Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
lunes, 27 de abril de 2009
Maazel sucede a Maazel en el Palau de Les Arts
Pero bueno, la continuidad de Maazel es una noticia extraordinaria. ¿Pesetero? Muchísimo. ¿Antipático? Desde luego, aún me acuerdo de cómo reaccionó en Sevilla allá por la Expo 92 cuanto un pobre aficionado se acercó a pedirle un autógrafo. ¿Irregular? Bien lo sabemos los que conocemos su discografía. Y es también otras cosas más que no se pueden decir.
Pero Lorin Maazel es asimismo un director genial. Su técnica de batuta es seguramente la mejor de la segunda mitad del siglo XX. Su instinto musical, de primer orden. Su creatividad, extrema. A veces es capaz de hacer cosas rematadamente malas, en otras ocasiones se queda en lo simplemente correcto, pero últimamente (las grabaciones radiofónicas que me llegan de la Filarmónica de Nueva York me están dejando asombrado) es el mejor Maazel el que más hace acto de presencia. De la Turandot que ha ofrecido en Les Arts todo el mundo habla maravillas. Y el concierto sinfónico que allí le presencié (enlace) fue de los que dejan larga huella.
Maazel se encuentra muy orgulloso de la orquesta que ha formado. Los músicos están contentísimos con él. La reciente gira conjunta dejó a ambas partes con un gran sentimiento de tristeza por el presunto fin de la relación. Pero ese viejo zorro de la batuta ha recapacitado para bien de todos. Una pena lo de Chailly, pero tenemos que alegrarnos muchísimo de que unos de los más geniales directores del momento siga dos años más al frente de la que, ahora más que nunca, es "su" orquesta. ¡Y qué orquesta! Enhorabuena para todos, y muy especialmente para los aficionados de Valencia. Ahora, a ver si en su nueva etapa se deja grabar en DVD...
sábado, 25 de abril de 2009
Mascagni dirige Cavalleria rusticana
Mascagni: Cavalleria Rusticana (+ páginas orquestales de Il barbiere di Siviglia, I Vespri siciliani, L' amico Fritz, I Rantzau, Guglielmo Ratcliff, Iris y Le maschere).
Beniamino Gigli, Lina Bruna-Rasa, Gino Bechi, Giulietta Simionato, Maria Marcucci. Orquestas de la Scala de Milán y de la Ópera Estatal de Berlín. Director: Pietro Mascagni
2 CDs. Naxos 8. 110714-15
Bela Lugosi y Johnny Weissmuller fallecieron pensando ser los personajes cinematográficos que les hicieron famosos en los años treinta. Lina Bruna-Rasa, creyéndose Santuzza. Escucharla hoy en este papel nos produce las mismas contradictorias reacciones que ver a los antedichos encarnando a Drácula o Tarzán. Ellos establecieron el modelo para su época. La nuestra es otra.
Pero en esta Cavalleria, grabada en abril de 1940 para celebrar el cincuentenario de su estreno, hay aún mucho más morbo. Por ejemplo, escuchar la voz del compositor -por entonces director musical de La Scala merced a sus simpatías por el fascismo- en un saludo previo al oyente para seguidamente apreciar su notable labor a la batuta. Un Gigli parco en matices y profundización dramática pero tan seductor como siempre. Un Gino Bechi dueño de uno de esos vozarrones que tanto gustaban antaño. Y, sobre todo, una jovencísima Simionato que encarna admirablemente a Mamma Lucia antes de convertirse en una de las grandes Santuzzas del siglo XX.
En los cincuenta y dos minutos de propinas Mascagni dirige admirablemente aburridas obras suyas, se queda algo corto en Verdi y comete disparates varios en Rossini. Interesantísimo.
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Artículo escrito para el número de noviembre de 2001 de la revista Ritmo pero finalmente no publicado.
jueves, 23 de abril de 2009
Karl Böhm: un gran Beethoven y la mejor “Nuevo Mundo”
He aquí una edición imprescindible para todo amante de la música sinfónica, un DVD que ha de servir no sólo para disfruta tope, sino también para reconsiderar la con frecuencia minusvalorada -incluso ninguneada- figura de Karl Böhm (1894-1981), seguramente “sólo” un sólido kapellmeier en sus primeros años, pero desde luego un grandísimo director en los últimos lustros de su dilatada trayectoria. Incluso desde un poquito antes, como demuestra esta Séptima de Beethoven de 1966 al frente de la Sinfónica de Viena.
