerda y expuesto con elegancia, aunque también algo descafeinado. Con todo, hay un pasaje verdaderamente mágico, ese en el que el coro dice aquello de "¿Os postráis, millones de criaturas? ¿No presientes, oh mundo, a tu Creador?". Aquí sí, aquí Dudamel se eleva altas cotas de inspiración. Quizá porque se siente más a gusto con el trasfondo afirmativo de la interrogación que con los terrores, las inquietudes y los desafíos al Altísimo que le han precedido. Al final, la suya resulta ser una Novena consoladora. Insisto en que muy bella. Y en exceso plácida.
Ah, muy digno el cuarteto (Mariana Ortíz, J’nai Bridges, Joshua Guerrero y Soloman Howard) y bastante buena pero no óptima la toma sonora, que circula en formato de alta definición. Si pueden, escúchenla. No parece Dudamel. Mejor dicho: es otro Dudamel. Uno de los posibles.
lunes, 2 de enero de 2017
Dos discos de Valses y polcas en Berlín (y II): Fricsay
El segundo disco que comento con obras de Johann Strauss hijo –menos la Marcha
Radetzky, que es del padre– grabado en Berlín es el que editó DG en 1961 con Ferenc Fricsay al frente de la Radio-Symphonie-Orchester de la entonces capital de la RDA. La verdad es que la orquesta era por aquellas fechas una formación de mediana categoría, muy por debajo de la opulencia sonora de la Berliner Philharmoniker del CD Karajan que ya comenté. La
toma sonora, más bien distorsionada, también está lejos del ideal. Pero interpretativamente hay aquí verdaderas joyas.
La obertura del Murciélago abre el disco. Sin ser una interpretación con especial chispa ni electricidad, y pese a un vals al que le falta un punto de impulso, lo cierto es que uno no puede resistirse al fraseo insinuante, erótico por momentos, del que hace gala una batuta que paladea las melodías con delectación y juega muy bien con los rubatos y los silencios.
En la Annen-Polka de nuevo nos encontramos ante un fraseo curvilíneo e insinuante a más no poder, lo que unido a una buena dosis de empuje y decisión da como resultado una portentosa lectura que deja bien claro que la ligereza bien entendida no tiene que resultar sinónimo de preciosismo o amaneramiento. Claro que el plato fuerte del disco es un Vals del Emperador dicho con una mezcla de elegancia, lirismo y agilidad fuera de lo común, fraseado con un vuelo melódico embriagador y con un perfecto uso del rubato, hasta desembocar en una sección final mágica, de una poesía melancólica –en absoluto decadente– pocas veces escuchada.
La Polca Tris-Tras también recibe una irresistible recreación, trepidante a más no poder y con una chispa incomparable, aunque es verdad que de tanto frenesí las líneas no están del todo clarificadas. Lo que menos convence es la Marcha Radeztky, que para algunos paladares puede resultar frivolona, pimpante incluso; también sorprende de manera negativa que la orquestación no sea la habitual, sino la realizada por un tal Ertl.
Aunque ofrece una buena dosis de sensualidad y de ensoñación bien entendida, no es la del Danubio azul una interpretación dentro de la línea vienesa ortodoxa, es decir, ante todo elegante, refinada, aérea y con un grado de decadentismo; resulta más bien viril, decidida y entusiasta, diríase que carnal más que espiritual, o fogosa antes que lírica, pero en cualquier caso muy comunicativa.
Viene a continuación una Éljen a Magyar de antología, llena de brío, de humor y también del aquí necesario sabor húngaro, aportando la orquesta un punto de rusticidad que otorga un sabor muy atractivo. Cuentos de los bosques de Viena, en interpretación muy en la línea de la del Danubio azul, cierra este disco estupendo aunque difícil de encontrar. Permítanme que les dé envidia: lo pillé por 1 euro en "La metralleta". Claro que quizá ustedes lo puedan localizar en algún otro sitio...
La obertura del Murciélago abre el disco. Sin ser una interpretación con especial chispa ni electricidad, y pese a un vals al que le falta un punto de impulso, lo cierto es que uno no puede resistirse al fraseo insinuante, erótico por momentos, del que hace gala una batuta que paladea las melodías con delectación y juega muy bien con los rubatos y los silencios.
En la Annen-Polka de nuevo nos encontramos ante un fraseo curvilíneo e insinuante a más no poder, lo que unido a una buena dosis de empuje y decisión da como resultado una portentosa lectura que deja bien claro que la ligereza bien entendida no tiene que resultar sinónimo de preciosismo o amaneramiento. Claro que el plato fuerte del disco es un Vals del Emperador dicho con una mezcla de elegancia, lirismo y agilidad fuera de lo común, fraseado con un vuelo melódico embriagador y con un perfecto uso del rubato, hasta desembocar en una sección final mágica, de una poesía melancólica –en absoluto decadente– pocas veces escuchada.
