Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
La plataforma Stage + pone cada vez más y más cosas interesantes. Por ejemplo, este vídeo de una hora de duración en el que tras un breve documental y una interesantísima entrevista, Pierre Boulez dirige en la Alte Oper de Frankfurt primero a su Ensemble InterContemporaie y luego a la Junge Deutsche Philharmonie en dos obras fundamentales del catálogo de Olivier Messiaen: Oiseaux Exotiques y Chronocromie; la primera de ellas cuenta con el concurso de Pierre Laurent Aimard.
¿Las obras? Maravillosas. ¿Las interpretaciones? Descomunales, pero teniendo muy en cuenta que lo que Boulez dice en la entrevista lo materializa en su dirección: el ritmo en primer término. Quien en esta música busque eso de la sensualidad impresionista, la atmósfera y el misterio propio de "lo francés", que también lo hay, puede que no se vea del todo satisfecho. Por lo demás, transparencia absoluta e incisividad elevada, sin llegar a ser agresiva. Más información sobre el asunto en esta antigua entrada.
Dos reparos: no hay subtítulos y la calidad audiovisual es la propia de un producto televisivo de 1991. Eso sí, ver además de escuchar permite apreciar mucho mejor cómo Messiaen distribuye y trabaja con los timbres. No se lo pierdan.
La primera vez que escuché la Sinfonía Turangalila de Olivier Messiaen fue en directo, en el Teatro de la Maestranza allá por abril de 1993. Yo no había aún cumplido los veintidós, así que supuso todo un trauma: de inmediato se convirtió en una de mis obras preferidas del siglo XX. La interpretación debió de contribuir lo suyo, pues allí estaban Riccardo Chailly, la Filarmónica de La Scala, Jean Yves Thibaudet y Takashi Harada. En la firma de autógrafos le pregunté al maestro si iban a grabarla obra, y con una enorme sonrisa me replicó que ya estaba grabada, con los mismos solistas y la Orquesta del Concertgebouw. Compré el disco en cuanto salió, y luego la edición en SACD. Comprenderá el lector que, con todas estas circunstancias, para mí es esa y no otra la versión por excelencia de la genial partitura. Poco a poco fui llegando a otras propuestas interesantísimas, como la muy impresionista de André Previn –que tengo en formato cuadrafónico– o la salvajada expresionista de Kent Nagano; de estas y de unas cuantas más hablé por aquí en una discografía improvisada.
He vuelto a escuchar la de Chailly, y me reafirmo en mi opinión: es la referencia absoluta gracias a su capacidad para sintetizar con el equilibrio más adecuado las diferentes facetas de la partitura, amén de por la soberbia ejecución de los holandeses. También he querido acercarme al vídeo de Gustavo Dudamel y la Simón Bolívar disponible en YouTube, que no es el que se filmó en la Philharmonie de Berlín –antaño disponible en la Digital Concert Hall– sino otro con Yuja Wang en lugar de Thibaudet. Gran recreación particularmente por la mezcla de sensualidad y entusiasmo que emana de la batuta. Todo este repaso, para realizar una audición en condiciones del registro que, de momento solo en formato digital, acaba de lanzar Deutsche Grammophon con Andris Nelsons, la Sinfónica de Boston y la citada pianista china. Primera grabación, por cierto, de la orquesta que encargó la obra: no es detalle baladí.
Vamos al grano, que llevo ya demasiadas líneas sin decir nada. Desde el punto el vista técnico, esta es una recreación colosal. Las hay igual de increíblemente bien tocadas, pero no mejor: es imposible. Hay una todavía más satisfactoriamente diseccionada, la de Cambreling, si bien aquella no llega al nivel de ejecución de lo que aquí consiguen un Andris Nelsons y una Sinfónica de Boston en la cima del virtuosismo. Todo increíblemente bien expuesto, amén de recreado con una amplísima gama de colores –la orquesta sabe sonar tanto curvilínea como incisiva– y haciendo gala de un envidiable sentido de las texturas.
Desde el punto de vista expresivo encuentro algunos reparos. Las grandes virtudes en este terreno son el indesmayable vigor rítmico, la brillantez bien entendida y la atención a los aspectos conflictivos de esta música: hay tensiones, hay angulosidades e incluso hay violencia, si bien lejos del carácter angustioso y obsesivo de Nagano. Tambien hay delicadeza y refinamiento. Ahora bien, la sensualidad, la atmósfera impresionista y –por qué no decirlo– la espiritualidad que anidad en los pentagramas no se encuentran atendidas al cien por cien, al tiempo que se evidencia, sobre todo en la segunda parte de la obra –también en el arranque del cuatro movimiento–, una tendencia al nerviosismo que no me resulta convincente. Reparos menores, en cualquier caso, frente a un reparo mayor: el carácter frivolón que Andris Nelsons imprime al Finale.
Yuja Wang estaba magnífica con Dudamel merced a un su toque agilísimo, poco denso –en la antípoda de la visceralidad percutiva de Aimard con Nagano–, plagado de sutilísimas inflexiones idóneas para recrear lo que con mucha mala leche Celibidache llamaba "música de pajaritos, pío pío". La pianista china parece encontrarse todavía más a gusto con Nelsons: su fraseo felino tendente al nerviosismo encaja bien con la idea que el maestro letón parece tener de esta música. La joven Cécile Lartigau me ha gustado muy especialmente en las ondas Martenot.
¿Toma de sonido? En el Dolby Atmos que ofrece la plataforma Stage + es la mejor de todas, incluyendo el portentoso SACD de Chailly arriba citado. Total, que aun con todos los reparos expuestos este es un registro a conocer. A ver si escucho algunos discos más y actualizo la discografía comparada.
