
Karajan es aquí más Karajan que nunca. Para lo bueno y para lo malo. El salzburgués se olvida por completo del drama -es decir, de hacer auténtica ópera- y convierte la partitura en un gigantesco poema sinfónico al servicio de la megalomanía más desatada, de tal modo que deja a un lado la arquitectura interna de la obra, la caracterización de las diferentes situaciones y su progresión dramática para perderse en mil y un detalles primorosos, acentuar hasta el límite los contrastes dinámicos y apabullar con la potencia, tersura y belleza sonoras de la inigualable Filarmónica de Viena. Ni que decir tiene que el colorido es riquísimo, la elegancia inalcanzable, la sensualidad irresistible, las texturas de ensueño y la claridad absolutamente portentosa, pero esto no es Puccini.
El equipo vocal es de alto nivel, pero eso aquí es lo de menos: todo está al servicio de la batuta. La Ricciarelli, obviamente una voz demasiado lírica para el imposible rol de la princesa, sale del empeño más airosa de lo esperable, a pesar de que -claro está- lo pasa mal en los extremos de la tesitura. Domingo no tiene el agudo, ya lo sabemos, pero su calidez y sinceridad expresivas le hacen mantenerse muy digno en este registro en el que, dadas las circunstancias, las voces han de pasar desapercibidas.
Barbara Hendricks hace una Liu muy musical, bellemente cantada pero también -como era de esperar- un punto sosa. Raimondi está muy bien. Y resulta un lujo tener a Gottfried Hornik, Heinz Zednick y Francisco Araiza en las máscaras, a Siegmund Nimsgern como el mandarín y a Piero di Palma como el Emperador. Como también es un lujo contar con el Coro de la Wiener Staatsoper, por no hablar de los Niños Cantores de Viena: el que en sus intervenciones suenen extremadamente almibarados no es culpa de ellos.
Jamás recomendaría a alguien acercarse a Turandot con esta interpretación, un verdadero disparate desde el punto de vista estilístico y conceptual. Pero yo he disfrutado muchísimo con el sonido de la Filarmónica de Viena y con el brillante, refinado y sensualísimo espectáculo que monta Karajan con su complicidad. Por eso recomiendo a todo amante de la música orquestal que no se pierda la orgía sonora contenida en estos dos compactos.

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