miércoles, 22 de julio de 2009

La Duquesa de Chicago: entre dos mundos

Kalman_Duquesa_ChicagoKÁLMÁN: La Duquesa de Chicago.
Burgess, Montazeri, Schüttengruber, Gratschmaier, Matic. Ballet, Coro y Orquesta de la Volksoper de Viena. Dir: Michael Tomaschek.
DVD Capriccio 93509
145’
DDD
Gaudisc
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¿Qué quieren que les diga? Como no conocía la versión de Bonynge (Decca) me lo he pasado en grande al descubrir que La Duquesa de Chicago, página estrenada en una fecha ya tan tardía como 1928, es a pesar de su ingenuo y deslavazado libreto una obra tan chispeante como especial dentro del género, al jugar Emmerich Kálmán con la contraposición tanto en el argumento como en la partitura de los mundos del vals y del charlestón, de la opereta y del musical, de Estados Unidos y de la vieja Europa.

Del singular resultado da buena cuenta esta versión grabada el otoño de 2004 en la Volksoper vienesa, tan sólida en la realización escénica -trufada de guiños- y de tan contagiosa vitalidad en lo musical que se perdonan las desigualdades vocales. La filmación (4:3) es irreprochable, y espectacular el sonido en un Home Cinema (5.1 auténtico, con abundante uso de los canales traseros). Lástima que los subtítulos estén sólo en alemán, inglés y francés, y que haya errores de sincronización entre audio y video.
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Artículo publicado en el número de enero de 2006 de la revista Ritmo.

lunes, 20 de julio de 2009

Decca Classics Recitals: esencias de otros tiempos

BERGONZI, Carlo. Obras de Verdi, Meyerbeer, Giordano, Cilea y Puccini. Orquesta de la Academia de Santa Cecilia. Dir: Gianandrea Gavazzeni.
Decca, 475 392-2
42’38’’
ADD
Universal
**** R



CRESPIN, Régine. Obras de Verdi, Ponchielli, Mascagni, Puccini y Boito. Orquesta del Covent Garden. Dir: Edward Downes.
Decca, 475 393-2
45’29’’
ADD
Universal
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GUEDEN, Hilde. Páginas de opereta vienesa. Orquesta de la Ópera de Viena. Dir: Robert Stolz.
Decca, 475 394-2
44’20’’
ADD
Universal
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HORNE, Marilyn. Obras de Rossini, Meyerbeer, Mozart y Donizetti. Orquesta del Covent Garden. Dir: Henry Lewis.
Decca, 475 395-2
51’04’’
ADD
Universal
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MERRIL, Robert. Obras de Verdi, Leoncavallo y Giordano. New Symphony Orchestra of London. Dir: Edward Downes.
Decca, 475 396-2
40’41’’
ADD
Universal
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TEBALDI, Renata y CORELLI, Franco. Obras de Puccini, Verdi, Cilea, Ponchielli y Zandonai. L’Orchestre de la Suisse Romande. Dir: Anton Guadagno.
Decca, 475 522-2
44’22’’
ADD
Universal
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La mayor parte de este material ya había salido en cedé. La novedad es que ahora lo hace respetando su formato original, incluyendo exclusivamente el contenido de los vinilos -unos cuarenta y cinco minutos de audición- y la portada y contraportada originales de los mismos, todo presentado en un formato digipack muy atractivo, sí, pero que obliga a usar lupa si se quiere leer el texto de las notas originales. Pese a ello, no se ha tenido a bien incluir un cuadernillo con información: hay que ahorrar papel en estos tiempos de crisis.

Sea como fuere, los nostálgicos del vinilo encontrarán aquí seis lanzamientos muy atractivos, estando el interés musical más que garantizado para todos, por lo bueno y por lo malo.

Buen ejemplo de lo último es el recital de Corelli y Tebaldi, oportuna ocasión para que el melómano se plantee, si aún no lo ha hecho, hasta qué punto la fama de ambos se basaba antes en la extraordinaria belleza y calidad de sus privilegiados instrumentos que en su capacidad para servir al compositor y a sus personajes. El mediocre resultado de estas grabaciones realizadas en 1972, ella con la voz hecha polvo y él acentuando sus defectos de siempre, ofrece una posible respuesta.

El recital que bajo la notable batuta de Gavazzeni registrara un pletórico Bergonzi allá por 1957, con sonido tan excelente como en el resto de estos discos, es por el contrario un prodigio. Que aquí se muestre más exhibicionista que en sus grabaciones en estudio de óperas completas no sólo no molesta, sino que resulta lógico y hasta deseable: con el de Parma el ardor viril no está reñido con el buen gusto.

