martes, 12 de enero de 2016

Vivaldi en el Villamarta: un concierto desigual pero necesario

De nuevo en la Sierra de Segura y ya con tiempo para escribir algo sobre el concierto que presencié el pasado viernes 8 de enero en el Teatro Villamarta de mi tierra: Joven Coro de Andalucía y Joven Orquesta Barroca de Andalucía,  todos bajo la dirección de Lluis Vilamajó, para interpretar un programa íntegramente dedicado a Vivaldi: Beatus Vir RV 598, Magníficat RV 610, Concierto para cuerdas RV 113 y, finalmente, su conocido Gloria en Re mayor RV 589, primero y más famoso de los dos que compuso el cura veneciano. Una preciosidad.

Los resultados fueron desiguales. Entiendo que en un evento de este tipo lo más importante no es que los melómanos que pagan su entrada escuche un buen concierto, sino que los jóvenes músicos tengan la oportunidad de presentarse ante el público y tocar bajo los múltiples condicionamientos que eso supone. Contar con tal oportunidad es total y absolutamente necesario para el buen desarrollo de nuestros artistas, y por ende la iniciativa hay que aplaudirla sin reservas. Ahora bien, de ahí a decir que todo fue maravilloso hay un buen trecho; no me parece que el “café para todos” sea positivo, porque más que animar al personal lo que se consigue es crear falsas expectativas y prolongar en los chavales la creencia, demasiado extendida (¡ay!) en la Enseñanza Secundaria, de que por el mero hecho de trabajar con cierta constancia ya uno se merece una alta calificación. Pues no. Porque hay gente a las que las cosas les salen mejor y otra a las que les sale bastante menos bien. Gente que ya ha desarrollado buena parte de sus capacidades y gente a la que le falta aún mucho camino por recorrer.


Realizo este prolegómeno para señalar que, a mi modo de ver, se apreció la pasada noche un fuerte desequilibrio entre las dos agrupaciones: el Joven Coro de Andalucía funcionó bien, muy bien incluso, e hizo cosas notables desde el punto de vista técnico –reguladores, por ejemplo– bajo la batuta de un señor que ha sido y es tenor y que parece dominar estupendamente el mundo de la dirección coral, pero la Joven Orquesta se movió a un nivel mucho menos satisfactorio. Tienen que trabajar más veces juntos y aprender a sonar mejor. Por la misma sala han pasado, no hace muchos años, agrupaciones corales e instrumentales especializadas en el barroco como las lideradas por Philippe Herreweghe, Robert King, Frans Brüggen, Harry Christophers, Thomas Hengelbrock o Paul McCreesh. No podemos comparar a nuestros chicos con todos estos campeones, pero tampoco podemos dejar de desear que este nivel, el máximo posible, sea su meta. Ni lanzarles los mismos elogios que los que estos se merecieron –y no siempre recibieron– en su momento por parte de un público, el jerezano, que no sabía muy bien quiénes eran esos señores.

Sobre los solistas vocales, que salían del propio coro, solo puedo decir que intentaron hacerlo lo mejor posible, a veces con resultados dignos y a veces sin conseguirlo, pero no debo dejar de añadir que hubo una mezzo que mostró buenísimas maneras sin que hubiera modo en el programa de mano de adivinar su nombre. Lástima.

Dicho esto, creo que desde el punto de vista interpretativo (¡no hablo ahora de nivel técnico, ojo!) se alcanzaron resultados muy satisfactorios gracias a la dirección del señor Vilamajó. No tenía idea de que el tenor de Jordi Savall “de toda la vida” dirigiera con regularidad. Pues sí, lo hace. Y como recreador de la música de Vivaldi, qué quieren que les diga, me parece superior a algunos de los más famosos intérpretes de la actualidad, empezando por Antonini y sus chicos –con Onofri como insufrible líder de la banda– y terminando por Ottavio Dantone. Que sí, que toda esta nueva –bueno, ya no tan nueva– oleada historicista ha aportado cosas no ya positivas sino imprescindibles para la comprensión de la figura del pretre rosso –sentido del contraste, de la teatralidad, del exceso incluso–, pero también es cierto que hemos llegado a un punto en el que se quiere ver en la música del veneciano solamente una montaña rusa de sonoridades en la que aspectos como el vuelo lírico, la sensualidad, el equilibrio, el aliento espiritual y la hondura dramática se han relegado, o al menos se han adornados de innumerables preciosismos y amaneramientos, por considerárseles, de manera un tanto estúpida, como resabios románticos. Y no es eso.

