miércoles, 20 de mayo de 2020

Sinfonía de Bizet: discografía comparada

Georges Bizet escribió su Sinfonía cuando estudiaba en el Conservatorio de París allá por 1855. Contaba tan solo diecisiete años. Le salió una enorme obra maestra, como le ocurrirá mucho más adelante a Shostakovich –con dos años más de edad– al componer su Sinfonía nº 1. La diferencia es que mientras el ruso se mostrará iconoclasta y un punto gamberro, el francés se atiene a las más estrictas convenciones académicas. Da igual: la calidad de una obra artística no se mide tanto por su capacidad para avanzar en la forma (¿fue Bach acaso un rompedor?), sino por algo muchísimo menos cuantificable como es la inspiración. Y aquí el joven Bizet rebosa de ella.



1. Beecham/Orquesta Nacional de la Radiodifusión francesa (EMI, 1959). Aun británico por los cuatro costados, el baronet ofrece la interpretación francesa por excelencia, aquella que reúne todos los tópicos que asociamos con la música decimonónica del país vecino. Y lo hace con plena musicalidad, enorme convicción y perfecta sintonía con la partitura que tiene por delante. Hay aquí morbidez y suavidad tímbrica, en buena medida por la particular sonoridad de una orquesta con unas maderas y unas trompas herederas de una tradición hoy perdida, sin que eso suponga caer en excesivas ingravideces o perder a un músculo que a Beecham le gusta bien robusto. Igualmente encontramos elegancia, encanto y coquetería, más no cursilería ni trivialidad. Sentido del humor suave, un punto irónico. Y un fraseo fluido, elegante y pleno de cantabilidad, quizá sin particular jovialidad en los movimientos extremos por optar por una visión más bien madura, poética y concentrada. Cierto es que se echa de menos la increíble poesía que conseguirá Haitink en el Adagio, pero a cambio tenemos un trío del tercer movimiento de todo punto sublime. (10)



2. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1963). Como era de esperar en el Lenny de la primera mitad de los sesenta, se trata de una interpretación ante todo juvenil y extrovertida, llena de vida, de frescura, de inmediatez y de goce por hacer música. Esto no significa que falten claridad, atención al detalle y capacidad para hacer volar las melodías, pero sí que es cierto que se pueden echar de menos hondura y ese peculiar sentido de “lo francés”. El Finale, en cualquier caso, resulta tan bullicioso –un punto rossiniano– que terminamos recibiendo la contagiosa comunicatividad de Lenny como un auténtico soplo de vida. (9)



3. Martinon/Sinfónica de Chicago (RCA, 1968). Interpretación musculada antes que ligera –aunque la orquesta toca con enorme limpieza–, no especialmente bulliciosa ni chispeante, que destaca por la calidez y sensualidad que el maestro francés, haciendo gala de un evidente idiomatismo, sabe poner de relieve. En este sentido sobresale el Adagio, de un lirismo ensoñado y embriagador pero nada blando, dirigido con concentración y beneficiado de un oboe maravilloso. También es de destacar el Scherzo, robusto y con empuje, pero alternando con pasajes poéticos de elevada poesía. La sonoridad de la orquesta adquiere toques difuminados apropiados para lo francés, aunque en parte puede deberse a una toma algo borrosa –excesiva reverberación– realizada en el Medinah Temple. (9)



4. Marriner/Academy (Decca, 1973). Interpretación clásica en todos los sentidos, muy bien delineada y con esa distinción típicamente inglesa que aquí sienta muy bien, añadiendo unas gotas de humor también británico. Falta la sensualidad y el vuelo lírico de otros maestros, pero a cambio el segundo movimiento ofrece de manera muy convincente cierto resulto amargo y un clímax un tanto dramático. El cuarto movimiento es más bien ligero y trepidante, pero no alberga tanta poesía. La toma sonora, algo reverberante. (9)



