miércoles, 18 de julio de 2012

Segunda integral de las sinfonías de Beethoven por Brüggen

Cuando el pasado mes de mayo escuché en Úbeda a la Orquesta del siglo XVIII me sorprendió ver en el stand dispuesto por los propios músicos, entre muchos discos del sello Glossa, una grabación de la que no tenía noticia: nueva integral de las sinfonías de Beethoven a cargo de la formación holandesa y de su titular Frans Brüggen, registrada en directo en Rotterdam en octubre de 2011 y editada por ellos mismos bajo el sello The Grand Tour. Como me ofrecían un buen precio decidí comprarla, toda vez que -me aseguraban y es verdad: ni en la página web hay rastro- la cajita sólo se puede adquirir en Holanda. Dejando al margen la parquedad de la presentación y una toma sonora que resulta algo reverberante y no del todo clara, no me arrepiento lo más mínimo: se trata de la mejor integral con instrumentos originales, superando los artistas incluso la que ellos mismos había registrado -también en vivo- para Philips entre 1984 y 1992, que aun siendo de interés evidenciaba importantes limitaciones.


La gran virtud de esta nueva integral, como en la de Philips, radica en ofrecer una sonoridad completamente nueva para Beethoven -la historicista, por la utilización de instrumentos originales y el tratamiento de los mismos con una articulación particular- respetando la expresividad tradicional, con todo lo ésta que tiene de densidad, empuje y carácter dionisíaco. A Brüggen y sus músicos no les hace falta frasear a saltitos (Norrington), ni resultar más ásperos que el papel de lija (Gardiner), ni mostrarse abiertamente vulgares (Hogwood), ni condenar al personal al bostezo perpetuo (Van Immerseel). El holandés supo señalar, en fechas relativamente tempranas, que renovar al genial sordo en su sonido no significa trivializar -y menos aún ridiculizar- la carga expresiva de su música. Lo que ocurre es que ahora, en 2011, Brüggen dirige bastante mejor que antes, con mayor musicalidad e inspiración, y aunque vuelve a haber importantes puntos flacos -Sexta, Novena-, los resultados son ahora en la mayoría de las sinfonías superiores a los de antes.

Hay que hacer notar, en cualquier caso, que la propia personalidad de Brüggen va a marcar una dirección expresiva muy concreta, pues los aspectos más combativos, escarpados y rebeldes de la música de Beethoven van a esta en clara ventaja frente a los que tienen que ver con la cantabilidad, con el humanismo  o con la distensión contemplativa; el sentido del humor, finalmente, es en Brüggen más bien sarcástico, y en cierto sentido recuerda -salvando las distancias- al de Klemperer, por lo que no hay nada aquí del encanto, del carácter juguetón o de la coquetería que tanto gusta poner en primer término al citado Norrington o al Abbado más reciente, entre otros. Por eso mismo no se comprende cómo algunos, alegremente, ponen este Beethoven al lado de los otros historicistas y enfrentado a los tradicionales, cuando en el fondo el holandés se encuentra más cerca de algunos de estos últimos que de la mayoría de los primeros.

Concretemos. En cuanto a la Primera, ya escribí en mi comparativa que Brüggen ofrece una lectura “en la misma línea que su interpretación anterior, amplia, con densidad no sonora pero sí conceptual, poderosa y con sentido dramático, añadiendo además una rusticidad propiamente historicista. Al segundo movimiento sigue faltándole un punto de emotividad, pero el tercero parece más conseguido. Los extremos, algo más lentos ahora y maravillosamente expuestos, son todavía mejores que antes”.

En su correspondiente comparativa, ya dije que en la Segunda “el maestro holandés repite y mejora su acercamiento de veintitrés años atrás haciendo uso de unos tempi más amplios que le permiten paladear mejor la música y, sobre todo, añadir la poesía que entonces le faltaba a un segundo movimiento que ahora sí que está bastante conseguido”.

La Heroica ya ofrecía antes un buen nivel. Ahora Brüggen vuelve a acertar al no caer en liviandades, en agresividades innecesarias, en rigideces y en otras señas propias de una mala interpretación de los planteamientos filológicos, pero por desgracia no solo no logra inyectar la calidez y el vuelo lírico que debe, sino que tampoco logra tensar la arquitectura con la solidez adecuada. El primer movimiento sería magnífico si no fuera por determinados altibajos que rompen la continuidad del discurso; al segundo le faltan densidad y fuerza visionaria; el tercero está bastante bien y en el cuarto las variaciones están tratadas con éxito desigual, siendo de apreciar el sentido del humor un tanto socarrón del director.