Filmada en blanco y negro y lastrada por una toma sonora monofónica sólo correcta, esta interpretación es una buena muestra de cómo Böhm podía conseguir una extraordinaria fuerza expresiva sin abandonar una óptica apolínea en la que se imponen el equilibrio de la arquitectura, la belleza sonora y la sobriedad de la forma. Lejos de otras lecturas mucho más sanguíneas, extrovertidas y vitalistas, el de Gratz consigue que esta página adquiera toda la fuerza, la elegancia y la grandiosidad de la mejor arquitectura griega. Pero construida no con el gratino de Klemperer, sino con mármol de la mejor calidad.
Los cincuenta y cinco minutos de ensayos (subtítulos solo en inglés y francés) se hacen aburridos pero son reveladores. Lejos de dar indicaciones expresivas, Böhm se limitaba a repetir cosas como “un poco más bajo”, “tómense su tiempo” o “un poco antes”; pero aun así -o precisamente por eso- conseguía unos resultados de una fuerza extraordinaria, como demuestra en un arrebatador, implacable cuarto movimiento. Interpretación formidable, pues, aunque existen en DVD (ediciones japonesas que me costaron un ojo de la cara) otras dos aún más impresionantes. Lógico, porque se trata de realizaciones ya de 1975 y 1980, respectivamente, lo que equivale a decir de la etapa más admirable del director.
De 1978 es la Sinfonía del Nuevo Mundo que completa este DVD editado por Medici Arts. De un Böhm de ochenta y cuatro años, pues, lo que equivale a decir de un Böhm genial. Para mi gusto se trata de la mejor versión de la Novena de Dvorák que he escuchado. Y es que nuestro artista, con la complicidad de una Filarmónica de Viena de bellísimo pero aquí nada hedonista sonoridad, consigue como nadie ofrecer la visión de esta partitura que mí más me convence, es decir, una visión extremadamente sombría y pesimista que deja de lado cualquier referencia folclórica para centrarse en la esencia del drama.
El primer movimiento resulta así terrible y escarpado; el célebre largo suena con doliente amargura, nos conduce a un clímax sobrecogedor y luego concluye en la mayor desolación; el scherzo resulta mucho antes dramático que evocador, aunque Böhm no llega a abrir las puertas del infierno que sí abría Kertész con la Sinfónica de Londres; y el último movimiento olvida la retórica para manifestarse como una terrible lucha contra el destino que culmina, como no podía ser de otra forma, con una coda rebelde, angustiosa, contundente y terrible.
Claro que para ofrecer todo ello a Böhm (¡qué cara de mala leche pone cuando dirige!) no se le mueve pelo y hace siempre gala en lo sonoro de esa sobriedad marmórea de la que antes hemos hablado. Impresionante. Lástima que el sonido (estereofónico, sin multicanal) no sea tan extraordinario como el del CD que llegó a conocer una fugaz edición en España gracias a la colección de quiosco que coordinó hace años Ángel Carrascosa. En cualquier caso, DVD a tener en la estantería. En lugar preferente.
miércoles, 22 de abril de 2009
Las bodas de Fígaro por Colin Davis en Philips
Wixell, Norman, Freni, Ganzarolli, Minton, Casula, Grant, Tear, Lennox, Watson. BBC Chorus, BBC Symphony Orchestra. Dir: Sir Colin Davis.
Philips, 475 6111
3 CDs. 175’29’’
ADD
Universal
** M
Estas Bodas de 1971 fueron importantes por ofrecer la primera grabación de la genial partitura en su integridad. Hoy, sin embargo, cuentan con demasiada competencia. La dirección del joven Colin Davis se muestra centrada y voluntariosa, pero no es del todo refinada -más bien al contrario-, ni muy creativa, ni especialmente poética. Lilian Watson, deliciosa Barbarina, es lo mejor de un desequilibrado reparto en el que una Freni y una Norman algo por debajo de lo en ellas esperable convencen bastante más que un Ganzarolli y un Wixell que procuran teatralizar sus personajes, pero que en lo puramente vocal -como era de esperar- dejan mucho que desear. Bien el Cherubino de la Minton, y poca cosa el resto.
Sin salir del mismo sello y también en serie media, de nuevo con la partitura íntegra pero aquí en interpretación más convincente y con mucho mejor sonido, la versión de Marriner resulta muy preferible. Ah: si viaja usted a Japón, no deje de traerse el DVD de Böhm/Ponelle, una verdadera referencia.
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Artículo publicado en el número de julio-agosto de 2004 de la revista Ritmo.