5. Barenboim/Orquesta de París (EMI, 1976). Lejos de la morbidez tímbrica típicamente francesa y apostando por una sonoridad musculada, aunque en absoluto exenta de transparencia, y fraseando de una manera tan natural como amplia que le permite paladear con gran cantabilidad las melodías, el de Buenos Aires propone una recreación que, como en su Mozart, sabe aunar la elegancia, la concentración y el equilibrio clásicos con una buena dosis de energía y de fuerza expresiva. Pero no lo hace optando por la chispa y la extroversión juveniles de un Bernstein, sino por un enfoque maduro y reflexivo que aporta en el Andante no solo una gran elevación poética, sino también un punto de amargor –como había hecho ya Marriner– de lo más interesante. A destacar igualmente el toque rústico del Scherzo y la sensibilidad de su Trío. Lo menos logrado es el Finale, no del todo ágil y sin el carácter bullicioso que necesita. Estaría bien que EMI recuperase la cuadrafonía de la toma. (9)



6. Haitink/Concertgebouw (Philips, 1977). He aquí la interpretación de referencia, un prodigio del clasicismo más depurado, elegante a más no poder y refinadísimo sin el menor asomo de amaneramiento o trivialidad, sino administrando perfectamente las tensiones y ofreciendo toda la agilidad y transparencia necesarias sin caer en lo virtuosístico: todo respira convicción expresiva. El primer movimiento sabe aportar las gotas inquietantes que están en la partitura, aunque puede que le falta un punto de chispa. El segundo, lento y muy concentrado, es increíblemente hermoso y se beneficia de un oboe musicalísimo. El tercero sabe aportar un punto rusticidad sin perder elegancia y sobriedad. El cuarto está admirablemente desmenuzado y sin prisa alguna, aportando un enorme vuelo lírico cuando corresponde y sabiendo ofrecer músculo sin resultar masivo; quizá se podría pedir un punto más de sentido del humor, nunca el fuerte de Haitink. En cualquier caso, la maravillosa formación holandesa redondea al alza los resultados. Toma sonora de calidad, aunque un punto distorsionada y más reverberante de la cuenta. (10)



7. Bychkov/Orquesta de París (Philips, 1990). El director ruso acierta por completo en los tempi de la página, como también en la sonoridad –en absoluto masiva, tampoco demasiado leve– y en el carácter, que debe alcanzar un peculiar equilibrio entre lo bullicioso, lo distendido, lo reflexivo y lo sensual sin quedarse en lo frívolo ni en lo epidérmico. El problema es que su batuta, al menos en aquellos años mozos, era mucho antes la de un artesano que la de un verdadero artista, y aquí se limita a concertar con mera solvencia –no hay especial refinamiento, antes al contrario– sin apenas levantar el vuelo poético. Todo resulta más que correcto, pero la sensación de rutina se termina imponiendo. Espléndida toma realizada en la Sala Pleyel. (7)



8. Plasson/Capitole de Toulouse (EMI, 1993). El director parisino apuesta por ofrecer una lectura dicha desde la más absoluta ortodoxia de "lo francés", concepto este que, como él mismo ha confesado en alguna ocasión, resulta de los más resbaladizo porque el difícil equilibrio entre densidad y levedad, tensión y laxitud, emoción e indolencia. A mí entender, aquí el maestro se escora un punto –solo un punto– más de la cuenta hacia la ligereza tanto sonora como expresiva, lo que se traduce en una interpretación elegante y muy bien trazada, pero también un tanto indolente, por no decir aséptica. Lo que mejor le funciona es el Allegro vivace conclusivo, muy ágil y magníficamente desmenuzado. (7)



9. Dutoit/Sinfónica de Montral (Decca, 1995?). El maestro suizo da buena cuenta tanto de su excelencia técnica como de su contrastada sintonía con este repertorio ofreciéndonos una interpretación perfectamente delineada, de irreprochable estilo y perfectamente equilibrada entre agilidad, frescura y lirismo. Solo falta –y esto, por desgracia es también habitual en Dutoit– ese último punto de inspiración que separa lo muy notable de lo verdaderamente grande. En este caso, una pizca más de picardía y, sobre todo, de efusividad poética. La orquesta realiza una labor sobresaliente y se encuentra recogida de manera formidable por los ingenieros de Decca. (8)