Nuestro artista corrige sustancialmente en la Cuarta las insuficiencias de su registro veintiún años anterior y ofrece una lectura en la misma línea rústica, áspera y con elevado sentido de lo dramático, pero paladeada ahora con mayor hondura, elocuencia y lenguaje beethoveniano. Aun sobran quizá algunos momentos de violencia que Brüggen suprimirá en su filmación del año siguiente con la Filarmónica de Cámara de la Radio de Holanda comentada en este mismo blog, si bien aquí en Rotterdam sí está la electricidad que más adelante se echará en falta. En cualquier caso, notabilísima interpretación en la que la falta de claridad de algunas líneas puede achacarse quizá a la toma sonora.

Siempre interesado por los aspectos combativos de la música beethoveniana, el maestro holandés mejora su antigua lectura de la Quinta eliminando violencia gratuita y atendiendo más a la naturalidad del fraseo, pero aun así no logra redondear su interpretación, resultando particularmente descafeinado el primer movimiento. En el segundo hay detalles poco convincentes. Tercero y cuarto son francamente buenos, aunque la transición entre ambos sigue sin estar bien resuelta. Aquí tienen, completita, una lectura ofrecida en Japón en 2002 que va por la misma línea que la comentada.


En la Pastoral, la gran ventaja de este registro frente al de Philips es la toma sonora, antes muy plana y sin graves, ahora con todo el relieve que se necesita para apreciar la plasticidad con la que el maestro holandés maneja a su espléndida orquesta. Interpretativamente los movimientos que más siguen convenciendo son la danza de los pastores -ahora más natural y sin los tirones de tempo algo agresivos en la sección que imita a la zanfoña- y la muy bien realizada tormenta. Los demás se desarrollan con fluidez y concentración, pero las dificultades del maestro holandés para ofrecer poesía se vuelven a poner en evidencia. Tampoco la delgadez de la cuerda y su falta de vibrato parecen lo más adecuado para esta partitura.

La Séptima vuelve a poner en evidencia las maneras de Brüggen: cuerda ácida, timbales secos, fraseo incisivo mas no pimpante, tempi moderados, sobriedad, tensión dramática y adecuado empuje, mejorando quizá el desequilibrio de planos sonoros que se daba en su registro anterior. De admirar de nuevo el interés por ofrecer un Beethoven en absoluto trivializado, aunque sigue echándose de menos la ausencia de calor humano; incluso puede hablarse de una relativa frialdad.

En la Octava nuestro artista ya no cae en la tosquedad ni en la violencia gratuita de su grabación de antaño, aunque de nuevo le falta una dosis de elegancia, refinamiento y vuelo lírico. También hay que censurar que el gran crescendo del primer movimiento no está del todo conseguido y que los timbales suenan un tanto excesivos, aunque esto último puede deberse en parte a la toma. En cualquier caso, una interesante lectura en una línea enérgica y poderosa, con garra, desde luego mucho antes dramática que distendida.

En la Novena Brüggen vuelve a fracasar con una lectura precipitada, cuadriculada, escasa en matices, desinteresada por el peso los silencios y sin rastro de poesía. También es cierto que patina fundamentalmente en los movimientos pares, bastante mediocres. El segundo, algo descafeinado, es en cualquier caso sensato y muy correcto, mientras que el cuarto hubiera funcionado de manera satisfactoria de no ser por la marcialidad de los primeros “freude” del coro -que no estaba en la grabación de 1992- y por la intervención del bajo Michael Tews, buena voz con serios problemas técnico. Blandorro Marcel Beekman, bien Rebecca Nash y Wilke te Brummelstroete. Notables los coros, Laurens Collegium y Laurens Cantorij de Rotterdam. Seguimos pues sin una Novena con instrumentos originales digna de escuchar, aunque al menos ésta no es para partirse de risa, como sí lo eran la de Norrington para EMI, la de Herreweghe para Harmonia Mundi y, sobre todo, la de Hogwood en Decca.

En cualquier caso, e independientemente de las irregularidades señaladas, nos encontramos ante una integral de mucho interés cuyo conocimiento sería casi inexcusable -esto es más que un experimento- si no fuera por la imposibilidad de comprarla fuera de las fronteras holandesas. Lo ideal sería que Glossa la editara en condiciones y le diera distribución mundial. Si alguno de sus responsables leyera por casualidad estas líneas, rogamos escuche nuestras súplicas.

martes, 17 de julio de 2012

Mentiras sobre el Diván

Cada vez que Daniel Barenboim y su orquesta multicultural regresan a Sevilla -mañana miércoles 18 de julio actúan en el Maestranza con las sinfonías Primera, Segunda y Octava de Beethoven- aparecen unas cuantas voces -siempre las mismas- arrojando toda su furia sobre ellos. Obviamente cada persona puede tener una opinión sobre el de Buenos Aires, sobre su proyecto y sobre la implicación de la Junta de Andalucía en el mismo. Es de respetar, faltaría más. Lo que no solo no es respetable, sino abiertamente denunciable, es que se mienta con todo el descaro y se manipule la información. Y una vez más se sigue mintiendo. Por eso mismo escribo estas líneas.