Me preguntaba esta mañana un amigo si tengo una discografía comparada de la Sinfonía Turangalila. Pues no. Le dedico a él esta que, con sus enormes insuficiencias, acabo de improvisar.
1. Ozawa/Sinfónica de Toronto (RCA, 1967). Aunque ciertamente el director oriental pone su extraordinario sentido del color, de la sensualidad y del refinamiento al servicio de un bellísimo movimiento central, lo cierto es que la versión en su conjunto dista de encajar con lo que esperábamos de Ozawa. Todo suena demasiado nervioso y ruidoso, incluso confuso –solo en parte culpa de la toma, que además presenta cierta distorsión tímbrica–, echándose en falta un trabajo analítico más a fondo y, sobre todo, un fraseo más amplio que alcance mayor grandeza en determinados momentos cruciales. Todo esto no debe confundirse con el enfoque expresionista de, por ejemplo, un Nagano: a Ozawa lo que le falla es la concentración y la capacidad para profundizar en las notas. Tampoco la orquesta es precisamente gran cosa: los metales son más bien estridentes. Ivonne Loriod sigue el enfoque dramático de la batuta. Irreprochable su hermana Jeanne con las ondas Martenot. (7)
2. Previn/Sinfónica de Londres (EMI, 1977). Dirección centradísima en el estilo, admirable desde el punto de vista técnico y atenta tanto a los aspectos dramáticos de la pieza como, especialmente, a los sensuales y metafísicos. No hay nada de blandura ni de exhibicionismo. Un poco más de exaltación, de sentido lúdico y de carácter visionario no le vendría mal. Notabilísimo Michel Béroff, aunque aún podría ofrecer un sonido más rico y una mayor variedad de matices. De nuevo impecable Jeanne Loriod. Fantástico el sonido en DVD-Audio gracias a su espectacular gama dinámica, aunque la tímbrica no sea la mejor posible. (8)
3. Salonen/Orquesta Philharmonia (CBS, 1985). Como era de esperar, Salonen hace una lectura más intelectual que pasional, presidida por la objetividad, el análisis y la perfecta planificación horizontal y vertical, pero sin mucha emoción. Lo mejor, el sabor straviskiano que obtiene de la partitura. Lo menos bueno, la relativa ausencia de sensualidad y de carácter visionario. Crossley muestra un enorme virtuosismo, aunque se le podría pedir más variedad expresiva. Murail está magnífico a las ondas Martenot. (8)
4. Chung/Orquesta de la Bastilla (DG, 1990). Con el compositor presente en las sesiones de grabación, el director oriental apuesta por la sensualidad y el refinamiento tímbricos, incluso por la belleza sonora en sí mismas, ofreciendo una lectura que mira hacia lo impresionista difuminando ciertas aristas y preocupándose más de las texturas que de la acumulación de tensiones. La opción es coherente y funciona bien, aunque desde luego en los dos últimos movimientos se echan de menos tensión sonora, fuerza y garra. La orquesta podría ser mejor. Las Loriod están fantásticas, en una línea que sigue a la batuta en su mayor interés por lo sensual que por lo dramático. Si Messiaen lo quería estupendo. (8)
5. Chailly/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1992). Tuve la suerte de que mi primera experiencia con la Turangalila fue en directo con Riccardo Chailly. La verdad es que fue para mí toda una conmoción. En la firma de autógrafos le pregunté al maestro si iban a grabar la obra. “Ya está grabada”, me respondió, “y con los mismos solistas”. Al poco tiempo Decca publicó el resultado. Escuchada con el paso del tiempo, lo más maravilloso de la interpretación, fabulosamente tocada y grabada, es cómo la batuta logra aunar el refinamiento, el sentido del color, el colorido y la morbidez de las texturas propias del impresionismo –sin perderse nunca en lo contemplativo– con un sentido de la tensión dramática y de las aristas de corte expresionista. Fabulosos Thibaudet y Harada, redondeando la que quizá sea la interpretación de referencia. El multicanal del SACD permite una extraordinaria claridad de las texturas. (10)
6. Nagano/Filarmónica de Berlín (Teldec, 2000). Toda una experiencia la audición de esta toma en vivo –técnicamente magnífica– en la que el maestro Kent Nagano, armado de una técnica sin fisuras con la que extrae el máximo partido de una orquesta portentosa, adopta una postura radical: renunciar a lo que esta obra tiene de contemplativo, evocador, sensual y amoroso para ofrecer una visión obsesiva, dramática y visceral, que no nerviosa, ni mucho menos descontrolada, toda vez que el fraseo es amplio y concentrado. Se trata, en este sentido, de una visión muy poco religiosa, o al menos de una religiosidad angustiada y rebelde, muy lejos de la confiada espiritualidad franciscana que buscaba Messiaen. O más cercana al mundo de la Segunda Escuela de Viena que del Impresionismo, si se prefiere verlo de este modo. La espectacularidad, por otra parte, no interesa a Nagano lo más mínimo: el breve crescendo final resulta en este sentido anticlimático. Pierre-Laurent Aimard secunda esta visión tan arriesgada como unilateral con un toque antes percutivo que melódico, menos poético de lo deseable, mientras que Dominique Kim se muestra sutil en las ondas sin dejar de ofrecer algún detalle de gran interés. (9)