Vilamajó ha entendido plenamente este problema y lo ha abordado de la manera más sensata posible: sin renunciar al historicismo (¡faltaría más!), pero dejando a un lado locuras varias para por el contrario frasear con amplitud –nada de caer en lo pimpante– y con una cantabilidad absolutamente italiana, evitar que los imprescindibles claroscuros desequilibren el edificio musical y añadiendo pathos (sí, pathos, que no romanticismo) a manos llenas, todo ellos con un gusto exquisito y una comunicatividad contagiosa. Días antes me escuché las versiones del Gloria a cargo de Vittorio Negri y Rinaldo Alessandrini y, saben qué, el tenor catalán me ha recordado mucho antes al primero –no historicista, claro- que al segundo. Y me ha gustado tanto como él. Es decir, muchísimo.

Ah, en los dos bises –que fueron eso, bises y no propinas– los muchachos tocaron y cantaron apreciablemente mejor que antes, buena prueba de que parte de las insuficiencias técnicas apreciadas se debían sencilla y llanamente a los nervios. Y prueba también de que, por eso mismo y como dijimos antes, conciertos como éste son imprescindibles. Espero que el proyecto siga adelante cada vez con un nivel más satisfactorio.

viernes, 8 de enero de 2016

Romeo y Julieta en el Maestranza: ¡magnífica coreografía!

Acudí al Maestranza ayer jueves para presenciar –primera de las cuatro funciones previstas– el Romeo y Julieta de Prokofiev a cargo del Aalto Ballett Essen. Mi interés primordial era escuchar en directo, con la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla en el foso, la que es posiblemente una de las más grandes partituras sinfónicas del siglo XX, y desde luego una de mis obras favoritas de toda la historia de la música. Desdichadamente no me gustaron los resultados artísticos en el plano sonoro, pero sí lo hicieron en el visual:  lo que aquí se verá hasta el próximo domingo es una exquisita, hermosísima y muy emotiva coreografía de la genial creación del compositor ruso.

La fuerza de la propuesta de Ben Van Cauwenbergh radica en que, tratándose de danza clásica y no contemporánea, y desde luego haciendo gala de todos los recursos propios de la gran tradición del ballet, no hay ni una sola concesión al preciosismo ni a la exhibición vistuosística: todo está al servicio de la narración de la historia. Narración no solo argumental, sino también –y sobre todo– psicológica. Nunca he encontrado a los personajes del drama de Shakespeare tan extraordinariamente bien definidos desde el punto de vista coreográfico, tan ricos en matices expreivos, tan sinceros y tan hondos en la amplia gama de expresiones que demandan, desde la jovialidad gamberra de Romeo y sus amigos hasta la adultez sobrevenida de manera imprevista para una Julieta todavía casi infantil en el primer acto, pasando por la chulería de Teobaldo, la intransigencia de Capuleto padre y el dolor interno y las terribles contradicciones de la madre de la protagonista, que aquí adquiere un peso mucho mayor que en la mayoría de las producciones. Por no hablar de Fray Lorenzo, tantas veces representado como un anciano venerable y tratado –también por Prokofiev– con un punto de ironía: aquí es un joven atractivo que con unas hermosísimas y muy significaticas coreografías contribuye de manera decisiva a hacernos llegar las tensiones psicológicas del conflicto. Las escenas digamos "de relleno" están muy bien planteadas –espectacular la aparición de un acróbata en el segundo acto– y las de luchas de bandos callejeros se encuentran resueltas a la perfección, en absoluto encorsetadas pero sin caer en el mero descriptivismo, sino haciendo danza-danza. Lo único de lamentar desde el punto de vista coreográfico fueron los cortes inflingidos a la partitura, aunque reconozco que contribuyeron a agilizar el desarrollo de la acción.