Una de los embustes más repetidos es que la West-Eastern Divan es una orquesta de bolos. Sobre ello ya dije algo en una entrada anterior. Como parece que no se enteran, lo repito: “orquesta de bolos” es la que realiza pequeñas giras o actividades puntuales con un nivel técnico considerablemente mediocre. La Orquesta de Cámara de Colonia que dentro de unos días viene a Jerez -esa misma que a finales de los ochenta ofrecía conciertos en El Salvador de Sevilla poniendo siempre carteles con La cuatro estaciones- sería un ejemplo perfecto: unos cuantos músicos de medio pelo que hacen su gira veraniega para sacar unos cuartos. No es el caso de la WEDO, cuyo nivel técnico está no solo muy por encima de las formaciones verdaderamente “de bolos”, sino también de algunas orquestas estables de suelo hispano; sin ir más lejos, de la de Málaga. Eso sí, como insulto queda muy bien, y para mover al desprecio al lector desinformado, mucho mejor.

Se repite también insistentemente que la WEDO es una orquesta “de niños” o “de chavales”. ¡Mentira! Lo era hace un par de lustros. Ahora están bastante creciditos. Lo recordó ayer en Madrid el propio Barenboim durante la rueda de prensa organizada por Decca para promocionar su nueva integral de las sinfonías de Beethoven: como ha recogido la agencia EFE (enlace), actualmente agrupa músicos entre los 15 y 43 años. Michael Barenboim, el primer violín, es ahora un señor felizmente casado, fuma en pipa e interpreta de manera alucinante una de las obras más difíciles de todo el repertorio, el concierto de Schoenberg. Su buen amigo y colega en los primeros violines Guy Braunstein figura como primer concertino de la Filarmónica de Berlín. Y por ahí andan primeros atriles de orquestas como la Radio Bávara o la Filarmónica de Israel, alguno de ellos de origen andaluz, por cierto. ¿Que quedan aún algunos adolescentes? Pocos. La “de niños” es ahora la Orquesta Al-Andalus, a la que pudimos escuchar el año pasado en Ronda y hacer dos en Jaén, ejerciendo de cantera del Diván. Pero en la actual WEDO, lo pudimos comprobar el año pasado en Colonia, la mayoría van ya para los cuarenta. Eso sí, calificarles como “chavales” es ideal para manejar a la opinión pública. Periodismo basura se llama eso.

Otra falsedad, muy puntual pero insistente, es decir que Barenboim ha fracasado en su proyecto porque no ha logrado la paz entre los bandos. Por favor. ¡Si el artista ha repetido por activa y por pasiva que en modo alguno van a conseguir nunca resolver el conflicto con unos conciertos! ¿Acaso debemos los profesores, por ejemplo, renunciar a hacer con nuestros alumnos actividades en busca de la paz -la de Oriente, la del País Vasco o la que sea- solo por el hecho de que nuestro testimonio puntual no vaya a servir de nada ante el conflicto real? Lo que Barenboim y su orquesta sí ha conseguido plenamente, y de eso se trata, es llamar la atención sobre la manera en que la música sirve de ejemplo para enfrentarse a los conflictos, sobre la necesidad de escucharse en política al igual que lo hacen los miembros de una orquesta, y sobre la posibilidad de extender el modelo musical hacia otras esferas de la vida, todo ello partiendo de la base de la convivencia durante unas semanas de músicos con origen en los bandos enfrentados. Éxito total, y encima con resultados musicales de altura.

Para terminar, la mentira más evidente, la de que Barenboim se enriquece con los conciertos de la WEDO. Ayer el artista lo volvió a aclarar: en trece años no se ha llevado un duro del Diván (enlace). Obviamente la orquesta cobra por los conciertos que ofrece fuera de Andalucía, pero se entiende -y si no es así, que alguien lo demuestre- que lo recaudado va destinado a sufragar las actividades de la Fundación. Y creo que parece claro que una figura artística del calibre y la fama del de Buenos Aires podría sacar mucho, pero que mucho dinero en esas tres semanas anuales que dedica a su proyecto, si en vez de girar con los "chavales" se dedicara a tocar el piano o a dirigir grandes orquestas en los festivales que todos tenemos en mente.