7. Cambreling/Sinfónica de la SWR de Baden-Baden y Friburgo (Hänssler, 2008). Siendo el color y la rítmica los dos elementos fundamentales de la Turangalila, la mayoría de los directores suelen priorizar, en una visión un tanto tópica, pero con fundamento de lo francés, el primer elemento sobre el segundo. Haciendo gala de una exactitud y una clarividencia rítmicas como jamás se ha escuchado en esta sinfonía, Cambreling ofrece justo lo contrario. Y lo consigue con un perfecto equilibrio de planos sonoros, dando como resultado la interpretación más transparente y polifónicamente reveladora que se ha escuchado, además de una de las que mejor reivindica el papel de la percusión –gloriosos los miembros de la formación alemana– en esta partitura. Todo ello con un fraseo no particularmente voluptuoso, más bien dramático e incisivo, pero sin necesidad de adoptar un enfoque hiper-expresionista y, desde luego, sin caer en nerviosismo ni en falta de concentración. De hecho, el “Jardin du sommeil d’amour” está maravillosamente paladeado, aunque su sensualidad sea mucho antes espiritual que terrena. Una pena que en los dos últimos movimientos la batuta pierda un poco de fuelle: en “Turangalila III” las texturas están tratadas con enorme acierto y la ambigüedad expresiva que necesita esta fascinante página, pero las tensiones no se logran acumularse –quizá el maestro haya decidido conscientemente hacerlo así–, mientras que en el final no alcanza el frenesí orgiástico y visionario que había logrado previamente en “Joie du sang des étoiles”. Bien el piano de Roger Muraro, magníficas las ondas de Valérie Hartmann-Claverie. (9)
8. Chung/Filarmónica de Radio Francia (YouTube, 2008). No se sabe muy bien si por influencia de grabaciones como las de Chailly o Nagano, o quizá por no tener al compositor delante, pero lo cierto es que en esta filmación en vivo en la Sala Pleyel –original realización televisiva de Andy Sommer, muy en su línea–, el maestro oriental ofrece una realización mucho más angulosa e incisiva que en su grabación de estudio, sin llega a ser agresiva o expresionista: más bien es bulliciosa, nerviosa –quizá más de la cuenta–, desde luego muy vitalista y con evidente intención de epatar con las acumulaciones de efes en los finales de los movimientos quinto y décimo; en cualquier caso, por completo alejada de la mera ensoñación tardo-impresionista, independientemente de que las texturas que obtiene su batuta virtuosística sigan siendo un prodigio. El incisivo –más que poético– piano de Roger Muraro y las fascinantes ondas de Valérie Hartmann-Claverie siguen perfectamente la línea marcada desde el podio. (8)
9. Dudamel/Sinfónica Simón Bolívar (Digital Concert Hall, 2016). Como era de esperar, el maestro venezolano ofrece una exhibición de frescura y energía, de riqueza del color, de sentido del ritmo, de sensualidad y de atención a la atmósfera, incluso de hedonismo bien entendido, destapando el tarro de los perfumes impresionistas y deleitándose sin rubor en la opulencia y en los grandes contrastes sonoros. Lo hace sin dejarse llevar por el entusiasmo ni por el exceso de nervio, controlando de manera irreprochable la arquitectura y paladeando con la adecuada concentración los movimientos más introvertidos, que saben moverse entre el erotismo, la espiritualidad y el carácter onírico que les caracteriza. Todo ello, por descontado, haciendo gala de una soberbia técnica de batuta que le permite obrar prodigios con una Simón Bolívar todavía más gigantesca de lo acostumbrado. Thibaudet, con ese fraseo anguloso y ese toque un punto percutivo que le caracterizan, vuelve a mostrarse como un temperamental y arrollador intérprete de su parte, mientras que Cynthia Millar hace sonar Ondas Martenot de manera particularmente lírica. Desdichadamente, esta interpretación ya no se encuentra disponible en la Digital Concert Hall. Sí que ha yotra de Dudamel en YouTube, con Yuja Wang al piano, pero esa no la conozco. (10)
Concierto de Zubin Mehta y la Filarmónica de Berlín ofrecido a puerta cerrada el 17 de abril de 2021 y retransmitido con soberbia imagen 4K y sonido de alta definición a través de la Digital Concert Hall. El programa no puede ser más maravilloso: Et expecto resurrectionem mortuorum de Messiaen y Sinfonía nº 9 de Anton Bruckner. Resultados muy irregulares, a decir verdad.
De la Novena de Bruckner ya había una interpretación a cargo de los mismos intérpretes de enero de 2014, floja en el primer movimiento y notable en el resto. A tan solo unos días de cumplir los ochenta y cinco y después de haber superado una gravísima enfermedad que le dejo al borde mismo de la muerte, se esperaba de Mehta una interpretación más madura y trascendida, de esas de los grandísimos maestros al final de su vida. Pues no. Arranca sin suficiente misterio, atraviesa por unas frases más bien saltarinas –no las hacía así en su antigua versión con la Filarmónica de Viena– y llega a un primer clímax sin nada en particular. A partir de ahí, el primer movimiento se desarrolla de manera deslavazada, sin concentración y carente de unidad, alternando pasajes de magnífica ortodoxia con otros más bien asépticos, dichos de pasada, sin destilar en absoluto esa mezcla de efusividad, carácter agónico y pavor que la partitura demanda. Si no fuera por la inmejorable sonoridad de la orquesta berlinesa –a la que el de Bombay trata con verdadera maestría– y por la musicalidad de todos y cada uno de sus solistas, sería un fiasco. Muy correcto –de nuevo más por la orquesta que por la batuta– el Scherzo, y francamente bien el trío. Una vez más lo mejor es el Adagio, fraseado con naturalidad, elegancia y un gran sentido de lo cantable, modelado con la sonoridad más perfecta y bellísimo en todo momento. Eso sí, dentro de esa óptica del “Bruckner de reclinatorio” del que hablaba el Padre Sopeña; todo es reconciliación y piedad, la rebeldía brilla por su ausencia, hay algún momento de blandura y el final es un “happy ending” en toda regla.