10. Prêtre/Sinfónica de la SWR de Stuttgart (Hänssler). El Allegro con brio inicial lo interpreta el veterano maestro con demasiado brío. El Allegro vivace conclusivo, pues lo mismo, demasiado vivace, aunque en el primer caso aportando un enorme entusiasmo y en el segundo desplegando una extraordinaria efervescencia, al tiempo que trabaja a la orquesta con limpieza admirable para la velocidad adoptada. En cualquier caso, lo grande de esta luminosa y sensual interpretación se encuentra en un Adagio paladeadísimo en el que el dominio de la agógica de Prêtre hace milagros y en un Scherzo cuyo trío destila una enorme poesía. La toma, en vivo, es de gran calidad. (8)



11. Paavo Järvi/Orquesta de París (Erato, 2009). Francamente despistado el maestro estonio en sonoridad y expresión, amén de un tanto primario a la hora de modelar a la orquesta, particularmente en un Allegro inicial rígido, amazacotado, demasiado nervioso y un tanto contundente, por no decir bastorro, ajeno a la mezcla de luminosidad, ligereza bien entendida y elegancia que la página necesita. Muchísimo mejor el segundo movimiento, dicho sin especial inspiración pero al menos fraseado con flexibilidad y sentido del canto. Los dos últimos están dichos con nervio e incuestionable entusiasmo, pero de nuevo la escasa sintonía con el estilo y el trazo en exceso agresivo y poco refinado de la batuta terminan lastrando el resultado. Por si fuera poco, los ingenieros de Erato estuvieron mucho menos afortunados que sus compañeros de Philips a la hora de lidiar con la acústica de la sala Pleyel. (6)


lunes, 18 de mayo de 2020

Los conciertos de Chopin por Zimerman y Giulini

Un repaso a la interpretación con que yo, probablemente junto con muchísimos otros melómanos, me inicié en los dos Conciertos para piano de Fredéric Chopin: la que registraron entre 1978 y 1979 Carlo Maria Giulini, la Filarmónica de Los Ángeles de la que por entonces el italiano era titular y un jovencísimo Krystian Zimerman ya rebosante de talento. La audición la he realizado ahora en la copia en HD que realza la excelente calidad de las tomas originales. ¿Se conserva bien desde el punto de vista interpretativo? Creo que sí, aunque sin tratarse de lecturas de primerísimo nivel.


En 1978 se registra el Concierto nº 1 –en realidad, compuesto en segundo lugar–, y ya en él Zimerman –veintidós añitos– se luce con un toque de extraordinaria limpieza y un fraseo concentrado, natural y musicalísimo que, dentro de una óptica apolínea y objetiva, logra ser muy hermosa y comunicativa. La batuta elegante y lírica, refinada y de amplio aliento humanístico, sobresale por la concentración con la que está recreado el segundo movimiento. Eso sí, a los dos artistas les falta un último punto de garra dramática, fuego e imaginación en un primer movimiento en el que, no obstante, Giulini sabe ofrecer clímax poderosos en lo sonoro. Más que notable pese a su excesiva ortodoxia el tercero.

Al año siguiente se graba una interpretación apolínea, elegantísima y de musicalidad exquisita del Concierto nº 2. En ella que sobresale un piano de digitación extremadamente limpia, rica pulsación, maravillosa cantabilidad y perfecta capacidad para emocionarse e incluso resultar lacerante cuando corresponde (¡qué Larghetto!) sin apartarse ni un pelo del equilibrio sonoro y expresivo por el que apuesta. Podrán preferirse interpretaciones más temperamentales y contrastadas, pero en su línea es de admirar. Giulini acompaña con enorme solidez y en perfecta sintonía expresiva con el solista, sin que la inspiración vuele por lo más alto.

¿La referencia, para mi gusto? Lo tengo clarísimo: Barenboim con Nelsons. ¡Y más por el director que por el pianista! Pero creo que este disco tan clásico de Deutsche Grammophon se merece todos nuestros respetos.

sábado, 16 de mayo de 2020

Mussorgsky por Abbado, cosecha del 80

Uno de los últimos grandes discos que firmó Claudio Abbado justo antes de empezar a convertirse en un director blando, efectista e insincero fue este que el siempre inquieto productor –y director de orquesta ocasional– Charles Gerhardt le planteó en 1980 para RCA con un ramillete de piezas sinfónicas y sinfónico-corales de Modest Mussorgky a interpretar frente a la Sinfónica de Londres, con la ayuda de Richard Hickox para dirigir al London Symphony Chorus.