La Polca Tris-Tras también recibe una irresistible recreación, trepidante a más no poder y con una chispa incomparable, aunque es verdad que de tanto frenesí las líneas no están del todo clarificadas. Lo que menos convence es la Marcha Radeztky, que para algunos paladares puede resultar frivolona, pimpante incluso; también sorprende de manera negativa que la orquestación no sea la habitual, sino la realizada por un tal Ertl.
Aunque ofrece una buena dosis de sensualidad y de ensoñación bien entendida, no es la del Danubio azul una interpretación dentro de la línea vienesa ortodoxa, es decir, ante todo elegante, refinada, aérea y con un grado de decadentismo; resulta más bien viril, decidida y entusiasta, diríase que carnal más que espiritual, o fogosa antes que lírica, pero en cualquier caso muy comunicativa.
Viene a continuación una Éljen a Magyar de antología, llena de brío, de humor y también del aquí necesario sabor húngaro, aportando la orquesta un punto de rusticidad que otorga un sabor muy atractivo. Cuentos de los bosques de Viena, en interpretación muy en la línea de la del Danubio azul, cierra este disco estupendo aunque difícil de encontrar. Permítanme que les dé envidia: lo pillé por 1 euro en "La metralleta". Claro que quizá ustedes lo puedan localizar en algún otro sitio...
domingo, 1 de enero de 2017
Dudamel ofrece el Concierto de Año Nuevo más basto
Ya desde el mismísimo arranque, con una marcha de la opereta Wiener Frauen de Lehár que sonaba a auténtica pachanga y un vals Les Patineurs de Émile Waldteufel prosaico a más no poder, quedaba bien claro que Dudamel se iba a estrellar en este Concierto de Año Nuevo de 2017. Así ha sido a entender de quien esto suscribe, particularmente en una primera parte que para mi gusto se sitúa en el nivel más bajo de la historia reciente de esta cita vienesa. En la segunda las cosas mejoraron de manera más o menos considerable, pero aun así el maestro venezolano tiene el dudoso mérito de haber firmado uno de los pocos conciertos realmente fallidos de la serie, junto con los dos que ofreciera (2011 y 2013) un vienés de pura cepa, Franz Welser-Möst, probablemente aún más mediocres que el de esta misma mañana.
¿Virtudes de Dudamel? Energía, energía a raudales. Entusiasmo, extroversión a tope, fresquísimo sentido del humor –antes rústico que suave, lo que me parece una opción muy plausible– y una enorme comunicatividad. ¿Insuficiencias? Sonoridad tosca, amazacotada, poco transparente y nada vienesa. Escasísima sutileza en el fraseo. Uso más bien parco y forzado del rubato. Desinterés absoluto por la sensualidad, la delectación melódica, la galantería y la ligereza bien entendida. Y unos arrebatos temperamentales en busca del aplauso fácil, sobre todo en las codas, que hacían sonar a la pobre Filarmónica de Viena como una banda de pueblo. Que sí, que Carlos Kleiber también corría, apostaba por lo trepidante e inyectaba una electricidad tremenda, pero lo hacía con una elegancia, una finura de trazo y un sabor vienés incuestionables. Dudamel no está por la labor. O no sabe hacerlo.
Así las cosas, quienes no hayan escuchado el concierto ya pueden imaginar que los valses fueron quienes salieron peor parados y las polcas rápidas las que, merced a la enorme energía desplegada por la batuta, consiguieron engancharnos y hasta hacernos perdonar la tosquedad generalizada de lo que se escuchaba.
Debo hacer alguna excepción. El vals Las mil y una noches me ha gustado bastante, y en El Danubio azul he encontrado ganas de hacer las cosas bien y fuerza expresiva, ya que no precisamente magia sonora. Y la salida de la luna de Las alegres comadres de Windsor, además de ser una música maravillosa, ha estado dirigida de manera formidable. Aunque claro, uno recuerda lo que en la obertura de esta ópera de Nicolai hacía el citado Kleiber exactamente con el mismo pasaje y queda bien clara la diferencia entre lo excelente y lo sublime.
En fin, el año que viene vuelve Muti. Personalmente hubiera apostado por Prêtre y Barenboim, pero seguro que el napolitano lo hará mucho mejor que el señor Dudamel, quien en cualquier caso se va a hartar de vender discos. Que le aproveche.
