Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
sábado, 31 de octubre de 2015
Barenboim dirige Mozart en Granada
Lenta y muy atmosférica, no especialmente teatral pero sí llena de malos presagios, la introducción a la Sinfonía nº 39. El tempo del Allegro fue mucho más ortodoxo, y en su desarrollo el maestro dejó bien claro el Mozart que le gusta: denso y con mucho músculo, aunque no por ello falto de agilidad ni de transparencia, al tiempo que mucho más preocupado por la cantabilidad, por el desarrollo orgánico de las grandes líneas melódicas, por la efusividad y por el brío controlado, que por la incisividad en los ataques, por el sentido del ritmo o por los grandes claroscuros sonoros y expresivos. Un Mozart tradicional, para entendernos, de ese que hoy día solo hacen maestro veteranos como Haitink, Muti, Mehta o él mismo, y que parece decididamente condenado a la extinción dada la evidente asimilación por parte de las generaciones más jóvenes de los postulados de la praxis historicista.
Me decepcionó el Andante con Moto: muy lento, lleno de sensualidad e impregnado de un hondísimo sentido humanista que me recordó mucho al último Carlo Maria Giulini –decididamente Barenboim prosigue su proceso de “giulinización” del que ya he hablado varias veces en este blog–, pero también se mostró en exceso moroso, incluso un tanto laxo en la articulación y en el desarrollo de las tensiones, amén de no todo lo dramático que debería haber sido en los pasajes más dolientes. Advierto que mi amigo Ángel Carrascosa, que estaba sentado a mi lado, no se encuentra en absoluto de acuerdo con estas apreciaciones, pero mi opinión la tengo clara y así la expreso. Por otra parte, los violines no estuvieron nada finos: la vacilaciones y la precariedad del empaste se hicieron evidentes en más de un momento.
El Menuetto estuvo muy bien dentro de una línea ortodoxa, pero a mí me parece que en este movimiento los historicistas han dicho cosas –acentuar de modo mucho más evidente el primer tiempo del compás y moderar el legato permite sacar a la luz el maravilloso sabor de ländler– que no podemos olvidar. El Alegro conclusivo, excelente.
La Sinfonía nº 40 estuvo a otra altura: la interpretación más perfecta que yo jamás haya escuchado. Personalmente me quedo con el concepto de la que hizo con la Filarmónica de Viena, pero cierto es que aquella, por su vehemencia, por su ansiedad, por el enorme riesgo de interpretar la trillada partitura a tumba abierta, se movía en la cuerda floja y permanecía al borde del descontrol. Esta de Granada, siendo de nuevo dramática y fogosa, ha estado mejor planificada y se ha visto impregnada de una elegancia apolínea que, combinada de manera asombrosa con el dolor, el desgarro y carácter trágico que el de Buenos Aires logra poner de relieve como pocos directores lo han hecho, ha convertido el resultado en la interpretación de absoluta referencia, particularmente en un Andante lleno de doliente anhelo, de espiritualidad punzante pero también de ternura, de poesía y de humanismo. En fin, si mañana saliese esta KV 550 en discos –había micrófonos en la sala, pero me aseguran que no se prevé comercialización del registro–, sería para mí la recomendación número uno.
Extraordinaria la nº 41 a pesar de una decisión del maestro que no puedo compartir: hacer que los violines tocasen el segundo movimiento con sordina. Entiendo que un músico inquieto y arriesgado como él quiera tantear nuevas posibilidades, pero a mí el sonido resultante me llegó a molestar. Por lo demás, nivel interpretativo increíble, a la altura de su registro digital con la Orquesta de París (¡aún no en CD, salvo el cuarto movimiento!). Fue esta Júpiter una lectura fogosa, rebosante de brío y de energía pero, a mi entender, no exclusivamente vibrante y combativa: hubo también una buena dosis de cantabilidad, de lirismo y de reflexión profunda, y sobre todo –esto no era frecuente en el Barenboim de antaño– una gran atención a la sensualidad, a la picardía, incluso al coqueteo galante, sin confundir esto con la ingravidez sonora y expresiva –que es lo que le ocurre a otros directores, historicistas o no– ni con la abundancia de detalles amanerados.
Dejando atrás los apuros de la nº 39, la West Eastern Divan Orchestra –con algunas caras muy conocidas y algunas notorias ausencias, entre ellas la de Michael Barenboim–, funcionó en estas dos últimas sinfonías como una formación de primera fila, con una cuerda por fin tersa, unos metales bien empastados y algunas maderas de lujo. El maestro la trató con plasticidad asombrosa y, sobre todo, con plena atención al equilibrio de planos sonoros: el Finale de la Júpiter, tan complejo en su entramado polifónico, se escuchó con una claridad insuperable, pero sin que la capacidad de análisis se pusiera nunca en primer plano frente a la potencia expresiva.