Insistimos, puede y debe consentirse que algunos despotriquen todo lo que quieran, pero no debemos tolerar que mientan. Porque la mentira, unida con el odio más enconado y una buena dosis de ignorancia sobre la historia de la interpretación musical, sazonada con unas gotas de pedantería (ya se sabe que lo que gusta a muchos nunca debe ser plato para los exquisitos), termina produciendo efectos devastadores.

Ah, una puntualización por si sale algún listillo: ni he escrito las notas al programa del concierto de Sevilla, ni conozco personalmente al señor Barenboim. ¿Enterados?

domingo, 15 de julio de 2012

Beethoven for All: Barenboim y la WEDO firman la mejor integral de sinfonías

Supongo que más de uno habrá arqueado las cejas, o quizá haya esbozado una sonrisa de burla, al leer el título de esta entrada. Los segundos lo harán por mero desprecio a Barenboim: me permito recomendarles no seguir con estas líneas y dedicar su tiempo a lo que dicen otras firmas sobre las muy frescas, aéreas y luminosas interpretaciones beethovenianas de los últimos tiempos. A los primeros sí que les doy la razón, porque ¿qué es eso de “lo mejor” aplicado a la interpretación musical? Y en el caso de lograr definir el concepto, ¿de verdad es este ciclo del de Buenos Aires y su orquesta multicultural, grabado en Colonia en agosto de 2011 mezclando los ensayos de por la mañana con los conciertos ofrecidos por la tarde, superior a los de Toscanini, Furtwängler, Walter, Klemperer, Cluytens, Szell, Karajan, Leibowitz, Kubelik, Jochum, Kempe, Böhm, Bernstein, Sanderling, Solti, Dohnányi, Davis, Giulini, Abbado, Thielemann o al del propio para Barenboim en Teldec, por no citar a la peña historicista o pseudohistoricista de los Hogwood, Norrington, Brüggen, Gardiner, Harnoncourt, Rattle, Järvi, Herreweghe, Chailly y compañía? A mi entender, sí. Intentaré explicarme.


Hay entre los nombres arriba citados interpretaciones de esta sinfonía o de aquella otra igual de buenas o superiores a las que conforman esta integral; algunas, con genialidades aún inalcanzadas, pienso sobre todo en Furt, en Klemperer e incluso en Böhm. También las hay que ahondan mejor en determinados aspectos de la compleja personalidad beethoveniana. Pero creo que no hay una sola integral -hablo de las citadas, que conozco completas o casi completas- que atienda con semejante grado de equilibrio a todas las facetas del compositor sin que ninguna de ellas se ponga por encima de la otra, y también sin que la personalidad del director, por muy admirable que ésta sea, se ponga excesivamente por delante de la partitura.

En este nuevo ciclo de Barenboim, no así en el de 1999 en estudio con la Staatskapelle de Berlín que ya comenté por aquí, escorado hacia lo dramático y menos creativo que el que ahora lanza Decca, encontramos al Beethoven denso, poderoso, temperamental y visionario, sin duda; pero también tenemos al filósofo reflexivo, al gamberro atrevido y juguetón, al perfecto conocedor de la elegancia (¡y hasta la coquetería!) de ascendencia rococó, al músico de la era revolucionaria que amaba las sonoridades de banda militar… Y tenemos, sobre todo, al gran humanista, al ser que abraza a la humanidad entera con una comprensión, una emotividad y una ternura con que ningún otro músico lo ha hecho.


Es precisamente este último sustantivo, la ternura, el que quizá mejor define este nuevo acercamiento de Barenboim a las sinfonías de Beethoven frente al que realizó para Teldec, al igual que lo hace a la reciente integral de las sonatas para piano editada por EMI en DVD frente a la de los años ochenta para Deutsche Grammophon. La sonoridad de la orquesta, no menos densa que la de la Staatskapelle de Berlín, posee ahora mayor calidez, un empaste más redondeado, menos brillante y agresivo; quizá también un colorido más rico, y ciertamente una mayor luminosidad y superior maleabilidad, lo que no debe confundirse con la ingravidez de algunas lecturas influidas por el historicismo.

Todas estas cualidades se ven realzadas por una toma sonora de una naturalidad, un sentido espacial y una limpieza pasmosas, a la altura de los grandes trabajos que ha realizado Decca a lo largo de su historia; sin duda los ingenieros de sonido han visto facilitada su labor por la extraordinaria acústica de la Philharmonie de Colonia, que los melómanos ya conocíamos en diferentes grabaciones (pienso ahora en las sinfonías de Shostakovich por Barshai) y que quien esto suscribe pudo apreciar en vivo durante la grabación de esta integral beethoveniana.