Desde el punto de vista plástico, esta producción me ha gustado bastante. Las escenografías son escasas o sencillamente inexistentes: muchísimo mejor así que llenar el escenario de cartón-piedra que solo distrae de la esencia del drama. Magnífico el diseño de luces a cargo de Kees Tjebes. En cuanto a los bailarines, mi impresión global es que los chicos del Aalto Ballett son muy buenos, sin llegar quizá a deslumbrar. Quien menos me entusiasmó fue el Romeo de Breno Bittencourt, al que encontré un tanto soso. Sí que me gustó la Julieta de Yanelis Rodríguez, de puntas agilísimas y expresividad delicada. Se aplaudió mucho, y con razón, al Tibaldo de Moisés León Noriega, y tampoco lo hicieron nada mal Davit Jeyranyan y Wataru Shimizu como Benvolio y Mercucio respectivamente. Excelente el Padre Lorenzo de Denis Untilla y notable la nodriza –otro personaje con una relevancia muy destacada en esta producción– de Yusleimy Herrera León.

Si lo que se vio fue excelente, lo que se escuchó no resultó muy estimulante que digamos. La Sinfónica de Sevilla, despistada y sin ganas, tuvo una de las peores noches que le recuerdo: nada que ver con la actuación del otro día con Axelrod. Mi sensación es que se ensayó bastante poco (perdonen que me ponga sindical: ¿se pagó el suficiente número de horas a los músicos?). Claro que no le voy a quitar responsabilidad al joven maestro Johannes Witt –hoy viernes y el domingo le sustituye Yannis PousPourikas–, quien no solo no acertó en ningún momento con el estilo de Prokofiev, sino que realizó una labor flácida y deslavazada, sin vida, ayuna de sentido teatral. Soy consciente de que hablamos de una labor que tiene que estar al servicio de los cantantes: no se puede poner a los artistas a bailar mientran se escuchan locuras como las de un Muti o un Abbado en esta obra (el primero con Filadelfia antes que con Chicago, el segundo con la London Symphony, pero no con la Filarmónica de Berlín, dicho sea de paso). Pero sí se pueden pedir tensión interna, riqueza en el color y sentido narrativo. Y depuración técnica, exactitud y todas esas cosas que faltaron anoche. Aun así, no todo fue mediocre: Witt ofreció una escena del balcón de lirismo muy sensual, mientras que reservó lo mejor de sí para todo el final de la obra, consiguiendo una muerte de Julieta de muy elevada intensidad. Como este momento de elevada inspiración coindició con lo mejor de la partitura y con una coreografía especialmente emotiva, salimos del teatro hondamente emocionados.

Muy en resumen: pese a las insuficiencias del foso, no se lo pierdan si tienen la oportunidad. Merece mucho la pena.


miércoles, 6 de enero de 2016

Novena de Mahler por Bernstein con la orquesta de Karajan

Gracias a la amabilidad de un lector, he podido disfrutar de la audición en HD del reprocesado realizado por el sello japonés Esoteric del célebre único encuentro único, un concierto del 4 de octubre de 1979 para Amnistía Internacional, entre Leonard Bernstein y la Filarmónica de Berlín (¿cómo le dejó Karajan?), con la Novena de Mahler en los atriles. El sonido no es ninguna maravilla, pero ha mejorado de manera considerable con respecto al de la edición realizada por Deutsche Grammophon en 1992, que es la que yo tenía (hay otra para la serie The Originals, que no he escuchado).


La interpretación es bien conocida por todo mahleriano que se precie: una muy emocionante y extraordinariamente sincera lectura en la que la planificación, la claridad y el análisis quedan arrinconados por la espontaneidad de los sentimientos, la comunicatividad más inmediata, un muy evidente goce de los aspectos puramente sensoriales de la música y un temperamento volcánico que, sin llegar al descontrol, alcanza elevadísimas cotas de intensidad.