Tres anécdotas de esta velada del pasado miércoles 28 de octubre: a Barenboim le voló la batuta en el primer movimiento de la nº 40 –inusual verle dirigir solo con las manos–, alguien sentado en el patio de butacas le gritó “ole” al terminar el primer movimiento de la Júpiter –gran regocijo aquí para el maestro y su orquesta–, y una señora ubicada detrás del escenario tuvo la poquísima vergüenza de filmar parte del concierto deslumbrando a los que estábamos enfrente con el flash de su tablet. Eso sí, para nada se hicieron presentes los ramilletes de toses estentóreas que boicotearon las interpretaciones mozartianas que hace tan solo unos meses los mismos artistas sufrieron en el Teatro de la Maestranza.
miércoles, 28 de octubre de 2015
Instantes publicitarios
En el momento de publicarse esta entrada debo de estar, si todo ha salido bien, en el Auditorio Manuel de Falla de Granada escuchando las tres últimas sinfonías de Mozart a Daniel Barenboim y la Orquesta del West-Eastern Divan. De eso espero hablar otro día. Ahora lo que quiero es anunciar que el próximo viernes 30 de octubre ofreceré en la iglesia de San Dionisio de Jerez de la Frontera, en calidad de autor de la única monografía sobre el edificio, una charla denominada "Los cinco San Dionisio: del gótico al neo-mudéjar", dentro de un ciclo cultural organizada por la Hermandad del Mayor Dolor, que tiene allí su sede canónica.
En ella realizaré un repaso por toda la historiografía que, desde finales del siglo XIX hasta hoy mismo, se ha ocupado de la etapa medieval del edificio, que es la que un servidor ha trabajado; señalaré las dificultades que la controvertida restauración realizada en el siglo XX, destrozando la reforma barroca y homogeneizando en plan “neo-mudéjar” un edificio que nunca fue homogéneo, han puesto en el camino de cuantos nos hemos acercado a estudiar el templo; explicaré las teorías contradictorias que en torno al mismo se han planteado, sobre todo en lo que a su cronología se refiere; finalmente, hablaré de los descubrimientos realizados en los últimos años que han permitido hallar un punto de encuentro entre todas esas teorías y plantear una completamente nueva lectura histórica del templo en sus primeras etapas, la gótica y la gótico-mudéjar, siendo esta última la que lo singulariza: verdaderamente San Dionisio es un caso especial dentro del mudéjar andaluz.
En fin, que por una vez paso se ser crítico de espectáculo a “artista” enfrentado a un público. Les aseguro que no es fácil, por mucho que esa sea mi labor cotidiana como docente. He trabajado con intensidad y espero que el resultado sea bueno; por lo menos, muy entretenido. A las ocho de la tarde en el interior de San Dionisio, allí en Jerez de la Frontera. Están todos invitados.
viernes, 23 de octubre de 2015
Poemas sinfónicos de Strauss por Solti: de lo bueno a lo genial
El registro más antiguo se remonta a 1973: Don Juan con la Sinfónica de Chicago. Los resultados fueron sensacionales: una recreación de referencia marcada por su electricidad, su brillantez incisiva –nada de opulencia de cara a la galería– y, sobre todo, su altísima temperatura dramática. Todo aquí se desarrolla con un ardor que abrasa –siempre controlado mediante una planificación perfecta–, con una vehemencia desesperada que, pasando por una sección de amor central que mezcla sabiamente erotismo y sabor amargo, conduce al protagonista a una carrera autodestructiva que termina inevitablemente en la aniquilación total: los compases finales, secos y tajantes, no pueden resultar más significativos. Ni que decir tiene que la Sinfónica de Chicago, trabajada siempre con trazo fino desde el podio, responde a las tremendas demandas de la batuta con virtuosismo supremo.
Algo parecido se puede decir del Till Eulenspiegel de 1975 con la misma formación norteamericana: el colmo del virtuosismo orquestal y la claridad en una fogosísima, intensa e imaginativa pero nunca descontrolada versión que sabe ser dramática sin perder la chispa ni el desparpajo juvenil. Hay interpretaciones de similar nivel –pienso ahora en la reciente de Andris Nelsons–, pero no mejores.
Las cosas no funcionan también con el Also sprach Zarathustra grabado el mismo año, asimismo en Chicago. Como era de esperar, se trata una interpretación más terrenal que filosófica, pero en el buen sentido, de tal modo que Solti realiza su habitual exhibición de músculo, brío bien controlado, electricidad y sentido de los contrastes, entregándonos una interpretación vehemente, escarpada y no poco dramática, brillante en el tratamiento de la orquesta, riquísima –y adecuadamente incisiva– en el color, y siempre de claridad admirable. ¿El problema? Que no solo no está bien descuidar los aspectos más reflexivos y espirituales de esta música, sino que en “Das Tanzlied” el maestro no logra destilar la sensualidad, la magia sonora y –por qué no– el perfume vienés que demanda esta música, y a partir de ahí llega a precipitarse un poco. Una lástima, porque hasta ahí se había tratado de una interpretación, aun con los reparos expuestos, de muy alto nivel.
