domingo, 15 de julio de 2012

Beethoven for All: Barenboim y la WEDO firman la mejor integral de sinfonías

Supongo que más de uno habrá arqueado las cejas, o quizá haya esbozado una sonrisa de burla, al leer el título de esta entrada. Los segundos lo harán por mero desprecio a Barenboim: me permito recomendarles no seguir con estas líneas y dedicar su tiempo a lo que dicen otras firmas sobre las muy frescas, aéreas y luminosas interpretaciones beethovenianas de los últimos tiempos. A los primeros sí que les doy la razón, porque ¿qué es eso de “lo mejor” aplicado a la interpretación musical? Y en el caso de lograr definir el concepto, ¿de verdad es este ciclo del de Buenos Aires y su orquesta multicultural, grabado en Colonia en agosto de 2011 mezclando los ensayos de por la mañana con los conciertos ofrecidos por la tarde, superior a los de Toscanini, Furtwängler, Walter, Klemperer, Cluytens, Szell, Karajan, Leibowitz, Kubelik, Jochum, Kempe, Böhm, Bernstein, Sanderling, Solti, Dohnányi, Davis, Giulini, Abbado, Thielemann o al del propio para Barenboim en Teldec, por no citar a la peña historicista o pseudohistoricista de los Hogwood, Norrington, Brüggen, Gardiner, Harnoncourt, Rattle, Järvi, Herreweghe, Chailly y compañía? A mi entender, sí. Intentaré explicarme.


Hay entre los nombres arriba citados interpretaciones de esta sinfonía o de aquella otra igual de buenas o superiores a las que conforman esta integral; algunas, con genialidades aún inalcanzadas, pienso sobre todo en Furt, en Klemperer e incluso en Böhm. También las hay que ahondan mejor en determinados aspectos de la compleja personalidad beethoveniana. Pero creo que no hay una sola integral -hablo de las citadas, que conozco completas o casi completas- que atienda con semejante grado de equilibrio a todas las facetas del compositor sin que ninguna de ellas se ponga por encima de la otra, y también sin que la personalidad del director, por muy admirable que ésta sea, se ponga excesivamente por delante de la partitura.

En este nuevo ciclo de Barenboim, no así en el de 1999 en estudio con la Staatskapelle de Berlín que ya comenté por aquí, escorado hacia lo dramático y menos creativo que el que ahora lanza Decca, encontramos al Beethoven denso, poderoso, temperamental y visionario, sin duda; pero también tenemos al filósofo reflexivo, al gamberro atrevido y juguetón, al perfecto conocedor de la elegancia (¡y hasta la coquetería!) de ascendencia rococó, al músico de la era revolucionaria que amaba las sonoridades de banda militar… Y tenemos, sobre todo, al gran humanista, al ser que abraza a la humanidad entera con una comprensión, una emotividad y una ternura con que ningún otro músico lo ha hecho.


Es precisamente este último sustantivo, la ternura, el que quizá mejor define este nuevo acercamiento de Barenboim a las sinfonías de Beethoven frente al que realizó para Teldec, al igual que lo hace a la reciente integral de las sonatas para piano editada por EMI en DVD frente a la de los años ochenta para Deutsche Grammophon. La sonoridad de la orquesta, no menos densa que la de la Staatskapelle de Berlín, posee ahora mayor calidez, un empaste más redondeado, menos brillante y agresivo; quizá también un colorido más rico, y ciertamente una mayor luminosidad y superior maleabilidad, lo que no debe confundirse con la ingravidez de algunas lecturas influidas por el historicismo.

Todas estas cualidades se ven realzadas por una toma sonora de una naturalidad, un sentido espacial y una limpieza pasmosas, a la altura de los grandes trabajos que ha realizado Decca a lo largo de su historia; sin duda los ingenieros de sonido han visto facilitada su labor por la extraordinaria acústica de la Philharmonie de Colonia, que los melómanos ya conocíamos en diferentes grabaciones (pienso ahora en las sinfonías de Shostakovich por Barshai) y que quien esto suscribe pudo apreciar en vivo durante la grabación de esta integral beethoveniana.