Los resultados fueron interesantísimos, por dos motivos. Uno, el descubrimiento de un repertorio poco frecuentado –sobre todo por entonces– y de una alta calidad. Todavía hoy la mayoría de las piezas se escuchan poco, excepción hecha del preludio de Khovanshchina, y ni siquiera se ha terminado de imponer la versión original de Noche en el Monte Pelado, que conocía aquí –si no me equivoco– su primera grabación. El segundo, la soberbia labor del maestro italiano, todo fuerza y rusticidad bien entendida sin menoscabo de esa atención al detalle y esa depuración sonora que sabía conseguir con su prodigiosa técnica de batuta. Cuando vuelva a grabar alguna de estas piezas, no lo hará tan bien: La destrucción de Sennacherib le sonará más "romántica", menos propiamente mussorgskiana, mientras que en Joshua se dejará llevar por cierto efectismo.

Como única pega, una toma sonora que no está a la altura de las mejores de la época. En cualquier caso, disco imprescindible.

viernes, 15 de mayo de 2020

"Triple Concerto" con Mutter, Ma y Barenboim: un producto híbrido

Cuando hace meses empezó a anunciarse este Blu-ray, junto con el correspondiente CD y el hoy inevitable vinilo, en seguida unos amigos y yo empezamos a preguntarnos de qué formato nos estaba hablando Deutsche Grammophon: ¿BR-Vídeo o BR-Audio? “Triple Concerto” en letras muy grandes. Arriba, “Ludwig van Beethoven – Symphony No. 7”, y abajo el nombre de los intérpretes: Anne-Sophie Mutter, Yo-Yo Ma, Daniel Barenboim y la West-Eastern Divan Orchestra. Hace unos días me llegó, y resulta que estamos ante un producto híbrido: el Triple viene tanto con imágenes como sin ellas, mientras que la op. 92 solo aparece en audio.
Permítanme que les informe con más detalle, porque la carátula no lo hace correctamente, y menos aún la ficha de Amazon. La filmación, que como -eso sí- es bien sabido se realizó en la Philharmonie de Berlín en octubre de 2019 para celebrar los 20 años de la orquesta multicultural, viene en tres formatos de audio: DTS-HD Master Audio 2.0 a 96kHz, DTS-HD Master Audio 5.1 a 96kHz, y Dolby TrueHD 7.1 a 48 kHz. La parte de “solo audio”, es decir, tanto el Triple sin imágenes como la Sinfonía, registrada esta última en Buenos Aires tres meses antes, viene con pistas en similar resolución, pero aquí se nos aclara que la tercera de ellas, el Dolby TrueHD 7.1, es en realidad “Dolby Atmos”, lo que quiere decir que está pensada para equipos con altavoces en el techo, o bien para aquellos que tienen encima de las dos columnas principales unos altavoces mirando hacia arriba que -según dicen- imitan a los que están colocados de verdad sobre la cabeza del melómano.

Lo importante: ¿cómo suena? Pues de escándalo, a pesar de dos circunstancias: lo poco convencido que quedé de la toma en estéreo que circulaba desde hace semanas (¡solo a 48 kHz!) y el volumen anormalmente alto de la misma. Esto último no se ha corregido, pero lo cierto es que no se produce esa molesta compresión dinámica que suele afectar a las grabaciones que se hacen de esa forma. Y en cuanto al relativo “apelmazamiento” que un servidor notaba en el estéreo, ahora queda solucionado con el multicanal: ahora se aprecia una maravillosa espacialidad tanto en una obra como en la otra. Lo importante es poner el volumen bajo y hacer uso del multicanal: el disfrute audiófilo está asegurado. En cuanto a la calidad de imagen, baste con decir que es la mejor filmación realizada en la Philharmonie que jamás he visto, de un colorido, una luminosidad y una sutileza en los contrastes muy superiores, sin ir más lejos, a las que nos ofrece la Digital Concert Hall.