Entre 1977 y 1978 registró Ein Heldenleben, esta vez con la orquesta más straussiana del mundo, la Filarmónica de Viena. Ya la comenté en la discografía comparada que hice de este poema sinfónico. No me convenció:
“Ni que decir tiene que Solti, enorme straussiano, ofrece una recreación extrovertida, brillante, incisiva y con extraordinaria garra dramática, así como ajena a cualquier tipo de devaneo sonoro. Lo que ocurre es que en esta ocasión el maestro se muestra un tanto escaso de inspiración, sobrando nervio en el primer número y echándose de menos sensualidad en el segundo, vuelo poético en el cuarto y concentración, profundidad y grandeza en el quinto. Bellísima, eso sí, la sonoridad tanto de la orquesta como de su concertino, Rainer Küchl. La toma sonora no recoge bien la brillantez del campo de batalla.”Queda la Sinfonía alpina, de 1979, curiosamente grabada con la Sinfónica de la Radio Bávara. Solti vuelve aquí a ofrecer un increíble dominio de las texturas, brillantez a raudales y una vitalidad portentosa, pero lo cierto es que, tras un amanecer muy conseguido, el maestro da una de cal y una de arena alternando pasajes de enorme garra con otros lastrados por la precipitación –le dura solo 44’19’’– en los que las melodías no se desarrollan con la cantabilidad, la grandeza ni la emotividad que la partitura demanda. La orquesta, soberbiamente grabada, funciona a pleno rendimiento bajo la batuta de un maestro que extrae de la misma unos colores más incisivos de lo que en ella es habitual.
Pues eso, apreciables irregularidades siempre dentro de un alto nivel. Heldenleben y Alpina son lo menos bueno. Zaratustra interesa pese a sus altibajos. Las interpretaciones de Till y Don Juan son de referencia y hay que reservarles un lugar de privilegio en nuestra estantería. Si usted nunca las ha escuchado, corra a por ellas.
martes, 20 de octubre de 2015
Vida de Héroe, de Strauss: discografía comparada
Esta entrada se publicó por primera vez el 5 de octubre de 2012. He añadido comentarios a las grabaciones de Karajan 1959, Dohnányi, Jansons 20111, Mehta 2014 y Barenboim 2014. Esta última es tan extraordinaria que no tengo más remedio que bajar un punto a la que registró el de Buenos Aires para Erato, sobre la que ya tenía ciertas dudas en comparación de la suya en Colonia; la filmación de esta última ha desaparecido de YouTube, al igual que el audio de la de Carlos Kleiber, pero por el interés de ambas interpretaciones, y con la esperanza de que vuelvan a circular, he mantenido –ligeramente modificados– los comentarios.También he realizado algunos otros retoques menores.
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Teniendo ya tras de sí a Don Juan, Till, Zaratustra y Don Quijote, Una vida de Héroe marcó en 1898 la madurez definitiva de Richard Strauss en el género del poema sinfónico, quien tuvo la oportunidad de evidenciar aquí el dominio absoluto de todos los recursos orquestales y un poderoso instinto teatral que serviría de base para que poco después se adentrase con singular fortuna en el género operístico. La excusa argumental, eso sí, no podía ser más presuntuosa: el Héroe es él mismo, la compañera del Héroe su propia esposa, los enemigos son los críticos que le atacaban, y las obras de paz no son otros que los poemas sinfónicos que había compuesto con anterioridad.
La partitura, aun no siendo en absoluto fácil de planificar y ejecutar, es todo un regalo para mostrar el talento de la batuta y las virtudes de una orquesta, como también la excelencia del concertino de turno, cuyos solos –representando a la compañera del Héroe– resultan fundamentales en el tercer movimiento. No hace falta decir que esta partitura requiere para su disfrute doméstico una toma sonora de cierta calidad: de ahí que he centrado mis esfuerzos en grabaciones recientes, aun a costa de dejar de lado los registros del propio Strauss y de Willem Mengelberg, dedicatorio de la página.