Siguiendo con las diferencias con respecto a las interpretaciones registradas para Teldec, hemos de señalar que el fraseo ha ganado considerablemente en flexibilidad e imaginación, sin perder la continuidad en el discurso ni la lógica constructiva: Barenboim, que lleva todo esto a cabo con una técnica de batuta suprema, ha declarado en más de una ocasión que la dirección de orquesta no es otra cosa que el arte de la transición, lo que nos permite comprender que esta integral se sitúe en una posición radicalmente opuesta a la de un Toscanini, un Gardiner, un Harnoncourt o un Chailly. Es comprensible, pues, que muchos entusiastas de los citados no se sientan cómodos ante la propuesta barenboiniana.


En este nueva integral, por otra parte, la adustez, la concentración, la grandeza épica y la fuerza dramática de antaño siguen ahí, pero se han relajado hasta permitir que asomen el encanto, la delectación melódica o incluso la distensión contemplativa. Ya no todo tiene que ser sesuda reflexión dramática: ahora también hay espacio para gozar de los sonidos en sí mismos. Han hecho su aparición numerosos portamentos que -todo hay que decirlo: no siempre de manera convincente- aportan relajación y dulzura al discurso. Y parece advertirse, finalmente, que hay ahora un mayor sentido de lo cantable, hasta el punto de que uno estaría tentado de hacer literatura barata y afirmar que su reciente contacto con el Teatro alla Scala ha “italianizado” al habitualmente germánico Barenboim. Sea como fuere, esta música respira con un vuelo lírico con el que pocas veces se ha escuchado, y cuando lo ha hecho -gracias a los directores más “clásicos”- ha sido en ocasiones a costa de perder su electricidad, tensión dramática y carácter combativo. En este integral no ocurre así: la fusión entre los aspectos apolíneos y los dionisíacos no solo está perfectamente conseguida, sino que adquiere una sinceridad, una emoción y una fuerza comunicativa abrumadoras.

Sobre la interpretación de cada una de las sinfonías podría remitirme a lo que en su momento escribí sobre los conciertos de Colonia (Primera y Segunda, Tercera y Cuarta, Quinta y Sexta, Séptima y Octava, Novena), pero quiero ahora realizar algunas matizaciones, a ver si de paso puedo poner alguna que otra pega que, entiéndaseme bien, será siempre muy relativa toda vez que el nivel medio es altísimo.

Es en la Primera, que por cierto Barenboim aborda con la orquesta adecuadamente reducida en tamaño, donde más se pone en evidencia el cambio de rumbo realizado por el director: si aquella interpretación miraba con descaro hacia adelante -y por tanto resultaba tan reveladora como discutible-, en esta otra -como he escrito en mi comparativa discográfica- pone un pie en el pasado y otro en el futuro. Espléndidas las dos y perfectamente complementarias, en cualquier caso.

También con la orquesta parca en efectivos aborda Barenboim la Segunda, en cuyo Larghetto vuelven a evidenciarse las nuevas maneras: el de Teldec gustará más a quienes prefieran a un Beethoven ante todo filosófico, el de Decca a quienes -creo que acertadamente- sostienen que aún hay bastante del mundo dieciochesco en esta página. El fuego, en cualquier caso, domina esta portentosa lectura.

De la Heroica escribí en su momento que era la mejor versión que había escuchado en mi vida. Lo mantengo: aunque las genialidades de Furt y Klemperer siguen ahí, inimitables e inalcanzables, nunca se había ofrecido una interpretación tan atenta a las diferentes facetas de la página y al mismo tiempo tan matizada, realizada de manera tan coherente y tan abrumadoramente conmovedora. Los movimientos pares, para la historia de la interpretación musical.

La Cuarta conoce una recreación en la misma línea de la de estudio para Teldec, carnosa en la sonoridad, dionisíaca en el espíritu pero no exenta de hondo humanismo en el fraseo, llena de misterio en la introducción y siempre palpitante. Quizá ahora haya más imaginación y flexibilidad aún, por ejemplo en los tríos del scherzo, y en general se haya perdido algo de garra para dar paso a una mayor efusividad lírica.


En la Quinta Barenboim supera con mucho la interpretación que ya tenía con la WEDO en DVD (la del concierto en Ramala) y ofrece una lectura canónica en la que, siendo espléndidos los movimientos extremos -sin alcanzar la electricidad que otros directores han sabido inyectar-, sobresalen el segundo y el tercero, que alcanzan un inigualable grado de vuelo lírico y reflexión humanística. Difícil resulta encontrar una Quinta reciente de semejante nivel.