Ahora bien, el conjunto va de menos a más, y sobre ello he tomado esta vez algunas notas. El primer movimiento arranca con excesiva dulzura y algún que otro narcisismo marca de la casa; poco a poco se va centrando y la concentración con que la batuta encauza sus propios sentimientos termina ganando la partida, si bien se echa de menos el humanismo profundísimo de Guilini en su referencial grabación con la Sinfónica de Chicago. Los dos centrales están francamente bien, aunque desde luego en una línea dionisíaca, no carente de atención a los aspectos más lúdicos y extrovertidos de la escritura, que se aleja mucho de la visión sarcástica y amarga de un Klemperer, como también de la increíble capacidad de clarificar texturas y matizar cada una de las intervenciones solistas de éste; el final del Rondo, increíblemente arrebatado.

El Adagio conclusivo es sencillamente sensacional: sin necesidad de llegar al nihilismo, pocas veces, o nunca, se habrá escuchado con mayor intensidad, sinceridad y fuerza expresiva. Una interpretación a conocer, sin duda superior a la oficial del propio Bernstein para DG con la Orquesta del Concertgebouw.

lunes, 4 de enero de 2016

Año Nuevo con Axelrod

Solo había a escuchado a John Axelrod en una obra, la opereta Candide de su mentor Leonard Bernstein, primero en el vídeo del Chatelet y luego en directo en la Scala de Milán, siempre en la sensacional producción escénica de Robert Carsen. En ninguna de las dos ocasiones me gustó demasiado. Su pretencioso currículum oficial ("one of today's leading conductors") despierta desconfianza, pues este señor permanece un tanto al margen del mundillo discográfico, siendo su grabación más recientes unas sinfonías de Brahms para Telarc que tendré que escuchar algún día. Así las cosas, mi interés por el Concierto de Año Nuevo de la Sinfónica de Sevilla que se ofreció ayer domingo 3 a las doce del mediodía radicaba no tanto en el programa, con Falla en la primera parte y músicas propias de la fecha en la segunda, como en ver cómo se desenvolvía el maestro norteamericano frente a la orquesta que le ha nombrado titular.


El arranque de la Danza española nº 1 de La vida breve me hizo dar un respingo: trombones y tuba sin empaste alguno frente a una cuerda no fácilmente audible, circunstancia que se iba a repetir a lo largo de la segunda parte del programa. No sé si este problema tenía que ver antes con la acústica –mi entrada estaba en la fila dieciocho del patio de butacas– que con la batuta, porque lo cierto es que en líneas generales, y exceptuando los violines algo ácidos en Die Fledermaus, la ROSS parecía sonar bastante bien dirigida Axelrod.

El maestro, por su parte, me causó una impresión muy distinta a la que me dio con Candide: si entonces me pareció algo soso, ahora lo he encontrado un director intenso, vehemente y muy comunicativo, aunque más atento al trazo global que al detalle, poco flexible y escasamente interesado por jugar con las dinámicas. Podría considerarse por ello un director "muy norteamericano", en el más tópico de los sentidos: vistosidad y brillantez por delante de otros aspectos. Pero con buen gusto, cosa que es muy de agradecer.

De este modo, Axelrod interpretó con garra y salero pero sin salirse del plato (a Dudamel le escuché en el mismo Teatro de la Maestranza una interpretación deplorable) la citada página del compositor gaditano, a la que siguió una rápida, vibrante y muy stravinskiana recreación de la Danza del fuego a la que le faltaron, eso sí, las gradaciones dinámicas a las que antes hacíamos referencia. Las Siete canciones populares españolas, en orquestación de Ernesto Halffter, estuvieron dirigidas de manera notable, y contaron con la participación de Ruth Rosique: he admirado mucho a la soprano sanluqueña, pero lo cierto es que al escucharla en el Maestranza en lugar de en el Villamarta se evidencia el discreto tamaño de su, por lo demás, un tanto impersonal pero bonita voz. Como intérprete estuvo en su línea habitual, sensible y musical a más no poder.

La segunda parte se abría con la maravillosa obertura de El murciélago, dicha con picardía y empuje por parte de Axelrod; el problema es que éste decidió disimular su escasa sensibilidad para el matiz sutil con cambios y retenciones de tiempo muy evidentes y muy efectistas, pensadas de cara a la galería, pero no precisamente convincentes. Mejor hubiera sido que la sección del celebérrimo vals le sonara menos encorsetada y más idiomática.