Dicho esto, a mí me parece que lo más apropiado hubiera sido incorporar la filmación de la segunda parte del concierto, a saber, la Novena sinfonía de Anton Bruckner, aunque ni la batuta estuvo especialmente inspirada ni la orquesta demostró estar a la altura de las circunstancias; la Séptima de Beethoven podía haber quedado como propina de audio. Tampoco hubiera estado nada mal incluir algún extra, como la conversación entre los tres artistas que circula por Facebook.

En lo que a las interpretaciones se refiere, aquí comenté el Triple y aquí la Sinfonía. Vueltas a escuchar, podría aportar algún matiz pero mi opinión sigue siendo sustancialmente la misma. Mi consejo es que se olviden tanto del CD como del audio estéreo que anda circulando y se compren este Blu-ray extraño y discutible como concepto, pero excepcional desde el punto de vista artístico.

miércoles, 13 de mayo de 2020

Trece de Mayo

Trece de mayo es el día en que muchísimos católicos ingenuos siguen celebrando una festividad que parte de lo que no fue sino una monumental, desternillante y –al mismo tiempo– gravísima tomadura de pelo en la ciudad portuguesa de Fátima. Es también el día en que murió mi abuela materna Enriqueta, a la que quería muchísimo porque fue en gran medida la que me crió. Y fue asimismo el día en que nací yo ("¿qué planeta reinaría?") allá en 1971. Cuarenta y nueve años con más dudas que nunca sobre si llegaré a los cincuenta.



Me quedan muchas cosas que me hubiera gustado hacer. En música, conocer la Concertgebouw de Ámsterdam y visitar los festivales de Salzburgo y Lucerna. Meterme a fondo en la música de cámara del clasicismo y primer romanticismo: Haydn, Mozart, Beethoven y Schubert. Conocer mejor el repertorio de la Baja Edad Media, un periodo que cada vez me interesa más por mis propias ocupaciones profesionales (¡el Trecento, qué mundo tan fascinante!). Hablar en público sobre música: he dado bastantes conferencias sobre arte, pero ninguna sobre temas musicales. Y escribir un par de libros que seguro ya nunca escribiré, uno sobre John Barry y otro sobre Daniel Barenboim. De momento me conformo con que mi familia y yo lleguemos con salud al 13 de mayo de 2021.

PD. Lola Flores era paisana de un servidor, mientras que el letrista Rafael de León estudió en el instituto donde yo hice la secundaria y ahora soy profesor con plaza definitiva. Trece, trece de mayo...

lunes, 11 de mayo de 2020

Dos Pierrot Lunaire del 97: Craft con Silja y Boulez con Schäfer

Apasionante comparación que la he realizado hoy entre dos versiones del Pierrot Lunaire de Arnold Schoenberg registradas en 1997: la de Robert Craft, Anja Silja y el Twentieth Century Classic Ensemble (antes en Koch, ahora en Naxos) y la de Christine Schäfer, Pierre Boulez y el Ensemble InterContemporain (Deutsche Grammophon).



La primera de ellas me ha encantado. Robert Craft se pone al frente de un formidable grupo de solistas de Nueva York para ofrecer una recreación interesantísima, porque en lugar de buscar una intensidad expresiva de corte más o menos expresionista, y desde luego alejándose por completo de cualquier clase de frialdad o intelectualismo, nos descubren la faceta más sensual, misteriosa e incluso acariciadora de esta partitura, que recrea con un desarrolladísimo sentido de la ambigüedad y del misterio. A sus cincuenta y siete años, Anja Silja no ofrece brillo ni atractivo en la voz –reconozcámoslo: ni siquiera en los sesenta su instrumento era hermoso–, pero debe considerarse entre las más grandes intérpretes de esta parte por su pleno dominio de la declamación, sabiendo decir con una enorme variedad expresiva y con todas esas sutiles inflexiones (¡qué inmensa cantante-actriz ha sido esta señora!) que Craft propone desde el podio. Todo ello sin acercarse a ese peligro enorme de este papel que es caer en la exageración o el ridículo: ¿han visto y escuchado el horror de la Kopatchinskaja? Pues eso.