La Sexta fue la que menos me entusiasmó de todas cuando escuché el ciclo en directo. Quizá lo siga siendo ahora, si bien el primer movimiento me ha gustado más que antes, mientras que los dos siguientes ya no me parecen tan formidables. En cualquier caso, entusiasta, cálida y vibrante recreación, llena de gozo y felicidad -también de fuerza: tremenda la tormenta-, a la que le falta una última vuelta de tuerca y, quizá, ese regusto amargo que directores como Furtwängler, Klemplerer o Giulini han sabido aportar.

Frente a la Séptima de Teldec, Barenboim añade a esta nueva lectura la flexibilidad e imaginación -un hallazgo los tríos del scherzo- que le faltaban, logrando redondear una lectura marcada por el empuje y la fogosidad, como debe ser, pero también cargada de apreciable hondura y de una poderosísima impronta humanística. El resultado está a la altura de las más grandes interpretaciones discográficas.

En la Octava, y aun manteniendo el enfoque dionisíaco y vigoroso de su grabación de estudio, Barenboim corrige los excesos de energía de los movimientos extremos y aporta una dosis mayor de encanto, desenfado y calidez, como también de lirismo -hay frases reveladoras en el último movimiento- redondeando una lectura cálida, comunicativa, de brío muy controlado e irreprochable sonido beethoveniano.


La Novena que grabó Barenboim para Erato en 1992 sigue siendo la más genial de las que le he escuchado, pero su enfoque no ya dramático, sino nigérrimo, la hace muy discutible. La de Teldec, un tanto fría, resultó un relativo fiasco. La que grabó en Berlín en 2006 con la propia West-Eastern Divan Orchestra (CD en Warner y DVD en Medici Arts) recordaba un tanto a la primera de las citadas, pero suavizó su radicalidad y se encaminó hacia una ortodoxia que esta nueva de Decca, menos gótica, más luminosa, alcanza plenamente. Gran versión, a pesar de que el tercer movimiento resulte algo más rápido de la cuenta y sin ese punto agónico ni esa rebeldía en los clímax que otras veces le hemos escuchado al mismo director; además hay numerosos portamentos, uno de los cuales puede llegar a irritar. Del cuarteto sobresalió Peter Seiffert, aun con algún apuro. Anna Samuil y Wolfgang Koch se limitaron a cumplir con dignidad, mientras que a Waltraud Meier, por primera vez, no se le escucha en su parte. Por fortuna ahí estaba el Coro de la Catedral de Colonia, más que notable en sus decisivas intervenciones.

No hemos dicho nada sobre la orquesta. Más de uno se encargará de recordar que carece de la granítica solidez de la Philharmonia de Klemperer, de la suntuosidad de la Filarmónica de Berlín de Karajan, de la belleza de la Filarmónica de Viena con Böhm y Bernstein, de la brillantez de la Sinfónica de Chicago de Solti o de la sonoridad cálida y densa de la Staatskapelle de Berlín con el propio Barenboim. Es cierto. Pero también lo es que la West-Eastern Divan realiza una labor formidable, no solo por su maleabilidad y su manera de ofrecer -mérito en gran medida de la batuta- un sonido cien por cien beethoveniano, sino también por la musicalidad de los solistas. Únicamente le pongo reparos a los primeros violines -los segundos están colocados de manera antifonal, a su derecha-, que en algunas frases no ofrecen el empaste deseado. Violas y chelos, algo impersonales, están bastante bien. Los metales alcanzan un nivel notable y no fallan casi nunca (en directo: en el disco no se ha dejado un solo desliz). Los contrabajos, los timbales y todas las maderas son de primerísima categoría y podrían incorporarse a las más prestigiosas orquestas del mundo; de hecho, ya algunos están en ellas. Entre todos realizan un formidable trabajo; si no me creen, realicen la comparación con cualquiera de las grabaciones arriba citadas.

El mejor ciclo Beethoven, dije al principio. O al menos el más inspirado, comunicativo y convincente de entre los que logran integrar todos los aspectos de la creación beethoveniana. Ese puesto, dejando a un lado las poderosísimas personalidades de los Furt, Klemperer o Böhm, lo ocupaba hasta ahora para mi gusto el del gran Kubelik (bochornosamente ninguneado por la propia Deutsche Grammophon), seguido quizá del digital de Solti y, claro está, del que ya tenía Barenboim. Todos ellos presentan no obstante ciertas desigualdades, y a veces junto a recreaciones abiertamente geniales encontramos otras que pinchan con cierta claridad. En esta nueva integral el nivel medio es altísimo y ofrece pocos altibajos. Por eso es una suerte que Decca lo haya editado con vistas claramente comerciales y precio estupendo -yo me la he comprado por 20 euros en Amazon- esta edición que por todas las circunstancias citadas resulta la ideal para adentrarse con paso firme en este genial universo de nueve obras maestras absolutas. No me cabe duda de que con el tiempo se va a convertir en un hito de la historia del disco.