PS. A estas alturas, las geniales Nozze de Böhm/Ponelle llevan ya tiempo en DVD en el mercado europeo. Colin Davis tiene una grabación muy posterior de la obra, para RCA, que desconozco. Ésta de 1971 cuya reseña aquí recupero es un fiasco.
lunes, 20 de abril de 2009
Discografía de las sinfonías de Brahms (VI): Szell, fría objetividad
Tiene mucha reputación el ciclo brahmsiano que para CBS grabó George Szell entre 1964 y 1967 al frente de su maravillosa, excepcional Orquesta de Cleveland. Sigue siendo, sin duda, una buena opción para acercarse a esta música, y no estaría nada mal que Sony lo volviese a reeditar, pero a mi modo de ver caso el maestro húngaro no alcanza la excepcionalidad reservada a los verdaderamente grandes intérpretes del autor.
Y es que el malhumorado maestro húngaro hace aquí gala de ese proverbial distanciamiento expresivo que suele afectar a sus interpretaciones. Y un Brahms sin vuelo lírico, sin poesía y sin emotividad no es Brahms. ¿Cómo le pasa al de Klemperer? Pues sí, con la diferencia de que el director de Breslau poseía una sonoridad granítica, una fuerza expresiva y, en definitiva, una personalidad interpretativa que en Szell no existen. La arquitectura, eso sí, es prodigiosa, la ejecución no presenta la menor fisura y la sonoridad brahmsiana, tan difícil de lograr, está muy conseguida.
De la Primera sinfonía, registrada (como la Cuarta, la Trágica y la Académica) en 1966, ofrece Szell una interpretación sobria y directa, sin caídas de tensión y sin asomo de retórica o de blandura, pero algo seca, algo falta de lirismo y de un último compromiso expresivo, sobresaliendo en cualquier caso un espléndido primer movimiento.
El último es por el contrario lo mejor de la Segunda, un registro de 1967 de enorme solidez en el que hubiera sido deseable una mayor dosis de vuelo lírico y de profundidad expresiva. Ni que decir tiene que la orquesta está fabulosa, pese a no poseer un sonido especialmente bello.
De nuevo magia, poesía y profundidad son las principales carencias de una en general intensa Tercera (de 1964, grabada al tiempo que las Variaciones Haydn), maravillosamente trazada por la batuta, dicha con excelente gusto y espléndidamente tocada por la formación norteamericana. Notable interpretación.
Quizá los mejores resultados los obtiene Szell en una admirable Cuarta, tan sobria como era de esperar pero en este caso más intensa y sincera, arrancando con un Allegro non troppo muy otoñal -desde luego más de lo esperable- y culminando con un Allegro energico e passionato de acertado y muy convincente dramatismo.
Aburrida, por el contrario, la Obertura Trágica: lenta, brumosa, pero no del todo tensa y demasiado fría. Mejor las Variaciones Haydn, una interpretación de una pieza, objetiva e intensa, robusta en lo sonoro y brillante cuando tiene que serlo, aunque de nuevo escasamente poética. La Obertura Académica, finalmente, tiene la gran virtud de atender tanto a lo “externo” como a lo “interno”, a la brillantez orquestal como a la cantabilidad de las melodías, cosa que no ocurre en muchas otras interpretaciones; el problema, claro, es que tanta sobriedad no casa bien con la naturaleza de la página.
domingo, 19 de abril de 2009
Turandot valenciana con Patrick Fournillier y Hyun Kyung Son
Fournillier. Hizo sonar fabulosamente a orquesta y coros (¡extraordinarios, vaya lujo para un teatro español!), pero cualquiera se da cuenta de que el trabajo técnico se lo había hecho previamente ese genio de la batuta que es Lorin Maazel, a quien sin duda hay que atribuirle la enorme claridad y la abrumadora riqueza de colorido que salían del foso. Dicen que el veterano maestro dirigió con extrema lentitud y enorme personalidad. Fournilier ofreció anoche, por el contrario, unos tempi normales (¡veinte minutos menos!) en una lectura sensata, honesta y musical, no siempre dotada de la continuidad dramática necesaria pero en cualquier caso de enorme solvencia. Muy bien.
Matos. Siempre he hablado elogiosamente de esta señora, pero algunos de sus fans empiezan a cansarme. Su voz tiene carne y potencia sonora, mas el grave -sólido- le cambia demasiado de color y a veces desafina en el agudo. Expresivamente es basta como ella sola. Ahora bien, el simple hecho de "poder" con el rol imposible de Turandot es ya muchísimo, y por ello hay que aplaudirle sin reservas, lo que no quita que un servidor se haya quedado con las ganas de escuchar en director a la Guleghina, sin duda preferible.