1. Krauss/Filarmónica de Viena (Decca-Testament, 1952). Que el director austríaco fuera amigo y colaborador de Richard Strauss no le convierten necesariamente en un intérprete de referencia de su obra. De hecho esta lectura es de un entusiasmo y una vitalidad contagiosos, y el tratamiento incisivo de las maderas resulta muy atractivo, sobre todo en el retrato de los enemigos, pero por desgracia se echa de menos una dosis mucho mayor de vuelo lírico, voluptuosidad y elevación poética, resultando el conjunto algo cuadriculado y muy poco matizado. La parte épica, eso sí, está bien servida, y Willi Boskovsky da buena cuenta de su excelente hacer. La toma sonora resulta desequilibrada en los planos. (7)
2. Reiner/Sinfónica de Chicago (RCA, 1954). Con un sonido estereofónico increíble para la época –al menos en la edición en Super Audio CD– nos llega esta visión brillantísima y entusiasta dirigida por un enorme straussiano que en esta ocasión evidenció, todo hay que decirlo, una concentración algo irregular. El tema inicial resulta algo nervioso, sin toda la grandeza expansiva deseable. El retrato de los enemigos es especialmente incisivo y afilado. La compañera está tratada con ternura y sin el menor decadentismo, aunque aún el retrato podía ser más poético. Vibrante y nerviosa la batalla. Magníficamente expuestas, con sosiego y calidez, las obras de paz. El final es en general espléndido, aunque a la coda le falta grandeza. (8)
3. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1959). Recién entrado en su primera madurez y frente a su nueva y flamante orquesta, Karajan hizo una verdadera exhibición de técnica, de virtuosismo, e brillantez bien entendida y de dominio del idioma straussiano con una interpretación caracterizada por su altísimo voltaje emocional y por su vehemencia épica en absoluto epidérmica o nerviosa, sino controlada a la perfección por una batuta sin duda proclive a la exhibición, pero también comunicativa y comprometida a más no poder. Ahora bien, entre tanta incandescencia –que afecta no solo al héroe sino también a su compañera, aquí retratada por un Michel Schwalbé muy temperamental– se echa de menos una mayor profundización en los aspectos más sensuales y amorosos de la página, así como una más desarrollada grandeza humanística en los movimientos extremos de la obra. El retrato de los enemigos, eso sí, está maravillosamente conseguido: ¡qué maderas las de la Berliner Philharmoniker! (8)
4. Haitink/Concertgebouw (Philips, 1970). Que el joven Haitink era ya un maestro de enorme talento lo demuestra esta Interpretación ortodoxa, magníficamente trazada y ajena a cualquier devaneo sonoro, amén de muy equilibrada en sus componentes. En comparación con su muy posterior grabación de Chicago hay aquí un poco más ardor en el primer número, como también una pizca de más incisividad en el segundo, pero la escena de amor no es en Ámsterdam tan amorosa y sensual, y desde luego todo el final no alcanza el nivel de trascendencia y poesía posterior. La toma sonora, siendo buena, no se puede comparar con el relieve y la gama dinámica de la más reciente. (9)
5. Kempe/Staatskapelle de Dresde (EMI-Brilliant, 1972). Interpretación que fluye con naturalidad y elocuencia, en la que destacan sin duda la elegancia y la cantabilidad de los pasajes líricos, sobre todo en “las obras de paz”, por encima de aquellos más tempestuosos, que se ven seriamente perjudicados por una toma sonora estrecha de dinámica y que impide apreciar con claridad el tratamiento de timbres y texturas. Tampoco convence el final, al que le falta elevación poética. Kempe hizo otros Strauss bastante mejores que este, la verdad. Ni la orquesta ni el violín solista son gran cosa. (7)
6. Karajan/Filarmónica de Berlín (EMI, 1974). Aunque el maestro ya había dado cuenta de su sintonía con la obra en alguna grabación anterior, es en este registro para EMI donde Karajan alcanza la cima interpretativa de la partitura haciendo gala de su absoluto idiomatismo, su gran capacidad para aunar colorido, claridad, opulencia y refinamiento, así como su enorme comunicatividad, pero sin rastro de esos excesos y amaneramientos que dejaron especial huella en sus últimos años. A destacar la grandeza en la presentación del Héroe, la incisividad sin excesivas aristas de los enemigos y, sobre todo, lo incandescente del retrato de la compañera. Los aspectos más sombríos de la obra están asimismo excelentemente recogidos. Magnífico el final, sin ser particularmente profundo. Soberbio el violín. Una de las referencias, sin duda. (10)
7. Böhm/Filarmónica de Viena (DG, 1976). Independientemente de que la orquesta sea sensacional –portentoso el violín de Gerhart Hetzel–, el de Graz ofrece aquí uno de los más maravillosos trabajos straussianos de toda su carrera, que ya es decir: ejecución admirable, trazo perfecto, idóneo equilibrio de planos, total ausencia de efectismo, belleza sonora elevadísima y dotada de rigor marmóreo –ni rastro de en absoluto melifluidad–, elocuencia, elevación poética… Para qué seguir. Toda la interpretación esta revestida de un hálito de nobleza y elegante distanciamiento, pero habría que destacar los dos últimos números, paladeados con primor y concentración tales que se alcanza el más alto grado de lo sublime. La grabación es buena, pero se echa de menos mayor gama dinámica en los tutti. El conoció una fugaz edición en compacto en España gracias a Ángel Carrascosa y más tarde apareció en Japón; actualmente, es fácil encontrarlo en la serie Eloquence o en la caja Karl Böhm, Late Recordings. (10)