La misma combinación de musicalidad, temperamento ardiente e instrumento de primera magnitud -el registro grave es tremendo, a pesar de ciertas irregularidades- encontramos en Marilyn Horne, una mezzo ciertamente magistral. Al menos para sus consabidos roles masculinos, porque cuando le toca hacer de señorita la cosa cambia.

Menor interés presenta el otro divo norteamericano de esta colección: el neoyorquino Robert Merril, quien aun algo corto por abajo no tenía una mala voz, demuestra aquí ser un intérprete monocorde, tosco y escasamente adecuado para Verdi, compositor que ocupa la mayor parte de su recital de 1963 dirigido por Edward Downes.

La misma discreta y un tanto ruda batuta encontramos en el disco de Régine Crespin grabado en fechas cercanas, pero por suerte la soprano de Marsella, con una voz bella y más cómoda en el grave que en el agudo, era un prodigio de musicalidad y buen gusto. Eso sí, antes en un estilo tópicamente francés, esto es, mórbido, elegante y equilibrado, sin perder jamás la compostura, que en una línea propiamente latina.

Donde sí hay sintonía entre artistas y repertorio es en el disco que cierra con burbujas de opereta vienesa este lanzamiento, interpretado por la en su momento ilustre Hilde Gueden y el compositor y director octogenario -estrenó en 1905 La viuda alegre- Robert Stolz. Algo efectista él al frente de la maravillosa orquesta, ella con agudos estridentes y más cursi que seductora (donde se ponga la Schwarzkopf...), lo cierto es que con ambos estás garantizadas las esencias de otros tiempos. Y de eso se trata en esta colección.

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Artículo publicado en el número de junio de 2004 de la revista Ritmo.

domingo, 19 de julio de 2009

Sevilla, Salzburgo y las entradas para el West-Eastern Divan

Un pequeño paseo por Internet nos permite realizar una curiosa comparación en torno a la desigual venta de entradas para los dos espectáculos que ofrecerá el próximo agosto la Orquesta del West-Eastern Divan con Daniel Barenboim al frente.

El más importante es, claro está, el Fidelio en versión de concierto, no sólo por la contrastada excelencia de Barenboim en el título beethoveniano, sino también por el enorme lujo de un elenco que incluye a Waltraud Meier, a Sir John Tomlinson y a Peter Mattei.

En Sevilla tendrá lugar el lunes 3 de agosto en el Teatro de la Maestranza. En el momento de escribir estas líneas hay entradas de todos los colores (nada menos que 127 sólo en patio de butaca, para que se hagan una idea). El precio mínimo, 3º de paraíso, son 25 euros. La localidad más cara supone un desembolso de 65 euros.

En el Festival de Salzburgo este Fidelio (el mismo, sin cambio alguno en el elenco y con la sola sustitución del Orfeón Donostiarra por el Coro de la Ópera de Viena) se ofrece por partida doble: el 12 y el 15 de agosto. 30 euros cuesta la entrada más barata. A 280 (sí, han leído bien) se cobra la butaca de patio. Los únicos espectáculos del festival que se cobran a precio superior son la Theodora con la Schäfer (330 €) y el Moïse et Phraon de Muti (370 €). Todo lo demás cuesta más barato que este Fidelio. Pues bien, las entradas para escuchar la ópera de Beethoven en el inmenso Grosses Festspielhaus se encuentran completamente agotadas. Para los dos días.

El otro espectáculo es el concierto sinfónico: Liszt, Wagner y la Fantástica de Berlioz. En el Maestranza tendrá lugar el domingo 2 de agosto. Los precios se mueven entre los 47 y los 17 euros. De nuevo quedan entradas de toda condición (123 en patio de butacas en el momento de escribir estas líneas). En el Grosses Festspielhaus, cuyo aforo supera en quinientas localidades al teatro sevillano, también quedan a la venta: cinco entradas, para ser exactos. El precio del espectáculo oscila entre 150 y 30 euros. Es decir, lo mismo que cuesta escuchar en este auditorio a la Orquesta del Concertebouw de Amsterdam y a la Sinfónica de Londres (sólo las Filarmónicas de Berlín y Viena llegan hasta los 200 € por butaca).

