sábado, 21 de agosto de 2021

Zubin Mehta, sin inquietudes ante al más allá

Concierto de Zubin Mehta y la Filarmónica de Berlín ofrecido a puerta cerrada el 17 de abril de 2021 y retransmitido con soberbia imagen 4K y sonido de alta definición a través de la Digital Concert Hall. El programa no puede ser más maravilloso: Et expecto resurrectionem mortuorum de Messiaen y Sinfonía nº 9 de Anton Bruckner. Resultados muy irregulares, a decir verdad.

De la Novena de Bruckner ya había una interpretación a cargo de los mismos intérpretes de enero de 2014, floja en el primer movimiento y notable en el resto. A tan solo unos días de cumplir los ochenta y cinco y después de haber superado una gravísima enfermedad que le dejo al borde mismo de la muerte, se esperaba de Mehta una interpretación más madura y trascendida, de esas de los grandísimos maestros al final de su vida. Pues no. Arranca sin suficiente misterio, atraviesa por unas frases más bien saltarinas –no las hacía así en su antigua versión con la Filarmónica de Viena– y llega a un primer clímax sin nada en particular. A partir de ahí, el primer movimiento se desarrolla de manera deslavazada, sin concentración y carente de unidad, alternando pasajes de magnífica ortodoxia con otros más bien asépticos, dichos de pasada, sin destilar en absoluto esa mezcla de efusividad, carácter agónico y pavor que la partitura demanda. Si no fuera por la inmejorable sonoridad de la orquesta berlinesa –a la que el de Bombay trata con verdadera maestría– y por la musicalidad de todos y cada uno de sus solistas, sería un fiasco. Muy correcto –de nuevo más por la orquesta que por la batuta– el Scherzo, y francamente bien el trío. Una vez más lo mejor es el Adagio, fraseado con naturalidad, elegancia y un gran sentido de lo cantable, modelado con la sonoridad más perfecta y bellísimo en todo momento. Eso sí, dentro de esa óptica del “Bruckner de reclinatorio” del que hablaba el Padre Sopeña; todo es reconciliación y piedad, la rebeldía brilla por su ausencia, hay algún momento de blandura y el final es un “happy ending” en toda regla.

He alterado el orden del programa para terminar con Messiaen: me parece un orden mucho más coherente. La Berliner Philharmoniker posee el conjunto de madera y metal más adecuado del mundo para una obra como esta, es decir, con menos brillantez que los e las orquestas norteamericanas, pero con su misma seguridad y una sonoridad más compacta y oscura. Lo dicho, el ideal. Los percusionistas congregados para la ocasión no son menos formidables. Con una técnica suprema como la de Mehta no podía sino salir una espléndida recreación. Ahora bien, si comparamos con los prodigios conseguidos en disco por Boulez (DG, 1993) y Cambreling (Hänssler, 2008), comprobaremos que a esta recreación le faltan la tensión armónica, el carácter escarpado y la fuerza visionaria de aquellos: al maestro indio, decididamente, no le interesan los aspectos más terroríficos del más allá.

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