jueves, 24 de octubre de 2013

Turangalila con Pons y la Nacional

La Sinfonía Turangalila que escuché el pasado domingo por la mañana a la Orquesta Nacional de España puso bien de manifiesto las importantes virtudes de Josep Pons como director de orquesta. También sus considerables limitaciones. Las primeras pertenecen al orden técnico: levantar una obra de tan extraordinaria complejidad, haciéndola sonar no solo con todo en su sitio sino también con apreciable claridad salvando algún contado y muy disculpable momento–, con redondez global y con belleza sonora, y lograr esto con una orquesta que no es de primera fila, es algo que solo puede conseguir alguien con una enorme técnica de batuta y con ganas de hacer las cosas lo mejor posible. Pons demostró así no ser solo un músico con un enorme dominio de los medios a su disposición, sino también un profesional honesto y trabajador como la copa de un pino. También los miembros de la ONE, claro, porque ellos mismos se tuvieron que esforzar para sonar así de bien en esta partitura.


Las segundas competen al ámbito expresivo: Pons nunca ha sido –o a mí no me lo ha parecido en las ocasiones en que le he escuchado– un verdadero artista, esto es, alguien con cosas interesantes que decir o, al menos, con talento para hacer llegar la música con la emoción, la sinceridad, la hondura y el adecuado estilo que esta demanda. No tuvo su recreación, siempre correcta, sensata y bien construida, esa variedad de colores, esa garra rítmica, esa tensión interna, esa fuerza dramática ni esa peculiar mezcla entre erotismo y espiritualidad que convierten a estos cerca de ochenta minutos de música en la obra maestra absoluta que es.

Estuvo bien el pianista Steven Osborne en su terriblemente exigente parte, como ya lo estaba en la grabación de Juanjo Mena para el sello Hyperion, pero a mi modo de ver necesita un sonido robusto y poderoso como el de un Thibaudet, al que he tenido la enorme suerte de escuchar dos veces en directo en esta partitura (con Chailly y Neeme Järvi respectivamente). En las Ondas Martenot estuvo Philippe Arrieus, a mi entender sublime. El público respondió con entusiasmo, pero hubo muchos huecos y unas cuantas deserciones. ¡Cuánto les queda por aprender a los melómanos madrileños!

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me acuerdo cuando tocaron en Sevilla hace unos años gente huyendo en masa del Maestranza, aunque la "gran" estampida la ví en los cañones. Está claro que en Miarma City la sensualidad de la Turangalila si no va unida a una bata de cola no llega al publico.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Sevilla es una ciudad terrible para todo lo que sueve a "moderno". Recuerdo que un amigo me comentó que no iba a la Turangalila (la de Chailly, hace ya bastantes años) porque se negaba a escuchar la sinfonía con nombre de culebra (sic).

Marcos Gil dijo...

Pues yo fui a la del viernes. Por circunstancias, me coloqué detrás de la orquesta, y no en el lateral, donde tengo abono (por primera vez).

Desde ahí asistí estupefacto a cosas realmente curiosas, que por lo general se me escapan, supongo.

No me voy a meter en que la entrada no llegaba al 50%. Si a la gente no le interesa algo que no vaya, aunque se trate de un auténtico espectáculo sonoro y una muestra de maestría compositiva como era en caso, en mi opinión. Y sobre todo, de una partitura que exige un despliegue de medios tal que no se pueden permitir otros auditorios en otras ciudades. Esto uno lo aprecia cuando ha vivido en otros sitios.

Y tienes todo el derecho del mundo a que no te guste, faltaría más. Ahora bien, no estoy seguro de que un concierto de música clásica admita un comportamiento del público similar al de un concierto de rock.

Constante goteo de personas con la orquesta tocando (sin duda gente que esperaba que se tocara la 7ª de Beethoven, dijera lo que dijera el programa). Sin prisa, a veces hasta paseando por medio del patio de butacas. Pero con la suficiente prisa para que no pudieran esperar a una de las pausas. Móviles encendidos, con sus lucecitas, a veces incluso grabando con flash. Un show.

Pero lo que realmente me repatea es que nada más acabar, la mayor parte de la gente se retire, con prisa grande por haber dejado las gallinas sueltas o cualquier motivo de similar urgencia, con los músicos como espectadores de la desbandada. Y tras un esfuerzo no pequeño, como era el caso. Menuda empatía. ¿Estoy yo mal de la cabeza, o podría ser que marcharse cuando alguien te está mirando y saludando es de mala educación? Si no te ha gustado un concierto, no aplaudes, aplaudes menos, o incluso en determinados casos –por motivos de tradición más que de otra cosa- pues silbas, abucheas o protestas como te parezca (a mí me parece propio de estúpidos, pero bueno, allá cada cual). Pero por respeto, a no ser que haya causas de fuerza mayor, te quedas hasta que los músicos se vayan. No he ido a ningún curso de protocolo con Inocencio Arias ni con Josemi Rodríguez Sieiro, pero vamos, creo que debería ser lo normal.

Me da algo de pena todo ello, en especial porque la programación del ciclo me parece magnífica, exótica y variada; un regalo para cualquier aficionado a la música, o simplemente cualquier persona con curiosidad por el arte. Requiem de guerra, Turangalila, La Atlántida… Janine Jansen, Eschenbach, Nagano… Como decía, aprecias estas cosas cuando vienes de provincias. A ver cuánto nos dura.

Un saludo,

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Muchísimas gracias por la aportación, Marcos.

No tengo mucho más que añadir a lo que perfectamente explicas, salvo que a mí también me da mucha rabia que la gente salga zumbando del espectáculo. Hombre, gustarán más o menos la obra y la interpretación, pero una desbandada lo que transmite al artista es "me importa un pito lo que hagáis". Yo mismo me siento así cuando suena el timbre de fin de la clase y los alumnos salen corriendo dejándote con la palabra en la boca... Sienta muy mal, sí.
Un cordial saludo.