¿A qué se debe que el éxito de taquilla salzburgués se transforme en fracaso sevillano? Fácil. El público del veterano festival austriaco está formado por una serie de indocumentados que se tragan todo lo que le echen, mientras que los andaluces saben que ambos espectáculos no van a ser más que un bolo veraniego (tan bolo como el sensacional primer acto de Walkyria del año pasado, claro). Comprensiblemente, no están dispuestos a sacrificar un par de días de su muy cultural estancia en Chipiona o en Matalascañas, ni menos aún a desplazarse cien kilómetros para desembolsar un puñado de euros que bien podrían gastarse en algún chiringuito playero.

¿Sevilla, Ciudad de la Música? Por los cojones.

viernes, 17 de julio de 2009

Bizet, o la injusticia de la naturaleza: apuntes biográficos

Esta introducción biográfica fue escrita para acompañar el libreto de las representaciones de Los pescadores de perlas que se ofrecieron en versión de concierto en el Teatro de la Maestranza en junio de 2009. Un error de maquetación hizo que apareciera rubricado por mi colega y amigo Ismael G. Cabral, pero el texto es íntegramente mío, con todas sus insuficiencias.
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A veces la naturaleza es terriblemente cruel con los artistas. Jacqueline du Pré (1945-1987) hubiera sido recordada como la más grande violonchelista del siglo XX de no ser por la esclerosis múltiple que la fue dejando paralizada a partir de 1971, con tan solo veintiséis años de edad. Juan Crisóstomo de Arriaga (1806-1826) podría quizá haber sido el gran compositor romántico que nunca tuvimos en España de no haber fallecido de tuberculosis a los veinte. Y Georges Bizet (1838-1875) se hubiera convertido en el más grande compositor francés del siglo XIX, con permiso de Berlioz y muy por encima de los Meyerbeer, Massenet o Gounod, de no haber abandonado este mundo con treinta y siete años.

Nos dejó, eso sí, ya casi al final de su vida, una obra maestra absoluta que perpetuaría su apellido para la posteridad y asociaría para siempre el nombre de Sevilla a unos ojos oscuros de gitana mirando a través del humo de los cigarrillos. Pero su trayectoria, en general poco respaldada por la fortuna y finalmente cortada de un solo tajo por la enfermedad, podía haber dado mucho más de sí.

Bizet_1

Los comienzos no podían haber sido más prometedores. Bizet había nacido, en la capital francesa de tiempos de Luis Felipe, en el seno de una familia con claras inclinaciones musicales, siendo su padre compositor aficionado y teniendo su madre como hermano a uno de los más célebres profesores de canto de la época.

Fueron sus progenitores quienes le dieron las primeras lecciones -se dice que le quitaban de en medio los libros para que se dedicara sólo a la música-; y lo hicieron con tanto provecho que a los cuatros años ya sabía leer partituras y dos semanas antes de cumplir los diez -edad mínima requerida- pudo acceder al Conservatorio. Allí le llovieron premios, el primero de ellos a los seis meses de su llegada, y pudo recibir las enseñanzas de, entre otros, dos compositores fundamentales en su vida: Fromental Halévy (quien había alcanzado un enorme éxito con su ópera La Juive) y el aún joven Charles Gounod (no tan conocido por entonces: a Fausto y Romeo y Julieta le quedaban aún unos cuantos años).

Pronto demostró su talento al piano, especialmente en la lectura a primera vista. Y diferentes obras empezaron a demostrar un particular talento compositivo. Entre ellas una Sinfonía en Do que, escrita en 1855 como trabajo escolar que necesariamente ha de absorber influencias muy diversas, nuestro joven y muy autocrítico artista decidió mantener oculta el resto de su vida. Injusta valoración por parte de su autor: hasta 1935 nadie pudo disfrutar de su extraordinaria belleza melódica.

Bizet aspiró, como tantos otros, al prestigioso Premio de Roma. A la tercera fue la vencida y con tan solo diecinueve años pudo partir a la Ciudad Eterna. Lamentará perderse el estreno de Fausto, pero a cambio podrá viajar por toda la península, empaparse de arte y sentirse muy identificado con el bel canto de Rossini, hasta el punto de que llega a escribir un ópera bufa, Don Procopio. Verdi, más concretamente Un ballo in maschera, le interesará por el contrario más bien poco, mientras que Wagner, que andaba concluyendo Tristán e Isolda, le quedaba de momento demasiado lejos.

La amistad de Ernest Guiraud va a ser otro de los hechos clave de esta etapa italiana que culmina con la composición de Vasco da Gama, una especie de oratorio en el que empezaba a tantear los terrenos del género de la “grand opéra”, en el que tenía puesta su mirada. Pero mientras se encontraba en Venecia con Giraud recibió noticias preocupantes sobre la enfermedad de su madre (ésta fallecería un año después) y decidió volver a París.