8. Solti/Filarmónica de Viena (Decca, 1977-78). Ni que decir tiene que Solti, enorme straussiano, ofrece una recreación extrovertida, brillante, incisiva y con extraordinaria garra dramática, así como ajena a cualquier tipo de devaneo sonoro. Lo que ocurre es que en esta ocasión el maestro se muestra un tanto escaso de inspiración, sobrando nervio en el primer número y echándose de menos sensualidad en el segundo, vuelo poético en el cuarto y concentración, profundidad y grandeza en el quinto. Bellísima, eso sí, la sonoridad tanto de la orquesta como de su concertino, Rainer Küchl. La toma sonora no recoge bien la brillantez del campo de batalla. (7)
9. Celibidache/Sinfónica de la Radio de Stuttgart (DG, 1979). Una pena que la orquesta se quede corta, como también el violín solista, porque la batuta oscila entre lo muy bueno –la vertiente épica–, y lo sublime –toda la parte lírica– manteniendo un tempo lentísimo pero con buen pulso y ofreciendo pasajes realmente mágicos, de una musicalidad e inspiración excelsas. Sólo se puede reprochar una relativa falta de incisividad al retratar a los enemigos del Héroe. (9)
10. Mehta/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1981). No se pueden negar a Mehta brillantez, comunicatividad y dominio de la masa orquestal, pero el maestro indio –segunda de sus grabaciones de Heldenleben– aborda la partitura con nervio excesivo, no deteniéndose en paladear las melodías con la sensualidad debida y fracasando a la hora de conseguir la hondura, trascendencia y la elevación espiritual deseables. El violín de Glenn Dicterow, más afilado que amoroso. La toma sonora no es todo lo buena que pudiera haber sido. (7)
11. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD Sony y CD DG, 1985). Idiomática, refinada, sensual, brillante y elocuente lectura, riquísima en el color y con un perfecto equilibrio entre ensoñación y carácter épico. Puede resultar algo blanda a ratos, excesivamente ensimismada, y desde luego tendente al espectáculo sonoro, como es norma de la casa, pero aun así termina seduciendo. La interpretación de EMI estaba aún más conseguida, pero esta suena mejor. (9)
12. Karajan/Filarmónica de Berlín (Testament, 1985). Otra interpretación de Karajan y los suyos en la misma línea de la registrada en estudio el mismo año, pero aquí en directo y con peor sonido. Para ser genial le falta un poco de sentido del humor y, en el final, de dimensión metafísica. Quizá le sobra un poco de obsesión por la brillantez del sonido, pero es que hablamos de don Heriberto. (9)
13. Barenboim/Chicago (Erato, 1990). Aunque se puede echar de menos un color más rico y una mayor claridad, así como mayor incisividad y sarcasmo en el retrato de los enemigos, el de Buenos Aires triunfa por completo en una lectura amplia, elocuente, atmosférica, sensual y de enorme calado lírico, poco preocupada por la brillantez y con un profundo contenido espiritual. El retrato del Héroe está dicho con grandeza y sin la menor retórica. Más siniestros que caricaturescos los enemigos. Paladeada y muy sensual la compañera. La batalla comienza con enorme impulso y resulta particularmente impetuosa. Las obras de paz poseen una enorme poesía y espiritualidad. En la despedida, paladeada hasta el punto de que Barenboim está a punto de perder el pulso, se subrayan los aspectos dramáticos, incluso trágicos, y se alcanza una enorme profundidad filosófica. El final tiene mucha garra y es más interrogante que afirmativo. Espléndido Samuel Magad. La toma sonora podría ser mejor. (9)
14. Sinopoli/Staatskapelle Dresden (DG, 1991). Una verdadera explosión de la mayor variedad de colores y texturas imaginable de la mano de un Sinopoli extrovertido, brillante y comunicativo a más no poder –pero no por ello superficial o efectista– que sabe inyectar una enorme dosis de tensión sonora, elocuencia y teatralidad a la partitura sin por ello dejar de paladear las melodías con la concentración y voluptuosidad deseables. Le ayudan una orquesta de sonoridad ideal para este autor –muy arrebatado el violín– y una toma sonora francamente buena. La sección final no alcanza la hondura y poesía de un Karajan o un Barenboim, pero en su línea esta recreación del maestro veneciano resulta irresistible. (10)
15. Barenboim/Chicago (YouTube, Colonia, 1993). Barenboim repite y mejora su grabación de estudio añadiendo más incisividad a los enemigos del Héroe y, sobre todo, una dosis aún mayor de temperamento, pasión y arrebato, pero sin renunciar a un control absoluto de los elementos de la orquesta -la claridad vuelve a ser grande, el fraseo carente de precipitación- y a una total ausencia de retórica vacua. En resumen, una maravilla. El violín solista es en esta ocasión Rubén González, que está espléndido. Lástima que la retransmisión en su momento disponible en YouTube ofreciera un sonido monofónico pobre y muy recortado en la dinámica. ¿Conocerá algún día esta filmación una edición comercial decente? (10)