Por el contrario, me pareció formidable la interpretación de las Danzas húngaras nº 1, 6 y 5 de Johannes Brahms: donde no pocos directores se dedican al amaneramiento más desatado, Axelrod ofreció intensidad muy bien controlada, sana rusticidad, entusiasmo y cálida cantabilidad, además de una sonoridad musculada y prieta ideal para estas deliciosas páginas.

Siguió el aria "Du sollst der Kaiser meiner seele sein", escrita por Robert Stoltz en 1916 para su opereta Der Favorit. Axelrod fraseó con concentración y holgura, evitando muy saludablemente todo exceso de azúcar. También nos tuvo a dieta (¡qué bien!) Ruth Rosique, por lo demás sin mucha sintonía con el estilo y discutible en su dicción del alemán.

Tres valses de Johann Strauss II para cerrar el programa oficial: francamente bien Vino, mujeres y canciones, pero más entusiastas que sensuales y voluptuosos Vals del Emperador y En el bello Danubio azul, en cualquier caso lejos de preciosismos y cursilerías. De propina, otra vez el aria de Stoltz y la inevitable Marcha Radetzky, que despertó un enorme entusiasmo entre un público que no parecía el habitual de abono. Buen concierto.

domingo, 3 de enero de 2016

Lang Lang en Versalles: heterodoxia y ortodoxia

Con una filmación de Andy Sommer aún más mareante de lo que en él es habitual, lo que en parte se justifica por el deseo de mostrar la fastuosa decoración de la Galería de los espejos, Sony Classical edita este Blu-ray titulado Lang Lang en Versalles que recoge una actuación del pianista chino –22 de junio de 2015, poco después de grabar el mismo programa en disco- pensada casi con exclusividad, pues el público es muy escaso, de cara a su edición comercial. Chopin y Tchaikovsky en el programa: los cuatro Scherzi del polaco y Las estaciones del ruso.


De los Scherzi chopionanos ofrece Lang Lang versiones radicales, extremas, y por ende muy discutibles, que hacen uso de tempi muy rápidos –sin caer en lo mecánico: la riqueza de matices es abrumadora– y un fraseo incisivo, escarpado, lleno de nervio y con marcados claroscuros, para enfatizar los aspectos más encendidos, demoníacos y visionarios de estas piezas. Hay también lugar para el vuelo lírico –sin terminar de profundizar en el cálido humanismo chopiniano–, para la chispa y hasta para cierta galantería bien entendida –sobre todo en el Cuarto–, pero la tensión dramática y el frenesí terminan triunfando junto con, y eso no es noticia en Lang Lang, una exhibición de virtuosismo en grado superlativo.

Si en Chopin ofrece Lang Lang su faceta más heterodoxa, en Tchaikovsky imparte una lección de pura ortodoxia tchaikovskiana, desplegando cantabilidad, ensoñación poética y humanismo a manos llenas pero sin caer en lo blando ni en lo excesivamente delicado, sabiendo ofrecer también ricos contrastes expresivos –chispa, frescura, teatralidad, hondura– y notable garra dramática. Todo ello lo consigue, claro está, haciendo gala de un sonido moldeado con las más sutiles inflexiones, un fraseo flexible e imaginativo a más no poder y una concentración absoluta, particularmente en la célebre melodía de Junio –la usó Jean-Jacques Annaud en su película El oso– y en la recogida poesía de Octubre.