Georges Bizet va a pasar los quince años (¡ay!) que le quedan de vida sin apenas moverse de la capital francesa. Allí podrá asistir al estrepitoso estreno de la versión revisada de Tannhäuser (él se encontrará entre los admiradores) y codearse con Franz Liszt, circunstancias ambas que terminarán de perfilar su personalidad musical, francesa hasta la médula pero tan inquieta como creativa. Y muy pronto, en 1863, recibirá el primer encargo del Théâtre Lyrique: Los pescadores de perlas.

Por desgracia las expectativas creadas no van a terminar de cuajar hasta Carmen, cuando ya es demasiado tarde. ¿Los motivos? La ya referida capacidad autocrítica tuvo mucho que ver con ello. Bizet cambió mucho de planes y tiró abundante material a la basura, aun reciclando lo que le parecía más interesante en piezas posteriores.

También está una cuestión puramente vital: nuestro artista tiene que ganarse la vida y encuentra que lo puede hacer estupendamente impartiendo clases, ofreciéndose como pianista acompañante, participando en la organización de conciertos y, sobre todo, ejerciendo de arreglista de obras ajenas, una labor en la que alcanza enorme consideración.

Su vida sentimental no parece apoyar una labor creativa. El embarazo no deseado de su doncella (su hijo ilegítimo Jean nace en 1862) le causa ciertos trastornos, como también lo hará más adelante la inestabilidad emocional que descubrirá -demasiado tarde- en la que iba en 1869 a convertirse en su esposa: Geneviève Halévy, la hija de su antiguo maestro. El propio Bizet se ve afectado por una tendencia depresiva que se acentúa cada vez que una obra no recibe la aceptación que él espera.

La mera suerte tampoco estuvo de su parte. El estreno de Los pescadores de perlas le obligó a dejar un lado su primera ópera, La guzla de l’emir, puesto que el Théâtre Lyrique no admitía obras de quien hubiera ya estrenado alguna página de ese género en la capital francesa. La Opéra de París, el templo al que todos los jóvenes compositores querían acceder, rechazó en 1864 su Ivan IV. Las dos obras tuvieron que ser recicladas. La joile fille de Perth, escrita pensando en la Exposición Universal de 1867, ve retrasado su estreno por la gran nueva obra de Gounod, Romeo y Julieta. Un nuevo intento en la Grande Opéra, La coupe du roi de Thulé, le produce el bochorno de verse relegado por una obra de otro autor hoy olvidado.

Bizet_2

El estallido de la Guerra Francoprusiana en 1870 (enseguida se enroló en el ejército, como hicieron otros célebres colegas) y las subsiguientes agitaciones de la Comuna de París -cinco mil muertos debido a la represión ejercida por el gobierno provisional de la III República- ponen un nuevo bache en su carrera. Su nueva ópera, Djamileh, un encargo de la Opéra-Comique, se ve muy perjudicada por un elenco vocal deficiente. El incendio de la Grande Opéra en octubre de 1873, que le impide estrenar una página inspirada en El Cid, Don Rodrigue, es el último escalón en esta sucesión de acontecimientos desafortunados.

Tres obras, por el contrario, le aportan grandes satisfacciones. La primera es Juego de niños, de 1871, una verdadera delicia para dos pianos que se apresura a orquestar parcialmente. La hermosísima música incidental para la obra de Daudet La arlesiana, pese a no ser bien acogida en su estreno el verano de 1872, será un éxito transformada en suite orquestal.

Finalmente Carmen, escrita entre 1872 y 1874 por un Bizet depresivo, frustrado en lo artístico, afectado por un reumatismo articular agudo y en plena crisis matrimonial, no obtiene el respaldo de la crítica pero sí una excelente respuesta del público. Semejante obra maestra, una de las mayores de la historia del género, nos hace preguntarnos qué hubiera pasado si Bizet hubiera vivido veinte años más.

Un par de infartos se lo llevaban el 3 de junio de 1875, tres meses después del estreno de Carmen y sexto aniversario de su infortunado matrimonio.

jueves, 16 de julio de 2009

Discografía de las sinfonías de Brahms (XI): Karajan, sonido ante todo

De las diferentes grabaciones brahmsianas que tiene Herbert von Karajan en su haber he escogido la integral sinfónica de 1978, que independientemente de corresponderse con el periodo en el que el salzburgués se encontraba en lo más alto de su fama, cuenta con una magnífica toma sonora -con el último reprocesado ha mejorado considerablemente- y se ofrece en tan solo dos compactos, sin complementos, a un precio muy ventajoso. Ideal para conocer cómo el mítico director concebía este repertorio.