Escribe Barenboim en las notas de la carpetilla -solo en inglés, por cierto- que en realidad al mercado no le hace falta otra integral de Beethoven más. Obviamente se equivoca.


PD. En el blog de Ángel Carrascosa tienen desde hace tiempo otro comentario de esta edición.

sábado, 14 de julio de 2012

¡Viva el IVA!

En estos momentos en los que la economía española se encuentra completamente intervenida (“ayuda bancaria” lo llaman para disimular) y en los que por fin la población empieza a darse cuenta de que al Partido Popular no está haciendo sino lo que se supone que un partido de derechas -muy de derechas- debe hacer, esto es, defender los intereses de las grandes fortunas a costa del resto de la sociedad, la brutal subida del IVA viene a dar la puntilla al mundo de la música, tanto en la cuestión discográfica como en la más delicada aún del directo: el impuesto de los espectáculos culturales ascienden del 8 al 21 por ciento a partir del próximo septiembre.


Habida cuenta de que las clases medias estamos perdiendo un considerable poder adquisitivo (a los funcionarios nos están metiendo unos tremendos recortes, pero mucho más brutal es la situación de quienes se quedan en paro), ya explicarán estos “liberales” -la expresión cada día me produce más arcadas- cómo pretenden que se sigan llenando los cada día más comprensiblemente vacíos teatros y auditorios. ¿No será que en realidad eso les da exactamente igual? En fin, siempre nos quedará Concha Velasco.

viernes, 13 de julio de 2012

¿Orquesta de bolos?

Sigue habiendo gente por ahí que afirma que la West-Eastern Divan es una “orquesta de bolos”. Bien, si por tal entendemos una formación que no tiene temporada regular de conciertos, sino que se reúne cada cierto tiempo, con plantilla más o menos flexible, para realizar programas concretos, pues sí que lo es. En tal caso, la Orquesta del Festival de Bayreuth o la Barroca de Sevilla, por poner dos ejemplos muy distintos entre sí de agrupaciones cuya calidad ninguna mente sana se atrevería a poner en duda, también lo son. Pero si la expresión sirve para calificar a una orquesta de calidad mediocre que reúne músicos de aquí y de allá para dar unos cuantos conciertos sin muchos ensayos de por medio, se equivocan por completo. O mienten descaradamente.


Si quieren calibrar lo que decimos por sí mismos, escuchen el arranque del cuarto movimiento de la Novena de Beethoven que ofrecieron bajo la batuta de Daniel Barenboim en Corea el pasado verano, pocos días antes de grabarla en la Philharmonie de Colonia para Decca. Y escuchen a continuación lo que con el mismo pasaje hizo en Oviedo en 2009 la Symphonica d'Italia (ejem) con un director a su frente que no carece precisamente de técnica, Lorin Maazel, y que por cierto tampoco se caracteriza por cobrar barato. El que tenga oídos para oír, que oiga. Y que luego saque sus conclusiones.

jueves, 12 de julio de 2012

El temperamento de Luisotti con la Filarmónica de Berlín

Creo que hasta ahora solo había escuchado una vez a Nicola Luisotti. Fue en directo: un notable Simon Boccanegra en el Teatro de la Maestranza en marzo de 2005. Por entonces no era conocido, pero ahora lleva ya unos cuantos años dirigiendo la Ópera de San Francisco. Sobre su modus operandi, ni idea. Por eso me ha resultado particularmente interesante su concierto frente a la Filarmónica de Berlín del 23 de diciembre de 2011 que he podido ver en la Digital Concert Hall de la formación alemana. Me ha gustado bastante.

Luisotti Filarmónica Berlín

En el Gloria de Poulenc el maestro hace honor tanto a su procedencia cultural como a su especialización en la lírica. Ofrece así una interpretación por un lado mucho antes italiana que francesa, esto es, más fogosa que elegante o delicada, y por otro bastante más operística que religiosa, lo que implica que los aspectos más misteriosos y espirituales de la partitura -también los sensuales e incluso los frívolos, que los tiene- quedan relegados ante un verdadero despliegue de teatralidad, garra y fuerza dramática, añadiendo algunos tintes lacerantes de gran interés. Una opción personal y discutible, pues, como ya lo era en esta misma línea la espléndida de Mariss Jansons (RCO Live), pero en cualquier caso de gran atractivo y espléndidamente realizada. A destacar el buen trabajo del Coro de la Radio de Berlín y la calidad de la voz de Leah Crocetto, a la que el maestro se trajo -así lo confiesa en la entrevista complementaria- desde San Francisco.