Imagen espléndida y magnifico sonido con surround auténtico bien recogido por los canales traseros. Un Blu-ray a tener.

viernes, 1 de enero de 2016

Año Nuevo 2016: vuelve Jansons

Con alguna importante excepción que señalaré en su momento, pocas sorpresas a nivel interpretativo con respecto a las anteriores intervenciones de Jansons en el Concierto de Año Nuevo. Tanto ha sido así que puedo repetir, en líneas generales, lo que escribí con respecto a la edición de 2012:
“Mariss Jansons ha ofrecido al frente de la Filarmónica de Viena una buena dosis de entusiasmo, desparpajo y sentido del humor, lo que le sienta de maravilla a este repertorio (…), pero se ha mostrado más bien tosco, poco atento al detalle (…), además de poco dotado para desplegar sensualidad y vuelo lírico. El resultado, lecturas muy vistosas y estimulantes, de esas que nunca aburren, pero más bien gruesas y de cara a la galería, siguiendo un planteamiento que ha funcionado estupendamente en las piezas trepidantes y bastante menos bien, por pura lógica, en los grandes valses, en los que por cierto el peculiarísimo sentido vienés del rubato brilló por su ausencia.”
Nada más abrirse el programa 2016 con la Marcha de las Naciones Unidas de Robert Stolz, dicha con entusiasmo pero un tanto de cara a la galería, el maestro letón volvía a dejar sus cartas al descubierto, evidenciando unas insuficiencias que quedaban aún más patentes con el Sachtz-Walzer de Johann Strauss II, sobre temas de El barón gitano: mucha robustez, poca elegancia, ninguna sensualidad y contundencia en el final.


Las virtudes de Jansons en este repertorio tuvieron su lugar en las dos páginas del mismo autor que vinieron a continuación, una Polca Violetta dicha con desparpajo y sin abusar de los rubatos, y un Tren del placer entusiasta, pícaro y entusiasta a más no poder, aunque –como era de esperar– bastante parco en matices e imaginación. Se echa de menos a Carlos Kleiber, quien también –no es imprescindible que lo diga Pérez de Arteaga: todos recordamos la portada del maravilloso disco– sopló el cornetín en este página allá por 1992.

El vals Muchachas de Viena, de Carl Michael Ziehrer, incorporaba unos silbidos por parte de los profesores de la orquesta que a mí me hicieron pensar en los más azucarados musicales del Hollywood clásico. Para terminar la primera parte, la polca rápida de Eduard Strauss Correo extra, para la que le trajeron a Jansons –típica broma del concierto: por correo extraordinario– una batuta decimonónica de esas muy gruesas.

En la obertura de Una noche en Venecia, la opereta del más célebre de la saga de los Strauss, Jansons intentó destilar dulzura en su sección lírica central sin terminar de convencer. A continuación, derrochó energía en Ausser Rand und Band, polca rápida de Eduard y primera intervención del Ballet de la Ópera de Viena: ya saben, sonrisas forzadísimas y poses cursis. Entusiasta y sinfónica la recreación de la sublime Música de las esferas, de Josef Strauss.

La polca francesa Sängerslust y la polca rápida Auf Ferienreisen, de Johann Strauss II y Josef Strauss respectivamente, contaron con la participación de los Niños Cantores de Viena, a los que encontré muy lejos de sus mejores tiempos; en la segunda de las piezas, hubo que suportar una filmación sobre lo monísimos que son los nenes.

La gran maravilla de la sesión vino con el interludio de la opereta La princesa Ninetta, de Johann Strauss II, música bellísima en la que Jansons, desde un arranque con verdadera magia, por fin logró destilar esa sensualidad y esa voluptuosidad embriagadoras tan necesarias en este repertorio. Y qué voy a decir de los violonchelos de la Filarmónica de Viena.

El vals España de Èmile Waldteufel resultó ser un simpático arreglo de la celebérrima España de Chabrier: puro tópico tanto la música como la interpretación, a lo que hubo que sumar el jueguecito de abanicos entre la percusión. De Josef Hellmesberger padre se ofreció la interesante Ball-Szene, escrita fundamentalmente para cuerdas, y de Johann Strauss padre el Galopp del suspiro, ideal para que Jansons luciera la electricidad de su batuta.

Eché mucho de menos a Ozawa en una Libélula, polca mazurca de Josef, que no logró remontar el vuelo en ningún momento. ¡Qué escaso dominio de la agógica, que poca ligereza! Peor aún el genial Vals del Emperador, basto a más no poder; por si fuera poco, lo ilustraron con un ballet azucaradísimo. Subió el nivel en la siempre apetecible A la caza, también de Johann Strauss II, dicha en la misma línea que el resto de las polcas rápidas; fenomenales las trompas.