Realmente podría decirse que estas interpretaciones editadas por Deutsche Grammophon contienen a partes iguales los virtudes y las insuficiencias que caracterizaban a Karajan, y que por tanto también pueden ser consideradas como un magnífico compendio de sus maneras de hacer en general. ¿La clave? La fascinación por el sonido.

Valiéndose de una técnica de batuta suprema y con una fabulosa Filarmónica de Berlín a su servicio, Karajan construye interpretaciones increíblemente bien sonadas, empastadísimas y opulentas, también refinadas hasta el límite, de una claridad pasmosa, además de magníficamente construidas en su discurso horizontal, esto es, sin baches en su arquitectura de tensiones, pero….

Pero con frecuencia falta lo esencial: la emoción. O mejor dicho, la emoción profunda, auténtica y sincera, esa que nos hace estremecernos en lo más hondo y comprender exactamente qué nos ha querido decir el compositor en cada momento. Interpretaciones tan hermosas como brillantes en su superficie, pues, pero que no se encuentran acompañadas de una clara idea expresiva detrás, y que a la postre pueden resultar superficiales. En cualquier caso hay desigualdades en este ciclo, y por ello hay que matizar.

Lo mejor de esta integral es la Primera Sinfonía, una ortodoxa, bellísima, cálida y comunicativa lectura a la que le faltan electricidad en los clímax, magia en determinados pasajes líricos y en general mayor compromiso expresivo para ser genial. Siendo espléndida, encuentro preferible la que el mismo director ofreció en octubre de 1988 en el Royal Festival Hall (editada hace poco por Testament), no sé si más sincera pero desde luego más intensa que ésta, encontrándose además perfilada por una sonoridad escarpada y por un enfoque dramático -incluso rebelde- que nos demuestra que, cuando los hados era propicios, Karajan era capaz de traicionarse a sí mismo.

La Segunda de este doble compacto, siendo muy notable, presenta desigualdades. El Allegro no troppo comienza algo liviano, pero luego alcanza grandes cotas de electricidad, emoción y sinceridad. El Adagio non troppo es espléndido, no mostrándose en absoluto ajeno a la fuerza dramática, aunque quizá sea más voluptuoso y teatral que profundo. El tercero, ay, vuelve a resultar algo blando, mientras que el cuarto -cosas de Karajan- pocas veces se ha escuchado con semejante júbilo, brillantez, entusiasmo y rotundidad.

Floja la Tercera, una sinfonía que nunca se le dio bien al salzburgués. Todo suena maravillosamente, pero el vuelo lírico, la atmósfera ominosa y la garra dramática están ausentes dentro de una sensación general de trivialidad y rutina, con un particularmente mediocre Poco allegretto. La única excepción es la sección central del último movimiento, expuesta con intensidad y convicción.

Buena sin más la Cuarta, que aun siendo de alto nivel vuelve a preocuparse ante todo por la rotundidad y la opulencia el sonido y a mostrar cierta desafección a bucear en los pliegues expresivos. Creatividad hay más bien poca, aunque la sensatez y la ortodoxia se agradecen.

En resumidas cuentas, nos encontramos ante interpretaciones muy dignas de conocer, pero sin salirnos del sello amarillo y de los años setenta, las de Karl Böhm (enlace) resultan bastante más convincentes, por no hablar de las que a principio de la década siguiente ofrecerá Leonard Bernstein también en DG. Pero de esas nos ocuparemos en otra entrega.

martes, 14 de julio de 2009

El Minotauro, de Birtwistle: una admirable ópera del siglo XXI

Aprovechando la rebaja veraniega del 50% en numerosos lanzamientos de Opus Arte, sello británico caracterizado por su inmejorable calidad audiovisual y sus elevadísimos precios, me compré el doble DVD de The Minotaur, ópera escrita por Harrison Birtwistle (n. 1934) sobre libreto de David Harsent estrenada en el Covent Garden el 15 de abril de 2008. Hace nada, vamos. Acerté con la compra.