Siguiendo con las diferencias con respecto a las interpretaciones registradas para Teldec, hemos de señalar que el fraseo ha ganado considerablemente en flexibilidad e imaginación, sin perder la continuidad en el discurso ni la lógica constructiva: Barenboim, que lleva todo esto a cabo con una técnica de batuta suprema, ha declarado en más de una ocasión que la dirección de orquesta no es otra cosa que el arte de la transición, lo que nos permite comprender que esta integral se sitúe en una posición radicalmente opuesta a la de un Toscanini, un Gardiner, un Harnoncourt o un Chailly. Es comprensible, pues, que muchos entusiastas de los citados no se sientan cómodos ante la propuesta barenboiniana.


En este nueva integral, por otra parte, la adustez, la concentración, la grandeza épica y la fuerza dramática de antaño siguen ahí, pero se han relajado hasta permitir que asomen el encanto, la delectación melódica o incluso la distensión contemplativa. Ya no todo tiene que ser sesuda reflexión dramática: ahora también hay espacio para gozar de los sonidos en sí mismos. Han hecho su aparición numerosos portamentos que -todo hay que decirlo: no siempre de manera convincente- aportan relajación y dulzura al discurso. Y parece advertirse, finalmente, que hay ahora un mayor sentido de lo cantable, hasta el punto de que uno estaría tentado de hacer literatura barata y afirmar que su reciente contacto con el Teatro alla Scala ha “italianizado” al habitualmente germánico Barenboim. Sea como fuere, esta música respira con un vuelo lírico con el que pocas veces se ha escuchado, y cuando lo ha hecho -gracias a los directores más “clásicos”- ha sido en ocasiones a costa de perder su electricidad, tensión dramática y carácter combativo. En este integral no ocurre así: la fusión entre los aspectos apolíneos y los dionisíacos no solo está perfectamente conseguida, sino que adquiere una sinceridad, una emoción y una fuerza comunicativa abrumadoras.

Sobre la interpretación de cada una de las sinfonías podría remitirme a lo que en su momento escribí sobre los conciertos de Colonia (Primera y Segunda, Tercera y Cuarta, Quinta y Sexta, Séptima y Octava, Novena), pero quiero ahora realizar algunas matizaciones, a ver si de paso puedo poner alguna que otra pega que, entiéndaseme bien, será siempre muy relativa toda vez que el nivel medio es altísimo.

Es en la Primera, que por cierto Barenboim aborda con la orquesta adecuadamente reducida en tamaño, donde más se pone en evidencia el cambio de rumbo realizado por el director: si aquella interpretación miraba con descaro hacia adelante -y por tanto resultaba tan reveladora como discutible-, en esta otra -como he escrito en mi comparativa discográfica- pone un pie en el pasado y otro en el futuro. Espléndidas las dos y perfectamente complementarias, en cualquier caso.

También con la orquesta parca en efectivos aborda Barenboim la Segunda, en cuyo Larghetto vuelven a evidenciarse las nuevas maneras: el de Teldec gustará más a quienes prefieran a un Beethoven ante todo filosófico, el de Decca a quienes -creo que acertadamente- sostienen que aún hay bastante del mundo dieciochesco en esta página. El fuego, en cualquier caso, domina esta portentosa lectura.

De la Heroica escribí en su momento que era la mejor versión que había escuchado en mi vida. Lo mantengo: aunque las genialidades de Furt y Klemperer siguen ahí, inimitables e inalcanzables, nunca se había ofrecido una interpretación tan atenta a las diferentes facetas de la página y al mismo tiempo tan matizada, realizada de manera tan coherente y tan abrumadoramente conmovedora. Los movimientos pares, para la historia de la interpretación musical.

La Cuarta conoce una recreación en la misma línea de la de estudio para Teldec, carnosa en la sonoridad, dionisíaca en el espíritu pero no exenta de hondo humanismo en el fraseo, llena de misterio en la introducción y siempre palpitante. Quizá ahora haya más imaginación y flexibilidad aún, por ejemplo en los tríos del scherzo, y en general se haya perdido algo de garra para dar paso a una mayor efusividad lírica.