He alterado el orden del programa para terminar con Messiaen: me parece un orden mucho más coherente. La Berliner Philharmoniker posee el conjunto de madera y metal más adecuado del mundo para una obra como esta, es decir, con menos brillantez que los e las orquestas norteamericanas, pero con su misma seguridad y una sonoridad más compacta y oscura. Lo dicho, el ideal. Los percusionistas congregados para la ocasión no son menos formidables. Con una técnica suprema como la de Mehta no podía sino salir una espléndida recreación. Ahora bien, si comparamos con los prodigios conseguidos en disco por Boulez (DG, 1993) y Cambreling (Hänssler, 2008), comprobaremos que a esta recreación le faltan la tensión armónica, el carácter escarpado y la fuerza visionaria de aquellos: al maestro indio, decididamente, no le interesan los aspectos más terroríficos del más allá.
No conocía este disco, soberbiamente grabado por los ingenieros de Deutsche Grammophon, en marzo de 1993 en el que Pierre Boulez y la Orquesta de Cleveland interpretan tres obras de Olivier Messiaen: por este orden, Chronochromie (1960), La Ville d’en haut (1987) y Et Exspecto Resurrectionem Mortuorum (1964).
Puede parecer un tópico, una deducción superficial o una simplificación, pero es la verdad. Boulez acerca estas obras, al menos las dos primeras que se mencionan, a su propio universo sonoro y expresivo, señalando así los lazos que unen a dos mundos que, aun correspondiendo a la escuela francesa, son bien distintos. Y ello lo consigue restando sensualidad al colorido, tratando los acordes como grandes bloques de tensión, marcando los ángulos de la sonoridad, incidiendo en la vertiente rítmica y obsesiva de Messiaen y transformando esta “música de pajaritos” (Celibidache dixit) en un fascinante tejido geométrico tan exento de contenido espiritual como cargado de fuerza, de tensión e incluso de aspereza. Con la perfecta complicidad de una orquesta en estado de gracia –hay que descubrirse especialmente ante la percusión–, y aprovechando su virtuosismo para conseguir la más absoluta claridad de líneas, el resultado es fascinante.
En la magistral Et Exspecto Resurrectionem Mortuorum la cosa cambia un poco, por la naturaleza de una música que es doblemente gótica: por su carácter lúgubre –está dedicada a los caídos en las dos guerras mundiales– y por haber sido escrita para dos de las obras señeras del estilo arquitectónico surgido en la Île-de-France, la catedral de Chartres y la Sainte-Chapelle. Aquí Boulez sí que está dispuesto a explorar atmósferas, a atender a la sensualidad del color e incluso a buscar la elevación mística. Claro está, sin perder la más absoluta exactitud rítmica y cargando de tensión armónica los acordes hasta llegar a un final de irresistible fuerza visionaria. La grabación no posee la reverberación en la que posiblemente pensó Messiaen, pero en cualquier caso es impresionante.
Siento verdadera vergüenza ajena al leer por ahí (¡en pleno siglo XXI!) comentarios despreciativos a la obra de Olivier Messiaen (1908-1992). El problema no es que haya melómanos a las que les aburre la obra del autor de San Francisco de Asís: cada uno tiene sus gustos. El problema es que esas mismas personas hacen mofa y escarnio del genial compositor francés, en plan chistoso y dándoselas de entendidos que no se dejan tomar el pelo. Auténtica paletez, vamos. Paletez hispánica por más señas, a la manera de uno de esos personajes que encarnaba Paco Martínez Soria.
Como muy probablemente usted no se parece a semejante clase de aficionado, me permito recomendarle esta caja editada por el sello Hänssler que hace poco he tenido la oportunidad de terminar: integral sinfónica de Messiaen a cargo de Sylvain Cambreling y la Sinfónica de la SWR de Baden-Baden y Friburgo, desde LesOffrandes oubliées (1930) hasta Éclairs sus l’Au-Delá (1991) pasando por la emblemática Sinfonía Turangalila (1948) en grabaciones que casi todos los casos presentan soberbia toma de sonido realizadas entre 1999 y 2008. Música de enorme calidad, marcada por esa intensísima religiosidad de corte franciscano que caracterizaba al compositor, mística y espiritual a más no poder, pero también con más aspectos inquietantes de lo que a simple vista pueda parecer.
Indagar en estos últimos es precisamente el gran acierto de esta integral. Ya apunté algo de eso cuando en este mismo blog comenté la Turangalila que se ofrece en esta caja, pero ahora que he completado las audiciones lo tengo más claro: el maestro francés, además de clarificar el entramado sonoro con mano maestra, hace gala de una angulosidad tímbrica y una tensión sonora considerables, ofreciendo lecturas marcadas por su incisividad, su sentido del ritmo y su tensión dramática, alejándose al mismo tiempo del hedonismo sensual –colores pastel, contornos difuminados– que habitualmente asociamos a esta música. En cierto modo es como si la batuta quisiera subrayar que la creación de Messiaen no está emparentada solo con el impresionismo francés, sino que también debe no poco a Stravinsky por un lado y a la Segunda Escuela de Viena por otro.