¿Virtudes de Dudamel? Energía, energía a raudales. Entusiasmo, extroversión a tope, fresquísimo sentido del humor –antes rústico que suave, lo que me parece una opción muy plausible– y una enorme comunicatividad. ¿Insuficiencias? Sonoridad tosca, amazacotada, poco transparente y nada vienesa. Escasísima sutileza en el fraseo. Uso más bien parco y forzado del rubato. Desinterés absoluto por la sensualidad, la delectación melódica, la galantería y la ligereza bien entendida. Y unos arrebatos temperamentales en busca del aplauso fácil, sobre todo en las codas, que hacían sonar a la pobre Filarmónica de Viena como una banda de pueblo. Que sí, que Carlos Kleiber también corría, apostaba por lo trepidante e inyectaba una electricidad tremenda, pero lo hacía con una elegancia, una finura de trazo y un sabor vienés incuestionables. Dudamel no está por la labor. O no sabe hacerlo.
Así las cosas, quienes no hayan escuchado el concierto ya pueden imaginar que los valses fueron quienes salieron peor parados y las polcas rápidas las que, merced a la enorme energía desplegada por la batuta, consiguieron engancharnos y hasta hacernos perdonar la tosquedad generalizada de lo que se escuchaba.
Debo hacer alguna excepción. El vals Las mil y una noches me ha gustado bastante, y en El Danubio azul he encontrado ganas de hacer las cosas bien y fuerza expresiva, ya que no precisamente magia sonora. Y la salida de la luna de Las alegres comadres de Windsor, además de ser una música maravillosa, ha estado dirigida de manera formidable. Aunque claro, uno recuerda lo que en la obertura de esta ópera de Nicolai hacía el citado Kleiber exactamente con el mismo pasaje y queda bien clara la diferencia entre lo excelente y lo sublime.
En fin, el año que viene vuelve Muti. Personalmente hubiera apostado por Prêtre y Barenboim, pero seguro que el napolitano lo hará mucho mejor que el señor Dudamel, quien en cualquier caso se va a hartar de vender discos. Que le aproveche.
sábado, 31 de diciembre de 2016
Dos discos de valses y polcas en Berlín (I): Karajan
Voy a comentar dos discos con obras de Johann Strauss hijo grabados con orquestas de Berlín por la Deutsche Grammophon. Uno de ellos se editó en 1961 y cuenta con Ferenc Fricsay al frente de su habitual Radio-Symphonie-Orchester Berlin; de él hablaré otro día. Ahora vamos a por el que salió al mercado en 1981 protagonizado Herbert von Karajan y su Berliner Philharmoniker bajo el título Kaiser-Walzer. Formaba parte de un tríptico con el que el maestro de Salzburgo se apuntaba rápidamente a grabar este repertorio en digital en un momento en el que ya dos conciertos de Año Nuevo, Boskovsky y Maazel, se habían grabado en este sistema. No tuvo suerte: la toma resultaba un poco confusa, aunque desde luego los ingenieros recogieron a la perfección la tremenda gama dinámica desatada por su batuta. Pero vamos a por los resultados puramente musicales.
El disco arranza con el Vals del Emperador. Uno no puede dejar de asombrarse ante la opulencia sonora desplegada, con esa cuerda grave tan característica de la Filarmónica de Berlín, ni ante la perfección con que la obra está ejecutada. Pero lo cierto es que aquí Karajan hace de las suyas: contrastes dinámicos excesivos, trompetas no ya brillantes sino marciales, un blandengue portamento en el violonchelo en el arranque de la coda, unos redobles de timbal exageradísimos en el final... Ya veremos que, aun siendo mucho menos bella en lo sonoro, la interpretación de Fricsay es muy superior.
Venturosamente, a partir de aquí el maestro destapa el tarro de las esencias y ofrece lo mejor de sí mismo. Deliciosa y con muchísimo encanto la Trisch-Trasch Polka. Esa maravilla que es Rosas del Sur recibe una interpretación que sabe mezclar sensualidad y entusiasmo, además de belleza sonora a raudales, sin dejar espacio para el decadentismo mal entendido. De antología la obertura de El Barón gitano, diseccionada al milímetro y dicha con una convicción, una fuerza, una agilidad –impresionante el vals– y también una magia digamos que zíngara verdaderamente insuperables; con la excelencia de los resultados tiene mucho que ver una cuerda grave ideal para los momentos más potentes y tempestuosos de la página, como también unas maderas que frasean de manera sublime en sus solos.