En la Quinta Barenboim supera con mucho la interpretación que ya tenía con la WEDO en DVD (la del concierto en Ramala) y ofrece una lectura canónica en la que, siendo espléndidos los movimientos extremos -sin alcanzar la electricidad que otros directores han sabido inyectar-, sobresalen el segundo y el tercero, que alcanzan un inigualable grado de vuelo lírico y reflexión humanística. Difícil resulta encontrar una Quinta reciente de semejante nivel.

La Sexta fue la que menos me entusiasmó de todas cuando escuché el ciclo en directo. Quizá lo siga siendo ahora, si bien el primer movimiento me ha gustado más que antes, mientras que los dos siguientes ya no me parecen tan formidables. En cualquier caso, entusiasta, cálida y vibrante recreación, llena de gozo y felicidad -también de fuerza: tremenda la tormenta-, a la que le falta una última vuelta de tuerca y, quizá, ese regusto amargo que directores como Furtwängler, Klemplerer o Giulini han sabido aportar.

Frente a la Séptima de Teldec, Barenboim añade a esta nueva lectura la flexibilidad e imaginación -un hallazgo los tríos del scherzo- que le faltaban, logrando redondear una lectura marcada por el empuje y la fogosidad, como debe ser, pero también cargada de apreciable hondura y de una poderosísima impronta humanística. El resultado está a la altura de las más grandes interpretaciones discográficas.

En la Octava, y aun manteniendo el enfoque dionisíaco y vigoroso de su grabación de estudio, Barenboim corrige los excesos de energía de los movimientos extremos y aporta una dosis mayor de encanto, desenfado y calidez, como también de lirismo -hay frases reveladoras en el último movimiento- redondeando una lectura cálida, comunicativa, de brío muy controlado e irreprochable sonido beethoveniano.


La Novena que grabó Barenboim para Erato en 1992 sigue siendo la más genial de las que le he escuchado, pero su enfoque no ya dramático, sino nigérrimo, la hace muy discutible. La de Teldec, un tanto fría, resultó un relativo fiasco. La que grabó en Berlín en 2006 con la propia West-Eastern Divan Orchestra (CD en Warner y DVD en Medici Arts) recordaba un tanto a la primera de las citadas, pero suavizó su radicalidad y se encaminó hacia una ortodoxia que esta nueva de Decca, menos gótica, más luminosa, alcanza plenamente. Gran versión, a pesar de que el tercer movimiento resulte algo más rápido de la cuenta y sin ese punto agónico ni esa rebeldía en los clímax que otras veces le hemos escuchado al mismo director; además hay numerosos portamentos, uno de los cuales puede llegar a irritar. Del cuarteto sobresalió Peter Seiffert, aun con algún apuro. Anna Samuil y Wolfgang Koch se limitaron a cumplir con dignidad, mientras que a Waltraud Meier, por primera vez, no se le escucha en su parte. Por fortuna ahí estaba el Coro de la Catedral de Colonia, más que notable en sus decisivas intervenciones.

No hemos dicho nada sobre la orquesta. Más de uno se encargará de recordar que carece de la granítica solidez de la Philharmonia de Klemperer, de la suntuosidad de la Filarmónica de Berlín de Karajan, de la belleza de la Filarmónica de Viena con Böhm y Bernstein, de la brillantez de la Sinfónica de Chicago de Solti o de la sonoridad cálida y densa de la Staatskapelle de Berlín con el propio Barenboim. Es cierto. Pero también lo es que la West-Eastern Divan realiza una labor formidable, no solo por su maleabilidad y su manera de ofrecer -mérito en gran medida de la batuta- un sonido cien por cien beethoveniano, sino también por la musicalidad de los solistas. Únicamente le pongo reparos a los primeros violines -los segundos están colocados de manera antifonal, a su derecha-, que en algunas frases no ofrecen el empaste deseado. Violas y chelos, algo impersonales, están bastante bien. Los metales alcanzan un nivel notable y no fallan casi nunca (en directo: en el disco no se ha dejado un solo desliz). Los contrabajos, los timbales y todas las maderas son de primerísima categoría y podrían incorporarse a las más prestigiosas orquestas del mundo; de hecho, ya algunos están en ellas. Entre todos realizan un formidable trabajo; si no me creen, realicen la comparación con cualquiera de las grabaciones arriba citadas.