Hong. Por lo visto estaba enfermo y, me dicen fuentes muy solventes, a tal circunstancia se debieron en parte sus insuficiencias. El grave es pobre, al centro le falta peso, su legato es escaso y su musicalidad bastante discreta. Ahora bien, el agudo es espléndido, y su fiato, interminable, lo que le permitió lucirse y triunfar de cara a la galería. No voy a negar que escuchar a un Calaf tan bien dotado por arriba es un placer para los sentidos. Pero prefiero a Marco Berti, aunque sea tan pésimo actor como el coreano.
Kyung Son. La voz es pequeñita pero muy homogénea. La soprano oriental canta además con una musicalidad admirable. Maravillosa en "signore, ascolta", con preciosos reguladores al final, y no tanto en las otras dos arias. Sin duda, muy preferible a Voulgaridou. Deberían haberle dado todas las funciones.
Notable Tsymbalyuk: coincido con Maac en que su Timur ha sido mejor que el que ofreciera anteriomente en esta misma producción. Bien a secas (en algún momento se liaron más de la cuenta) Fabio Previati, Vicenç Esteve y Gianluca Floris. Mediocre el mandarín de Amastasov, y muy correcto el emperador de Manuel Beltrán Gil, seriamente perjudicado por la colocación de su personaje en el escenario.
La dirección escénica de Chen Kaige me sigue pareciendo bastante pobre, a veces incluso de función de fin de curso (¡esos chinos haciendo "la ola"!), pero visualmente resulta de un enorme atractivo. Precioso el vestuario, que se beneficia de una Matos que sí ha querido (al contrario que la diva Guleghina) ponerse los trajes inicialmente previstos para cada uno de los actos. El conjunto gana muchísimo en directo con respecto a la filmación televisiva (enlace). El ojo sale fascinado de tan bello despliegue de formas y colores.
En resumen: una Turandot sonada por una orquesta y un coro tan alucinantes, bien dirigida desde el foso, cantada por un conjunto de voces más que digno y apoyada por un espectáculo visual extraordinariamente seductor es, sin duda, un lujo monumental. Disfruté muchísimo, y dudo que vuelva a escuchar en directo una representación a semejante nivel. Ahora bien, me quedo con las ganas de escuchar a Guleghina, a Berti (al menos cantará el papel en Sevilla) y, sobre todo, a Lorin Maazel. Qué le voy a hacer.
jueves, 16 de abril de 2009
La Turandot de Karajan: orgía sonora

Karajan es aquí más Karajan que nunca. Para lo bueno y para lo malo. El salzburgués se olvida por completo del drama -es decir, de hacer auténtica ópera- y convierte la partitura en un gigantesco poema sinfónico al servicio de la megalomanía más desatada, de tal modo que deja a un lado la arquitectura interna de la obra, la caracterización de las diferentes situaciones y su progresión dramática para perderse en mil y un detalles primorosos, acentuar hasta el límite los contrastes dinámicos y apabullar con la potencia, tersura y belleza sonoras de la inigualable Filarmónica de Viena. Ni que decir tiene que el colorido es riquísimo, la elegancia inalcanzable, la sensualidad irresistible, las texturas de ensueño y la claridad absolutamente portentosa, pero esto no es Puccini.
El equipo vocal es de alto nivel, pero eso aquí es lo de menos: todo está al servicio de la batuta. La Ricciarelli, obviamente una voz demasiado lírica para el imposible rol de la princesa, sale del empeño más airosa de lo esperable, a pesar de que -claro está- lo pasa mal en los extremos de la tesitura. Domingo no tiene el agudo, ya lo sabemos, pero su calidez y sinceridad expresivas le hacen mantenerse muy digno en este registro en el que, dadas las circunstancias, las voces han de pasar desapercibidas.
Barbara Hendricks hace una Liu muy musical, bellemente cantada pero también -como era de esperar- un punto sosa. Raimondi está muy bien. Y resulta un lujo tener a Gottfried Hornik, Heinz Zednick y Francisco Araiza en las máscaras, a Siegmund Nimsgern como el mandarín y a Piero di Palma como el Emperador. Como también es un lujo contar con el Coro de la Wiener Staatsoper, por no hablar de los Niños Cantores de Viena: el que en sus intervenciones suenen extremadamente almibarados no es culpa de ellos.
Jamás recomendaría a alguien acercarse a Turandot con esta interpretación, un verdadero disparate desde el punto de vista estilístico y conceptual. Pero yo he disfrutado muchísimo con el sonido de la Filarmónica de Viena y con el brillante, refinado y sensualísimo espectáculo que monta Karajan con su complicidad. Por eso recomiendo a todo amante de la música orquestal que no se pierda la orgía sonora contenida en estos dos compactos.
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