16. Carlos Kleiber/Filarmónica de Viena (1993). Esta es probablemente la grabación sinfónica más famosa de las que nunca han llegado a editarse: Sony promocionó el lanzamiento a bombo y platillo, carátula incluida, pero jamás el compacto se vio en las estanterías. Probablemente a Kleiber se le cruzaron los cables, ya saben. Por fortuna los aficionados han hecho circular en diversos medios, entre ellos YouTube, el audio de esta lectura rápida y nerviosa, pero en absoluto descontrolada, que seduce por su sensualidad, brillantez, brío y sentido del color y de las texturas, pero en la que, a decir verdad, en determinados momentos se echa de menos mayor reposo y hondura. La bellísima sonoridad de la orquesta compensa semejante insuficiencia. (9)
17. Maazel/Radio Bávara (RCA, 1996). El veterano maestro demuestra por enésima vez su enorme sintonía con el universo de Richard Strauss con esta interpretación brillante, cálida, comunicativa, paladeada sin precipitaciones, pero siempre con buen pulso, perfecta en el idioma, rica en el color y siempre muy elocuente. Hay momentos líricos muy emotivos. La batalla resulta especialmente feroz, un punto estruendosa quizá. Solo falla la sección final, no todo lo elevada que debiera y con una coda ruidosa y efectista, un punto vulgar. (9)
18. Dohnanyi/Philharmonia (Signum, 2001). Estimable pero en absoluto excepcional –faltan espacio y claridad– toma sonora que recoge un concierto en el que la Philharmonia pone en evidencia que no es tan grandísima orquesta como antes –primer violín un tanto neutro– y el maestro alemán, titular por aquellas fechas de la formación londinense, se muestra antes como un profesional de contrastada musicalidad y gran solvencia que como un inspirado intérprete de la partitura straussiana. Todo está en su sitio, ciertamente, y además la batuta ofrece vehemencia controlada, entusiasmo y sentido de los contrastes –incisiva, vibrante la batalla-, pero el tema principal se expone siempre con exceso de nervio y hay muchas frases en los que se echan de menos esa sensualidad, ese lirismo y esa elevación poética de los más grandes recreadores de la página, particularmente en toda la sección de las hazañas del héroe. El final sí que es muy hermoso. (8)

19. Jansons/Concertgebouw (DVD RCO, 2004). Interpretación muy sólida, ortodoxa, brillante pero no del todo inspirada, también un tanto tosca en su sonoridad, con un violín –Alexander Kerr– algo dulzón en el final apenas controlado por una batuta preocupada de preparar una coda de lo más efectista. Así las cosas, la cálida, flexible y suntuosa sonoridad de la increíble orquesta holandesa es el gran atractivo de esta lectura registrada con imagen y sonido espléndidos. Existe una edición paralela en formato SACD. (8)
21. Luisi/Staatskapelle de Dresde (Sony, 2007). Contando con la baza de una orquesta ideal para el autor que, por si fuera poco, luce de maravilla gracias a una espléndida toma sonora –enorme disfrute en Super Audio CD–, el maestro genovés nos ofrece una interpretación fresca y animada, quizá no especialmente sarcástica en el retrato de los enemigos, que sobresale por su intensidad, por su sinceridad y por su total alejamiento del exhibicionismo sonoro, aunque desde luego la brillantez y la riqueza tímbrica están garantizadas. Admirable los pasajes más líricos y evocadores, en los que la batuta muestra una admirable concentración y una gran capacidad para ofrecer ternura sin caer en lo blando ni en lo excesivamente ensoñado. La partitura se ofrece con su final original en pianísimo, lo que a mi modo de ver es más que una curiosidad. (9)
22. Haitink/Chicago (CSO-Resound, 2008). El holandés repite e incluso mejora su antiguo registro en Ámsterdam en esta interpretación objetiva, sobria, ajena a cualquier tipo de devaneo sonoro –no hay exceso alguno–, maravillosamente paladeada, desarrollada con naturalidad, jamás precipitada y colocada en el punto justo de equilibrio entre incandescencia y carácter contemplativo, sin arrebatos ni decadencia mal entendida. Quizá a los dos primeros movimientos les falte un punto de imaginación y compromiso; por ejemplo, en el grado de acidez en el retrato de los enemigos. Pero la compañera del Héroe está tratada con una dulzura sensual y amorosa ajena a cualquier blandura, y no solo por la intervención excepcional de Roberto Chen. Todo el último movimiento alcanza la excepcionalidad, haciendo gala de una hondura, poesía y sentido de lo trascendente insuperables. Si tienen un reproductor de Super Audio CD, menos razones hay aún para dudar de la compra. (10)
23. Nézet-Séguin/Filarmónica de Rotterdam (BIS, 2010). He aquí otra magnífica toma sonora, también en formato SACD compatible, que recoge con naturalidad y amplia gama dinámica la riqueza sonora straussiana e incluso logra que la orquesta de Rotterdam, solvente y voluntariosa sin más, parezca mejor de lo que es. Por desgracia la dirección del joven maestro canadiense está por debajo de lo que deberíamos esperar de alguien que en otras ocasiones ha demostrado un gran talento. La concertación es muy buena, sin duda, el fraseo es muy elegante y se ofrece una incisividad muy especial a la hora de retratar a los enemigos, pero la aproximación a la partitura carece del fuego, la energía y la grandeza –que no grandiosidad– que debería tener, hasta el punto de que el Héroe resulta poco viril, incluso algo mojigato. Tampoco la compañera –el violinista Igor Gruppman anda tan despistado como la batuta– aparece retratada con toda la humanidad deseable, sino más bien cargada de tópicos femeninos. Más bien bastorro el clímax final. (7)
