Tiene mucha reputación el ciclo brahmsiano que para CBS grabó George Szell entre 1964 y 1967 al frente de su maravillosa, excepcional Orquesta de Cleveland. Sigue siendo, sin duda, una buena opción para acercarse a esta música, y no estaría nada mal que Sony lo volviese a reeditar, pero a mi modo de ver caso el maestro húngaro no alcanza la excepcionalidad reservada a los verdaderamente grandes intérpretes del autor.
Y es que el malhumorado maestro húngaro hace aquí gala de ese proverbial distanciamiento expresivo que suele afectar a sus interpretaciones. Y un Brahms sin vuelo lírico, sin poesía y sin emotividad no es Brahms. ¿Cómo le pasa al de Klemperer? Pues sí, con la diferencia de que el director de Breslau poseía una sonoridad granítica, una fuerza expresiva y, en definitiva, una personalidad interpretativa que en Szell no existen. La arquitectura, eso sí, es prodigiosa, la ejecución no presenta la menor fisura y la sonoridad brahmsiana, tan difícil de lograr, está muy conseguida.
De la Primera sinfonía, registrada (como la Cuarta, la Trágica y la Académica) en 1966, ofrece Szell una interpretación sobria y directa, sin caídas de tensión y sin asomo de retórica o de blandura, pero algo seca, algo falta de lirismo y de un último compromiso expresivo, sobresaliendo en cualquier caso un espléndido primer movimiento.
El último es por el contrario lo mejor de la Segunda, un registro de 1967 de enorme solidez en el que hubiera sido deseable una mayor dosis de vuelo lírico y de profundidad expresiva. Ni que decir tiene que la orquesta está fabulosa, pese a no poseer un sonido especialmente bello.
De nuevo magia, poesía y profundidad son las principales carencias de una en general intensa Tercera (de 1964, grabada al tiempo que las Variaciones Haydn), maravillosamente trazada por la batuta, dicha con excelente gusto y espléndidamente tocada por la formación norteamericana. Notable interpretación.
Quizá los mejores resultados los obtiene Szell en una admirable Cuarta, tan sobria como era de esperar pero en este caso más intensa y sincera, arrancando con un Allegro non troppo muy otoñal -desde luego más de lo esperable- y culminando con un Allegro energico e passionato de acertado y muy convincente dramatismo.
Aburrida, por el contrario, la Obertura Trágica: lenta, brumosa, pero no del todo tensa y demasiado fría. Mejor las Variaciones Haydn, una interpretación de una pieza, objetiva e intensa, robusta en lo sonoro y brillante cuando tiene que serlo, aunque de nuevo escasamente poética. La Obertura Académica, finalmente, tiene la gran virtud de atender tanto a lo “externo” como a lo “interno”, a la brillantez orquestal como a la cantabilidad de las melodías, cosa que no ocurre en muchas otras interpretaciones; el problema, claro, es que tanta sobriedad no casa bien con la naturaleza de la página.

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