La relativa heterodoxia de semejante enfoque no le impide a Cambreling, por otro lado, resultar particularmente extático y concentrado en los pasajes meditativos, si bien esta intensa espiritualidad resulta probablemente menos confiada y más anhelante de lo que el propio Messiaen, católico fervoroso de los pies a la cabeza, quiso que sonase: a veces la contemplación del Más Allá tiene algo –o mucho– de imponente y aterrador, aunque al final se termina imponiendo la visión de la bondad divina que se manifiesta a través de la naturaleza, particularmente a través de esos pájaros fielmente pasados a la partitura por el ornitólogo Messiaen y recreados de manera admirable por la exactitud rítmica de Cambreling y, también, por el magnífico toque de Roger Muraro en las partituras con piano.
Si hacemos un breve recorrido cronológico por cada una de las piezas, acudiendo a LesOffrandes oubliées podemos calibrar ya las características de las interpretaciones de Cambreling. De este modo la primera parte, “la Cruz”, sabe ser no solo mística sino también inquietante, cosa que asimismo ocurre en la tercera, “la Eucaristía”, llevada con lentitud y una gran concentración. Muy fiera la sección central, “el Pecado”, en una línea salvaje que hasta cierto punto se emparenta con La consagración de la Primavera.
En L’Ascensión (1944), aun siendo el estilo irreprochable, sorprende la enorme tensión dramática, expectante y con cierta congoja más que puramente mística o transfigurada, que el director imprime al cuarto movimiento. También hay un desarrollado sentido de la incisividad tímbrica, intentando no conformarse con la sensualidad de “lo francés”, y una colorista extroversión en los momentos más tradicionales de la partitura.
Los Poèmes pour Mi (1948) cuentan con la participación de la mezzo Yvonne Naef, notable aunque un punto fría. Por su parte, Cambreling subraya la fascinación que ejercen las texturas tímbricas, sabiendo sonar áspero y rabioso cuando debe y también mostrándose capaz de desplegar una concentrada elevación poética sin caer en el mero hedonismo.
La Sinfonía Turangalila ya la comenté con cierto detalle en otra entrada. Dije entonces que Muraro no destacaba particularmente, pero la cosa mejora de manera sustancial en Réveil des oiseaux (1953), donde se desenvuelve a la perfección junto a una batuta angulosa e incisiva. Solista y director repiten enfoque y excelencia interpretativa en Oiseaux exotiques (1956), partitura que no es sino complemento de la anterior.
En Chronochromie (1960) hay más más “crono” que “cromie” debido a una interpretación aristada, obsesiva, de enorme exactitud y vigor rítmicos, admirable en el tratamiento de las texturas, y desde luego dicha con mucha garra expresiva e inmediatez: todo muy lejos de lo meramente intelectual.
La magistral Et Expecto resurrectionem mortuorum (1964) está expuesta con toda su solemnidad y sentido del misterio, con una portentosa construcción de planos sonoros –concentrada, sobria, sin nerviosismos– y apreciable tensión interna. El muy dilatado oratorio La Transfiguration de Notre-Seigneur Jésus-Christ (1969) se me hace demasiado largo, esa es la verdad; interpretación en cualquier caso irreprochable, con muy buenos solistas instrumentales y un espléndido EuropaChorAkademie.
No menos larga pero a mi entender mucho más fascinante es la partitura de Des Canyons aux étoiles (1974), toda una ocasión de lucimiento para las dotes de Roger Muraro, anguloso y tenso a más no poder en “el ruiseñor”. Tremebunda en este mismo sentido la interpretación de ese breve concierto para piano que es La Ville d’En-Haut (1987): puro expresionismo. En Un Sourire (1989) Cambreling vuelve a demostrar como sabe moverse entre la angulosidad y el éxtasis más concentrado.
Para terninar tenemos Éclairs sus l’Au-Delá, obra postrera que alcanza asombrosas cotas de belleza en el movimiento lento central y en el final, recibiendo una interpretación lentísima pero muy bien construida que consigue el equilibrio justo entre belleza sonora, misticismo y tensión dramática. Impresionante.
La Sinfonía Turangalila que escuché el pasado domingo por la mañana a la Orquesta Nacional de España puso bien de manifiesto las importantes virtudes de Josep Pons como director de orquesta. También sus considerables limitaciones. Las primeras pertenecen al orden técnico: levantar una obra de tan extraordinaria complejidad, haciéndola sonar no solo con todo en su sitio sino también con apreciable claridad –salvando algún contado y muy disculpable momento–, con redondez global y con belleza sonora, y lograr esto con una orquesta que no es de primera fila, es algo que solo puede conseguir alguien con una enorme técnica de batuta y con ganas de hacer las cosas lo mejor posible. Pons demostró así no ser solo un músico con un enorme dominio de los medios a su disposición, sino también un profesional honesto y trabajador como la copa de un pino. También los miembros de la ONE, claro, porque ellos mismos se tuvieron que esforzar para sonar así de bien en esta partitura.
Las segundas competen al ámbito expresivo: Pons nunca ha sido –o a mí no me lo ha parecido en las ocasiones en que le he escuchado– un verdadero artista, esto es, alguien con cosas interesantes que decir o, al menos, con talento para hacer llegar la música con la emoción, la sinceridad, la hondura y el adecuado estilo que esta demanda. No tuvo su recreación, siempre correcta, sensata y bien construida, esa variedad de colores, esa garra rítmica, esa tensión interna, esa fuerza dramática ni esa peculiar mezcla entre erotismo y espiritualidad que convierten a estos cerca de ochenta minutos de música en la obra maestra absoluta que es.