24. Jansons/Sinfónica de la Radio Bávara (DVD y Blu-ray Arthaus, 2011). Siete años después de su grabación junto a la Concertgebouw, Jansons vuelve a dar buena muestra de su afinidad con Richard Strauss con una interpretación idiomática, brillante e irreprochablemente sonada en la que, como era de prever, son mayores la solvencia, la profesionalidad y el buen hacer que la verdadera inspiración. Faltan sensualidad, grandeza, garra en los clímax, imaginación a la hora de aportar matices expresivos y, sobre, vuelo poético. De nuevo el violín se muestra algo dulzón en sus intervenciones finales –cosa de Jansons, pues, no de los respectivos concertinos– y en la coda se vuelve a recurrir al efectismo. Imagen y sonido son de mucha calidad –en surround las trompetas of-stage suenan por un lateral–, pero cosas aún mejores se han escuchado en este formato. (8)
25. Nelsons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2012). El discípulo de Jansons consigue con este Richard Strauss la cuadratura del círculo. La interpretación es lenta según el reloj, pero no hay el menor asomo de pesadez gracias a una extraordinaria planificación de las tensiones internas, sin relajarse demasiado en “la compañera del Héroe”. Es brillante, descriptiva y colorista, pero en absoluto superficial, y menos aún ruidosa. Es sensual pero para nada hedonista. Y es sobre todo una lectura fogosa, temperamental, comunicativa y “echada hacia adelante”, pero logra evitar el problema que tal opción suene traer con ella (Solti, Carlos Kleiber), a saber, el nerviosismo y la falta de carácter reflexivo, porque el trazo es fluido, desprende naturalidad y “respira” de la manera adecuada. Sensacional Daishin Kashimoto. La filmación está disponible, previo pago, en la web de la orquesta. (10)
26. Mehta/ Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, enero 2014). De nuevo Mehta más artesano que artista en una recreación incuestionablemente poderosa, elocuente y bien trazada, pero más atenta a la opulencia del sonido que a la claridad del entramado orquestal o a la riqueza del color, a la brillantez que al detalle expresivo, y por ende un tanto plana e incluso superficial; en este sentido, a las obras de paz le falta una buena dosis de sensualidad y vuelo poético, y en el final se echa de menos verdadera trascendencia. Si no fuera por la portentosa Sinfonía Doméstica que tiene también en la Digital Concert Hall, se podría pensar que el maestro indio no da más de sí en este repertorio. La orquesta, ideal para la obra, y muy lírico y hermoso –pero no dulzón– el violín de Andreas Buschatz. (8)
26. Barenboim/Staatskapelle de Berlín (DG, 2014). Frente a una Staatskapelle de Berlín en plena forma, menos brillante pero más cálida y sensual que la formación norteamericana, y por ende más adecuada para las maneras de hacer de Barenboim en los últimos años, ofrece el maestro una interpretación mucho más madura, elevada y trascendente que la ya magnífica de Erato, además de más clara, más sensual, y también más irónica cuando debe. Quizá pierde un poco de carácter inflamado y combativo, al tiempo que gana en sensualidad, en colorido, en voluptuosidad, incluso en ese hedonismo sonoro que a Barenboim no suele hacerle mucha gracia, pero imprescindible en Richard Strauss. Gana también en cantabilidad, en la creación de grandes arcos melódicos que respiran como si se tratase de la voz humana. Y gana, sobre todo, en elevación espiritual y sentido de lo trascendente, que ya se apreciaban en la grabación de Chicago pero ahora son superiores: los dos últimos movimientos, recreados con particular lentitud y delectación, resultan sublimes. Pero no todo se ha transfigurado, porque el carácter encrespado, el amargor y el sentido trágico del Barenboim “de siempre” siguen ahí, algo que se hace muy evidente en la aspereza terriblemente trágica de la sección “de alarma” (de muerte, en realidad) situada antes del final. El concertino Wolfram Brandl está formidable en su retrato, no solo amoroso sino también con mucho temperamento, de la amada del Héroe. En realidad, toda la orquesta realizó una labor sensacional: increíbles las maderas recreando con especial saña (¡mucho mayor que en Chicago!) a los enemigos del protagonista y paladeando con emotividad las citas a los poemas sinfónicos precedentes. La síntesis de todos estos elementos da como resultado la que quizá sea la mejor interpretación de todas las comentadas. Espléndida la toma sonora, especialmente en HD-Audio. (10)
sábado, 17 de octubre de 2015
Tatiana Melnychenko en Baeza
Por iniciativa de un viejo y querido amigo que sabe mucho más de voces que yo, acudimos el pasado domingo 11 de octubre al precioso paraninfo de la antigua universidad de Baeza para escuchar un recital de la soprano ucraniana Tatiana Melnychenko, quien aprovechando sus actuaciones como Abigaille en el Liceo había bajado hasta la ciudad jiennense para comprometerse con un ciclo musical organizado por la Asociación Diferarte –muy loable iniciativa– con el apoyo logístico y económico –entradas gratuitas– del ayuntamiento local. Mereció la pena.