Minotaur_Birtwistle
He aquí un modelo de lo que puede (¿debe?) ser la ópera del siglo XXI. Por un lado, un libreto sólido, inteligente, que no se acompleja de ser tachado de conservadurismo por recuperar un mito de la antigüedad clásica, y que sabe fusionar aspectos narrativos y conceptuales ofreciendo multiplicidad de lecturas para quien lo demande, pero también “narración” pura y dura a quienes no quieran ver más que una historia bien contada.

Por otro, una música que no es ni “antigua” ni “moderna”, que sabe beber de las fuentes sin caer ni mucho menos en el eclecticismo y sin dejar de poseer una marcada personalidad; una música que está magníficamente orquestada y que, aun renunciado a toda concesión de cara a la galería para volcarse en el servicio al drama, resulta por encima de todo fresca y comunicativa: la voluntad de enganchar con el público, al contrario de lo que ocurre con otros muy “comprometidos” (léase “subvencionados”) creadores de hoy, resulta evidente.

Minotaur_Birtwistle_2
Obra tensa y violenta, por momentos un pelín discursiva y no del todo bien trabada en sus dos líneas argumentales (la que se refiere a Ariadna y Teseo, por un lado, y la que se ocupa del Minotauro, por otro) esta en cualquier caso admirable ópera se beneficia de una puesta en escena sobria, inteligente y muy sangrienta de Stephen Langridge, de un apasionado Antonio Pappano que no duda en subrayar las numerosas aristas de la partitura (¡impresionante la percusión en un equipo con subwoofer y DTS!), de un coro espléndido y de un sólido equipo de cantantes encabezado por Christine Rice (pobre en el grave pero muy elegante, musical y voluntariosa) y el cada día más valorado Johan Reuter (no hace mucho Nick Shadow en el Real -enlace-). Incuso el gran Philip Langridge tiene un suculento papelito.

Claro que quien se lleva el gato al agua es Sir John Tomlinson, el Minotauro propiamente dicho. Lejos de las insuficiencias vocales que afectaban a su Haendel, su Mozart o su Wagner, el bajo (más que barítono-bajo) británico ofrece, en este rol específicamente escrito para sus particularidades, monólogos espeluznantes, de una sinceridad desgarradora, que se convierten en una magistral lección de cómo fundir drama y canto. Y en eso consiste, precisamente, la auténtica Ópera.

lunes, 13 de julio de 2009

Barenboim en Granada 2009 (y III): Bruckner

El año pasado Daniel Barenboim clausuró el Festival de Música y Danza de Granada con interpretaciones de las tres últimas sinfonías de Anton Bruckner absolutamente excepcionales (enlace). De ahí las relativamente frustradas expectativas de esta Cuarta de la noche del 12 de julio que, siendo globalmente admirable, ha presentado ciertas irregularidades y se ha manifestado más limitada en cuanto a concepto.

¿Y qué quiere decir esto último? Pues que Barenboim se mostró como el genio de la batuta que es en los momentos más escarpados y tensos de la página, a los que hizo sonar con una fuerza dramática y un carácter visionario impresionantes, pero no terminó de ofrecer ese fraseo efusivo, cálido y digamos “humanístico” que reclaman otros pasajes; incluso por momentos se evidenció cierta falta de concentración en esta interpretación algo más nerviosa de la cuenta en el trazo y tirando a rápida en lo tempi (sesenta y dos minutos).

Lo mejor, para mi gusto, el clímax de primer movimiento, verdaderamente visionario, así como todo el Finale, trazado con una convicción abrumadora. El Andante quasi Allegretto, como era de esperar en Barenboim, resultó mucho antes inquietante que ensoñado, y albergó en este sentido una desazón muy atractiva. El scherzo estuvo muy bien, pero solo eso.

La orquesta, adecuadísima por su sonoridad y cuajada de solistas muy musicales, tuvo diferentes tropiezos -no sólo en los metales- que fastidiaron en más de un momento la audición. La batuta, eso sí, la modeló con asombroso virtuosismo, admirable claridad y mucha atención a los matices dinámicos, desde el pianísimo más inaudible hasta el forte más abrumador. De todas formas la Staatskapelle de Berlín está muy por debajo de esa Filarmónica de Viena con la que Barenboim ofreció en los Proms de 2007 (existe toma radiofónica) una lectura más radical y discutible aún en su planteamiento, pero paradójicamente mucho más convincente que esta de Granada.

Barenboim y sus chicos se fueron corriendo sin esperar a que acabasen los aplausos. Está claro que tenían mucha prisa. El año que viene ofrecerán en el Carlos V las sinfonías Quinta y Sexta de Bruckner y, posiblemente, alguno de los conciertos de Chopin.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...