De la primera propina no pude retener nombre y autor; polca rápida, en cualquier caso, dicha con gran electricidad y aderezada por unos cortes en el sonido –los hubo también en la primera parte– que sonaron a “les jodemos la grabación casera para que se compren el Blu-ray”. En El Danubio azul se vieron maravillosas filmaciones del río y los violonchelos volvieron a derretir nuestros oídos, pero la interpretación no pasará a la historia; los rubatos, forzadísimos. La Marcha Radetzky la hizo Jansons a su aire, sin apenas controlar las palmas del público y ausentándose un rato del podio.

Total, lo de siempre en Jansons por estas fechas: eficacia, entusiasmo y sentido del humor, con resultados muy irregulares. Yo solo me he entusiasmado con Fürstin Ninetta. Director de la edición 2017: ¡Gustavo Dudamel! Sorprendente, como poco.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Revelador disco de Granados y Turina por Perianes y el Quiroga

Confieso que no había escuchado nunca al Cuarteto Quiroga. A Javier Perianes sí, claro: es viejo conocido. Los artistas han juntado sus fuerzas para este disco que, grabado con sensacional toma sonora entre febrero y marzo de 2015 en el Estudio Teldex de Berlín, no solo me ha hecho disfrutar muchísimo, sino que me ha parecido una revelación. No, no voy a caer en la ridiculez de afirmar que los quintetos con piano de Enrique Granados y Joaquín Turina, de 1894 y 1907 respectivamente, son obras maestras absolutas que acaban de salir a la luz, porque no sería cierto; son obras juveniles (¡op. 1 la del sevillano, quien decidió dejar fuera de su catálogo todo lo que había escrito con anterioridad!), deudoras de los estudios realizados en París por sus autores y escritas con la intención tanto de demostrar que se dominan las formas como de tantear posibilidades y ganarse el favor del público mas exigente.


Pero lo que sí es cierto es que ambas están escritas con un talento extraordinario, contienen enormes bellezas y resultan increíblemente seductoras, cada una a su manera. La página –muy breve: no llega a los dieciséis minutos– del catalán lo hace ante todo por su inspiración melódica: el segundo movimiento, Allegretto quasi andantino, es de los que se quedan en la memoria. La del andaluz –que se extiende algo por encima de la media hora– lo hace más bien por su capacidad para generar atmósferas y lanzar sugerencias, muy en consonancia con el espíritu de la música parisina de aquellas fechas, como también por su riesgo y complejidad formal (hay que escucharla más de una vez para sacarle punta). Y también por su mayor madurez: si Granados aún no suena enteramente a Granados –la referencia a Grieg realizada por Ángel Carrascosa en su comentario del disco resulta muy certera–, Turina lo hace ya plenamente a Turina. Interesantísimo el breve complemento del disco –rácano en su duración total: 51’ 18’’–, la pieza Caliope procedente de Las musas de Andalucía, escrita por el compositor sevillano en 1942.

Javier Perianes ha demostrado en sus anteriores ocho discos grabados para Harmonia Mundi ser uno de los mejores pianistas del mundo, muy especialmente en las Piezas líricas de Grieg del último de ellos y en su increíble Mendelssohn. El nivel se mantiene en Granados y en Turina. El Cuarteto Quiroga está a la misma altura, es decir, descomunal, insuperable. Los cinco músicos deslumbran por su asombrosa belleza sonora –bien entendida, nada de preciosismos aquí–, por la flexibilidad y el sentido cantable en el fraseo, por su capacidad para regular el sonido, por su manera de escucharse los unos a los otros, por su enorme variedad expresiva, por su capacidad para encontrar el punto exacto entre lo europeo y lo español… Pero, sobre todo, por su magistral dominio de tensiones y distensiones, lo que les permite alcanzar momentos de pasión encendida a más no poder llegando a ellos con absoluta lógica, sin que el edificio se resienta, y luego relajarse con una naturalidad y elegancia impresionantes.

En fin, uno de los mejores discos que he escuchado este año que ahora se acaba. Ideal para regalar en Reyes: nadie tendrá estas músicas en su estantería.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...