La Annen-Polka es toda una lección de coquetería y ligereza bien entendidas, aunque en su increíble Concierto de Año Nuevo de 1987 Karajan dará todavía una vuelta de tuerca más a la página. En Wein, Weib, Gesang (prefiero no traducir el machista título, que todos ustedes conocen) el maestro destila vuelo melódico, poesía y belleza sonora a manos llenas.
Queda una pieza en el programa: la celebérrima polca rápida A la caza. Suena muy flácida y desganada. También parece estar grabada a volumen mucho más bajo, sin relieve y con los micrófonos a cierta distancia. ¿Quizá las insuficiencias de la interpretación se deban en parte a los problemas de la toma?
El disco arranza con el Vals del Emperador. Uno no puede dejar de asombrarse ante la opulencia sonora desplegada, con esa cuerda grave tan característica de la Filarmónica de Berlín, ni ante la perfección con que la obra está ejecutada. Pero lo cierto es que aquí Karajan hace de las suyas: contrastes dinámicos excesivos, trompetas no ya brillantes sino marciales, un blandengue portamento en el violonchelo en el arranque de la coda, unos redobles de timbal exageradísimos en el final... Ya veremos que, aun siendo mucho menos bella en lo sonoro, la interpretación de Fricsay es muy superior.
Venturosamente, a partir de aquí el maestro destapa el tarro de las esencias y ofrece lo mejor de sí mismo. Deliciosa y con muchísimo encanto la Trisch-Trasch Polka. Esa maravilla que es Rosas del Sur recibe una interpretación que sabe mezclar sensualidad y entusiasmo, además de belleza sonora a raudales, sin dejar espacio para el decadentismo mal entendido. De antología la obertura de El Barón gitano, diseccionada al milímetro y dicha con una convicción, una fuerza, una agilidad –impresionante el vals– y también una magia digamos que zíngara verdaderamente insuperables; con la excelencia de los resultados tiene mucho que ver una cuerda grave ideal para los momentos más potentes y tempestuosos de la página, como también unas maderas que frasean de manera sublime en sus solos.
La Annen-Polka es toda una lección de coquetería y ligereza bien entendidas, aunque en su increíble Concierto de Año Nuevo de 1987 Karajan dará todavía una vuelta de tuerca más a la página. En Wein, Weib, Gesang (prefiero no traducir el machista título, que todos ustedes conocen) el maestro destila vuelo melódico, poesía y belleza sonora a manos llenas.
Queda una pieza en el programa: la celebérrima polca rápida A la caza. Suena muy flácida y desganada. También parece estar grabada a volumen mucho más bajo, sin relieve y con los micrófonos a cierta distancia. ¿Quizá las insuficiencias de la interpretación se deban en parte a los problemas de la toma?
jueves, 29 de diciembre de 2016
No volveré a la Bayerische Staatsoper
Acabo de recibir un librito con la programación del Festival de Ópera de Múnich que tendrá lugar el próximo mes de julio. Estuve en la edición anterior. No escribí nada en este blog porque terminé muy, pero que muy cabreado. ¿Culpables? El sinvergüenza de Peter Konwitschny y su compinche el director Asher Fisch, que cometieron la mayor falta de respeto que jamás he presenciado hacia un compositor clásico: le cortaron el final al Holandés Errante. Sí, exactamente lo que les estoy diciendo: pararon la partitura en seco, literalmente, sin la mayor lógica musical ni escénica, en el suicidio de Senta.
Me harté de abuchear al señor Fisch –volvería a hacerlo cuanto hiciera falta, tamaña tropelía no debe consentirse– y este me contestó con una indisimulada peineta, muy orgulloso él de apuntarse a la banda de los provocadores. Así que no pienso volver por Múnich, al menos de momento. Y le deseo al señor Fisch y a otro de los batuteros que participan esta edición, el gran fiasco de Valencia Omer Meir Wellber, al que también le gusta contestar al público –y ambos dos en su momento protegidos de Barenboim– que reciban en su carrera lo que realmente se merecen.