Estuvo bien el pianista Steven Osborne en su terriblemente exigente parte, como ya lo estaba en la grabación de Juanjo Mena para el sello Hyperion, pero a mi modo de ver necesita un sonido robusto y poderoso como el de un Thibaudet, al que he tenido la enorme suerte de escuchar dos veces en directo en esta partitura (con Chailly y Neeme Järvi respectivamente). En las Ondas Martenot estuvo Philippe Arrieus, a mi entender sublime. El público respondió con entusiasmo, pero hubo muchos huecos y unas cuantas deserciones. ¡Cuánto les queda por aprender a los melómanos madrileños!
Preparándome la Sinfonía Turangalila que espero escuchar el próximo fin de semana a la Orquesta Nacional de España bajo la batuta de Josep Pons (será la cuarta vez que la disfrute en directo, después de Chailly/La Scala, Badea/Sinfónica de Sevilla y Neeme Järvi/Concertgebouw), me he puesto a escuchar algunas interpretaciones de esta fascinante obra maestra que no conocía. Y así he llegado esta mañana a una que me ha gustado muchísimo: la de Sylvain Cambreling con Sinfónica de la SWR de Baden-Baden y Friburgo registrada por el sello Hänssler en 2008, dentro de una integral de las obras para orquesta de Olivier Messiaen que me está pareciendo formidable.
Siendo el color y la rítmica los dos elementos fundamentales de la Turangalila, la mayoría de los directores (Previn, Chailly, Chung) suelen priorizar, en una visión de lo francés un tanto tópica pero con fundamento, el primer elemento sobre el segundo. El presunto ex de Gerard Mortier ofrece justo lo contrario, haciendo gala de una exactitud y una clarividencia rítmicas que yo desde luego nunca he escuchado en esta sinfonía. Y lo consigue, por si fuera poco, con un perfecto equilibrio de planos sonoros, dando como resultado la que quizá sea la interpretación más transparente y polifónicamente reveladora que a nivel orquestal que se haya grabado, además de una de las que mejor reivindica el papel de la percusión –gloriosos los miembros de la formación alemana– en esta partitura.
Todo ello se materializa un fraseo no particularmente voluptuoso, más bien dramático e incisivo, pero sin necesidad de adoptar un enfoque hiper-expresionista como el de un Kent Nagano (tremebunda su grabación con la Filarmónica de Berlín) y, desde luego, sin caer en nerviosismo ni en falta de concentración de, por ejemplo, un Ozawa (decepcionante registro de 1967). De hecho, el “Jardin du sommeil d’amour” está maravillosamente paladeado por Cambreling, aunque su sensualidad sea mucho antes espiritual que terrena, lo que tampoco parece un disparate conociendo la religiosidad intensísima de Messiaen.
Una pena que en los dos últimos movimientos la batuta pierda un poco de fuelle: en “Turangalila III” las texturas están tratadas con enorme acierto y la ambigüedad expresiva que necesita esta fascinante página, pero las tensiones no se logran acumularse –quizá el maestro haya decidido conscientemente hacerlo así–, mientras que en final Cambreling no alcanza el frenesí orgiástico y visionario que había ofrecido previamente en “Joie du sang des étoiles”. Algo desiguales los solistas: bien a secas el piano de Roger Muraro, magníficas las Ondas Martenor de Valérie Hartmann-Claverie.
Reparos menores aparte, nos encontramos ante una interpretación de primerísimo nivel, alejada de la línea interpretativa más habitual y hasta cierto punto emparentada con la de Salonen (Sony, 1985), solo que con menor intelectualismo y mucha mayor comunicatividad. Quien ame la partitura debe conocerla, aunque a mi modo de ver la de Riccardo Chailly (Decca, 1992) siga siendo la referencia.
Ofrecer en su versión íntegra y escenificada San Francisco de Asís de Olivier Messiaen es, se mire por donde se mire, unos de los proyectos musicales más ambiciosos y atractivos que se han vivido en Madrid en los últimos lustros. De ahí que resulten patéticos los denodados esfuerzos de algunas plumas por hacer el mayor daño al mismo, combinando –el cóctel no suele fallar- medias verdades con mentiras completas para ofrecer una imagen lo más negativa posible del evento desde hace meses. Semejante actitud me parece especialmente deplorable viniendo de personas que se dicen amantes de la cultura, y más aún por la utilización de argumentos de extrema peligrosidad como el de “esto no es lo que le gusta al público”. Puro “liberalismo”, claro, de ese que nos llega en las próximas elecciones generales: el mercado es el mercado, y lo que éste no demanda no ha de tener cabida en la oferta cultural. ¿Es de extrañar que estas mismas voces sean las que anhelan –y están moviendo los cables- para que Mortier se vaya del Teatro Real antes de lo previsto y sea sustituido por Plácido Domingo o por Giancarlo del Monaco? No, claro que no.
Otra cosa es la dificultad intelectual que supone acercarse a las cuatro horas y media de este título, no se sabe muy bien si ópera o no, pero en cualquier caso fascinante. Sobre el asunto les recomiendo que vean la excelente introducción de José Luis Téllez disponible en Youtube (enlace). El esfuerzo hay que hacerlo, ciertamente, y ya se sabe que hay personas que no están dispuestas a calentarse la cabeza con lo que consideran que debería ser tan solo una distracción (¿se imaginan que dijeran lo mismo de una pintura de Velázquez, por ejemplo?). A mí me costó entrar en San François. Mi primer acercamiento fue hace ya bastantes años, mediante la versión reducida de Salzburgo protagonizada por Dietrich Fischer-Dieskau: confieso que me aburrí, en parte por no disponer de libreto. La segunda oportunidad me llegó hace muy poco, gracias a la soberbia interpretación filmada por el sello Opus Arte y protagonizada por el maestro Ingo Metzmacher y el regista Pierre Audi. Ahí sí que me interesó mucho, pero cuando he terminado de entrar en la obra ha sido en la función del pasado lunes 11 de julio ofrecida por el Teatro Real en el inmenso y algo aséptico recinto del Madrid Arena. La música –el arte en general- hay que currárselo, y no esperar a que llegue a nosotros. La recompensa es inmensa, y para mí en este caso ha sido una de las más hermosas y profundas –amén de agotadoras- experiencias musicales de mi vida.