El mejor ciclo Beethoven, dije al principio. O al menos el más inspirado, comunicativo y convincente de entre los que logran integrar todos los aspectos de la creación beethoveniana. Ese puesto, dejando a un lado las poderosísimas personalidades de los Furt, Klemperer o Böhm, lo ocupaba hasta ahora para mi gusto el del gran Kubelik (bochornosamente ninguneado por la propia Deutsche Grammophon), seguido quizá del digital de Solti y, claro está, del que ya tenía Barenboim. Todos ellos presentan no obstante ciertas desigualdades, y a veces junto a recreaciones abiertamente geniales encontramos otras que pinchan con cierta claridad. En esta nueva integral el nivel medio es altísimo y ofrece pocos altibajos. Por eso es una suerte que Decca lo haya editado con vistas claramente comerciales y precio estupendo -yo me la he comprado por 20 euros en Amazon- esta edición que por todas las circunstancias citadas resulta la ideal para adentrarse con paso firme en este genial universo de nueve obras maestras absolutas. No me cabe duda de que con el tiempo se va a convertir en un hito de la historia del disco.

Escribe Barenboim en las notas de la carpetilla -solo en inglés, por cierto- que en realidad al mercado no le hace falta otra integral de Beethoven más. Obviamente se equivoca.


PD. En el blog de Ángel Carrascosa tienen desde hace tiempo otro comentario de esta edición.

6 comentarios:

Sergio dijo...

Completamente de acuerdo.

Un saludo.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Me alegro mucho, Sergio.

Mannelig dijo...

Vaya duda existencial: 20 euros para gastar en vicios musicales antes de que venga Mariano con las rebajas (digo, realtas), y uno lee la entrada de este blog siempre tan entretenido. Se va a buscar la integral al Amazon de España y dicen que la ejecución es deficiente, y otras lindezas. En el inglés y el francés ni se molestan en hacer comentarios. En el alemán la ponen a caer de un burro y en el japonés no se sabe, con esas letras tan raras.

Pues nada, decidido. Me la compro. Freude, schöner Götterfunken... ♪♪♪

Anónimo dijo...

La integral de Barenboim con la Staatskapelle de Berlín es para mí la referencia. No se si hay otras mejores pero esa en concreto es maravillosa, emocionante y suficiente para el aficionado más exigente.

Anónimo dijo...

Tal vez, dentro de unos años, si graba con la Viener P.O. o con la Berliner P. pueda acercarse a Furtwängler y ofrecernos una integral memorable. Esta es decepcionante por la calidad de la orquesta y por la interpretación de algunos movimientos y algunas sinfonías (la sexta es deplorable, por ejemplo). Supongo que el panegírico, no ya excesivo sino ridículo a tenor de los resultados, se debe a que el crítico conoce personalmente a Barenboim. Si no, no se explica. Ramón G.I.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Ramón, expresiones como "panegírico" y "ridículo" aplicadas a mi texto me parece que son innecesarias para mostrar su discrepancia con mis opiniones.

Aparte de esto, le diré que no conozco personalmente a Daniel Barenboim. Jamás hemos sido presentados ni hemos coincidido en algún tipo de cenáculo. He asistido a un par de ensayos suyos, eso sí, pero tampoco hemos tenido ningún encuentro.

Mi único contacto personal con él se reduce a los autógrafos que le he pedido de vez en cuando. El primero fue en Sevilla en 1992, cuando me firmó un disco de música orquestal de Wagner. El último, también en el Maestranza, durante la venta de su doble DVD con las sinfonías de Beethoven en los Proms, donde por cierto hubo una enorme cola. Fue la ocasión en la que más diálogo hemos tenido: le dije que tenía muchísimos discos suyos, le comenté me había gustado muchísimo su 40 de Mozart radiofónica con la Filarmónica de Viena y le pregunté si había alguna posibilidad de que esta interpretación saliese en CD. La duración total del encuentro fue de unos veinte segundos, porque la cola era larguísima y él tampoco me ha parecido nunca muy amigo de entablar contacto con el público.

Por cierto, mi paisano Jesús Trujillo Sevilla ha puesto por las nubes sus dos ciclos de Beethoven con la WEDO en la revista Scherzo y me consta que él tampoco conoce de nada al señor Barenboim.