Quien conozca mis gustos sabe que valoro mucho antes la interpretación que las cualidades puramente físicas de una voz –ya he dicho muchas veces que no pertenezco a ese grupo de melómanos que se autoproclaman auténticos aficionados a la ópera–, pero debo confesar que a mí tampoco me amarga un dulce. Yo también me derrito ante una voz como la de esta señora, una soprano dramática de las de verdad, dueña de un instrumento de una robustez y potencia extraordinarias, riquísimo en armónicos, vibrante por arriba –con alguna excusable estridencia–, carnoso en el centro y holgadísimo en el grave sin que esta zona suene truculenta ni tramposa. Su fiato es muy amplio y le permite frasear con holgura y cantabilidad admirables. Posee, además, un temperamento vehemente y apasionado puramente operístico que quedó bien de manifiesto incluso en un recital casi “de cámara” como el que tuvo lugar en Baeza, en un recinto pequeño y acompañado únicamente del piano del director musical del ciclo, el también ucraniano Mikhail Studyonov.
Es además Melnychenko una artista de resistencia sorprendente, pues hay que tener mucho aguante (¡y muchísima voz!) para cantar de un tirón, con un único intermedio –Studyonov tocó algunos Preludios de Chopin mientras la soprano descansaba–, las arias de Wally, Lauretta, Mimí, Musetta, Tosca, Norma, Abigaille –las dos, cabaletta incluida– y Leonora de Vargas. Una auténtica barbaridad. Y las cantó además estupendamente, con la excepción de las dos que corresponden a Nabucco, en las que ya se encontraba cansada y no pudo con todas las terribles diabluras de la comprometidísima escritura vocal de Abigaille. En el vídeo que tienen a continuación lo hace mejor, por cierto.
¿Reparos? Aparte del que acabo de exponer, que me deja ciertas dudas sobre si se trata de una verdadera dramática de agilidad –el YouTube me hace decantarme por una respuesta afirmativa–, las características del instrumento no permiten muchas facilidades a la hora de regular el sonido y descender a matices expresivos. Tampoco Melnychenko parece muy atinada a la hora de diferenciar compositores. Así las cosas, no fue fácil distinguir a las delicadas heroínas puccinianas –que no sonaron muy centradas ni en el estilo ni en la expresión– de las tremendas burracas verdianas, las cuales pueden, cuando pula un poco más la técnica para descender al detalle, encontrar en Melnychenko una recreadora de primerísima categoría de esa que los más grandes teatros de ópera andan buscando de manera desesperada. Con un buen maestro y trabajando duro con grandes directores frente a la partitura, podría convertirse en la estrella deseada. Hay que estar atentos.
Por lo demás, una velada de enorme categoría para Baeza y un pleno disfrute para los melómanos. Enhorabuena a la organización y que no decaiga el próximo año.
jueves, 15 de octubre de 2015
El Strauss de Maazel a los treinta y dos
En Also sprach Zarathustra, el joven Maazel deja constancia de una técnica formidable a la hora de levantar el edificio sonoro, haciéndolo con perfecto equilibrio de planos, muy apreciable claridad, gran sentido del color y notable brillantez, pero lo cierto es en esta versión sin duda vistosa y por momentos muy encendida, hay momentos de excesivo nervio, no se alcanza toda la grandeza necesaria –la Introducción, sin ir más lejos– y se echa de menos esa particular sensualidad refinada, ese lirismo un punto decadente y lleno de magia sonora, que desarrollará con posterioridad y le permitirá veintiún años más tarde ofrecer una de las más grandes lecturas discográficas de la obra: la que grabó con la Filarmónica de Viena en 1983 para Deutsche Grammophon.
Mejor funciona Till Eulenspiegels lustige Streiche, una lectura lógicamente juvenil, extrovertida, de gran sentido teatral, planificada de manera admirable y por ende muy clara, adecuadamente rica e incisiva en el timbre, pero –como el Zaratustra– fraseada con exceso de vehemencia e incluso por momentos más nerviosa de la cuenta, amén de no muy sensual ni evocadora cuando debe; se añora de nuevo –por ejemplo, en la introducción y en el final– ese particular abandono sensual propio de la música de Strauss. La Philharmonia, en cualquier caso, está magnífica, y sus maderas aportan ese carácter agrio y esa dosis de mala leche propias de su titular, el personalísimo y genial Otto Klemperer, y que tan bien le sientan a esta partitura.
¿Conclusión? A principios de los sesenta Maazel tenía ya un talento extraordinario, pero aún tendrá que dejarlo madurar durante un tiempo. Disco para curiosos.
martes, 13 de octubre de 2015
El peor Lang Lang
Pero sí que pienso que a veces se preocupa mucho antes de mostrar lo ponerse al servicio de la partitura. Es justo lo que ocurre en el celebérrimo Rondo alla turca de Mozart que pueden escuchar a continuación, y del que hace el mismo destrozo en el Mozart Album editado por Sony Classical que acaba de llegar a mi poder. A mi juicio, un verdadero horror, pero prefiero que decidan por ustedes mismos. Me parece que el álbum completo tardaré en escucharlo.
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