No voy a negar que hay momentos más conseguidos que otros: la primera media hora me sigue pareciendo poco interesante, mientras que todo el acto tercero alcanza unas cotas inimaginables de belleza y densidad dramática. Por descontado que la línea vocal es sobria y, pese a su exigencia, no ofrece oportunidades de lucimiento a los cantantes: motivo suficiente para que los que se autoproclaman “auténticos” amantes del género se sientan desconcertados. La escritura orquestal es por su parte muy hermosa, riquísima en el color, extremadamente compleja en la rítmica, y en cualquier caso fascinante. Difícil de seguir en su extremada dilatación temporal y en su buscado estatismo, eso sí, para quienes pretendan mirar esta obra desde una estética exclusivamente occidental, y desde luego muy complicada a la hora de interpretar. De ahí que no merezca sino elogios la enorme labor de la Orquesta Sinfónica de la SWR, a la que se contrató para la ocasión, y de su entregadísimo titular Sylvain Cambreling, aunque personalmente me guste más el enfoque tenso, aristado y expresionista del citado Metzmacher que el mucho más ortodoxo –léase “impresionista”- del maestro francés. Admirables igualmente los dos coros congregados para la ocasión, el Intermezzo y el de la Generalitat Valenciana.
A menor nivel estuvieron los cantantes. Alejandro Marco-Buhmester, con una voz demasiado lírica y sin particular atractivo, ofreció una recreación digna del protagonista a la que le faltaron pliegues psicológicos y emotividad. ¿Por qué no se contó con Rodney Gilfry, magnífico en el video de Metzmacher? Precisamente en esta filmación aparecían los dos mejores cantantes que estuvieron en Madrid, una Camila Tilling de canto angelical –nunca mejor dicho- y un Tom Randle que recreó admirablemente el Hermano Maseo. Irregulares los tenores: con poquita voz Michael Köning como el leproso y magnífico Gerhard Siegel como el Hermano Elías. Engolado a más no poder el veteranísimo Victor von Halem (Commendatore con Karajan en un registro salzburgués de 1970!), y bien el resto. Dada la dificultad de encontrar cantantes para estos roles, el balance global es inequívocamente positivo.
Por lo que al apartado visual se refiere, el trabajo de “disposición escénica” (sic) a cargo de Giuseppe Frigeni y el de “instalación” (sic) a cargo de Emilia e Ilya Kabakov me pareció atractivo y sensato, pero solo eso. La aportación más interesante, la personificación de la lepra en la figura de un bailarín. Lo que menos, la escena de los pájaros, resuelta con una jaula que encerraba palomas “de verdad”. Se hubiera deseado mayor creatividad en la propuesta, por lo demás en exceso pendiente de la tan cacareada cúpula realizada por el reputado matrimonio de artistas, bellísima pero desaprovechada hasta llegar al tercer acto, donde sí alcanzó una enorme potencia dramática. En cualquier caso, un espectáculo de primera magnitud que en sus resultados artísticos ha visto recompensado el enorme esfuerzo realizado por parte del Teatro Real. Con que una parte importante del público se haya emocionado hondamente con esta obra, aunque fuera por momentos, ya habrá merecido la pena la inversión.
Me gustaría terminar con unas cuantas puntualizaciones. Primera, agradecer el autobús gratuito que pusieron a nuestra disposición para subir desde la boca de metro más cercana hasta el recinto de Madrid Arena. Segunda, aseverar que el aire acondicionado funcionó estupendamente y que no se pasó ni frío ni calor durante las seis horas de espectáculo, pese a que algunos malintencionados –tal vez para boicotear la venta de entradas- alertaban de lo contrario. Tercera, reprochar seriamente que a la hora de comprar los tickets no se advirtiese de la mala visibilidad de la cúpula que se tenía desde los asientos que no estaban centrados; si pude ver la mayor parte de la misma -no toda- fue porque busqué afanosamente un hueco al comenzar la función, cosa que no resultó nada fácil porque ese día estaba la mayor parte del aforo ocupado, yo diría que al 85 o 90 %, lo que indica que –al margen de las butacas correspondientes a los abonados- había funcionado bastante bien el boca a boca. Cuarta, lamentar que a lo largo de la velada fueran quedando asientos vacíos, y que la huida se hiciera –matrimonios mayores, fundamentalmente- en no pocos casos durante la interpretación, no en el descanso. Quinta y última, sorprenderme de la enorme cantidad de público homosexual congregado en el recinto, en un porcentaje que, en el ya de por sí bastante gay mundo operístico, solo había percibido en otra experiencia sacro-musical, el memorable Martirio de San Sebastián de Debussy que ofrecieron hace años en el Teatro de la Zarzuela Lorin Maazel, Miguel Bosé y La Fura dels Baus. Algún antropólogo debería estudiar el fenómeno.
PS. Se me olvidaba algo fundamental: la acústica fue muy buena. ¿Sonido amplificado? Yo diría que no, porque cuando los cantantes miraban para atrás, se les escuchaba bastante menos, aparte de que se daba un fuerte contraste entre el chorro de voz de unos y la mala proyección de otros. Si hubiera habido micrófonos individuales, dudo que eso hubiera pasado.