Boulez ofrece una dirección más claramente expresionista que la de Craft, con más ángulos y picos de mayor intensidad, pero al mismo tiempo, y aunque resulte paradójico, más distante que la de su colega musicólogo. Aunque resulte un tópico, aquí sí se puede hablar de frialdad bouleziana, o al menos de un excesivo distanciamiento. La poesía no termina de surgir, como tampoco se perciben esa sensualidad y ese sentido del misterio de la otra interpretación. Ahora bien, el Ensemble InterContemporain es el colmo del virtuosismo y la precisión, y Boulez lo controla con una depuración sonora diríase que insuperable. En cuanto a Christine Schäfer, su instrumento es bien distinto al de la Silja, a quien supera –con mucho– en belleza vocal y refinamiento canoro, pero de nuevo se queda algo corta ante la variedad expresiva y la riqueza de acentos de su colega: por momentos resulta un pelín lánguida.

Globalmente encuentro preferible la antigua grabación de Boulez, con Yvonne Minton y un  soberbio ensemble "all stars" formado por Daniel Barenboim, Michel Debost, Antony Pay, Pinchas Zukerman y Lynn Harrel. Notabilísima lectura esta de DG, en cualquier caso. Y soberbiamente grabada. Ah, existe en YouTube un videoclip de esta recreación.

domingo, 10 de mayo de 2020

Goyescas y Alicia

A veces ocurre que una música que conoces desde hace mucho, e incluso que siempre te ha gustado, la escuchas por enésima vez y se te revela un mundo completamente nuevo: no solo ves ahí muchas más cosas de las que veías antes, sino que llegas a "establecer conexión" con ella de manera íntima y te deja hecho polvo. Es lo que me acaba de ocurrir ahora mismo con Goyescas de Granados –la suite pianística, no la ópera–, que acabo de repasar en la primera versión que tuve, la de Alicia de Larrocha para Decca.


¿Por qué me ha "tocado" ahora, y no antes? Puede ser simple coincidencia. También el estado anímico después de tantos días de confinamiento por el coronavirus. Influye asimismo la propia madurez personal: uno va aprendiendo cosas y sensibilizando el oído. Pero creo que, sobre todo, son las propias experiencias vitales las que te permiten ver eso que estaba ahí y en lo que antes no reparaste. Algo que no necesariamente ha sido puesto por el compositor con plena consciencia, pero que en las grandes obras maestras –y hablamos de una de ellas, de eso no cabe duda– están implícitas y se encuentran a la espera de un "chispazo" con el espectador para desarrollar su potencial. En mi caso particular, he visto por fin un programa más o menos claro, que no es necesariamente pictórico, menos aún "goyesco", pero que evidencia que nos encontramos ante una obra de marcada unidad que hay que entender como ciclo y que posee un claro desarrollo expresivo. Sí, ya lo sé, no hay más que leer eso de "coloquio en la reja", "quejas" o "el amor y la muerte" para darse cuenta. Pero esta vez a mí me ha dicho cosas muy personales que antes no me decía. Y que me han estremecido.

La interpretación. Pues qué quienes que les diga. Doña Alicia consigue la perfecta fusión entre el garbo, la garra y el temperamento digamos que masculino, de maravilloso sabor español, con el más concentrado y emotivo vuelo poético. Y lo hace con un toque variadísimo en densidad y en colorido, con un grado extremo de depuración sonora y con una asombrosa gama de acentos colocados en su punto justo. Tengo sus otras dos grabaciones. La de Hispavox, hoy en EMI, es más rápida y ardiente, también tiene más garbo y más sana "masculinidad", pero no posee el refinamiento ni la riqueza de matices de esta de los años setenta. La de RCA no sabría decirles si es más o menos excelsa. Lo que sí sé es que nadie –repito: nadie– puede hacer esta música mejor de como la hacía esta señora. Compruébenlo si no me creen.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...