Quinta de Prokofiev en la segunda parte. No hay heterodoxia estilística aquí ninguna, sino una admirable fusión entre el temperamento de Luisotti y la naturaleza de la partitura. Tampoco hay particular creatividad. Nos encontramos, pues, ante una interpretación de la más lograda ortodoxia posible, sonada con un músculo y una carnosidad muy apropiadas para Prokofiev, y enfocada de manera poderosa, dramática y encendida, alcanzando unas dosis de energía realmente elevadas, pero controladas siempre por una batuta firme, concentrada, atenta al entramado polifónico y con las cosas muy claras. Falta quizá un punto de ironía y mala leche, aunque ésta la aportan, siempre de manera suave, los formidables solistas de la no menos formidable orquesta, probablemente la ideal para esta partitura.

Precediendo cada una de las dos mitades del concierto, Emmanuel Pahud ofrece dos breves piezas para flauta sola recreadas de manera portentosa: si en Syrinx de Debussy fascina la manera de inyectar tensión dramática sin perder el estilo, con la Sequenza nº 1 de Luciano Berio asombra no solo por el absoluto dominio de los más recónditos sonidos del instrumento, la portentosa agilidad digital y el dominio de la respiración, sino también por las aristas, la palpitación interna y hasta la rebeldía -siempre comunicativa- que logra extraer de los pentagramas. Concierto muy recomendable en su integridad, pues.

miércoles, 11 de julio de 2012

Pablo Heras-Casado se trae Friburgo a Granada

He esperado unos días a ver si Radio Clásica se animaba a subir el podcast de la transmisión que debe de haber realizado en directo -allí estaban los micrófonos y el locutor- del concierto con el que el granadino Pablo Heras-Casado se traía al Festival de Música y Danza de su ciudad natal a una de las formaciones con las que más ha trabajado, la magnífica Orquesta Barroca de Friburgo. En vano: no sé si lo ofrecerán más adelante o es que Harmonia Mundi, para quien se grababa paralelamente el programa en el vecino Auditorio Manuel de Falla, ha puesto algún tipo de impedimento. La verdad es que me hubiera gustado repasar lo que allí se escuchó, porque la acústica del Palacio de Carlos V le sienta bastante mal a las cuerdas de tripa. En fin, haré memoria sobre la velada.

El programa se abría con tres fragmentos de esa obra maestra absoluta que es la música incidental escrita por Felix Mendelssohn para El sueño de una noche de verano: sin llegar a la excelsitud de Previn con la Sinfónica de Londres (registro que acaba de reeditar EMI a precio muy barato: ¡no se lo pierdan!) ni menos aún a la de Klemperer, el joven maestro andaluz ofreció una recreación de alto nivel en la que supo ofrecer la ligereza y el carácter alado que demanda esta música sin dejarse llevar por la excesiva ingravidez, la trivialidad o la sosería con que parte de la peña historicista o semi-historicista interpreta este repertorio: virtuosístico y entusiasta le sonó el Scherzo, con adecuado carácter anhelante el Intermezzo y lleno de concentrada poesía el Notturno. Los instrumentos originales resultaron estupendos con una batuta así a su frente (lo de la batuta es un decir: Heras-Casado no usó este elemento ni tuvo partitura delante).

Menos me gustó la Tercera Sinfonía de Schubert, toda vez que habiéndole escuchado una Quinta magníficamente tradicional (enlace), no esperaba encontrarme -aquí sí, por desgracia- contagio de la liviandad historicista. O no tan historicista: ¿han escuchado los horrores que ofrecía Carlos Kleiber con esta partitura? Pues eso. El granadino ofreció un magnífico movimiento conclusivo, pero en el resto de la obra no me terminó de enganchar como sí lo hace, también con instrumentos originales, Frans Brüggen en su magnífica grabación para Philips.

Así las cosas, podía temerse que Heras-Casado tropezara con la Cuarta Sinfonía, una de las páginas más difíciles de interpretar del repertorio romántico: ¿cómo hacer que obra de semejante equilibrio y belleza formal suene todo lo acongojante que debe? Pues el maestro lo consiguió de principio a fin optando por cierta densidad sonora y un importante pathos expresivo, pero sin traicionar a los parámetros propios del historicismo, y en cualquier caso bien apoyado por una orquesta que, aun con algunos tropiezos propios del directo, se comprometió plenamente con la propuesta de su director. Ni que decir tiene que si otro artista hubiera hecho esto mismo con una orquesta “moderna”, los pedantorros que desdeñan las maneras tradicionales y aplauden -con impostado entusiasmo- los instrumentos originales como única opción verdadera para este repertorio, hubieran hablado de pesadez centroeuropea, contaminación wagneriana, aburrimiento y cosas así. Menos mal que tenemos a maestros como Heras-Casado para ir acabando con estas actitudes.

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