En Dinamarca y con artistas daneses grabó Naxos, en junio de 2008, este notable disco que nos permite comparar las breves Trois Mélodies, compuestas en 1930 por un Messiaen de veintidós años a la memoria de su madre, con su gran y hermosísimo ciclo Harawiri, canciones de amor y muerte, ya de 1945. Si en el estatismo y la esencialidad de las primeras se reconoce la personalidad del compositor dentro de una fuerte influencia de Debussy, en las segundas el francés ya ha desarrollado plenamente su lenguaje, incluyendo la fascinación por el canto de los pájaros, por los abismos insondables, por las culturas remotas en el espacio y el tiempo (en este caso el Perú de los incas) y por una sensualidad que sabe conjugar el placer corporal y el éxtasis místico. Se detectan además paralelismos muy evidentes con la Sinfonía Turangalila, que empezaría a escribir poco después.
Hetna Regitze Bruum sale airosa de su dificilísima parte de soprano dramática haciendo gala de una voz oscura, de graves profundos, y un agudo algo apurado pero poderoso. Kristoffer Hyldig se mueve sin problemas en el estilo de un compositor que conoce muy bien, pero aún podría ofrecer mayor depuración sonora. Lástima que no se incluyan los textos cantados.
________________________________ Artículo publicado en el número de abril de 2010 de la revista Ritmo.
La primera vez que escuché a la Concertgebouw en directo fue en la Expo’92, con un doble programa bajo la dirección de Riccardo Chailly. De nuevo con el milanés la vi unos años más tarde, también en el Maestranza, con una sensacional Séptima de Mahler. Y el pasado verano le pude disfrutar un par de conciertos en los Proms londinenses con su antiguo titular Bernard Haitink.
Pero en la reciente visita al Festival de Granada la orquesta holandesa me ha impresionado aún más. La cuerda es fabulosa, muy especialmente qué cuerda grave. Menudas maderas. Y qué metales. El empaste global es igualmente portentoso. Hace unos meses estuve en Londres escuchando a la Sinfónica de Chicago y puedo dar fe de que la justamente mítica formación norteamericana no es mejor. Igual de extraordinaria sí, y desde luego más brillante, pero no mejor, porque la del Concertgebouw, además de precisión y redondez, ofrece una musicalidad en cada uno de sus solistas fuera de lo común.
Desgraciadamente canceló por motivos de salud Mariss Jansons -músico sobrevalorado pero de indiscutible talento- para ser sustituido en el Carlos V por el mucho menos interesante Neeme Järvi, que apechugó con todo el programa inicialmente previsto, incluyendo las páginas de Schumann. Ay. La obertura Euryanthe le salió bastante digna, ya que no inspirada, pero la Sinfonía Primavera dejó mucho que desear. Concretando, el segundo movimiento resultó hermoso y aseado, mientras que el estonio destrozó de manera inmisericorde el resto de la partitura con una brocha gorda, un mal gusto -metales y percusión en primer plano- y una precipitación realmente alarmantes, dando como resultado una lectura rápida, mecánica, machacona e insensible. Un horror.
Le quedaron mucho mejor los Cuadros de una exposición, no sé muy bien si porque a Järvi le va lo colorista -desde luego dirigió con atención al detalle, sin efectismos baratos y con un fino olfato descriptivo- o porque la partitura se presta mucho más al lucimiento de los solistas: maderas, tuba y saxo, de matrícula de honor. Sobre todo este último.
Al día siguiente, la Sinfonía Turangalila. La gigantesca plantilla salió al escenario mientras el público aplaudía ante la noticia -medio aforo masculino llevaba al pinganillo en la oreja- de que la selección española de fútbol había ganado no sé qué competición. Los músicos no sabían a qué se debía en realidad tal entusiasmo ante su salida al ruedo. Algunos en el público se llevaron luego una plancha: las señoras que tenía detrás de mí empezaron a cuchichear, a lamentarse y más tarde a reírse ante las “cosas raras” que se escuchaban en la orquesta. “Ya está bien de moderneces”, venían más o menos a decir. Qué borricas. Algunos se fueron antes de que la obra terminara. ¿Para qué demonios se sacan entradas para una sinfonía con nombre de culebra? Deberían haberse quedado viendo el fútbol. Por suerte la inmensa mayoría de los allí presentes aplaudimos a rabiar.
Grande, grandísima interpretación. Y eso que la batuta de Järvi, centradísima y muy eficiente, no tuvo ni mucho menos la personalidad, el sentido del color y la capacidad para generar tensiones de un Chailly, a quien le escuché por vez primera esta obra maestra en directo con la Filarmónica de La Scala en un concierto de esos que dejan huella. Pero bueno, un orquestón como éste para una partitura semejante es un verdadero lujo de esos que se tienen muy de higo a breva. Un disfrute total.
Jean-Yves Thibaudet, que ya hizo la obra en Sevilla en aquél concierto con Chailly, estuvo deslumbrante. Y para mí fue entrañable tener delante las Ondas Martenot de Cynthia Millar, a la que tantísimos discos de música de cine he escuchado. No pude resistirme a pedirle un autógrafo. Y al pianista también: el disco de su Turangalila con esta misma orquesta y Chailly, quizá la versión de referencia junto a la genial pero muy discutible de Nagano. Total, que me acordaré mucho de esta velada granadina dedicada a Messiaen, a pesar de que estuvo amenizada por los cohetes de algunos golfos que decidieron tomar la ciudad con la excusa del triunfo futbolero.