Me harté de abuchear al señor Fisch –volvería a hacerlo cuanto hiciera falta, tamaña tropelía no debe consentirse– y este me contestó con una indisimulada peineta, muy orgulloso él de apuntarse a la banda de los provocadores. Así que no pienso volver por Múnich, al menos de momento. Y le deseo al señor Fisch y a otro de los batuteros que participan esta edición, el gran fiasco de Valencia Omer Meir Wellber, al que también le gusta contestar al público –y ambos dos en su momento protegidos de Barenboim– que reciban en su carrera lo que realmente se merecen.
miércoles, 28 de diciembre de 2016
El Concierto de Año Nuevo de 1980
Por dos euros me compré de segunda mano un disco hoy dificilísimo de localizar: Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena de 1980, primero bajo la dirección de Lorin Maazel y también primero de los editados comercialmente por Deutsche Grammophon. ¿Y qué me he encontrado en él? Pues a un señor que rozaba la cincuentena abordando un repertorio en el que era absolutamente bisoño, pero con ganas de demostrarle al mundo que, cuando le apetecía, podía poner su técnica descomunal al servicio de la más portentosa inspiración. Y lo consiguió.
Se abre el disco con una obertura del Murciélago llena de libertades en el fraseo, por ello un tanto discutible, pero buen aperitivo antes de una Neue Pizzikato-Polka llena de gracia y con unos rubatos aplicados en su punto justo. Y es que Maazel, aun desbordando creatividad, poseía el secreto del lenguaje "de lo vienés", como demuestra a continuación en un Perpetuum mobile de auténtica antología, una mezcla de chispa, frescura, agilidad y refinamiento para quitarse el sombrero, por no hablar del absoluto virtuosismo de su batuta.
Sin ser la más inspirada interpretación posible, Wiener Blut deja bien claro cómo el maestro aborda los valses, antes con elegancia e impulso que buscando la opulencia o la rotundidad sinfónica, pero en cualquier caso destilando la más grande belleza sonora. Esto no impide que apueste por la garra y la energía cuando este repertorio lo exige, justo lo que ocurre con un Banditen-Galopp trepidante a más no poder: otra de las cimas del concierto.
Tras una refrescante y deliciosa Eingesendt, polca rápida de Josef Strauss, viene Jacques Offenbach con su obertura de Orfeo en los infiernos. ¡Qué maravilla! Toda la dirección es un prodigio de refinamiento, elegancia y poesía, pero aquí habría que destacar muy especialmente a la orquesta, con unas maderas memorables en la primera sección lenta y unos violonchelos, inconfundibles, que son para derretirse. No hay comparación entre la Wiener Philharmoniker de entonces y la de ahora. Y es que por aquella época, la más gloriosa quizá de toda su trayectoria, la dirigían un día Böhm, el otro Karajan, el siguiente Kleiber y uno más tarde Bernstein.
Vuelta a Johann Strauss II con la Marcha del Kaiser Franz Joseph I, entusiasta a más no poder, y con una Fata Morgana dicha con un fraseo melódico y embriagador. La polca rápida Loslassen! de Carl Michael Ziehrer es una pieza menor, pero dicha así, en plan festivo a tope, es una delicia. Estupendo el Danubio Azul y todavía más la Marcha Radetzky, en la que curiosamente las palmas del público sólo se incorporan al final.
¿Algo negativo? La toma sonora podría ser mejor. Y faltan muchas piezas: el disco solo dura una hora.
Sin ser la más inspirada interpretación posible, Wiener Blut deja bien claro cómo el maestro aborda los valses, antes con elegancia e impulso que buscando la opulencia o la rotundidad sinfónica, pero en cualquier caso destilando la más grande belleza sonora. Esto no impide que apueste por la garra y la energía cuando este repertorio lo exige, justo lo que ocurre con un Banditen-Galopp trepidante a más no poder: otra de las cimas del concierto.
Tras una refrescante y deliciosa Eingesendt, polca rápida de Josef Strauss, viene Jacques Offenbach con su obertura de Orfeo en los infiernos. ¡Qué maravilla! Toda la dirección es un prodigio de refinamiento, elegancia y poesía, pero aquí habría que destacar muy especialmente a la orquesta, con unas maderas memorables en la primera sección lenta y unos violonchelos, inconfundibles, que son para derretirse. No hay comparación entre la Wiener Philharmoniker de entonces y la de ahora. Y es que por aquella época, la más gloriosa quizá de toda su trayectoria, la dirigían un día Böhm, el otro Karajan, el siguiente Kleiber y uno más tarde Bernstein.
Vuelta a Johann Strauss II con la Marcha del Kaiser Franz Joseph I, entusiasta a más no poder, y con una Fata Morgana dicha con un fraseo melódico y embriagador. La polca rápida Loslassen! de Carl Michael Ziehrer es una pieza menor, pero dicha así, en plan festivo a tope, es una delicia. Estupendo el Danubio Azul y todavía más la Marcha Radetzky, en la que curiosamente las palmas del público sólo se incorporan al final.
¿Algo negativo? La toma sonora podría ser mejor. Y faltan muchas piezas: el disco solo dura una hora.
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